La Ciudad de los Reyes : novela / Pedro Dávalos y Lissón ; época histórica de 1884-1895. Dávalos y Lissón, Pedro, B. 1863. Habana: Avisador Comercial ; 1906. PEDRO DÁVALOS Y LISSÓN LA CIUDAD DE LOS REYES NOVELA ÉPOCA HISTÓRICA DE 1884 Á 1895 SEGUNDA EDICIÓN ESMERADAMENTE CORREGIDA HABANA IMPRENTA AVISADOR COMERCIAL AMARGURA 30 1906 LA CIUDAD DE LOS REYES PEDRO DÁVALOS Y LISSÓN, 1863 LA CIUDAD DE LOS REYES NOVELA ÉPOCA HISTÓRICA DE 1884 Á 1895 SEGUNDA EDICIÓN ESMERADAMENTE CORREGIDA HABANA IMPRENTA AVISADOR COMERCIAL AMARGURA 30 1906 El tren se detuvo á un décimo de kilómetro del Cementerio General, y esta parada extraordinaria fué explicada por el conductor del convoy, quien impuso, á los curiosos pasajeros del carro de primera, de la necesidad de aguardar unos diez minutos á que llegara, al cambio de vía que en ese paraje existe, un tren fúnebre que conducía los restos mortales del doctor Núñez. Eran numerosos esos pasajeros, y entre ellos figuraba un joven, como de treinta años, alto, de distinguido aspecto, cuyo rostro, en otro tiempo de una blancura extraordinaria, estaba ahora tostado por las inclemencias de los climas andinos. Sus ojos, muy grandes y muy hermosos, tenían un suave color azul, y sus cabellos y su barba eran de un rubio oscuro. Respondía al nombre de Alfonso María Urzúa, y venía desde Iquitos, por la vía Central, acompañando á dos respetables caballeros de ese puerto. Llamábase el más viejo de los acompañados, don Juan Pazmiño; y el segundo, de menos canas pero de más talento, don Manuel Palomares. Traían los tres la amplia representación del Departamento de Loreto, para arreglar con el Gobierno de Lima la forma legal que debía emplearse para resolver el problema político de esa sección territorial, que se encontraba en estado de insurrección y con mucho dinero y muchas armas para imponer sus pretensiones autonómicas. Cansados, más de espíritu que de cuerpo, por lo monótono de un viaje que hubo de comenzar en la Oroya á las siete de la mañana para terminar en Lima á la caída de la tarde, salieron fuera del carro y desde un alto morrito de tierra, contemplaron la Ciudad de los Reyes, las elevadas torres de la Catedral, las de San Pedro, las de San Francisco y las de otros templos centrales, al parecer juntos, y colocados sin orden ni concierto, sobre una masa informe de construcciones de todo género, cortada al centro por ese mismo Rímac que les había acompañado desde los nevados eternos de la cordillera, y que, al término de su jornada, era recibido bajo las arcadas de un hermoso puente de hierro que á distancia parecía de grandiosa construcción. Urzúa estaba absorto á la vista de aquel panorama. Hacía catorce años que faltaba de Lima, y sin evocar los recuerdos de tiempos muy lejanos, los halló agolpados á su memoria, aumentados y embellecidos con ese encanto que proporciona la imaginación á las delicias de la niñez. Allí había nacido; sus primeros años se habían deslizado bajo la solícita y maternal ternura de la que le dio el ser; allí estaban sus primos, que á falta de hermanos le habían servido de compañeros de travesuras. Los más culminantes acontecimientos de su infancia y primera juventud asaltaron su memoria; y al mirar en su vecindad, á poca distancia, los altos pinos y tristes cipreses que dan sombra á los que descansan en paz en el Cementerio General, recordó los días de vida y de felicidad de su hermosa madre, cuyo cadáver él mismo había dejado allí, en una mañana muy fría y húmeda del mes de Agosto. Después de ese terrible golpe, qué horas tan amargas y tan solas para él, huérfano y sin hermanos! Su padre no podía consolarse de la pérdida de una mujer á quien adoraba, y de tierno y cariñoso tornose descontento iracundo y extravagante. La dio en viajar, y tomando por compañero á su hijo, estuvo moviéndose en Europa, de un punto á otro, durante mucho tiempo, hasta que arregló un negocio para Iquitos y se estableció allí. Vivió en esa ciudad diez años, dejando al morir una fortuna de cien mil soles. Los señores Pazmiño y Palomares iban á Lima por primera vez. Nacidos en Moyobamba, habían negociado juntos llevando sombreros de paja al Brasil y trayendo diversas mercaderías. Posteriormente, cuando principió la explotación de las gomas en vasta escala, se radicaron en Iquitos; y en quince años, con sólo la compra de productos y las habilitaciones á las expediciones caucheras, hicieron una gran fortuna. Conocían el Atlántico por el Sur hasta el Río de la Plata, y por el Norte hasta los Estados Unidos y Europa. En el Pacífico nunca habían estado. Un padre de la venerable orden de los Ursulinos, criollo por su nacimiento en los barrios de San Lázaro, explicaba á una runfla de imberbes mozos, todos de hábito, el nombre de las iglesias cuyas torres se veían desde el morrito de tierra; y éstos, que jamás habían salido del apacible y reducido pueblucho en que nacieron, miraban con la boca abierta una ciudad, que nunca soñaron tan enorme. Menores todos de diez y siete años, revelaban en su carencia de educación y maneras su origen plebeyo. Fray Luis, que así se llamaba el padre que los conducía, había sido el hombre escogido por el Superior de la Orden, para reclutar por las altiplanicies andinas ocho ó diez de estos pobres diablos, y, en realidad, su labor no era tan sencilla, pues tenía encargo especial de excluir la raza india: todos debían ser blancos, ó cuando menos mestizos; siendo así que, de una y otra casta, no había abundancia para el oficio de padre ursulino. El señor Palomares quedó muy sorprendido de esa reclutada de novicios, que se hacía por mandato de un convento tan rico y tan importante como el de Santa Ursula; sobre todo, en la sierra, y entre gente de tan baja alcurnia. El padre Luis, que como buen criollo era muy franco, le confesó que el caso obedecía á la necesidad de completar el personal del convento. La Orden había estado á punto de desaparecer en el Perú, por falta de número; motivo por el cual, el Gobierno, instigado por herejes y masones, quiso clausurarla y tomarse sus riquezas; pero tamaña desgracia hubo de evitarla el padre Superior, quien arregló las cosas de tal manera con S. I. el señor Arzobispo, que de la noche á la mañana hubo número y no hubo clausura. Continuando el padre Luis en sus explicaciones, manifestó al señor Palomares el desprestigio en el orden social y en el orden del saber en que se encontraban las congregaciones religiosas peruanas. —Ya no tenemos—le dijo—esos venerables padres que se llamaban de campanillas, y que eran el orgullo de la iglesia nacional y de las ilustres casas á que pertenecían. Entonces, era un honor tener la visita y los consejos de uno de aquellos venerables varones. Hoy día qué diferencia: nadie nos busca, nadie nos consulta.; y nosotros mismos nos abstenemos de pisar una casa, aunque en ella vivan sólo viejas, porque al día siguiente los impíos la habrán deshonrado. Hay que confesar, también, de nuestra parte, mucho abandono en los estudios teológicos y científicos, y despilfarro de rentas, en las dos generaciones que nos han precedido; pero, en fin, esto es nada, comparado con los escándalos que, en los últimos tiempos, nos han promovido los masones, sacándonos del convento, sin orden eclesiástica ninguna, á varios novicios para ser reconocidos en la Intendencia de Policía, á fin de evidenciar una falta fea que se nos imputó, y que, á Dios gracias, pudo probarse que todo era una grosera calumnia. Así ¿cómo quiere usted, mi querido señor Palomares, que exista juventud, en Lima, que quiera ingresar á nuestro convento? Ya no tenemos rentas ni honores, y los que se dedican á la carrera eclesiástica, prefieren hacer su práctica evangélica en los curatos y no en los conventos. Por otra parte, aquí son muy amantes á las novedades. Hoy, para Lima, no hay como los Jesuitas y los Redentoristas; así como, hasta ayer, los favoritos eran los padres descalzos de la Orden Franciscana. Si ponen un colegio, se les llena de niños; si suben al púlpito, ven repleto el templo; si van al confesonario, allí encontrarán á las más distinguidas y aristocráticas señoras: todo por la novedad, porque son europeos. Por esto, nosotros hemos optado por traer de España algunos padres de la Orden, tanto para que nos reformen un poco, que bien lo necesitamos, como para tener buenos oradores. Y, á propósito: nos escriben de Roma, que el padre Mercier, que nos visitará muy en breve, nos trae el derrotero de un famoso entierro que hay en el convento. Si lo sacamos, hemos acordado, en comunidad, hacer una completa refección del templo, que en verdad bien lo necesita. Fray Luis, hombre expansivo y conversador, siguió contando al señor Palomares muchísimas cosas del género religioso. Este, cansado de tanta charla mística, aprovechó la parada del tren en Matucana para bajar al hotel y tomar un refresco con el señor Moreno, notable minero que iba á Lima en el mismo tren. Por él tuvo noticia del naciente desarrollo que recibían las industrias extractivas de la cordillera. —Es en lo único en que progresamos—le dijo.—La gente de buen sentido ha comprendido que en el Perú no habrá buena política, ni honradez administrativa, hasta que el poder no esté en manos de hombres independientes, de fortuna y de trabajo. Quien ha sabido administrar su hacienda propia, puede administrar la pública, y tendrá cuidado de hacer política sana, á fin de no promover una revolución que le arrebate en pocos meses el trabajo de dos ó tres años. Hasta ahora nos ha faltado bienestar é independencia; y como hemos comprendido que estos factores de la felicidad humana, no pueden adquirirse sino con el dinero que se ha ganado honradamente, nos hemos dedicado á buscarlo en la tierra. El convoy volvió á ponerse en marcha. Los señores Pazmiño, y su compañero Urzúa, tomaron la ventanilla izquierda del coche, y pudieron ver el tren fúnebre, parado delante del Cementerio, y la numerosa concurrencia que acompañaba á un ataúd de roble, conducido en hombros por seis personas. El señor Miguel Colmenares, hacendado rico del valle de Ate, se acercó á los caballeros citados, y les sacó de curiosidad manifestándoles que el ataúd contenía los restos mortales del doctor Núñez, notable médico de Lima, que peleó como coronel de un batallón en el heroico combate de Arica. Llevado, herido y prisionero, á Chile, fué canjeado en breve tiempo, y mandado después por el gobierno de Perú á Europa, en donde murió de resultas de sus heridas. «Hoy, añadió, la nación repatria sus restos, y sus numerosos amigos y compañeros de armas le tributan los últimos honores.» El señor Palomares ocupaba uno de los asientos de la derecha y pudo presenciar el panorama de las afueras de Lima, con sus enormes muladares y su río en completa libertad. El tren avanzaba por entre enormes colinas de una sustancia negruzca, que no era tierra, aunque contenía mucha parte de ella. El río se acercaba cada vez más á la línea, y el señor Palomares pudo ver, con asombro, numerosos muchachos, completamente desnudos, que hacían ejercicios de natación, y también algunos hombres y mujeres, bañándose en las orillas, con las partes pudorosas del cuerpo escasamente cubiertas. (1) (1) Hace muchos años que en Lima se destruyeron los muladares y se fabricaron baños públicos para el pueblo, siendo prohibido bañarse en los ríos. II El tren entró en Lima, é hizo su primera parada en Viterbo, el más modesto de todos los paraderos desde Oroya hasta el Callao. La noticia, ya esparcida por toda la capital, de que llegaban los delegados de Loreto, había aglomerado en la explanada de la estación y en el contiguo puente de Balta, á la gente novelera de la Ciudad de los Reyes. Un piquete de gendarmes, con bayoneta calada, cuidaba del orden y ahogaba en su principio las manifestaciones de viva voz á que estaba dispuesto ese populacho. Tampoco se permitió que nadie subiera, ni se acercara al convoy, que partió después de terminada su descarga de gente y equipajes para detenerse nuevamente en el paradero de los Desamparados, notable por lo original. Fué hecho en 1876, con el carácter de provisional; y sólo así se explica que se hubiera cubierto el techo con caña de Guayaquil, la que nunca pudo ser reemplazada, siquiera, con pino de oregón. Pero no fué esta originalidad lo que sorprendió á los viajeros de Loreto, sino la plétora de gente allí reunida para ver llegar á los hombres de Iquitos, como si éstos fueran unos seres extraños ó unos salvajes cubiertos de plumas. Algunos vivas dados á la federación, que fueron contestados con una rechifla casi general, dio á conocer que todo aquello no era pura curiosidad, sino una manifestación, al parecer algo hostil, que la policía reprimía repartiendo palo y recibiendo bastonazos y puñadas á mano limpia. Un nuevo piquete de gendarmes armado de rifle y bayoneta, se abrió paso entre la multitud, y formando en dos filas, hizo calle entre el carro de primera y la escala que conduce á la salida de la estación. Sólo así, la gente del tren pudo desembarcar cómodamente, y los señores Pazmiño, Palomares y Urzúa pusieron pie en tierra y recibieron la bienvenida de numerosas personas. Entre éstas figuraban los senadores y diputados por Loreto y Amazonas, el presidente y el secretario de la Sociedad Geográfica, el Director de Gobierno, varios militares y marinos que habían estado de guarnición en Iquitos, no pocos reporteros de la prensa, algunos jefes de casas de comercio y unos cuantos parientes del joven Urzúa. La comitiva, que no dejaba de ser numerosa, después de los saludos, presentaciones y frases de bienvenida, se puso en movimiento hasta llegar á la calle que se llama de la Pescadería, donde la avalancha de gente bullanguera y curiosa era mayor, y las manifestaciones en pro y en contra de los loretanos volvieron á ponerse en acción. Esta vez se dieron á conocer de una manera más ejecutiva: no faltaron sus pedradas; y una compañía de gendarmes de á caballo tuvo que repartir, de plano, un poco de sable para calmar la excitación. Los delegados subieron á un coche particular, que á sus órdenes había puesto el senador por Loreto, don Armindo Peláez, y, antes de que el carruaje se pusiera en movimiento, una pedrada rompió uno de los vidrios, lo que obligó á los gendarmes á cargar sobre el pueblo y sablearlo á su gusto. Sólo así, el coche pudo salir fuera de la tremenda asonada y llegar tranquilamente al hotel de Francia é Inglaterra, situado en Santo Domingo, donde se alojaron los tres señores venidos de Iquitos, y por cuya llegada la gente de Lima se permitía cometer excesos tan peligrosos como el que acababa de realizar. A las siete de la noche, los delegados, después de una corta entrevista con los gacetilleros de El Comercio, El Nacional y La Opinión Nacional, bajaron á los comedores del hotel, situados en el patio y en las habitaciones contiguas, profusamente iluminados con luz eléctrica y gas, y embellecidos con plantas tropicales. El mayordomo se acercó á ellos y, después de saludarles, les condujo á una mesita preparada para cuatro personas. Los señores Pazmiño y Palomares reconocieron en su atento servidor al señor Piñero, inteligente corredor de café en Río Janeiro, donde ocupó antes de su fuga brillante posición y donde fué acusado de bigamo. No obstante que les hizo gracia ver al exopulento brasilero convertido en mayordomo de un hotel, no se dieron por entendidos de la sorpresa. Los nuevos comensales quedaron agradablemente impresionados del lujo que había en el servicio y de la numerosa concurrencia que ocupaba las mesas. Antes de que les sirvieran la sopa, un caballero de distinguido aspecto, alto, buen mozo, como de cincuenta años, se dirigió hacia ellos para saludarlos. Era un exprefecto de Loreto, que cultivó muy buena amistad con los delegados en el tiempo en que permaneció en Iquitos. Invitado el coronel Martínez, que así se llamaba el exfuncionario público, á tomar asiento, aceptó de muy buena gana. «Soy comensal en este hotel hace algún tiempo, les dijo, y tengo mi puesto en otra mesa, al lado de varios amigos á quienes abandonaré esta noche para tener el agrado de estar con ustedes.» El viaje, los negocios del caucho, las reminiscencias de los buenos tiempos pasados en la montaña, sirvieron de tema favorito á la conversación. Abordaron después la cuestión política, y, de una manera muy sucinta, el señor Palomares le contó lo que pasaba en Iquitos y lo que pretendían ellos. «No todos saben hacer el buen gobierno que usted hizo, señor Martínez», le dijo con intención. Agradeció el militar la fineza, y se abstuvo de manifestar sus ideas, ni las del Gobierno, en ese grave asunto de Loreto. El señor Pazmiño, sin ser diplomático, se dio cuenta de las reservas del coronel y cambió de conversación. El señor Palomares, también lo entendió así; y pensando que de más provecho podía serle conocer la situación de los partidos políticos en esos momentos, solicitó del exprefecto que le dijera algo sobre la influencia que ellos podían ejercer en las próximas elecciones. —Como ustedes saben—dijo el coronel—estamos gobernados desde hace algún tiempo por el militarismo. Los históricos partidos, civil y demócrata, estuvieron tan desgraciados durante la defensa nacional, que voluntariamente nos han cedido el poder. Pero como somos pocos y nos falta personal, hemos tenido que llamar en nuestro auxilio á los hombres del civilismo, con quienes completamos nuestros ministerios, el personal de las cámaras, los empleados de la administración y los puestos diplomáticos. En el ejército les hemos dado muy poca parte, porque, aunque somos amigos y aliados y comemos en el mismo plato, nunca nos han inspirado completa confianza. Es gente que no se conforma con el rango de segunda categoría en que vive desde que murió Pardo. Los demócratas juegan más limpio; al menos, no nos ocultan su odio y abiertamente nos hacen la guerra en todo terreno. Sus manejos son terribles; no piensan sino en conspirar y en buscar la hora de promover una revolución. No por esto han solicitado alianza con los civi-listas; muy al contrario, se odian á muerte y mutuamente se echan la culpa de los desastres nacionales en la guerra del Pacífico. Sin embargo, al presente, no están muy distanciados, como que el civilismo comienza á divorciarse de nosotros, y en la necesidad de buscar un nuevo apoyo, cree encontrarlo en los demócratas, para ver si unidos pueden escalar el poder. ¡Qué equivocados están! En el Perú no hay sino el militarismo, que es lo único que nos ha gobernado hasta ahora, y que seguirá gobernando eternamente. —¿Y Pardo?—le preguntó el señor Pazmiño. —Pardo ha sido la excepción, y esto porque fué un genio. No se crea, tampoco, que fué enemigo del ejército, ni tan civilista como se le pinta. No obstante de ser paisano, militarizó el país organizando la Guardia Nacional, la Escuela de Clases y la Escuela Militar. Ese hombre llegó á poner sobre las armas, cuando la revolución de Piérola, el año de 1874, 30,000 soldados, ninguno de los cuales le hizo traición, pues el ejército le amaba y siempre le fué fiel. Repito, que Pardo fué un genio, y mientras no tengamos otro no queda sino la gente de sable. Habíase fijado el señor Pazmiño en un grupo de cuatro personas: dos caballeros y dos señoras, que ocupaban la mesa contigua. El primero, muy blanco, casi rubio, usaba barba cerrada; el otro, de rostro moreno, tenía bigote y pera larga. Las señoras, elegantemente vestidas y con profusión de alhajas, eran jóvenes, más bien delgadas que gruesas, y de muy escasa belleza. El señor Pazmiño atendía poco la conversación de sus amigos, para escuchar la de sus vecinos, cuya entonación y giros de lenguaje parecíale no haberlos oído nunca en sus muchos viajes. Conoció el coronel Martínez la curiosidad de su amigo, y de una manera muy discreta le dijo en baja voz: «Nuestros vecinos son los miembros de la legación chilena. El de barba cerrada es el ministro, un señor Smith Colmenares; el otro es el secretario. A las señoras no las conozco.» Esta noticia redobló el interés del señor Pazmiño, que con mucho disimulo, para no ser notado, estuvo estudiando la fisonomía de aquellos hombres que representaban la patria que había vencido al Perú. Jamás, en sus viajes, tuvo amistad con un chileno. Era la primera vez que los tenía tan cerca, y en su propio suelo, donde estaban latentes, para él y para todos los peruanos, los horrores de la guerra del Pacífico. —¿Y cómo se trata aquí á esa gente?—le preguntó al señor Martínez. —Mal —contestó el coronel.—En Lima, como en todo el Perú, se les odia. Felizmente, ellos conocen su situación y no se radican en el país, como sucedía antes, ni toman parte en nuestros negocios industriales. Las legaciones gozan de respeto, debido á la acción oficial, y á la cultura y educación de las personas con quienes se rozan en los salones del cuerpo diplomático y de los clubs; con todo, la vida social dudo que pueda serles grata, como que es antipatriótico amistar con ellos. Ultimamente tuvo lugar en los alrededores de Lima un paseo de campo, que varios ingleses dieron á este señor, Smith Colmenares; y habiendo asistido á él dos jóvenes peruanos, han sido censurados con severidad. —Y ¿quiénes son esos caballeros, todos afeitados, que usan el chaleco tan abierto, y, en los ojales de la bordada camisa, tan hermosos brillantes?—preguntó el señor Palomares. —Son toreros-respondió el coronel.—Y nada menos que los famosos diestros de la temporada que acaba de concluir. Allí tiene usted á Regaterillo, que es espada de cartel, y que se ha hecho célebre en Montevideo, en la Habana, en México, y aun se dice que en Madrid. Los demás son banderilleros. Y ya que tienen ustedes interés en conocer á la gente artista que come esta noche en el hotel, les mostraré á la Leardi, la primadona de la compañía Lírica Italiana, que debutará la semana entrante. Fíjense: es aquella hermosa señora que ocupa la mesa del extremo y que está en compañía de dos caballeros, el tenor y el barítono de la misma empresa. Dicen que es una notabilidad en la escena. Como ustedes no se han de ir tan pronto, ya tendremos ocasión de juzgarla. —Ya lo creo—contestó Urzúa;—no se hace un viaje de veinticinco días por montañas y cordilleras, sufriendo toda clase de penalidades, para llegar á Lima y salir sin descansar algo. A las nueve de la noche se puso término á la amistosa charla de sobremesa. El coronel Martínez se fué á la calle y los viajeros se retiraron á sus habitaciones. III La mañana fué atareada para la gente de Loreto, hospedada en el Hotel de Francia é Inglaterra, que de preferencia púsose á arreglar papeles, desbalijar maletas y poner la ropa en orden. Urzúa se preparaba, á las once, á dar un paseo por las calles centrales, cuando llegaron sus primos, Jorge y Abel, y le invitaron á almorzar en casa de sus padres. —Hoy es mal día—les dijo-pues á las dos y media tenemos que visitar al Presidente, á cuyo saludo de ayer, tenemos que corresponder en primer término. La excusa no tuvo fuerza. «Antes de las dos nos habremos levantado de la mesa» le dijo Jorge. Ocuparon un coche de plaza, que aguardaba en la puerta del hotel, y fueron por las calles centrales hasta detenerse en la portada de una grande y elegante casa de la calle de Belén. Atravesaron el patio y entraron en una habitación lujosamente amueblada y provista de dos hermosos estantes de caoba repletos de libros, y un escritorio amplio y cubierto de papeles. Alfonso fué recibido por un caballero de hermosa presencia, alto, grueso, de cabellos y bigotes blancos, que le trató con afecto, diciéndole: —Eres todo un hombre. A no haberte presentado en compañía de mis hijos no te hubiera conocido. Cuando tu padre te sacó de Lima, no prometías ser tan alto. No tuve tiempo ayer para saludarte; pero tus primos cumplieron con ese deber. Siéntate. Jorge: diles á tu madre y á las niñas que hemos sido honrados con la visita de un buen mozo. Urzúa sólo tenía tiempo para contestar con frases cortas. Su tío, el señor don Juan de la Cruz García, que así se llamaba este caballero, se había entusiasmado con su presencia y no le dejaba hablar. Poco después entró una señora baja, delgada, de cabellos semicanos, y, á juzgar por el rostro, muy cerca de los sesenta años. Alfonso la abrazó vivamente emocionado, recordando las caricias y consuelos que ella, su tía carnal, doña Rosa de Azuaga, le había prodigado en los días de luto y amargura que siguieron á la muerte de su madre. Cuántas veces en sus últimos tiempos de infancia, habíale sentado sobre sus rodillas, y cautivado su imaginación contándole aterradores cuentos de penas, que él oía con espanto prometiendo ser más bueno y menos travieso. Ella también estaba emocionada, y con los ojos llenos de lágrimas besaba al hijo de su hermana Lía, al mismo que había visto nacer y jugar con su hija Marta. A esta escena indescriptible, como todas aquellas en que hay más sentimiento que palabras, siguió la presentación de Lía y Raquel, dos hermosas jóvenes de veintidos y veinte años, respectivamente, á quienes Urzúa había dejado entretenidas con muñecas y haciendo casitas y comiditas de juguete, y que ahora, á juzgar por las pretensiones del novio de una de ellas, estaban á punto de hacer todo aquello de verdad. Las niñas saludaron á su primo con mucho cariño, empleando el tú, pero naturalmente con esa cortedad propia á un trato de todo punto nuevo para ellas. Por los tiempos á que esta historia se refiere, doña Rosa Azuaga era esposa en segundas nupcias de don Juan de la Cruz García, de cuyo enlace habían nacido Jorge, Abel, Lía y Raquel. En su primer matrimonio, doña Rosa, no tuvo más que una hija, la célebre Marta Avellaneda, que fué estrella de primera magnitud en el mundo joven de Lima, y á la que Urzúa no encontraba en la casa por haber ingresado al monasterio de Santa Mónica. Alfonso preguntó por ella á su tía. "Marta está bien -le contestó-pero enclaustrada en un convento. Hace dos años que nos abandonó, y desde entonces este hogar está triste. Ya te contaremos con calma cuanto ha pasado. Ahora vamos á la mesa, donde espero nos contarás tus riquezas, porque me dicen que eres muy rico, tus viajes por esos mundos de Dios; y sobre todo, tus grandes proyectos con el Gobierno. Ah! oye: te advierto que en casa todos somos enemigos de eso de Loreto. Solamente Juan está con tus ideas." El doctor García se sonrió, dirigiendo una mirada de inteligencia á su sobrino. El tal tío era una nulidad completa como político y como jurisconsulto; pero su fortuna, su hermosa presencia, sus seis pies de alto, su facilidad para expresarse y la ventaja de tener por esposa á una mujer de talento, le habían sacado siempre avante en la vida pública. Había sido ministro tres veces, y en la época en que ocurrieron estos sucesos era senador de la República. La familia pasó al comedor. Allí encontraron á un señor sacerdote y á Beatriz Mompox, personas de mucha confianza en la casa, y que con frecuencia almorzaban con la familia. "Alfonso, le dijo doña Rosa, te presento á monseñor Zavaleta, dignidad del coro metropolitano y nuestro director espiritual." El joven se inclinó con mucho respeto ante un clérigo de estutura pequeña, barrigón y muy echado hacia atrás, quien se limitó á mirar con curiosidad al recién llegado, sin moverse del sitio en que estaba, hasta que el otro avanzó y le dió la mano. « No puedes negar que eres hijo de Urzúa, le dijo tuteándole. Te pareces bastante á él.» —Aquí tienes otra presentación,—agregó la tía al ponerle en amistad con Beatriz Mompox, una de las señoritas más bellas de Lima. Urzúa quedó absorto en presencia de un tipo tan perfecto de hermosura, y sin quererlo, cometió la falta de mirarla con demasiada atención. Ella, algo envanecida de su belleza, encontró impertinente aquel modo de mirar, y volteó la cara. Sentáronse á la mesa sin ninguna etiqueta. Doña Rosa presidía, teniendo á su derecha á monseñor Zabaleta. Urzúa fué colocado entre sus primas y la hermosa Beatriz. Estaban tomando el sancochado, cuando entró muy de prisa Peta Otzuarte, una solterona alta, flaca, de ojos negros, ya con algunas canas, y que llevaba como señal particular en su rostro un bozo algo pronunciado que cubría el labio superior. Vestía con toda sencillez, como beata que era, cubriéndose la cabeza con una manta negra de las que se usan en Lima. —Peta—le dijo doña Rosa—¿á qué horas te apareces? —No me digas nada, hija-contestó quitándose la manta con presteza—que la mañana me ha sido muy atareada. Monseñor, buenos días.... Don Juan ¿cómo está usted? ¡Oh Alfonso! ¡hijo de mi alma! ¿No te acuerdas de mí? ¡Ven á mis brazos! Urzúa correspondió el afecto de su tía Peta, la prima de su difunta madre; la compañera inseparable de aquélla y de todas las Azuaga, con quienes compartió sus días de juventud, y que ahora, en sus cincuenta y ocho años, estrechaba su intimidad con doña Rosa, la única que quedaba de la familia. Naturalmente, las atenciones fueron para Alfonso, que tuvo que satisfacer por partida cuádruple las preguntas de monseñor, de don Juan y de sus tías. De todo le preguntaron, especialmente de su viaje, de lo que era la vida en Iquitos, y de si era verdad que aquellos salvajes de los ríos fluviales querían ser independientes. Alfonso tenía fácil palabra y satisfizo la curiosidad de todos. Terminado el almuerzo, doña Rosa ordenó á las niñas que fueran á sus quehaceres, pretexto de que se valía la madre para ahuyentarlas de la sobremesa, donde Peta y monseñor contaban lo que pasaba en Lima; y como á veces había algo de inconveniente en estos cuentos, la señora provocaba de esa manera la ausencia de sus hijas. —¿Y qué hay de nuestro asunto?