La Evolución de Paulina NOVELA SOCIOLÓGICA ORIGINAL DE LA SEÑORITA M. PRAXEDES MUÑOZ BACHILLER EN CIENCIAS, EX-AUXILIAR DE LA CLÍNICA DE ENFERMEDADES NERVIOSAS DEL DR. AUGUSTO ORREGO LUGO SEGUNDA EDICION BUENOS AIRES Imprenta « LA ELZEVIRIANA » 789 - CALLE FLORIDA - 799 1897 PRÓLOGO Vœ enim mihi est si non evangelizavero. S. PABLO Ne renoncez pas aux joies de la famille; des enfants repandront un gran intérêt sur votre existence.... Vouz ferez de leur jeunes cœurs autant de forjers ou s’epanchera la flamme du votre.... Pour nous qui croyons au bien, c'est un douloureux spectacle que celui de cette société en desordre, ou rien de ce qui est noble et grand ne peut plus faire jour. DE VAUX CLOTILDE. Si fuera posible hacer un prólogo en dos líneas, nos limitaríamos á colocar al frente de estas páginas americanas aquel grito hondo del apóstol de las gentes, al lado de estas aspiraciones generosas de una mujer superior, cuya vida fué el resumen de la abnegación y cuyo talento, calificado de eminente por quien sabía juzgarla, trazó en dos líneas la clara misión de la mitad benévola de la especie. Las dos expresiones son, en efecto, el comentario mejor y la mejor crítica de "Paulina". Ya está juzgada. Sin embargo, aficionados al filósofo simpático, sin pretender desempeñar un deber sacerdotal que la disciplina de la religión demostrada sabrá implantar en oportunidad, y que únicamente el caso anómalo de profesarla sin dirección espiritual alguna, puede esplicar y justificar en el día, diremos, nuestras impresiones ya que la ilustre escritora peruana nos ha honrado pidiéndonos que así sea. Hablando de una obra que viene á propagar el evangelio de una gran doctrina, en esta forma de romance ó de novela que tanto se lee y se escribe en nuestros días declaramos ante todo, que seguimos al maestro in totum y que buscamos los dulces lazos de su gran alma, conforme al voto orgánico: atado, soy libre. Que la noble escritora limeña, de cuya fecunda y fácil pluma, han salido más ideas y más anhelos que de muchas eminencias de nuestras igualadoras, huecas democracias, disimule nuestra franqueza, si al ofrendar su talento y sus virtudes no quemamos igual incienso al corazón como á la cabeza de su heroína. * * * "Paulina" no es una mujer; es una excepción. La ciudad colonial de los virreyes, la ha visto crecer mientras contemplaba con desdén sus dioses, sus preocupaciones, sus templos, su ciencia añeja é inútil. Ricardo Palma jamás hubiera formado su cortejo. Estraña al medio ambiente que respira ha deformado las gentes con visiones de iluminada. Los sabios son sus amigos únicos. El hogar para ella fué un martirio, el martirio de la inocencia. Identificada con la naturaleza, el panteísmo ha matado por el momento su sexo. En el gran todo, de astro en astro, toca la ley ó la mano que lo mueve. En el pequeño todo, siente y palpa como la vida está muerta en la piedra, como duerme en la planta y como "despierta en el animal". Alimentada con el pasto de las almas elegidas, sufre con la humanidad. El dolor, patrimonio de todos, lo mira y lo siente hasta en una patria ensangrentada con la guerra. "Es una alma bella ésta, que no sabe á que asirse". Deseo de conocer, de descorrer el velo de la vieja y siempre virgen Minerva, el ansia de expandirse, vaguedades de ensueño, el genio que palpita debajo de la sublime cúpula, la idea que quiere gobernar sola al cuerpo con una tensión de nervios indecible; tal es la vida de aquella recluida, comentadora de sabios, renegadora de dioses, que vive con "un pie en el aire sobre el suelo de la verdad," aspirando un porvenir que no conoce pero que presiente, como si fuera el último descendiente vivo de un cataclismo generoso... Planta exótica de América, su vida tiene sin embargo un mismo centro, el de esta gran familia occidental que tanto piensa y que labora tanto, que ha roto su alma en mil pedazos, sedienta incansable; Sísifo que ha bajado de la sima para ascender y caer de nuevo, por la patria, por todas las patrias, por la humanidad. Mucho hombre es esta niña de progenie tal y quien sabe si las madres y los niños no se resienten de su voz apostólica y varonil... Un día conoce á su amante, que ya lo tenía antes de haberlo conocido. Libre, sin ley, abre su corazón á un hombre. Y como en los cuadros terribles de la pintura alemana, mientras busca y predica la verdad á los hombres, la parte mala de la naturaleza, bajo la forma del demonio de la fábula, grita al otro de De Maistre como en el drama inglés: Mata, mata, mata. La carne ha triunfado sobre la gracia y hela allí, navecilla endeble, en combate duro con el viento y la mar. El símil es perfecto. Esta vida trabajada anhelosa, derrumbada, es la sociedad sin timón, anarquizada, corrompida y llena de candor entregándose á la incredulidad, á la duda, el excepticismo, al mercantilismo; es nuestro propio presente que ha borrado un pasado lleno de enseñanzas; las aldeas volcándose sobre las ciudades; el hogar un calvario; la poligamia, el amor libre, justificado en pleno París. Es esta misma familia occidental, hija de la revolución, que extiende sus miembros repletos y hambrientos, como la loba del poeta, por todo el orbe, por toda la América, en aquella civilización de oro y plata del norte, y en esta civilización feudal, instable, guerrera, del sud. Pero en el camino de Damasco "Paulina" cree haber evolucionado. La mano de un santo la saca de la espesa selva. Un otro san Pablo acaba de dictar el código del amor y de la ciencia y la nueva biblia viene á destruir la injusticia, la pobreza, la guerra, el egoísmo, la incredulidad y el odio. La suprema solución se infiltra en todo su ser. La vida de Augusto Comte es una glorificación. Con apasionamientos femeniles expone su inmensa doctrina. Sus votos entusiastas llevan la unción y la santidad evangélica. Casi convertida al servicio de la Humanidad, su palabra ardiente quema, purifica y convierte. Diríase que el olvido la ha transformado en sacerdotiza. Si no ha tenido la ventura de hacer un nido en la tierra americana como Hernán y Dorotea en la tierra de las nieblas, ha tenido en cambio la audacia de creer en los destinos superiores de la especie y de propagar la confraternidad, el mejoramiento social de la mujer, la consagración religiosa de la ciencia y la incorporación del trabajador de nuesras ciudades y de nuestros montes, á la sociedad como una fuerza eficiente, para educarla para que trabaje bendiciendo y no maldiciendo, para que viva en el hogar modesto, limpio del hombre virtuoso. ...Esa es la novela de la Sta. Praxedes Muñoz. Que el crítico malicioso, cumpliendo su consigna, halle el estilo ampuloso, ilógica la trama novelesca, trivial el concepto, displicente esta ó aquella nota. Nosotros cerramos los ojos para decir: bien venida sea la que viene á enseñar la verdad á las multitudes, en nombre del bien y de la afección. Bien venidos sean los que evangelizan la religión de la paz, de la bondad y de la ciencia, elevando un altar á los muertos y á la propia Humanidad con todos los seres que producen, que piensan y que aman! * * * La bandera que levanta en el Occidente civilizado la Religión de la Humanidad no es una novedad, ni siquiera en la Argentina. Nacida en una covacha de la calle Monsieur le Prince de París, después de una penosa gestación de treinta años, su fundador pudo hacerla conocer como partido político y como religión, después de haberla fundado como resumen del saber contemporáneo, cuando las calles de la metrópoli humana se regaban por tercera vez con la sangre revolucionaria del 14 de Julio. Lento es el trabajo de edificación. Pero la doctrina ha dominado ya la conspiración del silencio. Ante su inmensa elaboración los pensadores protestan, pero pasan; el arte se enamora de sus imágenes; las mujeres que reciben su influjo bueno, sienten menos pesada la carga de la abnegación y la gran masa popular mira con simpatía una transformación social que le va á dar trabajo, educación y hogar. Hasta los mismos centros de esa burguesía intelectual de las academias, exclaman con M. Emile Faguet en la Revue des deux Mondes: "Augusto Conte tiene algo de maravilloso para hacer pensar: es el sembrador de ideas y el excitador intelectual más poderoso de nuestro siglo; á mi juicio, el pensador más grande que la Francia ha producido después de Descartes...Adoptado casi enteramente por Stuart Mill; imponiéndose, á pesar de lo que se ha dicho, á Spencer, o como sucede, coincidiendo ó engranándose á él de una manera sigularmente precisa; dominando de una manera casi tiránica el pensamiento de Renán en sus primeras producciones, como se ve en El porvenir de la Ciencia; inspirando casi en sus detalles la investigación filosófica, histórica y literaria de Taine; combinándose con el evolucionismo, que puede ser considerado como su transformación; su sistema ha llenado toda la segunda mitad del siglo XIX y se lo encuentra ó puro, ó apenas agrandado, ó ligeramente corregido, ó poco alterado, á cada paso que se dé en los dominios del pensamiento contemporáneo, prestando siempre brillantes servicios al espíritu humano." Al venerable profesor Pedro Scalabrini, corresponde la gloria de haberlo dado á conocer en la Argentina desde una de sus cátedras en la Escuela Normal del Paraná. Talento superior, más práctico que teórico, más científico que religioso como su mejor discípulo, el Dr. J. Alfredo Ferreyra, vió y enseñó con especial intuición la faz intelectual del Innovador, aplicándola primero á la escuela primaria y después al desarrollo mismo de la ciencia biológica, su predilecta. Aún recordamos con indecible fruición sus lecciones, verdaderos gimnasios á donde la juventud pensaba, estudiaba y producía libremente, dentro de una dirección condensada en dos palabras, que el maestro había revelado en un momento preciso. Pero el problema principal del positivismo no es por cierto científico sino político, y sobre todo religioso. Su programa sintético está condensado en estas palabras lapidarias: "En nombre del pasado y del porvenir, los servidores teóricos y los servidores prácticos de la Humanidad, vienen á tomar dignamente la dirección general de los asuntos terrestres, para construir por fin la verdadera providencia moral, intelectual y material; excluyendo irrevocablemente de la supremacía política á los diversos esclavos de Dios, católicos protestantes y deístas, como retrógrados á la vez que perturbadores." Viene, pues, á continuar pacíficamente la obra interrumpida del catolicismo destruido á fines del siglo trece, reconstruyendo la unidad moral á la que aspira lo selecto de la tierra, mientras la inmensa multitud sigue el derrumbamiento y la descomposición social. Por esto su verdadera propaganda no está en la cátedra, asaltada por escribas y fariseos; no está en el gobierno, dirijido por empíricos, juiciosos unos, anárquicos otros, charlatanes, mercaderes y oportunistas en su mayoría. La verdadera propaganda está en un sacerdocio que dirija las opiniones, imponiéndose por su alta moralidad, por su carácter y por su saber enciclopédico; que pueda oponer á la disolución la construcción, al charlatanismo la ciencia, á la corrupción una vida intachable, á la ambición y á la vanidad los goces ignorados del apóstol, sin más patria que el corazón de una mujer y la Humanidad entera. El problema secular de la subordinación del mal al bien, de la naturaleza á la gracia, de la personalidad á la sociabilidad, que en resumen constituye la síntesis de todas las soluciones históricas, de todas las aspiraciones de la ciencia y de todas las religiones, el positivismo lo resuelve en unas cuantas fórmulas simples, simpáticas, de sabor bíblico, políticas unas, morales otras: son necesarios á nuestra especie, más que á las demás, deberes para crear sentimientos, el progreso es un desarrollo del orden; el hombre debe alimentar á la mujer; los muertos gobiernan cada vez más á los vivos; vivir á la luz del día; el amor por principio y el orden por base: el progreso como fin ; vivir para los demás á fin de vivir en los demás. Así, el gran sembrador de ideas de M. Faguet, es también el gran motor de sentimientos y el gran empresario que echó sobre sus hombros la misión de volver el trabajo, la salud, la alegría y la afección á la multidud miserable, que por hoy está "acampada" en las ciudades y en las campañas. * * * Debemos terminar ya estas líneas escritas sin plan ni método alguno. Pero ya que no son ellas ni un juicio crítico, ni una insinuación al fondo ni á la superficie del libro, permítasenos antes formular un voto de fe: que éstas páginas americanas escritas por una mujer fuerte, contribuyan á dar formas precisas y acción definida al futuro núcleo positivista argentino, cuya misión será conquistar á la Religión demostrada la metrópoli de la Plata, Buenos Aires. M. S. VICTORIA Tucumán, Carlo Magno 28 del 109. Al ilustre General peruano SEÑOR DON Andrés Avelino Cáceres RESPETUOSO HOMENAJE DE LA AUTORA. DOS PALABRAS Á NUESTROS LECTORES Al presentar hoy al público los principios de la escuela positivista con el ropaje de la novela, hemos creído cumplir un deber social á la vez que satisfacer una necesidad moral. Todos sentimos lo vago é indeciso de nuestro credo religioso, y no podemos menos de persuadirnos, que la Humanidad pasa por una de estas crisis de renovación que marcan los grandes progresos: diríase algo como los primeros sacudimientos que presenció aterrado el mundo primitivo. Nuestro presente no puede definirse sino como una crisis inevitable y benéfica de un estado patológico que ha llegado al máximum de intensidad. Es sólo una faz transitoria del desenvolvimiento humano. Vivimos sin creencias ni convicciones; el sobrenaturalismo destronado por la ciencia, únicamente nos ofrece una existencia ficticia y limitada al estrecho círculo del hogar doméstico. En la vida práctica palpamos á cada paso los estragos que hace hasta en los seres más selectos el excepticismo, enfermedad endémica de nuestro siglo. Tal estado no puede prolongarse. Si los antiguos ídolos han caído hechos pedazos, si el hombre del siglo XIX no puede alimentar su espíritu con fantásticas creaciones, preciso es que el idealismo cristiano sea sustituido por la realidad científica, que dé norma á nuestra conducta y sanción á nuestros actos. La fe altruista viene á satisfacer esta necesidad imperiosa de nuestro siglo. Ella no adormece el espíritu con vagas y pomposas promesas respecto de un futuro incierto y dudoso. Nada de esto: manifiéstale al hombre lo que debe hacer para alcanzar la felicidad real y positiva aquí en este planeta que es su legítima, su verdadera patria, y predicando el deber en nombre de la Humanidad, da segura norma á nuestra conducta. Muy lejos estamos de tener por la doctrina de Comte el caprichoso entusiasmo del sectarismo; reconocemos en ella defectos y lagunas, pero abrigamos la convicción que, á pesar de esto, encierra el germen precioso de nuestro futuro engrandecimiento; por eso deseamos se difunda y que todos los hombres ilustrados que al presente se interesan por solucionar los grandes problemas sociales, examinen y mediten con empeño esta monumental creación del más vasto y profundo genio de nuestro siglo. Respecto de los personajes que figuran en nuestra novela, sólo aventuraremos aquí muy ligeros conceptos. Desde luego, Alberto y Paulina no son tipos vulgares: no obstante, nuestros lectores podrán, sin mucho trabajo, encontrar seres parecidos en nuestra sociedad á pesar de su tan ponderado realismo. Ellos, aunque con altas dotes intelectuales y morales, no pueden sustraerse al pernicioso influjo del medio corruptor en que se desarrollan, y con su equívoca conducta confirman esta juiciosa apreciación de nuestro presente, que con harto acierto emite un notable pensador chileno. "No es raro ver individuos que, llevando una vida licenciosa, andan muy satisfechos de su conducta. Como se juzguen con el criterio del egoísmo, nada encuentran que reprocharse. Nunca había pasado el mundo por una situación más funesta. Es verdad que en todos los tiempos han habido hombres corrompidos, pero al menos sabían que lo eran. Hoy, cosa increíble, se hace la vida más inmoral, creyéndola de buena fe muy moral. Somos viciosos y nos creemos virtuosos. Estamos engreídos de nuestra inmoralidad". El padre Esteban simboliza el anhelo que al presente abrigan los corazones generosos por el perfeccionamiento de nuestra especie, que se traducirá en la reforma de las costumbres y en una nueva reorganización social. Trabajar por el bien de nuestros hermanos, fué siempre la suprema aspiración de nuestro espíritu, y sólo con tan levantado propósito, hemos emprendido, sin dote alguna para este género literario, una obra superior á nuestras débiles fuerzas. Esperamos, sin embargo, nos sean perdonados todos los defectos de esta narración en gracia á los buenos propósitos que nos animan. La autora M. PRAXEDES MUÑOZ I Voy á cumplir una obligación sagrada, mi querida Estela. Impaciente estarás por conocer los misterios de mi alma, sobre todo desde que mi interrumpida narración podía dejarte entrever que, bajo aparente calma y estudiada frialdad, bullían en mi seno tempestuosas y mal refrenadas pasiones que, á la par de torturar mi existencia, paralizaban mi espíritu, alejándolo del sublime ideal acariciado desde la más tierna infancia. Hoy que tantas leguas nos separan, evoco tu recuerdo cual precioso talismán que reanime mi espíritu y me dé el valor que necesito para sobrellevar una vida tan plagada de amarguras y que sólo tú supiste hacerme tolerable. ¿Te acuerdas, Estela, de nuestros paseos por los poéticos olivares de la pintoresca Magdalena, cuando apoyada en tu brazo, perdíase mi vista en el horizonte de esmeraldas que circundaba nuestra campestre vivienda, al cual nosotras con antojadizo capricho apellidábamos el cinturón de Ceres? Allí, enfrente de esa fecunda y activa naturaleza, punzante dolor torturaba mi espíritu, la palabra quedaba ahogada en mi garganta, nublábanse mis ojos y estrepitosos sollozos denunciaban la tempestad que estallaba en mi corazón. ¿Por qué ese empeño en sufrir así? me decías. ¿No eres aún bastante joven y hermosa para que la vida te ofrezca sus más seductores y alegres atractivos? Abandona, sí, por Dios, ese exagerado romanticismo que puede serte harto fatal, y que acaso está ya minando tu existencia. Entonces yo, confusa, ruborizada, temiendo que tu claro talento adivinara la tirana pasión que subyugaba mi ser todo, te replicaba: No, de ninguna manera, no son afectos egoístas los que ahora me agitan; es el duelo de la Patria, es el llanto de sus hijos lo que causa mi desesperación. ¡Cuántos hogares enlutados, cuánta sangre derramada, cuánta miseria! ¡Y todo va á ser inútil! La deplorable vanidad de un mandatario imprudente, que soñó agigantarse á expensas de la nación, es la ruina de nuestro Perú. ¿Cómo abrigar esperanza alguna después del desastre de la Alianza? ¿Por qué comprometer así la suerte del país, por qué no aceptar la paz ya que la guerra se nos hace cada día más imposible? ¿Cómo adormecernos con vanas esperanzas, si ya nuestro enemigo, enseñoreado de los mares, incendia nuestros puertos, tala nuestros campos y viene, por último, á darnos el decisivo golpe, aquí en el corazón de la República? Helo allí, Estela mía. Pocos kilómetros nos separan de sus feroces legiones. ¿Y te admiras de mi llanto? ¿Qué puedo hacer sino llorar y llorar inconsolable, ya que nosotras las mujeres no sólo no tenemos el derecho de ser oídas por los políticos de nuestro país, sino que ni aun siquiera se nos permite emitir privadamente nuestra opinión? Y en efecto, al hablar así identificábame yo con el duelo de mi Patria y parecíame que él era el factor más poderoso de mis penas. Pocos días después, tú partías para el extranjero y yo quedaba asilada en una legación europea. Nada había podido revelarte de mi vida íntima. Sólo sabías que un deseo único, ardiente y exclusivo enseñoreábase de mi pecho desde los albores de la razón: la investigación de la verdad. Sabías la lucha en que me había visto empeñada con mi familia, que no comprendía que una débil niña soñara engalanar sus sienes con los laureles de Minerva, patrimonio exclusivo del sexo fuerte, y no ignorabas cuán acribarada había sido mi existencia antes de alcanzar la satisfacción de mis legítimas aspiraciones. Interrumpidos mis estudios por la aflictiva situación del país, que entonces condensaba todas sus fuerzas para la defensa nacional, muchas veces atribuías tú mi negra melancolía á la inercia intelectual á que forzosamente estaba condenada. Con maternal solicitud tratabas de inquirir el estado de mi corazón. Muchas veces me habías dicho que encontrabas un enorme desequilibrio entre las aspiraciones de mi inteligencia y las exigencias de mi exaltado sentimentalismo. Mi espíritu carecía de esa dulce y serena tranquilidad, compañera inseparable de una vida consagrada á la meditación y al estudio, y con todas las pretensiones de naturalista sólo descubrías en mí la volubilidad y aturdimiento de una pasión contrariada. Herborizando en la campiña ó estudiando la composición química de los cuerpos en el laboratorio, siempre me encontrabas abstraída y trabajando maquinalmente. Tan pronto mis labios se entreabrían con anhelo apasionado como si aspirasen el hálito del ser querido, tan pronto negra nube de tristeza dibujábase en mi rostro, y con salvaje desesperación arrojaba el libro en que momentos antes mis ojos se fijaban. ¿No me juzgas, pues, digna de tu confianza? me decías. ¿Sufres y yo no he de tener ni siquiera el triste consuelo de compartir tus penas? Unas veces saltaba á tu cuello y cubriéndote de besos suplicábate respetases mi dolor: otras, te hablaba de un sentimiento vago, oculto, incomprensible, algo así como el deseo de una felicidad desconocida, pero harto vislumbrada. Te hablaba con entusiasmo del ideal acariciado en mi adolescencia, de esa mitad del alma que en vano había buscado en una sociedad egoísta y exhausta de moralidad. Pero como asustada de haber dado demasiada expansión á mi espíritu, tornaba á mi obstinado mutismo, y al fin tú me concedías abandonar por entonces el interrogatorio, mas sí con la indispensable condición de que otro día había de ser más franca contigo. Perdona, Estela; hoy sufro mucho; no me hables de esto: todos mis dolores se exagerarían, me harían aún más desgraciada; cuando ya esté más habituada con mis sufrimientos, podré acaso hablarte de ellos. Estas eran siempre mis excusas, y tú callabas porque no querías contrariarme, y tratabas de aturdirme, hablándome de los adelantos científicos de nuestro siglo, de tus deseos de viajar, de conocer las grandes capitales europeas y de presenciar ese gran movimiento científico é industrial del viejo mundo. Pero basta ya de digresiones; voy á satisfacer tu curiosidad, continuando mi interrumpida narración. Dueña al fin de mí misma por la muerte de mi tutor, entrégueme por completo al estudio de mi ciencia predilecta. No más filosofía é historia literaria; todos mis maestros fueron despedidos, ó mejor diré, reemplazados por dos naturalistas: uno debería darme lecciones prácticas de zoología y botánica, y el otro, habría de iniciarme en el conocimiento y análisis de los cuerpos, estudios para mí completamente nuevos, pero que dieron á mi espíritu la clara concepción de la Naturaleza y modificaron notablemente mis ideas. La geología y paleontología no fueron tampoco descuidadas. Los ratos que me quedaban desocupados los consagraba á la lectura de las obras magistrales de los más modernos naturalistas. Lyell me enseñaba las lentas y pacíficas evoluciones de nuestro planeta y la transformación gradual de la materia, mediante leyes inmutables y eternas. Haeckel, con galano y pintoresco estilo, me hacía asistir al imponente espectáculo del desarrollo de los seres organizados, y desde la monera hasta el vertebrado, descubría siempre el mismo tipo, evolucionando mediante las grandiosas leyes de la herencia y la adaptación. Flammarión me conducía por el infinito pielago del espacio, haciéndome admirar las maravillas de la vía láctea, inmenso semillero de planetas; asistía con él á la condensación primitiva de nuestra nebulosa y veía con asombro que ese mundo que mis padres me habían hecho concebir la obra excelsa del Omnipotente, no era sino un átomo de materia voltejeando en la inmensidad del éter, siendo su rol en el Universo aun más humilde que diminuto grano de arena en el imponente Sahara. Querida Estela, ¿será preciso que te lo diga? el edificio de mis creencias comenzó á bambolear, pero á medida que los ídolos de la niñez se derretían al calor de los esplendentes rayos de la verdad, ¡qué gigantescas proporciones tomaba para mí la fuerza creadora! Es cierto también, que de mis reminiscencias cristianas sólo me quedaba un vago idealismo, algo así como una amalgama de la doctrina del verbo con la de Plotino. Yo no podía sustraerme al imperio de las eternas leyes de la lógica que había aprendido á conocer en Balmes; sorprendíame, sí, que tan clara y metódica inteligencia no hubiese sabido hacer la aplicación práctica de su propio sistema, y no podía dejar de escandalizarme viéndolo hacer la apoteosis del papado, tan en flagrante contradicción con la doctrina del Cristo. Mis estudios de historia universal me habían dado suficientes datos sobre el desarrollo de la idea religiosa en las grandes agrupaciones antiguas. Todas estas religiones habían tenido taumaturgos, profetas y mártires; su moral era más ó menos parecida á la evangélica: suponiéndome yo caída de la Luna y extraña á todo sobrenaturalismo, ¿cómo me avendría, á cuál daría mi preferencia? Y suponiéndome además persuadida, como lo estoy al presente, de la inmutabilidad de las leyes de la naturaleza, y por consiguiente, de la imposibilidad de los milagros, ¿qué pensaría de Moisés, Buda y hasta del mismo Jesús? Hombres tan ricamente dotados, con tan altísimas aspiraciones y tan sublimes ideales, ¿no habrían sido sino unos miserables impostores? Felizmente, mis estudios de fisiología me sacaban del apuro. Recordaba el capítulo de las alucinaciones del sistema nervioso y explicábame así el hecho, por lo demás harto demostrado, que hombres habituados á la meditación y al ascetismo, en un estado particular de nerviosidad, tomaran por revelación divina las concepciones de su propio genio. Llegué, pues, á emanciparme por completo de todo sobrenaturalismo, conservando, empero, particular cariño, á la personalidad encumbrada del Nazareno, ese bellísimo tipo de dulzura y bondad del que siempre habrá de enorgullecerse nuestra especie. Resolví adorar sólo en el recinto de mi alma la grandiosa fuerza creadora, velada con impenetrable misterio, y no inquirir más aquello que para mí, como para todos los mortales, habrá de ser siempre incognoscible, según el acertado epíteto de Herbert Spencer, este coloso del infinito. Tal era mi estado intelectual, cuando acontecimientos imprevistos me arrancaron de mi aéreo idealismo, para despeñarme en la más dulce, pero también la más efímera de las realidades. ¿Qué era hasta entonces de mi corazón? La adolescencia, esa edad de las volcánicas pasiones, había pasado sin causar jamás el más ligero estremecimiento en el blanco cendal que envolvía mi talle. Tú sabes que en ese tiempo sostuve yo titánica lucha con mi familia, la cual pretendía nada menos que sepultar en el claustro el mundo de aspiraciones que yo sentía germinar en mi cerebro. Quizá esta particular disposición de mi espíritu pudo precaverme de todo cariño; lo cierto es que yo amaba entonces la ciencia con el mismo furor, con la misma locura con que se puede amar á un hombre. Mi pasión era tirana y exclusiva. Á mi pesar me veía arrastrada á buscar con ansia la explicación de todo lo que me rodeaba, y á este anhelo indefinible, á este deseo insensato, como lo calificaban mis amigos y parientes, yo hubiera con alegría pospuesto Patria, familia y fortuna. Cuando vi mis sueños de niña realizados, cuando comencé á nutrir mi espíritu con el fortificante alimento de la verdad, apenas si me daba cuenta de que era mujer, y como tal, condenada infaliblemente á unir mi destino á un hombre. El tiempo me parecía que hubiese suspendido su curso; ya no era la eterna inquietud del mañana, que quizá podría traerme una débil esperanza; yo sabía que hoy como ayer, como siempre, había de encontrar mi libro abierto en el escritorio cuando el rayar del alba me trajese un nuevo día y un otro problema que resolver. Mi vida transcurría plácida y serena, entregada á queridas investigaciones, y cuando por la noche en mi salón iba á solazarme en grata y animada charla con mis amigos, hacía girar la conversación sobre el tema favorito de mis estudios, para penetrarme mejor de ellos y no perder el tiempo. Transcurrieron así dos años. Al empezar el tercer año de mis estudios y cuando con más empeño me engolfaba en el inmenso pielago de la observación, principió mi nombre á despertar la curiosidad de las personas amantes del progreso. Era una novedad, en Lima, que una señorita se dedicase con empeño á cultivar las ciencias. Muchas peruanas habían conquistado preciosos laureles en la carrera literaria; pero no se le había ocurrido á ninguna explorar el dilatado campo del saber. Mis maestros me aconsejaron optase por una carrera profesional, ya que tenía, á más de verdadera vocación, facilidad suma para los trabajos intelectuales; pero mi resolución era inquebrantable; amaba la ciencia por la ciencia misma, y no me atraían á ella mezquinos intereses ni el ansia de cosechar aplausos ó despertar simpatías. Se me tildó de egoísta, representáronme la conveniencia de abrir á la mujer peruana una carrera científica y profesional, á la vez que trataron de hacer vibrar las fibras de mi patriotismo, que algunos de mis profesores calificaban de exaltado. Nada omitieron para convencerme, ni el ejemplo de la señorita Henríquez, que acababa entonces de matricularse en el Cuzco para los estudios jurídicos, fué olvidado; pero yo permanecí inflexible, y harto me felicito de no haber cedido á las exigencias de mis amigos; estoy segura que habría tenido un amargo desengaño. En el Perú todavía no ha sonado, desgraciadamente, la hora de la emancipación de la mujer por la ciencia; ahí está la misma señorita Henríquez, que á mí se me presentaba por modelo, y para la cual, la carrera de abogado ha sido un doloroso via-crucis, teniendo por último que abandonar decepcionada los claustros universitarios, pues los padres de la Patria le negaban el título de bachiller que tenía bien merecido á fuerza de laborioso trabajo, con el especioso y fútil pretexto de que á ello se oponían las añejas leyes del período colonial. La mujer peruana está reducida á la triste condición de la mujer rusa. Si abriga el legítimo deseo de conquistarse un nombre ó una posición holgada en la sociedad, ya sea mediante el cultivo de las ciencias médicas ó jurídicas, habrá de emigrar al extranjero y desterrarse del hermoso y purísimo cielo de la Patria. ¿Y así nuestro país aspira á ocupar un lugar entre las naciones cultas? Ciertamente que aberraciones tales sólo se ven en nuestro Perú. En la República Argentina y en Chile se ha colmado de aplausos y distinciones á las mujeres cuya feliz iniciativa ha podido alentar las aspiraciones del sexo débil; pero en nuestra Patria se las mira como