REGINA. NOVELA PREMIADA CON MEDALLA DE PLATA En el Concurso Internacional DEL ATENEO DE LIMA, POR MARIA DE LA LUZ, Teresa Gonzalez de Fanning LIMA. ---- IMP. DE TORRES AGUIRRE,-MERCADERES 150. ---- 1886. LOAN STACK REGINA. ---- Novela premiada por el Ateneo de Lima Con Medalla de Plata. I. Regina era esbelta y magestuosa, como el cedro de la montaña. La mirada de sus magníficos ojos negros, velada por espesas pestañas, dejaba escapar destellos de pasión, energía, inteligencia y altivez. Su opulenta cabellera, negra y brillante como el ala del tordo, caía en suaves ondulaciones sobre su cuello y espaldas, mórvidas y blancas, sirviendo de suntuoso manto á su dueño cuando no la aprisionaba en apretadas trenzas. Sus modales reunían á la elegante magestad de la dama de buen tono, la gracia y gentileza inimitables de la mujer sudamericana. La pureza y corrección de sus contornos, la habrían hecho modelo codiciable para Cánova ó Fidias. Era Eva antes de dejar el Paraíso; pero con el sello de la fatalidad impreso en su bello semblante. Inocente aún, pero próxima á ambicionar el igualarse con su Creador. Regina era hija única de padres distinguidos y acaudalados. Pródigamente dotada por la naturaleza, había recibido además una brillante educación en París, ese centro de la inteligencia y del buen gusto. Y la hermosa flor americana había aunado á sus naturales bellezas, el cultivo de su lozana inteligencia, y las gracias y elegancia de la más culta sociedad. Parecía que, á la manera que pasa en los cuentos maravillosos, al nacer ella se hubiera convocado á las hadas, y que todas á porfía le hubieran donado, las más preciosas ventajas. Su estrella se elevaba radiosa en el horizonte de la vida presagiándole afortunado porvenir. II. Al regresar á su país natal. Regina fue aclamada reina de la hermosura, de la elegancia y de la gracia. Las jovenes se disputaban su amistad: los hombres su amor. Tan amable como discreta, á todos halagaba sin distinguir á ninguno. Su corazón era una flor en capullo, cuyos apretados pétalos aun guardaban encerrado el delicado perfume de su preciosa corola. Gozando de los favores del destino, parecía ufana de su presente, y poco dispuesta á cambiarlo. Sólo una pena amargaba la dicha de Regina: Dolores, su amiga de la infancia, era desgraciada. Próxima á desposarse con el hombre á quien amaba, y de quien se creía correspondida, había este cometido la felonía de retractarse de sus sagrados compromisos, y, entregando el nombre de su amada como pasto a la maledicencia y las crueles burlas de la sociedad, había emprendido un largo viaje. La pobre niña, perdidas sus doradas ilusiones, vió trocarse su bello cielo en abismo sin fondo, en donde no brillaba el hermoso faro de la esperanza. Y, débil flor tronchada en su tallo, por la violencia del huracán, inclinó su pálida corola hacia la tierra, y sin lanzar un ¡ay! sumergióse en una amargura sin término. Cuando llegó Regina, Dolores pareció reanimarse al dulce soplo de la amistad. Como la débil madreselva se abraza al altivo pino que le brinda apoyo, la tímida Dolores se sentía fortalecida con los halagos y afecto de Regina. Era la alianza de la debilidad con la fuerza: del niño con la madre, que sostiene sus vacilantes pasos. Pero estaba herida en el corazón y, gallarda mariposa cuyas alas se habían abrasado en la llama del amor, se arrastró penosamente por la tierra, hasta que un día, para ella feliz, pudo elevar su vuelo á la mansión celestial. Regina lloró á su amiga de corazón, y se prometió vengarla si le era posible. ¿Qué mucho que le ocurriera tal pensamiento, si cada día veía á sus plantas á los más apuestos jovenes que se disputaban cada una de sus sonrisas, como un especial favor? Tal vez llegaría un día en que el traidor, vuelto á su patria donde no temía ya los reproches de su víctima, quemaría también el incienso de su pérfido amor, á los pies de Regina, que se gozaria en anonadarlo con sus desdenes, hacerlo apurar el cáliz de amargura, como él se lo había hecho beber hasta las heces á la infortunada Dolores. III. La muerte de su amiga más querida, llenando de tristeza el antes feliz corazón de Regina, la hizo disgustarse de la sociedad, y concibió el proyecto de alejarse de ella por algún tiempo. Como sus menores deseos eran acatados como leyes por sus amorosos padres, no tardaron en trasladarse á una de sus haciendas, donde, sin más compañía que Flora, la hija de su nodriza y su más fiel y adicta servidora, se entregó Regina al estudio, alternando con los goces de la vida del campo, olvidándose por completo de los elegantes salones donde había reinado sin rival. Una sencilla bata de percal, sujeta al talle por una cinta azul ó rosa, y un fresco sombrerillo de paja, adornado con guirnaldas de flores naturales, constituían todo su adorno, y hacían resaltar más la elegante magestad de su persona. Un día pidió hospedaje en la hacienda un oficial, que era portador de un pliego para el gobierno. El objeto de su misión era pedir refuerzos para la pequeña guarnición de la colonia X, que había sido sorprendida y diezmada por los indios salvajes. La relación del oficial era conmovedora y llena de detalles de palpitante interés. Los indios, faltando á la tregua acordada, habían caido de improviso y, penetrando á sangre y fuego, se preparaban á apoderarse de las mujeres y los niños, robarse los ganados y saquear las poblaciones. Ya se habían enseñoreado del campo y se disponían á ejecutar sus aviesos planes, cuando el arrojo de un solo hombre, logrando reanimar el abatido espíritu de los colonos, reuniólos y, sorprendiendo á los descuidados indios, y haciendo prodigios de valor, consiguió batirlos y dispersarlos, salvando así algunos centenares de vidas, y la libertad y el honor de muchas infelices mujeres. El relato del oficial se hacía doblemente interesante, cuando se refería al héroe de la jornada, hombre exéntrico y novelesco, que había aparecido algún tiempo antes en la colonia, donde se había hecho notable por sus beneficios, tanto como por su extraño sistema de vida, y por el misterio que lo rodeaba. Los sencillos colonos lo llamaban el Doctor, porque muchas veces