—preguntó doña Rosa á monseñor. —Nada he podido hacer en estos días, pues S. I., el señor Arzobispo, ha estado muy ocupado y de muy mal humor por un disgusto que ha tenido con el Presidente. —En el cual S. I. tiene razón—dijo Peta interrumpiendo. —¡Qué no sabrá esta mujer!—exclamó don Juan de la Cruz. —Pero, vamos á nuestro asunto—dijo doña Rosa. —Pues bien—continuó el canónigo.-Esta mañana le encontré tomando el desayuno con uno de sus familiares, y con mucha diplomacia volví á hablarle de Marta Avellaneda, y de lo conveniente que sería para la Iglesia que ella tomara la herencia que le ha dejado el tío. Que esta niña, como buena esposa del Señor, prometía hacer muchos bienes al convento, á los pobres, dar una gran limosna para el Dinero de San Pedro y para la reconstrucción de la casa arzobispal. «Ya lo comprendo, me contestó. Te ves derrotado en el terreno de los cánones que establecen la severa disciplina de la Iglesia, y te propones seducirme ahora con dádivas y limosnas. Monseñor: no conseguirás nada. Marta Avellaneda es monja, ha muerto para el mundo y no puede heredar.» —¡Vaya con un señor tan terco!—exclamó exaltada doña Rosa. —Continué hablando sobre mi propósito y defendía con calor mi solicitud, apoyado en los mismos cánones de que me hablaba S. I., cuando le entregaron una carta que leyó en alta voz el familiar, en la cual, la abadesa de Santa Mónica se quejaba del hambre que hay en su convento por la negligencia del síndico, á quien, en términos muy comedidos, se acusaba de haber rebajado las raciones de pan, carne y verduras, y por lo cual se hacía indispensable, decía la abadesa, pedir su renuncia al señor Olivares para nombrar otro síndico. —Todo esto es muy cierto—dijo Peta.—Qué me contarán á mí, cuando Juanita, la madre abadesa, es de tú y vos conmigo y todo me lo ha dicho. —S. I.—prosiguió el canónigo- se molestó muchísimo con la queja. Dejó de tomar su chocolate é hizo visible su enfado contra las monjas, diciendo que eran unas mal agradecidas al hablar así de Sinforoso Olivares; que jamás habían tenido un síndico más honorable ni que les dedicara tanto tiempo; y, por último, que Sinforoso no sería removido de la sindicatura. Siguió hablando sobre esto mismo hasta que entraron otras personas, y ya no fué posible insistir en el asunto de ustedes. —Dios se lo pague á las benditas monjas—dijo doña Rosa—y al ladrón de Olivares, que por culpa de la tal carta no se ha resuelto hoy nuestro asunto, como yo lo esperaba. —Yo creo que nuestra causa está perdida-contestó monseñor.—S. I. es muy tenaz y no cambiará de opinión. Cierto que es muy sensible ver pasar á otras manos el millón de soles que el finado don Atanasio le dejó á Martita; pero la verdad es que el Arzobispo tiene razón: las monjas no pueden heredar según el derecho canónico, y Marta tenía un mes de profesa cuando fué instituida heredera. —Y bien, monseñor, ¿qué pasa entre el Arzobispo y el Presidente?-preguntó el señor García. —Sencillamente—contestó el señor Zavaleta,—que S. E. se ha propuesto echar abajo el palacio arzobispal para hacer una sola fachada con la catedral; y S. I. se niega á permitir tal desastre en su morada, y con razón, pues dinero no faltará para derribar el edificio; pero una vez en el suelo no habrá con qué reconstruirlo, y aquello se quedará así por una eternidad. El Presidente se ha molestado de la negativa y no quiere pagarle sus sueldos á nuestro digno prelado. Monseñor puso término á la conversación levantándose de la mesa y despidiéndose de los presentes. Urzúa hizo lo mismo y se encaminó al hotel. A las dos, los tres delegados entraron á Palacio, donde fueron recibidos por un edecán que los condujo á presencia de S. E. el Presidente de la República, quien los recibió de una manera privada y sin ninguna manifestación oficial, haciéndose acompañar, en la entrevista, por los ministros de Gobierno, Relaciones y Guerra, y por su secretario. —Os doy la bienvenida, ilustres hijos de Loreto— les dijo.-Si vuestra misión es de paz y vuestros propósitos los de unir, aún más de lo que están, vuestro suelo de montaña con los de la sierra y la costa, creedme que encontraréis en mi Gobierno la más decidida protección. Debo declararos, con la sinceridad que me caracteriza, que la República entera está en contra de vuestras aspiraciones autonómicas, bajo la forma federal que habéis proclamado, y que, acatando sus deseos, me he visto obligado á enviar un buque de guerra á Iquitos, con suficientes fuerzas para practicar un desembarque. Dicho buque ha llegado á Manaos, y por cable he dado orden al comandante general de la expedición, para que limite sus operaciones bélicas al bloqueo de vuestro puerto fluvial. He tomado esta resolución, en vista del cablegrama de la junta de gobierno, que preside el Dr. Egoavil en Iquitos, anunciándome vuestro viaje, y suplicándome que evite toda acción hostil hasta no ponerme al habla con vosotros. Contestó el señor Palomares en los siguientes términos: «Excelentísimo señor: La delegación que tengo el honor de presidir agradece, en su propio nombre y en el del pueblo loretano, la bienvenida que le habéis dado, y vuestros deseos, muy patrióticos, de que sean mayores los lazos de unión, que Dios bendice, y que nos ligan á nuestros hermanos de la costa y de la sierra. "Indudablemente, la Divina Providencia, muy pródiga en repartir riquezas en todo el suelo de la República, tuvo preferencias por la región de los bosques, por esa tierra bendita, libre y fecunda, donde hemos nacido. ¿ Qué son los áridos campos de la costa y los raquíticos valles andinos, comparados con nuestro suelo plano, fértil, vasto como el Océano, y propicio para el cultivo de todos los frutos tropicales? ¿Qué valen vuestras mentadas minas de la cordillera comparadas con los placeres y filones de oro macizo que posee en abundancia toda la ceja de la montaña? Mucho se nos ha dado, pero por esto mismo la República tiene fundadas exigencias para con nosotros, y, aunque sea inmodesto decirlo, es la verdad que hasta ahora hemos cumplido con nuestro deber." "Sin embargo, no tenemos los medios políticos que necesitamos para realizar nuestros propósitos. Al lado del hombre que en los bosques lucha con las fieras, con los salvajes, con las furiosas tempestades y con el paludismo que aniquila, está la autoridad política enviada de Lima como á su feudo, que hace más daño que las fieras, que el clima, que los salvajes, que las tempestades y que el paludismo. Allí todo es soportable, menos el jefe de la administración pública, que no conoce la región que gobierna, ni las necesidades de ella; y que cuando principia á darse cuenta de lo que es aquello, regresa á la capital por diversas causas. Así, no podemos ir adelante. La Monarquía se hizo imposible en el Perú y por eso vino la República. En Loreto es imposible el centralismo de Lima, y ha sido necesario proclamar la Federación." Los ministros escuchaban con cierto malestar el lenguaje libre y franco del montañés. Acostumbrados á ver delante de S. E. á hombres hambrientos pidiendo un puesto público, á políticos de mala ley intrigando para derribar un ministerio, ó para obtener un monopolio ó un negociado con el Estado, todos los cuales se presentaban delante del califa humildes y sumisos, les extrañaba esa especie de desacato, esa falta de forma con que el señor Palomares exponía sus quejas. Prosiguió el delegado en su peroración, y abordando el asunto elecciones, habló resueltamente sobre la manera como la política de Lima imponía los representantes de Loreto, sin que ese desgraciado suelo pudiera nunca hacer sentir sus necesidades en el Congreso. «Varias veces, añadió, que se ha tratado de imponer la voluntad departamental, avasallando influencias contrarias que pretendieron realizar el fraude, nos hemos quedado sin representación en el Parlamento por largo tiempo; seis años duró, una vez, esta anómala situación.» S. E. puso término á las quejas del señor Palomares, y llevó la cuestión á un terreno menos espinoso. —Vamos á la práctica—dijo.—¿Qué pretende Loreto? —Unicamente—contestó el señor Palomares—la forma autónoma que la constitución del Brasil ha concedido á sus Estados, en virtud de la cual, Loreto, debiendo contribuir con dinero al sostenimiento del gobierno de Lima, ha resuelto fijar ese contingente, para principiar, en un millón de soles anuales, entregables por trimestres de 250,000. S. E. preguntó al ministro de Relaciones cuáles eran los puntos sustanciales de la legislación del Brasil, en su parte federal. Este, algo cortado por su ignorancia en la materia, contestó exponiendo generalidades sobre la forma en cuestión. El señor Pazmiño le sacó de apuros, entregando á Urzúa un ejemplar de la constitución aludida, y pidiéndole que leyera la parte pertinente al caso. —Y bien, mis queridos ministros ¿qué piensan ustedes de todo esto?—les preguntó el Presidente. Contestó primero el de Gobierno, el coronel Huapalla, que era el presidente del Consejo; le siguió el de Relaciones, el doctor Ferrier; y, por último, habló el de Guerra, don Bonifacio Calzetas. Cada uno á su turno expresó su opinión, decididamente adversa á la autonomía de Loreto. Quien más la combatió fué el coronel Huapalla, que con un cinismo notable, manifestó que el gobierno no estaba muy firme por causa de su intervención en las últimas elecciones, y que aunque los deseos de Loreto fueran justos, no era el momento en que se le podía hacer justicia; pues ello implicaba un nuevo choque con la opinión pública, abiertamente pronunciada contra el gobierno federal de Iquitos. La polémica duró media hora más, sin que al fin de ella se llegara á ningún acuerdo. En la despedida, el Presidente prometió á los señores de Loreto ocuparse de preferencia sobre la misión que les había traído, y convocarlos muy en breve para una segunda reunión. IV Urzúa se dirigió en un coche al monasterio de Santa Mónica. Atravesó la vetusta puerta y penetró en un espacioso salón, cuyas elevadas paredes, hechas de adobe y pintadas con cal, sostenían un hermoso techo de caoba tallada, construcción rica y costosa, que hacía contraste con lo desmantelado del lugar, y su pavimento, de piedra rodada, sucio y húmedo. Al fondo había otra puerta de color verde, profusamente tachonada con enormes clavos de bronce, y sobre la cual se había colocado, con gruesos caracteres, un rótulo que decía: Casa de Dios. Puerta del Cielo. Un torno, también de caoba, pero muy viejo y mugriento, estaba ocupado por un hombre como de cincuenta años, de raro aspecto y de mísero ropaje. Urzúa le observó con curiosidad. Había tanta vaguedad en su mirada, tanta exageración en sus gestos y movimientos, y tan marcadas señales de distracción en su fisonomía que, al verle, era imposible dudar de la anormalidad de su espíritu. No era un idiota ¡qué iba á serlo! cuando poseía todas las ruindades y los ansiados provechos del bellaco. Tampoco era un tipo desagradable: su rostro conservaba algunas facciones correctas y sus hermosos ojos eran azules. Las viejas decían de él, que estaba en el mundo por causa de un incesto cometido por un marqués. Era glotón como un marrano y rabioso como un perro hidrofóbico; en cambio, su cuerpo jamás despertó á los estímu-los de la lujuria. Esta acrisolada castidad encantaba á las monjas, quienes le habían tomado á su servicio como mandadero, y se permitían, sin orden superior, introducirle en el convento y aprovechar sus hercúleas fuerzas para cargar muebles y objetos pesados. Urzúa se acercó al torno en los momentos en que la madre portera daba algunos encargos á su bienaventurado servidor, que parecía algo trastornado esa tarde. —Monongo—le dijo.—Irás donde S. I. para recoger la contestación de la madre abadesa. Eso, en primer lugar. Después, donde misia Rosa Azuaga, á quien darás la carta que te acabo de pasar. ¿Has entendido, alma de Dios? —Sí, he entendido—contestó de mal humor el descendiente del misterioso marqués.—Primero donde el condenáo del arzobipo. —Monongo—le interrumpió la monja—te he dicho que esa palabra es fea y no debes repetirla. —Bueno. Primero donde el arzobipo y después donde la amoláa de doña Rosa, que siempre me tiene una hora platáo en el comedor para darme la contestación, y que me hace mil preguntas, por un poquito de chocolate con bicochos fríos que me da. Dejó el puesto el mandadero y se fué refunfuñando. Ocupó su lugar Alfonso, quien llamó con las consabidas frases: «Dios gracias», las que contestó una voz de mujer: "por siempre sean dadas". Expresó, luego, su deseo de visitar á su prima Marta; y para identificar su persona, le fué necesario contar toda su historia, y hasta su llegada de Iquitos, en calidad de insurrecto. La monja suspiró al oír pronunciar el nombre de Lía Azuaga, la madre de Alfonso, refiriéndole lo mucho que la había conocido, y lo que la finada la había ayudado en unos amores desgraciados que tuvo. "La comunidad está en el coro, le dijo, y tan pronto como termine su rezo, llamaré á Marta, que hoy se llama sor María de la Inmaculada. ¿Tendrá paciencia, Alfonso, en aguardar?" Después de contestarle afirmativamente, tomó asiento en una tosca y maciza banca de roble, único mueble que vio en tan extenso salón. En un extremo dormitaba, muy acurrucada, una morena y anciana mujer, envuelta en su manta de merino negro, y despertando en ese momento miró al recién llegado con esa fijeza propia de los viejos. Urzúa la reconoció en el acto y la llamó por su nombre: "¡Ña Melchora!" Puso ella más atención, y habiendo reconocido al que la llamaba, exclamó: "¡Alabado sea Dios! ¡si es el niño Alfonso! ¡Pobre su merced, la niña Lía, que no puede verlo ahora que está tan grande." La anciana le abrazó con afecto. Urzúa recordó su infancia y sus días de travesura, soportados pacientemente por esa buena servidora de sus abuelos, que entró de esclava á su casa á los veinte años, que quedó inmediatamente libre por amamantar á uno de sus tíos, y que en sus setenta y cinco años se mantenía fiel á doña Rosa, la única Azuaga que quedaba con vida. —Cuánto gusto tengo en verte, Alfonsito. Ayer me informaron de tu llegada y de que hoy almorzarías en casa. Yo salí temprano y todavía no he vuelto. He venido á ver á Martita. Tú, también habrás venido á lo mismo. ¡Ay, Alfonsito! ya te contaré con calma el triste fin de su largo noviazgo. Marta, hija única de don Rafael Avellaneda y Salacios, se distinguió desde muy niña por su gracia y talento, por su belleza, por los encantos de su amable carácter y de su inagotable alegría. Unía á esto una inteligencia superior, notable facilidad para hablar y escribir, y una elegancia que hizo de ella la reina de la moda, entre las señoritas de su edad. Educada en el colegio del Sagrado Corazón, captose allí el aprecio y la amistad de numerosas condiscípulas de la clase aristocrática á que ella pertenecía por su madre. Con estas relaciones y las envidiables cualidades que ella reunía, la vida social le filé grata. Doña Rosa y su padrastro no poseían gran fortuna; pero sí la suficiente para vivir con lujo en una magnífica casa de la calle de Belén. En ella, Marta, recibía los domingos al círculo de sus amistades, y se cuenta que llegaron á ser tan amenas, y tan fructíferas en matrimonios, esas tertulias, que adquirieron fama en Lima. Una señorita, María Teresa Barba, y otra de apellido Vila, encontraron no-vio y marido en esa casa, lo que no era tan fácil en la Ciudad de los Reyes por aquellos tiempos de miseria. Ya es de suponer, dados los atractivos de Marta en sus primaverales veinte años, cuán numerosos serían los pretendientes que asediaban su corazón y su mano, ninguno de los cuales consiguió despertar sus dormidos sentimientos de amor. El mejor parado, no por las preferencias de ella, sino por la decidida protección de doña Rosa, era un joven muy simpático y muy correcto, que acababa de heredar, por la muerte de su padre, un millón de soles. Picada Marta en su amor propio por esta imposición, le trataba con frialdad, para cortar de raíz toda pretensión amorosa de Polidoro Iturralde, que así se llamaba el rico, enamorado, y por ella no correspondido joven. La señorita Avellaneda era pobre. Su padre al morir no le dejó nada; y aunque doña Rosa tenía algo, muy poco le podía tocar de estos bienes, desde que toda aquella escasa fortuna debía dividirse entre ella y sus hermanos del segundo matrimonio. Sin embargo, Marta tenía por tío carnal á don Atanasio Avellaneda y Salacios, hermano de su padre, quien había acumulado en los setenta y pico de años que llevaba de existencia en el mundo, la enorme suma de seis millones de soles, en su totalidad depositados en Londres. No dejaba de ser algo misteriosa la manera como este señor, que apenas heredó de sus padres unos cuantos miles, pudo haber adquirido tan enorme capital. Es cierto que pocos hombres reunieron en tan alto grado las cualidades de valor, de sufrimiento, de audacia, de avaricia, de perseverancia y de crueldad que caracterizaron su indomable modo de ser. Dotado de una naturaleza de hierro, tuvo por campo de acción el mundo entero, y dominado por un espíritu de aventura, se dice que fué hasta pirata en las costas del Africa. Hablaba siete idiomas, no quedando una sola zona rica en los cinco continentes que no visitara y en la que no trabajara. El primer millar de onzas de oro lo hizo en las minas de Copiapó, en Chile. De allí fué á California y posteriormente á las minas de Diamantes del Sur de Africa. Cuando regresó á Lima de estos viajes ya era muy rico. Había cumplido cuarenta y ocho años, de los cuales llevaba de ausencia veintiocho. No le faltaron deseos de radicarse en su patria é invertir en ella parte de sus riquezas; pero bien pronto se convenció de que el Perú de aquel entonces, por las revoluciones que lo ensangrentaban, no era su centro de acción. Nuevamente se le vio abandonar las playas del Pacífico y seguir su vida de avaricia, de aventuras y de infatigable trabajo. No se casó nunca y se dice que no tuvo hijos. Los sesenta años le sorprendieron trabajando y acumulando dinero; pero la salud comenzó á faltarle y, cosa rara, se apoderó de su espíritu la nostalgia de la patria, cierto deseo de vivir en ese suelo que nunca había amado. Todo esto le trajo á Lima, por segunda vez, á donde llegó casi como un mendigo. Se hospedó en un tambo de indios y comía en una fonda de chinos. En esta situación, doña Rosa fué á buscarle para traerle á su casa. Le hizo comprender que siendo su cuñado, el tío carnal de su hija, no lo podía abandonar. El viejo ofreció pagar cinco soles mensuales por su comida y por un cuartito que se le diera en el traspatio de la casa; doña Rosa se negó á todo esto, diciéndole que no era decente cobrarle nada. Como el viejo insistiera en no ir de otra manera, temeroso de que lo echaran al día siguiente, arregló al fin con su cuñada un convenio, en virtud del cual, la señora García ó sus herederos darían á don Atanasio casa y comida hasta el fin de sus días, mediante la suma de cuatrocientos soles, entregables en cinco años por partidas adelantadas de ochenta soles cada año. El contrato quedó formalizado por escritura pública, y las partes quedaron contentísimas de lo pactado. Doña Rosa consiguió su propósito de traerle á su hogar, donde esperaba domesticar su avaricia y sacarle un testamento á favor de Marta. A su vez, el viejo púsose á recordar los leoninos negocios que había hecho en su vida, y no encontró uno tan judaico como éste. Fué por este medio que el archimillonario Avellaneda entró en casa de la familia García Azuaga, en la que se le llegó á tomar cariño; pues don Atanasio, en quitándole la avaricia, era un excelente hombre. No le faltaba imaginación y memoria, cualidades que le hacían muy entretenido, cuando de sobre mesa contaba sus viajes por el mundo, llenos de peligrosas aventuras y de originales lances. Doña Rosa, que conocía su lado débil, le daba de balde ropa limpia y de cuando en cuando los vestidos usados de su marido. Todas estas mezquindades caían muy en gracia á la familia García y tenían al viejo lleno de gozo. Cuando el anciano entró en la casa, Marta acababa de cumplir diez años. Sus gracias y travesuras cautivaron al tío, que llegó á encariñarse completamente de su sobrina, al extremo de llorar cuando la chiquilla peleaba con él y le reprendía, ó de no comer y enfermarse cuando ella se ausentaba por varios días de la ciudad. A su vez, Marta, con toda la ingenuidad consiguiente á sus pocos años, y sin que en ello hubiera interés, llegó á tomarle gran efecto. La sangre Avellaneda de una manera instintiva se reveló en ella, encendiendo amor en su alma por la gente de su origen. El viejo le regalaba juguetes de á dos por medio y confites de á real la libra, que ella pagaba con ardientes besos; no empleando iguales caricias con su padrastro, no obstante que los juguetes de éste valían soles y no centavos. Los veinte años cumplidos por Marta alcanzaron al tío en plena decadencia física. Más de una vez tuvo que guardar cama por cuatro ó cinco días, para curarse de terribles constipados, que especialmente en invierno le repetían con frecuencia. Era entonces, en esas tristes horas de soledad y casi de abandono, cuando Marta más le acompañaba, y mutuamente se hacían el tiempo, agradable. Ella, contándole tonterías y amoríos de sus amigas, que el viejo oía con gran contento por la gracia y el encanto con que su sobrina hablaba, y él, refiriéndole historietas sociales de la época de Echenique, Castilla y Pezet, que ponían á la muchacha al corriente del origen y de las indecencias que tenían á cuestas algunas familias que visitaban su casa, de las cuales el tiempo y la posterior buena conducta habían borrado lo ocurrido en esos antaños tiempos. Era tan agradable la compañía que la joven proporcionaba al avaro, que se fingía enfermo para tenerla á su lado; y más de una vez, por estas mañas, Marta se privó de atender á sus amigas en las tertulias de su casa y de asistir á fiestas públicas. Por estos tiempos de las chocheces del tío millonario, de los veinte años de Marta, y de las pretensiones amorosas de Iturralde, fué presentado á casa de la familia García Azuaga el joven Carlos de Orbea y Barbanera, que por las dos ramas de su origen pertenecía á lo más aristocrático de Lima. De mediana estatura, ya en los veinticinco años, singularizábase por la suave expresión de sus azules y hermosos ojos, su pelo rubio como el oro, su espíritu alegre, y su fisonomía franca, simpática y en extremo atrayente. Su familia estaba incluida en el corto número de las que resistieron el desastre económico de la primera época republicana, tan fatal para la nobleza y la aristocracia que figuró en los comienzos del siglo XIX. Su padre heredó propiedades por valor de medio millón de pesos, y al morir sólo legó pleitos é hipotecas.No tuvo más vicios que la ociosidad y el orgullo, y sus administradores que le conocieron á fondo, le explotaron con talento y se quedaron legalmente con parte de las riquezas que él perdió. Por fortuna para su familia, pasó á mejor vida estando joven: si hubiera vivido más tiempo, habría llegado á la mendicidad. Casó á los treinta y tres años con una señora de treinta y cinco, doña Francisca Barbanera y Quiroz, hija de don Tomás Barbanera y Quintanilla, coronel del Real Regimiento de la Numancia, allá por los años del virrey Abascal. De este matrimonio nació Carlos Orbea, que fué hijo único y la adoración de su madre y de sus tías carnales, doña Chepita y doña Candelarita, hermanas de doña Francisca. En muy rancia atmósfera creció el niño Carlos. Sus tías le criaron con todos los mimos y las añejas costumbres en que ellas habían sido educadas. Le tuvieron vestido de mujer y con crespos hasta cerca de los seis años, dedicando á su servicio, sólo para que jugaran con él, un negrito y una vieja. El chiquillo, que no era tonto, llegó á comprender que era el amo de la casa, y se puso tan engreído y tan malcriado, que á los doce años fué necesario ponerlo de interno en el colegio jesuita de San Pedro. Allí, el padre Arréjola, de muy grata memoria para los que se han educado en ese plantel, conoció la bondad y la inocencia de su alma, y apoderándose de su corazón, le educó en el temor de Dios y en el verdadero amor al prójimo, habiendo obtenido un alumno tan obediente y aprovechado, que tuvo tentaciones de conquistarlo para el cielo y para mayor lustre de la propaganda de San Ignacio. Las solteronas Barbanera, á pesar de su beatitud y respeto á los jesuitas, se opusieron tenazmente á sus pretensiones, comprendiendo que la toma de hábitos del único Orbea y Barbanera, significaba el término de su descendencia. El sobrino fué sacado del colegio de San Pedro y puesto en la Universidad de San Marcos. Había cumplido veintitrés años y estaba para graduarse de bachiller en ciencias políticas, cuando una noche, encabezando un grupo de numerosos condiscípulos, en una manifestación política, delante de los balcones de Palacio, fué herido en una pierna. Tan casual desgracia puso á las Barbanera á punto de perder el juicio. Felizmente la herida no fué grave, y esta declaración, hecha desde un principio por el doctor Villasana, médico muy antiguo de la casa, volvió á regularizar las funciones mentales de toda la parentela y servidumbre del joven herido, quien tardó como un mes en curarse. Habiendo quedado muy débil, por consejo del mismo médico, lo enviaron á Madrid, para seguir sus estudios al lado de un tío paterno, con quien el sobrino