parias, y habrán de perder la razón si no optan por el destierro. Mi casa era el lugar de cita de la juventud estudiosa, y en verdad que sólo las personas cultas hubieran podido solazarse en una tertulia donde no se hablaba sino de los adelantos del espíritu humano. Pero en todo ese mundo ilustrado que constantemente me hacía la corte, yo jamás había encontrado algo que pudiera detener mis miradas ó interesar mi corazón. Soñaba, porque ya entonces principiaba á volverme romántica, con un hombre excepcional, prodigio de inteligencia, que amase el saber con entusiasmo igual al mío; lo quería también de un profundo é idealizado sentimentalismo y sin las vulgaridades y mezquinas pasiones que á cada paso veía en mí camino; en una palabra, el ideal estaba ya incubándose en mi cerebro, pero con tales exigencias, que era difícil, por no decir imposible, llegar á encontrarlo, sobre todo en la frívola sociedad limeña, donde el caprichoso destino me había colocado. Una tarde en que, concluida mi labor, revisaba los periódicos científicos nacionales y extranjeros á que estaba suscrita, llamó mi atención un artículo sobre geogenia. Tema era este de mi predilección, pero jamás había tenido la suerte de verlo bien expuesto. Desde las primeras líneas encantome el estilo: encontré novedad en las imágenes, belleza en los conceptos y ardiente entusiasmo en aquellas páginas donde palpitaba el sentimiento; no era un trabajo meditado y frío, como los que yo siempre había visto; el autor había puesto allí no sólo su cerebro, sino también, y más que todo, su corazón; yo me entusiasmaba con él y con él asistía al majestuoso alumbramiento de nuestro planeta: veía surgir de la materia los seres primitivos, las algas, los hongos, los bulliciosos antropoideos, y por último, nuestros nobles y primitivos ascendientes. Asistía después al imponente espectáculo de la evolución intelectual de nuestra raza, cuyas monumentales y esplendentes conquistas historiaba con brillo y gracia inimitables....Un dulce estremecimiento vibró en todo mi organismo ; pero ¿ quién era él ? Seguramente había de ser un ángel encarnado en la más bella forma humana. Vi una fecha y un nombre: éste quedó grabado con caracteres de fuego en mi pecho palpitante de emoción... ¡Alberto Gonzaga! mis labios murmuraron con apasionado acento este nombre; buscaba entre mis amigos, porque, con gran asombro mío, el periódico que en los primeros instantes de mi lectura yo creí extranjero, resultó de la localidad; buscaba, decía, entre mis conocidos, algo que pudiese orientarme acerca del autor de la preciosa composición, pero mi memoria permanecía muda; sin embargo, yo me encontré en ese mismo momento metamorfoseada por completo, era otra mujer con distintas tendencias y distintas aspiraciones. El Universo tomaba en mi cerebro forma diferente, y todo aparecía á mi vista mucho más bello y radiante; pero era que en todas partes encontraba el dulce nombre de Alberto. En la inmensidad de los cielos, en el susurro de la brisa, en el perfume de la flor, yo no veía sino la reproducción de este nombre divino, al que desde entonces elevé en mi pecho un pedestal de adoración ardiente y apasionada. II Muy raro y extravagante encontrarás, querida Estela, este capricho de mi corazón, hasta lo juzgarás inverosímil, pues todos sabemos que el sentido de la vista es el que juega más importante rol en esa fiebre de los sentidos que llamamos amor. Pero lo cierto es que desde este fatal momento de mi primer delirio amoroso, yo experimenté todos los transportes y emociones de la mujer apasionada. Conservaba, es verdad, el gusto por el estudio; mas no tenía tranquilidad para nada. Por todas partes veía á ese hombre superior, que con su mágica palabra habíase apoderado de todo mi ser, y mi febriciente imaginación le daba el aspecto, la actitud y hasta la fisonomía que se me antojaba encontrar bella, pero con aquella belleza ideal que hubiera soñado un artista al crear un tipo en que brillara la más alta inteligencia asociada á la más exquisita ternura. Seguramente que los amantes en condiciones análogas á las mías, deben tener el don de la obicuidad, pues que Alberto es un verdadero facsímile del fantástico ser que por espacio de tres meses flotó en mi alborotado pensamiento. Aunque harto tímida por carácter y temblando de pronunciar el nombre de mi amado con demasiada emoción, aventureme á dirigir á mis amigos algunas preguntas sobre el autor de la interesante composición científica sobre génesis de nuestro planeta. Pero con bastante asombro mío hube al fin de convencerme que ese mundo de aspirantes á sabios á quienes yo tanto estimaba, era sumamente hostil al dueño de mi corazón. Es un tonto ensimismado, me decían unos; es un miserable plagiario, añadían otros; su altanería raya en el ridículo, agregaban los más moderados, y todos estaban de acuerdo para afirmar magistralmente que Alberto era mucho menos que una medianía. Ya podrás imaginarte cuánto torturaría mi espíritu esta manifestación de la más baja y más antipática de todas las pasiones que degradan la dignidad humana. Porque después de todo, estas personas no tenían motivo alguno de queja respecto de Alberto: los más, apenas lo conocían, y sólo sus escritos y los aplausos que tan justamente había obtenido, era lo que los ponía de mal humor. Mientras tanto, los días pasaban y mis estudios se hallaban estacionarios. En vano mis ojos se fijaban en los libros, sólo veía los caracteres. Mi mente estaba absorta en un pensamiento, en una idea única: conocer á ese hombre singular que me había hablado un lenguaje tan nuevo, que había despertado tal mundo de afectos, de sensaciones en mi cerebro. Ese instante no se hizo esperar mucho, y ya verás de qué extraño modo había podido conocer á mi Alberto sin amarlo, así como lo amaba sin saber que lo conocía. Buscando distracción á mis tristes pensamientos, examinaba un día las tarjetas que habían dejado las personas que en el transcurso del año me habían sido presentadas. ¡Cuál fué mi asombro al encontrar el nombre de mi amado en una hoja que ostentaba la ancha faja negra de las tarjetas de luto! No podía dudarlo, Alberto había estado en mi casa, yo había hablado con él, pero seguramente la presentación había tenido lugar muchos días antes que el periódico me lo hubiese hecho conocer. La tarjeta de Alberto era la única que llevaba la insignia de luto, y esta circunstancia pudo orientarme. Recordé, no sin algún trabajo, la visita de un jovencito que había sido recomendado por un amigo mío para que me hiciera pasos de matemáticas, y al que no pude aceptar por tener ya profesor de este ramo. Al despedirse me entregó su tarjeta, cuyo nombre ni siquiera leí, pero sí noté la faja negra. Era, pues, Alberto, antiguo conocido mío, y yo, sin saberlo, había sufrido tanto, pensando en las dificultades que indudablemente tenía que vencer para obtener su amistad. Desde ese momento, alegría y calma volvieron á mi espíritu. Aunque la fisonomía de Alberto hubiera quedado muy vagamente impresa en mi alma, yo tenía la seguridad de que el metal de su voz había de hacérmelo reconocer. Con esta esperanza me tuviste desde ese día instalada en una ventana que daba á la calle y por donde seguramente había de pasar Alberto con frecuencia, pues se encontraba en el trayecto de la Universidad. El tan deseado instante no se hizo esperar mucho, y en una bellísima tarde de primavera tuve la incomparable dicha de contemplar de cerca al ídolo de mi corazón. Iba acompañado de un amigo; saludome con suma cortesía, y yo me apresuré á felicitarlo por su expléndido artículo, tan encomiado con justicia por toda la prensa. Alberto se ruborizó, y con trémula voz me pidió permiso para hacerme una visita en el próximo domingo; ya podrás imaginarte que el permiso no fué negado, y una significativa mirada acompañada de la más graciosa sonrisa fué el premio de mi condescendencia. Aquella tarde yo no habría cambiado mi insignificante personalidad por la más encumbrada del universo: era feliz; una sola mirada de Alberto me recompensaba con usura de todos los sinsabores, de todas las amarguras que hasta entonces habían torturado mi corazón. Con febril ansiedad esperé el día señalado para nuestra entrevista. La sola idea de estar algunos momentos cerca del hombre que adoraba, me hacía estremecer de gozo. Te confesaré, Estela mía, que el amor desde el principio se había apoderado con tal imperio de mi alma, que no me daba lugar á reflexión alguna. Yo no reconocía más leyes que las dictadas por mi pasión, y subordinar la voluntad mía á la de mi amado era la suprema aspiración que me dominaba por completo. Llegó el domingo; Alberto no se hizo esperar mucho: fué el primero de los que aquel día vinieron á saludarme. Apenas habíamos podido ambos, harto emocionados, cambiar algunas frases, cuando llegaron otros visitantes. Con gran pesar mío hube de distraer mi atención en estas personas, y automáticamente seguía la conversación, de la cual ni vaga huella ha quedado en mi mente. Colóqueme de manera de poder contemplar á Alberto sin ser notada, y traté de inquirir en su bella y tranquila fisonomía los misterios de esa alma superior y apasionada. ¿Dónde estaban los rasgos de orgullo y altanería tan exagerados por sus émulos? Yo me encontraba enfrente de un joven, mejor diré, un niño, pues los caracteres de la virilidad apenas si asomaban en su infantil semblante. Sus grandes ojos negros, velados por largas y sedosas pestañas, estaban impregnados de la más dulce y tierna melancolía. Parecía que no fijaban su atención en este universo por reconcentrarse en ideales superiores y desconocidos. Un mundo de poesía revelaba su mirada, donde ardían la bondad y la ternura de una alma virginal. Su frente espaciosa y suavemente ondulada, llevaba impresos los caracteres del genio, y los rizos de su negro cabello que sobre ella caían con natural descuido, añadían nuevo encanto á su simpática y bella fisonomía. Su graciosa y pequeña boca, plegada por dulce y melancólica sonrisa, parecía indicar la tranquila seguridad de la inocencia y la santa resignación de los que soportan con ánimo sereno las injusticias humanas. Alberto había tomado parte en la conversación, pero con mucha timidez. No se aventuraba á dar su opinión si no era interrogado, respondiendo apenas con monosílabos las preguntas que otros le dirigían. ¿Dónde estaba, pues, el atrevido, el farsante que, á trueque de hacer ostentación de afectada fraseología, habría atropellado por todo? ¿Dónde el hombre altanero que se creía superior á los demás y que no perdía ocasión de mortificar el amor propio de sus colegas? Bien al contrario, yo me fastidiaba de su reserva y su timidez. Hubiera querido verlo más confiado en su genio y con suficiente conciencia de su indisputable superioridad. Más tarde mi influencia fuéle en esto bastante provechosa, pues yo me concreté especialmente á vencer ese apocamiento de carácter, esa duda, esa desconfianza que Alberto tenía de sí mismo. En una palabra, yo fui para él la revelación de sus propias fuerzas, yo le descubrí al gigante intelectual su titánico poder. Contrariado estaba Alberto con la presencia de tantas personas. La situación para los dos era insostenible, ó por lo menos muy embarazosa: ¡hubiéramos querido, decirnos tanto! y, sin embargo, apenas podíamos mirarnos. Alberto, al inclinarse para darme la mano, me dijo: volveré el miércoles; y yo quedé tranquila con la seguridad de verlo esta vez sin importunos testigos. Ya podrás imaginarte cuán largas me parecerían las horas que del ídolo de mi corazón me separaban. Yo sabía que Alberto no podía disponer de sí en el día por tener muchas ocupaciones. Era, pues, en la noche cuando debería esperarlo. Quise que esta visita fuera completamente reservada, y aguardé á mi amado en la habitación donde acostumbraba recibir mis lecciones. Tenía razón. Si Alberto había podido con su omnipotente palabra despertar con tal energía el mundo del sentimiento, hasta entonces dormido en mi pecho, ¡cuán nuevos horizontes no debía prometerme para el desarrollo de mi mente con su vasta ilustración y sapientísimo criterio! ¡Qué sensación de indefinible, de inmenso placer sentí al estrechar su mano! Pero él no estaba menos emocionado. Con trémulo acento narróme sus indecisiones y temores hasta obtener la carta que lo introdujo á mi presencia; la desagradable impresión que le había producido lo indiferente de mi actitud en su primera visita y la inesperada sorpresa que le causó mi entusiasta felicitación. Agregó que siempre en sus sueños infantiles había concebido un tipo femenino harto excepcional, pero muy semejante al que en esos momentos disponía con absoluto imperio de todo su ser. Era decir demasiado en una primera entrevista. Así lo comprendió seguramente Alberto, pues en seguida quiso que yo le explicase lo que él llamaba mi enigmática existencia, no acertando á descifrar el raro fenómeno de encontrar en la sociedad limeña una mujer que despreciara la moda, la galantería, los placeres, sólo por la árida y severa contemplación de la verdad. Traté de complacerlo, refiriéndole lo más suscintamente posible mi historia, el aislamiento en que había pasado mis primeros años, causa, á mi juicio, de lo que mis amigos llaman singulares excentricidades, y la lucha que tuve que sostener con mi familia antes de consagrar á la ciencia la actividad completa de mi espíritu. Visiblemente conmovido Alberto con mi relación, tomó una de mis manos, que yo dejé entre las suyas, y me dijo: "Nuestras almas se adivinaban antes de conocerse, y de hoy más, quedan hermanadas para siempre. Usted adora la ciencia, que fué la única ambición de mi alma desde niño: pues bien, jurémonos aquí no vivir los dos sino para la sabiduría; sea ella la diosa á quién tributemos toda nuestra adoración, así como es ella el dulce lazo que anuda nuestras existencias." Los dos teníamos plena conciencia de nuestra mutua pasión, éramos libres, nada podía limitar nuestras dulces emociones. Si tan felices nos sentíamos el uno al lado del otro, ¿por qué no habríamos de vernos con frecuencia? Acordamos, pues, reunirnos en mi casa todas las noches, pero con la indispensable condición de que nuestras veladas no tendrían testigos. Seguramente la felicidad es egoísta, pues nosotros no queríamos hacer á nadie partícipe de la nuestra. III Yo le había manifestado á mi Alberto el deseo que tenía de conocer los preciosos frutos de su inteligencia, y cada discurso ó memoria que me leía era un motivo más de admiración, así como nuevo combustible para la amorosa llama que alimentaba mi pecho. Recuerdo hasta ahora la impresión que me causó su tesis sobre óptica en que exponía una teoría tan nueva como atrevida respecto á la coloración de los cuerpos. Con sólo este trabajo hubiera podido Alberto conquistar honroso puesto en el templo de la inmortalidad. Pero ¿cómo había podido en tan cortos años adquirir conocimientos tan profundos en todos los ramos del saber? Yo me quedaba sobrecogida ante la facultad creadora de este genio privilegiado, pasmábame la precoz fecundidad de su talento y lo elegante y florido de su dicción. Tan altas dotes sólo se alcanzan á fuerza de constante y prolongado estudio; pero la idea brotaba del cerebro de Alberto expontánea, vigorosa y sin esfuerzo alguno; los libros no le hacían falta; parecía que adivinaba ó concebía por sí mismo todas las teorías que yo había buscado con afán en muchísimos volúmenes. Nuestras veladas se hacían para los dos cada día más amenas. Alberto decía que yo era su inspiración y que nunca se había sentido tan entusiasta y ambicioso de gloria como en los momentos que estaba á mi lado, y añadía que si más que nunca ansiaba ciencia y reputación, debíalo sólo al poderoso estímulo de mi cariño. Pero, transcurridos algunos días, la escena cambió por completo. Alberto callaba en mi presencia, no tenía ni la voluntad ni el poder que antes para las disertaciones científicas; una nube de melancólica tristeza velaba su mirada otras veces tan exuberante de entusiasmo y tan impregnada de sentimentalismo; parecía que sus ojos temían encontrarse con los míos, y el contacto de mi mano lo hacía estremecer. Nuestras veladas se pasaban silenciosas, pero en medio de nuestra mutua turbación siempre gozábamos inmensamente con estar juntos; y Alberto, unas veces tembloroso y agitado, otras tiernamente melancólico, asegurábame con graciosa ingenuidad que en toda su existencia jamás había saboreado más dulces y extrañas emociones. Mi amante tenía todo el pudor, todo el encanto, toda la timidez de las almas inmaculadas que desearan amar como los ángeles, sin tener en cuenta las inevitables exigencias de la materia. Serios temores me hacía concebir la terrible lucha que consumía las fuerzas de mi amado; temblaba por su salud; pero ¿qué hacer? ¿Había acaso de manifestarme más comunicativa que él? Su reserva estimulaba la mía, y mi sexo me imponía la necesidad de callar y sufrir resignada. Una noche en que Alberto había prolongado su visita más allá de la hora de costumbre, al estrechar mi mano, con emoción, copioso llanto inundó su rostro. Esta muda explosión de sufrimiento venció mi pudor: inconscientemente arrojéme en los brazos de mi amado; los sollozos me ahogaban; nuestro delirio había llegado hasta el frenesí; suprimida estaba la conciencia, anonadada la voluntad..... IV Era medio día. Reclinada en un sillón con lánguido abandono, hojeaba un tratado de Antropología, monumento elevado á la ciencia por el sabio español Vilanova. Yo me sentía feliz, inmensamente feliz. En esos momentos sólo se me hubiera ocurrido pedirle á nuestra madre Naturaleza el privilegio de la inmortalidad, pero de esa inmortalidad que en el Olimpo de los griegos servía el néctar á los dioses: eterna juventud compartida con mi amado, he ahí el solo paraíso que mi espíritu concebía, también eternamente deleitable. Sonó el timbre: algún importuno me buscaba; no importa: yo había ordenado á mi sirvienta no recibiese á nadie ese día. Quería saborear á mis anchas la embriaguez placentera de la víspera, quería reproducir en lo íntimo de mi alma ese mundo misterioso de placer infinito con que el amor me había regalado. Pero ¡cuál fué mi sorpresa al ver á mi Alberto pálido y trémulo entrar á mi habitación y caer á mis pies! Tomó mis manos que cubrió de besos y de lágrimas, y apenas pudo articular estas frases: —¡Ídolo mío, he sido un loco, un miserable, no sé cómo he podido atreverme á profanar el santuario de mi amor; pero, dueño de mi alma, de tus plantas no me alzaré hasta haber obtenido un perdón generoso; yo repararé mi falta y, haciéndote ahora mismo mi esposa, seré para siempre tu más sumiso esclavo. —¡Ante todo, por Dios, deja esa actitud de ti tan impropia!-le dije, obligándolo á levantarse. —Tu puesto está aquí sobre este corazón que te adora y no reconoce otra ley que tu soberana y absoluta voluntad. En seguida, traté de tranquilizarlo por todos los medios que me sugirió mi cariño. ¿Acaso no me reputaba yo la más feliz de las mujeres con poseer su amor? ¿Qué más podía ambicionar? Por otra parte, ¿quién tenía derecho sobre mi persona, quién podía pedirme cuenta de mis acciones? Yo era completamente libre y, estando él en condiciones análogas á las mías, era inútil atormentarnos por lo que el mundo dijera ó pensara de nosotros. Alberto pareció calmarse algún tanto, sentóse á mi lado y con tono cariñoso me preguntó si me había sentido bien en la mañana y si esperaba verlo tan pronto. Él no podía vivir ya lejos de mí, quería verme, quería estrecharme contra su corazón á cada instante; era indispensable legitimar nuestra unión; yo lo enloquecía si me negaba á aceptar su mano. Te sorprenderá, Estela querida, de mi parte esta conducta al parecer tan injustificada; pero ¿qué quieres? mi situación era muy excepcional; yo quería ser dichosa á mi manera; seducíame tanto la aureola de poesía con que se realzaba mi pasión, cuanto me disgustaba la prosaica seriedad de un compromiso eterno en que la espontaneidad era reemplazada por el deber. Amar á Alberto, poner á sus pies mi corazón, mi honor y mi vida, esto me parecía sublime y además tenía los atractivos de la singularidad. Podía, es cierto, mortificar mi orgullo; pero halagaba mi vanidad, y te confesaré, Estela mía, que la vanidad fué siempre mi pasión dominante. Por otra parte, el matrimonio católico significaba para nosotros la apostasía: ambos éramos libre-pensadores; ¿cómo, pues, habíamos de ir á pedirle al catolicismo la consagración de nuestro cariño? Esto hubiera sido una triste inconsecuencia ó una culpable hipocresía. Ya esperaríamos que el espíritu de progreso llevase á nuestra patria el matrimonio civil, y entonces podríamos satisfacer plenamente á la sociedad; mientras tanto, pasaríamos por prometidos. Si se juzgaba mal de nosotros ¡qué hacer! no éramos los únicos en quienes la maledicencia habría de cebarse. Con estas y otras razones, traté de persuadir á mi amante; pero ya verás cómo en lo sucesivo Alberto justificó sus veleidades con esta mi resistencia, que, en resumen, sólo demostraba el exclusivo imperio que en mi pecho ejercía el amor. V Cada día mi Alberto se mostraba conmigo más obsequioso y complaciente. Pasaba á mi lado la mayor parte del día y de la noche; no se cansaba de prodigarme á cada momento protestas de amor eterno, sólo parecía tranquilo cuando yo le repetía hasta la saciedad las mismas protestas, los mismos juramentos. Pasados los primeros días de amorosa locura, preciso nos fué volver á nuestras habituales ocupaciones, y desde entonces Alberto, atendió más á mis estudios que á los suyos propios. Debido á su celo y á la claridad de su enseñanza, pude yo hacer rápidos progresos en la biología y en la química. Ejercitábame en el análisis y la clasificación, queriendo hacer mi aprendizaje ante todo experimental. Sus lecciones me fueron tan provechosas, que antes de seis meses había aprendido con él mucho más de lo que mis maestros hubieran podido enseñarme en dos años. Mi dicha, á la verdad, fué corta, pero también es cierto que fué completa. Todos mis deseos estaban satisfechos: adornaba mi inteligencia y desarrollaba mi corazón. Con harta propiedad, pues, llamaba yo mi Abelardo á mi joven maestro. Una cosa no más me contrariaba: sentíame empequeñecida ante el sentimentalismo de Alberto. La superioridad intelectual de él jamás la hubiera puesto en duda, pero yo me creía con mayores facultades afectivas. Habíame engañado: la pasión de Alberto tenía el vertiginoso aspecto del abismo: jamás el raudal de ternura que yo sentía desbordarse de mi pecho hubiera podido equilibrarla. Yo lo veía, lo sentía, y esta consideración, á la par que humillaba mi amor propio, realzaba á mi amado en mi mente y me obligaba á amarlo más, si hubiera podido mi pecho contener aun más amor. El sentimiento prevalecía sobre la razón en Alberto: alma tierna y apasionada, llevaba siempre en su mente un mundo fantástico de poesía, al que subordinaba los severos axiomas de la ciencia positiva; por eso, aunque aceptaba la concepción mecánica del Universo, siguiendo los principios de la escuela alemana, complacíase en viajar con Flanmarión de estrella en estrella, buscando en los etereos pliegues del espacio la solución de un secreto y misterioso futuro. Su placer más grande, era platicar conmigo en las noches, debajo de la bóveda azulada; allí era donde se encontraba completamente dichoso; su amor no podía encerrarse en el estrecho círculo de una vida precaria y limitada; necesitábamos, decía, la amplitud del espacio y una existencia sin límites para satisfacer plenamente esa necesidad fatal de amor y sabiduría que ambos concibiéramos. El recuerdo de esos momentos deliciosos en que tan feliz me sentía en los brazos de mi amado, constituye hoy mi más horroroso suplicio: yo no puedo, Estela mía, contemplar el cielo sin reproducir la historia de todos mis dolores; cada uno de esos astros, mudos testigos de mis pasadas alegrías, me hablan siempre de Alberto; cada uno de ellos me dice también que mi dolor jamás podrá encontrar lenitivo alguno sobre la tierra. Mi amado, al igual que yo, no había sido feliz en su infancia: él también había tenido que vencer muchos obstáculos antes de consagrar su espíritu á las investigaciones científicas. Su familia carecía de fortuna, y para poder venir á Lima y matricularse en la Universidad, tuvo primero que procurarse recursos por medio de asiduo trabajo durante dos años. Siempre él recordaba con dolor las dificultades que habíanse levantado en su camino, y los amargos ratos soportados con valerosa resignación antes de encontrar en la capital del Perú el logro de sus aspiraciones. Pero si en su país natal hubo de luchar con la pobreza, compañera inseparable del genio, aguardábanle en los claustros universitarios mayores contrariedades. Desde el principio pudo apercibirse de la mala voluntad de sus colegas, que no tenía entonces otra causa ostensible que la moralidad y pureza de costumbres que hasta cierto punto lo singularizaban. Alberto oía con enfado y disgusto los escandalosos diálogos de sus compañeros; hacíanlo ruborizarse los términos impúdicos y libres que les eran familiares y que él no podía escuchar sin sentirse horrorizado y sorprendido. Muchas veces, hablándome de esto, me decía: Te confesaré, dueño mío, que en mi cándida ignorancia, jamás había podido prever toda la repugnante asquerosidad del vicio tal como entonces se exhibía á mis ojos, y hube de pasar tan malos ratos oyendo, á mi pesar, conversaciones tan escandalosas é inmundas, que hasta tentaciones me dieron de abandonar esos claustros donde yo había creído que sólo podía morar la ciencia asociada con la virtud. Pero como no me encontraba en situación de hacer más desembolsos, tomé mi partido, prescribíme la línea de conducta que había de observar con mis compañeros de estudio. Evitaría en lo posible sus conversaciones, huiría de esas compañías que tan en oposición estaban con mi manera de ser. Yo sabía muy bien que el vicio jamás hallaría cabida en mi alma, y no temía contaminarme; pero ¿qué quieres, amor mío? el espectáculo de los que así empequeñecían la dignidad humana, me indignaba, y la degradación de mis colegas, su descarada impudicia, producíame tan repelente efecto como el de los epidemiados de un lazareto. Cuando Alberto principió á llamar la atención del público con sus escritos, cuando hubieron de comprender que aquel provinciano desconocido, aquel niño endeble, enfermizo y raquítico, reunía en su persona los caracteres más culminantes del genio, hábilmente realzados por la más brillante y fácil elocución, entonces todas las malas pasiones saliéronle al encuentro para perderlo, ó por lo menos, para acibarar su existencia. Ya podrás imaginarte el efecto que en esa alma amante y saturada de benevolencia, produciría la injustificada y hostil actitud de sus compañeros, de aquellos seres que, por estar en inmediato contacto con él, tenían lugar de apreciar mejor sus méritos y hacerle cumplida justicia. Sin embargo, aquel noble y levantado espíritu no podía dar abrigo á ningún pensamiento malévolo, y jamás pude descubrir un átomo de hiel en su puro é inocente corazón, que únicamente latía á impulsos de encumbrados sentimientos. Así, cuando yo le refería indignada los juicios desfavorables que en mi presencia se habían emitido acerca de él, antes que compartir mis sentimientos, encarecíame la necesidad que todos tenemos, alguna vez siquiera, de la conmiseración de los demás, para obligarme á ser indulgente con sus indignos émulos. Después de todo, añadía, nosotros nos comprendemos, nos amamos y somos inmensamente felices: ¿qué nos importa lo que hayan podido decir ó pensar de nosotros? El obligado aislamiento en que ambos habíamos pasado nuestros primeros años, parece que había predispuesto admirablemente nuestro corazón á todos los sentimientos afectuosos. En efecto, los dos llevábamos intacto el caudal de ternura que la pródiga Naturaleza nos ragalara; los afectos de familia nos habían sido casi desconocidos, y el esplendente sol del amor jamás había vivificado nuestra existencia; por eso Alberto encontraba la plenitud de la vida en mis brazos; por eso también la embriaguez placentera del amor absorbía por completo nuestras almas. Sin embargo, esa vida de aislamiento y de sinsabores, había dejado hondas huellas en el corazón de mi amante, y su espíritu estaba impregnado de la más profunda melancolía: en el seno mismo de la dicha no se encontraba satisfecho; temblaba por el porvenir y contristábale el pasado; muy pocas veces tuve la satisfacción de ver retozar en sus labios la pura sonrisa del placer, aunque á menudo me aseguraba que la sola idea de ser mío, completamente mío, bastábale para sentirse invadido del más íntimo y supremo goce. Cuando yo lo veía entrar á mi habitación con su aspecto melancólico, culpábame á mí misma por no saber hacerle risueña la existencia; pero él, con acento apasionado, me decía: —Es que no puedo ser dichoso mientras tenga que separarme de ti un solo momento. Cuando no te veo, siento angustia, pienso sin cesar en ti, me parece que el aire me falta, ya desfallezco y mi sangre se paraliza. Sólo á tu lado comprendo la dicha, sólo en tus ojos veo mi consuelo, sólo al sentirme entre tus brazos olvido mis pesares, disipo mis quimeras. Y con estas y otras frases de amor procuraba distraer mi atención y hacerme desistir de mi empeño por modificar ese estado habitual de su espíritu. Pero cuando esta melancolía se acentuaba, ya encontraba yo el modo de disiparla. Mi amante era apasionado admirador de la Naturaleza: en el campo, en medio de los árboles y de las flores, volvía á encontrar la perdida alegría. Todo le impresionaba agradablemente: el susurro de la brisa, los conciertos de los pajarillos, el murmullo de los insectos, le producían dulces y misteriosas emociones. Muchas veces pasábamos los dos, tardes enteras en sabroso éxtasis enfrente de esa amorosa madre, cuyos misteriosos secretos tanto ansiábamos penetrar; solíamos también llevar nuestro libro para estudiar juntos, y prolongábamos nuestro paseo con frecuencia hasta el anochecer, para embriagarnos con el imponente y majestuoso espectáculo que ostenta el espacio á esas horas, en la zonas intertropicales. Alberto, cada día más ebrio de cariño, no acertaba á separarse de mí, y cuando las indispensables obligaciones lo alejaban de mi lado, veía por todas partes la reproducción de su exclusivo pensamiento: —Alma mía, me decía, cuanto me rodea, de ti me habla; veo por doquiera tu imagen; mi fantasía domina aire y agua, cielo y tierra, y no hay voz que no tome por tuya, ni ruido, ni armonía, ni suspiro que ecos tuyos no me parezcan. Un año de completa felicidad había transcurrido; en todo este tiempo su conducta fué tan fina, caballeresca y delicada como el primer día de nuestro amor, y su pasión no sufrió menoscabo alguno. Nada podía compararse con las ternezas y cariños que conmigo gastaba, y si algo hubiera podido yo ambicionar, habría sido tener un alma tan ricamente dotada como la suya para corresponder dignamente pasión tan inmensa. Era culto, era idolatría lo que yo sentía por Alberto; y, á pesar de todo, mi sentimentalismo siempre estaba empequeñecido al lado del suyo; era como una gota de agua comparada con el océano. Cuando más halagada estaba con la venturosa posesión de mi amante, hube de comprender que ese año de placer