los había curado de sus dolencias. Joven y arrogante, la finura de sus manos y la distinción de sus maneras, denotaba que poseía una educación superior, y que pertenecía a una clase elevada de la sociedad. Su ocupación favorita era la caza; pero con frecuencia se le encontraba con la escopeta en banda, vagando sin rumbo fijo por la montaña, ó absorbido durante largas horas en profundas meditaciones. Los espíritus malignos y suspicaces, suponían que algún crimen lo tenía alejado del mundo civilizado; pero el mayor número, obligado por su generosidad, le mostraba gratitud y afecto. Una vez, no había trepidado en arrojarse al rio, para salvar á un niño que se ahogaba. En otra ocasión libró la vida á una mujer y su hija que, extraviadas en la montaña, iban á ser víctimas de una fiera. En fin, su fuerza muscular y su destreza, eran proverbiales. Al decir del oficial, el Doctor era un ser extraordinario; y con la relación de sus exéntricas aventuras, hizo pasar agradablemente la velada á sus huéspedes. Regina, que poseía un carácter entusiasta é impresionable, fué la que con mayor interés escuchó las narraciones del oficial; y aquella noche, más de una vez se ofreció á sus sueños la imagen del Doctor, con los rasgos que le atribuía su poética y exaltada fantasía. Este recuerdo, aunque conservado por la soledad del lugar, que excluía la movilidad de impresiones, acabó por borrarse casi por entero de la memoria de la joven. IV. Trascurrieron algunas semanas. Era la hora del sol poniente. Regina, acompañada de un libro y de su fiel Flora, se entregaba algunas ratos á la lectura de las "Meditaciones" de Lamartine, su autor favorito; y otros, se abismaba en la contemplación de la naturaleza, en esa hora de indescriptible y melancólica poesía. Sentadas ambas jóvenes sobre la húmeda yerba, al pié de un olivo secular, que extendía sus nudosas raíces á la orilla de un arroyo, ya se entretenían en ver la límpida corriente, imagen de su existencia tranquila y candorosa, deslizándose juguetona sobre la arena, ó arremolinándose bulliciosa, cuando algún pedruzco venía á interrumpir su apacible curso; ya seguían con curiosa mirada el vuelo caprichoso de los pajarillos, y el revoloteo de los que, asustados con su presencia, no acertaban á introducirse en el follaje en pos de la rama en que habían suspendido el blanco nido; y con melodiosos gorjeos, se daban la voz de alarma ó entonaban el himno de la tarde; o bien, dando libre vuelo á la imiginación, se les figuraba ver, formados por las movibles nubes, palacios, obeliscos, ejércitos de ángeles, y cuanto les sujería su ardiente fantasía, que se destacaban sobre extenso horizonte teñidos de varios é inimitados colores. Una tarde, descuidada estaba Regina, arrojando distraida silvestres florecillas, que la corriente arrastraba sin piedad, cuando un grito angustioso de Flora la hizo ponerse en pié alarmada. —Un toro! exclamó Flora con ahogado acento: subámonos al árbol! Y, urgida por el terror, sirviéndole de escalones las sinuosidades del tronco, se encaramó sobre una de las ramas, tendiendo la mano á Regina para ayudarla á subir, y animándola con el ademan y con la voz. Regina había quedado petrificada de terror viendo con espantados ojos al soberbio toro que se acercaba, dando bramidos que el eco repercutía, y vió que, parándose de improviso, comenzó á escabar la tierra para acomoter. Al fin, sacudiéndose con esfuerzo del estupor que la dominaba, la joven intentó subir; pero no acostumbrada á este género de ejercicios, y paralizados sus miembros de terror, envano se esforzaba en efectuar aquella difícil ascención, en la que apenas avanzaba en tanto que el peligro se hacía cada vez más inminente. Haciendo un supremo esfuerzo, logró tomar con una de las suyas, la mano que Flora le tendía, y con la otra sujetarse á la rama en que ésta se hallaba cabalgada, pero al mismo tiempo perdieron sus piés el punto de apoyo, y quedó colgada y en la más difícil situación. Pocos instantes podría sostenerse en ella; el peso de su propio cuerpo bastaba para hacerla caer; y el toro, ciego de furor, se aprestaba para lanzarse sobre la presa que intentaba escapársele. En vano Flora gritaba y hacía esfuerzos sobrehumanos para ayudarla á sostenerse, poniendose ella misma en peligro de caer. En estos momentos de suprema angustia, dejóse sentir en el camino real, el galope de un caballo; y en seguida apareció un ginete que, abarcando de una ojeada el cuadro que á su vista se presentaba, lanzó su caballo al galope, y dando un silvido que distrajo á la fiera, salvó de un salto el cerco que lo separaba del lugar de la acción. A la vista de este nuevo adversario que tan de improviso se le presentaba, lanzóse el toro impetuosamente á acometerlo; más al instante se encontró cegado por el poncho que, con tanta agilidad como destreza, le arrojó el ginete, quedándosele arrollado entre las astas. Este obstáculo del cual no tardó en librarse el animal, dió á su antagonista el tiempo necesario para sacar y amartillar una pistola, que llevaba en el arzón de la silla, y cuando ya casi le tocaba el toro con las astas, con imperturbable sangre fría, le disparó un tiro que, introduciéndole la bala por el teztuz, lo hizo caer revolcándose en su sangre. Durante esta escena, que pasó rápida como el pensamiento, Regina había caido sobre la yerba, pálida y sin aliento. Aunque animosa por carácter, el inminente peligro á que se viera expuesta, la había dejado exánime. Luego que hubo dado cuenta de su adversario, desmontóse el caballero, que era joven y apuesto y, con el sombrero en la mano, acercóse á saludar á la joven; pero viéndola pálida y demudada, inclinóse presuroso al arroyo, y sacando agua en la cuenca de la mano, la ofreció á Regina que se mojó lijeramente las sienes y, esforzándose por sonreir, le dijo: —Esto pasará, caballero. Ya me siento mejor. Soy á U. deudora de la vida. —Ha sido para mi una fortuna, señorita, contestó el mancebo con cierto encojimiento, llegar á tiempo de poder ser á U. útil. Ahora, si mis servicios no son necesarios, con su permiso, voy á retirarme. —Sírvase U. decirme su nombre, que ya es para mí el de un bienhechor