hizo muy buena amistad, y en cuya agradable compañía vivió dos años, regresando después al Perú sin haber estudiado nada. A la vuelta de este viaje, Orbea fué presentado en casa de doña Rosa; y cómo no había de ocurrir así, siendo por ese entonces el niño mimado de los salones de Lima y del numeroso círculo de sus amigos, entre los que brillaba por su elegancia, su distinguido porte, su buen nombre, su amable carácter, y su fecunda imaginación! Marta encontró en él el ser superior que había soñado, y desde el primer momento quedó fascinada por su hermosa presencia. Posteriormente tuvo ocasión de tratarle con bastante intimidad en el balneario de Chorrillos, donde ella estaba con su familia de temporada, y fué entonces cuando quedó verdaderamente encantada de su trato y de sus sentimientos. Acostumbrada doña Rosa á la insensibilidad de su hija, no dio importancia á sus primeros entusiasmos; pero no pasó lo mismo cuando se dio cuenta del amor recíproco que los dos jóvenes se habían jurado. Mujer rara en su modo de pensar y de querer, creía imposible un amor loco, intenso, terriblemente apasionado que lo arrollara todo. A su juicio, esto no era natural, y sólo podía acontecer en personas que no tuvieran buena y sólida educación ó que les faltara dignidad personal. Pensando así y encontrando insoportable el romanticismo de su hija, la ridiculizó hasta volverla á colocar en el nivel de seriedad y circunspección en que la había educado. Naturalmente, experimentó antipatía por el trastornador del cerebro y del corazón de su hija, y al verle dotado de poderosas cualidades físicas y morales le tuvo miedo, y de una manera instintiva comenzó á odiarle. Orbea, comprendiendo la dificultad en que se encontraba, trató de captarse el aprecio de la familia; pero joven, sin experiencia, sin flexibilidad para la mentira, la adulación ó la hipocresía, no supo hacer bien su papel y cayó en ridículo. Doña Rosa explotó la situación y obtuvo el enojo de Orbea, que también se indispuso con la hija, y que, comprendiendo que en Lima le faltaría voluntad para no verse con Marta, á quien seguía amando, se embarcó nuevamente para España, donde su tío le llamaba con insistencia, resuelto á no volver al Perú. La madre cantó victoria, pero la hija se afectó tan profundamente por el abandono de Carlos que su estado moral se hizo alarmante para su padrastro, para don Atanasio y para sus hermanos. Sólo doña Rosa permaneció indiferente, ó, por lo menos, así parecía estarlo. Aconsejada Marta por su tío el millonario, y servida por una de sus mejores amigas, que se prestó á servir de intermediaria en una correspondencia con España, envió su primera carta á Carlos. En uno de sus acápites le decía: "....Seguramente estarás creyendo que han bastado algunos meses de ausencia, para que mi alma encuentre consuelo en otras afecciones, no diré humanas ya que esto sería sacrilego para tu memoria, pero tampoco en la confortable fuente de la devoción divina; aunque es cierto que no he pedido á Dios alivio de mis penas, conformidad en mi desgracia, y menos que me haga olvidar el inmenso cariño que siempre te profeso... Qué diferencia entre tu amor y el mío! Te fué suficiente una contrariedad, una falta de inteligencia con mi madre para que abandonaras tu familia, tus amigos, tu Marta. A mí: ni tu brusca despedida, ni tu ausencia, han bastado para dejarte de amar un solo día, para perder la fe muy profunda que tengo en Dios de que seamos algún día felices.. " Carlos, que buscaba en Madrid los medios de consolarse de una pasión que tan terribles estragos había hecho en su alma, y que principiaba á conseguir su objeto en el amor mundano, experimentó una resurrección de su afecto. Las palabras de Marta repercutieron en su alma y tuvieron eco en su conciencia. Obtuvo ella contestación de su amado y rota la etiqueta epistolar, fueron numerosas las cartas que se escribieron. Doña Rosa, que ignoraba todo esto, notó con satisfacción el despertar de su hija á sus antiguas alegrías. Petita Otzuarte, por inclinación al oficio y por devoción á su prima Rosa, hacía el papel de policía secreta; pero con tan mala suerte, que ni siquiera tuvo sospechas de lo que pasaba. Marta y su madre se confesaban con el padre Arréjola, de la Compañía de Jesús, que había educado á Carlos y que tenía adoración por él. Naturalmente, la señorita Avellaneda le abrió por completo su corazón, y le puso al corriente de las cartas que partían y que venían de España. No teniéndolas todas consigo el confesor, consultó con el padre superior y el padre Aspárrena (hombre de consejo en la orden), si había pecado en que una niña hiciera lo que Marta estaba haciendo. El caso fué tratado con atención por los tres discípulos de Loyola, quienes juzgaron el asunto, en primer término, de una manera absoluta; esto es, si había pecado en que una señorita de más de veinte años se carteara con un caballero cristiano y poseído del santo temor de Dios, con el objeto de casarse con él. Naturalmente no hubo cuestión y, por unanimidad, los tres venerables varones resolvieron que era lícita y exenta de malicia esta conducta. Pero no pasó lo mismo cuando el padre Aspárrena planteó el asunto en el terreno de que había desobediencia y, por tanto, pecado, en que una hija hiciera cosas que no podían agradar á su madre si ésta las supiera. El padre superior sostuvo que, ignorando la madre lo que pasaba, no había mandato de parte de ella, y no habiendo mandato no podía haber obediencia ni desobediencia. Que cuando más, el acto podía calificarse de imprudencia temeraria de parte de la joven en hacer una cosa grave sin consentimiento de la madre; pero que, no siendo la acción mala, ni pudiendo tener malas consecuencias para la felicidad de los dos enamorados, esa imprudencia no era pecado. El padre Arréjola convino en que el superior tenía la razón, y siguió confesando á Marta, su muy amada hija en el Señor, sin prohibirle su quincenal cambio de cartas con su presunto esposo. Orbea completó dos años en Madrid. Su tío le tomó cariño; viejo y solterón, encontró compañía, afecto y distracción en sus locuras. "No te muevas de mi lado, le decía. Sigue acompañándome los pocos años que me restan de vida, y heredarás mi modesta fortuna." Carlos hubiera seguido sus consejos á no haber estado influenciado por su madre y por Marta. Aquella le decía en una de sus cartas: "No sé hasta cuándo pienses permanecer en Europa, siendo para mí lo más desagradable en esta ausencia, el abandono que has hecho de tus estudios. Pocos años me restan de vida, y ya puedes imaginarte la impaciencia que me domina por verte á mi lado. Cada día estoy más achacosa, y el temor de morir sin echar sobre tu cabeza mi última bendición, me tiene nerviosa y enferma. Además, desearía verte en Lima, ocupando en lo social y en la vida pública el puesto que corresponde á tu talento, á tu linaje y á las prebendas de que gozaron tus abuelos. Has estudiado dos años ciencias políticas y no veo inconveniente en que reanudes tu carrera. En poco tiempo más serías doctor y tendrías entrada á cualquier puesto diplomático ó administrativo. También estoy ansiosa de verte casado, ya sea con Marta ó con cualquiera otra de tu clase; aunque á decirte la verdad, preferiría no fuese con ésta; no por ella, que es una buena niña, sino por Rosa, su madre, que es muy difícil para todo. Es una ventaja casarse joven, y tú, que puedes hacerlo en el día, no debes privarme del placer que experimentaría al conocer á mi nieto, antes de entregar mi alma á Dios...." Cansado Carlos de la vida ociosa y disipada que llevaba en Madrid; y sugestionado por las palabras de Marta, tan llenas de amor y de fe, decidió regresar á Lima, cumpliendo así la voluntad de su madre. El tío no estuvo razonable ante la justa determinación de su sobrino. Le trató de ingrato, de cruel y de insensible. La despedida fué casi un rompimiento. Orbea recibió el saludo de doña Rosa, lo que le obligó á verse con la familia. Felizmente el salón estaba lleno de visitas y así pudo disimularse la frialdad de relaciones entre la dueña de la casa y el recién llegado. Marta comprendió que su madre no había cambiado en nada sus hostiles sentimientos, y viendo que en su casa no había lugar para verse con Carlos, encontró la manera de conversar con él, una vez por semana, en el hogar de una amiga de colegio. No pudo conseguir la señora Orbea que su hijo volviera á sus estudios universitarios. Alegaba él que, siendo pobre, no le quedaba otro recurso que dedicarse al trabajo material, como único medio de hacer fortuna en poco tiempo. La familia Barbanera poseía una chácara de pequeña área en las afueras de Lima. En ella se fijó Carlos para trabajar, y deseando sembrar caña, se vio obligado á pedir un crédito sobre la propiedad, siendo esta hipoteca la segunda; pues la primera se hizo para los gastos extraordinarios que demandó su viaje á Europa. La vida de los dos enamorados entró en un período de calma. Marta partió su corazón y lo entregó por mitad á Dios y á su amado. Su templo favorito era San Pedro. En él se confesaba cada mes, oía misa todos los días y se reunía con sus amigas en las congregaciones del Perpetuo Socorro y en otras. Entregada al misticismo y á su contrariado amor, insensiblemente perdió la alegría de su espíritu; se volvió apática, y hasta se le hizo pesado cumplir con sus deberes sociales. Su madre, que veía con desagrado esa transformación, se burlaba de su piedad religiosa, de sus escrúpulos por los bailes, por el teatro y por la moda, de la que había sido reina en años anteriores. "Podrás engañar al mundo y tal vez engañarte á ti misma, le decía; pero para Dios y para mí, que leemos en tu corazón como en un libro abierto, lo que hay en ti es encono, soberbia, terquedad. En tu despecho pretendes hacer ostensible tu amor, tu sufrimiento, tu contrariedad, para molestarme y poner en trasparencia mi conducta. Siquiera por delicadeza, ya que soy tu madre, deberías disimular mi falta, si ella pudiera existir, al impedir que te cases con un mozo badulaque y holgazán, que sólo te traerá la sangre azul y los pergaminos de sus abuelos." Si Marta encontraba ocupación en sus prácticas religiosas, Carlos, retirado también de la sociedad para corresponder á su amor, las hallaba en su trabajo agrícola y en la compañía de sus alegres y tunantones amigos. Visitaba muy de tarde en tarde, y jamás fué infiel con el más venial coqueteo; en cambio, frecuentaba demasiado los teatros, las carreras, la plaza de toros, y una que otra vez la sociedad de medio pelo, con motivo de bautizos de niños, en los cuales él ó alguno de sus amigos era el padrino; y aunque en esto último no había nada de malo, sino el deseo y á veces la obligación de honrar con el compadrazgo á un pobre hogar formado por esa gente de chácara con quien él tenía que rozarse, es la verdad que aquellos bautizos terminaban por una jarana á puerta cerrada, de la cual salían al día siguiente el niño Carlos y los demás ñiños, como les llamaba la zambería, avergonzados de lo bebido, de las marineras y resbalosas, y la lujuria natural de esa gente, que con la misma facilidad hace vida maritable por una semana como por toda la vida. Peta, que hacía causa común con doña Rosa, y que antes de almorzar recorría las principales iglesias averiguando con las beatas lo que pasaba en Lima, era la que llevaba los cuentos á la casa García Azuaga. Y, en verdad, que era un misterio para todos, el modo como se las componía para tener noticias de lo ocurrido en barrios tan apartados. Un acontecimiento de carácter económico vino á reagravar la difícil situación en que vivía Orbea desde que había reanudado su amor con Marta. Su inexperiencia en la labor agrícola y el poco capital con que contaba para el cultivo de la caña, lo pusieron exhausto de dinero, al extremo de no poder continuar su trabajo. Pedir más sobre el fundo era imposible, desde que ya gravaban sobre él dos créditos. Si Carlos hubiera sido franco con su madre, ésta hubiera hipotecado la gran casa en que vivía; pero la poca fe en el negocio que había emprendido y su excesivo sentimentalismo, le obligaron á guardar reserva con su familia. No pudo hacer lo mismo con Marta, que adivinaba en su semblante hasta sus más insignificantes contrariedades, y que, en esta vez, como en las anteriores, se impuso de la causa que le tenía preocupado. "Dios es muy grande, le dijo. Ten fe en Él y se te proporcionará el dinero que te falta." Carlos se sonrió de su credulidad y no volvió á ocuparse más con ella de este asunto; pero la señorita Avellaneda que encontraba salida en toda situación, por imposible que fuera, combinó un plan salvador, y se fué directamente donde el tío Atanasio, á quien encontró enfermo, y llorando, por las ausencias de su sobrina. "Tú eres la única que aquí me quiere, le dijo, y créeme, que si llegaras á faltarme me moriría de pena. Cada año me pongo más viejo y achacoso, y cuando no puedo ir al comedor, como ha pasado hoy, no almuerzo ni como, porque me es imposible hacerlo en esta soledad. Martita, ¡por amor á Dios! acompáñame, y si te casas, llévame á tu lado. ¡Que tenga yo una mano piadosa que cierre mis ojos cuando me muera!" La sobrina se conmovió. En realidad que él tenía la culpa de todo lo que le pasaba, por la vida de avaricia y de egoísmo que había llevado; pero ¿acaso por ser culpable era menos digno de lástima, y menos merecedor de consuelos? Con las lágrimas en los ojos le arregló la cama que la tenía en gran desorden, le abrazó, le besó y confortó su espíritu con palabras llenas de ternura y de caridad. "Levanta tu corazón á Dios, díjole hondamente emocionada. Pídele consuelos y alegrías que para Él no hay nada imposible. Eres injusto; por tu vida de aislamiento estabas condenado á morir como un perro, en manos de gente extraña, que te hubiera robado y acortado los días de tu vida. Y cuando todo afecto para ti parecía vedado en la tierra, Dios te pone en mi camino, y enciende en mi alma el amor que te profeso. ¡Te quejas y lloras! qué diré yo, que estoy sola en el mundo en mi amor á Carlos; que no encuentro, ni aun en él, una palabra de aliento, una mano que me levante del nivel moral á que he descendido; una voz que me hable mucho y conforte mi alma!" El viejo quedó más tranquilo. Viéndole Marta lleno de gratitud, aprovechó su estado de ánimo para contarle, con sagacidad, lo que ocurría á Carlos en su negocio agrícola; y dos ó tres días después, para insinuarle la idea de que hiciera el préstamo de los cinco mil soles que necesitaba. Don Atanasio se puso lívido al oír la proposición; sudó frío; no pudo hablar por un momento, al fin, contestó con rabia, diciéndole: —Respetuosa como has sido hasta hoy, nunca te atreviste á pedirme dinero; pero ya no eres la misma; estás dominada por ese joven y eres capaz de todo. Hoy lo pides; pero mañana si no lo consigues lo robarás. Ahora mismo me veré con tu madre para contarle lo que pasa y ver modo de salvarte del abismo á que caminas. Marta quedó anonadada. Sus pocos años, su poca experiencia en la vida, la colocaban en la difícil situación de no poder juzgar sus actos. —No sé—le contestó—qué crimen he cometido al pedirte que salves el crédito de un hombre que tarde ó temprano tiene que ser mi esposo. Sea lo que fuere, no insistiré en pedirte dinero; pero lo que no puedo consentir, porque no es cierto, es que me digas que es él quien me ha sugestionado esta idea. Carlos es demasiado caballero y muy digno para descender á cuestiones de interés. Soy yo quien lo ha ideado todo. Puedes creerlo ó no. Ello muy poco me importa. Pero lo que no harás hoy, ni nunca, es comunicar á otra persona la conversación que hemos tenido. Con la misma avaricia con que guardas tu plata, oculta en tu alma la diabólica suposición que ha inventado la pequeñez de tu espíritu; porque el castigo que yo daré á tu indiscreción será el hacerte salir de esta casa. No olvides que me entiendo admirablemente con mi madre, y que en todo me da gusto, excepto en este desgraciado amor que al fin acabará con mi vida. Marta abandonó el cuarto del viejo inmediatamente que acabó de hablar, sin una sola lágrima en los ojos y desafiándolo con la mirada. Posteriormente, don Atanasio, trató de reanudar la conversación para excusarse con su sobrina. Marta nunca le contestó nada, esperando con esta conducta conseguir el dinero solicitado. Excusado es decir que ni ésta ni ninguna otra decidieron al avaro á dar un centavo de sus inmensos tesoros. El desastre económico previsto por Orbea se presentó á su tiempo, con todo el cortejo de molestias y descrédito consiguientes á todo negocio que pierde su estabilidad. La chácara tuvo que ser vendida, habiendo sobrado, después de ser pagadas las dos hipotecas que la gravaban, unos seis mil soles, con los cuales Carlos resolvió irse á Loreto á explotar gomas. Marta vió con desagrado este proyecto de viaje. Para ella, como para toda la familia Orbea, aquella aventura sólo era propia de hombres desesperados, que quieren cambiar salud y aun vida por dinero. Sin embargo, toda aquella gente vivía tan fastidiada, especialmente la madre de Carlos, con la atención que en sociedad se daba á los actos de doña Rosa y á la vida privada del joven, que al fin todos consintieron en este viaje. Orbea partió por mar y embarcado llegó hasta Iquitos. Tomó esta vía para no oponerse á la voluntad de su familia, que le prohibió el viaje por tierra, en el cual sólo hubiera gastado la mitad de tiempo y de dinero. Su madre cubrió su cuerpo con escapularios y reliquias de santos, y llenó su alma de bendiciones y consejos. Marta se hizo cargo de su corazón, y consolándole en su inmensa pena levantó su espíritu, infundiéndole fe y esperanza. Avergonzado el joven de su ingratitud con el padre Arréjola, á quien hacía un año que no veía y cinco que no se confesaba con él, le pidió por escrito permiso para que le recibiera y le echara su bendición. Al día siguiente, muy de mañana, encontró en su casa la siguiente respuesta: "Hijo mío en nuestro Señor: He recibido tu carta; y me apresuro á responderte antes de entregarme al descanso, porque mi ánimo conmovido con su lectura no me dejaría reposar, si no le diera este desahogo, asegurándote que siempre soy tu padre, tu hermano, tu amigo de confianza, tu médico, tu pastor y tu juez lleno de misericordia. Puedes, pues, venir á buscarme, el jueves á las seis de la tarde, que, Dios mediante, estaré á tu disposición, en esta tu casa, y podré consolarte en el Oratorio. Comprendo tu situación, leo en tu conciencia, conozco tus miserias, y desde ahora te protesto que nada podrá sorprenderme de cuanto me digas. Te ofrezco también, que dulcificaré cuanto me sea dado los momentos que pases á mis pies, porque soy padre y eso lo dice todo. No vaciles, pues, ni temas al acometer la santa empresa de rehabilitarte ante Dios, ante ti mismo y ante tu indigno padre. ¡Pobre de mí, si no supiera compadecerme de ti! ¡Oh! ¡que Dios bendiga tu santo propósito, fortifique tu generosa resolución, y ensanche tu corazón opreso por la culpa. ¿Sabes tú si este paso será el primero que te abrirá las puertas del cielo? Yo no lo dudo, hijo mío, porque San Agustín me enseña que el principio de las obras buenas es la confesión de las obras malas; y ya te siento arrodillado, satisfaciendo con humildad á la Justicia Divina, y bebiendo en ancha copa los consuelos de la misericordia. No haya resistencia al suave impulso de la gracia, que ya toca tu corazón. Soy testigo de sus influencias, y no quiero acusarte delante de Dios de haberla desatendido, sino ayudarte á bendecirle por haberlas secundado. Te espero, pues, en el día y hora indicados; y, al celebrar el augusto sacrificio de la Misa, voy á pedirle á Dios que confirme lo que ha operado en ti. Tu padre en N. S. J. C. Arréjola, de la Compañía de Jesús." Orbea llevó numerosas cartas, entre ellas una de Marta para su primo Urzúa, que de mucho le sirvió; pues en el acto, con sólo un desembolso de cinco mil soles, se le abrió un crédito por 20,000 en una importante casa de comercio, y de la noche á la mañana se vio dueño de una lancha, de operarios y de mercaderías. Con todo ese tren expedicionó al Yuruá, y á los tres meses regresaba á Iquitos con un cargamento de caucho, que le dejó libres diez mil soles. En el segundo viaje no le fué muy bien; pero en el tercero obtuvo más utilidades que en el primero. Cuando emprendió su cuarta expedición, ya era dueño de la lancha, de la deuda, de los operarios, y tenía depositados en un banco de Nueva York la suma de quince mil soles. Desgraciadamente no volvió más de ese viaje, pues fué muerto en él, de un flechazo que le partió el corazón, en un combate que tuvo que sostener con los infieles, para conquistar con su gente una mancha de caucho descubierta en el interior del Yuruá. La noticia tardó en llegar á Lima, pero al fin llegó; y el hogar de Orbea sufrió el más rudo golpe moral imaginable. Carlos era la alegría, la esperanza, la luz, el todo de su casa. Faltó él y el vacío, ese horroroso imposible en la vida humana, se hizo en el corazón de las tres señoras. Las tías encontraron alivio en sus abundantes lágrimas, en sus lamentos, gritos é imprecaciones y en la compañía de su círculo íntimo; pero á la pobre madre le faltó esta reacción del dolor, que es el primer paso en el camino del consuelo. Su corazón, que tuvo vitalidad para resistir todo el peso de la terrible nueva, se vio falto de la fuerza moral necesaria para reaccionar de tan inmenso dolor. Sus hermanas se alarmaron de su estado y la sacaron al campo, donde á fuerza de auxilios espirituales normalizaron su vida material, ya que su alma era un desastre, un campo de batalla en el que todo se ha perdido. En Marta, la desorganización de su espíritu fué horrorosa. Comenzó por exteriorizar un profundo abatimiento; y cuando todos esperaban que fueran la reconciliación y la conformidad los sentimientos que confortaran su alma, la vieron erguirse con la rabia de una leona que vuelve á su cueva y se encuentra sin sus pequeñuelos. Su madre en el acto notó su estado anormal; pero dotada de un carácter superior al de ella, la contuvo con una sola mirada en su propósito de rebelarse contra su autoridad. Fueron Peta Otzuarte y el viejo avaro quienes soportaron toda la explosión de su cólera comprimida. El viejo quedó anonadado. Vio á su sobrina en tan lastimoso estado, y tan expuesta á perder la razón, si ya no la había perdido, que por primera vez en su vida tuvo pena de un ser humano, y lloró amargamente su avaricia. Peta, al fin su tía, sintió también remordimientos de haber contribuido, aunque con muy buenos deseos, á la desgracia de su sobrina. "¡Pobre Martita! pensó para sí. Si ella hacía bien ó mal en corresponder á Orbea no lo podré decir; pero es lo cierto que yo y su madre no hemos hecho otra cosa que amargarle los pocos años que lleva de existencia." La beata, que en realidad no era mala, lloró su participación en las desgracias de su sobrina, le pidió perdón y le ofreció dedicar los pocos años que le restaban á buscar los medios de hacerla feliz. El pobre viejo hizo otro tanto. Se le arrodilló, la abrazó; y creyendo complacerla, ordenó que le trajeran un escribano para testar á su favor toda su fortuna. "Te perdono, díjole ella, como ya he perdonado á mi madre y á mi tía Petita. Tus millones me llegan tarde; ahora no los quiero ni los necesito. Pronto de mí no quedará más que el recuerdo." El anciano se alarmó y estuvo inquieto varios días, hasta aquella tarde en que Marta salió de su casa para no volver más á ella. Esta salida clandestina, este violento abandono del hogar materno, causó viva contrariedad en el espíritu de toda la familia, especialmente en el de don Juan, doña Rosa y el tío avaro. Dominada por un sentimiento en el que había más despecho que desconsuelo, y más pasión y romanticismo que juicio; sin tener un ser á quien respetar en sus consejos, ni una voluntad fuerte que la dominara, entró en un convento. ¡Pobre niña! se vio sola, y su propia fuerza, su indomable carácter, le fueron fatales en esta ocasión y la precipitaron al suicidio moral de su personalidad. Peta, en esta vez como en todas las de su vida, creyendo servir á Dios y á su sobrina, arregló los trámites conventuales; asunto que manejó con suma astucia y en mucha reserva para que doña Rosa no se impusiera de nada. Anduvo con suerte en sus gestiones, pues la publicidad vino cuando ya Marta estaba encerrada en el Monasterio: solamente que, cumplido su servicio, tuvo que hacer gran acopio de paciencia para soportar la cólera de su prima, que estuvo terrible con ella, al extremo de enfriarse la amistad por varios meses. Horas antes de abandonar el mundo, Marta visitó á las Barbanera. Conducida á la habitación de la desolada madre, la encontró sentada al lado de su lecho, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Corrió hacia ella; se arrodilló á sus pies; y reclinando su cabeza sobre su regazo, lloró su pena sin pronunciar una palabra. "Marta, hija mía, díjole la señora: Levántate, seca tus lágrimas y consuélate con rogar por él, ya que Dios así lo ha querido. Petita Otzuarte me anunció tu visita, mejor dicho, tu despedida. Agradezco tu deferencia y correspondo á tu amor, deseándote conformidad en tu pena y olvido completo de las cosas humanas. A tu edad todo es posible, y tu indomable voluntad, tan tenazmente puesta á prueba en tu amor á Carlos, te servirá en este caso para sobreponerte al sufrimiento, y vivir en la tranquilidad de las almas entregadas á Dios." Concluida la entrevista, la joven, acompañada de su tía, entró en el convento de Santa Mónica. Al fin, como mal que no tiene remedio, todo el mundo se conformó al suceso en la casa García-Azuaga. Pero no pasó lo mismo con don Atanasio, que cayó en cama y estuvo á punto de morirse de melancolía. Repuesto de su dolencia, y de acuerdo con doña Rosa, fué á Santa Mónica con el objeto de ver á Marta, para halagarla con sus millones á fin de que dejara el convento; pero la sobrina se negó á recibirlo. Posteriormente, le escribió varias cartas, ofreciéndole dotarla como á hija y entregarle inmediatamente diez mil soles. Marta no le contestó. Poco á poco el viejo se fué convenciendo de lo imposible que le era conseguir algo de su querida sobrina. Esta impotencia le tenía violento con todos, especialmente contra doña Rosa, á la que echaba la culpa de lo ocurrido. Su cuñada, que no perdía la esperanza de sacar á su hija del convento, y que esperaba tentarla con los millones del avaro, le soportaba sus quejas é insolencias; pero al último se puso tan grosero, que tuvo que chocar con él. El anciano se dio por resentido, lió sus pobres y escasas ropas, y de la noche á la mañana se fué al tambo de marras. A los ocho días de su escapada volvió á la casa con el propósito de que doña Rosa le devolviera los 400 soles que le había recibido hacía trece años, para darle habitación y comida durante sus días; y habiéndose ésta negado á su pretensión, la insultó groseramente delante de monseñor Zavaleta, diciéndole que era una vieja ladrona y mala, y la única culpable de la desgracia de Marta. Estuvo tan insolente, que fué necesario tomarlo de un brazo y ponerlo en la calle. Después de esta molestia, el viejo se encaminó á Santa Mónica; pero Marta se negó á verlo. Esto acabó de abatirlo, causándole tan profunda depresión moral, que cayó enfermo en cama y casi se muere en su miserable tambo. La noticia de su gravedad y de su aislamiento llegó á oídos de dos jóvenes de apellido Marpo, que se decían