no significaba para mí sino el preludio de dolorosa angustia, de hondo y eterno pesar. El destino cruel no había colocado en mis labios la dorada copa de sabroso néctar, sino para hacerme apurar hasta la saciedad el más amargo y venenoso brebaje. Si es cierto que el desarrollo intelectual de Alberto había sido demasiado precoz, en cambio manifestábase niño en todo lo demás: faltábale energía, firmeza de carácter y tenía los caprichos y veleidades de un chicuelo no entrado aún en la adolescencia; yo debería, pues, ser víctima fatal de este desequilibrio orgánico que explica suficientemente la rara conducta de mi amante. Sólo ahora que la venda ha caído de mis ojos, me doy cuenta del brusco cambio de su conducta y veo claramente las causas que lo motivaron; pero cuando tuvo lugar el desarrollo de los acontecimientos, fué ella para mí tan rara como enigmática. Alberto se fastidiaba de mí; habíale acontecido lo que al caprichoso chiquillo que después de haber ansiado con desesperación un raro y costoso juguete, satisfecho hasta la saciedad su pueril deseo, hastíase de él y, si no lo puede hacer pedazos, lo rechaza de su lado y le causa aversión hasta su recuerdo. La cultura de Alberto y sus nobles sentimientos lo retuvieron algún tiempo á mi lado; después de haberse efectuado en su espíritu esta desgraciada evolución, que harto justificaban sus pocos años y falta de experiencia de la vida. Mi amante buscaba ya con menor empeño mi compañía; los compromisos con amigos eran otros tantos pretextos con que disculpaba su desvío. Lamentaba el culpable abandono en que había dejado sus estudios, y me hacía presente que era indispensable tener distinto método de vida por interés de ambos; en una palabra, las excusas le sobraban para justificar su cambio de conducta, reflejo fiel del que se había efectuado en su alma. Pasaron así seis meses; yo callaba y sufría; mi pobre corazón adivinaba sin duda la horrible crisis que se me esperaba, pues desde el primer momento la nueva conducta de mi amante sumióme en negra é insoportable inquietud. Un acontecimiento imprevisto vino á precipitar el desenlace fatal de mi desgraciado amor. La muerte de un acaudalado pariente de Alberto, produjo un notable cambio en su posición social, y con esto forzosamente aumentaron los motivos de alejamiento entre ambos. Los convites, las invitaciones, sucedíanse sin interrupción; apenas si tenía algunos momentos desocupados para hacerme, con largos intervalos, una corta visita. Por último, como mi amante sólo á su pesar era que seguía sus estudios en Lima, dueño ya de suficientes recursos, resolvió trasladarse á Europa para continuar con mejor éxito sus investigaciones científicas en París y Berlín, las dos grandes capitales del pensamiento humano. Comunicóme su resolución asegurándome que si no me llevaba consigo era sólo por no dar pábulo á la maledicencia; pero que, una vez establecido allá, su primer cuidado sería tratar de que yo me le reuniera; agregó que esto no podría pasar de tres meses, pues él creía morirse si yo le faltaba más tiempo, y con mil ternezas y cariños obligóme á soportar resignada una ausencia que él me aseguraba iba á ser de tan corta duración. Teniendo en cuenta lo provechoso que tal viaje le sería, tanto para fortalecer su débil temperamento como para perfeccionar sus estudios, guardéme de disuadirlo de sus propósitos; antes por el contrario, hube de emplear toda mi influencia para que llevara á cabo sus proyectos con la mayor brevedad posible. Entre sollozos y lamentos despedímonos jurándonos amor eterno. Alberto me aseguraba que sólo en esos instantes supremos en que veía la realidad de nuestra separación, tenía cabal conciencia de la intensidad de su amor y de cuán irreemplazable era el lugar que yo ocupaba en su pecho. Habíame prometido escribirme en todo el trayecto de su viaje, y cumpliólo escrupulosamente: yo recibí nuevas de él cada semana hasta su llegada á la culta capital parisiense. Todas estas cartas estaban impregnadas de los más tiernos sentimientos de amor; en todas ellas me expresaba, en los términos más delicados y ardientes, la inmensidad de su afecto; parecía que éste se había reavivado maravillosamente con la distancia. Yo hube, pues, de tranquilizarme, hasta llegué á prometerme nuevos días de gloria y ventura á su lado, idénticos á los del primer período de nuestro amoroso idilio. Pero la segunda carta que me escribió de París al mes de su llegada á esa ciudad, carta que yo esperaba con impaciencia, creyendo que en ella me ordenase salir de Lima, causóme suma inquietud. Toda ella era una brillante descripción de sus impresiones enfrente del desarrollo científico, que, según me decía, absorbía en esos instantes todas sus potencias y sentidos; me hablaba con entusiasmo de los laboratorios, de los museos, de las conferencias científicas y literarias, pero apenas si consagraba un cortísimo párrafo á las expansiones amorosas que tanto abundaban en su anteriores cartas. Yo me quejé, como era natural, de tan súbito cambio; pero Alberto me respondió que no comprendía mi desagrado, y me preguntaba con cierto tono burlón si estaba yo celosa de la ciencia, que, añadía, era la única beldad femenina que podía destronarme del preferente lugar que yo ocupaba en su corazón. Sus cartas eran cada vez más cortas y con mayores intervalos; ya no me cabía duda: la distancia había aniquilado por completo su afecto. Resolvíme, pues, á suplicarle me descubriera con franqueza el verdadero estado de su alma; yo apelaba á su caballerosidad para que, sin ambajes ni rodeos, me revelase todas la modificaciones que en ella hubieran podido operarse con relación á nuestro cariño. Alberto me dirigió en respuesta una larguísima carta, en que me hacía los más inauditos é infundados cargos. Todas sus veleidades é inconsecuencias cargábamelas á mi cuenta: me aseguraba que yo sola era causante de nuestros infortunios, por haberme negado á aceptar sus propuestas de matrimonio, cuando él, enloquecido de amor, me pedía esta gracia como prueba de mi cariño; agregaba que todos los remordimientos y sinsabores que en esos momentos devoraban su espíritu, eran sólo el funesto legado de un amor tan infeliz como criminal; concluía deseándome resignación en el presente y cumplida felicidad en el porvenir. Tan sarcástica despedida produjo en todo mi ser una horrorosa explosión: perdí el conocimiento y caí gravemente enferma; no sé cuántos días estuve batallando entre la vida y la muerte, pues cuando recuperé el uso de mi conciencia, érame completamente indiferente todo cuanto me rodeaba. Había caído en cierta especie de estupor, del que sólo pudo sacarme tu presencia y tus consuelos tan hábilmente combinados. Aquella tenebrosa faz de mi vida coincidía precisamente con nuestras primeras desgracias nacionales, y tú creíste que mi mudo pero visible dolor, era causado, en gran parte, por el duelo de la patria y el cambio radical que yo me había visto obligada á introducir con mis habituales ocupaciones. Yo emprendí entonces lo imposible: traté de olvidar á ese hombre ingrato y desconocido que me había echado de su pensamiento; quise apartarme de todo lo que pudiera reproducir su imagen y despertar en mi espíritu ideas ó sentimientos que yo deseaba entregar á perpetuo olvido. Con este objeto, pues, fué que me establecí en Magdalena, pueblecito pintoresco de los alrededores de Lima, donde pasé en tu compañía esos ocho meses que tan indefinibles recuerdos dejaron en mi alma. Tú, que viste cuán insoportable se me hacía cada día la existencia, á pesar de tus cuidados y cariños, medirás mejor que nadie la intensidad de mi dolor y lo horroroso de mi suplicio. Vano era mi empeño de olvidar á Alberto, no; que su imagen encarnada en mi alma, vivirá en ella mientras yo aliente, pues ahora mismo que tantos años han transcurrido, siento cada día encenderse más la llama de mi pasión. Es que hombres tan altamente dotados como mi amante, difícilmente se encuentran en la vida. El amor que inspiran los seres vulgares, puede muy bien ser suplantado y hasta con ventaja; entonces el sufrimiento es pasajero, y si la persona que soporta un desengaño tiene suficientes atractivos para hacerse amar, pronto puede persuadirse de que ha ganado con el desvío de un ser que no la comprendía ni podía hacerla feliz; pero yo, que tengo íntimo convencimiento de la indisputable superioridad de mi amado, de sus altísimas dotes intelectuales y morales; yo, que hasta ahora no he visto nada que ni remotamente se le parezca, no puedo jamas esperar consuelo; yo sé que para mi dolor no hay anestésico posible. Pero no quiero acibarar más tu espíritu con inútiles lamentos; seguiré mi narración: voy ahora á ocuparme de los sucesos que tuvieron lugar después de tu partida; ella no hubiera podido ser más oportuna, pues así te ahorraste el insoportable suplicio de ver á nuestro querido pabellón sustituido por el del enemigo, el cual flameó orgulloso durante el funesto cautiverio que han bautizado con el nombre de ocupación. Pero antes de este horrible desastre, de esta inolvidable vergüenza ¡cuántas amarguras hubimos de soportar las que no tuvimos, como tú, la envidiable suerte de emigrar al extranjero! Mucho me impresiona todavía el fatídico recuerdo de la batalla de San Juan, por las escenas de espanto y desolación que víme obligada á presenciar. Aquel día había yo salido del asilo donde tú me dejaste, para dirigirme al pueblo de Magdalena con el objeto de traer libros y otras cosas que necesitaba con urgencia. Mientras me ocupaba del arreglo de mi casita, las horas pasaron con increíble rapidez y perdí el tren de regreso á Lima. Forzoso fué, pues, quedarme allí aquella noche. No estaba muy asustada, porque sabía que tardaría aún algunos días en librarse el decisivo combate, último baluarte que ya le quedaba á nuestro agonizante heroísmo. Iba á retirarme á mi dormitorio con el corazón angustiado por el recuerdo de las víctimas aquel día sacrificadas, cuando llegan varias amigas y me dicen: ¿Qué es esto, criatura, cómo puedes estarte así tan tranquila cuando en estos momentos arden todos los alrededores de Lima? Los chilenos, no contentos con sembrar por doquiera la desolación y la muerte, no contentos todavía con el saqueo y pillaje de Chorrillos, Miraflores y Barranco, han entregado á las llamas estas pintorescas poblaciones; ven y verás la humareda desde aquel muro. Y diciendo esto me cogieron de la mano, ó mejor diré, me arrastraron al lugar indicado. ¡Ay, Estela de mi alma! la pluma se resiste á narrar tan espantosa y terrible hecatombe! Tres gigantescos torbellinos de llamas alzábanse en el espacio, circundados de una inmensa oleada de espeso y negro humo, despojo inerte de tantos hogares no hacía mucho tranquilos y felices, pero fatalmente condenados á perecer en aras de cruel é inaudita venganza. Helóseme la sangre, creíme transportada á la edad de la barbarie y vino á mi mente el recuerdo de la San Barthelemey, oprobio de la reyecía y estigma de maldición para los adoradores del Syllabus. Pero si de lejos tan aterrador espectáculo me hacía estremecer y casi perder la razón, los llantos de mis desoladas amigas hubieron de conmover más profundamente mi alma. Arrojábanse las unas en los brazos de las otras, atronaban el aire con sus desolados gritos y todas invocaban á la muerte, por sentirse ya sin fuerzas para soportar nuevas impresiones. No bastaban las calamidades que sobre nosotras pesaban. ¿Cuál no tenía que llorar por el hermano, amigo ó pariente muerto ó gravemente herido? ¿Sería también preciso ver á la querida capital peruana, nuestro orgullo y nuestra gloria, reducida á escombros? ¡No, mil veces no, la muerte era mucho más soportable!... Algunas de mis desgraciadas amigas habían rodado por tierra desmayadas; otras recordando las sangrientas escenas de Arica, figurábanse ya sentir el helado filo del corvo penetrar en sus entrañas; todas estábamos enloquecidas de espanto, todas creíamos llegado el fin de nuestra existencia y consumada la ruina de nuestra idolatrada Patria. ¿Pero cómo era posible que en el siglo XIX se cometieran semejantes escándalos? ¿Acaso no habíamos creído sinceramente que la solidaridad humana estaba ya en nuestro planeta profundamente arraigada? Y si esto era así, ¿cómo la América entera podía impasible presenciar nuestro suplicio? Nosotros que, si habíamos aceptado la guerra, era sólo por defender y afianzar la autonomía de todas las repúblicas del continente, sacrificando nuestro reposo y nuestra sangre por el sacrosanto principio de la inviolabilidad del territorio; nosotros, que no habíamos tomado las armas sino en defensa del derecho y por amor á la justicia. El espanto había paralizado nuestros miembros; no acertábamos á regresar á nuestros hogares, y quién sabe cuánto tiempo hubiéramos allí permanecido, sin el asiduo interés de nuestros amigos y parientes, que vinieron á interrumpir nuestros ayes y lamentos. Con dulce violencia hubieron de arrancarnos de aquel fatídico lugar; pero yo creo, Estela mía, que todas las que tuvimos la desgracia de presenciar tal escena, jamás habremos de olvidarla: ella ha quedado grabada indeleblemente en nuestra memoria. Consumada ya la común desventura, humillada hasta el exceso nuestra dignidad nacional con la profanación de la altiva capital peruana, sucediéronse esos inolvidables días de dolor y vergüenza que siempre habrá de lamentar todo peruano que conserve siquiera algunos vestigios de patriotismo. El luto y la desolación estaban en todos los hogares; era tal el desaliento que habíase apoderado de los espíritus viendo ya perdida toda esperanza de salvación, que sólo se deseaba salir del país, abandonar ese suelo querido en que se había visto la primera luz, en que se había respirado el perfumado aliento de la Libertad, y que en esos momentos sólo nos ofrecía el desesperante espectáculo de un pueblo encadenado, no por cierto á los pies de un déspota; que esto hubiera sido más tolerable, pero nuestra dignidad de nación independiente la veíamos injustamente escarnecida por otra nación de origen y antecedentes semejantes á los nuestros; por una República que había sido siempre para nosotros la hermana predilecta. Yo que, además de participar del universal quebranto, sentía más que nadie la necesidad de huir de aquellos lugares que tan funestos recuerdos guardaban, fui de las primeras en dejar el suelo patrio. Con el corazón saturado de amargura partí para el extranjero á los tres meses de la oprobiosa ocupación. Dirigíme á la vecina república del Ecuador; pero no sintiéndome bien en Guayaquil, resolví establecerme en Colombia, país que me inspiraba vivísimas simpatías. Mi espíritu, anonadado por tan diversas y dolorosas emociones, necesitaba un interregno de calma y sosiego para reanimar su ya perdida fortaleza. Bogotá fué para mí lo que risueño y placentero oasis en los abrasados arenales para el fatigado y sediento viajero después de larga y penosa jornada. Encontrábame en un pueblo verdaderamente republicano, conocedor de los deberes y derechos del hombre; la instrucción pública, notablemente atendida, hacía imposible allí la superstición, consecuencia obligada de la ignorancia; además, el desarrollo natural de la inteligencia que alcanza su máximum de intensidad en esa privilegiada zona, hace sumamente grata la sociabilidad franca y expansiva de los simpáticos hijos de Colombia. El cultivo de las bellas letras está muy vulgarizado en Bogotá; parece que allí las musas han sentado sus reales. Todos los habitantes de la culta capital tienen tal dosis de buen gusto y facilidad tan grande para la versificación, que es muy frecuente en las conversaciones familiares oír armoniosas y sentimentales improvisaciones en verso, y puede decirse, sin exageración, que este es un país de oradores y poetas, verdadera Atenas del Nuevo Mundo. Ya podrás imaginarte que allí estaba yo en mi elemento, pues á cada paso se me ofrecía la feliz oportunidad de ponerme en contacto con personas ilustradas. En efecto, puedo asegurarte que, si yo hubiese podido disfrutar de calma y tranquilidad, mi morada en la capital colombiana habríame sido tan grata que ni aún hubiera echado de menos á nuestra coronada Lima. Lo que más satisfacción me causó fué la cultura de la mujer, que en esta República está mucho más atendida que en nuestro país, donde las niñas no tienen otra cosa en que ocupar su espíritu que el misticismo ó la galantería, inutilizando así talentos que bien aprovechados serían la gloria de la Patria y quizá un elemento de su futura grandeza. En Bogotá las mujeres son casi tan ilustradas como los hombres, y pueden con brillo sostener una conversación sobre cualquier ramo del saber. El número de poetisas y de escritoras es verdaderamente asombroso, y creo que, en este sentido, tiene esta República la supremacía en nuestra América. Desde el principio hubieron de conocer mis nuevas relaciones el estado de abatimiento en que me hallaba, y queriendo proporcionarme algún solaz, me invitaron á unas veladas científicas que tenían lugar todos los jueves en casa de una señora cultivadora asidua de las ciencias naturales. Por supuesto que la confianza se estableció bien pronto entre ambas: ella participaba de mi entusiasmo y admiración por la escuela alemana, estudiaba á Gegembauer y tenía culto por Haeckel, esa lumbrera del pensamiento humano; entre sus amigos hubo uno que mereció mi más alta estimación y del que tendré que hablarte largamente, por haber descubierto á mi espíritu nuevos y desconocidos horizontes. Este hombre singular era un jesuita europeo, que por su ilustración y profundos conocimientos en todos los ramos del saber, se había captado la admiración y simpatías de la culta sociedad de Bogotá. Introducido en los salones de mi amiga como eximio profesor de biología, había acreditado su ilustración y competencia con notables y concienzudos trabajos sobre paleontología y química; pero él aspiraba, según supe, á nada menos que establecer en la capital colombiana un centro de propaganda sociológica en conformidad con las doctrinas de Augusto Comte, de quien se proclamaba ardiente discípulo. Muy pronto tuve la satisfacción de asistir á una conferencia que nos dió sobre la selección natural. La concurrencia fué numerosa y selecta. Allí estaban esa noche casi todos los profesores universitarios de la sección de ciencias y muchas otras personas de alta reputación científica. Con brillo y elocuencia nos manifestó el oculto trabajo de la Naturaleza para perfeccionar las especies orgánicas en los reinos vegetal y animal y los curiosos datos suministrados por la paleontología respecto de los cambios que la selección ha realizado paulatinamente en todos los seres del mundo organizado. No sólo atormenta á la Naturaleza la necesidad de crear, como ha dicho muy bien un ilustre escritor, sino también la de perfeccionar su obra. Demostró en seguida los progresos de esta misma selección imitada por la inteligencia humana y los resultados tan espléndidos con ella conseguidos, tanto para el bienestar del hombre como para el desarrollo de la ciencia, pues que había servido de punto de partida para echar las bases de una teoría completamente científica del Universo. Hablónos largamente de la selección militar y sus funestos resultados para el desenvolvimiento físico y moral de la especie humana: debido á ella, los seres más vigorosos, los más aptos para mejorar nuestra raza, eran condenados á perecer en los campos de batalla. Concluyó su brillante peroración haciendo votos porque la Humanidad se emancipara cuanto antes de los odios y anomalías que tanto dificultan su progreso. Los concurrentes quedaron sumamente complacidos, y todos anhelábamos en esos instantes una nueva reorganización para nuestras sociedades, no ya basada en esa estrecha concepción egoísta que crea entre las naciones rivalidades é intereses opuestos, sino bajo principios más humanos y positivos. Discutióse largamente sobre los más oportunos medios de llegar á este resultado práctico, que traería para la Humanidad una nueva era de paz y bienandanza. Disertaron con mucho interés sobre los sistemas teológicos: todos ellos eran sumamente deficientes para conducirnos á nuestro legítimo y glorioso destino; todos ellos habían hecho pomposas promesas á los hombres sin realizarlas jamás, y hasta el cristianismo, á pesar de su altísima moralidad y grandes aspiraciones de perfeccionamiento, no había podido en diecinueve siglos cambiar la faz del mundo, ni mejorar la triste condición de los pueblos. Hoy más que nunca se hacía sentir la necesidad de una completa reforma. La ciencia había hecho su camino; las ficciones y falsos mirajes habíanse desvanecido con los nuevos descubrimientos científicos; la duda estaba en todos los espíritus. Ya el proletario no se resignaba á esperar en una problemática existencia de ultratumba, la satisfacción de sus legítimas aspiraciones; quería cumplida justicia en el presente; era indispensable atender á sus justos reclamos; si la sociedad no realizaba sobre bases más justas y equitativas la ansiada transformación, estallarían por todas partes terribles cataclismos. El socialismo, bajo sus más anárquicas formas, invadiría también nuestra América y haría en ella extraordinaria propaganda. Era necesario conjurar la tempestad iniciando cuanto antes un cambio enérgico y completo en nuestro estado social, en conformidad con el desarrollo científico que habíamos felizmente alcanzado. VI Cada día encontraba yo más agradable la sociedad de mi nueva amiga y más instructivas las conversaciones del padre Esteban: así se llamaba nuestro jesuita. Había tal fondo de bondad en su alma y tanto atractivo en su ameno trato, que no era posible sustraerse á la simpatía que inspiraba este hombre verdaderamente extraordinario. Bajo el hábito del religioso se adivinaba su elevada condición social, pues sus maneras eran no sólo cultas, sino también peculiares del individuo que ha vivido siempre en un medio ilustrado. Tan insinuante y afable como franco y expansivo, ganábase los corazones y se conquistaba luego la confianza. Antes de ser religioso se había distinguido en el foro por su ilustración y sobresalientes dotes oratorias; su ingreso á la orden de los jesuitas, era seguramente uno de los tantos misterios del corazón, y en Bogotá daba lugar á muchos comentarios. Su conducta era intachable á pesar de estar emancipado por completo de todo teologismo, y, aunque los devotos lo tildaban de ateo, no tenían nada que criticar en sus costumbres, las cuales ofrecían el ideal de la más alta perfección. No fué difícil al padre Esteban obtener mi amistad y aun descubrir los secretos de mi alma; sumamente conmovido escuchó mis confidencias, encontró muy justificada mi pasión por Alberto, y me exhortó á consagrar toda la actividad de mi espíritu á la santa causa de la Humanidad, única diosa, según él, digna de ocupar en mi corazón el puesto de un ser tan superior. Creyendo que la fe altruista sería una segura panacea para aliviar los dolores de mi espíritu, se propuso iniciarme en todos los dogmas de este credo filosófico, que seguramente habrá de regenerar al planeta una vez que sea conocido y aceptado por todos los hombres. Antes de hacerme la exposición de esta nueva doctrina, narróme sucintamente su historia; y como ella puede hacértelo conocer y apreciar debidamente, voy á referírtela tal cual salió de sus labios. VII Deseaba V. saber, hija mía, el incidente que del foro me empujó al claustro: voy á complacerla, y ya verá V. si hay infortunios mayores que los suyos. Hacía dos años que había terminado mis estudios jurídicos; tenía una regular fortuna heredada de mis padres; comenzaba á crearme una clientela escogida, y el porvenir me parecía muy risueño; amaba con toda la vehemencia del primer amor á una señorita distinguida, que había tenido el arte de hacer de mí un esclavo sumiso; y deberé hablarle con franqueza, Paulina: mi amor fué mucho menos disculpable que el suyo: siquiera V. se dejó deslumbrar por el brillo de una inteligencia selecta y cultivada; en tanto yo me dejé coger en las tiranas redes de Cupido, únicamente por el atractivo de la efímera belleza de una mujer sin corazón, que sólo soñaba inscribir cada día un nuevo nombre en el catálogo de sus conquistas; por eso también mi infortunio ha sido mucho mayor. Como sucede siempre á esta clase de mujeres extraviadas por la vanidad, hasta el punto de explotar en provecho de ella el más santo y noble de los afectos, hubo al fin de pagar el obligado tributo al sentimiento, y no fué por cierto el más digno de sus adoradores quien pudo despertar su interés y obtener su mano. En la plenitud de la vida y cuando se ha tenido la dulce seguridad de ser tiernamente correspondido por el ídolo de nuestro corazón, tal desengaño implica el suicidio moral, sobre todo para las almas amantes que condensan su vida entera en un solo sentimiento... Restablecido apenas del ataque cerebral que puso en peligro mi existencia, fastidiado de los negocios y queriendo descansar de la indiscreta asiduidad de mis amigos, que á todo trance querían consolarme á su manera, resolví buscar un seguro asilo donde poder estudiar con calma los grandes problemas sociales que tanto habían interesado mi adolescencia. No me trajo, pues, al claustro ningún motivo sobrenatural ó místico: yo permanecía el mismo hombre, con mis mismas tendencias y opiniones; únicamente buscaba la paz y la soledad que no me era dable disfrutar en ese mundo donde hasta entonces había vivido. El catolicismo era para mí una religión como cualquiera otra, un medio de moralizar á los hombres y nada más; yo estaba seguro de cumplir mis compromisos con la orden, y en cambio no le pedía más que poder consagrar mis horas desocupadas al estudio de una ciencia harto útil y humanitaria. Fuí franco con el superior del colegio, abríle mi corazón y le expuse los motivos que me llevaban al claustro. Amaba el retiro y la sociedad me hastiaba; seguramente iba á ser buen religioso, me respondió el superior, y sin más preámbulos entré á mi noviciado. La vida del convento no me fué penosa: abstraído en una idea única, apenas si me preocupaba de lo que pasaba al rededor mío. Mucho tiempo transcurrió antes que pudiese consagrar mi atención al estudio; enfrente de mí mismo, en mi solitaria celda, la imagen de la mujer adorada era lo único que mi mente podía ofrecerme y sólo allí se detenía mi inquieto pensamiento. Felizmente, mi razón estaba bastante fortalecida por el conocimiento de las leyes que rigen nuestro organismo, y jamás podía atribuir á sugestión diabólica lo que sólo revelaba un estado anómalo y especial de mi exaltado sistema nervioso. Transcurrió un año, y mi pasión era tan viva y exigente como á mi entrada en el convento; llegué á creerme incapaz de emprender nunca un trabajo serio, y eché á un lado los libros ya que de ellos no podía sacar ningún provecho. Quise ensayar un género de vida más activa, y me dediqué á la enseñanza; al menos en medio de mis alumnos podría aturdirme y desechar mis lúgubres ideas. Cuatro años estuve regentando la asignatura de Ciencias Naturales en un colegio de la orden y obligado á consultar libros para refrescar mis recuerdos y formar colecciones de insectos y plantas; este asiduo trabajo fuéme bastante provechoso, devolviéndome, si no la apetecida calma, al menos el hábito del estudio y la meditación, á la vez que la suficiente energía para comenzar de nuevo un aprendizaje de provechosos resultados. Pero antes de esto sufrí mucho, hija mía, batallé mucho. ¡Cuántas veces no cruzó por mi mente la criminal idea del suicidio! ¿Imaginará V. acaso que mis convicciones religiosas me hacían retroceder? Nada de esto. Únicamente la grandiosa perspectiva del perfeccionamiento humano que desde la adolescencia había vislumbrado mi espíritu y de cuyo advenimiento tenía inquebrantable fe, pudo retenerme á una existencia que cada día me era más aborrecible. No podía concebir que la Humanidad, después de haberse enseñoreado de la Naturaleza material, arrancándole uno á uno todos sus secretos, quedara por más tiempo estacionaria en su desarrollo moral. Seguramente habría de establecerse bien pronto sobre nuestro planeta el reinado de la justicia, el reinado del amor, y entonces no veríamos entristecidos el predominio de la iniquidad, que á veces llega hasta hacernos ruborizar de nuestra condición humana. Ese escándalo social que llamamos guerra, derecho de conquista, desaparecería de nuestra civilización verdaderamente humanizada y enaltecida. ¡Con cuánto placer saludaba en las intimidades de mi espíritu la grandiosa alborada de ese futuro que, seguramente, no debería estar remoto, y cómo se dilataba mi corazón á la sola idea de poder gozar de tan sublime espectáculo! Le he hablado ya en otras ocasiones de cuánto me preocupaba desde mi juventud la monstruosa organización de nuestras sociedades. Yo buscaba el remedio para tanto mal, para tanto desorden en todos los sistemas socialistas, y traté de hacer de esta ciencia mi estudio predilecto; pero vanamente devoraba los libros y ponía en tortura mi pensamiento: no encontraba solución justa y realizable para el importante problema social, de mejorar las condiciones del proletariado sin recurrir á medidas extremas y violentas. Las obras de Comte llegadas á mis manos por una feliz casualidad, vinieron á solucionar todas mis dudas, y persuadido de que sólo la doctrina positiva podría efectuar la ansiada reforma de nuestra sociedad y mejorar las actuales condiciones de los desheredados de la fortuna, abracéla con entusiasmo y resolví consagrar la actividad toda de mi alma á la propaganda de este nuevo evangelio de amor y fraternidad que, seguro estoy, habrá de regenerar nuestro planeta. Pero no debo anticipar juicio alguno sobre el positivismo; quiero que V. conozca bastante la fe del porvenir que hará felices á las futuras generaciones; yo estoy seguro habrá de ser voluntariamente una de sus más ardientes propagandistas. Determinamos en seguida los días y horas de nuestras conferencias y nos despedimos, congratulándome yo de la feliz oportunidad de conocer á fondo una doctrina científica á la cual estaban tan profundamente vinculados los sagrados intereses de la Humanidad. VIII Mucho habrás oído hablar de la filosofía positiva, y estoy segura que hasta conocerás algo de sus principios; pero creo no sabrás nada de los dogmas de la religión de la Humanidad contenidos en la grande obra de política positiva, escrita por Augusto Comte en los útimos años de su vida. Yo no puedo hacerte exposición fiel de toda ella, porque para esto sería preciso escribir un grueso volumen y no tengo aptitudes para tal empresa. Voy sólo á darte una ligera idea del positivismo filosófico y de la religión de la Humanidad, que es su legítimo corolario, reuniendo los recuerdos que me han quedado de mis conferencias con el padre Esteban. Ya verás si con semejante doctrina no sería posible cambiar completamente la faz de nuestro planeta y reformar á la sociedad. IX NOTICIA DE AUGUSTO COMTE Antes de ocuparnos del positivismo, preciso es conocer á su fundador, el eminente filósofo que pudo elaborar una religión completamente desprovista de todo sobrenaturalismo y tan en conformidad con las aspiraciones al perfeccionamiento indefinido que tiene nuestra especie. Augusto Comte nació el 19 de Enero de 1798 en Montpellier. Su familia