y, si no temiera ser importuna, le suplicaría que se dignara aceptar la hospitalidad, al menos por esta noche, en casa de mis padres, que se conceptuarán felices, si pueden expresar su reconocimiento al salvador de la vida de su hija. —Perdone U. que no acepte su bondadoso ofrecimiento, señorita, replicó el joven. Mi acción es tan natural, que no merece toda la importancia que U. le concede y, en cuanto á detenerme esta noche, me es imposible acceder. Y haciendo un cortés saludo á Regina, montó á caballo y se alejó á toda prisa, como si quisiera recuperar el tiempo que había perdido. V. El regreso del oficial que, de vuelta de su comisión, se acercaba á saludar á sus amables huéspedes, interrumpió el inagotable tema de conversación que, entre Regina y sus padres, había promovido la conmovedora escena del toro, y del providencial salvador que librara á la joven de segura muerte. Después de cambiar un amistoso saludo, púsose á departir el oficial, acerca del éxito que había obtenido en su viaje, y agregó:—Hará tan sólo una hora que me he encontrado con el héroe de la jornada de X.;con el personaje misterioso de quién hablé á ustedes la primera vez que nos vimos. —El Doctor?-exclamó con vivacidad Regina. —Justamente, señorita. Parece que se ha cansado ya de la vida salvaje del campo; ó talvez la entusiasta gratitud de los colonos, privándolo de la absoluta libertad y aislamiento que parecía buscar en su cabaña solitaria y en los espesos montes, lo haya obligado á alejarse de la colonia. —Dígame U. ¿qué señas tiene la persona á quién U. dice haber encontrado?—insistió Regina con marcado interés. —Elevada estatura, contestó el oficial, rostro pálido y moreno; ojos garzos, nariz aguileña; cabellos y barba castaños y ligeramente rizados .... —El mismo!—interrumpió Regina, como comparando mentalmente la filiación que le daban su interlocutor.—Y ¿qué edad puede tener? —Cuando su espaciosa frente aparece serena y tranquila, y él mismo busca la sociedad de sus semejantes con los que parece gozar; ó cuando, se encuentra practicando alguna de esas valerosas acciones que tanto renombre le han dado en X., apenas se le puede conceder que tenga veintiocho años; pero cuando á impulso de la misantropia que lo domina, y como asediado por alguna idea funesta ó culpable, su frente se plega y oscurece como un cielo tempestuoso, sus narices se ensanchan como para dar paso á un exeso de aire que lo ahoga; su boca se contrae con un gesto doloroso; y sus ojos lanzan terribles miradas de amargura, odio ó desprecio; entónces parece un hombre combatido por las más violentas pasiones, hastiado de la vida, y no es mucho atribuirle cuarenta años. La joven escuchaba con creciente interés la descripción del entusiasta oficial, y con aire de profunda convicción añadió, como hablando consigo misma:—Sin duda que es el mismo. Y luego, dirigiéndose al oficial, continuó: —¿Cuándo lo encontró U. montaba un fogoso caballo negro y luciente como su gabán de terciopelo? —Precisamente, señorita. ¿Acaso se detuvo en esta casa? - No señor; pero á él le debo estar ahora con vida al lado de mis queridos padres. Y la jóven refirió, con apasionado acento, la escena que había ocurrido aquella misma tarde, y en que el protagonista había sido el héroe misterioso que tanto los preocupaba. VI. Y pasaron tres años. Regina había vuelto á ser el más bello adorno de los salones. Sus jóvenes amigas se apresuraban á visitarla, y sus adoradores á tributarle el homenage de su admiración. Pero la joven parecía insensible á tantos halágos que recibía con exquisita cortesía. A pocos días de su llegada, encontrábase Regina en un pequeño saloncito deliciosa y artísticamente amueblado, en compañía de dos de sus amigas de confianza, cuando se presentó Carlos W. jóven elegante y de buén tono, que se preciaba de estar siempre al corriente de todos los sucesos, y en particular de las fiestas, intrigas y anécdotas de la buena sociedad. Las jóvenes le dieron la bienvenida con una afectuosa sonrisa, y la más jóven de ellas, que era una morena agraciada y decidora exclamo: -Carlos, díganos U. ¿qué novedades hay? Vamos! no tome U. ese aire de afectada indiferencia como quién está ignorante de lo que ocurre, porque bién sabemos que U. es el cronista parlante de los salones. —Gracias, Matilde, por el título que se digna U. expedirme, pero la verdad es que hay suma escaséz de novedades. —Díga U. lo que sepa, que ya escuchamos. -De lo que todos se ocupan hoy es del beneficio de la primadona y de los magníficos obsequios que se le preparan. Especialmente el de Genaro V., y se dice que es digno de un Nabab. —Al oir el nombre de Genaro V., del mal caballero que había causado la desgracia de la infeliz Dolores, Regina no pudo contener un gesto de disgusto y preguntó: —¿Ya está de regreso? ¡Habrá venido á sacrificar alguna nueva víctima? —Si así fuera,—dijo Julia, una rubia de aspecto soñador,—todo el trabajo que tendría sería el de elegirla, porque él es hoy el hombre á la moda; por todas partes solicitan su presencia, y en los bailes se considera afortunada la niña á quien elige por pareja, las pocas veces que se decide á danzar. —¿Y cuáles son los méritos y perfecciones que le han dado el cetro de la moda?—volvio á preguntar Regina con desdeñosa ironía. —Los principales son, contestó con burlona sonrisa Matilde, haber montado una suntuosa casa, lucir buenos carruajes y soberbios caballos, y gastar dinero cual si dispusiera de los millones del conde de Montecristo. —¿Tan rico es?