sobrinos de él y hermanos de Marta. No habían sido reconocidos por el señor Avellaneda y Salacios; sin embargo, era voz pública que este señor tenía relaciones con la madre en la época en que nacieron. Sea de ello lo que fuera, es lo cierto del caso que con el título de sobrinos le sacaron del tambo y le llevaron á su casa, una pobre morada, en donde vivían miserablemente en compañía de la madre y de la esposa de uno de ellos. Le instalaron en la mejor cama, le dieron buena alimentación, que era lo que más le faltaba, y lo pusieron bajo la ciencia de una vieja curandera, que se comprometió á ponerlo en pie por nueve reales y que tuvo la suerte de sanarlo. En sus días de gravedad le indu-jeron á que testara. El viejo no se opuso á este deseo; pero guardó reserva de su última voluntad, haciendo un testamento cerrado. Marta proseguía en su convento haciendo su noviciado con ejemplar dedicación. Las monjas le tomaron cariño y le hicieron gratos sus primeros tiempos de vida conventual. Doña Rosa se vio numerosas veces con ella; y no obstante su sagacidad y fuerza de persuación, le fué imposible conseguir su regreso al hogar materno. No dejaba de causar cierta inquietud á los Marpo, que su tío hubiera hecho testamento cerrado, y que jamás les dijera su voluntad en él expresada. Inquietos por estas dudas, consultaron el caso con el doctor don Aniceto Cosmián, un abogado muy hábil y muy beato, pero de dudosa reputación en Lima. Este, de una manera muy reservada, se puso al habla con el escribano Pendales ante el cual había testado el viejo, y habiéndole sugestionado, le hizo cómplice en el robo y violación del testamento. Impuestos, por la lectura del documento, de que don Atanasio dejaba toda su fortuna, ascendente á seis millones de soles, á la reina de España, se pusieron furiosos contra él. Habían dado el primer paso en el camino de la violencia, y ya no les era fácil retroceder. La avaricia y el despecho hicieron lo demás. "¿Cómo es posible, decía el doctor Cosmián al escribano, que una reina riquísima pueda llevarse los millones de un hombre que tiene parientes cercanos en el Perú y que está obligado á remediar la situación de miseria en que han quedado las instituciones de beneficencia en Lima, después de la guerra con Chile? Dios pone en nuestro camino este asunto para que remediemos las cosas." La acción siguió al deseo, y un segundo testamento, anulando el primero, fué registrado en la notaría de don Cosme Pendales. Sólo que, en esta ocasión, no se mezcló para nada el testador don Atanasio ni su albacea don Mariano Lagunas, un anciano muy venerable que intervino en el primero. Firmó en su lugar don Aniceto; siendo innecesario decir que todas las demás firmas fueron falsificadas. Ansioso el nuevo albacea, de que el público conociera su relación de amistad con don Atanasio, para que en su muerte no se encontrara extraño su nombramiento, se hizo presentar á él por los sobrinos; y con el pretexto de llevarle donde Marta é influir con su confesor para que la ñiña desistiera de su monjío, se paseaba de continuo con el viejo por las calles centrales de la ciudad. Marta completó su tiempo de noviciado; y tres días antes de que cumpliera sus veinticinco años, por permiso especial del señor Arzobispo, profesó de monja bajo el nombre de sor María de la Inmaculada. Esta resolución cumplida fué un terrible golpe para la familia García Azuaga. Doña Rosa, por primera vez en este asunto, perdió la firmeza de su carácter. Se dejó abatir y derramando algunas lágrimas, abrazó á sus cuatro hijos, diciéndoles: "¡Marta nos ha dejado! ¡Pobre hija mía! ¡Quiera Dios que nunca se arrepienta de lo que ha hecho! y que yo no me equivoque al creer que ha sido el despecho y no la piedad, lo que la ha decidido á enterrarse en ese convento." Don Atanasio, ya muy achacoso y debilitado, sacó fuerzas de flaquezas, y embracetado con el doctor Cosmián y uno de los Marpo, llegó en tiempo al monasterio de Santa Mónica para oír á Marta pronunciar sus místicos votos. Trató de verla, y al contemplarla á distancia muy hermosa, con la cabeza cubierta por la toca de su hábito, comenzó á llorar como un chiquillo. Aquello le parecía una pesadilla, una invención infernal. En este estado de ánimo, el canto fúnebre del coro y el lúgubre doble del campanario tocando á muerte, le hicieron comprender que la novicia había muerto para el mundo; pero en especial para él. Todo esto le impresionó terriblemente, y le llevó por última vez á su triste lecho, del cual no se levantó más. Fueron manos mercenarias, entre las cuales había vivido toda su vida, las que vistieron su cuerpo, lo encajonaron y lo condujeron pobremente á la última morada. Marta y su parentela vinieron á saber el suceso, ocho días después que el pobre viejo reposaba en el campo santo. La sobrina le lloró por muchos días. Por primera vez en su vida conventual, sintió remordimientos de haber abandonado el mundo antes de enterrarle. Pensó, que siquiera por piedad ya que no por parentesco, debió haberle cerrado los ojos; mucho más cuando él, durante quince años, tanto le suplicó que no le abandonara en ese terrible trance. Pero su remordimiento fué mayor cuando uno de los Marpo fué á verla, cumplido el mes del suceso, y le contó que el tío había muerto sin quererse confesar, llamándola hasta el último instante, y maldiciendo á doña Rosa. Cumplido el término legal, fueron abiertos con la solemnidad del caso los dos testamentos otorgados por el finado. Era tan extravagante el primero, por dejar de heredera á la reina de España, que hasta el mismo don Mariano Lagunas se sintió avergonzado de haber servido de albacea para una voluntad tan insensata. En cambio, el segundo fué recibido con beneplácito general de toda la ciudad de Lima, por los crecidos donativos que hacía á las casas de beneficencia, y por el reparto en el país de seis millones de soles que debían venir del extranjero. La familia Azuaga no fué olvidada en este testamento. A Marta se le dejaba un millón; á doña Rosa, cien mil; á cada uno de sus hijos, veinticinco mil; á los Marpo, medio millón á cada uno; al doctor Cosmián, cien mil soles y además los derechos consiguientes al cargo de albacea; á don Mariano Lagunas cien mil soles; pero si se empeñaba en hacer efectivo el primer testamento, esta donación debería pasar al municipio de Lima. No fueron olvidados, tampoco, ninguno de los numerosos Avellanedas ni los muchos Salacios que tenían parentesco cercano con el difunto. Aquello fué la lluvia de oro hábilmente repartida entre todos los parientes y relacionados del viejo avaro, y entre numerosas instituciones de caridad y de instrucción. El doctor Cosmián desplegó en este reparto tal caudal de inteligencia y de equidad que, con muy rara excepción, casi todos quedaron contentos. Y como á los herederos les estaba prohibido por disposición testamentaria interponer ninguna acción judicial so pena de perder toda su donación, ninguno de los pocos descontentos hizo uso de su derecho legal. V Ña Melchora fué llamada al torno. Allí estuvo hablando en voz baja con la hermana portera. Urzúa oyó que se pronunciaba su nombre; y poco después supo que se buscaban informes sobre su moralidad. Casi en seguida, el sacristán del convento abrió la puerta del locutorio, donde Alfonso tomó asiento en una tosca banca de roble, colocada delante de una doble reja de hierro, separada entre sí por un espeso muro. Poco después entraron dos señoritas muy elegantemente vestidas. Venían á visitar una monja hermana de ellas y ocuparon el extremo de la misma banca. Urzúa contempló los numerosos cuadros místicos que adornaban aquella sala. Impresionado con lo apacible de ese retiro conventual, púsose á comparar la vida eterna con lo fugaz de la existencia humana. Marta le sacó de sus meditaciones, diciéndole con su voz de ángel: —La paz sea contigo, Alfonso, mi primo muy amado. Anoche en mis oraciones di gracias á Dios y á su Santísima Madre, por haberte traído hasta aquí sano y salvo después de tan largo viaje. El joven volteó la cara con precipitación. Vio á su prima detrás de las rejas del locutorio, y como si ella fuera una visión, un ser sobrenatural, la contempló absorto sin poder responderle inmediatamente. Marta estaba hermosísima con su hábito monacal. Tenía completamente cubierta la cabeza, parte de su frente y todo el cuello. No obstante lo burdo de sus ropas, conservaba su tipo aristocrático; y su rostro, aunque perfilado por los ayunos, poseía toda la frescura de sus primaverales días. Sus ojos, que siempre fueron hermosos, parecían más grandes dada la flacura de sus demás facciones. Estaba pálida, triste y como surtida en profunda meditación. La voz de su primo la conmovió. Todo el pasado en sus múltiples y variados acontecimientos se agolpó á su memoria. Recordó á su tía Lía, á su primo Alfonso, sus diez y seis años, haciéndose el hombrecito, y enamorado y correspondido de ella. Después, un largo tiempo de ausencia, un cúmulo de sucesos, de alegrías y de sufrimientos; todo lo cual formaba en su conjunto una historia larga y triste que había dado con ella en esa cárcel cristiana, como único asilo y como si su persona no pudiera tener cabida en la tierra. —Marta—díjole él.—Si es enorme el placer que siento al volverte á ver, también es para mí muy sensible, encontrarte en un convento privada de libertad. Quiera Dios darte toda la conformidad y la fuerza de espíritu que supongo se necesita para vivir en este claustro. Todavía no me conformo de verte fuera de nosotros. Solo en la vida y sin hermanos, siempre mantuve la ilusión de encontrar en ti los afectos fraternales que me faltan. Quedó ella impresionada con estas palabras. Levantó los ojos para mirarle, pero los volvió á bajar inmediatamente, fascinada por la hermosa presencia de su primo. —Por Dios, Alfonso-díjole—no hables así. Deja los acontecimientos en su sitio. ¿Acaso yo y tú los podemos remediar? Esto no quiere decir que me pese haber entrado á esta mansión; pero sí seré franca en confesarte que tenía otra idea del claustro, de esta vida consagrada á Dios, de este alejamiento del mundo y de sus tentaciones. Creía yo que aquí tendría paz y que nada turbaría la melancólica tranquilidad de mi espíritu. Pero qué lejos estoy de todo eso y qué amarga me es la realidad. He desligado mi alma de su contacto con la vida social y la he entregado al Señor; pero acaso ¿puedo hacer lo mismo con mi pasado, con mi herencia, con mis parientes y con el cúmulo de infortunios que me agobia? Marta le refirió la historia de su noviciado, de ese tiempo tranquilo que encantó su alma, la adormeció en sus sufrimientos y la decidió á profesar sus eternos votos monásticos. Fué después de esta consagración que aconteció la muerte del viejo. "Hice mal en abandonarlo; te lo confieso, Alfonso. Debí haber cerrado sus ojos y preparado su alma para el terrible juicio de Dios. Me llamó en su enfermedad hasta el mismo momento en que principió su agonía; en su delirio me veía entrar á cada instante y arreglarle la cama, como en los buenos tiempos en que vivíamos como padre é hija. En su desesperación maldijo á mi madre. ¡Ay, Alfonso! ¡qué horrible cosa! Debí haber quedado en el mundo hasta después de su ida. Estos remordimientos durarán lo que dure mi vida. ¡Dios me perdone!" Urzúa la oía con profunda atención y la dejaba hablar sin interrumpirla. Su emoción, su lenguaje y hasta sus remordimientos contribuían á presentarla con más interés. La monja continuó sin darse cuenta de como la observaba su primo. Le contó los sucesos realizados en la muerte del viejo. Su participación en ese testamento por un millón de soles, y la lucha en que hacía tiempo estaba empeñada su madre con el señor Arzobispo para que consintiera en que ella heredara. "Mi familia se ha empeñado, le dijo, que le ayude en esta ingrata tarea de reclamar el dinero de mi tío Atanasio. Quieren que tome parte activa en adquirir esta herencia, que se me hace repugnante por no ser merecedora de ella, ni venirme por la voluntad del testador, según se dice con insistencia. Y esta conducta, que cualquiera encontraría natural y correcta, en mí se toma como un egoísmo poco cristiano. Me creen la mujer más soberbia del mundo, y para armarse de razón acuden á mi pasado, á mi tenaz afecto por Orbea, á los recuerdos de ese tiempo que fué tan intranquilo en mi existencia, y del cual nunca me preguntes nada, porque me ha prohibido mi confesor hablar de ello." La noche que siguió á aquella tarde no fué tranquila para la monja. Su primo, tal vez sin quererlo, la perturbó hablándole de su perdida libertad, como si ella estuviera en una cárcel y no en una mansión de paz y de amor á Dios. Y todo esto para manifestarle su pena, su profundo sentimiento de encontrarla consagrada al Divino Jesús, y en un estado poco propicio para corresponder sus aspiraciones de afecto fraternal. "Evitaré á todo trance sus visitas, se dijo para sí. Él es bueno, pero viviendo entre los salvajes se ha formado un alma franca, despreocupada de las formas en lo humano, y en lo divino, desprovista del respeto que se debe á las personas consagradas á Dios. Su lenguaje, sin quererlo, no es respetuoso; y si le sigo oyendo acabará por envenenar mi alma y hacerme imposible la existencia sobre la tierra. Aumentaré mis cilicios, mis ayunos y mis confesiones, y Dios mediante, conseguiré el triunfo de mi espíritu. Cuánto mejor me hubiera sido no recibirlo. Haré todo lo posible para no verlo más." No pu-diendo tomar el sueño se puso en oración, pero sus impresiones de la tarde le quitaban de la mente á Jesús Sacramentado, para llevarle delante de Alfonso. En esta batalla, luchaba lo mejor que podía con su indomable imaginación, tan fecunda en imágenes y tan rica en concepciones; pero al fin fué vencida. Su voluntad no pudo más; y entonces, libre su fantasía, oyó una voz interior que le dijo: "Si te hubieras quedado en el mundo, hoy tendrías las riquezas de tu tío y el amor inmenso que te profesa tu adorable primo." Marta dio un horrible grito y saltó á medio vestir de la cama. Su donada, que dormía en el cuarto contiguo, acudió en su auxilio. La monja le contó que el diablo andaba suelto, y que acercándose á ella le había dicho tentadoras palabras al oído. La muchacha quedó tan horrorizada, que Marta tuvo que animarla para que saliera del pavor que la dominaba. A esa hora, que ya era muy tarde, las dos mujeres abandonaron la celda, se fueron al coro y llenaron una botella con agua bendita. De regreso rezaron la Magnificat y regaron el cuarto con el agua santa. La donada vio instantáneamente un bulto negro que se escapó por la ventana; y entonces las dos compañeras de soledad quedaron más tranquilas y tomaron el sueño con toda calma. VI Al siguiente día, domingo veintiuno de Junio, Urzúa aprovechó la mañana para dar un paseo por la ciudad y recorrer sus templos, sus monumentos y todas aquellas calles que le fueron favoritas en la infancia de su vida. En la plaza de armas encontró como única novedad, la fachada del vetusto palacio de los virreyes, construcción pobrísima en su conjunto y en sus detalles; pero siquiera superior al inmundo bazar oriental que había conocido en ese mismo sitio antes de su partida, y que, á Dios gracias, fué consumido por las llamas. Contempló la Catedral y al verla en tan ruinoso estado, con sus torres casi destruidas por los enormes boquetes abiertos en los bombardeos de las guerras civiles, sintió profunda pena por el templo metropolitano de su ciudad natal. Paseó su interior, y tuvo que evitar el paso por ciertas naves; porque el techo de ellas se venía abajo. Estuvo también, en los templos de Santo Domingo, San Agustín, San Pedro y San Francisco, y los vio catorce años más viejos y más sucios. San Francisco era el mejor salvado de esa ruina que ya duraba un siglo. Siquiera tenía blancas sus estucadas paredes; pero en los demás todo era basura, telas de araña, imágenes descoloridas, techos ruinosos; y un piso arreglado con ladrillos de tierra cocida, en su mayor parte gastados y tan ennegrecidos que daban asco por lo mucho que se escupía.(1) ----- (1) Los templos de Lima brillan en la actualidad por su limpieza. (1904) Están todos refeccionados. Nadie escupe al suelo; y los pisos, que son de mármol ó de mosaicos hidráulicos, se lavan todos los días después de la última misa. ----- El templo donde encontró más gente fué San Pedro, en cuyo atrio estuvo largo rato confundido con la fila de hombres, que hacían su paradero allí al final de cada misa para ver la concurrencia. Contempló entre las señoritas que pasaron delante de él muy hermosos tipos de belleza; tal vez como no los había visto en otras capitales más populosas que Lima. Petita Otzuarte le sacó de su entusiasmo, tirándole del brazo para decirle cuando volvió la cara: —¡Demente! ¿No oyes que te estoy llamando? Ven para presentarte á las Barbanera, que desean hablar contigo. Tía y sobrino caminaron algunos pasos, y al llegar al extremo del atrio se detuvieron delante de un grupo formado por dos señoras y dos señoritas. —Alfonso—díjole ella:—te presento á misia Chepita y á misia Candelarita. A Beatriz ya la conoces; pero creo que no te has visto hasta ahora con Manuelita Cegama, á quien también te presento. "Qué general es la belleza en mi país", pensó el joven al dar la mano á la señorita Cegama, una hermosa morena de negros ojos y de un cutis tan fresco y tan rosado como una rosa primaveral. Beatriz, en aquella mañana, como siempre, estaba adorable. Las tías de Orbea parecían gemelas por su parecido; eran bajas de cuerpo, gordas y tan viejas como Peta. —Urzúa—le dijo misia Candelarita—le he molestado en la calle, y dispénseme esta libertad, porque vamos á saludarle hoy con una tarjeta; y como esperamos que usted nos corresponda con una visita, queremos advertirle que Panchita, nuestra hermana, ignora que su hijo murió asesinado por los salvajes. Toda la familia, con el objeto de consolarla, le hizo creer que Carlos murió por efecto de la herida recibida en el combate, pero no en la misma montaña, sino después de haber sido llevado á Iquitos, expirando confesado y con todos sus auxilios espirituales, como un buen cristiano que era. Le prevengo esto, porque no estando Ud. en antecedentes, hubiera podido cometer una involuntaria imprudencia al hablar con ella. También he deseado conocerle para darle las gracias por sus inmensas bondades con nuestro sobrino. En fin, ya hablaremos de todo cuando le veamos por casa, lo que espero será muy pronto. En la tarde de aquel día, los delegados de Loreto fueron honrados con algunas visitas; salieron después á la calle á pagar las primeras que habían recibido y todo esto les sirvió para compulsar la opinión y convencerse, una vez más, que la mayoría del país no estaba con ellos. Los demócratas, que habían proclamado la federación en su programa, aceptaban la idea en principio, pero no de la manera como la realizaba Iquitos. Los civilistas estaban perfectamente definidos, como que eran centralistas convencidos y declarados. Los loretanos tuvieron oportunidad de llegar á esta convicción, después de haber oído al doctor Abadía, un abogado notable y rico, y tal vez la persona de más talento y de más influencia en el civilismo. Consideraciones de carácter personal, que nunca faltan en las agrupaciones sociales ó políticas, habían influido para que la jefatura del partido recayera en el doctor Rovés, un hombre muy prudente, tal como convenía á una agrupación como la civil, que aunque se titulaba liberal era eminen-temente conservadora. La gente de Loreto le encontró aquella tarde, teniendo por visita al propio doctor Rovés y á tres personajes de notable influencia en los asuntos públicos del país. Todos estaban de muy buen humor. —Ustedes perderán su dinero, su tiempo y su sangre-les dijo el doctor Abadía—sin conseguir la autonomía que desean; porque ni tienen razón para pedirla, ni se hallan en condiciones de gobernarse por sí mismos. El Perú es Lima, y en saliendo de Lima lo demás es anémico é incompleto en todo orden. Les advierto que yo soy camanejo. Todavía no tenemos civilización ni riqueza suficiente para dar esplendor á dos ó tres ciudades. Resulta de aquí que la vida de provincias es deficiente. Pardo tuvo la gran idea de crear las juntas departamentales; llevó á ellas lo más selecto del país; sin embargo, el resultado fué negativo. El hombre que vale en provincia acaba por vivir en Lima. Más todavía; para que los méritos de ese hombre sean conocidos, es menester que venga á la capital y que reciba, aquí, lo que puede llamarse por similitud la unción, que sólo la da la prensa, el foro, el parlamento, el mundo científico ó el social de esta ciudad. Los que la consiguen, se quedan de una manera definitiva, ó van y vuelven á sus pueblos. Por lo regular, los que no se radican en Lima se convierten en una calamidad pública. Se hacen jefes de los partidos que representan en su localidad y son la pesadilla de las autoridades que manda el Gobierno, las mismas que derrocan con su influencia el día que se trastorna el orden público. Yo, por eso, hace veinte años que no voy á Camaná; siquiera tendré ese pecado menos entre los muchos que me achacan mis enemigos políticos. Con respecto á la forma federal que ustedes piden, me permitiré decirles que están en una ilusión al creer que serían los amos de casa. Aun en el supuesto de que todos los loretanos piensen siempre de la misma manera, y que á raíz del triunfo no se fomenten discordias y divisiones, ustedes no podrían evitar lo que yo llamaría invasiones de "extranjeros perniciosos", formadas de camanejos, limeños, cajamarquinos, celendinos, chachapollanos, etc., que irían á fastidiarles la paciencia pidiendo puestos públicos, y lo que es más grave, se les presentarían partidas filibusteras para asaltar ese poder autónomo que ustedes piden. Si, por otro aspecto, prohibiera la constitu-ción federal de Loreto que los cargos públicos fueran ocupados por peruanos no nacidos en ese departamento, el resultado sería, peor. Sin ir muy lejos, el señor Urzúa es un limeño muy distinguido y entroncado con gente muy principal de aquí; el jefe de la fuerza actual en Iquitos es arequipeño; y la aduana ha quedado en manos de un moquehuano. Mucha mezcla, mis amigos. Urzúa sonreía; pero á sus compañeros les hacía poca gracia las hábiles reflexiones del doctor Abadía, que ellos rebatían flojamente. Todo aquello era un discurso muy bien estudiado, que de pronto los dejó paralizados. —Veamos ahora—continuó el doctor,—si ustedes tienen razón para vivir descontentos de lo que llaman gobiernos centralistas; y en este terreno les pregunto: ¿Es acaso Loreto el único departamento á donde el gobierno manda autoridades malas é impone representantes en las cámaras? Indudablemente que no. Todos los pueblos del Perú se quejan de igual calamidad; y según habrán leído en los periódicos en estos días, es inicuo lo que están haciendo los prefectos de Cajamarca, Ayacucho, Puno é Ica. El de Ayacucho ha llegado al extremo de flajelar á la gente en un cuartel; lo cual nunca ha sucedido en Loreto, dicho sea en verdad. A propósito de esto, un diario ha manifestado que siendo más fácil sacar al prefecto de Ayacucho y no á los ayacuchanos de la ciudad en que viven, el gobierno debería mediar en la cuestión y cambiar la autoridad. Sin embargo, á pesar de ese clamor general, ese bárbaro sigue en su puesto haciendo horrores en aquella capital. Con respecto á elecciones pasa lo mismo. Para ser diputado ó senador es menester tener mayoría en la cámara respectiva. Tenemos representantes que jamás han conocido la provincia que representan. Como ustedes ven, el mal es general, está en toda la república; y la única manera de regenerarnos no es desunirnos, sino unirnos más de lo que estamos, y trabajar con energía, con patriotismo, con sacrificio de nuestros propios intereses... La federación no resuelve el problema. Hay que fundar partidos fuertes y crear intereses valiosos, para que, por temor de perder lo que tenemos, seamos prudentes en el gobierno, y sufridos fuera del poder. Comportándonos así, evitaremos las guerras civiles. Ustedes están en otro error; y es el de creer que es la gente de Lima la que manda en compañía de los forasteros alimeñados. Nada de esto: por lo regular gobiernan los comprovincianos del presidente. Si quieren una prueba de ello, fíjense en lo que pasa ahora con nuestro excelentísimo, que es arequipeño, y que se ha traído medio Arequipa á los puestos públicos; hasta los porteros, señores. ¡Esto es el colmo!... VII Los domingos se comía en casa de la familia Garcia Azuaga con asistencia de su círculo íntimo. Alfonso, pariente muy cercano y muy querido, no hubiera podido dejar de concurrir. Todas las edades de la vida estaban allí bien definidas. La juventud, con su eterna belleza, se personificaba en Lía, en Raquel y en Beatriz. Urzúa entró á reforzar las reducidas filas de los jóvenes, entre los que se veía á Jorge García Azuaga y á Manuel Bengoa, el novio declarado de Lía. La edad madura, en el primer descenso de la vida, estaba representada por monseñor Zavaleta, ya en sus cuarenta y ocho años, pero sin querer representarlos, que en esto tenía sus puntillos de amor propio el ilustre prelado. Por fortuna andaba feliz en sus aspiraciones de conservar juventud; y canas y arrugas le seguían respetando. Nuevo comensal, de reciente incorporación en el círculo íntimo de ese hogar, era el distinguido caballero don Antonio Leniz, casi en la misma edad que monseñor, y que, sin tener ninguna relación de parentesco con los García Azuaga ni antecedentes de antigua amistad, se había captado el cariño de la familia, al extremo de hacerse de toda confianza. Allí había conocido á Beatriz Mompox, á quien pretendía con afán; pero, naturalmente, sin impetuosidad, que hubiera sido inadecuada á sus años. Doña Rosa, su esposo, Petita Otzuarte y el doctor don Lino Alzania, un venerable anciano, vocal de la Corte Suprema, ya en los setenta años, formaban el elemento moderador de aquel círculo social. Todos estos personajes tomaron asiento en la mesa de doña Rosa, el ya citado domingo veintiuno de Junio. La conversación versó sobre asuntos de actualidad, especialmente sobre los políticos, que todos veían muy turbios. Interrogado Urzúa sobre las últimas novedades de Loreto, no pudo dar ninguna noticia última. Sólo habló del transporte "28 de Julio", que debía estar anclado en Iquitos bloqueando aquel puerto fluvial. —Con respecto á nuestras gestiones con el gobierno —añadió el joven—el Presidente nos ha ofrecido llamarnos pronto para una segunda conferencia, la que estamos esperando con ansiedad. —Alfonso—díjole el señor Alzania—ten por seguro, y esto puedes decirlo á tus compañeros, que la opinión pública rechaza toda forma política que tenga por base la autonomía de la sección más lejana y más amplia de toda la República. Ahora más que nunca necesitamos estar unidos, y bajo ningún concepto el país aceptará una disimulada desmembración de territorio. Tal vez en un momento de locura, pudiérase dar tal concesión á Piura, Trujillo, Arequipa y Cuzco; pero bajo ningún concepto puede hacerse esto con Loreto, por su cosmopolitismo, su vecindad á dos estados ricos y poderosos de la federación brasilera y lo lejanos que estamos de toda esa región por la distancia y la falta de caminos. Todo esto nos dará muchísimo que hacer, y quiera Dios que no se repitan las escenas de sangre y de miseria. Se dice que el Presidente es partidario del movimiento: no comprendo qué razón tenga para ello. Alfonso, te auguro mal éxito en tu empresa. Están ustedes arando en el mar. Las palabras del magistrado produjeron sensación en los comensales. Urzúa no contestó. Veía muy claro el asunto y muy razonables los conceptos del viejo jurisconsulto. —Lo que es en ésta, no me meto-dijo Peta.