era muy católica y amante de la monarquía; sin embargo, Augusto, á la edad de 14 años, era francamente librepensador.... ardiente republicano. Tan rápida evolución se encuentra justificada según su biógrafo Robinet, en una conformación favorable y excepcional de su cerebro. Influyó también mucho en la temprana emancipación de su espíritu la instrucción sólida que recibió desde los 9 años en el liceo de Montpellier, donde hizo tan rápidos progresos que pudo á los 16 años ser admitido en la Escuela Politécnica. Esta escuela, creada por la revolución, era el tipo de la enseñanza teórica. Los alumnos no se dedicaban en ella á ninguna especialidad, pero sí recibían una alta instrucción científica y sobre todo matemática; nada más á propósito para desarrollar el genio y especiales aptitudes de nuestro filósofo. Consagraba á la lectura sus horas de descanso. Fontenelle, Adam Smidt, Freret, Ducloss y sobre todo Diderot, Hume, Condorcet, De Maistre, Bonald, Bichat y Gall, eran sus autores predilectos; de este modo se interesaba más cada día en las teorías sociales, y, por otra parte, el estudio de las ciencias exactas y positivas á que estaba obligado le inspiraron poco á poco la idea de someter al método exacto y positivo la ciencia social. Un desagradable incidente obligólo á dejar la escuela á los 19 años, y fué entonces cuando Saint Simón, filósofo socialista, lo asoció á sus trabajos. Publicó bajo su dirección su primera obra titulada Sistema de política positiva, por Augusto Comte discípulo de Enrique Saint Simón. Más tarde escribió algunos notables artículos en El Productor, órgano del saintsimonismo. Pero un talento tan vasto y original como el de Comte, necesitaba más amplitud y desarrollo; por otra parte, él no estaba de acuerdo en muchos puntos con el filósofo socialista. Hubieron, pues, de separarse, y el 2 de abril de 1826 inauguró Comte su curso de filosofía para exponer libremente sus ideas. Un escogido auditorio lo esperaba ansioso de oír sus doctrinas y entusiasmado por el brillo de su talento. Allí se encontraban Alejandro Humboldt, el famoso naturalista de Blainville; el ilustre matemático Poinsot; Dunoyer, tan versado en la ciencia económica; Fourier; el célebre alienista Broussais y muchos otros personajes bien conocidos en el mundo literario. Este curso de filosofía comenzado tan felizmente, tuvo muy corta duración: pesares domésticos del filósofo que le originaron una violenta enfermedad, lo obligaron á interrumpirlo á los pocos días. El 4 de febrero de 1829 Augusto Comte continuó de nuevo su curso y lo terminó el mismo año; dió en seguida conferencias en el Ateneo Real en presencia de un numeroso y selecto público. El filósofo tenía la costumbre de hablar sentado delante de una mesa de madera, sobre la cual no se veía sino un vaso de agua azucarada. Improvisaba sin notas ni libros, pero no sin dificultad; he aquí cómo se expresa á este respecto uno de los concurrentes: El pensador había en él sofocado al orador; cuidábase muy poco de la literatura filosófica de su tiempo, y menos aún de las críticas que se hacían de su doctrina; jamás respondía á ellas, persuadido como estaba de que, á pesar de todo, sus opiniones acabarían por imponerse. « Si mis principios son buenos y oportunos, escribía á su amigo Valat, ellos se defenderán por su propio peso y por la superioridad de su aplicación continua ». Convencido de que la sociedad sólo podía reformarse por la tranquila enseñanza científica sin acudir á conmociones violentas y perturbadoras, fundó en 1830, con algunos de sus amigos, la Asociación politécnica, cuyo objeto era la instrucción del pueblo dada en cursos públicos y gratuitos. Encargóse él mismo de un curso de astronomía, que continuó hasta 1848, ocupándose así de la única ciencia que fuese ya enteramente positiva; procuraba iniciar á su auditorio en los principios de su filosofía. « Los cielos, decía, no publican la gloria de Dios, sino la de Newton y de otros astrónomos. El orden y la armonía del Universo no se deben á una voluntad sobrenatural: sólo las leyes inmutables de la Naturaleza gobiernan el mundo » Después de su enfermedad, originada en gran parte por su excesiva consagración al estudio, había adoptado un género de vida más higiénico y metódico: no tomaba café y se daba algunos ratos de reposo. Todos los días hacía un largo paseo; pero lo que contribuyó más poderosamente á restaurar sus fuerzas, fueron los viajes que hizo como examinador de la Escuela Politécnica. Deste 1838 se dedicó con empeño al estudio de las bellas artes, perfeccionándose en el conocimiento del italiano, del español y del inglés; leía asiduamente á Horacio, Virgilio, Plauto, Dante, Ariosto, Tasso, Milton, Shakespeare, Byron, Cervantes y Calderón en su lengua original. Asistía á la Ópera italiana y oía con placer las obras maestras de Mozart, Rossini, Donizetti, Haendel y Beethoven, representadas por los mejores artistas. Aunque no era fuerte en música, tenía una voz agradable, como lo asegura Littré, y cantaba con mucho efecto la Marsellesa, dándole aires francamente revolucionarios. Estas ocupaciones artísticas eran, según él, dirigidas á desarrollar sus facultades afectivas, es decir, los sentimientos más nobles que son el móvil de la moral y el lazo de la sociedad. Su situación rentística era muy precaria; veíase obligado, para poder vivir, á dar lecciones de matemáticas, y varias veces la liberalidad de sus amigos hubo de sacarlo de muchos apuros. Gracias á los buenos oficios de su amigo Navier, fué nombrado pasante de la Escuela Politécnica con un sueldo de dos mil francos, y después examinador de la misma Escuela con más de tres mil francos de honorario; ocupó también en este tiempo una cátedra de matemáticas y dió á luz su famoso tratado de Geometría analítica. Pero estos empleos no eran estables, y deseando conseguirse un puesto que asegurase su independencia, propúsole varias veces á Mr. Guizot la creación de una nueva cátedra en su favor. Tan justa petición no tuvo buenos resultados á causa de la divergencia de opiniones que había entre ambos. Tantas dificultades comenzaban á desalentarlo, y creyendo que las antipatías que á cada paso le salían al encuentro eran originadas por sus opiniones filosóficas, resolvió no ocuparse en lo sucesivo sino de las matemáticas; pero ni aun así encontró el ansiado reposo y bienestar. Su respeto por las instituciones de la edad media y la franqueza con que manifestaba su reprobación respecto á la crítica racionalista y la anarquía intelectual y política en que se encontraba la Francia á causa de las ideas revolucionarias, le atrajeron muchos enemigos, hasta entre los sabios que aceptaban con fanático entusiasmo las ideas liberales. Penetrado como estaba de la profunda convicción de que su filosofía iba á reformar la sociedad, Comte reclamó al fin, de sus amigos y discípulos, un subsidio para poder consagrarse por completo al desempeño de su importante misión, y Littré fué el encargado de iniciar la suscripción que debía dar al maestro la independencia que tanto necesitaba para la completa elaboración de su doctrina. Las relaciones de Comte con sus discípulos se hicieron desde entonces más estrechas: eran las de un padre espiritual con sus hijos, y sus émulos no consiguieron con tanta hostilidad, sino impulsarlo por necesidad al modo de existencia más conforme á la construcción y á la instalación de la religión racional y social. En esta época tuvo lugar un acontecimiento importante en la vida del filósofo, que influyó muy felizmente en el desarrollo ulterior de su doctrina. Comte había sido muy desgraciado en su vida doméstica: casado á la edad de veintisiete años con una mujer indigna, que no supo apreciar ni comprender su grande alma, había soportado con tranquila resignación su infortunio por espacio de quince años. Haciendo alusión á sus pesares domésticos, él decía que ni á su mayor enemigo podría desearle felicidad semejante á la suya. Á este respecto se expresa con bastante claridad en una carta dirigida á Littré. Entre otras cosas, dice así: «La conducta de Madame Comte impide siempre la unión moral que yo esperaba ver realizada en nuestra unión legal. La causa principal de esta triste anomalía consiste en la naturaleza muy excepcional de este tipo antifemenino. Dotada de mucho talento y también de una gran energía, ella está casi desprovista de esa ternura que constituye el principal atributo de su sexo. Después de nuestro fatal matrimonio del 19 de febrero de 1825, su conducta, aunque muy licenciosa, no reveló jamás hacia nadie un verdadero cariño. Los otros dos instintos altruistas, sea veneración, sea bondad, le son aun más extraños; á pesar de sus aires positivistas, su naturaleza quedará puramente revolucionaria. "Fué sin amor que cometí yo á los veintisiete años mi única falta irreparable que ha pesado tanto sobre mi vida privada y entrabado largo tiempo mi vida pública. Escogí una esposa que debiera amarme por un íntimo reconocimiento...Si esta justa esperanza se hubiese realizado, yo me sentía dispuesto á entregarme á ella completamente. Por su parte, el cálculo fué mucho menos noble, sin ser más feliz: Mme. Comte esperó siempre transformarme en máquina académica para ganarle dinero, títulos y puestos; la que parece ahora consagrar su vejez al positivismo, se oponía con todas sus fuerzas á su elaboración inicial, y ella no lo apreció sino después de la brillante justicia de que fuisteis tan dignamente el inmortal órgano." "Tres veces ha desertado completamente del domicilio conyugal. Tal fué en resumen la conducta de aquella á quien yo tuve la desgracia de dar mi nombre. Durante diecisiete años de vida matrimonial, he concebido frecuentemente pensamientos de suicidio, á los cuales probablemente hubiera sucumbido, á pesar de mis firmes principios, si la profunda amargura de mi situación doméstica no hubiese sido equilibrada por el sentimiento creciente de mi misión social." "Mis trabajos filosóficos fueron á causa de esto notablemente entrabados. Si mi grande obra me ocupó doce años, no fué solamente por sus dificultades propias y mis embarazos materiales; estimo que mis trastornos domésticos influyeron en ello en gran parte." Á pesar de su separación, que tuvo lugar el 2 de agosto de 1842, el filósofo mantenía con su mujer una regular correspondencia, y proveía á sus necesidades en virtud del principio que profesaba, de que el marido debe alimentar á la mujer; más tarde, él dispuso en su testamento que sus discípulos continuaran pagándole una pensión de dos mil francos hasta su muerte. En abril de 1845, encontró nuestro filósofo la ocasión de dar amplitud á los sentimientos afectivos, hasta entonces reprimidos en su grande alma. Una mujer inteligente y amante, víctima como él de un desgraciado enlace, descubrióle ese mundo del sentimiento que hasta entonces apenas había entrevisto. Clotilde de Vaux se llamaba esta mujer; tenía treinta años. Desde sus primeras relaciones amistosas pudo Comte persuadirse de que su destino quedaba irrevocablemente ligado á ella. No contento con dos entrevistas semanales que Clotilde pudo acordarle, mantuvo con su amiga una correspondencia muy seguida, que en menos de un año llegó á ciento ochenta y una cartas; se reputaba desgraciado cuando alguna respuesta de ella experimentaba ligero retardo en el correo; las numeraba todas y las guardaba como reliquias; las leía sin cesar para gustar mejor de su contenido. Él se creía más íntimamente unido á su amiga desde que los dos habían servido de padrinos á un sobrino de Clotilde. La muerte arrebató pronto al filósofo su dulce compañera, pero su amor, sin haber salvado los límites del sentimentalismo puro, no fué por esto menos ardiente ni menos duradero. Clotilde era todo para él; consagraba horas enteras á su recuerdo y á su culto; en sus escritos la menciona á cada paso y habla de ella con los términos más apasionados; la llama su verdadera esposa, su santa compañera, la madre de su segunda vida, la virgen positivista, su patrona, su celeste Clotilde, su ángel, la sacerdotisa de la Humanidad. Su biógrafo Robinet nos asegura «que al presente no se podría encontrar nada semejante á tan noble y puro amor; para comprenderlo sería preciso elevarnos hasta los dignos intérpretes de la edad media, los sublimes amantes de Beatriz y de Laura, y sin embargo, añade, hay allí una enseñanza preciosa, la revelación de un tierno misterio, la condición de la felicidad en el porvenir: hablo de la revelación íntima del hombre, de su transformación moral por el poder del ascendiente femenino... Bajo este punto de vista ¡cuál no es la grandeza de la nueva Beatriz! Ella aparece, y el corazón del filósofo es conmovido: la caridad lo inflama, sus mejores sentimientos se exaltan... Helo allí que renace á otra vida, llena de entusiasmo, de fuerza y de majestad. ¡Oh milagro del corazón, es á ti á quien debemos la Religión de la Humanidad!» Cuando ya Comte se creyó suficientemente preparado para emprender la propaganda de sus principios, pensó en organizar la sociedad positivista y comenzó á dar conferencias públicas, tratando sobre todo de que su auditorio fuera en gran parte compuesto de proletarios, en los cuales fundaba sus mayores esperanzas para el definitivo establecimiento de su doctrina. Cada año, al principiar su curso, insistía sobre la necesidad del espíritu positivista. En 1847 consagró doce conferencias á la introducción de la astronomía; por la primera vez expuso entonces públicamente, á grandes rasgos, todo su sistema político-religioso. Su divisa era: «Reorganizar la sociedad sin Dios ni rey, por el culto sistemático de la Humanidad.» El 24 de febrero de 1848 estalló la revolución en París, y nuestro filósofo creyó llegada la hora de realizar sus ideas con el concurso del pueblo. Al ruido del cañón y mientras se batían en las calles, él escribía su programa de la Sociedad positivista, su llamamiento á una «asociación libre para la instrucción positiva del pueblo en todo el Occidente europeo». El 25 de febrero era lanzado este escrito en todas direcciones. Una nueva circular fué dirigida el 8 de marzo de 1848, en que se fijaban las condiciones para ser admitido en la nueva sociedad. Comte habría, ante todo, de investigar el estado de adelanto intelectual y moral de los aspirantes, y estos deberían comprometerse á mantener los principios del Discurso sobre el conjunto del positivismo. El objeto de la sociedad era el de trabajar de todos modos por el triunfo de los principios positivistas, con discusiones, escritos, conferencias, memorias dirigidas á las asambleas legislativas y á los gobiernos, pero sin entrabar por una acción directa la marcha de los acontecimientos. La sociedad positivista se componía de los elementos más diversos: contaba entre sus miembros, profesores, médicos, simples obreros. Uno solo de sus miembros había entonces alcanzado celebridad; era Emilio Littré. Desde esta época, según nos dice Robinet, el positivismo se encontró á la vez constituido como escuela filosófica, como partido político y como secta religiosa. Tres memorias leídas en el seno de la sociedad positivista nos permiten apreciar debidamente el objeto de sus trabajos. Augusto Comte suministraba las ideas para estos diversos temas; cada memoria era en seguida elaborada por una comisión compuesta de tres miembros; la primera llevó este título: Relación sobre la cuestión del trabajo, y fué redactada por tres obreros al frente de los cuales estaba el carpintero Magnin. La segunda, De la naturaleza y del plan de una escuela positiva, fué debida á tres médicos: Segond, Montegre y Carlos Robin, que más tarde se hizo tan célebre por sus notables trabajos en medicina. La tercera, por último, Naturaleza y plan del nuevo gobierno revolucionario de la República francesa, tuvo por autor á Emilio Littré con el concurso del carpintero Magnin y de Laffitte, que fué en seguida el jefe de la escuela positivista ortodoxa. Con la protección del senador Vieillard inauguró Comte sus conferencias públicas en el Palacio Cardinal sobre La Historia Universal de la Humanidad. Á consecuencia del golpe de estado del 2 de diciembre de 1851, se vió obligado á interrumpir sus trabajos públicos. El 19 de octubre de 1851 había terminado con estas palabras su último discurso, que duró cinco horas: "En el nombre del pasado y del porvenir, los servidores teóricos y los servidores prácticos de la Humanidad vienen á tomar dignamente la dirección general de los negocios terrestres, para construir, en fin, la verdadera providencia, moral, intelectual y material, excluyendo irrevocablemente de la supremacía política á todos los diversos esclavos del sobrenaturalismo, ya sean católicos, protestantes ó deístas, pues que todos son á la vez retrógrados y perturbadores." Robinet, que asistía asiduamente á estas conferencias, nos describe así la impresión que producían en su ánimo. "Nos falta aliento para caracterizar la índole de estas altas lecciones, y hemos sido subyugados por su poder sin comprender toda su grandeza. Su recuerdo no ha podido borrarse con la edad, y nos agita profundamente el corazón á diez años de distancia. Todavía nos parece oír esa palabra venerable, algunas veces severa y aun terrible, siempre grave y magnánima. Sí, en esas horas benditas en que se anunciaban tan grandes destinos, hemos sentido el soplo de la Humanidad; hemos entrevisto su realidad, su grandeza, nos hemos prosternado delante de ella, y el santo entusiasmo de la fe demostrable se ha encendido para siempre en nuestros corazones." En 1855 quiso Augusto Comte continuar sus conferencias públicas en el Palacio Cardinal, y con este objeto publicó el programa del curso que debía hacer sobre la «filosofía positiva»; pero le fué negado el permiso que solicitaba. No por esto se desalentó. «En esta circunstancia, decía él, el gobierno ha tenido mejor que yo el sentimiento de las conveniencias. En efecto, sea como fundador de la religión universal, sea como gran sacerdote de la Humanidad, es solamente en el templo positivista donde yo puedo desarrollar una enseñanza pública, desde ahora inseparable del culto abstracto y concreto que plenamente he sistematizado.» De ahí en adelante, Augusto Comte dedicó su tiempo casi exclusivamente á sus funciones de gran sacerdote. Como entonces no había aún templos públicos en honor de la Humanidad, la morada del filósofo, santificada por su Clotilde, que para él era la más noble personificación de la Humanidad, se hizo el santuario de la nueva religión, y allí vivió en retiro, estudio y santa contemplación desde 1856. Se levantaba regularmente á las cinco de la mañana y se acostaba á las diez de la noche; cada día hacía sus conmemoraciones y consagraba el resto del tiempo á la meditación de las obras maestras de los poetas, especialmente Homero, Dante y Tomás de Kempis. En la lectura de este último reemplazaba la palabra «Dios» por la palabra Humanidad. La imitación le parecía la más excelente pintura de la naturaleza humana. Hacía tiempo que él había dejado todas las lecturas de entretenimiento, periódicos, revistas, etc. En una de sus cartas aconsejaba á Sabatier que leyera en la mañana un capítulo de la imitación, cada tarde un canto del Dante y cada año el Orlando furioso, La Jerusalén libertada, Homero y Esquilo. En sus relaciones con su criada Sofía, á la cual había adoptado como hija y á quien llamaba su tercer ángel guardián, encontraba la influencia femenina objetiva necesaria á su acción sacerdotal. Pero la influencia reguladora, la influencia subjetiva pertenecía á Clotilde; á ella era á quien dirigía cotidianamente sus conmemoraciones, y cada miércoles visitaba su tumba. No hacía sino dos comidas: la primera se componía únicamente de leche, la segunda era por demás sobria, y no tomaba vino nunca; en lugar de postre sólo comía un pedazo de pan, acordándose de que tantos hombres, á pesar de tener un excesivo trabajo, están en la imposibilidad de asegurar las cosas más necesarias para la subsistencia; se abstenía rigurosamente del café, del té y de todas las sustancias excitantes. Los miércoles presidía las reuniones de la Sociedad Positivista; más tarde se hacían en común las conmemoraciones. Á veces también Augusto Comte, en su calidad de gran sacerdote de la Humanidad, administraba solemnemente los sacramentos positivistas. Recibía como padre espiritual el testimonio de respeto de sus fieles discípulos, y en los casos delicados de conciencia se le pedía consejo. Robinet, hablando de su acción sacerdotal, se expresa así: «Era en estos instantes de dulce y bienhechora comunicación cuando ejercitaba el consejo y la dirección privada con tanta claridad como poder. Son muy numerosos aquellos á quienes su palabra en estas horas santas ha arrancado para siempre de la duda, del fastidio, de la irresolución, de los tormentos de la enfermedad revolucionaria, de la muerte moral, de esta lepra invasora del egoísmo que en nuestros días devora tantas naturalezas extraviadas.Y muchos podrían dar testimonio de que jamás se acercaron á este hombre augusto sin que les dejara mejorados, más ilustrados y más resueltos. Su ascendiente era tal, que más de un soberbio debió pasar en estas pruebas secretas bajo las horcas caudinas de la veneración é inclinar su vacilante sentimiento religioso bajo el peso de esta irresistible grandeza. ¡Oh tutelar influencia de una alma elevada, magnanimidad del corazón, esplendor de la inteligencia, heroísmo del carácter ¡qué poderoso influjo es el vuestro!» La constitución fuerte del filósofo prometía una larga existencia, pero su organismo estaba bastante debilitado por los pesares y contradicciones que tanto en su vida privada como en la pública había tenido que sobrellevar. Á consecuencia de una viva emoción y de un resfrío que contrajo asistiendo á los funerales de Vieillard, su benefactor, cayó gravemente enfermo el 21 de mayo de 1857. Su discípulo Robinet, que era también su médico, no encontrándose con suficiente ánimo para declararle la gravedad del caso, se dirigió á él por escrito. «Si cada mortal, le decía, antes de volver á la tierra sus órganos corporales, debe recogerse religiosamente para hacer el resumen de una existencia que se acaba, este gran pensamiento de la muerte debe ser aun más familiar en las meditaciones del filósofo y del sacerdote, para quien el tránsito á la inmortalidad debe también ser un acto de abnegación y de enseñanza social.» Comte recibió la noticia con bastante serenidad y tuvo una larga conferencia con su discípulo. Libre de las preocupaciones del presente en esos momentos solemnes, su espíritu se alimentaba con las esperanzas del porvenir. Hablóle con calor del gran trabajo que él concluía: pensaba con entusiasmo en la maravillosa transformación que iba á producir su religión en el mundo. «El ardor y la majestad de su alma, dice su biógrafo, inflamaban su mirada, transformaban sus facciones y su voz. Con un sentimiento indecible de entusiasmo y de dolor, de confianza y desesperación, yo besé piadosamente sus manos demacradas; era la última vez que debía oír su palabra. Yo salí desatinado, sumamente afligido por el espectáculo de su decadencia física, exaltado por el poder de su naturaleza moral, dudando entre la realidad corporal y el esplendor cerebral.» Hasta el 4 de septiembre el estado del filósofo permaneció casi estacionario; pero aquel día en la tarde tuvo una hemorragia interna. Sofía y su marido, que velaban noche y día cerca del enfermo, estaban consternados. Comte no quiso que fueran á buscar al médico. El 5 de septiembre, á las 4 de la mañana, como se sintiese aliviado, exigió de sus hijos (Sofía y su marido), que desde hacía tanto tiempo no dormían, fuesen á reposar. Ellos se retiraron, pero vigilaban á su puerta en vez de acostarse. Á las cinco de la mañana, habiendo oído un ruido, entraron y encontraron al augusto enfermo sin fuerzas y sin movimiento, cerca del altar querido de su culto privado. Mientras que ofrecía á su noble patrona los últimos actos de su gratitud, lo mejor y más profundo de su corazón, un nuevo vómito de sangre lo había sorprendido y dejado exánime. Él se hizo acostar en un tapiz con la cabeza reclinada sobre un cojín, y dijo en seguida á Sofía: «He aquí cómo estaré en mi tumba.» Quedó en esta actitud hasta el mediodía en que llamó para hacerse conducir á su lecho; entonces cayó en un extremo abatimiento, del cual no salía sino por intervalos para echar una mirada extraviada sobre el ramillete de flores artificiales, obra y presente de Clotilde de Vaux, que se encontraba colocado enfrente de su lecho. Esta fué su última señal de vida; expiró el sábado 5 de septiembre de 1857, á las 6 y media de la tarde. Tal fué Augusto Comte, el más grande filósofo de nuestro siglo. Su ilustre biógrafo Robinet termina de este modo la narración de su vida. «Trabajo y oración, creación y sacrificio continuos, civismo y santidad, es el resumen de esa existencia desprendida de toda debilidad moral y enteramente consagrada al servicio de la Humanidad». X PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA FILOSOFÍA POSITIVA El principal objeto que se propuso Augusto Comte al fundar la filosofía positiva, fué el de dar fin á la anarquía intelectual, la cual, según él, es la fuente de todos los males, tanto en el orden político como en el social. Oigámosle: «La gran crisis política y moral de las sociedades actuales tiende en último análisis á la anarquía intelectual. Nuestro mal más grave consiste, en efecto, en esta profunda divergencia que existe ahora entre los espíritus, relativamente á todas las máximas fundamentales, cuya fijeza es la primera condición de un verdadero orden social. En tanto que las inteligencias individuales no se hayan adherido por un asentimiento unánime á un cierto número de ideas generales, capaces de formar una doctrina social común, no podemos disimularnos que el estado de las naciones quedará por necesidad esencialmente revolucionario, á pesar de todos los paliativos políticos que puedan adoptarse, y no admitirá realmente sino instituciones provisorias. Es igualmente cierto que, si esta reunión de espíritus en una misma comunidad de principios pudiera llevarse á cabo, surgirían de allí por necesidad las instituciones convenientes. La causa principal de los errores intelectuales de nuestra época, consiste en el empleo simultáneo de tres filosofías diferentes: la teológica, la metafísica y la positiva. De estas tres filosofías sólo la filosofía positiva debe prevalecer, y ha llegado la hora de trabajar sistemáticamente en su triunfo.» Ante todo, Augusto Comte nos da la explicación de la palabra positivo que caracteriza su filosofía. «Considerando, dice él, en su conjunto esta sumaria apreciación del espíritu fundamental del positivismo, se debe ahora comprender que todos los caracteres esenciales de la nueva filosofía se resumen expontáneamente por la calificación que yo les he aplicado desde su nacimiento. Todas nuestras lenguas occidentales están efectivamente de acuerdo en indicar por la palabra positivo y sus derivados los dos atributos de realidad y de utilidad, cuya combinación bastaría sola para definir el verdadero espíritu filosófico, que no puede ser en el fondo otra cosa que el buen sentido generalizado y sistematizado. Este mismo término recuerda también en todo el Occidente las cualidades de certidumbre y de precisión, por las cuales la razón moderna se distingue profundamente de la antigua. Una última acepción universal caracteriza sobre todo la tendencia directamente orgánica del espíritu positivo, de modo de aislarlo, á pesar de la alianza preliminar del simple espíritu metafísico, que nunca puede ser sino crítico. Así se anuncia la destinación social del positivismo para reemplazar al teologismo en el gobierno espiritual de la humanidad. Esta quinta significación del título esencial de la sana filosofía conduce naturalmente al carácter siempre relativo del nuevo régimen intelectual, pues que la razón moderna no puede dejar de ser crítica respecto del pasado sino renunciando á todo principio absoluto. Cuando el público occidental se haya penetrado de esta última conexidad no menos real que las precedentes, aunque más oculta, positivo será por todas partes inseparable de relativo, como lo es hoy de orgánico, de preciso, de cierto, de útil y de real.» Comte opone su sistema á las filosofías que han prevalecido hasta entonces, esto es, la filosofía teológica y la metafísica. "La filosofía teológica es aquella que, en su explicación del mundo, recurre á seres sobrenaturales, á una volundad superior; la filosofía metafísica es la que admite las causas primeras y las causas finales y que trata de la esencia de las cosas. Tanto una como otra abandonan el terreno seguro de la experiencia para perderse en fantasías sobre lo absoluto, que escapa enteramente al conocimiento humano. La filosofía positiva, por el contrario, se atiene á las realidades apreciables á nuestro organismo. Ella es real. Dejando á un lado toda investigación de lo absoluto, de las causas primeras y de las causas finales así como de las esencias, se limita á buscar en los fenómenos las leyes invariables para sorprenderlas en sus relaciones de sucesión y de similitud y para reducirlas más y más á la unidad. Ella es, pues, relativa; según esto, elimina también todas las cuestiones ociosas é inclina el espíritu del hombre hacia lo útil, poniéndolo en estado de aprovechar el curso de los acontecimientos por la previsión racional que se apoya en el conocimiento de las leyes de la naturaleza. Excluyendo todo lo que escapa á la experiencia, destierra lo indeterminado y lo vago, haciéndose tan precisa como las ciencias exactas, cuyo método sigue. Gracias á todas estas propiedades, ella es orgánica, es decir, que permite establecer la unidad y elevar un sistema. Como no afirma nada que no sea perfectamente demostrable, sólo á ella deben someterse los espíritus. En fin, como está enteramente de acuerdo con los hechos, como descubre las leyes efectivas é invariables de todos los fenómenos y de todos los órdenes de fenómenos, abre en todas direcciones una vía segura al más saludable desarrollo; ella conduce al verdadero progreso de la Humanidad. En suma, no es otra cosa que el sentido común sistematizado." "Vemos, dice en otra parte, por lo que precede, que el carácter fundamental de la filosofía positiva es mirar todos los fenómenos como sujetos á leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y la reducción al menor número posible son el objeto de todos nuestros esfuerzos, considerando como absolutamente inaccesible y vacío de sentido para nosotros la investigación de lo que se llama las causas, sean primeras, sean finales. Es inútil insistir mucho sobre un principio tan familiar al presente á todos los que han hecho un estudio un poco profundo de las ciencias de observación. Todos saben, en efecto, que en nuestras explicaciones positivas, aun las más perfectas, nosotros no tenemos de ningún modo la pretensión de exponer las causas generatrices de los fenómenos, porque entonces no haríamos sino aplazar la dificultad, siendo así que sólo podemos analizar con exactitud las circunstancias de su producción y enlazarlas unas á otras por relaciones normales de sucesión y de similitud." "En cuanto á los diferentes órdenes de fenómenos, tenemos especialmente reconocido que la filosofía positiva