—insistió Regina. -Es minero, contestó Carlos, y se dice que últimamente ha puesto en explotación un mineral que le rinde un producto fabuloso. También se dice que su verdadera mina la encontró sobre el tapete verde; pero supongo que esas sean calumnias de sus malquerientes. —Muchos lo tienen por un estravagante, dijo Julia. -Dicen que adolece de ciertas rarezas y manías, agregó Matilde, y la verdad es que, en sociedad, se muestra algunas veces huraño, y de una timidez ó reserva incalificables. —Cualidades que le conquistan muchos corazones ávidos de descifrar enigmas, repuso Carlos con intencionada sonrisa. —No hable U. de ese modo, replicó con vivacidad Matilde, porque podría sospecharse que le han causado algún perjuicio directo. La conversación continuó largo rato en ese tono ligero y festivo que tantos atractivos tiene para la juventud. Cuando se retiraron sus amigos, Regina estaba más firme que nunca en su deseo de venganza, y el arreglar su plan de combate le ocasionó aquella noche prolongado insomnio. VII. Había gran recepción en casa de los padres de Regina, quienes inauguraban la reapertura de sus salones con un suntuoso baile, al cual estaban invitadas todas las familias y personajes más encumbrados. La casa estaba adornada con cuanto el lujo y el buen gusto han ideado para hacer efectivas las descripciones fantásticas de los cuentos de hadas. El gás, iluminando con torrentes de luz los salones, corredores y jardines, hacía ilusorias las tinieblas de la noche. Flores distribuidas con inteligente profusion, recreaban la vista tanto como halagaban el olfato. Las mullidas alfombras, los ricos cortinajes y la soberbia mueblería, casi no fijaban la atención de los concurrentes, ocupados en admirar magníficas obras de arte cuyo mérito estaba realzado por la originalidad y buen gusto de su colocación. En cuanto á la concurrencia femenina, la hermosura, la elegancia y la riqueza se disputaban la supremacia. Si, en alguno de los riquísimos espejos que ornaban los salones, se hubiera podido fijar el fujitivo y encantador cuadro que reflejaba, se habria hecho una valiosa adquisición. Y el más bello ornato de este museo ó enciclopedia del buen gusto era, sin duda, Regina. Regina, cuya belleza superior aparecía realzada por la proximidad de tantas otras admiradas hermosuras. Fuera confianza en su propio mérito ó amor á la sencillez, ello es que había suprimido el lujo y las joyas en el adorno de su persona. Vestía un sencillo traje blanco de seda que, después de ceñirse á su esbelto talle, caía en nudosos pliegues cubiertos de menudos volantes, recojidos, de trecho en trecho, por ramilletes de rosas musgosas. Su profusa cabellera negra, cayendo en rizos naturales sobre su bien contorneada espalda, estaba suspendida en lo alto de la cabeza por una sencilla diadema de oro mate, á la cual se unía un ramo de rosas naturales como las que ostentaba en el seno, cuyas hojas, húmedas aún por el rocío, exhalaban un fresco y suave perfume. Una gruesa cadena de oro al cuello, y pulseras del mismo metal, completaban su elegante y sencillo adorno. Regina hacía los honores de su casa con graciosa soltura y amable solicitud. A ninguno olvidaba, y tenía el privilegio de hacer nacer la animación y la alegría á su alrededor. Agena á mezquinas pasiones, gozaba poniendo en relieve el mérito de los demás, alentando á la más tímidas, y resarciendo con sus afectuosas atenciones á las que pudieran creerse olvidadas ó desdeñadas. Y todo con naturalidad y, a mismo tiempo, con la distinción que la era peculiar y que doblaba el mérito de sus acciones. Aquella noche Regina sufría cierta agitación nerviosa que se traducía por una alegría forzada, más bien que espansiva, y ademanes violentos que le costaba trabajo contener. Su mirada se fijaba á cada instante en la puerta de entrada, como si aguardara á alguien, y no pudo contener un estremecimiento de sorpresa cuando su amiga Matilde, que estaba á su lado, le dijo con alegre indiferencia: —Ahí tienes á Carlos que viene acompañado por el moderno Creso, que sin duda vá á serte presentado. Y en efecto, en la puerta aparecían Carlos W. y Genaro V. quienes, después de saludar á la señora de la casa, se dijieron al lugar adonde se hallaban sentadas las dos jóvenes. Regina no prestaba atención á las picantes observaciones de su amiga, porque sus miradas y su pensamiento estaban concentrados en Genaro V. en quien había reconocido á su valeroso salvador; al Doctor misterioso cuyas románticas aventuras habían ocupado más de una vez su exaltada fantasía. Y era al mismo tiempo el perjuro inconstante que había causado el infortunio de Dolores y su muerte prematura, y de quien ella había jurado tomar venganza, tratando de inspirarle amor para después humillarlo con su desprecio. Una violenta lucha de sentimientos encontrados se trabó en el noble y generoso corazón de la jóven. Cuando en sus oídos resonaron las palabras de Carlos, haciendo la presentación de su amigo, Regina se sobresaltó como aquel á quien se sorprende en un momento de íntima meditación y, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción, contestó con dulce entonación; —El señor y yo nos hemos conocido en circunstancias poco lisonjeras para mí, y en que debí la vida á su arrojo y destreza. Genaro solo contestó haciendo una profunda inclinación. —Y yo que creía que no se conocían ustedes!—observó Carlos. En todo esto debe encerrarse alguna novelesca aventura, que ya me tienen ustedes impaciente por conocer. —No hay aventura alguna, contestó Genaro.—Se me presentó la feliz oportunidad de prestar un pequeño servicio á esta señorita, y su exaltada gratitud le atribuye una importancia que, en realidad, no tiene. Y, apresurándose á alejarse, fué á confundirse entre un grupo de jóvenes que charlaban alegremente. Preciso fué que Regina lo hiciera buscar con el oficioso Carlos para conducirlo á la presencia de su madre, quien saludó con efusión al salvador de la vida de su hija. Algunos momentos después, Genaro había desaparecido del salón de baile; y Regina, fuertemente preocupada, daba muestras de una distracción y desaliento inexplicables para los que estaban acostumbrados á verla siempre alegre y espansiva, animando á todos con sus festivas ocurrencias y corteses atenciones. Al retirarse á su aposento, fuéla imposible conciliar el sueño. La mortificaba, y escosia su amor propio que, cuando todos los jóvenes se mostraban codiciosos de obtener una sonrisa suya ó siquiera una mirada, hubiera uno, Genaro, que se mostraba completamente indiferente á sus encantos y hasta esquivo á sus afectuosas distinciones. Sus proyectos de venganza eran irrealizables, desde que el infiel amante de Dolores y Genaro, su valiente defensor, eran una sola persona; pero no podia resistir al deseo de probar la fuerza