—Con todo lo que me pasó en la última, ya tengo experiencia en el asunto. Los presentes se sonrieron de la ocurrencia de la beata; pero doña Rosa confirmó la ingenuidad con que hablaba su prima, contando los importantes servicios que había prestado en Lima á los revolucionarios, en los momentos más difíciles; lo que dio por resultado, que una tarde la tuvieron presa tres horas en la Intendencia. Lía ocupaba el extremo de la mesa y tenía por compañero á su primo. —¡Ay! Alfonso—le dijo-qué miedo me dan estas cosas. Yo era muy chica cuando la última revolución; pero me acuerdo muy bien de cómo silbaban las balas por encima de nuestro techo; y de los muertos y heridos. ¡Qué horror! También me acuerdo que papá estaba escondido porque el Gobierno quería tomarlo preso, y que mi tío Atanasio peleó con el oficial y los celadores que vinieron á registrar la casa. ¡Qué tiempo tan triste aquél! Después del combate, cuando todo se acabó y se firmó la paz, fuimos con tía Petita al hospital á visitar á los heridos. Yo les llevé cigarros. ¡Pobres cholos! A uno le habían cortado la pierna y se estaba muriendo. Los primos suspendieron su conversación para oír á Peta, que cambiando el tema político por el religioso, comenzó á relatar extraordinarios acontecimientos que ocurrían en San Pedro con una sierva de Dios. —No hay duda que tenemos entre nosotros una santa—decía.—Su sólida virtud, la manera como disciplina su cuerpo y el poder de convicción que ejerce entre la gente pecadora llenan de asombro. —¿Quién es ella?—preguntó monseñor. Una negra, una mujer de origen completamente oscuro, y hasta ayer, es probable que nadie le haya conocido; pero hoy está en camino de santidad, siendo posible que, después de muerta, sus virtudes merezcan su canonización y las generaciones de mañana la veneren en un altar. —Poco á poco, Peta—le interrumpió el canónigo.— Ustedes son las que le harían santa si en ello tomaran empeño. —Nada de eso, monseñor,—le replicó.—Nosotras no hacemos sino admirar su virtud, cualidad que conocemos por lo que nos refiere su digno confesor, el padre Azcúnaga, el sacerdote más austero entre los padres jesuitas que tenemos en Lima. Es él quien nos ha contado el grado de perfección á que ha llegado Marcela (que así se llama esta santa) por su infinito amor á Dios, sus ayunos y sus penitencias. "Jamás en mi vida, nos dijo, he visto un arrepentimiento más perfecto ni mayor horror al pecado." Pero su mérito no consiste únicamente en su austera virtud, sino en la misión que se ha impuesto de conquistar almas para el cielo. Son cuatro las mujeres de mala vida que han ido á postrarse á los pies de este señor, á confesarle sus faltas y á pedirle perdón con el más grande arrepentimiento. Una de ellas, tal vez la más pecadora (y añadió casi en secreto para que no oyeran las tres señoritas, "que antes vivía en el Chivato en la mayor perversión") derramó tan abundantes lágrimas en el confesonario, que el padre tuvo que emplear gran fuerza de convicción para consolarla. Parece que Marcela les pinta tan á lo vivo las penas del infierno y las amenaza de tal manera, que esas pobres mujeres se creen sin perdón de Dios. Don Juan de la Cruz que, aunque oía misa porque su mujer se lo ordenaba, era un descreído en materias religiosas, sonreía, encontrando digno de burla el candor de su prima. No pasaba lo mismo con monseñor, que tenía gran veneración por los santos de la Iglesia, y que hallaba insoportable que Peta hablara de colocar á Marcela en un altar. —No sabe el sexo fuerte—dijo el prelado—el mal que nos hace con no asistir al templo. Por culpa de su retiro la beata pretende representar su papel, y en el afán de conseguir su propósito, sólo alcanza perturbar el criterio del pobre hombre que tiene la desgracia de confesarlas. Para mí, esto es lo que pasa con el padre Azcúnaga. Todas sus confesadas le cuentan algo nuevo de una sierva de Dios, y el buen señor debe haber concluido por volverse medio loco y creer que tiene una santa entre sus hijas de espíritu. No hay beata que no sea milagrera. Para ellas todo lo que se realiza es sobrenatural; llegando su manía al extremo de creer que no hay deseo por malo que sea que no se pueda pedir á Dios. Una señora que se confiesa conmigo, y no se crea que en lo que cuento estoy faltando al secreto de la confesión, me decía, que cabalmente en el hecho de ser inmoral su pretensión estaba el milagro que ella solicitaba; pues qué cosa extraordinaria puede haber en pedir algo natural y que la Virgen ó los santos lo conce-dan. Como ustedes podrán suponer, la voté del confesonario, y le prohibí que se volviera á presentar donde mí hasta que no estudiara la doctrina cristiana. Esa señora estaba blasfemando sin conocer su falta; pues todo esto depende de la ignorancia. Peta estaba impaciente con la plática de monseñor, quien la miró sonriente, y le dijo: "No lo digo por usted; de todo hay en la viña del Señor. Vea á su prima, que también es mujer piadosa y no se ha dado por aludida." —Otra cosa insoportable—continuó el canónigo,— es la confianza que esta gente llega á tener en el templo. La frecuencia con que asisten á la iglesia y la intimidad que les dan algunos sacerdotes, lo que dicho sea de paso está prohibido, hace que se permitan irreverencias imperdonables en todo cristiano. Como ven á los sacristanes darles de plumerazos á los santos, creen que pueden hacer lo mismo. Las miradas de inteligencia, las señas con las manos y hasta los cuchicheos los he visto yo en los momentos más solemnes. Recuerdo, una vez que predicaba en la Catedral ante un auditorio respetable, que una confesada mía se puso á hacerme señas. Preocupado con este aviso, miré á la derecha, que era el punto que ella me marcaba, no vi nada y acabé por cortarme en lo mejor de la oración. Tuve necesidad de hacer un gran esfuerzo de voluntad y no mirar más á esa bendita señora, para poder continuar mi discurso. Pero vamos al caso, Peta—añadió monseñor dirigiéndose á ella. —¿Cuáles son los milagros de Marcela? Hasta ahora no ha referido usted ninguno de ellos. Aquello de conquistar almas para el cielo lo hacen todos los días los misioneros. —Ya no cuento nada; ¿para qué? Para que monseñor diga que son invenciones de las beatas, y para que Juan de la Cruz se ría. No, lo mejor es estarse callada. —Pues yo diré lo que sé—dijo doña Rosa sonriéndose, como que, siendo una mujer superior, no creía nada en la santa de los padres jesuitas y mucho menos siendo una negra.—Algo se ha hablado de que una de las catequizadas de Marcela volaría al cielo. —¡Dios mío!—exclamó el señor Alzania—¿Así está la cosa? —Parece que esto ha sido demasiado chusco—continuó doña Rosa—y que la invención viene de una persona de mala fe ó de mucho candor. Sea lo que fuere, lo cierto es que el chisme produjo mal efecto, y los padres de San Pedro han tenido un mal rato. Pero lo que sí es verdad, y nadie lo niega, es que hay un pañuelo de Marcela que hace milagros. Se le coloca en el seno al enfermo y la mejoría viene de una manera lenta, pero segura. Me contaron ayer, que varias personas han sanado de esta manera. Anoche se lo pusieron á la señora de Gonzalo Pequeño, á Matilde. —Que hoy amaneció sin fiebre—añadió Peta—por lo que su médico se ha quedado con la boca abierta de la rápida mejoría. —Esto último no lo sabía—dijo doña Rosa;—pero averiguaré el caso, y para el domingo entrante les ofrezco contar si el milagro se ha operado. La verdad es que ella está desahuciada. Tiene veinte días de fiebre tifoidea. A la hora del café, las señoritas con exclusión de Petra, y los solteros sin la compañía del señor Leniz, se levantaron de la mesa. Gustaba á los viejos hacer reminiscencias del pasado, ocupándose de sucesos y personas que fueron de su juventud. Las niñas encontraban poco ameno conocer esas antañas historias, y preferían pasar al salón y charlar con entera libertad, ocupándose del presente, por cierto muy lleno de ilusiones para ellas. Beatriz ocupó el piano y ejecutó con suma maestría los mejores trozos de Africana, y Aida. Lía y Bengoa, de pie á su lado, oían y acompañaban en voz baja alguna de sus partes más populares. Raquel y Alfonso hablaban de Beatriz, cuya hermosura había despertado el interés del primo. "¿Quién es esta muchacha y de dónde viene la amistad con ustedes?" habíale preguntado á Raquel. —Veo que te gusta—le dijo ella;—pero temo que hayas llegado tarde á Lima, porque está comprometida con Pepe Cegama, el hermano de la señorita que tía Peta te presentó esta mañana en el atrio de San Pedro. Nuestra amistad nació en el Colegio de Belén. Desde entonces la queremos mucho, porque es muy buena, muy amiga de sus amigas y dispuesta siempre á sacrificarse por ellas. Generalmente las bonitas son tontas; pero no pasa lo mismo con Beatriz, que es muy juiciosa. Si alguna muchacha pudiera coquetear á su gusto sería ella, que tiene los enamorados á montones; pero es algo fría, y en reserva te diré, un poco escasa. No deja de ser curioso en nuestra amistad que Abel, mi hermano, está enamorado de ella, y ha trabajado mucho con nosotras para que le favorezcamos; pero ¿qué podemos hacer cuando ya está comprometida á casarse? Naturalmente, aunque se trata de nuestro hermano, le damos la razón á ella. Resulta de todo esto, que el pobre Abel, algo despechado con ella y con nosotros, se ha ido á las cordilleras y está haciendo vida de minero. Otro que la pretende es el señor Leniz, un hombre muy rico y muy distinguido por su talento y por su alcurnia. —¿Y ella le hace caso?—preguntó el primo. —Le odia terriblemente, por lo que jamás le dirige la palabra. Es cierto que Leniz es un viejo, que mejor debía de pensar en una cuarentona y no en una muchacha tan bonita y tan joven. Alfonso se informó de los amores de Lía y Bengoa. —Pronto se casarán—díjole Raquel.—Seguramente para fin de año. Todo depende de que se concluya la casa que actualmente construye el tío, en la cual vivirán. Lía le quiere mucho. El no es buen mozo; pero tiene un corazón de oro y sabe hacerse querer. Además, es rico, ó mejor dicho, lo será cuando mueran sus tíos, que no tienen descendencia y lo han adoptado por hijo. Manuel es huérfano, no tiene hermanos, y desde que murió su madre ha sido educado por su tía, doña Clara Bengoa, que es casada con don Saturnino Andújar, un hombre notable por su riqueza. La tertulia se animó á las diez con la llegada de nuevos visitantes, entre los que estaban los señores Pazmiño y Palomares, y con la presencia de la gente del comedor que vino á los salones de recibo. VIII Pasaron varios días. Al término de ellos, la delegación de Loreto fué llamada por el Presidente de la República. Esta cita les llenó de alegría y puso término á la inacción en que vivían. Siquiera Urzúa tenía las distracciones de la vida social; no así los señores Pazmiño y Palomares, que se limitaban á recibir y pagar visitas de mucha etiqueta. Además, habían compulsado la opinión, y como la encontraban adversa, se habían vuelto pesimistas y deseaban terminar de una vez. Los senadores y diputados de Loreto con quienes conferenciaron, tampoco les daban esperanzas de éxito. Reunidos para uniformar sus opiniones, habían resuelto defender en las Cámaras la forma federal para toda la República; pero no porque ésta fuera su resolución y su empeño muy decidido de luchar con tenacidad, esperaban vencer en el Congreso. Y si á todo esto, como les decía el senador Narváez, el Gobierno tenía el buen criterio de seguir la opinión en sus aspiraciones unitarias, era indudable que lo de Iquitos podía concluir por consun-ción, con sólo el bloqueo del "28 de Julio", y sin que se derramara una gota de sangre. La delegación se presentó desalentada. Ninguno de sus hombres estaba acostumbrado á la lucha política, y por más esfuerzos que hicieron, no les fué posible disimular la depresión de espíritu que les dominaba. El Presidente quedó sorprendido al verlos así. Dirigió la palabra al señor Palomares y lo encontró decepcionado. Ya no era el hombre franco y audaz que con tanto calor había defendido los intereses de Loreto en su primera entrevista. Esto le desagradó. Según sus cálculos, tal vez podía convenirle abrazar la causa federal, y por si el caso llegaba, quería tener por compañeros á gente de más carácter. —Nos hemos visto con los jefes de los partidos- dijo el señor Palomares—y faltaríamos á la verdad si dijeramos á vuecencia, que la mayoría simpatiza con nuestros propósitos. Casi todos los políticos nos combaten, especialmente los civilistas. —En este caso—díjoles el Presidente—creo yo, que lo más cuerdo para ustedes sería volver á Iquitos y decir allá la verdad de lo que pasa en Lima. No tengo la menor duda, que esa gente desistirá de sus propósitos, una vez que sepa por boca de sus propios delegados la manera cómo se les rechaza y lo imposible que les será conseguir la autonomía que piden. —Así lo haremos—contestó el señor Palomares.— Una lancha armada en guerra nos aguarda en el Pichis, y nos llevará lo más pronto posible al Amazonas. Sin embargo, no espere vuecencia que nuestras noticias influyan en el ánimo de nuestros comprovincianos. El movimiento ha sido universal, siendo muy sagrados los derechos que se invocan, para que todo termine sin dispararse un tiro. Loreto está armado hasta los dientes, tiene mucho dinero y la guerra civil será inevitable. —Pero es un deber en ustedes el evitarla—replicó S. E.—¿O acaso piensan triunfar teniendo en contra todas las fuerzas de mar y tierra de la República? El crucero "28 de Julio" está autorizado para bombardear la plaza á la menor resistencia que encuentre en el desembarque de sus tropas, y como los intereses extranjeros son valiosos, es probable que tengamos reclamaciones diplomáticas, que nos costarán mucho dinero, y complicaciones con el Brasil, que mandará buques en defensa de sus connacionales. Es menester un poco de más patriotismo, señores míos. Los hombres que aman á su patria se sacrifican por ella; y si ustedes saben que á Loreto sólo se le espera la ruina y la desolación en esta desigual lucha contra toda la República, no les queda otro recurso que evitarla. Bien les consta á ustedes el deseo que me anima de servirles. Sólo así se explica que me preste á oírlos y á suspender las hostilidades; pero como nadie quiere creer que es un espíritu de concordia el que me anima, los periódicos que me son hosti-les, que ya son casi todos, me tratan de cobarde y traidor. El Comercio ha llegado á decirme que estoy tan apurado por dinero, que acabaré por vender Loreto. ¿Ustedes creen que esto no me molesta? Pero, en fin, en la vida pública los hombres deben sacrificarse por los verdaderos ideales de la patria, por lo general no comprendidos inmediatamente por los pueblos. Algún día se me hará justicia; y entonces se verá que el móvil de muchas de mis arbitrariedades, sí, arbitrariedades, lo reconozco, está en mi deseo de que el poder quede siempre en manos fuertes como único medio de mantener la paz, sin la cual no puede haber nada. A mi juicio, ustedes deben volver lo más pronto posible á Iquitos, á fin de que den á conocer á sus comprovincianos la verdad de lo que ocurre en este asunto y la peor parte que se les espera en él. En cuanto á mí, estoy dispuesto á conceder lo que me permita la ley. Y como deseo que todo termine bien, prometo conseguir del Congreso, próximo á reunirse, una ley de amnistía para los compro-metidos en el movimiento, y nombrar desde ahora mismo de prefecto, á la persona que ustedes me indiquen. —V. E. tiene razón en aconsejar la paz—contestó el señor Palomares.—En cuanto á nosotros, tampoco nos falta deseo de trabajar por ella; pero sucede que los hombres tienen que ser consecuentes con su política, aun cuando sepan que serán derrotados. La suerte está echada; y todo cuanto se haga en contrario será arrollado por la indomable voluntad de nuestro pueblo, en su deseo de ser libre. Ya es tarde para volver atrás; aconsejando el desarme, sólo conseguiríamos que se nos tratase de cobardes y de traidores, sin obtener nada. S. E. comprendió que habían perdido toda esperanza de apoyo moral y material; pero que no por esto les acobardaba la lucha, y que estaban resueltos á llevarla á cabo. Viendo que era inútil insistir, se limitó á despedirlos muy amablemente. En la noche, los diarios de la ciudad anunciaron el fracaso de las negociaciones iniciadas por la delegación de Loreto, el inmediato regreso de sus miembros por la vía del Pichis y el comienzo de la guerra civil entre oriente y occidente. La hora de comer los reunió. Todo estaba resuelto para ellos. Unas pocas semanas habíales sido suficiente para conocer que Lima les era hostil; y que Loreto sólo conseguiría su gobierno propio á fuerza de mucho dinero y mucha sangre. Los señores Palomares y Pazmiño estaban mudos. El porvenir les aterrorizaba. Poseían negocios y propiedades en aquella tierra y cualquiera que fuera el resultado de la contienda, las pérdidas materiales serían de consideración. Fué al final de la comida, al tomar el café, que ambos se dirigieron una mirada de inteligencia y sonrieron al ver que se comprendían. El primero de ellos dijo, moviendo la cabeza: —Me lo esperaba Es ahora que puedo apreciar lo imprudente que hemos estado al embarcarnos en una empresa de tanta magnitud. Nuestra desgracia estuvo en no haber conocido antes á Lima. Y pensar que esos señoritos limeños recién avecindados en Iquitos, nos decían que aquí se arreglaría todo admirablemente. Como ellos tienen muy poco que perder y mucho que ganar, son unos federales decididos. Urzúa los oía sin contestar nada, y sin que por esto dejara de pensar en los mismos sucesos. La guerra civil no le espantaba; por el contrario, sentía por ella la fascinación que produce en los espíritus jóvenes lo sublime cuando es desconocido. "Qué puedo perder en ella, reflexionó, sólo mi vida y mi fortuna." La primera, por el aislamiento en que vivía y su carencia de sentimientos religiosos, le era de muy poco valor. ¡Su fortuna! qué le importaba arruinarse cuando se sentía con fuerza para recuperar su riqueza? La había heredado y no sabía lo que eran hambre ni miserias. Marta le preocupaba mucho más, como que estaba enamorado de ella, sin atreverse á confesarlo, ó tal vez, de buena fe, sin quererlo creer. Los románticos afectos de su última infancia habíanse despertado en su alma, y á despecho suyo, atormentábanle cada vez que se daba cuenta de lo imposible que le era alimentar en su corazón la más remota esperanza. "Recuerdo, se decía, que á los catorce años la amaba con todo el entusiasmo de la pasión primera; ¿pero no fué todo aquello un juego de niños? ¿Es posible que algo de esa época juvenil haya quedado en mi alma? Felizmente para mí todo ha concluido en Lima; y en breves días más volveré á mi vida de montaña, donde trataré de buscar consuelo para mi desdicha, ya que tengo que guardar en lo más recóndito de mi alma el dolor que me aflige. No quiero que nadie lo sepa, y menos ella, en quien supongo imposible un nuevo amor por otro hombre, después de la trágica muerte de aquel á quien entregó su corazón por entero. ¿Qué ganaría con despertarla? Sólo afligirla con mis temerarias pretensiones y hacerle intolerable la vida conventual, si su alma no está del todo muerta á los estímulos de otra pasión." —¿En qué piensa Ud?—le preguntó el señor Palomares. —¡En la causa de Oriente!—exclamó el joven con entusiasmo.—¡En la libertad de nuestro pueblo! ¡en la conquista de su independencia! —¿Por medio de la guerra?—le preguntó el señor Pazmiño. —¡Por medio de la victoria! en la cual estaré yo entre los más esforzados. —¡Oh juventud!-exclamó el señor Palomares.— Ella nos lleva á los mayores desenfrenos; pero es también la única que triunfa sobre los mayores obstáculos. Poco después llegó el coronel Martínez, sumamente impresionado por los sucesos del día. —Lo sé todo,—les dijo,—y estoy horrorizado de lo que pasa. Conozco á Loreto: es un pueblo valiente, decidido y rico, que peleará hasta derramar la última gota de sangre. ¡Pobre Iquitos! ¡un centro comercial tan importante! Pero ustedes no saben lo más grave del asunto en lo que se refiere á mí: he sido nombrado comandante en jefe de las tropas que expedicionarán sobre ese departamento, y se me obliga á que salga mañana mismo con una división de ejército, por la vía de Moyobamba y Yurimaguas. Inmediatamente que el ministro de la guerra me comunicó mi nombramiento, le hablé de mi renuncia; y como se niega á aceptarla, me veré esta noche con el Presidente y exigiré de él que se nombre á otro. Yo no voy en misiones de exterminio, ni quiero glorias asesinando á mis hermanos. IX Alfonso tuvo que dejarles para visitar á la señora Orbea. «Qué caserón tan viejo», pensó al atravesar el enorme patio de la solariega casa de las Barbanera. La puerta de la calle, las columnas, el piso, casi en su totalidad de piedra rodada, y las enormes mamparas que rodeaban los corredores, revelaban una construcción muy antigua y un espíritu muy conservador en los dueños de ella. Una luz de gas cubierta de un enorme farol, alumbraba pobrísimamente el portal de entrada, dejando lo demás en la penumbra. Un portero anciano y achacoso le dejó parado en la mitad del corredor, después de preguntarle su nombre. Volvió de las habitaciones interiores al cabo de un rato, y haciéndole una venia muy cortés, le dijo que esperara un momento, que ya le iban á abrir. La señora Orbea tenía varias visitas; y aunque todas eran de confianza, indudablemente que no podía recibir al lado de ellas al hombre que debía hablarle de la muerte de su hijo y provocar una escena de lágrimas. Sus hermanas se lo hicieron comprender así; y después de muchos secreteos y de pedir excusas á los presentes, la llevaron á su alcoba. Mientras todo esto no se realizó, Urzúa no fué introducido en el salón. Le recibió la más habladora de las Barbanera, misia Chepita, quien le presentó al señor Ochoa, capellán de San José, que estaba de visita, como también lo estaban Beatriz Mompox, Manuelita Cegama y su hermano Pepe, un antiguo amigo y condiscípulo de Urzúa. Alfonso fué invitado á tomar asiento después de haber saludado á los presentes, y como todos quedaron en silencio, dedujo que algo extraordinario pasaba en la familia. Misia Chepita entró al cuarto de su hermana; volvió á salir inmediatamente; se acercó al señor Ochoa, con quien cambió algunas palabras en voz muy baja. Después llamó á su hermana Candelarita, con quien también consultó algo; y, por último, hizo una seña á Alfonso, que se puso de pie y fué al alcance de ella. —No olvide usted—le dijo,—lo que le advertí el otro día. Hay que decirle que su hijo murió confesado en Iquitos, á donde lo llevaron herido. Nada del flechazo en el corazón ¡qué horror! ¡Dios mío! Nada, nada de eso; pero sí confesado. No olvide usted. Ahora, vamos. Panchita está en su cuarto. Antes de entrar, misia Candelarita se acercó á los dos, y le dijo á su hermana: —¿Ya le dijiste lo de la confesión? —¡Alabado sea Dios! ¿Qué, me crees dementada? —No es eso; sino como te veo tan nerviosa. —Vamos Urzúa—dijo la otra, sin atender á la excusa de su hermana. Atravesaron varias habitaciones hasta llegar al dormitorio de la señora Orbea. Esta ocupaba en su enorme cuarto la misma silla baja en que la había visto Marta cuando fué á despedirse de ella, antes de entrar á Santa Mónica. Una lámpara de aceite, puesta sobre una cómoda antigua, alumbraba con claridad los pies de un Señor Crucificado, hecho en marfil; y como su luz era suave y escasa, todo aquel recinto estaba casi en la oscuridad. Alfonso, tomado de la mano por misia Chepita, fué conducido hasta el sitio en que estaba la anciana. Allí quedó de pie, mudo y sumido en profunda pena, al ver á la madre de su finado amigo bañada en lágrimas, y todavía inconsolable por la muerte de su único hijo. Su conductora tomó una silla baja y le obligó á sentarse, haciendo ella otro tanto en un reclinatorio. Al fin la señora rompió el silencio, y con voz muy apagada, después de haberse lamentado de su suerte, interrogó repetidas veces, con la ansiedad de una persona que teme oír algo desagradable. Habiendo satisfecho su curiosidad, quedó muy consolada. Alfonso le aseguró haber visto morir á su hijo, haberle cerrado sus ojos y haber quedado encantado de la piadosa muerte que había tenido, después de cumplir con sus deberes espirituales. —Dios lo ha querido así. ¡Hágase su santa voluntad!—exclamó ella.—¡Quién sabe cuántos sufrimientos le esperaban en la tierra!... Esta niña le tenía loco. ¡Pobrecita! Ella también ha sido bien desgraciada y hoy busca consuelo en un convento. Aquí estuvo á despedirse. Con respecto á usted, Alfonso, sólo Dios sabe cuánto he bendecido su nombre y cuánto le pido todos los días á la Santísima Virgen que recompense sus bondades haciéndolo feliz! Usted fué su providencia en aquel desierto. Usted le puso en el trabajo y le enseñó á ganar dinero. Aquí se decía de él que había nacido demasiado caballero y que no sabía hacer nada. Tenía con qué comer, y porque no se mataba trabajando le creían inútil. Su heroica muerte ha confundido á todos aquellos que no le querían bien. ¡Pobre hijo mío! ¡Cuántas lágrimas hemos derramado juntos en este mismo cuarto por culpa de ese amor, que sólo fué para las dos familias una fuente de resentimientos! ¡Pobre Marta! ¡quién lo creyera! que los millones de su tío antes de tenerlos le ha-bían de hacer profundo daño. Dicen que esa plata fué muy mal adquirida por don Atanasio. Yo no sé qué haya de cierto en esto; sólo me consta que, hasta ahora, ese dinero no ha ocasionado sino desgracias á los parientes del difunto, y pleitos entre los que no lo son y figuran como herederos. Alfonso agradeció vivamente emocionado las finezas de la señora Orbea. Le repitió que nada tenía que agradecerle; que no había hecho otra cosa que cumplir con su deber. Al despedirse le avisó su próxima partida para Loreto y su propósito de volver para decirle adiós. —Esta visita ha sido para Panchita,—díjole al joven misia Chepita.