se distingue sobre todo de la antigua filosofía teológica ó metafísica por su tendencia constante de eliminar como necesariamente vana toda investigación, cualesquiera de las causas propiamente dichas, sean primeras, sean finales, para limitarse á estudiar las relaciones invariables que constituyen las leyes efectivas de todos los acontecimientos que pueden ser observados, susceptibles así de ser racionalmente previstos los unos después de los otros. Mientras que los efectos naturales queden atribuidos á voluntades sobrenaturales sobrehumanas, las especulaciones relativas al origen y á la destinación de los diversos seres, deben sólo parecer dignas de ocupar seriamente nuestra inteligencia, cuyo primer vuelo contemplativo estimulan suficientemente. Pero bajo la inevitable decadencia ulterior del espíritu religioso, á medida que nuestra actividad mental encuentra un mejor alimento continuo, estas cuestiones inaccesibles son gradualmente abandonadas, y por último, se las juzga vacías de sentido para nosotros que no podríamos realmente conocer sino los hechos apreciables á nuestro organismo, sin jamás poder obtener ninguna noción sobre la naturaleza íntima de ningún ser ni sobre el modo esencial de producción de ningún fenómeno." "Toda proposición que no es finalmente reductible á la simple enunciación de un hecho ó particular ó general, no podría ofrecer ningún sentido real ó inteligible." "Todos los espíritus ilustrados repiten, desde Bacon, que no hay conocimientos reales, sino aquellos que reposan sobre hechos observados." "Ver para prever, tal es el carácter permanente de la verdadera ciencia; prever todo sin haber visto nada, no puede constituir sino una absurda utopía metafísica, aun demasiado perseguida." Sin embargo, Comte no excluye los argumentos a priori; quiere tan sólo que reposen siempre directa ó indirectamente sobre la observación. Un hecho ha dado origen al desarrollo de la filosofía positiva: es, como nos lo asegura Augusto Comte, su descubrimiento de la ley sociológica. "Para que la filosofía positiva pueda vivir, nos dice, es necesario antes introducir la homogeneidad en las ciencias humanas. El método positivo, que ha reemplazado sucesivamente al teológico y al metafísico en matemática, astronomía, física, química y hasta en biología, debe extenderse también á los fenómenos sociales. Es preciso probar que estos mismos fenómenos se desarrollan según las leyes naturales invariables. Bajo el punto de vista de esta demostración, el descubrimiento de la ley sociológica es capital." Esta ley, que ha regido el desarrollo humano, Augusto Comte la explica así: "La Humanidad, en su desarrollo, pasa necesariamente por tres estados: comienza por el estado teológico ó ficticio, llega en seguida el estado metafísico ó abstracto para detenerse, en fin, en el estado positivo ó científico. Este desarrollo, que es la ley de la Humanidad entera, se encuentra en el individuo tomado aisladamente. Cada uno de nosotros ha sido creyente en su infancia, metafísico en su juventud, y físico en la edad madura. En el estado teológico el hombre explica el mundo exterior según él mismo; juzga de los fenómenos según los actos que proceden de su propia voluntad, y los atribuye, no á los objetos mismos, sino á una voluntad semejante ó superior á la suya. Él ve, pues, por todas partes, seres misteriosos, sobrenaturales, que lo animan todo; busca cómo hacerselos favorables á fin de poder con su ayuda dirigir ventajosamente el curso de la naturaleza. El carácter distintivo de este estado consiste en rechazar la doctrina que enseña la invariabilidad de las leyes de la naturaleza. La observación se deja á un lado; en cambio, la imaginación ejerce sola su imperio. Según la naturaleza del espíritu del hombre, el estado teológico es necesariamente el estado inicial de la filosofía, y en general, de todo desarrollo humano." "El estado metafísico no es sino una transición: entonces á los seres concretos sobrenaturales, suceden abstracciones. El espíritu metafísico es esencialmente crítico: destruye, no edifica. El estado metafísico no es, pues, un estado definitivo. El estado positivo, que ya hemos caracterizado, es el estado definitivo del desarrollo humano." Augusto Comte afirma que todos los conocimientos humanos pasan necesariamente por este triple estado; él desarrolla esta ley sociológica en el catecismo positivista. "Toda concepción teórica pasa por tres estados sucesivos: el primero teológico ó ficticio; el segundo metafísico ó abstracto; el tercero, positivo ó real. El primero es siempre provisorio, el segundo puramente transitorio y el tercero es el único definitivo. Este último difiere, sobre todo, de los demás, por la sustitución característica de lo relativo á lo absoluto cuando el estudio de las leyes reemplaza, en fin, la investigación de las causas. Entre los dos primeros no existe en el fondo otra diferencia teórica que la reducción de las divinidades primitivas á simples entidades; pero tal transformación le quita á las ficciones sobrenaturales toda fuerte consistencia, sobre todo social y aun mental; de este modo la metafísica queda siempre como un puro disolvente de la teología, sin poder jamás organizar su propio dominio. "Todo es relativo: he aquí el único principio absoluto." Comte había antes desarrollado este principio en la segunda parte del tercer volumen de La industria, siendo colaborador de Saint Simón. Después de haber establecido la ley sociológica, nuestro filósofo se propone construir el nuevo edificio científico, y nos ofrece su notable clasificación de las ciencias ó, como él la llama, su jerarquía de las ciencias. Para él la filosofía no es sino "la más universal de las ciencias exactas, que abraza todas las otras, bajo las relaciones de su método y de sus resultados, para llevarlas á una más alta unidad." En su clasificación de las ciencias, Comte no se detiene á observar si tales ciencias son teóricas ó prácticas, abstractas ó descriptivas, secundarias ó no: la jerarquía de las ciencias se establece según el grado de la dependencia en que los diferentes órdenes de fenómenos de que estas ciencias se ocupan, se suceden y se relacionan entre sí. Según esto, los fenómenos, los más simples y los más generales, son el fundamento sobre el cual vienen á basarse los más complicados, siguiendo los grados siempre crecientes de complejidad y de precisión. La ley que regla la clasificación jerárquica de las ciencias es, pues, su generalidad decreciente y su complejidad creciente."Lo que nosotros queremos determinar, dice, es la dependencia real de los diversos estudios científicos; esta dependencia, pues, no puede resultar sino de la de los fenómenos correspondientes. Considerando bajo este punto de vista todos los fenómenos observables, vamos á ver que es posible clasificarlos en un pequeño número de categorías naturales, dispuestas de tal manera, que el estudio racional de cada categoría sea fundado sobre el conocimiento de las leyes principales de la categoría precedente, siendo á la vez ésta el fundamento de la otra categoría. Este orden es determinado por el grado de simplicidad ó de generalidad de los fenómenos, de donde resulta su dependencia sucesiva y en consecuencia la facilidad más ó menos grande de su estudio. "Según esto, todos los fenómenos se dividen en dos clases principales: la primera abraza los fenómenos de los cuerpos brutos; la segunda comprende los fenómenos de los cuerpos organizados. La división fundamental de las ciencias es, pues, la que las distribuye en física inorgánica y en física orgánica. A su vez la física inorgánica se divide en física celeste (astronomía ) y en física terrestre: esta última se subdivide en física propiamente dicha y en química. La física orgánica (fisiología en el sentido más lato de la palabra) comprende la fisiología propiamente dicha y la física social ó sociología." Augusto Comte excluye de su sistema positivo la sicología y la lógica; he aquí las razones en que se apoya para hacer tal exclusión: "La verdadera lógica no puede estudiarse sino en cada una de las ciencias consideradas separadamente, pues que ella debe formar un todo con el método que allí se emplea; el método fundamental reposa sobre el sentido común, que no admite ningún argumento dogmático. El empleo especial de este método no puede comprenderse sino por su aplicación á los casos particulares en cada ciencia. La lógica metafísica y abstracta admitida hasta aquí, conduce, sin duda, á conclusiones incontestables, pero absolutamente pueriles é infructuosas y que son evidentes por sí mismas. El arte de pensar no puede enseñarse dogmáticamente. La filosofía positiva demuestra las verdaderas leyes lógicas del espíritu humano, porque revela las leyes del desarrollo del espíritu, tanto en el individuo como en la especie, y enseña el método positivo en sus diversas aplicaciones. Una lógica que hace abstracción de una argumentación determinada, es absurda. "En cuanto á la sicología, ella constituye solamente una rama de la anatomía y de la fisiología; como ciencia particular, no tiene razón de ser, lo mismo que el método de observación interna sobre el cual ella reposa. Tal método es absolutamente vano y absurdo. El individuo, pensando, no podría dividirse en dos sujetos de los cuales el uno razonaría en tanto que el otro miraría razonar. El órgano observado y el órgano observador, siendo en este caso idénticos, ¿cómo podría tener lugar la observación? A lo más sería posible suponer que el hombre puede observarse en los fenómenos morales, porque en este caso el órgano observado y el órgano observador son diferentes." "Del mismo modo la observación de las funciones afectivas no puede dirigirse, en suma, sino sobre sus manifestaciones exteriores. Por otra parte, para la observación interna es preciso el aislamiento más completo del mundo exterior y el mayor reposo de espíritu posible, sin lo cual nada puede ser observado en el espíritu, pues que nada se pasa en él. La observación interna es, pues, bajo todas relaciones, un absurdo." La filosofía positiva comprende siete ciencias principales, en el orden siguiente: matemática, astronomía, física, química, biología, sociología y moral. "Esta jerarquía de las ciencias, continúa Augusto Comte, es igualmente fundada tanto bajo el punto de vista lógico como bajo el punto de vista científico; es en este orden como se deben estudiar las ciencias, porque cada una de ellas, respecto á la relación de su método y de su objeto, supone el estudio de todas las que le preceden. El punto de vista lógico y el científico son correlativos é inseparables el uno del otro; el orden así establecido es también el orden en el cual estas ciencias se han formado históricamente y en el cual ellas han entrado respectivamente en el estado positivo. Bien que haya subordinación entre ellas y que las siguientes dependan de las que les preceden, éstas no deben mandar á aquéllas; al contrario, las precedentes reciben de las que les siguen, su destinación y su perfección." La matemática comprende el cálculo y la mecánica concreta, que establece las ecuaciones para los fenómenos de la naturaleza; estos fenómenos, á su vez, pueden ser considerados bajo sus relaciones de dimensión por su lado estático como sucede en geometría, ó bien en su movimiento por su lado dinámico, como en mecánica. Augusto Comte da mucha importancia á esta ciencia; él dice: "El sistema de los estudios matemáticos constituye necesariamente el verdadero origen del arte general del razonamiento positivo, con el cual el espíritu humano no puede realizar completamente su libre desarrollo sino respecto de investigaciones á la vez las más generales, las más abstractas, las más simples y las más precisas. Á esta fuente primitiva y universal es, pues, que deben constantemente acercarse todos los filósofos positivistas para preparar convenientemente sus facultades racionales á la ulterior elaboración directa de las teorías más imperfectas que se refieren á objetos más especiales, más complejos y más difíciles. Los estudios matemáticos consiguen el resultado que antes se prometían de la lógica y con mucho mejor éxito. La lógica conducía á reglas pueriles, completamente ociosas, ó á especulaciones ontológicas tan inútiles y vagas como absurdas. "La astronomía tiene por objeto descubrir las leyes de los fenómenos geométricos y mecánicos que nos presentan los cuerpos celestes; á causa de su naturaleza geométrica y mecánica, los fenómenos astronómicos entran en la matemática concreta cuyo método encuentra su empleo en astronomía. Es con muy buen derecho que la astronomía tiene el primer rango entre las ciencias naturales, sea por su carácter científico, por su precisión ó por la importancia de la ley (pesadez) que revela. Dependiente de la matemática, ella queda independiente de todas las ciencias siguientes, que todas le son subordinadas. Todos los fenómenos terrestres, sin exceptuar ni aun los sociales, no pueden ser comprendidos á fondo sino teniendo en cuenta la posición de la tierra en el sistema solar. La astronomía se divide en geométrica (estática celeste) y en mecánica (dinámica celeste). Ella es la única de las ciencias naturales que haya alcanzado hasta aquí la entera positividad". Comte excluye de esta ciencia la astronomía sideral, porque nuestras observaciones no suministran á las investigaciones científicas un terreno sólido sino cuando se trata de nuestro sistema solar. "La física es el estudio de las leyes á que están sometidas las propiedades generales de los cuerpos, en tanto que su composición molecular y frecuentemente su estado de agregación permanezcan invariables. Los fenómenos físicos son ya más complejos y más variados que los fenómenos astronómicos: mientras que para estos últimos no podemos servirnos sino del sentido de la vista, tres sentidos pueden ser empleados en la observación de los primeros: la vista, el oído y el tacto. La física pierde en precisión porque los hechos físicos sufren la influencia de diversos agentes perturbadores, tales como el frotamiento, la resistencia del medio, etc. En cambio, la observación, se fortifica por el empleo de un método al cual no se puede recurrir en astronomía, y que es la experimentación. Este método, esta parte de la lógica universal debe ser estudiado en física como en su dominio propio." La física se divide en estática y dinámica; comprende los tratados siguientes: la barología, la termología, la acústica, la óptica y la electrología. Respecto del empleo de la hipótesis, he aquí su opinión: "Las hipótesis son necesarias para el descubrimiento de las leyes efectivas; ellas deben, sin embargo, referirse exclusivamente á las leyes de los fenómenos y nunca extenderse á su modo de producción." Él rechaza las teorías imaginarias de los fluidos y del éter, que escapan á toda verificación y son absolutamente quiméricas. La química es la ciencia que estudia las leyes de las combinaciones y de las descomposiciones debidas á la acción recíproca, específica y molecular de los cuerpos. Comte se queja, y con justicia, de que la química de su tiempo merezca apenas el nombre de ciencia; sin embargo, la encuentra más adelantada que la fisiología. Á pesar de su imperfección, posee un medio lógico de una alta importancia: es la nomenclatura racional (fórmulas químicas): un sistema de indicaciones racionales y concisas, establecido en un punto de vista uniforme y que facilita extraordinariamente el estudio de la ciencia; en la química, el filósofo positivista enseñará mejor la nomenclatura racional. En cuanto á la división de esta ciencia, Comte rechaza como no científica la división en química inorgánica y química orgánica. XI AUGUSTO COMTE Y LA BIOLOGÍA "En esta ciencia, dice Augusto Comte, es donde encontramos más acentuada la oposición entre los dos grandes métodos filosóficos: el teológico y el positivo. Mientras que el primero pretende explicar el mundo por el hombre, el segundo explica el hombre por el mundo. Los fenómenos vitales son simples modificaciones de las leyes generales." "Los metafísicos son los únicos que defienden la pretendida independencia de los cuerpos vivos respecto de las leyes generales de las ciencias precedentes, aun en lo concerniente á las funciones de los nervios y del cerebro. Sin embargo, es preciso afirmar absolutamente que el mundo orgánico se distingue del mundo inorgánico, y no están de acuerdo sino por hallarse ambos sometidos á las leyes de los fenómenos generales comunes á todos." "La biología es el estudio de las leyes de la vida. Es preciso, ante todo, definir exactamente la vida. Ver un carácter esencial de la vida en un pretendido conflicto entre la naturaleza viviente y la naturaleza inanimada, es engañarse completamente; al contrario, la correlación armónica que existe entre el ser viviente y el medio que le rodea, es precisamente la condición fundamental de la vida. Según Blainville, la vida consiste en el doble proceso interno general é interrumpido de composición y de descomposición que constituye en realidad su naturaleza íntima y que resulta de la acción recíproca del organismo y del medio ambiente. Toda función vital es el resultado de estos dos factores." "El axioma general se aplica también á la biología: los medios de observación están en armonía con la complejidad creciente de la ciencia; la observación directa es ayudada por el microscopio y por otros medios artificiales. La experimentación misma tiene su aplicación en biología, aunque de un modo más restringido. En fin, se puede emplear con mucho éxito el método de comparación tanto en la estática (anatomía) como en la dinámica (fisiología). La comparación puede tener lugar entre las diversas partes del mismo organismo, entre las diversas especies, entre las diversas fases del desarrollo, entre las diversas razas, entre los organismos de la jerarquía biológica toda entera." "Al lado de este procedimiento de comparación y marchando junto con él, la ciencia biológica posee, al punto de vista del método, una perfección que le es propia: tal es el procedimiento de clasificación. Una clasificación racional supone todo un sistema de conocimientos reales de las verdaderas relaciones de los seres entre sí. En la biología, pues, como en su verdadero origen, es preciso estudiar el arte de la clasificación racional, para hacerla penetrar también en las otras ciencias, tanto como su naturaleza lo permita." "El lugar de la biología en la jerarquía de las ciencias, es de una importancia particular para el mantenimiento de su carácter positivo. Por la subordinación de la filosofía orgánica (biología y sociología) á la filosofía inorgánica, todas las vagas concepciones teológico-metafísicas quedan arruinadas. La biología es directamente subordinada á la química. La vida, según su definición misma, supone fenómenos químicos que siguen exactamente las leyes químicas. Por la química, la biología es indirectamente subordinada á la física; pero, además ella está directamente sometida á las leyes físicas de la pesadez, del calor, de la electricidad, etc." "Los biologistas están obligados á saber juzgar de las hipótesis físicas por que concepciones erróneas en física pueden conducir á errores biológicos; además, ellos deben haber aprendido en física el arte de la experimentación." "Dos medios de observación hay en biología para determinar las funciones intelectuales y las afectivas: l.°, el más exacto, determinación de las condiciones orgánicas de las cuales ellos dependen; 2.°, la observación directa de su sucesión." "Gall ha dado la iniciativa: él ha devuelto á la ciencia positiva los fenómenos morales é intelectuales y ha señalado á las investigaciones de estos fenómenos su verdadero lugar, relacionándolos simplemente con la fisiología animal. Aun cuando Gall se haya equivocado tratando de localizar las diversas funciones animales, dos principios de su fisiología frenológica son, sin embargo, incontestables hoy: l.° las disposiciones fundamentales son innatas, ya sea que se trate de disposiciones intelectuales ó de disposiciones afectivas; 2.° las facultades particulares; aunque sus actos definitivos sean casi siempre el producto común de varias de entre ellas, quedan esencialmente distintas y enteramente independientes la una de la otra. El cerebro no es un órgano; es preciso considerarlo como un sistema de órganos, que se hace más complicado á medida que se eleva á una perfección más grande en la vida animal. El rol de la fisiología es asignar su sitio á cada función por medio del análisis anatómico y fisiológico." "El reino orgánico se divide en vegetativo y en animal; el elemento característico del reino animal es el sistema nervioso. Entre el hombre y el animal no hay ninguna diferencia esencial; sólo por razones de método hay que tratar separadamente los fenómenos morales y los fenómenos intelectuales. El método de Gall expone, pues, la verdadera naturaleza moral é intelectual del hombre y del animal; pero Gall ha multiplicado demasiado las funciones y las ha localizado mal. El estudio racional de las costumbres y del alma de los animales es de una extrema importancia para la fisiología intelectual y moral. Este estudio ha sido hasta aquí completamente descuidado, á causa del desprecio con que estamos habituados á mirar á los animales como inferiores al hombre. Es preciso fundar esta ciencia." "La antigua psicología se engaña también cuando desconoce la subordinación de las funciones intelectuales á las afectivas. Esta subordinación está demostrada de una manera irrefutable por la experiencia de cada día, que prueba que las pasiones son más fuertes que la razón. La pretendida supremacía de la inteligencia en el hombre no existe lo mismo que la unidad del «yo» (alma) afirmada por los metafísicos. La idea del «yo» resulta del sentimiento continuo de la armonía de las funciones animales, á menudo trastornada en las enfermedades. Es el consensus general de todo el organismo." "Todo vertebrado (el gato por ejemplo) aún cuando no pueda decir «yo», tiene la percepción de que es el mismo y no otro. En muchos animales, el sentimiento de la personalidad es quizá más pronunciado que en el hombre. El instinto no es otra cosa que la razón fijada, y la razón no es otra cosa que el instinto movible." "Sin embargo, es preciso distinguir entre la subordinación de los hechos á las leyes invariables y su desarrollo necesario irresistible. Mientras más complejos son los fenómenos, más suceptibles son de modificación. Los fenómenos intelectuales y morales son los más complicados de todos; ellos se cumplen con el concurso de las diversas facultades, y cada cual puede atrofiar estas facultades por la inactividad ó desarrollarlas por la actividad. Por otra parte, las facultades intelectuales pueden ejercer una grande influencia sobre la acción de las morales. Aun cuando las numerosas influencias elementales que entran en cooperación no cesen de obedecer á leyes precisas, invariables, aún desconocidas en su mayor parte, no resulta por esto ninguna necesidad: la libertad queda sana y salva. La filosofía positiva no excluye ni la educación ni la legislación; por el contrario, ambas encuentran en ella su razón de ser, porque la filosofía positiva les suministra leyes sobre las cuales pueden apoyarse." "La biología científica es de una gran importancia para la emancipación definitiva de la razón humana. Todo estudio positivo, añade el filósofo, va á arruinar las concepciones teológicas, mostrando que los acontecimientos del mundo son conducidos, no por una voluntad sobrenatural, sino por leyes naturales, y lo prueba de dos maneras: l.° por la prevision de los fenómenos; 2.° por el poder que da al hombre de dirigirlos según su voluntad. La previsión es tanto más segura cuanto los fenómenos son más simples; el poder de modificarlos es tanto más grande cuanto son más complejos; así toda ciencia positiva arruina á su manera la filosofía teológica. La biología positiva, por sus investigaciones anatomo-fisiológicas, que todas tienden á explicar los fenómenos de la vida exclusivamente por la acción recíproca del organismo y de las condiciones exteriores, destruye tanto las ficciones teológicas (intervención de influencias sobrenaturales) como las entidades metafísicas (el alma, etc). Ella combate la antigua filosofía en el terreno mismo en que se sentía más sólidamente establecida. En cuanto á las nociones teológicas, no menos absurdas que estériles, que son la base de todos los sistemas religiosos, la biología las arranca del suelo donde habían echado las más profundas raíces." AUGUSTO COMTE Y LA FÍSICA SOCIAL Ó SOCIOLOGÍA La sociología está regida por las leyes biológicas, pero no es, sin embargo, un simple corolario de la biología, sino una ciencia especial en la cual ante todo debe dominar el método histórico que le es propio. Éste compara los diferentes estados sucesivos de la Humanidad según su encadenamiento histórico; estudia la marcha y el desarrollo del conjunto para comprender mejor al individuo. Las leyes de sucesión social descubiertas por este método, deben siempre relacionarse con la teoría positiva de la naturaleza humana, tal como la biología la explica. Sólo en el método histórico puede fundarse la política, tanto en el punto de vista de un sistema como el de su lógica. Además del método histórico se emplean también, más ó menos, los métodos de las ciencias precedentes. "En nuestra época se ha llegado á refutar toda verdadera certidumbre á las observaciones sociales, ó al menos hasta negar el valor demostrativo del testimonio humano. He aquí una empresa sofística inspirada únicamente por el deseo de rechazar la autenticidad de la Biblia. Todas las ciencias deben reposar sobre el testimonio humano, porque es imposible que un sabio haga por sí solo todas las observaciones sobre las cuales debe apoyarse. Por otra parte, el objeto de la sociología no tiene una precisión tan grande como el de las otras ciencias; pero su certidumbre es la misma." "La sociología se divide en estática y en dinámica social. La estática social es la teoría positiva del orden ó de la armonía de las condiciones de existencia de la sociedad humana. La dinámica social es la teoría positiva del progreso social." Estática social.—"El verdadero principio filosófico del organismo social consiste en el consensus general y naturalmente necesario que caracteriza todos los fenómenos de los cuerpos vivos y que se encuentra en el más alto grado en la vida social. La estática social ó anatomía tiene, pues, por objeto el estudio experimental y el estudio racional de los diferentes elementos ó factores del sistema social. Las condiciones generales de la existencia social deben ser sucesivamente examinadas con relación al individuo, á la familia y á la sociedad." El individuo.— "Por lo que respecta al individuo, la sociabilidad ó sentido social no tiene necesidad de ser demostrado, después que Gall ha expuesto su teoría del cerebro. "Aunque en el hombre, que es el primero de los animales, las facultades afectivas dominen á las intelectuales y los impulsos groseros y egoístas se sobrepongan á los sentimientos más nobles de sociabilidad, sin embargo, con la marcha de la civilización, la actividad intelectual y con ella el bienestar natural, entran en el camino del progreso. Los impulsos sociales contribuyen á la felicidad individual y, por otra parte, la vida social debe á los instintos personales una impulsión constante y una dirección natural." "La familia—y no el individuo—es quien constituye la unidad social. Ella es el lazo entre el individuo y la especie ó sociedad. En la íamilia, el hombre aprende á vivir para los otros, al mismo tiempo que sigue sus más fuertes instintos. En cuanto á la relación que existe entre el hombre y la mujer, ésta es inferior á aquél bajo el punto de vista intelectual, pero le es superior por la simpatía y la sociabilidad. La preeminencia pertenece, pues, al hombre, en tanto que una influencia moderadora es propia de la mujer. En las relaciones de padres á hijos, la subordinación de las edades es la que hace ley. La vida doméstica es la escuela y el tipo de la vida social. En la vida de familia, el hombre debe buscar el pleno y libre desarrollo de sus afecciones sociales. La concentración es tan necesaria al sentimiento como la generalización al pensamiento." La Sociedad.—Gobierno.—Poder.—Autoridad.—Moral.—"El principio fundamental de la sociedad, es el principio de la cooperación; aunque el instinto simpático que rige la vida doméstica le sea también un poderoso auxiliar. Esta cooperación debe extenderse á todos los ramos de la actividad humana. Por ella cada familia tiene el sentimiento de su dependencia respecto á todas las otras familias, al mismo tiempo que de su propio valor: ella tiene conciencia de que llena una función pública. "La cooperación supone un gobierno cuyo deber es reprimir, según sus fuerzas, una fatal inclinación á malgastar las ideas, los sentimientos y los intereses. El gobierno es la reacción necesaria del todo contra las partes: éstas deben sin cesar sostenerse en el pensamiento de la comunidad y de la solidaridad de las tendencias." "La influencia del gobierno no es solamente material; ella debe ser sobre todo intelectual y moral. Al lado del poder temporal, es preciso también un poder espiritual." "El gobierno debe salir del seno de la sociedad: la autoridad nace de la cooperación común, y no viceversa. La ley fundamental de esta subordinación espontánea reside en este principio: que los diversos modos de actividades particulares se subordinen por sí mismos á la dirección de las actividades más generales. Esta subordinación social, que es al mismo tiempo la condición de la subordinación política, forma la base de todo gobierno. Las disposiciones que en el individuo favorecen la subordinación política son, por un lado, el deseo de mando, que es inherente á toda superioridad intelectual y moral, y por otro, la tendencia del hombre á inclinarse delante de la superioridad intelectual. Con el progreso de la civilización, la desigualdad moral é intelectual y, al mismo tiempo, la espontaneidad de la subordinación política, se desarrollan más y más." "Para resumir la estática social en su triple significación, debemos añadir que la vida individual es caracterizada particularmente por la preponderancia de los instintos personales, la vida de familia por los instintos simpáticos, y la vida social por la evolución de las influencias intelectuales. Estos tres grados de la existencia humana, íntimamente ligados entre sí, son la condición preliminar de la división racional de la moral universal en moral personal, que se refiere á la conservación del individuo (higiene), en moral doméstica, que subordina el egoísmo á la simpatía, y en moral social, que regula todas nuestras inclinaciones en beneficio de la comunidad. Estas dos últimas partes constituyen el altruismo." DINÁMICA SOCIAL LA FILOSOFÍA DE LA HISTORIA Leyes generales de la evolución humana.