de sus atractivos en quien tan rebelde al poder de ellos se manifestaba. Ignoraba la sentencia del gran Calderon: No hay burlas con el amor. VIII. Tres meses han trascurrido desde la noche del baile, y el hogar de los padres de Regina se presenta triste y sombrío. No ha podido ocultarse á su paternal solicitud, la pasión que inflamaba el corazón de su hija y que, á despecho suyo, parecía correspondida por Genaro, que era el objeto de ella. El recuerdo de la triste suerte de Dolores, unido á ciertos informes y observaciones particulares, les hacía mirar con espanto el amor de Regina. Y no podían negar la entrada á su casa, al mismo á quien debían la vida de su hija. Sus consejos, sus ruegos y hasta sus lágrimas, habían sido impotentes para vencer una inclinación, que el caracter impetuoso de Regina hacía más vehemente. Su virgen corazón se había embriagado con este primer amor; y amor contrariado. Había intentado prender á Genaro en sus redes, y había sido ella la primera en encontrarse presa en ellas. Era mujer y la dominaba el corazón. No sabiendo á qué recurso apelar, los padres de Regina improvisaron un viaje á Paris. Su cuantiosa fortuna les permitía brillar en esa corte, la primera del mundo; y sus antiguas relaciones de amistad con la condesa de Montijo, les daban fácil acceso á Tullerías, cerca de la hermosa y distinguida emperatriz de los franceses. Esperaban que los placeres y la agitación de la vida del gran mundo, borrarían quizá del corazón de la joven el recuerdo del ausente. Débil era esta esperanza, atendido el carácter firme y enérgico de Regina; pero era la única que se les presentaba, y á ella se aferraron como el náufrago á la tabla que flota á su alrrededor. Un mes no había pasado desde que se hallaban instalados en uno de los barrios aristocráticos de Paris, cuando, frente por frente de su elegante hotel, vino á establecerse el mismo de quien iban huyendo: Genaro! Genaro con todo el prestigio del lujo y de la riqueza, y el carácter de salvador de su amada. Y como siempre sucede con toda pasión contrariada, la oposición paternal y esa aparente injusticia con que se rechazaba al que tenía derechos á una profunda gratitud, fueron poderoso incentivo que llevó á su colmo el amor de Regina. Viendo los padres la inutilidad de sus esfuerzos, y temerosos de que su autoridad fuera menospreciada, creyeron más prudente prestar su aquiescencia á una unión que les era ya imposible evitar. IX. Con gran pompa y ostentación se verificó el matrimonio de Regina y Genaro, contribuyendo á solemnizar la ceremonia la asistencia de lo más granado de la colonia sud-americana y de muchas notabilidades de la corte de Napoleón III. La altiva belleza de Regina aparecía realzada por un rico vestido de paño Lyón, casi cubierto por abullonados y volantes de valiosísimos encajes de Bruselas, prendidos con guirnaldas de azahares, que exhalaban el mismo suave perfume de la flor del naranjo. El largo y vaporoso velo que la envolvía, era de punto de Inglaterra, de primoroso trabajo. Su rostro, embellecido por la emoción y el contento, respiraba felicidad: y su persona toda ofrecía un conjunto tan armonioso, que al crítico más severo le habría sido difícil señalar un defecto. Genaro, con su varonil apostura y el severo vestido negro que hacía resaltar la palidez de su correcto rostro, no desdecía de su hermosa compañera. Una espresión de triunfo y de orgullo satisfecho se traslucía en su semblante, de ordinario taciturno y nada expansivo. Unicamente los padres de Regina, acosados por funestos presentimientos, ocultaban, bajo una aparente calma, punzantes cuidados por el porvenir de su hija querida. Siguiendo las prescripciones del buen tono, los novios se fueron á pasar los primeros días de su matrimonio en una preciosa casita de campo, verdadero nido de amor, situada en las inmediaciones de Paris, viniendo después á instalarse en un magnífico hotel, donde el lujo y el buen gusto habían reunido objetos de inestimable valor. Ambos se lanzaron con loco entusiasmo en las agitaciones de esa vida del gran mundo, más fatigosa que el más rudo trabajo, pero que parece producir vértigo en los que á ella se entregan. Bien pronto el fausto de sus salones, el lujo de sus fiestas y la caprichosa elegancia de sus vestidos, hicieron de Regina una de las mujeres más á la moda y más solicitadas; pero recibiendo los homenajes que se la ofrecían como un tributo debido á su hermosura, ella no defraudaba ni un ápice del amor que á su esposo había consagrado. Genaro era para ella de una perfecta amabilidad, observando siempre la misma caballeresca galantería que en los primeros días de su enlace; mas, parecía gustar de la soledad, y con frecuencia se ausentaba por largas horas, sin que se supiera el empleo que á su tiempo daba. A las cariñosas reconvenciones de su esposa, contestaba con evasivas ó con protestas de amor que, por lo pronto, disipaban esas ligeras tempestades del cielo conyugal, si bien iban sembrando un gérmen de inquietud y desconfianza en el corazón de la enamorada Regina. Hastiada de los placeres y de la afanosa vida del gran mundo, que siempre dejaban un vacío en su corazón, y creyendo que otra más tranquila y sosegada atraería á su lado á Genaro, le propuso volver á su país natal, al lado de sus padres, que, impacientes, aguardaban su regreso. Accediendo Genaro á sus deseos, verificaron su regreso á la patria, donde, en los primeros meses, ambos esposos estuvieron más íntimamente ligados que nunca, encontrándose Regina en la plenitud de su dicha, y olvidada de sus antiguas inquietudes. Pero, poco á poco, fué volviendo Genaro á su ensimismamiento y haciendo ausencias más largas y repetidas, cuyo objeto era un misterio para su esposa. La altivez de Regina la impedía descender á súplicas y recriminaciones; y encerrábase en un desdeñoso silencio, mostrando semblante sereno, en tanto que su corazón lacerado rebosaba amargura. Su primer empeño fué ocultar al mundo entero, y especialmente á sus padres, la causa de su desventura. Carácter fuertemente templado, consideraba humillante el mover á compasión; y los mismos que sospechaban su infelicidad, jamás la