-Ahora venga usted al salón para cumplir con nosotras. Urzúa volvió á tomar asiento entre los contertulios de las Barbanera; y fué objeto de numerosos cumplimientos cuando se supo la sagacidad con que había consolado á la pobre madre. El señor Ochoa, uno de los visitantes en aquella noche, era un anciano muy bondadoso y muy simpático. Hacía cuarenta años que ejercía el cargo de capellán en San José. Hombre de verdadera virtud y de una bondad de alma que rayaba en debilidad, habíase envejecido en su iglesia haciendo todo el bien posible, sin aspirar jamás á una canongía. No era persona de consejo ni de muchos alcances intelectuales; pero sabía tomar tan buena parte en el dolor de los demás, que por esta sola cualidad se hacía necesario en el hogar de los que sufrían. Ingenuo y sin pretensiones de gran ilustración, tomó aquella noche á su cargo á Urzúa, en su deseo de saber cómo era la vida por Loreto y qué querían los hombres de aquella región. Oyó lo que su interlocutor le dijo; y cuando todo lo supo, se limitó á mantener su espíritu en la más completa tranquilidad, sin sentir el menor apasionamiento por el triunfo ó la derrota de los rebeldes. Siempre tomaba las cosas con mucha calma: y cuando se le obligaba á dar su opinión sobre la con-ducta de alguna persona, decía seráficamente: "Quiera Dios que todo eso sea para el bien de su alma". Dotado de una gran bondad, veía hasta en las faltas de los hombres un camino de salvación. "Es posible que esos malos pasos le lleven al arrepentimiento y le vuelvan al camino de la virtud", decía al juzgar de los malvados. Urzúa tuvo que suspender la conversación con el señor Ochoa, á quien el sueño, que durante mucho rato le obligaba á cabecear á menudo, al fin rindió, dejándole completamente dormido. Misia Chepita se sonrió y mirando al joven, le dijo: —Se levanta muy temprano, como que dice la misa de seis en San José; así es que, en cuanto dan las nueve, ya no puede estar despierto. Lo más gracioso es que siempre se está quejando de desvelos, diciendo que pasa las noches en claro. Manuelita Cegama conversaba con Beatriz. También era un tipo de belleza y tan joven como su amiga, pues acababa de cumplir veintidós años. Habían principiado su intimidad en el Colegio de Belén, donde hicieron su educación. Manuelita y Pepe eran huérfanos, y encontrándose solos en el mundo, vivían en la más estrecha unión en compañía de sus dos hermanos menores, Luis y Lucas, respectivamente, de once y doce años de edad. La madre de los jóvenes había muerto hacía once navidades, cabalmente, por causa del alumbramiento de Luis. El padre pasó á mejor vida mucho tiempo después. Rico en su juventud, quedó arruinado por causa de la guerra con Chile. Este desastre económico y la muerte de su esposa, debilitaron notablemente su cerebro; siendo así que, cuando murió, estaba casi demente. Pepe hizo sus estudios en la Escuela Militar y se dedicó á la carrera de las armas. Tenía ya el grado de teniente de artillería cuando el viejo principió á ponerse delicado de salud; y como la pobreza amenazaba invadir su hogar, se vio obligado á dejar la espada para dedicarse al comercio, lo que era más fatigoso pero más lucrativo. Tenía entonces veintidós años. Desde esa edad mantuvo á su familia, por manera que, cuando el pobre anciano murió, ya tenía veintiséis y en nada se trastornó el modo de ser económico de aquella casa. Posteriormente le fué mal en el comercio, por lo que volvió al militarismo, y en la época en que estos sucesos ocurrieron, era capitán de artillería y había cumplido treinta años. Manuelita y Pepe se amaban entrañablemente. Solos en la vida, casi sin parientes y en la necesidad de unirse para estar menos aislados, se buscaron mutuamente y se amaron con pasión. Tenían en su pasado una historia de doloroso recuerdo: la madre había muerto en la plenitud de su vida, en los momentos en que más falta hacía á sus hijos; el viejo, sin poderse consolar de sus desgracias, se dió al abandono. Educados en la escuela del infortunio, sin muchos días de ventura que recordar en los pocos años que llevaban de existencia; en él, como que tenía más edad, acentuábase su afecto por ella al verla huérfana, desheredada, sin otros atractivos que su bondad y su belleza. A su vez, Manuelita, le veía tan bueno, tan abnegado, tan valiente en la lucha por la vida, siempre tan pobre, no obstante su talento y su tenacidad por el trabajo, que sus ojos se le llenaban de lágrimas cuando sus amigos le hablaban bien de su hermano. "Pobre Pepe! -exclamaba: ¿á dónde no hubiera llegado ya, dotado como está de un espíritu audaz y perseverante, si teniendo á sus padres vivos y ricos no estuviera obligado á sostener su casa y sus hermanos; y lo que es peor, á no ausentarse de su patria y buscar riquezas fuera de ella por la falta que nos haría á mí y á los muchachos? Así ¿cómo podrá abrirse paso en la vida? Temeroso de perder su puesto se mantiene en tal grado de modestia, que ya le hace daño. Cuántos de sus compañeros con menos talento que él han subido ya muy alto! ¡Pobre hermano mío!" Si la fortuna no les era propicia, en cambio tenían buena suerte en amor. Pepe era amado y admirado por su novia. No obstante su pobreza, Beatriz, atraída por su talento, su bondad y su carácter, se decidió por él. Le encontró superior á los otros que la amaban y le dio su palabra de matrimonio. Era ella entre sus hermanos la mayor. Su padre, persona muy distinguida en Lima y notable abogado, hacía dos años que estaba paralítico; y aunque su estudio seguía abierto y tenía numerosos clientes, ya no ganaba lo que en sus tiempos de buena salud, en los que podía informar en la Corte y sacar triunfante sus causas con el poder de su oratoria. Tenía adoración por Beatriz; siendo él y María Eugenia, otra hija suya de diez años, los únicos en ese hogar que aprobaban y protegían los amores de la señorita Mompox con el caballero Cegama. Los demás hermanos como también la madre, odiaban á Pepe y juzgaban á Beatriz como una niña terca, que se había encaprichado en no casarse con el señor Leniz ó con uno de la García Azuaga. Estos amores habían dado lugar á muy serios disgustos en la familia; y á no ser por el temor de causarle molestias y aun la muerte al abogado, la señora Mompox los hubiera cortado de raíz. Beatriz contaba al paralítico todos los pormenores de su afecto por Pepe; y cuando la madre se incomodaba de esta falta de respeto y á solas hacía cargos á su marido, éste, con mucha calma le contestaba: "Déjala que viva con sus ilusiones, que sea feliz siquiera en su juventud, que su suerte no ha de mejorar porque nosotros querremos enmendar el curso de sus afecciones. ¡Quién sabe qué porvenir se le espere! ¡Pobre hija mía! Y si al final de todo, Pepe no puede casarse con ella, y tiene que escoger entre el hijo de García Azuaga á quien no quiere, ó el vejete de Leniz, á quien detesta, ¿las cosas no se desarrollarían de una manera natural y no forzada como tú pretendes? Por lo demás, yo te garantizo que Pepe y Beatriz son un par de chicos muy juiciosos; y que ni uno ni otro cometerán la calaverada de casarse hasta que el primero no tenga con qué hacerlo." Los amores de Manuelita con Pablo Florimbó eran de otro carácter. Dotado el novio de una fortuna propia y sin tener más voluntad que respetar que la de su madre que le amaba mucho, y que veía con muy buenos ojos su compromiso con la señorita Cegama, hubiera podido casarse en cualquier día, á no ser por ciertos entretenimientos que tenía el joven con una guapísima mujer casada y perteneciente á lo mejor de la sociedad limeña. Las cosas pasaban sin escándalo; al menos, el señor Gonzálvez, que era el marido de María Carvo, no se había impuesto de las intimidades de su señora con el caballero Florimbó. Pablo, que era muy amigo de los esposos y á quien se recibía en aquel hogar como una persona de intima confianza, no tendría más de treinta años. Era pequeño y delgado; al paso que María Carvo tenía ya sus treinta y dos, y en verdad que estaba gruesa. El novio de la señorita Cegama era periodista y diputado al Congreso. Dedicaba toda su actividad á la política del país, y por su constancia se le había nombrado primer secretario del partido civil. Hacía como año y medio que estaba comprometido para casarse; pero la salud de su madre, que le obligó á llevarla á Europa, y su última campaña política en el norte, para activar los trabajos eleccionarios de su diputación, le habían proporcionado excusas para no llevar á cabo su compromiso. Su amor por Manuelita era grande; sabía que era correspondido; sabía también, que debía cumplir la voluntad de su madre que deseaba verle casado; sin embargo, rico como estaba, muy lleno de amigos y con el corazón dividido entre el amor digno de la señorita Cegama y el amor concupiscente de María Carvo, no se resolvía á cumplir con su palabra. Quería, según su propia expresión: "ser más tiempo libre, cansarse de la soltería", para después ser un esposo modelo. Los hermanos Cegama estaban muy al corriente de cuanto en público se decía; y aunque á Manuelita no le faltaban deseos de hacerle cargos á su novio y hasta de romper con él, Pepe la contenía y la instaba á que se manejase con dignidad y prudencia. "Es preferible, le decía, que Florimbó viva en la idea de que lo ignoramos todo ó por lo menos en la duda de ello, á que se convenza de que sabemos sus enredos con esa mujer; y en este caso, al oír tus quejas, se vería obligado á engañarte ó á romper contigo. Lo que no se puede remediar hay que soportarlo. No acostumbres á la mentira al hombre que puede ser tu esposo. Tampoco le trates con demasiada dureza: que no comprenda antes de casarse, que tendrá por mujer á una persona celosa é intransigente. Nunca le hables de María Carvo, y si él te dice algo de ella, disimula en cuanto te sea posible el desagrado que te ocasiona esa mujer. Si le obligaras á hablar, ten por seguro que te lo negaría todo. Al menos, si te quiere y te respeta, eso es lo único que puede ha- cer. El es caballero; parece que te ama; y si llega á casarse contigo romperá con la otra sin escándalo, y sabrá guardarte los respetos que se deben á toda esposa. Si así no lo hiciera, tú primero y yo después le colocaríamos en su lugar." José Cegama acercó su silla al lado de la de Urzúa y tuvo un rato de conversación agradable con él. Recordaron sus buenos tiempos de colegio. Se conocían desde la niñez; y no obstante los muchos años que habían pasado sin verse, se abrazaron con el mismo cariño que cuando fueron niños. Pepe le recibió el día de su llegada, le visitó en su hotel, y en esa noche le comprometió para que no se fuera sin conocer su hogar. —El 11 de Julio es santo de Manuelita y si para esa fecha no te has ido—le dijo Pepe—te invito á comer en casa. No esperes nada extraordinario; ya sabes que soy pobre; en cambio te encontrarás con gente joven que te quiere. Nos sentaremos á la mesa Beatriz, una hermanita suya, Pablo Florimbó, Manuelita y yo. ¿No te parece un simpático grupo? Alfonso, si el Gobierno te deja permanecer en Lima hasta esa fecha, no dejes de asistir. —Gracias, muchas gracias, mi querido Pepe, si estoy aquí, creeme que no faltaré. Pero dime: ¿Florimbó no estuvo en el colegio de Toro con nosotros? —Sí, pero muy pocos meses. Sus padres le sacaron para mandarle á Europa, donde ha hecho toda su educación. Conversaron después sobre negocios. Alfonso instaba á Cegama para que se radicara en Iquitos, garantizándole una fortuna en cuatro ó cinco años. "Aquello de morir de un flechazo, como el pobre Orbea, es muy raro", le dijo. No faltaban deseos á Pepe de aceptar la protección de su amigo; pero también comprendía que abandonar Lima por cinco años le era prácticamente imposible, estando de novio y teniendo tres hermanos á su cargo. Dieron las diez, y una linda mulatita, nacida en la casa é hija de ña Bonifacia, la criada de confianza de misia Candelarita, sirvió el té y unos bizcochuelos hechos en Santa Mónica y obsequiados por Marta Avellaneda. El capellán de San José fué despertado; pero dijo que no quería té, pues éste le desvelaba. Prefirió irse. Pepe le puso su capa clerical, y un criado que aguardaba en la antesala, le tomó del brazo y le condujo á su domicilio. Poco después se retiraron las demás visitas. X A las dos y media de la tarde del día 6 de Julio, los delegados de Loreto llegaron á la estación de los Desamparados para tomar el tren que debía conducirlos á Oroya, en su viaje de regreso á las fluviales regiones de Oriente. La noche anterior habían estado á despedirse del Presidente y á darle gracias por sus finezas y atenciones. S. E. los recibió con el afecto de costumbre, emocionándose cuando llegó el momento de la verdadera despedida. "No había necesidad de que partiesen tan pronto, les dijo. ¿Por qué salen tan precipitadamente de Lima? Ya que así proceden, que conste que no les he apurado para que se retiren." Contestó el señor Palomares excusándose con la verdad, que en este caso no había por qué negarla; como que era muy justo que ellos estuvieran en Iquitos al lado de los suyos lo más pronto posible, ya que toda gestión de arreglo había terminado. También habíanse despedido personalmente, en los días anteriores, de los ministros y casi de todas las personas que les habían visitado. Teniendo Loreto fama de ser un territorio inculto, querían probar lo contrario. Un poco después de las tres, una locomotora y un coche se detuvieron delante del andén de la estación. Los delegados se despidieron de sus acompañantes. ¡Qué diferencia, el número, el personal que les había recibido y el que ahora les decía adiós! Felizmente, Urzúa tenía algunos amigos y todos concurrieron á la estación. Pepe Cegama, elegantemente uniformado, le estrechó diciéndole: "Este abrazo es el mío, el de Manuelita y el de Beatriz. Yo no sé cuál de los tres ha simpatizado más contigo en tu corta permanencia en Lima. Adiós, Alfonso. Quiera el cielo que el destino no permita encontrarnos algún día en filas opuestas, en esta inevitable guerra. No dejes de contestarme, que yo no olvidaré de escribirte." Don Juan de la Cruz, monseñor Zavaleta, Jorge García Azuaga, el señor Leniz y Petita Otzuarte estaban también presentes, y no pudieron disimular su emoción. Peta, como buena tía, derramó sus lagrimones. Momentos antes de partir el tren llegó muy apurado el señor Ochoa, el capellán de San José. Urzúa tuvo que bajar del coche para darle las gracias por la fina prueba de afecto que le daba viniendo á despedirse de él. El anciano lo recibió en sus brazos. —Urzúa—le dijo—recibe la bendición de este viejo, que hace varios años te quiere sin haberte conocido, por las muchas bondades que tuviste para con Orbea. Recibe, también, la despedida de misia Panchita, que te ha llorado y la de sus otras hermanas. Parte tranquilo, y con la seguridad de que rogaremos por ti. Desde mañana no dejaré de pronunciar tu nombre en el santo sacrificio de la Misa, para que el Señor te tenga presente. Dios te lleve con bien. ¡Ah! me olvidaba: misia Chepita te manda este escapulario. No dejes de ponértelo. Está bendito. Que no te falte la fe en Dios, Urzúa; y si no nos vemos más en la tierra, sea el cielo nuestra patria futura. El tren partió. Varios grupos de curiosos que habían venido á la estación á presenciar la partida de los loretanos, se mantuvieron en silencio y con la mayor compostura. No hubo un viva; pero tampoco se oyó un silbido. Alfonso sacó de su maleta una novela, pero bien pronto la dejó, no pudiendo pasar en su lectura de la primera página. Su imaginación estaba enardecida por múltiples recuerdos que en confuso tropel se presentaban á su memoria, excitando su apasionamiento y causando en su alma un sentimiento de profunda pena, de inconsolable tristeza, como si esos seres que había dejado en Lima, hubieran vivido con él toda la vida, ó estuviera condenado á no verlos más. Su familia y sus amigos le habían tratado con tanta distinción, con tan sentido afecto, que le cautivaron por completo. "Parece mentira, pensó, que esta gente sepa hacerse querer tanto. Con razón, la mitad de los extranjeros que arriban á estas playas se casan en esta ciudad. Y esto es que no he encontrado, porque no la he buscado, una Manuelita, una Beatriz ó una Lía que me quiera como ellas saben querer. Desde que vi á Marta vivo en el mayor desequilibrio moral." —Si mi fuerza de voluntad no fuera tan grande-continuó—hoy sería muy desgraciado. Sólo Peta, mi buena tía, en su falta de seso, pudo enclaustrarla. Por fortuna, ella no se ha dado ni se dará cuenta del afecto que ha despertado en mí. Yo lo evitaré á todo trance; y si acaso mi resolución flaqueara, los espesos muros de su convento y la religiosidad de su alma estrellarían el ímpetu de mis locos deseos. Me voy sin haber podido hablar con ella una vez más. En dos ocasiones estuve en su convento, y por dos veces la madre portera me habló de las austeras reglas monásticas de Santa Mónica, que sólo permiten visitas en ciertos días del año. Ayer quise verla para decirle adiós, pero Raquel me dijo que no había locutorio para nadie, y que me fuera sin pena alguna, que ella se encargaría de cumplir mi deseo. ¡Pobre Marta! Los viajeros pasaron la noche en Matucana y al día siguiente, á las 12 meridianas, llegaron á Oroya. Como el tiempo estaba despejado y en la noche se tendría luna, decidieron salir á las tres de la tarde para Tarma, acompañados de un guía, que les ofreció hacer el viaje en cuatro horas. El equipaje podía enviarse al día siguiente, lo que no significaba ningún contratiempo. A las cinco, la partida llegó á la altiplanicie que separa la hoya del Mantaro de la del Chanchamayo. Allí hicieron alto y echaron pie á tierra. El arriero que los acompañaba sacó una botella de coñac y les dio de beber, con lo cual mitigaron el frío. Encendieron un cigarro y se recostaron sobre la raquítica vegetación de aquella puna. Ninguno estaba cansado y el buen humor, no obstante lo tétrico del paisaje, no se había perdido. El guía arregló las monturas, ajustó las cinchas y colocó los pellones. Iban á montar para seguir el viaje, cuando al extremo de la pampa, como á distancia de un cuarto de legua, vieron un pelotón de gente viniendo á todo galope. El guía se colocó la mano sobre la vista, y como tenía práctica en mirar de lejos, reconoció que los ginetes eran soldados y que estaban haciendo señas con sus pañuelos. El señor Palomares opinó que el viaje se continuara sin hacer caso de aquella gente. Siguieron su consejo y principiaron á descender la montaña. El arriero, que no las tenía todas consigo, volteaba la cara á cada momento y observaba con toda claridad el movimiento de los soldados. Para él, no había duda que esa gente venía en persecución de sus señores. Cuando la tropa estuvo más cerca comenzaron á oírse voces que á gritos pedían algo incomprensible por la distancia. En esta situación se oyó un tiro y después otro. Los viajeros, muy asustados, detuvieron sus cabalgaduras. Urzúa sacó su revólver; pero sus amigos le aconsejaron que lo guardara. Ellos no eran más que tres y sus perseguidores llegaban á ocho. —¿Qué será esto?-dijo muy impresionado el señor Pazmiño. —Tal vez pretendan fusilarnos en un camino como á bandoleros—contestó el señor Palomares. —A mí me parece que vienen con malas intenciones —agregó Urzúa.—Si tal cosa sucede, por lo menos, el oficial quedará sin vida. Yo me ocuparé de él. —Tenga usted calma, joven,—le dijo secamente el señor Pazmiño.—Hasta que no sepamos lo que quieren de nosotros no debemos emplear las armas. Es probable que sólo vengan á tomarnos presos; y en este caso sería una imprudencia resistir. Mientras los viajeros discutían la actitud que debían tomar, los soldados siguieron avanzando hasta aproximarse á ellos. Entonces, el oficial, que era un mestizo indio, con el grado de capitán, se adelantó y con voz altanera exigió que echaran pie á tierra y entregaran las armas. Las dos órdenes fueron cumplidas; pero en la del desarme, el sargento estuvo sumamente grosero. —¿Qué es esto?—preguntó indignado el señor Pazmiño.-¿Creen ustedes que somos unos bandidos? —¡Silencio!—contestó el oficial. —Están presos, y si hacen la menor resistencia ó la menor protesta los fusilo. Debería llevarlos á pie y amarrados; pero como tengo precisión de llegar á Oroya les permitiré usar sus bestias. ¡Bueno! ya saben lo que hay; y ahora mucho orden, porque estoy ansioso de que me den un pretexto para pasarlos por las armas. Sargento: vaya usted por delante con cuatro hombres, que yo cerraré la retaguardia. Los señores Pazmiño y Palomares, que se habían dado por muertos, quedaron muy tranquilos al ver que todo se reducía á tomarlos presos. No pasó lo mismo con Urzúa, que estaba muy violento y que cambió algunas palabras descompuestas con el oficial; pero que al fin se calló por mandato de sus compañeros. El viaje de regreso se hizo en el mayor silencio. El camino era de bajada y en menos de dos horas llegaron á la Oroya. A la entrada del cacerío los aguardaba el Comisario, que se adelantó á recibirlos muy atentamente y muy solícito de dar sus excusas por haberlos hecho regresar. —Estoy autorizado por el Ministro de Gobierno-les dijo—para suplicarles que regresen mañana á Lima por el tren ordinario. Como ustedes habían salido para Tarma, di orden para que les avisaran lo que pasaba. —¿De manera que estamos libres?—preguntó Urzúa. —Completamente libres, señores—dijo el Comisario. —¿Y para decirnos esto ha sido necesario que esta tropa haya querido fusilarnos en el camino, que nos hayan despojado de nuestras armas y tratado con palabras soeces?—preguntó Urzúa. —Usted principió—le dijo con grosería el capitán Chumpitaz. —Ahora verá el telegrama que le pongo al Presidente—le contestó Urzúa. El Comisario y los señores Pazmiño y Palomares mediaron entre los exaltados jóvenes, y pudieron dar término á la cuestión. Los delegados se fueron al hotel y la tropa á su alojamiento; pero Urzúa, sin consultar nada á sus compañeros, telegrafió al Presidente, dándole cuenta de todo lo sucedido. Una hora después, el capitán, por orden del Ministro de Gobierno al Comisario de la Oroya, estaba con una barra de grillos, debiendo marchar al día siguiente preso á Lima. En la contestación al telegrama de Urzúa, los delegados recibieron excusas por los atropellos cometidos por un oficial ignorante, que los había tomado por conspiradores. Se les anunciaba, además, el deseo que tenía el Presidente de reabrir las negociaciones de Loreto sobre una base muy favorable para ese Departamento. Esta noticia los dejó completamente tranquilos, y libres de las dudas y negras suposiciones que les habían mortificado, en las dos horas que estuvieron bajo la prisión de aquel bárbaro militar. Entre los pasajeros del hotel estaba el coronel Moretti, Prefecto de Huánuco, quien, en mucha reserva, les contó los sucesos realizados en la ciudad de su mando, en la cual, los revolucionarios, encabezados por el doctor Cayo, habían asaltado la plaza; y aunque él había resistido durante ocho horas en la prefectura, al fin había tenido que capitular, bajo la condición de que lo dejaran retirarse con su escasa tropa, la que había dejado en el Cerro. Hacía cinco días que estos sucesos se habían realizado, y el Gobierno de Lima acababa de tener noticia de lo ocurrido, por el telegrama que el jefe derrotado le había enviado de la Oroya, en la mañana de aquel día. En la noche, algunos viajeros que llegaron de Tarma y de Huancayo, hicieron pública la noticia, añadiendo que, según toda probabilidad, el Cerro de Pasco debería estar tomado por el doctor Cayo, quien, si no encontraba resistencia, avanzaría hasta Jauja. Con esta alarma, la intranquilidad volvió á posesionarse del ánimo de los delegados. Casi no comie-ron, y unidos al Prefecto de Huánuco y al doctor Milvela, un rico propietario de Huancayo, salieron á las ocho de la noche á buscar nuevas noticias. En la estación del ferrocarril supieron por el Comisario, que el oficial preso estaba dando dinero y licor á la tropa para sobornarla y conseguir su libertad; que, por tanto, no respondía del orden pues sólo tenía ocho hombres que le eran leales, para defenderse contra los quince del capitán, en caso de un levantamiento. —Saque usted su gente—le dijo el coronel Moretti, que era un hombre de valor y de sangre fría—y véngase al hotel con ella. Media hora después se presentó con cuatro hombres, dos rifles y una caja de municiones. No había podido sacar más del cuartel. El resto de su gente estaba enrolada con los gendarmes y probablemente mareada. El Prefecto mandó cerrar las puertas y organizó una defensa, compuesta de él, su ayudante, su ordenanza, el Comisario, sus cuatro hombres y el delegado Urzúa. A las nueve de la noche se oyeron varios tiros, y como el hotel estaba lleno de huéspedes que bajaban al día siguiente á Lima, se produjo un desorden espantoso, especialmente en las mujeres, que, con sus desesperados gritos, aumentaban el pánico. El coronel Moretti dominó la situación é impuso silencio. Obtuvo, mediante su sagacidad, que todas las personas sin armas ocuparan el comedor, y que los señores Pazmiño, Colmenares y Milvela acompañaran á las señoras, que fueron alojadas en las caballerizas y defendidas por unas pacas de pasto seco, para librarlas de las balas. Habiendo puesto orden á toda la gente inútil para la resistencia, ocupó con sus hombres armados los altos de la casa, y los distribuyó perfectamente, colocándolos detrás de colchones de lana. Se supo más tarde, que el capitán estaba al frente de su tropa, en todo unos veinte gendarmes, y que ocupaba el puente de la Oroya. —Ese hombre debe saber que estamos armados y atrincherados— dijo el coronel,—y si hasta ahora no nos ha atacado, es probable que ya no lo haga. Fuerza debe llegar de un momento á otro, y como él debe esperarla también, es posible que tome el camino del Cerro para unirse al doctor Cayo. La noche se pasó intranquila, pero sin el esperado asalto. A las cuatro de la madrugada llegó de Lima un convoy con 400 hombres de infantería, y la confianza se restableció por completo. Conforme lo había dicho el coronel Moretti, la tropa insurrecta hizo su retirada á las 10 de la noche; y aunque á las seis de la mañana se despacharon partidas en todas direcciones para alcanzarla, sólo se encontraron rastros en el camino que va para el Cerro. El tren de pasajeros partió á las siete de la mañana, y no obstante que se pusieron dos carros de primera clase, algunas personas tuvieron que ir de pie. Las señoras eran las más contentas de la partida; y como el peligro había pasado, se reían de la noche de perros tenida en el hotel. Quien no salía aún del susto era el doctor Milvela. —Amigos míos—les decía á los señores Pazmiño y Palomares, —Lima es el único lugar del Perú donde se tiene completa garantía para la persona y la propiedad. La vida en provincias es insegura, especialmente en época de revolución. Cuando hay paz la cosa es más pasable, como que la prensa de la capital chilla contra los prefectos y autoridades arbitrarias, las que al fin son removidas por el Gobierno, para salvar el prestigio de su autoridad; pero en tiempo de guerra civil, hasta un simple oficial de gendarmería nos amenaza con fusilarnos, como acaba de pasar con ustedes. Por esto yo me voy á Lima con toda mi familia. Así no me evitaré los cupos; pues no estando yo presente mi administrador los tendrá que pagar al doctor Cayo; pero, al menos, me veré libre de sustos y vejámenes personales. El convoy llegó á la ciudad de los Reyes á las siete de la noche, ó sea con un atraso de dos horas, debido á las paradas que tuvo que hacer en los cambios, para aguardar dos trenes que subían con fuerzas de artillería y caballería, en viaje al Cerro de Pasco. Los señores Pazmiño, Palomares y Urzúa tomaron un coche, que los condujo á la plazuela de Santo Domingo, en donde volvieron á ocupar, en el Hotel de Francia é Inglaterra, las mismas habitaciones que habían dejado el día anterior. XI En la noche, Urzúa visitó á sus tíos, siendo recibido por don Juan de la Cruz, en los momentos en que se disponía á salir con el objeto de acudir á una llamada del Presidente. —¿Qué vuelta es ésta?