-"La dinámica social se ocupa de la evolución gradual de la Humanidad. Todo estado social debe ser considerado como el resultado necesario del estado precedente y como la preparación para el estado sucesivo. La evolución social está sometida á leyes invariables naturales, que excluyen toda intervención de voluntades superiores. Mientras más amplitud alcanzan el organismo social y los progresos de la civilización, más también las influencias fortuitas desaparecen y las leyes se afirman con más claridad. La Humanidad marcha necesariamente á un desarrollo siempre más completo de sus recursos esenciales bajo el punto de vista físico, moral, intelectual y político. Las facultades primordiales del hombre van perfeccionándose con la civilización. La evolución de la Humanidad recibe en todo tiempo el grado de perfección que permiten los progresos realizados en ese momento y las condiciones exteriores correspondientes. En dinámica social, todo debe ser considerado como relativo." "Para reformar sistemáticamente la Humanidad, es preciso conformarse con la marcha natural de la evolución. Esta evolución natural puede ser favorecida y apresurada por una influencia inteligente, pero ningún grado intermediario puede ser omitido; es preciso pasar por todos sucesivamente. La previsión es la que permite verdaderamente ejercer una influencia eficaz en el dominio social." "Es preciso observar, por otra parte, que la civilización no progresa en línea recta, sino con oscilaciones alrededor de un punto central. Comprendida así la nueva ciencia social, debe conducir la masa entera de la especie humana á una unidad social que abrace todos los tiempos y todos los lugares y cuyos diversos órganos cooperen al desarrollo de la Humanidad. Esta concepción es también el fundamento racional de la moral positiva." "El progreso de la evolución humana se revela en la siguiente modificación: que las propiedades características de la Humanidad predominan más y más sobre las de la animalidad. Las facultades intelectuales y las afecciones sociales se perfeccionan. La historia de la sociedad está regida por la historia del espíritu humano y en particular por la historia de la filosofía." "Sin hablar de diversos factores más particulares, tales como el clima, la raza, ya la evolución de la Humanidad encuentra auxiliares en la actividad natural del hombre, en la corta duración de la vida (el progreso social reposa esencialmente sobre la muerte), en la rapidez con la cual las generaciones se suceden y en el acrecentamiento natural de la población." "El verdadero principio científico de la dinámica social consiste en la ley mencionada más adelante, la ley de los tres estados: el teológico, el metafísico y el positivo. Es preciso observar, sin embargo, que estos tres estados pueden encontrarse simultáneamente y que en realidad acontece así." "El estado teológico puro no ha existido nunca, pues que siempre se han explicado espontáneamente de un modo positivo los fenómenos más simples y más vulgares. La marcha de la evolución material es necesariamente paralela. Lo mismo que en el orden espiritual, la evolución se hace del estado teológico al estado positivo; así en el orden material el progreso va del espíritu guerrero al espíritu industrial. Al estado metafísico, que es un estado de transición, corresponde el estado jurídico. Á causa de la repulsión original del hombre por el trabajo, la guerra con la esclavitud, que era su consecuencia, ha sido primero el medio más corto de asegurarse la manera de vivir." "Como el organismo del individuo, el organismo social está sometido á una inevitable decadencia final." En seguida Augusto Comte nos traza el cuadro de la evolución humana al través del tiempo, en cada uno de estos tres estados, procurando llamar nuestra atención sobre los progresos que en ellos ha alcanzado nuestra especie. Estado teológico.—Caracteres generales.— "El estado teológico en el cual predomina la imaginación es necesariamente el estado primitivo. Él tiene su fundamento tanto en la naturaleza del espíritu humano como en el punto de vista moral y social. En su origen el espíritu humano se encuentra encerrado en un círculo vicioso de donde parece imposible que salga. Por una parte, en efecto, no puede sin observación llegar á ninguna idea, y por otra, una observación metódica sin una regla que la dirija es una teoría imposible. La filosofía teológica era, pues, la única capaz de sacar al espíritu de su letargia, despertando la curiosidad, hija legítima de la razón, con sus creaciones misteriosas." "Desde el punto de vista moral, la filosofía teológica era necesaria en el origen de la evolución humana, porque sólo ella, con sus ilusiones que inspiraban al hombre la creencia de que ejercía por la oración y con el socorro de los seres superiores una influencia ilimitada sobre el mundo exterior; podía mantener su valor y su actividad." "En fin, desde el punto de vista social la filosofía teológica era aún más necesaria, porque sólo ella podía en el origen de la evolución humana establecer la unidad sufciente y la comunidad de ideas sin la cual la vida social es irrealizable." El estado teológico se divide en tres períodos: el fetiquismo, el politeísmo y el monoteísmo. Fetiquismo.— "El estado teológico comienza naturalmente por el fetiquismo. El fetiquismo que mira á todos los cuerpos, sean naturales, sean artificiales, como animados, es la faz primitiva más pura y más intensa de la filosofía teológica. Esta forma grosera de actividad especulativa se encuentra en ciertos animales más perfectos. Todos los sistemas teológicos tienen al fetiquismo por fundamento. El panteísmo moderno en Alemania no es otra cosa que un fetiquismo más generalizado y sistematizado. Lo que da sobre todo importancia al fetiquismo, desde el punto de vista de la civilización, es su rol indispensable para dar á la actividad espiritual su primer impulso. Sin embargo, entrabando el conocimiento de las leyes de la naturaleza, el fetiquismo constituye un obstáculo á la evolución exterior. Por medio de la astrología conduce gradualmente á las naciones al politeísmo. Esta transición es el primer paso hacia el espíritu de observación. El espíritu metafísico de generalización y de abstracción coopera también al mismo fin, y aunque conservando provisoriamente la teología, no por esto deja de arruinar sus fundamentos." Politeísmo.— "En cuanto á su duración, el politeísmo es la forma principal del estado teológico; desde el punto de vista de la civilización es superior al fetiquismo. Favorece grandemente el desarrollo de la ciencia, del arte y de la industria. Admitiendo el destino (fatum), prepara el espíritu á la idea de las leyes naturales invariables; reduciendo á un número siempre menor los agentes sobrenaturales, permite relacionar más y más los fenómenos con las leyes de la naturaleza. Aún sus mismas observaciones supersticiosas (el vuelo de los pájaros, etc.) favorecen la ciencia formando el espíritu de observación. Por lo que respecta al arte, el politeísmo lo ha desarrollado principalmente en cuanto abrió un campo más extenso á la actividad creadora de la imaginación. En fin, él ha sido favorable al progreso industrial, porque desterrando el temor supersticioso que el fetiquismo inspiraba al hombre respecto de las cosas exteriores, ha impulsado á la Humanidad á la conquista del mundo material." "El politeísmo ha desarrollado también los poderes políticos cuyos primeros gérmenes contenía ya el fetiquismo. En una época en que la guerra y la caza eran las principales ocupaciones del hombre, la habilidad militar, la fuerza y la astucia eran condiciones del poder práctico ó temporal, así como la sabiduría de la ancianidad, apoyada en la influencia de la mujer, llegaba á ser por la extensión natural del régimen patriarcal, la condición del poder teórico ó espiritual. Por la reducción del número de las divinidades, el poder sacerdotal, cuya importancia es tan grande para el rol civilizador de la filosofía teológica, fué á la vez concentrado y fortificado. La institución de la esclavitud y la fusión del poder espiritual y del poder temporal, caracterizan el período politeísta. El fetiquismo, que es un estado salvaje, no permite la esclavitud; el fetiquista degüella á los vencidos. El monoteísmo tiene horror á la esclavitud, porque este estado envilece al hombre; el politeísmo, al contrario, le ofrece un terreno especialmente preparado. La fusión de los poderes era, sobre todo, una consecuencia del espíritu militar de este período, porque este espíritu tiende á la centralización. La esclavitud y la confusión de los poderes son las causas que hacen al período politeísta inferior al monoteísta." "El politeísmo reviste tres formas principales. La primera es el politeísmo egipcio ó teocrático; la segunda, el politeísmo griego ó espiritual; la tercera, el politeísmo romano ó social. En el politeísmo teocrático, en que la preeminencia pertenece á la clase sacerdotal, aparece el régimen de las castas. La herencia de las carreras es la regla natural de las funciones sociales, pero bien pronto se vuelve un obstáculo al progreso ulterior; entonces aparece el politeísmo militar, que, no obstante, en Grecia no absorbe, como en Roma, toda la energía de los hombres más eminentes. El politeísmo progresivo de la Grecia ha triunfado del politeísmo estacionario del Egipto. El espíritu positivo científico se muestra desde el principio por la importancia que da á las matemáticas; pero se revela también en la filosofía del gran Aristóteles. Sin embargo, la hora del positivismo no había venido todavía." "Tan luego como por una división cuyas consecuencias son importantes, la filosofía se hubo fraccionado en filosofía natural y en filosofía moral, la filosofía griego-alejandrina tendió más y más á tomar la dirección de la Humanidad; pero su influencia fué disolvente: ella apresuró la caída del politeísmo y preparó la alborada del monoteísmo. El politeísmo romano pasó bien pronto del régimen teocrático, bajo los reyes, al régimen militar; la nación romana, nacida para dominar al mundo, no tenía simpatía por las discusiones metafísicas de los griegos; la fusión del elemento romano y del elemento griego trajo consigo el triunfo del monoteísmo y la supremacía de un poder espiritual independiente del poder temporal. Este poder espiritual realizaba, por una parte, el sueño que los filósofos griegos se habían formado de una dominación espiritual del mundo, y por otra, alentaba á los romanos en su deseo de conservar el imperio en el universo. Este doble resultado fué obtenido en la medida que lo permitía el grado actual de la evolución siempre teológica de la Humanidad y las circunstancias exteriores. El impulso hacia este movimiento vino naturalmente de la teocracia judía; la cual se derivaba de la teocracia egipcia, donde el poder espiritual monoteísta había echado raíces. La revolución que hizo pasar la Humanidad del politeísmo al monoteísmo ha sido, hasta la revolución cumplida en nuestros días, la más grande que se haya realizado sobre el planeta." Comte sigue hablando de la organización católica y del rol de la Iglesia en la Edad Media; su juicio á este respecto nos parece demasiado indulgente: él no reprueba el sistema de opresión que el teologismo ensayó entonces, ni su culpable alianza con los poderes del estado para sojuzgar la razón humana y detener el vuelo de la inteligencia. Sin duda que nuestro filósofo, animado del más alto espíritu de conciliación, no ha querido ver en la evolución católico-deísta sino su benéfica influencia en la moral privada y las buenas costumbres, á la vez que su sabia y bien organizada jerarquía, sin detenerse á examinar los numerosos males que á la Humanidad pudo causar su sistema, autoritario é intolerante, como tiene que ser todo orden que se apoya en un sistema teológico cualquiera. Estado crítico ó metafísico.— "El transito del estado teológico al estado positivo, está caracterizado, según Comte, por el estado crítico ó metafísico. Aquí la descomposición y la recomposición marchan paralelamente; pero, para mayor claridad, es preciso examinarlas separadamente." "El proceso de la descomposición, la más grande evolución intelectual y social que haya tenido lugar, principia en el siglo XIV y se divide en dos períodos: el primero es el de las luchas interiores en la Iglesia; el segundo comprende la oposición sistemática y declarada del protestantismo y del deísmo contra el catolicismo." "Durante el primer período, el movimiento crítico existe sin tener conciencia de sí mismo y sin organización sistemática. Él tiene su origen en la naturaleza misma del sistema católico. La división de los dos poderes temporal y espiritual llevaba consigo su inevitable antagonismo, y por otra parte, el monoteísmo, que permitía la investigación, provocaba el libre pensamiento y hacía posible el nacimiento de las herejías." "En el segundo período, la rebelión, que existía ya de hecho, se organiza. La filosofía negativa, la filosofía revolucionaria se funda. Este período comprende dos faces: el protestantismo y el deísmo." "El principal carácter político del período entero es la absorción del poder espiritual por el poder temporal. Los agentes del movimiento crítico son los metafísicos y los juristas; los primeros representan el elemento espiritual, los segundos el temporal. La corporación de los metafísicos comprendía los profesores y los simples letrados; la de los juristas, los jueces y los abogados; la filosofía escolástica, y por consiguiente su fundador Santo Tomás, fué el primer agente universal de la disolución de la filosofía y de la política teológica. El estado jurídico ha nacido del régimen feudal, y como á menudo estaba al servicio del poder temporal, hostil á la Iglesia, se encontró al mismo tiempo en oposición con ella. Antes de la época del protestantismo, la descomposición del régimen social de la Edad Media formaba dos períodos: el de las luchas comunes de los reyes contra la autoridad del papa sobre la Europa, y el de las iglesias nacionales contra la supremacía romana. Los reyes y el clero fueron bastante ciegos para no sospechar que con esto se perjudicaban á sí mismos." Estado positivo.— "Paralelamente á la descomposición del antiguo orden social se cumplía la reconstitución en el sentido del positivismo. Desde el principio del siglo XIV, este trabajo de constitución de la sociedad actual se revela evidentemente al lado del movimiento que destruye el antiguo régimen. Los elementos de la civilización moderna se muestran allí en apariencia aislados y sin ninguna relación entre sí: en realidad ellos converjen necesariamente á la organización positiva." "La civilización moderna comprende tres ramas principales: industria, estética, ciencia y filosofía, que corresponden á los tres principales aspectos (lo bueno, lo bello y lo verdadero) bajo los cuales el hombre considera las cosas, y á las tres principales regiones del cerebro humano. Esto en cuanto al punto de vista estático; en el dinámico, el desarrollo de estos elementos debía determinar el de los otros." Desarrollo de la industria.— "En la evolución del estado teológico al estado positivo, el progreso principia necesariamente por la industria. El desarrollo industrial se relaciona con la organización católica feudal, que un examen imparcial y profundo debe reconocer como la verdadera fuente común de nuestra civilización occidental. Bajo la influencia del sistema católico de la Edad Media, poco á poco las clases obreras se emancipan, primero en las ciudades, después en los campos. El espíritu militar desaparece; el hombre se ha ennoblecido en un trabajo pacífico. La vida doméstica se afianza; las barreras que separaban entre sí las clases y los pueblos, caen poco á poco." "Lo mismo que la evolución crítica, la evolución industrial se divide en tres faces. La primera, que se extiende hasta el siglo XVI, es la más importante: las grandes ciudades se forman, ejércitos de obreros surgen, el crédito y la correspondencia postal comienzan á funcionar, grandes descubrimientos tienen lugar, el nuevo mundo es conocido. La segunda faz comprende hasta el siglo XVII. El protestantismo, con la libertad más grande que deja á la actividad personal, favorece momentáneamente la evolución industrial; el régimen colonial aparece. La tercera faz, que se extiende desde la expulsión de los calvinistas en Francia y del triunfo de la aristocracia en Inglaterra hasta la Revolución Francesa, está caracterizada por la guerra colonial, por la importancia que toma la banca, por la introducción de las máquinas. Mientras más se desarrolla la industria, más entra en conflicto con el sistema teológico-militar." Desarrollo estético, científico y filosófico.— "El progreso estético se relaciona estrechamente con el progreso industrial: él también se deriva de la organización de la Edad Media, pues que la constitución homogénea del régimen católico-feudal era muy favorable al desarrollo estético. Hasta el presente el arte moderno ha carecido de una dirección filosófica." Augusto Comte trata entonces de la evolución estética en cada una de las tres faces indicadas más arriba. "El tránsito del politeísmo al monoteísmo ha sido muy ventajoso al desarrollo científico. La escolástica, que era la filosofía católica, fué la primera transacción de la teología con la ciencia. No obstante, en esta primera faz, el antagonismo entre la ciencia y la fe no está muy acentuado. La segunda faz de Copérnico á Newton es decisiva: en ella se realizan grandes progresos en matemáticas y en astronomía. En la tercera faz, la educación científica se populariza por la institución de escuelas; las ciencias naturales se perfeccionan." "En cuanto á la evolución filosófica en particular, la posteridad reconocerá siempre á Bacon, Galileo y Descartes como á los primeros fundadores directos de la filosofía positiva, aunque ellos no hayan podido establecerla, ni bajo la relación de la doctrina, ni desde el punto de vista del método. Sin embargo, el espíritu positivo dominaba ya en la filosofía de la naturaleza; pero para tener una filosofía que sea la expresión de la realidad, ha sido preciso esperar el ensayo que se efectúa hoy. Si esta tentativa se frustra, el interregno filosófico se prolongará hasta que encuentre una solución más feliz." "La nueva evolución filosófica toda entera no ha sido sino un preliminar; ella no ha producido sino fragmentos; divaga demasiado en los detalles, sin pensar en una síntesis. Los defectos que de allí resultan desde el punto de vista de la relación social, son estos: á pesar de la evolución cumplida desde el punto de vista material, la moral no ha seguido el mismo progreso, la condición de las clases obreras no ha hecho sino empeorar, y el arte carece de dirección intelectual, de motivo social. La filosofía, en su aislamiento, queda sin ninguna influencia. Es pues, absolutamente necesario dar una dirección sistemática á la gran transformación que se cumple en el presente, y preparar así la regeneración definitiva de la Humanidad. Tal es el objeto de la nueva filosofía política." ORGANIZACIÓN POSITIVISTA "Debemos ahora caracterizar la dirección que es necesario imprimir al movimiento sistemático, á fin de que sea convergente con el movimiento espontáneo. Es preciso que los diversos elementos esparcidos puedan coordinarse para formar un nuevo sistema social, y esta síntesis debe cumplirse tanto desde el punto de vista intelectual como desde el moral y político." Autoridad espiritual.— "Bajo esta última relación, el establecimiento de una autoridad espiritual es una necesidad social. Ésta tiene su origen en la ley misma de la evolución, según la cual la evolución humana es ante todo caracterizada por una influencia siempre creciente de la vida especulativa sobre la vida activa. El elemento espiritual debe, pues, entrar proporcionalmente en la dirección de la sociedad. Desde el punto de vista moral, la absorción del poder espiritual por el poder temporal es un retroceso á la barbarie; la moral no puede ser subordinada á la política. La separación de los dos poderes constituye ciertamente, por su naturaleza, la primera base racional de toda nuestra educación moral. Las preocupaciones revolucionarias que constituyen un tan grande obstáculo á una evolución ulterior, combaten ciegamente toda autoridad espiritual; no obstante, ésta prevalece necesariamente, aunque de una manera imperfecta: los literatos y los metafísicos (periodistas y profesores) se constituyen en guías especulativos de la Humanidad, aunque á menudo carezcan de capacidad moral y espiritual para desempeñar este rol. El desarrollo de la sociedad acuerda una influencia siempre creciente á los factores morales en oposición á los factores políticos, y el inconveniente que de ello resulta es enorme." "Este poder espiritual debe, sin duda, ser excluido de la dirección inmediata de los negocios humanos, pero ha de servir de correctivo al poder civil, asegurando á la moral la supremacía sobre la fuerza material. Él recuerda á las diversas clases de la sociedad sus deberes morales. En la organización positiva, los deberes son el fundamento de los derechos; así se crea una moral activa que tiene el amor por principio. La ruidosa discusión de los derechos no conduce sino al reinado del egoísmo. La solución de las dificultades sociales no se encuentra en la creación de nuevas instituciones políticas, sino en la transformación de las ideas y de las costumbres. La necesidad y la tendencia general de la nueva autoridad moral son así demostradas." "Su resorte se resume en la palabra educación, en tanto que el rol del poder temporal es la acción. Este nuevo poder espiritual tiene, pues, la misión de elaborar y aplicar diariamente un sistema positivo de educación, la cual debe ser sobre todo moral y no solamente intelectual, cuya base general es la filosofía positiva; además, esta educación positiva debe tener un carácter absolutamente universal y, á ejemplo de la enseñanza religiosa del catolicismo de la Edad Media, extenderse á todas las clases de la sociedad." "Están llamados á tomar parte en esta dirección espiritual sólo aquellos de entre los sabios que abracen de un solo golpe de vista el dominio entero de la ciencia y que tengan conciencia de su objeto social." "Los filósofos positivistas, gracias á la unidad de sus opiniones y á la comunidad de sus fines, formarán así poco á poco una verdadera corporación europea, para combatir la anarquía que reina aún en las ciencias." "Ante todo es preciso establecer la teoría definitiva de la moral tal como corresponde al progreso de la Humanidad. Después de la caída de la teología, la moral carece evidentemente de toda base racional. En el estado presente de los espíritus, sólo la filosofía positiva puede fundar sólidas convicciones morales." "Otra urgente necesidad ha sido creada á la sociedad actual por la solidaridad creciente de los pueblos europeos. Les falta una unidad más alta que no es posible conseguir sino por medio de la educación positiva y del poder espiritual. La educación positiva inspirará á los individuos y á las clases de la sociedad una entera confianza respecto de la corporación que ha dirigido esta educación: ella asegurará á la corporación misma una influencia consultativa en todos los negocios del orden privado y del orden público." "Por lo que respecta el carácter social del poder espiritual, su prestigio reposa enteramente sobre la confianza espontánea que su superioridad espiritual y moral le concilian. La autoridad positiva es, pues, esencialmente relativa. Ella se encuentra en cierto modo relacionada con la capacidad espiritual y moral, que es sometida á la prueba del juicio público por conducto de la opinión, pues que la educación positiva hace conocer á todos las reglas de tal juicio." Organización temporal.— "La organización temporal del nuevo sistema social no puede hacerse sino cuando la transformación espiritual haya sido concluida. Al presente no es posible exponerla en todos sus detalles. Ella debe ante todo inspirarse en el principio general de la unidad del cuerpo social. Ante todo, en el nuevo sistema es preciso desterrar la distinción establecida de ordinario entre las funciones privadas y las funciones públicas, porque esta distinción es absolutamente irracional. Todo miembro de la sociedad puede y debe ser mirado como funcionario público, pues que su actividad individual está en relación con un todo del cual forma parte. El soldado tiene el sentimiento de su dignidad; los representantes de las más simples vocaciones deben también tenerla como él; de este modo todos saben apreciar el justo sentimiento de su valor social." "El principio de la nueva jerarquía social es el que ha organizado la clasificación de las ciencias: el grado de generalidad y de abstracción del objeto y del carácter. Este principio taxonómico debe extenderse á la jerarquía social, que es la continuación de la jerarquía del reino animal. Lo mismo que para los animales el rango se marca por el desarrollo del sistema nervioso, sitio de la vida animal, así el rango social se establece por el predominio de las más altas facultades de la vida animal, es decir por la inteligencia. La teología miraba al hombre como el último de los ángeles; la ciencia lo mira como el primero de los animales; todas dos llegan por caminos diferentes á resultados análogos en substancia." "Conforme á esta teoría, la clase especulativa es superior á la clase activa, porque en ella las facultades de generalización y de abstracción que caracterizan la naturaleza humana son más desarrolladas. La clase especulativa se divide á su vez en filosófica ó científica y en estética ó poética; esta última ocupa esencialmente un rango menos elevado. La clase activa ó práctica, que comprende la gran mayoría de los hombres, se divide, según el mismo principio de jerarquía, en diversas categorías; los banqueros, los comerciantes, los manufactureros y los agricultores. Este principio positivo de jerarquía encuentra por todas partes su aplicación aun para la familia y para los animales. Imponiendo á las diferentes clases obligaciones morales cuya extensión y severidad crecen con la posición ocupada por cada uno en la sociedad, la educación positiva suaviza los males que nacen de la desigualdad social." Ventajas de esta organización.— "La nueva organización tiene en particular la ventaja de estar en un estrecha solidaridad con las pretensiones legítimas de las clases inferiores. El poder espiritual, por su naturaleza misma es popular, porque hace reinar en la sociedad la moral general y porque vigila los intereses de las clases inferiores. La filosofía positiva subministra á las justas revindicaciones de los trabajadores una consistencia filosófica y una dignidad moral directamente propias á determinar en fin la atención de las clases dirigentes. Por un lado ella hace comprender á los proletarios que la concentración de los capitales en mano de los principales industriales es una necesidad y que poco importa donde se encuentre la riqueza con tal que ella sea bien empleada; por otra enseña á los ricos que son simplemente administradores de la riqueza común y que están sometidos á deberes morales más austeros. La organización positiva garantiza á todos la educación, y el trabajo arregla las relaciones industriales conforme á las leyes morales de la armonía general. Por otra parte, al poder espiritual le es necesario el apoyo del pueblo para conquistar y conservar, á pesar de la apatía de las clases dirigentes, el puesto que le conviene. Las clases dirigentes se verán obligadas, aún una vez, por una dolorosa experiencia, á implorar el socorro del poder espiritual. La solidaridad de los intereses producirá por sí misma una irresistible alianza entre un gran pensamiento (la filosofía positiva) y una gran fuerza (el proletariado)." Comité occidental: su composición y su lugar.