vieron derramar una lágrima, ni dar muestra alguna de femenil flaqueza. Herida en su cariño, y ofendida en su orgullo, el amor de sus pequeños hijos no era suficiente compensación para su afrenta, y trató nuevamente de aturdirse en el torbellino de los placeres mundanos. Adulada y solicitada por todos, ella era la única insensible á sus triunfos, y, asediada por el hastío, buscaba el olvido á sus males, sin poder obtenerlo. X. Los salones de la elegante casa de Regina estaban radiantes de lujo, luces y perfumes. Por doquiera se encontraban satisfechas las prescripciones del más exigente buen gusto, pudiendo considerarse aquella casa, como un digno templo donde iba á rendirse culto al placer, durante algunas horas, que serían de imperecedero recuerdo para la distinguida concurrencia que la llenaba. Se trataba de un suntuoso baile de fantasía, con que los dueños de casa celebraban el octavo aniversario de su matrimonio; y nada se había omitido de cuanto podía contribuir á aumentar los brillantes atractivos de la fiesta. Este género de reuniones, quitando las trabas que sujetan á cierta monótona uniformidad los saraos ordinarios, da libre vuelo á la imaginación, permitiendo que cada cual muestre la riqueza de su ingenio, adoptando el vestido que mejor ponga en relieve, las dotes con que la naturaleza le obsequiara. Y cada grupo, cada individualidad es un motivo de estudio para el inteligente observador, que por lo exterior sabe encontrar la clave de los misterios del corazón. Allí se veían reunidas preciosas ramilleteras, frescas náyades, adorables marquesas de la galante época de Luis XV, manolas y gitanas de ojos tentadores, al lado de reyes y caballeros cruzados, mosqueteros y mandarines, pescadores napolitanos, gondoleros de Venecia, y majos y toreros españoles. La historia y la naturaleza; la aristocracia, con su refinada elegancia, y el pueblo, con su natural poesía, se encontraban allí brillantemente representados. Y la elegancia, el lujo, la gracia y la hermosura, se veían en íntima alianza unidos. Entre tantas mujeres hermosas, difícil habría sido concederle la supremacia á alguna, á pesar de que las había como para satisfacer todos los gustos; desde el más refinado hasta el más sencillo, viéndose junto á la altiva emperatriz la candorosa aldeana, y la sacerdotisa druida cerca de la elegante dama castellana. Pero en medio de este pensil de primorosas y galanas flores, descollaba Regina, por su hermosura y elegancia, á la manera que, la purpúrea rosa avasalla desde su elevado trono á sus rivales, por su perfume y gentileza. Su belleza soberana, caracterizaba con pasmosa precisión, á la infortunada esposa de Luis XVI. Vestía un magnífico traje de raso blanco con la delantera de abullonados y salpicada de estrellas de brillantes; de sus hombros pendía un regio manto de terciopelo carmesí orlado de armiño. Una diadema de gruesos brillantes y algunos hilos de blancas perlas, completaban su tocado. Un lindo pajesillo, ángel de seis años de edad, sostenía gallardamente el extremo del larguísimo manto de su madre, envanecido con el cargo que le había sido confiado, y que él desempeñaba con gracia inimitable. La más franca alegría reinaba en este lugar encantado. Todos los semblantes expresaban satisfacción y contento. Hasta la sombría frente de Genaro se había despejado, y llevaba con noble desembarazo el vestido de caballero español de la época de Carlos III. Buscando el aire fresco de la noche, salió Regina á uno de los corredores exteriores, á tiempo que los criados se debatían con un hombre que pugnaba por entrar, alegando que le era indispensable el hablar, al instante mismo, con el dueño de la casa. —Decidle que desea verlo Mauro, y vereis que al punto me recibe. Estas palabras salían de los descoloridos labios de un hombre de mediana estatura, de fisonomía acentuada, en la cual se traslucía la inteligencia puesta al servicio de la astucia. Llevaba anteojos verdes, acaso por enfermedad, ó tal vez por ocultar la penetrante y escrutadora mirada de unos ojillos hundidos en sus órbitas. Su rojo y lacio cabello, dejaba al descubierto una frente ancha y cuadrada, que casi formaba triángulo con su aguda barba, puesta al remate de unas mejillas hundidas y lampiñas, y de un color pálido bilioso, como el resto de su fisonomía. Al informarse de que la que se acercaba era la dueña de la casa, solicitó de ella una secreta audiencia, que al punto le fué concedida. -Señora, le dijo, con voz melosa pero firme;-no hay tiempo que perder, y fio en vuestra discreción. -De qué se trata? Hablad sin demora,—le contestó Regina con acento imperioso. —Decid á vuestro esposo que el laboratorio ha sido descubierto por los agentes de policía, y que los cuños y cuanto contenía ha caído en su poder. Yo me he escapado, porque no es tan facil coger al zorro en la cueva; pero es menester que me aleje, al menos por algún tiempo, y para eso necesito dinero que no me han dejado tiempo de tomar. Con dos mil pesos que él me proporcione, me río de los más finos sabuesos de la policía. El cinismo de aquél hombre, repugnaba á Regina; pero, esforzándose por disimular su disgusto, le preguntó: —Y ¿qué interés puede tener mi esposo en que U. se salve de la persecución de la justicia? —Simplemente que, si yo fuera encerrado en una cárcel y se me obligará á declarar, como soy incapaz de manchar mi conciencia con una mentira, diría que en la empresa de la falsificación de moneda, que injustamente quiere monopolizar el gobierno, soy yo el socio industrial y vuestro esposo es el socio capitalista. Y quitándose el sombrero, hizo á Regina una irónica reverencia. El rubor de la indignación y la vergüenza coloreó la frente de Regina, quién, con aparente calma, entregó un bolsillo lleno de oro al miserable, que lo cojió con avidez y se marchó, murmurando algunas frases de gratitud que no le fueron contestadas. Regina se dejó caer desplomada sobre un diván, y una lágrima ardiente surcó sus mejillas. Llena de vergüenza, doblegó su frente como para ocultar al mundo entero la marca de infamia en ella impresa por el hombre cuyo nombre llevaba, cuya suerte había compartido á despecho de