—le preguntó muy sorprendido. El sobrino le contó sumariamente lo ocurrido en la Oroya. —Agradezco tus noticias, Alfonso. Ahora me explico por qué me llaman de Palacio. Te dejo, sintiendo no poderte contar todo lo desagradable que ha ocurrido ayer en esta casa; motivo por el cual, tu tía está enferma en cama. Me voy, hasta luego. El señor García salió apresuradamente, poniéndose el sobretodo en la calle. Anteriormente había sido civilista; vínculo que después rompió sin desacuerdo con los hombres ó con las ideas del partido. Por la época en que don Juan hacía papel en la vida pública, era muy frecuente la inconstancia en la acción política. Un hombre, sin motivo de ninguna clase y sin renegar de sus convicciones, se aislaba á lo mejor de la lucha partidarista y se hacía independiente. Hacía tres años que había dejado á sus correligionarios; y aunque se titulaba independiente, era más bien gobiernista, por sus afinidades con el Presidente, con quien estaba ligado por antigua amistad. Lía se presentó. Estaba afligida, habiéndose animado con la presencia de su primo. —No salgo de mi sorpresa—le dijo—viéndote otra vuelta aquí. ¿Vienes á quedarte en Lima de una vez? Cuánto gusto tendríamos todos; y ahora mucho más, desde que hemos perdido un hermano. —¿Qué estás diciendo, Lía?—le dijo él sumamente sorprendido. —No te asustes, que no se trata de la materialidad de la muerte. Me refiero á algo peor: á una muerte moral que nos desunirá para siempre. ¡Ay, Alfonso! ¿Sabes lo que pasa? Abel se ha casado en la sierra con una desconocida, ¡con una tipa! ¿Qué afecto puede existir en adelante entre nosotros, cuando nos ha herido en lo más profundo de nuestro orgullo? Mamá ha jurado no conocer á esa mujer; pero al fin madre, la noticia la ha impresionado profundamente, y ha caído en cama con fiebre. —¿Algo de cuidado?—preguntó el primo. —Dice el médico que no .. Pero, siéntate, Alfonso; Raquel ya vendrá; mientras tanto te seguiré contando. Anoche estábamos muy tranquilas en el comedor, cabalmente pensando en ti, cuando el mayordomo entregó una carta á mamá. La abrió y, según su costumbre, me la dio á leer. Era de Abel. En ella, después de muchos rodeos y de pedir muchas excusas á sus padres por no haberles pedido su consentimiento, nos anunciaba su matrimonio, en Tarma, con la señorita Natividad Orsini. Lo que ocurrió á mama en ese momento me sería muy difícil explicártelo. Primero se puso pálida como una muerta; pero reaccionando inmediatamente, exclamó con voz casi ahogada:"¡Dios mío! ¡qué desgraciada soy con mis hijos! Marta me abandonó en los últimos días de mi vida, estando achacosa y enferma, y en los momentos en que ustedes entraban á la vida y necesitaban su influencia y sus inteligentes consejos. Y cuando yo creía que mis desgracias habían terminado en ella, y que ustedes compensarían este sufrimiento, evitándome toda contrariedad, Abel me da una puñalada en el corazón. ¡Qué humilde ó qué sucio origen tendrá esa mujer, cuando él confiesa en su carta que no pidió nuestro consentimiento, porque sabía que no se lo habíamos de dar!" Después de sus lamentaciones principió á llorar. La llevamos á su cuarto y se tranquilizó; pero cuando vino papá y tía Petita, y al saber lo que pasaba fueron á consolarla, la escena volvió á repetirse. "Este perdió el cariño á su familia, dijo refiriéndose á Abel, en los ocho años que estuvo educándose en Alemania. Nunca olvidaré la frialdad con que me abrazó después de tan larga ausencia. Sólo quería á Marta, y ella que lo entendía en sus extravagancias, era la única que lo manejaba y lo hacía obedecer en todo. Si no hubiera entrado en el convento, Abel no se hubiera casado. Lo único que les pido, añadió, es que no me influencien para traerme á esa mujer. Y aunque me esté muriendo, ¡óiganlo bien! juro no recibirla." —Pero, ¿quién es esta mujer con la que se ha casado tu hermano?—preguntó Alfonso. —Monseñor Zavaleta y tía Petita han tomado hoy informes: es una desconocida. La madre es una chola nacida en un pueblo cerca de Jauja, llamado Chupaca. Vivió varios años con un italiano Orsini, que era minero en Yauli y tuvo dos hijas. Una de éstas es nuestra cuñada: ¡tu prima! Alfonso. Cuando se vio rico, vendió las minas y estableció en Lima una gran fábrica de jabón y velas. Es un hombre acaudalado, que ahora está en Italia. Sabemos también que se casó con esa mujer, cuando la mayor de sus hijas tenía diez años. —Y ¿qué encontró Abel en esta niña? —Dicen que es bonita é inteligente; pero muy falta de educación y muy cursi. La madre está enferma del pecho, y por eso se fueron á Tarma, donde han estado un año. Allí las conoció el dichoso de mi hermano; y como anda todo despechado, porque Beatriz no le hace caso, habrá querido darle celos con esta belleza de la fábrica de jabón y velas de la calle del Limoncillo. —¡Qué calamidad, mi querida Lía!—le dijo Alfonso.—¿Será posible que nunca falte en la familia un hijo que rompa la unión de ella? Raquel y la señorita Mompox entraron en el salón, y saludaron á Urzúa con la alegría que proporciona la llegada de un ser á quien se quiere. Avisada doña Rosa de la presencia de su sobrino, le hizo pasar inmediatamente. —¡Alfonso, hijo mío!—le dijo sin levantar la cabeza de su almohada.—Acércate y siéntate á mis pies. Ya sabrás mi desgracia. La desobediencia de mis hijos acabará por matarme. ¿Qué te parece lo que ha hecho Abel? ¡Esto es horrible! Marta fué la primera que dio el mal ejemplo en esta casa. Dios quisó llevarse á Orbea; y fué tal el despecho que se apoderó de ella, que no tuvo sosiego hasta que se enclaustró en Santa Mónica. Quiera el cielo que nunca le pese el haber dado este paso, y que yo me equivoque al creer que no entró al convento por vocación sino por castigarnos con su ausencia! Marta era la alegría de esta casa. Faltó ella y se hizo el vacío. Por su culpa, el pobre viejo de don Atanasio fué á morir en manos de sus verdugos; y ahora, Abel, se casa fuera de nuestro círculo; y probablemente, como es tan bruto y tan testarudo, nos olvidará al saber que estamos descontentos con su matrimonio. Marta lo dominaba; pero está en el convento, y como si hubiera muerto para nosotros. Alfonso estaba mudo. Habíase sentado en la cama de la enferma, y la escuchaba sin levantar los ojos del suelo. "Faltó ella y se hizo el vacío." Estas palabras fueron una revelación:"Ahora lo comprendo todo, se dijo; mi tía sin quererlo, y sin saber lo que pasa en mi alma, ha dado con la clave de mis preocupaciones por Marta. La veo viva; pero la siento muerta; y de aquí el despecho que me domina. Ya lo comprendo. Es el vacío, sí, el vacío." Y el joven siguió repitiendo mentalmente esta palabra, como si ella descifrara el estado doloroso de su corazón, enfermo de amor, desde el día en que la vio tras las tupidas rejas de su convento. La presencia del médico puso término á esa entrevista. El doctor Medina recomendó tranquilidad para la enferma. La encontró con treinta y ocho y medio grados de fiebre y sumamente excitada. Declaró que podía sobrevenir algo cerebral, y que era mejor evitarle toda conversación y todo motivo de sufrimiento. Las niñas quedaron muy asustadas con este diagnóstico. La dejaron sola, y se retiraron al cuarto inmediato para atender á sus llamadas. Cuando Alfonso regresó al salón lo encontró lleno de gente. Allí estaban monseñor, Peta, los señores Alzania, Leniz y algunas otras amistades. Don Juan de la Cruz regresó á las diez, sumamente preocupado. Preguntó por su esposa, y no pudo menos de hacer un gesto cuando le dijeron que estaba mal, y que el médico había prohibido que la hablaran. —¡Qué contrariedad!—exclamó.—Y yo que tengo que contestar mañana mismo al Presidente, á la una del día. En fin, de todas maneras hablaré con ella mañana temprano. —Está usted intranquilo,—le dijo el señor Alzania. —Qué quiere usted, mi amigo; todo se me complica: el matrimonio de este muchacho, la enfermedad de Rosa y la política, sobre todo la política. El ministerio renunciará mañana; pues sus miembros están disconformes con la labor que debe seguirse en Iquitos. S. E. ha resuelto reconocer la autonomía de Loreto, se entiende bajo la forma federal y con ciertas modificaciones; y tomando como base lo hecho en esa sección de nuestro territorio, piensa presentar un proyecto á la próxima legislatura, para cambiar nuestra forma de gobierno. Tendremos cuatro estados: Norte, Centro, Sur y Oriente. Las capitales, respectivamente serán Trujillo, Lima, Arequipa é Iquitos. —Todo esto es muy grave,—dijo el miembro del Supremo tribunal de justicia.—El país no quiere ningún cambio en su constitución, y por muy miope que se le suponga, verá en estos manejos, que no hay más propósito en todo que complacer á los loretanos. En fin, ya veremos. —Sin embargo,—observó don Juan de la Cruz,—el Perú gusta mucho de novedades; y como Trujillo y Arequipa tienen bastante amor propio y reconocidas ambiciones autonómicas, es probable que favorezcan el cambio. —Ahora me doy cuenta del regreso de los delegados,—añadió el magistrado,—lo que no podía explicarme cuando vi entrar á Urzúa, quien me dijo, que estaba en Lima, con sus compañeros, desde las siete de la noche. Las visitas se retiraron á la una de la madrugada; pero Alfonso salió un poco más tarde de casa de sus tíos. XII Doña Rosa pasó una noche intranquila. Al día siguiente, cuando el médico vino muy de mañana, la encontró mejor. Su estado no era grave; pero sí de cuidado, dada su edad y las impresiones morales que había sufrido en los días anteriores. Don Juan de la Cruz, viéndola tan despejada, y sabiendo por el doctor Medina que la tarde y la noche serían de fiebre alta, aprovechó la oportunidad para consultar con ella su propósito de ayudar al Presidente en la formación de un nuevo ministerio, á cuya cabeza estaría él. Doña Rosa le dejó hablar por largo rato sin contestarle una palabra. Esforzábase, él, en probar que no podía excusarse de servir á su amigo en tan difícil situación. Naturalmente no le habló nada del movimiento revolucionario habido en Huánuco. Don Juan de la Cruz tenía hambre de entrar á Palacio como Presidente del Consejo de Ministros, puesto que jamás había desempeñado; pues sólo dos veces había tenido la cartera de justicia. Dominado por esta ambición, trataba de sugestionar á su mujer para que le die-ra su consentimiento y apoyo moral, sin el cual no era hombre de embarcarse en ninguna empresa. Cuando acabó de hablar, su esposa, sin moverse de la cama, pero sin apartar la vista de él, le dijo: —¡Qué bruto eres, Juan de la Cruz! y dispénsame que te lo diga. ¿No ves que todo esto se desmorona? ¿No te llama la atención, que los tres civilistas que estaban en el ministerio se nieguen á reconocer la autonomía de Loreto y se retiren? ¿Tú crees que ellos obran independientemente? De seguro que Abadía, Robés y demás comparsa se han reunido en la imprenta de El Comercio, y han acordado hacer el vacío al Gobierno; y en verdad que han hecho bien, pues el pueblo está cansado de las arbitrariedades y los robos de tu amigo el Presidente y de toda su camarilla. Ten por seguro que antes de un año tendremos nuevo gobierno; por lo tanto, hazme el servicio de tener compasión de nosotras y de no meterte en nada. Mira que viviríamos con el alma en un hilo, como pasó con la anterior revolución. ¿No recuerdas lo que nos contó monseñor, sobre el viaje del doctor Cayo á Junín, y los temores de que sería el primero en dar el grito revolucionario? —¡Ah! me olvidaba decirte—le interrumpió su esposo—que este bribón ya se levantó en Huánuco y que ha derrotado al Prefecto. —¿Y es posible, Juan de la Cruz—le preguntó ella con sorpresa y con rabia—que habiendo sido proclamada la revolución pienses entrar al ministerio? ¡Dios mío! ¡qué hombres tan sin seso! Por eso está el Perú como está, y por eso se perdió la guerra con Chile. Estás viendo al gobierno con un pie en el sepulcro, y ¿vas á ser ministro? ¡Retírate de una vez de la política, que no eres para el caso! Después de una pausa, estando ya sosegada, agregó: —Te prohíbo que vuelvas á Palacio. —Eso es imposible; tengo que dar una contestación al Presidente, cualquiera que ella sea. —Pues dile que no, y déjame tranquila; que el sólo pensar que has podido formar parte de un gobierno que se hunde, me aumentará la fiebre. Lía hizo una seña á su padre para que se retirara, á fin de cortar la discusión. Don Juan de la Cruz, que entre sus muchos méritos tenía el de ser obediente, salió del dormitorio, diciendo á su esposa: —Serás complacida, Rosa. Veo que tienes razón: por ningún concepto seré ministro, aunque el Presidente se incomode. Pasó á su cuarto; se puso un sobretodo y en el cuello un pañuelo de seda; y así armado de estas prendas, dio la vuelta por toda la casa, anunciando, hasta á los sirvientes, que estaba sumamente resfriado y con principios de influenza. Luego, entró á su estudio y escribió al Presidente, que la doble enfermedad de su señora y la de él, le impedía salir á la calle y ocuparse de ver á sus amigos para organizar el nuevo ministerio con la oportunidad que el caso requería. En la tarde llegaron algunas visitas. Fueron invitados á comer, monseñor Zavaleta y el señor Alzania. En el comedor, don Juan de la Cruz extremó sus cuidados contra su supuesto resfriado, mandando cerrar todas las puertas y convirtiendo la habitación en un horno. La comida fué triste. Faltaba doña Rosa, y con ella su conversación amena, inteligente y llena de intención. Don Juan de la Cruz comió poco. A cada instante hablaba de la influenza que se le esperaba, y de lo mal que había quedado con el Presidente. "¡No haber podido complacerlo! lo siento en el alma", exclamó dos ó tres veces. A la hora del café llegó Alfonso, se le invitó á comer y contestó que no tenía hambre, que cenaría más tarde. Refirió, en seguida, lo mucho que habían tenido que aguardar para conferenciar con el Presidente. —¿No te preguntó por mí?—le interrumpió don Juan de la Cruz. —Sí—contestó el joven;—y le dije que estaba usted bien. —¡Qué mal hecho, Alfonso! Se conoce que no sabes que estoy con principios de influenza, y que he quedado mal con él por esta causa. Pero sigue tu relación, que ella nos interesa á todos. Alfonso le miró con asombro, como dudando que realmente estuviera enfermo; y como su tío no le observó nada, continuó diciendo: —Fuimos recibidos á las tres; al saludarlo nos dijo, que aún no había tenido tiempo para almorzar, que la revolución se le venía encima y que no podía perder un momento. Parece que en Piura y en Puno también hay algo. Le encontramos muy alterado. Su sonrisa fué momentánea, y sólo para el tiempo de saludarnos. Está nervioso y violento con la gente que le rodea. Los edecanes le tiemblan. Principió por deplorar lo sucedido en la Oroya con el capitán Chumpitaz. Después entró en materia y nos habló largamente. Nos aseguró que era federalista de convicción; que estaba persuadido que desde Lima no se podía gobernar todo el Perú; y que su ideal era formar cuatro estados, unidos entre sí por un gobierno central. Que los civilistas lo habían engañado, haciéndole creer que la revolución podía evitarse si el movimiento de Loreto era combatido; y que siguiendo sus insinuaciones se vio obligado á despedirnos sin acordar nada. Pero que ahora estaba convencido de que la revolución no tenía otro objeto que derrocarlo, no por-que fuera federalista ni unionista, sino porque los que estaban en armas eran unos ambiciosos. Habló horrores de los demócratas, encontrando inexplicable que le hicieran la guerra, cabalmente en el momento en que trabajaba por sus ideales. Pero de los civilistas nos habló con más furia, y los acusó de ingratos. Deploró haberlos colmado de honores y puestos públicos, para que ahora, en el momento más difícil, le dejen solo, y tal vez secretamente ayuden la revolución. Trató á la opinión pública de elemento imbécil. Recordó su subida al mando en medio de una popularidad que hace contraste con el odio que ahora se le profesa, cuando sólo había aspirado á realizar el bien del país. "Hablan de robos y arbitrariedades, continuó, olvidando que son los desafectos de mi círculo los que más han robado. Esos son los que se levantan, como pasa con el doctor Cayo, que fué mi primer ministro de Hacienda." Estando más calmado, nos dijo: "Amigos míos, ahogaremos en sangre esta rebelión. Para ello cuento con vosotros; y desde ahora quedamos indisolublemente unidos en la causa federalista. Ustedes han ofrecido un millón de soles anuales. Los acepto, prometiéndoles obtener del Congreso que, por ahora, no se aumente la proporción. Eso sí, es urgente que uno de ustedes vuelva inmediatamente á Iquitos, y consiga de las autoridades federales que se me entregue la primera anualidad inmediatamente..." —Ya pareció la madre del cordero,—dijo, interrumpiendo, monseñor. —Por último, sostuvo la conveniencia de enviar un representante para recoger esa suma y traerla á bordo del "28 de Julio", que, como es natural, levantará el bloqueo y vendrá al Pacífico con toda la fuerza. Antes de despedirnos acordamos que el señor Pazmiño regresara á Loreto, y que el señor Palomares y yo quedáramos en Lima como delegados de Oriente. —¿Quiénes estuvieron presentes en la conferencia? —preguntó don Juan de la Cruz. —Unicamente los ministros de Justicia y de Guerra. Los demás, como ya ustedes saben, han demitido. —¿Y qué impresión les ha causado este acuerdo? —preguntó el señor Alzania. —Muy buena—contestó Urzúa.—Los señores Pazmiño y Palomares salieron muy contentos. —Se conoce—dijo monseñor—que ustedes son nuevos en la lucha política. El Presidente no les ha dicho la verdad en nada y menos en la cuestión federal, que nunca ha sido tema en el Perú. Los demócratas la han puesto en su programa y la llevarán á cabo si algún día suben al poder; pero ni la prensa, ni la opinión, ni nadie se ha ocupado jamás de semejante cosa. Respecto á sus quejas, son infundadas: carcelazo limpio y destierro es lo único que les ha dado á los demócratas; y sin embargo, ahora, tiene el candor de creer que se debe olvidar todo porque ha proclamado la federación. Con respecto á lo que dice de los civilistas, me abstengo de decir nada: hasta ayer han comido en un mismo plato. Hoy parece que éstos se llaman á engaño, porque no se les da todo lo que quieren. Es cuestión de panza. Monseñor era un demócrata furioso; y aunque nunca hizo papel ostensible, era uno de los hombres cuya opinión se oía y se respetaba en el círculo. Don Juan de la Cruz se mantuvo callado. En medio de todo no era tonto para sus conveniencias. Lo mismo pasó con el señor Alzania, que tenía sus simpatías por el partido civil, pero que no figuraba para nada en él. Peta entró á las ocho de la noche, diciendo que habían tomado presos á varios pierolistas, y que había pánico en la calle. La noticia causó sensación entre los presentes; pero nadie hizo el menor comentario, ni la menor protesta; como que todos estaban en el secreto de que se conspiraba duro; y por lo menos concedían al Gobierno el derecho de defenderse, y de poner á la sombra á la gente más visible de los círculos de oposición. Peta quedó desagradada viendo que nadie le pedía detalles; y no pudiendo estarse callada, dijo: —Pobre Juana, la mujer de Cantisán: acabo de acompañarla á la Intendencia, á donde fué llevando la cama para su marido. —¿Lo han tomado preso?—preguntó monseñor. —Fué uno de los primeros,—contestó la beata.—Y la pobre, que está en cinta, y con cinco niños, todos pequeños. —¡Qué horror!—exclamó el canónigo. —Ese hombre es inocente. —¿Y quiénes más están presos?—preguntó don Juan de la Cruz. —Muchos, muchos. En la Intendencia no quieren decir los nombres. —Otra vez los horrores de la guerra civil—dijo el señor Alzania.—¡Pobre país! ¡Esto no tiene remedio! XIII A las seis y media de la tarde del siguiente día, Alfonso se presentó en casa de los hermanos Cegama. Pepe habíale invitado en la mañana, para que le acompañara á una comida de toda intimidad. Celebrábase el cumpleaños de Manuelita, el único aniversario en que se hacía un paréntesis en la regular y muy estrecha vida que, por falta de recursos, se llevaba en aquella casa. Como eran pobres, todo lo que se gastaba en ese día era un despilfarro, una locura; pero eso mismo constituía para Pepe el mérito de la fiesta. ¿No merecía su hermana, el ser que más amaba, aquella modesta manifestación de aprecio? Ella, que sabía los apuros pecuniarios que afligían de continuo al capitán Cegama, estimaba en todo su valor el clasicismo que se daba á su día; y cuando sus tres hermanos, á la hora del desayuno, la besaban, la abrazaban y muy ceremoniosamente hacían que el negrito sirviente de La casa le presentara los regalos de los tres, los ojos se le llenaban de lágrimas, poseída de infinita ternura. Manuelita estaba linda aquella noche. Alfonso la encontró adorable, no obstante la sencillez con que vestía. Al saludarla la cumplimentó con finura, y con mucha delicadeza aludió á la felicidad de Florimbó. —Gracias por sus flores, Alfonso—fué su contestación. Saludó después á Beatriz, cuya incomparable hermosura volvió á admirar, deplorando que le faltara gracia y suavidad en la expresión. Con un poco más de vida, con menos frialdad, hubiera vuelto loco á medio Lima. Desapasionada en sus afectos, era casta por temperamento, esquiva y orgullosa, aunque sin la soberbia y la vanidad que la dominaron anteriormente. Manuelita, por el contrario, era afectuosa, ardiente y dotada de admirable facilidad para ganar y retener afectos con el corazón y el entendimiento mucho más que con sus atractivos físicos. Poseyendo tan envidiables cualidades de sugestión, muy hábilmente había hecho la conquista de su amiga, que andaba, recién se conocieron, por el peligroso camino de la terquedad y de la soberbia. Con mucha sagacidad habíala sacado de esa vía, en la que hubiera sido muy desgraciada, para llevarla por una senda de obediencia á sus padres, de amor á sus hermanos pequeños y de humildad para todos los que la rodeaban. Beatriz, que nunca congenió con su madre, y que no podía abrir su corazón al viejo paralítico con la confianza con que lo hacía con su amiga, encontró en ella un refugio en el desamparo moral en que vivía; un consuelo para su alma, inundada de melancolía por las dolencias de su padre á quien amaba, y los maltratos de una mujer bruta y vulgar, como era la que le había dado el ser. La señorita Cegama la había enseñado á callar y á bajar la vista cuando en su casa la reprendían; y al portarse así, reconocía el nivel de superioridad moral que había alcanzado, recordando que antes devolvió insulto por insulto, y que sostuvo con igual fiereza la mirada indignada de su madre. Manuelita la había llevado al templo, por el cual anteriormente no tuvo la menor vocación, tal vez porque nunca la indujeron por el camino de la religiosidad. —Estamos aisladas é indefensas —le decía su amiga. —Los hombres nos buscan únicamente para tentarnos; y cuántas veces nosotras mismas damos lugar á ello con nuestras confidencias y nuestras fogosidades. ¿Acaso podemos contar á nuestros padres ó á nuestros hermanos los desórdenes de nuestro ser cuando el diablo anda suelto? Hay algo que pone una barrera entre ellos y nosotros, que se llama respeto; y, aunque esto no existiera, ¿qué harían en favor de nuestras flaquezas? Unicamente escandalizarse de las intemperancias de nuestra naturaleza y compadecernos en nuestros sufrimientos. La iglesia es la única, Beatriz, que te enseña la verdad de la vida. Allí te convencerán de que la tentación no es temporal; que ella durará mientras dure nuestra existencia; y que los únicos medios que Dios nos ha dado para defendernos son perseverar en la lucha, acudir á la oración y huir de las ocasiones de pecar. La confesión, también, es un buen escudo: por evitarte la vergüenza de contar á un hombre tus flaquezas no volverás á incurrir en ellas. Y si ese hombre tiene talento y te reprende con amor y castidad, acabará por sugestionar tu alma y mantenerla pura y limpia de todo pecado. Las dos amigas tenían sus simpatías por los padres franciscanos descalzos, y acudían á su iglesia los primeros sábados de cada mes. Los jovencitos Cegama salieron al salón. Uno tenía doce años y el otro once. Estaban bien crecidos para sus edades y eran muy simpáticos é inteligentes. Alfonso los atendió mucho y conversó con ellos sobre la educación que recibían. Le dijeron que estaban en el colegio de Guadalupe, y que estudiaban primer año de instrucción media. Sentáronse al lado de María Eugenia, una hermana de Beatriz, que tendría once años y con quien los dos niños tenían mucha amistad. Otra de las invitadas era doña Margarita Cegama, una señora de tipo muy distinguido, hermana mayor del padre de los jóvenes y viuda del coronel Quiroz, muerto en la batalla de Tacna. Vivía en suma pobreza, en unión de su única hija, María Juana, una señora de treinta años, casada con un empleado de Gobierno, de apellido Artiz. Como la señora y su hijo político dependían del Estado, y los sueldos por aquel entonces se pagaban tarde y mal, vivían muy endeudados; siendo lo peor del caso, que la señora Artiz tenía cada año un hijo; y aunque algunos se habían muerto, ya el número subía á siete. Era tanta la miseria de esta gente, que sólo comían un plato de frijoles con arroz á las doce del día, y en la noche, á las ocho, una taza de chocolate de agua con medio pan; y no podía ser de otro modo habiendo once de mesa, con inclusión de un cholito de doce años, que constituía toda la servidumbre de la familia. Doña Margarita tendría sesenta años. Sumamente simpática y muy conversadora, sabía guardar buena armonía con sus sobrinos. Florimbó se presentó algunos minutos después de las siete. Todos le saludaron muy afectuosamente; pero la señorita Cegama se limitó á una sonrisa ligera al darle las gracias por el regalo que le había mandado. El joven quedó cortado con este recibimiento; y como venía de casa de María Carvo y su conciencia no estaba limpia, comprendió que había hecho mal en visitar á la otra, en un día en que debía haber estado en casa de Manuelita antes que los demás invitados. La política le sacó avante, siendo múltiples las excusas que dio. Su novia, viéndole turbado aumentó sus sospechas, y acabó por convencerse de que venía de casa de su rival, y de que estaba mintiendo como un carretero. Por más que hizo para dominarse, no pudo disimular su tormento. Pepe, que la observaba, le hizo una seña con la vista, que le fué de gran ayuda, pues reaccionó inmediatamente; pero notando que volvía á emocionarse, pidió excusas y se fué á su cuarto. Temerosa de que su hermano la sorprendiera llorando, se encerró en el baño, donde de-rramó las lágrimas que ya no podía contener. Estaba enamorada de Pablo y resentida de su ingratitud. "¡Si yo no fuera tan pobre, y tan pesada carga para Pepe, exclamó, con qué placer le dejaba hoy mismo! ¡No me queda otro recurso que casarme con él; pero para entonces, ó me ama ó le mato!" Después que hubo desahogado su corazón, se lavó bien los ojos, se empolvó lo mejor que pudo para no ser notada, y regresó á la sala. A las siete y media de la noche pasaron al comedor. Manuelita señaló los asientos y lo hizo con tal habilidad, que todos quedaron contentos. Ella, ya que no podía alejarse de Florimbó, colocó á su izquierda á Urzúa. Necesitaba un hombre de etiqueta é inteligente, como era Alfonso, para que la distrajera y le evitara entrar en explicaciones con su novio. Todos estaban de magnífico humor; y ¡quién lo creyera! la tía anciana, cuyo ánimo pudo estar acongojado por la triste suerte que el destino le reservó en el último tercio de su vida, fué la más alegre. Para cada asunto tenía un cuento corto y chispeante. Se trataba en la conversación de dar con la causa por la cual no se casaba Flora Peláez, una de las guapas muchachas de Lima, y habiendo dicho Manuelita: "Dicen que no quiere casarse", doña Margarita replicó: —Hijos míos, no sean tontos: la que no se casa es porque no encuentra con quién hacerlo, ó pretende algo mejor de lo que hay en Lima. Flora debe estar enamorada de un hombre que no la quiere. Para mí, esto es todo. ¿Acaso no he sido yo también muchacha? —¿Y es cierto, tía Margarita—le preguntó su sobrina—que en su tiempo, en las reuniones, los hombres se sentaban en un lado y las mujeres en otro? —Sí, hijita: cierto y muy cierto; pero también te diré, que así las cosas andaban mejor. Yo crecí y me hice mujer en la creencia de que todo el mundo vivía casado. No lo digo porque así fuera, sino por el recato que había; no como ahora, que tiemblan las carnes con todo lo que se ve. Pero no solamente había mucha decencia, sino que también mucha caridad. ¿Quién se quedaba sin comer, como pasa hoy? ¿En qué casa no se ponían dos cubiertos más á la mesa para que fueran ocupados por cualquiera que llegara á la hora de la merienda? Esto sin contar con los pobres que entraban á la cocina, y no solamente se llenaban, sino que todavía recogían para llevar á la calle. Hoy día ¿quién da un plato de comida? Es cierto, también, que con la guerra con Chile todos hemos quedado tan mal, que á veces los que almuerzan no comen, y si no tienen para ellos, menos tendrán para los pobres. Lo que yo no llegué alcanzar fueron los beaterios y hermandades de caridad. Sin embargo, mucho oí hablar á mamita sobre el beaterio de Ampara-das, á donde iban las mujeres livianas y en donde encontraban un asilo verdadero para purificar su alma marchita. Para las señoras divorciadas había otra casa, que se llamaba Hospicio de Divorciadas. No sucedía entonces lo que hoy, que en cuanto un marido tiene cuestiones con su mujer y la pobre es una desvalida, no hay más que hablar con el Arzobispo; y de la noche á la mañana me la ponen en el "Buen Pastor", en donde, sea que se quede ó que salga al poco tiempo, sólo consigue deshonra. —Y á propósito de esto —dijo Florimbó. —¿No saben ustedes lo ocurrido á Montrós y á Juanita, su señora? Pues les contaré: Parece que nunca se han entendido bien en los pocos meses que llevan de casados. Él tiene carácter fuerte; ella también; aunque más parece voluntariosa y consentida, como que es hija única. Pues señor, hará como una semana, tuvieron un pleito al volver del teatro, que terminó con la amenaza de ella de regresarse á casa de su familia. "Ahora mismo", le contestó su esposo. Y á esa hora, como á la una de la mañana, y á pie, porque no encontraron ningún carruaje, se fueron hasta la calle de Mariquitas, en donde viven la abuela y el padre de Juanita. Tocan la puerta, abre el portero, entran, y sin mucha ceremonia se van hasta el cuarto de la anciana, que se asustó al verlos llegar de esa manera. "Señora, le dijo él, aquí le dejo á su nieta; pues me es imposible aguantarla más." Ya podrán ustedes imaginarse lo que Juanita contestaría; la que al fin se quedó en su casa después que su marido se despidió. Ahora se dice que se han reconciliado. —¡Dios mío!