— "La constitución efectiva de la nueva organización social no se realizará sino lentamente, aunque todas las clases estén interesadas en prestarle su apoyo. Primero no encontrará sino partidarios aislados en las diferentes clases. Mientras siga su desarrollo progresivo, quedará limitada provisoriamente á las cinco grandes naciones de la Europa Occidental, porque sólo ellas se encuentran suficientemente preparadas. Á la Francia, con París como centro espiritual, pertenece la dirección del movimiento. Su evolución histórica designa á París como el centro definitivo del movimiento social. Es el centinela avanzado de la gran república europea. La Italia es, después de la Francia, la nación mejor preparada. En seguida viene la Alemania. Es cierto que el espíritu metafísico reina allí todavía, pero al presente está ya en decadencia; en cuarto lugar la Inglaterra, algo atrasada con su regimen teológico-feudal; en quinto lugar la España, que, á pesar del noble carácter de su pueblo, es hasta aquí la menos preparada á la constitución social definitiva." Para empezar la reforma positiva de la sociedad, sería bueno constituir un comité positivo occidental, formado primero por un pequeño número de miembros y que estaría encargado de la dirección del movimiento. Podría constar de ocho franceses, siete ingleses, seis italianos, cinco alemanes y cuatro españoles. Este cuasi concilio permanente de la Iglesia positiva tendría por misión desarrollar la filosofía positiva según los datos establecidos más adelante; transformar todas las ideas en este sentido; propagar la educación positiva y continuar por la palabra y por la pluma la reorganización de la vida práctica conforme á las máximas de la filosofía positiva. XII RESUMEN De los principales ritos y dogmas de la religión de la humanidad ó sea el positivismo religioso TEORÍA POSITIVA DEL ALMA Ante todo nos ocuparemos del alma humana según la concibe y define el fundador del positivismo; ya veremos que las antiguas creencias en buenos y malos espíritus, eran hasta cierto punto legítimas, pues que llevamos con nosotros el germen de toda buena y mala acción, y el hombre, al sentir en su interior esta incesante lucha entre el bien y el mal, hubo de personificar entre otros tantos seres ilusorios todas las inclinaciones y tendencias que él mismo llevaba consigo y que son atributos de su propia naturaleza. Desde la más remota antigüedad se habían asignado al alma humana tres grandes funciones: el sentimiento, la inteligencia y la voluntad; esta última facultad podía llevarnos al bien ó al mal, y de aquí vino la división en buenos y malos sentimientos. Los últimos son casi siempre más fuertes que los primeros, y en la constante lucha que traban en nuestro espíritu muchas veces quedan vencedores. El catolicismo formuló esta lucha en su célebre teoría de la naturaleza y de la gracia. Si el hombre cede á los malos sentimientos, obra en conformidad con su propia naturaleza, corrompida por el pecado original; si obedece á los buenos sentimientos, lo debe á la gracia de Dios, que lo hace fuerte contra el mal. El hombre, pues, estará obligado á pedir incesantemente esta gracia divina, y de aquí la necesidad de la oración, tan recomendada por todos los santos padres de la iglesia cristiana. Á la teoría de la naturaleza y de la gracia, Augusto Comte sustituye la teoría del egoísmo y el altruismo. El egoísmo personifica nuestras inclinaciones al mal, nuestros instintos personales; el altruismo, nuestras inclinaciones al bien, nuestros instintos sociales. Todos llevamos en nuestra naturaleza estos dos elementos y, según sea el predominio del uno ó del otro, así podrá ser el hombre más ó menos inclinado al bien ó al mal. El egoísmo lo componen siete instintos, á saber: nutritivo, sexual, maternal, destructor, constructor, el orgullo y la vanidad. El altruismo está formado por tres, la simpatía, la veneración y la bondad. Esta descomposición del sentimiento en diez funciones distintas puede comprobarla cada hombre en sí mismo, si se detiene á examinar con atención lo que pasa en el interior su propia conciencia. En cuanto á los instintos egoístas, el nutritivo es el más fuerte de todos, como sirviendo á la conservación del individuo; en seguida viene el sexual, indispensable para la conservación de la especie; después viene el maternal, que contribuye á esta misma conservación. Se siguen el destructor, que ha originado las guerras, y el constructor, á quien se debe la industria. Los últimos, el orgullo ó necesidad de dominación y la vanidad ó necesidad de aprobación, son menos egoístas que los primeros. Por lo que hace al altruismo, la simpatía es la que forma los lazos de familia y constituye la amistad y la fraternidad. La veneración es el sentimiento religioso por excelencia: él es quien nos hace sentir profundo respeto por nuestros padres, maestros y benefactores. El más sublime de nuestros sentimientos altruistas es sin disputa la bondad, que nos despierta el más intenso y puro amor por nuestros hijos, por nuestros discípulos, por nuestros conciudadanos y por todos los hombres en general; movidos por él trabajamos en bien de la sociedad y gozamos con la felicidad y bienestar de los demás. Augusto Comte hace también el análisis de la inteligencia y descompone este atributo de nuestra alma en cinco funciones, á saber: la contemplación concreta, la contemplación abstracta, la meditación inductiva, la meditación deductiva y el lenguaje. La contemplación concreta ó relativa á los seres es la más elemental de nuestras funciones intelectuales: su rol consiste en darnos la noción de los diversos objetos. La contemplación abstracta ó relativa á los acontecimientos es más complicada. Es ella la que nos suministra la noción de las propiedades independiente de los objetos. Estas dos funciones acumulan los materiales que habrán de elaborar en seguida la meditación inductiva, que procede por comparación, de la cual nace la generalización y la meditación deductiva, la más alta de nuestras funciones intelectuales, que procede por coordinación, de donde se deriva la sistematización. Por último, el lenguaje nos sirve para manifestar todas nuestras concepciones, poniéndonos en relación con nuestros semejantes. Estas cinco funciones explican todos los fenómenos del mundo intelectual: bajo la influencia de ellos surgieron las creaciones de la ciencia y las del arte. Por lo que hace á la actividad, tercer elemento de nuestra alma, está constituida, según Augusto Comte, por tres funciones reconocidas desde la antigüedad por el buen sentido universal, á saber: el valor, la prudencia y la perseverancia. Nuestra alma, pues, según la teoría positiva, es compuesta de diez y ocho funciones: diez afectivas, cinco intelectuales y tres activas; esas funciones corresponden á otros tantos órganos cuyo conjunto constituye el cerebro. Respecto á la gran cuestión del bien y el mal, del egoísmo y el altruismo, observaremos que los instintos egoístas se excluyen uno á otros y por lo regular queda uno solo dominante, y además el egoísmo de cada individuo se encuentra limitado por el de los otros. Lo contrario sucede con el altruismo: los instintos que lo forman, en vez de excluirse, se robustecen y ayudan recíprocamente, y el concurso de nuestros semejantes lo favorece más, pues el altruismo de cada persona se halla en cierto modo estimulado y fortalecido por el de los demás. La actividad y la inteligencia pueden subordinarse al egoísmo ó al altruismo: si las ponemos al servicio del segundo, fácil nos será doblegar al primero, y entonces tendremos esos admirables tipos que enaltecen la especie humana y nos hacen aspirar á la virtud. Un San Pablo, un Budha, un Confucio, un Washington, todos esos hombres obraron impulsados por su altruismo, y la gran influencia que ejercieron en sus contemporáneos fué debida en gran parte á la simpatía y veneración que despierta en todos los hombres el espectáculo de la grandeza moral, pues hasta los malvados no pueden sustraerse á la dulce atracción de la virtud. No es, pues, tan difícil el predominio del altruismo sobre el egoísmo, pues en todas las edades y en todas las sectas encontramos estos seres superiores, honra y gloria de la Humanidad. Hasta en al período de decadencia de los pueblos, cuando el mal cunde por todas partes, vemos surgir tipos sublimes de virtud que aparecen como una protesta contra los vicios y degradación de su época; así en las agonías del antiguo Imperio Romano, Séneca, los Antoninos y el ilustre Apolonio de Tyana, enaltecen la dignidad humana con su virtud y sus ejemplos. Ahora mismo que la corrupción de las costumbres toma tan colosales proporciones, no es raro encontrar hombres virtuosos que pueden sustraerse al universal contagio. Y en general, la mujer practica expontáneamente el altruismo; en ella predominan los buenos sentimientos y encuentra fácil la abnegación, como podemos comprobarlo con el ejemplo de nuestras madres. Es preciso que estudiemos con atención esta teoría del alma para poder conocernos y perfeccionarnos, hoy sobre todo, que nuestra sociedad anda tan descaminada por el enorme desequilibrio moral en que se hallan todos los espíritus. Por poco que observemos el presente, habremos de convencernos de que la gran enfermedad moral de nuestro siglo se debe al predominio del orgullo y de la vanidad, con exclusión completa de la veneración. Cada hombre se imagina superior á los demás; no hay subordinación ni respeto. El hijo es irreverente para con el padre, el discípulo para con el maestro, el ciudadano para con el magistrado, los vivos para con los muertos; y en medio de este desconcierto general, cada uno anda muy pagado de sí mismo y creyendo que no tiene nada que reprocharse. Es preciso también convenir en que el mal presente tiene su origen en la falta de creencia: la ciencia ha destronado á los antiguos ídolos en cuyo nombre se nos prescribía el deber, y el hombre ha quedado sin ninguna regla de conducta, sin ninguna valla para sus malos instintos.Pero si reemplazamos la antigua doctrina por otra nueva que no esté reñida con los adelantos del espíritu humano, se habrá conseguido conjurar el mal; entonces despertará el altruismo del hombre, esta vez secundado y robustecido por los adelantos de la inteligencia, y el género humano, sin vacilaciones ni estorbos, realizará la existencia altruista consignada en el precioso lema de la Religión Universal; el amor por principio, el orden por base y el progreso por fin. EL VERDADERO SER SUPREMO Todos somos hijos de la Humanidad. A ella le debemos nuestros progresos en industria, en ciencia, en arte y en moral. El hombre primitivo fué seguramente salvaje y egoísta. Con el transcurso del tiempo se desarrollaron paulatinamente las facultades altruistas de nuestra naturaleza y surgió la civilización. Hoy que la Humanidad ha tomado definitivamente posesión del planeta, afirmando su dominio sobre los seres inferiores que en los períodos primitivos le disputaban su imperio, es esta misma providencia la que provee á todas nuestras necesidades, ya sean materiales ó morales. Ella es formada de la mujer, nuestra providencia moral, del sacerdocio (comprendiendo en él los sacerdotes propiamente dichos, los sabios y los poetas), nuestra providencia intelectual del patriciado (comprendiendo en él los hombres de Estado, los inventores y los jefes industriales), nuestra providencia material y del proletariado, nuestra providencia general. Estos cuatro elementos que componen el orden social entero, son los que han elaborado todos los progresos del género humano. Nadie podrá desconocer el influjo de la mujer en nuestro desarrollo afectivo. ¿Quién no conserva vivo el recuerdo de una madre, de una esposa, de una amiga amorosa y tierna? La mujer educa el corazón humano, despertando en él todos los buenos sentimientos; los hombres que han influido en el progreso de la Humanidad, han recibido siempre sus inspiraciones de algún noble tipo femenino. Entre los antiguos romanos, encontramos ya simbolizada esta benéfica influencia en la ninfa Egeria, de quien recibió sus inspiraciones el más sabio y virtuoso de sus monarcas. La mujer, ser tierno y delicado, es naturalmente más altruista que el hombre, porque en su organismo es el sentimiento quien indisputablemente predomina sobre todas las demás facultades; bajo su triple aspecto de madre, esposa é hija, ejerce una constante influencia en todos los actos de nuestra vida y ha contribuido poderosamente á la mejora moral de la sociedad. En cuanto á nuestra providencia intelectual, es indiscutible el altísimo rol que ha cabido á los sabios en nuestro perfeccionamiento. A sus abnegados esfuerzos se deben todos esos grandes inventos que han cambiado la faz de la tierra y mejorado las actuales condiciones de nuestra existencia. Desde Tales y Pitágoras, que echan los cimientos del grandioso edificio, hasta Bichat y Gall, que coronan la obra, las ciencias positivas van lentamente elaborándose, hasta que por fin Augusto Comte hace la coordinación de todas ellas en su notable clasificación de las ciencias en matemática, astronomía, física, química, biología, sociología y moral. Debido al grandioso esfuerzo de este genio sintético, las ciencias llenan las condiciones de una verdadera doctrina, pues así pueden reglamentar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos de un modo más práctico y positivo que las creencias teológicas. Ocupémonos ahora de la providencia material: ella es formada por el patriciado que, dirigiendo la política y la industria, ha contribuido á hacer más llevadera y feliz la existencia de la Humanidad. En la época actual, en que el espíritu de insubordinación cunde por todas partes, no es raro se desconozcan los beneficios que debemos al poder político. Al presente hay una acentuada oposición contra toda autoridad, y para algunas inteligencias extraviadas, el ideal de los pueblos sería la más perturbadora anarquía. Los positivistas son los primeros en rechazar los abusos del poder; pero cuando este se ejerce sólo en provecho de la comunidad, como quiere Augusto Comte, es indisputable que contribuye poderosamente al bien de la sociedad. Diremos igualmente de los industriales que su cooperación no puede ser más ventajosa; pues de este modo la riqueza, que es social en su origen y debe serlo en su destinación, se encuentra sabiamente administrada por personas competentes; y como en el régimen positivo el industrial habrá de velar por los obreros que están á su servicio, asignándoles un salario con que puedan subvenir no sólo á sus necesidades, sino también á las de su familia, no habrá el divorcio que hoy día entre el industrial y el obrero, sino, por el contrario, reinará entre ambos la más perfecta armonía, pues que tanto uno como otro cooperan igualmente al servicio de la Humanidad. Consideremos, por último, nuestra providencia general. Esta la constituye el proletariado, que por cierto comprende toda la población humana. En efecto, del pueblo salen los sacerdotes que reglamentan el orden moral y los patricios que presiden el movimiento político é industrial. Debemos de persuadirnos que en realidad todos somos obreros del orden social, desde el labriego hasta el Jefe del Estado; sin embargo, aquí consideramos el proletariado como el conjunto de individuos que trabajan en todas las industrias bajo la dirección de cierto número de empresarios. Este proletariado es quien realiza todo lo concerniente á las artes é industrias, y á su constante labor debemos nuestro bienestar material; él sirve á todos y todos deben servirle á él. Las cuatro providencias que hemos analizado, constituyen un ser complejo, la Humanidad, del cual todos recibimos y al cual todo se lo debemos; él ha velado, vela y velará por nuestra conservación y engrandecimiento. Comte define la Humanidad "el conjunto continuo de los seres convergentes pasados, futuros y presentes", queriendo con esto significar que no es formada por todos los hombres, sino por aquellos que debidamente contribuyen á su progreso. De este modo se excluyen de la Humanidad los seres inútiles ó perjudiciales, y en cambio se le incorporan los animales domésticos fieles servidores del hombre. Concebida así, la Humanidad es nuestro único Ser Supremo; todos los grandes pensamientos, todos los hechos heroicos, todos los seres virtuosos están en ella personificados; su benéfica labor es de todos los siglos; no podemos desconocerla sin una negra ingratitud. Su influencia está en todas partes; no hay nada individual en nuestro planeta; todo es colectivo, y toda nuestra civilización contemporánea no es sino el resultado de los trabajos de las anteriores generaciones. Cuando no se tenía conocimiento cabal de las leyes de la Naturaleza; cuando todos los fenómenos del mundo material se atribuían al poderoso influjo de seres sobrenaturales, el hombre elevó templos á estas supuestas divinidades, y en ellos se reunía para manifestarles su agradecimiento; pero ahora que tenemos noción clara de nuestra verdadera providencia; ahora que sabemos de quién recibimos todos los beneficios, no debemos ser menos solícitos en rendirle nuestros homenajes y respetos. Así hemos de penetrar, llenos de gratitud y veneración, en el templo de la Humanidad, donde el sacerdote nos hablará, no ya en nombre de seres imaginarios é invisibles, sino en el de este ser real, y mostrándonos su glorioso pasado nos alentará para realizar en el futuro una mayor perfección. Allí se reavivará cada día más nuestro altruismo y saldremos de él fortalecidos y llenos de buenos sentimientos para con nuestros semejantes. El culto que hoy viene á instituir sistemáticamente la Religión de la Humanidad, ha sido practicado espontáneamente en todos los pueblos; en todos ellos tenemos los honores acordados a los muertos, y en Grecia y Roma, que tanto engrandecieron á la antigüedad, vemos la apoteosis ó deificación de los héroes. Este culto ha sido, pues, el digno precursor del presente; aun podríamos decir que el cristianismo ha sido su anticipado bosquejo. En efecto, el cristianismo empezó por humanizar á Dios, sustituyendo el tipo divino el tipo humano; en seguida estableció la comunión de los santos, transformando la concepción teológica en concepción humana; y por último, en la Edad Media estableció el culto de la mujer personificada en la Virgen María, emblema de todas las perfecciones según la confesión de San Bernardo. Era que el hombre iba poco á poco desarrollando la verdadera noción religiosa, hasta que llega Augusto Comte y nos muestra á la Humanidad, nuestro legítimo Gran Ser al que debemos tributar todo el homenaje de nuestra gratitud y veneración. CULTO PRIVADO Con el objeto de estimularnos á trabajar por nuestro perfeccionamiento moral, Augusto Comte ha establecido el culto privado que asocia la vida del hogar á la vida pública. Este culto se compone de nueve sacramentos sociales, á saber: la presentación, la iniciación, la admisión, la destinación, el matrimonio, la madurez, el retiro, la transformación y la incorporación. El primero, la presentación tiene por objeto que los padres y padrinos contraigan ante el sacerdocio la solemne obligación de educar al niño en la Religión de la Humanidad. Hasta los catorce años recibirá la enseñanza de los padres, especialmente de la madre, quien se consagrará á desarrollar en su tierno corazón los sentimientos altruistas. Á esa edad tiene lugar la iniciación: el niño deberá ser confiado al sacerdocio para recibir de él la enseñanza teórica, que comprende las siete ciencias fundamentales, á saber: matemática, astronomía, física, química, biología, sociología y moral. Esta enseñanza durará hasta los veintiún años. Á esta edad se administrará el sacramento de la admisión á los que estén suficientemente preparados. Desde los veintiún años el joven ensaya sus aptitudes para encontrar su verdadera vocación á la carrera que debe seguir, y á los veintiocho se consagra á ella con el sacramento de la destinación. Este sacramento sólo se había administrado hasta aquí á los que desempeñaban funciones especiales, como en la ordenación de los sacerdotes y la consagración de los reyes; pero en el positivismo todas las funciones son sociales y todas ellas, tanto las más humildes como las más elevadas son dignas de la destinación. Después de la destinación viene el matrimonio, hasta los treinta y cinco años para el hombre y hasta los veintiocho para la mujer, como regla general. Su objeto es la mutua perfección de los esposos; en el positivismo este lazo es indisoluble, aun después de la muerte de uno de los cónyuges. Los novios, al contraer su enlace, deberán hacer mutuamente promesa de viudez eterna, acompañada del compromiso de castidad en los tres primeros meses de su matrimonio; este acto tan importante de la vida se presenta, pues, así realzado, ennoblecido por el más grandioso altruismo. Á los cuarenta y dos años se administra la madurez; el hombre entra en plena responsabilidad de todos sus actos; su razón robustecida por la experiencia, hace indisculpables las faltas que podrían encontrar excusa en la juventud, y debe más que nunca consagrarse á merecer su incorporación á la Humanidad una vez terminada su existencia. Á los sesenta y cuatro años se administra el retiro, y el hombre entra en el período de descanso, muy justa recompensa de quien ha consagrado sus mejores años al servicio de la Humanidad. Á esa edad, sin embargo; podrá ser bien útil á sus semejantes con sus consejos y su experiencia. Al retiro sigue la transformación; este sacramento se administra á los que están ya cerca de su fin. Con este sacramento, como dice Augusto Comte, "el sacerdocio de la Humanidad, asociando los pesares de la sociedad á las lágrimas de la familia, aprecia dignamente el conjunto de la existencia que se acaba. Como haya obtenido las reparaciones posibles, hace esperar á menudo la incorporación subjetiva, pero sin comprometer jamás un juicio que no está maduro todavía. Siete años después de la muerte tiene lugar la incorporación: ella consiste en el juicio solemne que habrá de formularse respecto del difunto, y si este fuese digno de ser incorporado á la Humanidad, sus restos serán conducidos del cementerio civil al bosque sagrado que ha de rodear cada templo del verdadero Ser Supremo. Los nueve sacramentos positivistas tienen, pues, un objeto enteramente social y están libres por completo de todo concepto teológico. Con el objeto de reavivar constantemente nuestro altruismo, Augusto Comte, además de los nueve sacramentos, instituyó el culto de los ángeles guardianes, los cuales en el positivismo están personificados por la madre, la hija y la esposa que nos sostienen y alientan en todos los trabajos y penalidades de la vida y de quienes recibimos nuestras mejores inspiraciones. La muerte no puede arrebatarnos estos ángeles, pues que ellos quedan vivos subjetivamente en nuestra alma y nosotros los amamos aun más que antes. Nuestro corazón se forma en el seno de la familia, y sólo el que haya sabido cumplir sus deberes como hijo, esposo y padre, sabrá amar como es debido á la Humanidad, como que el pasado, el presente y el porvenir de este Gran Ser, son en cierto modo simbolizados por la madre, la esposa y la hija, los tres ángeles que guardan el hogar. Á ellos debemos, pues, según el precepto de Comte, elevar nuestro espíritu al levantarnos, al acostarnos y en el intermedio del día, para disponer nuestro corazón á la virtud con este dulce recuerdo y encontrar en él fuerza suficiente para contrarrestar los instintos egoístas que pugnan siempre por esclavizar nuestra alma. DOGMA POSITIVO Y CULTO PÚBLICO El dogma positivo parte de la afirmación del Ser Supremo real y visible, la Humanidad; aceptando esta grandiosa verdad, somos ya de hecho positivistas. Todos los hombres están de acuerdo en rendir acatamiento á la moral; pero la moral no es otra cosa que la expresión del altruismo que existe en cada individuo, que le hace aplaudir los actos dictados por el amor y censurar los inspirados por el egoísmo; concibiendo, pues, la moral, concebimos igualmente la existencia del hombre virtuoso que la practica, y por consiguiente afirmamos la concepción de la Humanidad. Esta idea ha sido precedida en la serie de siglos por la de Dios, en quien se colocaba el origen de la moral, pero hoy día es insuficiente para dirigir al mundo; ella tiene el inconveniente de no ser demostrable sino hipotética; y además, colocando el ideal moral fuera de la Tierra, las guerras, miserias y demás calamidades pasan desapercibidas, como que todas nuestras aspiraciones á la felicidad las guardamos para otra vida. La concepción de la Humanidad es, por el contrario, demostrable, y aceptándola nos comprometemos á trabajar en nuestro perfeccionamiento, por lo cual, dentro de ella no hallarán cabida la guerra, la miseria, el libertinaje y otras muchas plagas que hoy se sancionan ó toleran con la concepción teológica. El dogma de la Humanidad abarca las siete ciencias fundamentales: matemática, astronomía, física, química, biología, sociología y moral. En efecto, para ser hijos dignos de nuestra gran Madre necesitamos en adelante conocer estas siete ciencias; ellas resumen el saber humano, y cultivando la inteligencia desarrollan el sentimiento de la dignidad personal para hacer al hombre incapaz de cometer actos censurables. Además, ordenadas así las ciencias, sabemos que todas ellas tienen una sublime destinación, pues que todas nos inician y preparan para el bien, todas tienen por objeto realizar mejor nuestros destinos, viviendo para los demás, como lo consigna la bella fórmula positivista. A la antigua trinidad teológica, Augusto Comte sustituye la trinidad positiva, la cual es formada del Gran Medio, el Gran Fetique y el Gran ser, personificando así el Espacio, la Tierra y la Humanidad. Con relación á la trinidad positiva, Comte hace una clasificación ternaria de las ciencias. A la matemática la llama Lógica; á la astronomía, la física y la química juntas las llama Física; á la biología, la sociología y la moral las reúne bajo el nombre de Moral, aplicando la Lógica al espacio, la Física á la Tierra y la Moral á la Humanidad. El culto público del positivismo está idealizado en la utopía de la Virgen Madre que simboliza á la Humanidad, y él quiere que en los nuevos templos que se hayan de levantar en su honor se le rinda culto en esta forma, la más digna y propicia para manifestarnos el ideal de altísima perfección moral que debe ser en adelante nuestra más constante preocupación. INMORTALIDAD POSITIVA DEL ALMA El positivismo establece la inmortalidad subjetiva del alma en vez de la objetiva concebida por el teologismo, entendiendo por esta inmortalidad el recuerdo imperecedero que dejan en la Humanidad sus fieles servidores. En efecto, todas las generaciones bendecirán siempre los nombres de Homero, Aristóteles, Pitágoras, Sócrates, Kant, Newton y otros tantos genios ilustres que enriquecieron la especie humana con algún nuevo descubrimiento, ya sea en el orden intelectual ó moral y que de algún modo contribuyeron á su progreso. Nosotros, al través de los siglos, nos ponemos en relación con estos hombres ilustres, los admiramos y les rendimos homenajes de veneración y gratitud. ¡Cuántas veces también la memoria de estos seres superiores y sus ejemplos de virtud y abnegación no despiertan en nosotros las más grandiosas y santas inspiraciones! Los muertos, pues, influyen maravillosamente sobre los vivos, consolidándose de este modo la solidaridad humana. El esfuerzo, el trabajo de los unos aprovecha á los otros, pues que todos nos desarrollamos en el seno de la Humanidad. Esta existencia subjetiva en el futuro, es la única verdaderamente demostrable y que satisface plenamente á los espíritus levantados que no tienen por móvil de sus acciones el egoísmo. Evolución y metamorfosis son las condiciones inevitables de la materia organizada, y nosotros no podemos sustraernos á estas condiciones generales de la existencia, así como no alcanzaremos jamás á descifrar el misterioso arcano que envuelve el primitivo origen de los seres. Pero si nuestra personalidad es transitoria, en cambio la Humanidad, como ser colectivo, vive indefinidamente, y al través de los siglos guarda con veneración la sagrada memoria de sus abnegados servidores. EDUCACIÓN POSITIVA.-ORDEN SOCIAL POSITIVISTA Toda la actividad exterior del hombre, tanto en la vida privada como en la pública, debe ser gobernada por la religión positivista. Bajo el impulso espontáneo del amor personificado en la mujer y mediante su benévola influencia, el patriciado y el proletariado llegan á ser los respectivos órganos del orden y del progreso, cuya conciliación es sistematizada por el sacerdocio. El poder temporal tiene por dominio los actos exteriores, en tanto que el poder espiritual extiende su imperio sobre la voluntad. Esta acción ante todo debe ejercerse por la educación y la influencia moral que ella desempeña en toda la existencia del individuo. La primera educación debe ser dirigida por la madre. Se divide en dos períodos iguales: en el primero, que se extiende desde el nacimiento hasta la segunda dentición, debe vigilar el desarrollo espontáneo de las facultades físicas, intelectuales y morales. Por la veneración que el niño tiene por su madre, entra ya en el culto positivo de la Humanidad. Después de este período hasta la pubertad, el niño ha de recibir una enseñanza sistemática: se le hará leer obras poéticas, se le enseñará el canto y el cálculo. Al familiarizarse con las obras maestras del arte, podrá el niño formarse un sentimiento más perfecto de la Humanidad con el desarrollo de los sentimientos afectivos. Como la evolución individual es semejante á la colectiva, el niño es fetiquista hasta los diez años; en seguida se hace politeísta. Deberá llamársele la atención á este cambio que se opera en sus ideas, para prepararlo á concebir el mundo de una manera positiva, es decir, relativa. Durante los siete años que seguirán á su iniciación, el adolescente frecuentará, bajo la constante vigilancia de su madre, las escuelas positivistas que debe haber junto al templo de la Humanidad. Cada semana recibirá allí del sacerdocio una ó dos lecciones del dogma; deberá penetrarse bien de estas lecciones y meditar sobre ellas. En cada uno de estos siete años de su noviciado teórico, aprenderá una de las ciencias que componen la jerarquía ó clasificación de las ciencias. La tercera parte del año está consagrada á los exámenes y á las vacaciones. Esta educación prepara al joven positivista al culto sistemático de la Humanidad. En seguida viene el sacramento de la admisión. Las niñas deben seguir el mismo curso, por lo menos en sus partes esenciales, y todos los niños recibirán la instrucción de un mismo sacerdote durante siete años consecutivos. El objeto principal de la educación positivista es asegurar al corazón el prodominio sobre la inteligencia y formar á los que participen de ella en la prática de la máxima altruista “vivir para lo demás”. El aspirante al sacerdocio debe, á los 28 años, después de haber recibido el sacramento de la destinación, renunciar á todo poder temporal y aún á toda posesión. La clase activa tiene que alimentar á la clase contemplativa. El poder temporal deberá proveer á su subsistencia y determinará sus respectivos sueldos. El sacerdocio positivista tiene tres grados. Los aspirantes, admitidos á la edad de 28 años, forman el primer grado; sus costumbres y trabajos deben ser constantemente vigilados; no desempeñan funciones espirituales. La segunda clase comprende los vicarios ó suplentes, de treinta y cinco años de edad; éstos renuncian definitivamente á los bienes temporales, pues la renunciación hecha por los aspirantes no debe ser sino provisoria. Estos vicarios deben encargarse de la instrucción y de la predicación para asegurarse la influencia afectiva necesaria para el desempeño de sus funciones; ellos han de ser casados; deben vivir en el presbiterio filosófico cerca del templo de la Humanidad enfrente de las escuelas positivistas. La tercera clase es la de los sacerdotes de cuarenta años de edad; tienen la misión de aconsejar y administrar los sacramentos, ellos ejercen de lleno el poder espiritual. Cada presbiterio está compuesto de siete sacerdotes y de tres vicarios. Al frente del sacerdocio está el gran sacerdote de la Humanidad, su residencia ha de ser París, la metrópoli del occidente; este gran sacerdote tiene autoridad sobre todo el clero; él mismo debe nombrar su sucesor. En cuanto á la vida privada, observaremos que en el régimen positivista tiene ante todo un carácter absolutamente social. Toda función humana, en efecto, aunque desempeñada por un individuo, es siempre social por su verdadera naturaleza, pues que la participación personal se subordina constantemente al concurso continuo de los contemporáneos y de los antepasados. Todo en nosotros, vida, fortuna, talento, instrucción, carácter, bienes y ventajas intelectuales, sociales y morales, pertenecen á la Humanidad y vienen de ella. El hombre más capaz y más activo no puede devolverle á la Humanidad sino una pequeñísima parte de lo que ha recibido de ella. Él permanece siempre, como en su infancia, alimentado por la Humanidad, protegido y desarrollado por ella. Vivir para otro es, pues, en cada uno de nosotros, el deber continuo que resulta rigurosamente de este hecho irrecusable: vivir por otro. La noción del derecho, tan contraria al desarrollo del amor, debe desaparecer del dominio político: no hay sino deberes de todos para con todos. La noción del derecho reposa sobre la individualidad. Solamente si pudiéramos devolver á la Humanidad todo cuanto hemos recibido de ella, estaríamos dignamente autorizados á reclamar la reciprocidad de nuevos servicios. Todo derecho humano, es pues, tan absurdo como inmoral. La vida privada y la vida doméstica sabiamente reguladas por la religión positivista, sirven de fundamento á la vida pública. El culto de los tres ángeles guardianes y su invocación nos alejan del mal y nos inclinan al bien. En la vida doméstica el hombre aprende á obrar según la máxima positivista: “vivir á las claras”. Esta máxima ha de ser siempre la divisa de todo verdadero positivista. No debemos hacer nada que no podamos confesar sin temor. El lazo de unión entre la familia y la Humanidad es la Patria. Pero para que el culto de la patria sea posible, es preciso que los estados se hagan más pequeños. En el estado final no contarán sino de uno á tres millones de habitantes. Así Augusto Comte quería que Francia se dividiese en diecisiete repúblicas independientes. La concentración del capital es de gran interés para los proletarios; las clases medias deben gradualmente desaparecer. A fin de favorecer esta concentración, es preciso reemplazar el teocrático, derecho de sucesión por el derecho sociocrático, es decir, que cada digno funcionario, recibiendo el sacramento del retiro, designe él mismo, por su libre elección, su más digno sucesor. Los banqueros deben concentrar todos los capitales; ellos tienen una gran responsabilidad moral y dirigen todo el movimiento económico. En cada República, los tres primeros banqueros deben ejercer el poder