las súplicas y consejos de sus padres; del hombre que en su amor había creído un héroe y que, prostituyendo las dotes con que el Creador lo adornara descendía á la categoría de un víl criminal, de un monedero falso, que la justicia humana podía hundir en un presidio, legando á sus hijos un nombre infamado. Y ella, tan solicitada, tan aplaudida; ella, que de sus padres heredara un ilustre nombre y que siempre había ocupado un puesto tan culminante en la sociedad, sería menospreciada, vilipendiada por los que, en aquellos mismos instantes, le rendían el homenaje de su admiración y respeto. El ingénito orgullo de Regina recibía un terrible golpe, y su corazón sufría con estos pensamientos un martirio más horrible que la más cruel y lenta agonía. Después de algunos momentos de reflexión, largos como la eternidad para los condenados, en que midió con desesperante calma la extensión de su desdicha, como quien ha tomado una resolución decisiva, se levantó, sacudió su hermosa cabeza, miróse á un espejo tratando de componer la expresión de su fisonomía para que no revelara los secretos tormentos que la martirizaban, y se dirijió al salón donde se oían los alegres acordes de la música que preludiaba uno de los entusiastas vals de Strauss. Aun no había llegado á la puerta de la habitación cuando se encontró con Genaro que venía á buscarla, pues la concurrencia extrañaba su larga ausencia. Entre ambos esposos reinaba en aparencia una perfecta cordialidad, por más que sus almas estuviesen separadas por el muro de bronce de la desconfianza que aleja el dulce abandono, ese encanto de los matrimonios felices que hace que cada uno de los cónyuges sea el espejo en que se refleja el alma del otro, en que los goces se duplican, y las desdichas se hacen más soportables compartiéndolas con la persona amada. Regina explicó su tardanza, diciéndole: -Salí á respirar un poco de aire y me encontré con un individuo que, apesar de la oposición de los criados, manifestaba estar decidido á verte. —Dijo su nombre?—preguntó con interés Genaro. —Si, dijo llamarse Mauro,—contestó Regina afectando indiferencia, pero observando con profunda atención el rostro de su esposo, quien no fué dueño de ocultar un movimiento de sorpresa y preguntó presuroso: —¿Dónde está ese hombre? —Viendo la inutilidad de sus esfuerzos para verte resolvió marcharse, dijo Regina. ¿Te interesaba hablarle? —No por cierto, contestó Genaro con acento y ademan perfectamente tranquilos. Es un agente comisionista á quien le tenía hecho un encargo, pero no de gran importancia. Y tomando del brazo á su esposa se dirijieron ambos al salón del baile. Con la presencia de Regina tomó nuevo incremento la fiesta. La alegría era general. Para reparar las fatigas de la noche, pasó la concurrencia á un expléndido comedor donde, en rica vajilla, se servían con profusión los más selectos manjares, los más exquisitos vinos y cuanto el gusto más delicado podía apetecer. Nada hay que promueva tanto la espansión, la cordialidad y la franqueza como una mesa bien provista; y así lo probaron los huéspedes de Genaro y de Regina, que no se cansaban de elogiar la magnificencia del anfitrión y de dirigirle oportunos brindis, que eran saludados con entusiastas aclamaciones. Genaro hacía los honores de la mesa con exquisita cortesanía, y al terminar habló de esta manera: —Amigos mios: quisiera eternizar estas horas que vuestra amena sociedad me hace tan gratas; pero siendo esto superior á mis escasas fuerzas, seáme dado, por lo menos, añadirle una segunda parte, ó epílogo, ó lo que queráis que sea. Dentro de tres días es el cumpleaños de mi Regina y el bautizo de una poderosa máquina á la que ella como madrina, dará su nombre. Os invito, pues á que me ayudeis á celebrar tan faustos sucesos, acompañándome á pasar un día de campo, que vuestra presencia hará tan agradable como este. —Aceptado, aceptado!—digeron todos á una voz. La luz del nuevo día sorprendió á este grupo de gentes, felices unas y que aparentaban serlo otras, y se despidieron comprometiéndose á ser puntuales á la nueva invitación. XI. Era uno de aquellos hermosos días de primavera en que el sol pugna vanamente por traspasar con sus rayos el tupido cortinaje con que las nubes lo ocultan á la tierra; de aquellos días en que la naturaleza parece que quisiera ostentar todos sus primores y presentarse vestida de gala; en que el corazón se espande, la vista se extasía con la inmensa variedad de flores de todas formas y colores, y en que el olfato se recrea con sus balsámicos aromas, en tanto que el oído goza con el melodioso canto de los pájaros, y se olvida el alma de las miserias de la vida, sintiendo una vaga y misteriosa aspiración al infinito. El lugar elegido por Genaro para ofrecer el banquete á sus convidados, presentaba un punto de vista magnífico. En la meseta de una colina ó punta saliente sobre el mar, se había arreglado la mesa á la sombra de árboles que brindaban con sus sabrosos frutos á los convidados, que no tenían mas trabajo que alargar la mano para cojerlos. Las colinas iban elevándose gradualmente hasta formar altos montes, donde una exuberante vegetación mostraba todos los tonos del matiz verde. En las planicies, y casi siempre al lado de alguna cristalina fuente, veíanse las pajizas y poéticas chozas de los pastores. En el mar, y disminuidas por la distancia, se veían las barquillas de los pescadores, cuyas blancas velas les daban la apariencia de grandes aves con sus alas desplegadas, rozando la superficie del océano y sin atreverse á acercarse á la escarpada orilla donde, con imponente furia, venían á estrellarse olas inmensas, que, levantando nubes de blanca espuma, formaban al retirarse un manto de fino encaje sobre la azulada superficie del agua. Un pintor habría podido sacar un bellísimo partido de este cuadro natural, en que la tierra y el mar parecían disputarse á cual ostentaría más belleza, magnificencia y poesía. Los convidados de Genaro llegados unos á caballo, otros en carruajes y algunos en carros tirados por bueyes coronados de pámpanos y ramas de naranjos y limoneros, quedaron extasiados á la vista del bellísimo panorama que se les presentaba. El almuerzo, si fué opíparo y suntuoso, fué aun más alegre y animado. Cuando llegó la hora de marcharse para asistir á la ceremonia del bautismo de la maquinaria, todos se alejaron con pena de un lugar que no se cansaban de admirar. Llegados á la casa de la hacienda, se procedió con gran solemnidad al bautizo de la máquina por un sacerdote de elevada gerarquía, é inmediatamente principió á moverse impulsada por el vapor. Los invitados recorrían todos los departamentos, guiados por Genaro, que les decía los nombres de las piezas, y les daba sucintas explicaciones acerca de las funciones que cada una desempeñaba en el mecanismo general. Todos escuchaban con interés, mezclando de vez en cuando alguna chanza que sostenía el buen humor de la concurrencia, cuando un grito de espanto se escapó de todos los pechos. La orla del vestido de Regina había sido cogida por una de las ruedas que, siguiendo su fatal acelerado movimiento, arrastró á la desgraciada joven, cuyo cuerpo se sentía crujir bajo la presión de la endentada rueda, mutilándolo horriblemente. En vano se trató de disputar su presa á la mecánica rueda. Cuando lograron suspender el movimiento, sólo se extrajo una masa de carne palpitante aún, pero en la que apenas quedaba un resto de vida. Sólo su hermosa cabeza había quedado ilesa, y en ella estaban pintados los rasgos del más acerbo dolor. Aún pudieron sus contraídos labios pronunciar algunas palabras, que solo fueron escuchadas por el sacerdote capellán del ingenio y por el infeliz Genaro. —Perdóname .... Dios mio .... era ... . muy.... desgraciada.... Sus labios continuaron moviéndose como si quisiera hablar aún: pero no se percibía sonido alguno. Sus miradas se fijaron primero en su esposo, que de pie, á su lado, parecía la estatua de la desolación, y luego en el crucifijo que le presentaba el sacerdote. Y depositando un débil beso en esa insignia de nuestra redención, lanzó el último suspiro. A la voz del sacerdote se arrodillaron todos y elevaron sus preces al Eterno por la misma que, llena de vida, juventud y belleza, los encantaba algunos momentos antes con su amabilidad y festivos conceptos. De la brillante Regina solo quedaban unos restos mutilados y sangrientos que atestiguaban la instabilidad de las grandezas humanas. EPÍLOGO. Ocho días después del trágico suceso que hemos narrado, los inconsolables padres de Regina recibieron un abultado paquete, lacrado y sellado, conteniendo títulos de fincas, diversos documentos y valores, y una carta concebida en estos términos: Amados padres: El más desgraciado de los hombres se atreve á implorar de vosotros un generoso perdón, al mismo tiempo que os dirije un adios eterno. Voy á partir: mi viaje será largo, muy largo; tanto, que no abrigo la esperanza de volver á ver el suelo donde nací, ni los amigos de mi infancia, ni lo que más tortura mi corazón, esos queridos niños, alma de mi alma, á quienes os entrego como un sagrado legajo de la infeliz Regina. Espero que á vuestro lado se formarán para la virtud sus tiernos corazones, y que, en las plegarias que al cielo eleven por su madre, mezclarán alguna vez el nombre de su desgraciado padre. Que sepan que la felicidad sólo se obtiene por medio del cumplimiento del deber, habitándose desde la infancia á respetar los preceptos de la moral y del honor. Que se convenzan de que, si nos dejamos subyugar por nuestras pasiones, ellas serán nuestro tirano y nuestro verdugo. Sobre todo que aborrezcan la infernal pasión del juego que ha sido la causa principal de las desdichas de su infortunado padre. Se me juzgó con acrititud cuando huí de la angelical Dolores. Sin embargo, fué un impulso generoso el que me obligó á alejarme de aquella suave criatura para no marchitarla con mi aliento emponsoñado. Por igual motivo traté de alejarme de Regina; pero su belleza magestuosa, su talento, su discreción y sus gracias me cautivaron de tal modo que no fuí dueño de mi, y la arrastré á la vorágine en que los dos hemos sucumbido. Os suplico, por la memoria de esa misma Regina á quién tanto amais, que me perdonéis. En mi combatián, á la par que fogosas pasiones, instintos generosos, elevación de miras, nobleza de alma; pero una educación viciada ha sido causa de que la buena semilla haya quedado ahogada por la maleza. Hijo único y mimado por mis padres, se me hizo creer que era yo el único árbitro de mi destino, y que todo, y todos debían ceder ante mi voluntad de hierro. Harto á costa mía he reconocido que era este un funesto error y que, al dotarnos el Hacedor del libre albedrío y de una inteligencia superior, nos impone el deber de trabajar con noble empeño por alcanzar la suma de perfeccionamiento de que somos suceptibles. Tarde, muy tarde he reconocido esta verdad, y tan sólo me alienta la esperanza de que mis hijos, mejor dirigidos, sepan huír del abismo en que se ha precipitado su infortunado padre. Que ellos reciban la bendición que de lo más recóndito del alma les envío: y vosotros, amados padres, no se la negueis al desgraciado que de rodillas implora vuestro perdón. GENARO V. Vanas fueron las diligencias que la familia y amigos de Genaro hicieron para averiguar su paradero. Algunos aseguraban que, con disfraz y nombre supuesto, había tomado pasaje en un buque que zarpaba para California; y otros aseguraban que lo habían visto salir muy de madrugada en dirección al mar, donde sin duda algúna se había precipitado arrastrado por la desesperación. Un pañuelo, encontrado en las rocas próximas al lugar donde se efectuó el banquete el día de la catástrofe, parecía vigorizar la verdad de este aserto, sin confirmarlo por completo, porque pudo quedar olvidado en aquel sitio. La suerte de Genaro siguió siendo un misterio que nada ni nadie pudo aclarar. ---- Nota.-Los sucesos que hemos narrado no son pura creación de la fantasía de la autora. Los principales hechos ocurrieron en un país americano, algunos años há. La discreción nos ha obligado á ocultar los verdaderos nombres de los actores de este funesto drama. TERESA G. DE FANNING. De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargada de transcripción: Alejandra Rivera Hermoza