temporal. Enfrente del poder público, el sacerdocio, bajo la dirección del Gran Sacerdote, representa las justas reclamaciones del proletariado. No debe tampoco considerarse el salario como un equivalente del valor del funcionario, sino como destinado á cubrir sus gastos materiales. La función del patriciado consiste en facilitar á los proletarios todos los goces de la vida doméstica que constituyen la verdadera felicidad humana. El trabajo y la vida ganan así en dignidad. Todo proletario debe tener hogar cómodo é higiénico; el salario es proporcional al rango de la función social ejercida. El sacerdocio previene los conflictos que pudieran surgir entre los gobiernos, condenando delante de la opinión pública, como anárquico y retrógrado, todo predominio militar, toda manifestación del instinto de destrucción. En el régimen positivista, los ejércitos y marinas de guerra no tienen objeto; ellos serán reemplazados por la gendarmería necesaria al mantenimiento del orden público. Vivir para otro, tal es, según Augusto Comte, la ley de la evolución y del progreso. La única religión verdaderamente universal y católica, es la religión positivista; ella hará progresar á la Humanidad tanto en los dominios de la ciencia como en los del arte. Por último, él resume el objeto del positivismo en estas palabras: "Reorganizar sin Dios ni Rey, bajo la sola preponderancia normal, á la vez privada y pública, el sentimiento social convenientemente asistido por la razón positiva y la actividad real (1)." (1) Para esta exposición de la vida de A. Comte y del positivismo religioso, hemos consultado la obra de P. Gruber Augusto Comte, fundador del positivismo, y La Religión de la Humanidad, por el señor Juan Enrique Lagarrigue. De esta última hemos fielmente extractado toda la parte doctrinaria. XIII Mientras el padre Esteban me hacía la exposición del positivismo, yo había notado el particular empeño que manifestaba, no sólo por persuadirme y convencerme, sino también por hacer de mí su copartícipe en la propaganda altruista que él se proponía llevar á cabo; y como bien poseída estaba de mi incompetencia para empresa tan alta había tratado siempre de evadir la conversación cuando él la dirigía á este terreno. No era que yo no aceptase los puntos primordiales de la doctrina de Comte; bastante había meditado sobre ella y, aunque me quedaban todavía algunas dudas, estas versaban sólo sobre insignificantes detalles de organización, que hasta podrían ser susceptibles de modificaciones una vez instalado el régimen normal. Yo era, pues, en el fondo positivista convencida, pero estaba muy lejos de tener esa aspiración á la santidad signo infalible de las almas selectas y predestinadas al apostolado. ¿Cómo hubiera podido atreverme á tan excelsa misión, cuando todos mis pensamientos y la actividad completa de mi espíritu absorbíala con exclusivo imperio el amor de Alberto? ¿Cómo había de vivir para los demás la que condensaba el Universo entero en solo un hombre y para ese hombre únicamente quería vivir? La pasión avasalladora que había paralizado el vuelo de mi inteligencia, esterilizaba ahora mi corazón, haciéndole imposible la abnegación, el sacrificio que en otras situaciones de mi vida yo habría aceptado con gozoso entusiasmo. El espectáculo de las injusticias sociales arrancaba á mis ojos abundantes lágrimas; yo deseaba con ardor pronto y eficaz remedio para las plagas que nos afligen, pero allí no más quedaba detenida la actividad de mi espíritu. El sabio jesuita que con su perspicaz talento había adivinado lo que pasaba en mi alma, se propuso abordar de frente la cuestión, y el primer día que nos encontramos, después de algunos preámbulos sobre la influencia de la mujer en el progreso humano, me habló de esta manera: Harto hemos mirado ya al cielo, hija mía, sin llegar á resolver ningún problema acerca de nuestro origen ó destinación sobrenatural; desviemos ahora nuestras miradas hacia este planeta que es nuestra legítima, nuestra verdadera Patria; seamos prácticos y no agotemos nuestra efímera existencia en investigaciones superiores á nuestra razón, teniendo una labor vastísima que terminar; pensemos en nuestros hermanos que sufren: es para ellos que debemos vivir, pero no basta con buenos deseos; ha llegado la hora solemne de las grandes resoluciones: preciso es agruparnos alrededor del pabellón altruista, que ha de ser infaliblemente el lábaro sagrado de nuestra redención. Usted, Paulina, me parece con más aptitudes que cualquiera otra para abrazar con entusiasmo la doctrina positiva; tiene Vd. un grandísimo anhelo de perfeccionamiento y está Vd. emancipada de todo sobrenaturalismo; se manifiesta Vd. además muy condolida de los males que afligen á la sociedad; yo creo que con su entusiasmo é ilustración haría Vd. importantes servicios á la sociabilidad humana; sobre todo podría Vd. hacer felices y numerosas conquistas en el sexo que tiene la primacía así en la belleza como en la virtud. Es preciso que Vd. se persuada de la trascendental importancia de la fe positiva: sólo ella puede hacer desempeñar á la mujer su verdadero rol en la sociedad. En el período primitivo del desarrollo intelectual de nuestra especie, cuando la Humanidad no había aún alcanzando la concepción científica del Universo, cuando la imaginación prevalecía sobre la razón, el hombre, no pudiendo darse cuenta del origen de sus males por ignorar las leyes de su ser, y más aún, las del mundo material, con el afanoso empeño de encontrar explicación plausible de sus dolores, pobló el espacio de espíritus maléficos que no tenían otra ocupación que tender acechanzas y causar disgustos al presuntuoso ser que en su infantil ignorancia se proclamaba á sí mismo dueño del Universo. No contenta con esto la espantadiza imaginación del hombre primitivo, atribuyó á la mujer cierta culpabilidad en los sufrimientos de la especie humana, y como una vaga reminiscencia de tan anómala doctrina nos ha conservado la tradición el mito de Eva seducida por la serpiente y Pándora cargando con la fatal caja que tan detestables efectos produjo en el planeta. Así son siempre, hija mía, los débiles y los ignorantes: es más fácil para ellos echar la culpa á los inocentes de sus imaginarias desgracias, que trabajar por prevenirlas ó remediarlas. En efecto, la muerte, calificada por nuestros progenitores como el mayor de todos los males, hoy sabemos que es tan sólo una ley fatal de todos los organismos y que ella misma es el origen de la vida. Aun en el reino mineral, que parece condenado á una eterna estabilidad, se efectúan constantemente cambios que para el vulgo pasan desapercibidos, y el mundo de los organismos no sería ni aun concebible sin una perpetua é incesante renovación de sus elementos. La muerte, que no es otra cosa que la disociación de estos mismos elementos, es una consecuencia necesaria del desgaste de nuestros órganos y aparatos, si bien concebimos que la vida humana podrá prolongarse mucho cuando las ciencias biológicas hayan alcanzado su completo desarrollo. Pero Vd. me dirá que ya la ciencia ha rectificado todos estos errores, demostrando hasta la evidencia la falsedad de tan absurda creencia y rehabilitando á la mujer en el puesto de honor y gloria que tan justamente merece. Es cierto, hija mía; hoy el sexo amante puede alzar con orgullo su frente inmaculada; nadie que siquiera de lejos haya saludado el imponente alcázar de las conquistas del pensamiento, osará hacerle inculpación alguna. Pero dejemos ese mundo de las teorías y descendamos al de las realidades; seamos prácticos ante todo, como lo exige nuestro siglo. ¿Podría Ud. descansar tranquila al contemplar de cerca la condición de la mujer en nuestras sociedades que se titulan cultas? ¿Habría de resignarse á ver este ser predilecto condenado para siempre á optar entre la miseria, la enfermedad y la muerte prematura, ó la más vil y abyecta de las degradaciones? ¿Toleraría Vd. que los hogares estuviesen para siempre privados de sus ángeles guardianes, que no otra cosa significan la madre, la hija, la esposa, porque las exigencias tiranas de un criminal egoísmo, les impone la durísima necesidad de ir á buscar el pan á los talleres, que no son sino verdaderos focos de inmoralidad, otras tantas antesalas de la prostitución? ¡Tiembla Vd., hija mía; se horroriza del cuadro! sin embargo, es harto fiel, hasta diría que está velado por respeto á su pudor. Pero no nos entretengamos con estériles lamentos; manos á la obra; enaltezcamos al sexo femenino, trabajando con empeño por el triunfo de la Religión de la Humanidad, que á la vez que emancipará al proletariado de la miseria, redimirá á la mujer, colocándola en el trono de gloria y adoración que ella merece. Ya Vd. sabe que según el régimen positivista, el bello sexo no debe tener otra ocupación que la de santificar el hogar doméstico. Nueva vestal que siempre habrá de alimentar el sacrosanto fuego del amor, la mujer, inspirada por el altruismo, educará el corazón del hombre, dándole lo que no se encuentra en los liceos y las universidades, la inspiración, el sentimiento, en una palabra, la virtud. —Padre mío, le dije, yo convengo con Vd. en que sólo la doctrina altruista podrá salvar la sociedad y regenerarla; pero para ejercer tan sublime apostolado se necesita no sólo el convencimiento, sino también la santidad; es ésta la que me falta. ¿Cómo podría encontrar la frase persuasiva y elocuente para convertir á los otros, quien todavía no ha pedido emanciparse de sus malas pasiones y vencer sus instintos egoístas? ¡Ah! si yo pudiera regenerarme, sería la más entusiasta propagandista de la sublime doctrina de Augusto Comte; pero en mi estado actual, poseyendo una tan insignificante suma de altruismo, apenas si me juzgo digna de saludar de lejos ese glorioso templo de la Humanidad, donde sólo puede penetrar lo grande, santo y noble que encumbra á nuestra especie! —No acepto sus disculpas, hija mía; si de este modo raciocináramos todos, no podría efectuarse ningún progreso; cada cual está obligado á dar lo que puede en beneficio de los otros. Recorra Vd. la historia de la Humanidad y podrá persuadirse de cuán complejo y variado es el desarrollo de la actividad humana. En la construcción del grandioso edificio social; tan útil labor realiza el arquitecto que delinea los planos, como el humilde obrero que prepara la argamasa. Si es cierto que debemos todos aspirar á la santidad, esto no implica que los que aún no lo hayan alcanzado deban por esto quedarse rezagados; no, hija mía; el positivismo acoge á todos, no quiere se desperdicie fuerza alguna; y cualquiera que sea su estado intelectual ó moral, si abriga el anhelo del perfeccionamiento, siempre podrá ser útil á la causa de la Humanidad, no sólo con su adhesion, sino también con su activo concurso. Tenía razón el Padre Estebán: todos estamos obligados á trabajar en beneficio de los demás, y á mí tampoco me faltaban deseos de contribuir con mi humilde óbolo á la grandiosa labor social; pero mi espíritu estaba anonadado; ¡había sufrido tanto! Veíame lejos de la Patria tan amada, y separada para siempre del único hombre que había sabido comprenderme; yo había perdido el entusiasmo tan necesario para persuadir los corazones; encerrada anticipadamente en la fría inmovilidad de la tumba, mi infortunio me hacía aborrecer el movimiento, la lucha, la discusión, en una palabra, todo aquello en que la vida se revela, todo aquello que en otras ocasiones yo hubiera aceptado hasta con alegría. Guardábame, sin embargo, de manifestar al jesuita el verdadero estado de mi espíritu. Dos años habían transcurrido desde mi llegada á Bogotá, tiempo suficiente para recobrar si no la calma, al menos suficiente serenidad para entregarme con resignación y valor á las luchas de la vida; sin embargo, yo no tenía aliento para emprender trabajo alguno; muchos empleos honoríficos se me habían ofrecido en la instrucción pública; pero convencida de la inercia intelectual que se había apoderado de mí, hube de rechazar constantemente toda clase de ofertas. Mi amiga colombiana, interesada en mi suerte y deseando sustraerme á mi desgraciado destino, no omitía medio alguno para amenizar mi existencia. Ella, que también estaba vivamente interesada por el triunfo, del altruismo, me exhortaba á emprender por la prensa la propaganda, dando á conocer las teorías positivas que tanto podrían influir en la estabilidad y ventura de nuestras repúblicas. El Padre Esteban la secundaba admirablemente en este terreno y procuraba, ante todo, despertar mi patriotismo y darle aliento y consuelo, persuadido como estaba de que eran los desastres nacionales los que más hondamente repercutían en mi corazón y doblegaban mi ánimo. Decíame á menudo que era bello y grandioso sufrir por la justicia. —Si la victoria, añadía, no ha coronado el heroísmo peruano, en cambio, hoy la república vencida es la que cuenta con las universales simpatías. Muy significativa es la actitud de los Estados Unidos y de la República del Plata, que simbolizan el más encumbrado espíritu liberal en el continente: ellas han manifestado con ingenuidad sentimientos de condolencia por los infortunios del Perú, á la vez que acentuado disgusto por la usurpación indebida de su territorio. Las naciones no son otra cosa que agregados de individualidades, y de estos seres colectivos podemos igualmente decir que en todo caso vale más ser víctima y no verdugo. Yo no veo lejano el día del engrandecimiento del antiguo suelo de los incas; quizá la desgracia aquilatará más el patriotismo y virtudes cívicas de ese pueblo cuyo noble y levantado espíritu me complazco en reconocer. De todos modos, es evidente que esta gran inmoralidad política no se hubiera consumado dentro del positivismo; la doctrina altruista habría entonces noblemente inspirado á las tres repúblicas, y las diferencias se hubieran resuelto satisfactoriamente por el pacífico arbitraje de una nación amiga. Recuerde Vd., además, la actitud tan diferente del teologismo y del positivismo en la guerra del Pacífico, mientras el primero ensalzó hasta las nubes este inaudito escándalo y entonó himnos de acción de gracias á su Dios cuando la fuerza bruta de unos cristianos prevalecía sobre el derecho de los otros, cuando una república despojaba á la otra de su más valioso territorio, el positivismo protestó en nombre de la Humanidad contra tamaña injusticia, y fué precisamente un positivista chileno quien tuvo el heroico valor de desaprobar públicamente la conducta de sus compatriotas y aconsejarles la devolución del territorio usurpado. Así es como obran los hombres verdaderamente religiosos, para quienes la moral es lo más santo y digno de veneración, y tal es el alcance de nuestra sublime doctrina, que cierra los oídos á los halagos seductores del egoísmo, tanto individual como colectivo, para remontarse en alas del más grandioso altruismo á la práctica del deber, por duro y penoso que éste puede ser y por más erizado que se presente de peligros y dificultades. Al hablarme así el Padre Esteban, yo pensaba en nuestra amada Patria y me parecía que en parte alguna podría propagarse mejor la doctrina positiva, dadas las bellas cualidades que distinguen el carácter nacional. Una república que practica la fraternidad y respeta escrupulosamente la dignidad humana, muy cerca está por cierto del ideal positivista. El delicado sentimentalismo de nuestros compatriotas no necesita, para elevarse al más sublime ideal de perfeccionamiento, sino una sistematizada educación que robustezca los buenos sentimientos que tan felizmente en ellos predominan. Restaurada la literatura y el arte en un sentido verdaderamente altruista, la reforma de las costumbres operaríase fácilmente, pues más cerca del bien se halla el hombre á medida que en él se desarrolla el sentimiento, como que éste, antes que la inteligencia, es el factor de nuestros progresos en la senda del bien. El escepticismo de nuestro siglo, que, sólo vive de negaciones, esteriliza el sentimiento y sofoca los generosos impulsos. Una vez insinuado en nuestra alma, tenderá siempre á destruir la veneración, y debido á su desastroso influjo, vemos hoy en nuestras sociedades esa marcada tendencia á la burla, á la ironía; no se respeta nada, y todo lo que tiende á elevar el espíritu, es objeto de sarcasmo; diríase que nos afanamos en empequeñecernos, que deseáramos colocar al hombre á un más bajo nivel que la bestia. Siendo la imaginación tan rica y fecunda en nuestra zona, no es nada extraño que estas tendencias del siglo, cultivadas y extendidas por una literatura sin pudor y sin ideal, hayan hecho horrorosos estragos en el corazón de la juventud. Contribuye aún más para agravar esa desgraciada influencia, el divorcio tan acentuado entre las ciencia y la religión. Tal desacuerdo entre las inspiraciones del hogar y la enseñanza escolar que, aunque harto restringida, inicia al joven en la concepción científica del Universo en contradicción con el concepto teológico, al llevar la duda y la desconfianza á los espíritus, es el germen de todos los desórdenes é inconsecuencias del hombre, así en la vida privada como en el desempeño de sus deberes de ciudadano. Pero si este estado de cosas llegara á normalizarse; si la educación pudiera ser uniforme; si el joven no se viera obligado á dejar á un lado la fe de la infancia por encontrarla en pugna con la verdad científica y el buen sentido; si, en una palabra, el sentimiento de la veneración, tan espontáneo en el ñiño, fuera aun más robustecido en el adulto por una enseñanza que confirmara y acentuara debidamente la ya principiada en el seno materno, entonces el repugnante tipo del libertino, hoy tan vulgarizado en la sociedad peruana, sería como una de esas anomalías de la inteligencia, que de tarde en tarde excitan nuestra compasión, nos revelaría sólo un extravío del sentido moral, una monomanía del vicio que seguramente habría de encontrar tratamiento apropiado en las casas de salud ó en los manicomios. Por otra parte ¡cuán provechoso sería para el continente sudamericano que nuestro Perú abrazase la fe positiva! Fortificado con ella el espontáneo sentimiento fraternal, que tanto encumbra nuestra nacionalidad, y con ese tacto conciliador que todos reconocen en nuestros diplomáticos, tendríamos una feliz influencia en el afianzamiento de la paz y cordialidad entre todas nuestras repúblicas. La idea profundamente sociológica de un Congreso de americanistas, germinó en nuestro suelo y no tardó en ser una consoladora realidad. Este feliz precedente está hablando muy alto respecto á la disposición de nuestros compatriotas para la sociocracia que viene á establecer definitivamente en el planeta la grandiosa doctrina altruista. Yo no desespero de ver muy pronto regenerada á mi patria con este nuevo dogma que reconcilia la ciencia con la religión y la dirige armónicamente á trabajar en el perfeccionamiento humano. Entonces la inteligencia y el sentimiento, hábilmente cultivados por esta fe demostrable, que satisface plenamente todas nuestras aspiraciones alcanzarían todo su desarrollo y el Perú se elevará á la cima de la gloria y del verdadero perfeccionamiento. La grandeza de las naciones no debe ya medirse por la extensión de su fronteras, ni por su adelanto industrial, pues así daríamos muy triste idea de nuestro encumbrado lugar en la escala zoológica; los pueblos deben, ante todo, aspirar á la más alta moralidad, y sólo los que la hayan alcanzado y la reflejen en todos sus actos, serán dignos de ocupar el lugar preferente entre las grandes agrupaciones modernas. Pasaron ya los tiempos en que la injusticia y la violencia disponían de los destinos del mundo, y las naciones que no se den cuenta de esta faz de la civilización contemporánea, quedaránse rezagadas en el camino del progreso y habrán más tarde de lamentar amargamente su extravío. En tanto yo tenía fe en la regeneración de mi Patria y abrigando la esperanza de contribuir, aunque en reducidísimas proporciones, á la propaganda del altruismo en el Perú, confiaba á mis amigos de Colombia los planes que tenía formados para el futuro; ya que en el presente me era imposible dedicarme á ningún trabajo serio. Ellos me ofrecían su entusiasta cooperación, animados de los más generosos sentimientos de americanismo, interesándose vivamente por la suerte de nuestra Patria. Las muestras de simpatía que constantemente recibí de ellos, así como su franca y desinteresada hospitalidad, grabadas quedarán en mi corazón perpetuamente. Y ahora, mi querida amiga, que con toda ingenuidad te he expuesto las borrascas y dolores de mi vida, voy á terminar mi tarea, manifestándote con toda franqueza la opinión que me he formado del positivismo. Desde luego, yo estoy penetrada del más profundo respeto por su fundador; admiro el genio sintético de este filósofo que pudo construir tan grandiosa elaboración, en la cual quedan completamente satisfechas todas las necesidades del hombre. Su mayor mérito para mí consiste en que, habiendo venido al mundo en el período más escéptico, haya podido penetrarse de la necesidad de cultivar el sentimiento religioso para robustecer la moral y emancipar este mismo sentimiento de todo teologismo. Yo estoy perfectamente de acuerdo en esto con los positivistas; la moral tiene su fuente en nuestra propia naturaleza; no necesita sanción extraterrena. La teoría positiva del alma es completa; admirablemente consignado está en ella el origen del bien y del mal, sin irlo á buscar en seres independientes de nuestro Universo, pues que somos nosotros mismos quienes llevamos el germen tanto de la virtud como del vicio: hasta aquí la teoría de Comte me complace plenamente. Pero al lado de tan sabias y satisfactorias doctrinas, el positivismo tiene tales exigencias que, en mi concepto, sin una concienzuda y razonable reforma, habrá de ser muy limitado el número de su adeptos. En el terreno afectivo quizás pide demasiado cuando prohíbe las segundas nupcias. Es cierto que en el régimen positivista los matrimonios sólo serán basados en el amor, y este sentimiento, cuando es verdadero, dura tanto como la existencia; pero también habremos de convenir en que hay espíritus ligeros y hasta volubles para quienes este precepto sería sumamente difícil de cumplir, sobre todo si tenían la fatalidad de enviudar demasiado pronto. Á mí me parece que á este respecto el positivismo tendrá que hacer concesiones si quiere ganarse prosélitos, porque no es posible exigir á todos tal grado de perfección. Otro punto que también ofrece serias dificultades, es el límite que pretende imponer á la investigación. Para Comte, el saber ha de ser únicamente subjetivo, es decir que sólo podrá tener por fin el bien de la Humanidad; y consecuente con este principio, el fundador del positivismo prohíbe toda investigación sobre el origen de los seres y la primitiva causa del Universo, pues de esta investigación el hombre no habrá de reportar ningún beneficio, ni llegará tampoco á ningún resultado práctico. Es cierto que este problema, que así excitó la curiosidad de las pasadas generaciones como la de nuestros contemporáneos, jamás lo podremos resolver satisfactoriamente; pero no por eso la Humanidad podrá renunciar á la investigación. El hombre siempre habrá de querer conocerlo todo, examinarlo todo y descubrirlo todo; y si en los albores del pensamiento, cuando eran tan deficientes sus medios de observación, lo devoraba ya el deseo de saber, habiendo alcanzado tan soberbios triunfos, hoy menos que nunca podría limitar su ambición de averiguar el por qué de todas las cosas. Y hasta cierto punto el hombre tiene razón: la suma de los descubrimientos obtenidos lo alienta y le garantiza más brillantes conquistas para lo sucesivo. Pocos serán los espíritus investigadores que puedan quedarse tranquilos ante el misterioso problema de nuestro origen y que no trabajen empeñosamente por descifrarlo. Comte sustituye al concepto de Dios el de la Humanidad; pero yo no veo en qué puedan excluirse ambos conceptos; por el contrario, á mí me parece que el uno supone el otro. De que la Humanidad sea la única realidad visible á quien debamos todos nuestros adelantos y para la cual hayamos de vivir, no se sigue que esta misma Humanidad, como asimismo el Universa todo, no tenga una causa invisible para nosotros y desconocida, que en las edades pasadas los hombres llamaron dioses ó Dios, según los progresos de su razón, pero que hoy la ciencia moderna no puede desconocer, porque esto implicaría un inmenso retroceso para el espíritu humano. Por otra parte, la idea de un Ser absoluto, de una causa absoluta, está tan profundamente arraigada en todos los espíritus, que parece imposible despojar á la Humanidad de este concepto, que, á pesar de ser hasta cierto punto hipotético, arroja tanta luz sobre todas nuestras investigaciones. Lejos estoy yo, como tú lo sabes, del teologismo cristiano, y tampoco me satisface el deísmo filosófico de Julio Simón; pero yo no podría nunca aceptar como principio de todo conocimiento, como base de un sistema filosófico cualquiera, una negación. Estoy de acuerdo en esto con Herbert Spencer: lo conocido no es sino una manifestación de lo incognoscible. Al contemplar el espacio surcado de infinitos globos que llevan en su seno las más ricas y variadas modalidades de la vida, un sentimiento indefinible de admiración y respeto se apodera de nuestro espíritu; entonces nos persuadimos de nuestra pequeñez, é inconscientemente surge en el alma un sentimiento indefinible de adoración hacia la gran causa creadora ú organizadora de la materia, y este sentimiento es tan natural y espontáneo como independiente de todo teologismo. Por lo demás, creo que ningún sistema filosófico ofrece más garantías para el bienestar del hombre, que el positivismo con algunas reformas; sería el verdadero desiderátum para nuestra especie. Abolida por él la miseria, hecho imposible el vicio, mejoradas las condiciones biológicas del planeta por una sabia higiene, que entonces sí sería practicada con escrupulosidad, sin odios, sin rencores, la Humanidad habría encontrado su legítimo, su verdadero Paraíso, y la existencia podría prolongarse mucho. Por todas partes reinaría la más franca y leal cordialidad: las naciones concentrarían todas sus fuerzas para trabajar en su mutua prosperidad, y el hombre sería completamente feliz. Tal es, mi querida Estela, el porvenir que nos promete la doctrina altruista; ¿por qué no ensayarla? Si se han aceptado tan grandes absurdos en nombre del sobrenaturalismo y con menoscabo de la dignidad y del bienestar del hombre, ¿por qué no habríamos de afiliarnos á una escuela que va á cambiar por completo la faz del planeta, rehabilitando al género humano en el puesto honorífico y glorioso que le es debido? Nada, amiga mía, es más elocuente y persuasivo que los hechos; muchas veces, leyendo la historia de la Edad Media y Moderna, me había preguntado yo á mí misma cuáles habían sido las ventajas reales y positivas que el reinado del Cristo había traído á la Tierra; en verdad que muy pocas; el esclavo apenas si había mejorado su condición; la mujer continuaba humillada y embrutecida; más aun, se la consideraba como la causa de la perdición del género humano; los cristianos, en vez de amarse unos á otros, según el mandato expreso del Maestro, se odiaban entre ellos mucho más que los antiguos gentiles, y las guerras y rencillas que constantemente los dividían, acreditaban que la esperanza del soñado Paraíso no bastaba á enfrenar sus malos instintos ni á reprimir el predominio del común egoísmo. Sólo la ciencia pudo redimir poco á poco al hombre de tantas aberraciones; solo la ley de progreso, que con tan variados matices prevalece en el reino animal, operó la dichosa transformación, y hoy que la Humanidad ha por fin alcanzado la madurez del juicio, elabora por sí misma, oyendo los dictados de su ilustrada razón, el código sagrado que hará imperar la justicia en nuestro suelo, al cual no miramos como un transitorio destierro, sino como nuestra definitiva y verdadera Patria. Arrullada la imaginación del hombre en su infancia por el sentimiento de lo maravilloso, y sin sospechar siquiera que el mundo estaba sometido á leyes eternas é inmutables, se creó á sí misma divinidades, ya terribles, ya risueñas, dioses benévolos ó crueles y vengativos, según la propia índole de la agrupación humana que les daba caprichosa realidad; y vegetando entre tales delirios, hubo al fin la inteligencia de alcanzar su desarrollo, y al despuntar los albores de la razón, evaporáronse las fantásticas divinidades; el hombre observó el Universo; y conociendo los seres que lo rodeaban, aprendió á conocerse á sí propio; entonces las falsas creaciones de la imaginación hubieron de ceder el puesto á las brillantes realidades científicas. El error geocéntrico que servía de base á las concepciones teológicas, fué substituido por el espíritu de observación personificado en Galileo. La Tierra, destronada de su privilegiado puesto de centro del orbe, no era sino un planeta, girando como otros muchos alrededor del Sol, solicitada por la gravitación; y la Astronomía, ayudada de la Mecánica, reconstruían el pasado del Universo, historiando su grandiosa evolución sin el influjo de ningún poder sobrenatural, y tan sólo en virtud de las eternas leyes que rigen la materia. La Física enseñó al hombre á dominar la naturaleza material, y poniendo las fuerzas de ésta á su servicio, demostró así la falsedad de las antiguas creencias que atribuían estos fenómenos á poderes sobrenaturales. La Química anonadó para siempre las doctrinas teológicas de creación y destrucción absoluta, probando con sus análisis el principio fundamental de la indestructibilidad de la materia, como asimismo la identidad substancial del mundo orgánico y del inorgánico. Por último, la Biología, por medio de sus investigaciones tanto anatómicas como fisiológicas, nos explica todos los fenómenos de la vida por la acción recíproca de los procesos vitales y el medio en que se desarrolla el ser viviente, emancipando así el entendimiento humano de todo concepto metafísico y arruinando además el error antropocéntrico que hacía del hombre un ente aparte en la Naturaleza, con distinta manera de ser y especial destino. Ella nos demuestra también que el hombre no es sino el primero de los animales, por su sistema nervioso más ricamente desarrollado con relación á su organismo. Concluido ya el edificio científico, el reinado de la imaginación tenía que ser substituido por el de la razón; pero era necesario que el hombre, emancipándose de todos los errores teológicos y metafísicos, pensara al mismo tiempo en crear un estado social más perfecto y que le permitiera realizar su destino en el planeta. He aquí la grande obra emprendida por Augusto Comte, creando la nueva ciencia sociológica que debe tener por exclusivo objeto el bienestar de todo el género humano. ¡Felices los pueblos que más se acerquen al ideal positivista! Ellos establecerán sobre la Tierra el verdadero reinado de la justicia, y la Humanidad, libre de los odios y anomalías del pasado, mediante el perfeccionamiento moral, con el concurso unánime de todos sus hijos, habrá, por fin alcanzado su grandiosa y sublime EVOLUCIÓN. Desde el mes de Junio de 1897 que se acabó de imprimir esta obra, la IMPRENTA ELZEVIRIANA se mudó de la calle Piedad 1200 á la de FLORIDA 799.