—exclamó Beatriz.—¡Cómo inventa la gente! Nada de eso es cierto: Juanita ha pasado tres días en casa de su abuela por enfermedad de ella, y no porque esté mal con su marido. Por el contrario, son muy felices. Florimbó recordó que Montrós era pariente, aunque lejano, de Beatriz, y trató de remediar lo dicho. Cegama cambió de conversación, refiriendo algunas escenas de cuartel, por cierto muy jocosas, en las que la gracia del cuento la proporcionaba la imbecilidad de los pobres indios que servían de soldados. Pepe tenía facilidad para referir sucesos. Muchos de los cuales eran en su totalidad inventados por él. Alfonso, siguiendo el ejemplo, contó algunas historietas sobre la vida social de Loreto. —Qué manera de vivir la de allá—dijo;—en verdad que casi estamos salvajes. Matrimonios los hay pocos; y no se crea que por desafecto, sino porque no hay señoritas. Pasa lo contrario de lo que ocurre en Lima. Si aquí para cada siete niñas casaderas hay un hombre, allá sucede completamente lo contrario; y siendo esto así, ya pueden imaginarse lo pretensiosa que anda esa gente y lo mucho que lo piensan antes de decidirse por uno. —Beatriz—le dijo su amiga.—¿Qué hacemos en Lima? Florimbó con la política, y mi hermano con la milicia ¡qué buen par de calamidades! ¡Nos vamos á Iquitos! Alfonso: escriba usted á esos solterones, que dos limeñas se pondrán en oferta al mejor partido, al que tenga más caucho. —Estoy animando á Pepe-le contestó Urzúa—para que se venga conmigo; le ofrezco una lancha, diez hombres, dinero y mercaderías; y si con estos elementos no se hace rico, será la excepción. —Pepe, anímate—le dijo su hermana.—Ya me veo por esos ríos vestida de hombre, con el pelo cortado y mi escopeta al hombro, como dice Alfonso que andan las mujeres en esos viajes. ¡Esa sí es vida! Beatriz, tú también te vienes. —Ya lo creo —contestó la otra. —¿Y yo?—preguntó Florimbó.—¿Dónde me dejan? —¡Pues nada!—le dijo ella con mucha gracia;—que si no te decides á acompañarnos, te quedas sin novia. Recuerda las palabras de Alfonso: siete para cada una. ¡Qué país tan ideal! Todos rieron mucho de la manera jocosa como la señorita Cegama trataba el serio asunto de su noviazgo. A Florimbó no le hizo mucha gracia la broma; y como estaba en antecedentes, comprendió el fondo de despecho que había en la chanza. Más tarde llegaron de visita el señor Ochoa, misia Chepita y misia Candelarita Barbanera, los esposos Artiz y sus dos niñas mayores. A las diez y media se sirvió un poco de té con galletitas; y á las once, como tertulia de pobres y de gente que no era del gran mundo, todos se habían retirado. A esa misma hora se apagaron las luces de gas para que el consumo no fuera mayor, y con una vela Manuelita, acompañada de Lucas y de Luis, hizo en tres platos el reparto de lo que había sobrado del festín. Uno lo reservaron para sí; otro para la negra Chepa, una mujer que había amamantado al padre de ellos y que vivía en sus setenta y seis años; y el último para la tía Margarita. Este fué el más abundante en pavo y dulces. Eran tan pobres la tía y la prima, que sus hijos sólo comían ave cuando Manuelita se acordaba que ellos también tenían hambre de golosinas. —Ahora á dormir—dijo ella á los niños.—Hoy no hemos rezado el rosario. Ya es tarde. Además, Pepe está durmiendo, y debemos dejarle reposar. Ustedes tampoco han estudiado sus lecciones, por lo que mañana hay que levantarse muy temprano. Cuando yo les haga el café, deben estar vestidos, lavados y con la lección lista. Me olvidaba decirles una cosa: cuando hay personas mayores, los niños no hablan sino cuando se les pregunta. Lucas ha estado insoportable en esta noche; pero Luis ha estado peor con sus risas y sus juegos con María Eugenia. —Ella me buscaba—contestó el niño. —¿Y tú no te fijabas cuando yo te hacía señas para que te moderaras? Bueno, yo no les reprendo; únicamente les advierto que esto no está bien hecho. Ahora, si ustedes quieren que mamita les bendiga desde el cielo, deben obedecerme. Los dos niños, muy humildemente se acercaron á ella y, siguiendo la costumbre de todas las noches, le pidieron la bendición. "Que Dios los haga unos santos", les contestó Manuelita después de haberlos besado. XIV Pasaron varios días. Al final de ellos se confirmó la noticia de lo ocurrido en Piura, donde el coronel Morón, habiéndose levantado en armas, tenía al Prefecto sin poderse mover de la capital, hasta que no le llegaran refuerzos de Lima. El Gobierno, sacando recursos de su propia flaqueza, ó mejor dicho, dejando de pagar la lista civil, había comprado un transporte y enviado á Payta una división de quinientos hombres, en su mayor parte tropa, de caballería. Del centro se sabía que las fuerzas del orden, al mando del coronel García, habían ocupado Tarma, Jauja y Huancayo; y que el doctor Cayo quedaba en Huánuco y Cerro. La línea de Oroya había sido dos veces interrumpida por ligeras partidas, capitaneadas por el doctor Velutini, un médico minero de Yauli, que se había hecho comandante de montoneros. En Lima los negocios estaban paralizados. Los bancos habían suspendido sus préstamos, y la miseria comenzaba á sentirse de una manera alarmante. La administración pública estaba casi abandonada. El Gobierno sólo pensaba en restablecer el orden, y á ello dedicaba todas sus energías y todos sus recursos. Para completar el Gabinete, por la renuncia de tres ministros, habíase buscado, ya que nadie quería ocupar las carteras vacantes, á gente desprestigiada que sólo surge en época de revuelta. La policía había sido aumentada y disciplinada, no ya como un cuerpo de seguridad, sino como un ejército que debía salir en masa á los campos de batalla. También se aumentaban las plazas de los batallones existentes con gente reclutada entre la clase menesterosa y se formaban dos más, para tener un efectivo de nueve mil hombres. Las cámaras no podían reunirse por falta de quórum, como que la mitad de los representantes estaban presos ó remontados por las cordilleras, huyendo de la persecución del Gobierno. El señor Pazmiño, el más respetable y anciano de los delegados por Loreto, había partido para Iquitos de conformidad con lo acordado con el Presidente y con sus colegas. Le acompañaba el doctor Espelucín, nombrado por el Gobierno para recoger la primera armada que debían entregar los federales. Dicho dinero sería traído, junto con todas las fuerzas bloqueadoras, á bordo del "28 de Julio". Antes de partir el señor Pazmiño, volvió á despedirse de su círculo íntimo, y de las personas que más le habían distinguido en Lima. Entre ellas estaba el doctor Abadía, quien, después de recibirlo muy atentamente, comenzó á sondearlo; y viendo que el delegado no estaba muy animado en la aventura federalista, ni muy confiado en la amistad del jefe del Estado, le hizo numerosas reflexiones. —El Presidente—le dijo—se ha agarrado de ustedes como de un clavo caliente. No es federalista, ni lo será tampoco si vence á la revolución. Recuerden que les dejó salir de Lima sin concederles nada; y que les llamó y les asoció á su política el mismo día en que se supo el alzamiento de Huánuco. Necesita traer al Pacífico la fuerza que tiene en el río Amazonas y esto es todo. ¡Cuánto más les hubiera valido no haber regresado de Oroya y tenerlo de enemigo! Ustedes han celebrado un pacto con un hombre que es un cadáver político. Para mí, sus días están contados. En el seno de la más estricta reserva, de caballero á caballero, le digo á usted, y únicamente á usted, con cargo de que no lo repita á sus compañeros, que la revolución es formidable. No quedará un departamento en la República que no se levante. Los robos y las arbitrariedades de este hombre han llegado á su colmo, y como ahora está solo porque lo hemos abandonado, ha cometido la torpeza de hacerse federalista; y como los pueblos no comprenden lo que este paso político significa, los agentes revolucionarios se aprovechan de su ignorancia para decirles, que el Gobierno ha vendido Loreto á un grupo de traidores peruanos, quienes á su vez lo venderán al Brasil. —¡Pero eso es el colmo de la infamia!—exclamó desesperado el señor Pazmiño.—Nos defenderemos; daremos á la publicidad nuestras honradas intenciones. Ante todo somos peruanos, y mil veces el sistema unitario que la anexión al Brasil! —Las comunicaciones principian á interrumpirse,- continuó el doctor Abadía, sin contestar las protestas de su amigo.—Los pueblos comienzan á quedar aislados, y la prensa seria ha enmudecido y no dice nada, ni en favor ni en contra. Naturalmente, á excepción de Lima, el resto de la república está en condiciones propicias para mistificar las multitudes y levantarlas. La revolución predica la guerra de la restauración del honor nacional; la misma que llevó á Prado al poder en 1865. Triunfante ella y convertida en gobierno legal, aniquilaría de una manera ejemplar la forma federal proclamada en Iquitos, que en sustancia, aunque ustedes no lo vean, ni lo piensen así, no es sino el primer paso en el camino de la anexión al territorio extranjero. —¿Y qué cree usted que debemos hacer? —Señor Pazmiño, en verdad que no quisiera estar en su pellejo. La situación presente es una consecuencia lógica é inevitable de un mal paso dado por la gente sensata de Loreto. Lo más cuerdo sería proclamar una contrainsurrección, volver á reconocer el principio unitario, y mantenerse en un anormal estado de independencia hasta que la revolución ó el gobierno triunfe. Pero esta política es muy peligrosa: ustedes han lanzado á su pueblo á la guerra con occidente; y no es el momento de decirles que se han equivocado. Si tal cosa hicieran, ustedes mismos serían las primeras víctimas en ese movimiento de retroceso. A la sombra del principio federalista, deben haberse creado intereses locales, que ya no es posible destruir en un instante dado. Con los pueblos no se puede jugar. En tal situación, yo buscaría el medio de retirarme del círculo que dirige allá esa política, pues si usted y la gente que vale en ese territorio principian á quitarle apoyo moral á las personas que gobiernan, las plazas vacantes serán ocu-padas por personas sin riqueza, sin talento y sin prestigio, quienes sin quererlo, lo harán mal y provocarán la reacción unitaria. Lo mismo que pasa en Lima con el actual gobierno, que caerá, porque le estamos formando el vacío. Otra cosa que no deben hacer es darle un centavo al Presidente. Ese dinero iría á parar á Londres y serviría para su destierro, si tiene la suerte de salir con vida de esta empresa; pues es probable que lo cuelguen, como colgaron á los Gutiérrez. Este país no admite tiranos. El señor Pazmiño no era político, ni estaba preparado para la lucha y las mezquindades de los hombres que se disputan el mando de los pueblos. Le faltaba experiencia y criterio propio en tan ardua materia. Y como, en principio, aquellas observaciones eran ciertas, su espíritu se vio envuelto en profunda meditación, en dudas y horribles suposiciones. ¡Qué talento tan superior el del doctor Abadía! ¡Con qué habilidad le había dicho que se le juzgaba traidor, y que estaba obligado á defenderse de una calumnia que ya corría de boca en boca por todos los pueblos de la República! "Yo traidor", se dijo á sí mismo el pobre viejo. "Yo vendiendo mi patria al Brasil. ¡Qué horror! Esto me causará la muerte si no puedo desmentirlo. Basta de federación y vivamos en paz." Como hombre leal y honrado, cumplió su palabra y guardó en secreto todo cuanto el otro le había dicho; en cambio, tales reservas con sus compañeros le causaron pena y vergüenza. Los señores Palomares y Urzúa le acompañaron hasta la estación del tren. Al verle tan pensativo y cabizbajo, dijeron al señor Abadía, que estaba entre los pocos acompañantes: "Es la separación." "Sí, les contestó el doctor, ha sido una imprudencia dejarlo ir solo." Pero para sí, se dijo: "Solo ó acompañado, es la simiente viva de la reacción de Loreto. Cuando esté en su círculo y tenga necesidad de hablar para aliviar su corazón de la dolencia que le aflige, contará á los suyos todo lo que yo le he dicho, y los contagiará con el mismo desaliento y la misma desconfianza con que yo he perturbado su espíritu. Y como él y sus íntimos forman la sociedad del dinero y del prestigio en Iquitos, la obra de la federación está muerta." XV Por casa de la familia García Azuaga las cosas no andaban bien. Don Juan de la Cruz, sea por efecto de su propia sugestión, ó en realidad porque obtuvo el contagio de su esposa, sufrió un ligero ataque de influenza, que le postró en cama dos días. Pero quien seguía sumamente grave era doña Rosa. El mal había comprometido los pulmones, y la enfermedad podía degenerar en una pneumonía rápida y fatal. Abel se presentó en su casa en la noche de más gravedad. Sus hermanas le recibieron con frialdad, como que hacían causa común con su madre. Sin embargo, fueron ellas las que pidieron á Peta que trabajara en el ánimo del padre para que le mandara llamar. Abel había roto relaciones con su familia; aunque á decir verdad, no era él sino la madre la que había provocado el entredicho. Peta se vio con don Juan de la Cruz, y con majadería le pidió que llamara al muchacho, como ella le nombraba; pero este buen señor, que en su casa era incapaz de resolver nada por sí solo, no se atrevía á dar su consentimiento y la mandaba donde sus hijas, quienes, temerosas de que Abel se presentara con su señora, se negaban también á tomar ninguna responsabilidad. "Vendrá aquí con esa mujer, decía Lía, y se armará la gorda. Mamá ha jurado no recibirla y debemos respetar su voluntad." Viendo Peta que sus gestiones no conducían á nada, resolvió el caso por sí y ante sí, poniendo á su sobrino el siguiente telegrama: "Tu madre grave. Ven. Peta." Con este aviso, Abel dejó su señora y su suegra en Tarma, y bajó á Lima inmediatamente. En Chosica, una de las familias que estaba allí de temporada, le impuso que su madre estaba en peligro de muerte. Su hermano Jorge lo recibió en la estación y lo hospedó en un hotel; pues doña Rosa había encajonado su ropa y papeles, y personalmente cerrado con llave su cuarto, como para significar que no quería vivir con él. Los dos hermanos se llevaban bien. Jorge le contó todo lo ocurrido en la casa y la gravedad de la madre. Se abstuvo de criticarle su conducta, ni de hacer comentarios sobre ella; y deseoso de hacerle menos dura y desesperada su situación, le aconsejó que se quedara en el hotel hasta las ocho de la noche, en que volvería para llevarlo á la casa, después de preparar á la enferma para que lo recibiera. Don Juan de la Cruz fué inteligenciado, por Jorge, de lo que pasaba. —Entiéndete con tu madre, hijo—le dijo.—¿Qué puedo hacer yo en este asunto? Por mi parte está perdonado. No le guardo ningún rencor. ¿Por qué no te ves con Peta, que ha nacido para enredos, y que se presta admirablemente para llevar y traer cuentos? La beata fué nuevamente comisionada por Jorge en su deseo de que tomara la palabra en defensa de Abel. Doña Rosa había estado gravísima esa tarde. A cada momento era necesario atenderla para que la tos no la ahogara. A las ocho vino á tranquilizarse, y hasta esa hora no se le pudo hablar nada sobre su ausente hijo, que ya había venido y aguardaba en un salón de la casa. A pesar de su gravedad estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Oía perfectamente bien; aunque no contestaba mucho, porque se fatigaba. —¿Qué hay, Peta?—le dijo al verla entrar muy asustada y toda llena de misterios.—¿Vienes á decirme que me muero? Ya lo sé. Ya estoy confesada y tan pronto como el médico me lo ordene, recibiré los sacramentos. —Rosa—le dijo su prima:-Abel quiere verte. La enferma entendió mal. Tenía en su memoria tan íntimamente unido el nombre de Abel con el de su esposa, que pensó, en la debilidad en que estaba, que los dos deseaban verla. —Todos, en esta casa—le dijo—han respetado el juramento que hice de no conocer á esa mujer. Sólo tú podías ser la única que en la hora de mi muerte, cuando estoy reconciliada con Dios y no puedo tener rencores, había de venir á humillarme. ¡Que se haga la voluntad divina! ¡Tráelos, hija! —No, —contestó la beata con precipitación.—Abel ha venido solo, y solo quiere verte... Peta quiso decir algo más, y aun pronunció algunas palabras; pero la enferma ya no oía. Le sobrevino la tos y el mismo ahogo, que tanto le había mortificado en la tarde. Jorge y Beatriz tuvieron que acudir en su auxilio y le dieron algunos calmantes. Una vez tranquila, se hizo la dormida para que no le hablaran más. Peta salió contrariada. Jorge quedó en el cuarto contiguo con sus hermanas, para acordar lo que debían decirle á Abel, que hacía rato aguardaba afuera. Hablaban en voz baja y principiaron á comentar lo ocurrido. Beatriz estaba muda. Manuelita la había aconsejado que nunca diera su opinión ni se mezclara en asuntos de familia. —Me lo esperaba—dijo Lía.—¡Pobre tía! siempre lleva la peor parte en esta casa. Ella es buena; pero tiene el don de errar. Vean lo que hizo con Martita: la llevó al convento y la enterró allí... Sí, ha sido un soberano chasco, de buenas á primeras decirle: allí está Abel. Mamá creyó que se trataba de la mujer de éste, y debe haber sufrido mucho. Mejor hubiera sido que monseñor, que es un hombre de talento y de mundo, le hubiera hablado sobre el particular. La beata, en presencia de Abel se puso á llorar como una Magdalena. —¡Por tu culpa! ¡por tu culpa! ¿Ya lo ves?—le dijo. El sobrino se asustó, pensando que su madre tal vez estaba en agonía; pero viendo á don Juan de la Cruz muy tranquilo en el salón, conversando de política con varios amigos, se tranquilizó. —Habla de una vez, tía Peta. Se niega á recibirme, ¿no es verdad? —¡Hijos bandidos!—exclamó la otra, sin contestarle nada, y como hablando consigo misma. —Felizmente no me casé. ¡Dios mío! ¡canas verdes me hubieran salido! Aunque creo que peor me ha ido con estos sobrinos... Después, dirigiéndose al joven, le dijo:—Tú y Marta, buen par de desobedientes y voluntariosos: pero tú eres quien la mata ahora. —¿Yo? —¡Sí, tú! que la has puesto en este estado. —Puede ser...,—contestó Abel—y sin decir una sola palabra más, tomó su sombrero y salió de la casa sin despedirse de nadie. Ella le preguntó, con ansiedad, si volvía, viéndole en actitud tan resuelta. Él se limitó á darle las buenas noches. La tía, muy asustada, refirió á sus sobrinos y á Beatriz lo que había pasado. "Si lo conoces que es tan bruto y tan testarudo, ¿para qué le dices nada?" le dijo Lía. Peta se dio también por resentida, y tomando su manta se fué á su casa. Jorge pasó tres horas en el hotel aguardando á su hermano, quien no regresó hasta la mañana del día siguiente, para tomar su maleta y regresarse á Tarma. A las doce de la noche, cuando ya las visitas de etiqueta se habían retirado, volvió Peta. Venía muy contenta. Llamó á un lado á sus sobrinas, á Beatriz y á Jorge, y les enseñó un pañuelo de seda, que había sido blanco, pero que estaba inmundo y con algunas manchas de materia purulenta. Aquello repugnaba; sin embargo, lo había traído en el seno, y de allí lo sacó para enseñarlo. —¿Qué es eso, tía?-le preguntó Lía llena de asco. —El pañuelo milagroso de Marcela, la sierva de Dios; el mismo que acaba de salvar de la muerte á la mujer de Pepe Pequeño, y á veinte ó treinta personas más, que lo han llevado con fe y pureza de alma. ¡Qué trabajo me ha costado conseguirlo! Hace dos días que ando de Herodes á Pilatos; y á no ser por las recomendaciones del portero de los padres jesuitas, el hermano Juan, no lo hubiera hallado. —Lo traes para mamá, ¿no es verdad?—le preguntó Raquel con alegría. —Ya la creo, hijita; y ya verás cómo mejora. —Dios te lo pague,-le dijo Lía, mistificada por el milagroso pañuelo; el que tomó con veneración y ya sin repugnancia. Sorprendido don Juan de la Cruz de ver á Peta en cuchicheos con sus hijas, se acercó al grupo, y se impuso de lo que pasaba. Vio el inmundo trapo que le enseñaron, meneó la cabeza y se retiró sin decir nada; pero en el acto llevó el chisme á sus amigos, Leniz y Alzania, quienes sintieron gran curiosidad de ver el susodicho pañuelo. "Es el colmo del fanatismo", dijo al oído del primero el señor Alzania, después que la beata le hubo pasado por los ojos, con brusquedad, el objeto en cuestión. —Soy de opinión, Peta—le dijo don Juan de la Cruz —que primero consultes el caso con el médico. Ese pañuelo está infecto; y yo creo que, lejos de sanar á nadie, puede, por contagio, proporcionar una enfermedad que no se tiene. —Todos los médicos—contestó la beata—son unos descreídos, unos impíos y unos herejes. Sólo tienen fe en sus medicinas. Es inútil consultar nada con el doctor Medina. Además, se ha ido á las once y no volverá hasta mañana. —Entonces, ¿por qué no lo haces con monseñor? —Otro que bien baila. Desde que fué á Europa y el Papa lo hizo monseñor, ya no cree sino en los milagros y en los santos extranjeros. Y ahora que se ha vuelto tan aristocrático, ¡qué va á creer nada en los milagros de una negra! —Eres una calamidad, Peta,—le dijo su pariente político. Raquel y su hermana hacían señas con la vista á su tía, para animarla en el debate, temerosas de que don Juan de la Cruz, siempre tan manso y tan sugestionable, se encaprichara, como descreído que era en materias religiosas, en no dar permiso para que el milagro se hiciera. Peta cortó por el lado más sano, que fué no contestar nada al tratamiento de calamidad que se le había dado, y abandonando el salón, entró al cuarto de su prima. Doña Rosa, como se dice vulgarmente, la había tomado en su enfermedad con la beata. La veía tan intrusa en todo lo suyo, que le tomó fastidio. Fué ella quien le participó su gravedad, la necesidad de confesarse sin perder tiempo, y la llegada de Abel. De manera que al verla entrar con sus hijas, comprendió que se trataba de algo desagradable. En esta vez se limitó á interrogarla con la vista. Estaba fatigada y no quería hablar. Peta se acortó con el recibimiento, y estuvo torpe en su discurso sobre la piedad de Dios, y la intercesión de los santos á favor de la salud corporal y espiritual de los pecadores. "Como tú sabes, le dijo al concluir, hay un pañuelo de una sierva de Dios que está haciendo milagros. La mujer de Pepe Pequeño se ha salvado, debido á la fe con que lo tuvo varios días. Yo lo he conseguido, y aquí te lo traigo para que te lo pongas." —Peta,—le contestó doña Rosa, hablando muy despacio y sin fijarse en el objeto que su prima le presentaba.—Déjame morir tranquila, y sin que mi nombre sirva para fomentar vulgaridades y fanatismos. Yo no sé si Padre Azcunaga está mezclado en estos milagros que hace el pañuelo de Marcela, ó si todo es una invención de ustedes; pero si lo primero es cierto, dile de mi parte, que en casa, hace muchos años, como tú recordarás, había una criada que se confesaba por todas nosotras en el convento de los Descalzos; que le mando este aviso y que se ande con más cuidado con sus confesadas. —Pero Rosa —le contestó su prima-¿será posible que tú, tan piadosa y tan creyente, no tengas fe?... La enferma tuvo ó fingió un ahogo que cortó el discurso de la beata. Una vez sosegada, cerró los ojos y volteó la cara, para indicar que estaba inhábil para oír y contestar. Contrariada Peta con este chasco, en voz baja y á poca distancia de la cama de la enferma, púsose á comentar lo sucedido. "Manden traer agua bendita, dijo; pues el diablo anda suelto por este cuarto. ¡Dios mío!¿si me pondré tan terca y desobediente á la hora de mi muerte? Hay que contarle á su padre confesor lo que ha pasado; pues para mí, Rosa ha vuelto á caer en pecado mortal, expresándose tan sin piedad de las cosas de Dios." Las niñas oían sin decir una sola palabra. Recordaron la actitud de monseñor, cuando por primera vez se habló en la casa de la tal Marcela, y acabaron por creer que su madre había estado razonable. Viendo Peta que nadie le contestaba, y que sus sobrinas no hacían causa común con ella, se puso furiosa, y sin añadir una palabra más, cogió nuevamente su manta, se envolvió en ella, y salió para la calle sin despedirse, y como alma que lleva el diablo. Lía refirió á su padre, en presencia de los señores Alzania y Leniz, el final de la aventura. "¡Qué mujer tan superior es Rosa! exclamó el vocal del tribunal supremo. ¡Quiera Dios conservarle la vida!" Un poco más tarde, Raquel, que acompañaba á su madre en unión de Beatriz, avisó que la enferma se estaba agravando de una manera visible. La fiebre le había subido, deliraba, y como era natural, tenía un gran desasociego. Todos pasaron á su cuarto, y al verla en tanta gravedad quedaron muy impresionados. Jorge y Urzúa, este último que estaba recostado porque se encontraba enfermo, salieron precipitadamente en busca del Dr. Medina, quien llegó como á las doce y media. "Me lo esperaba, dijo al verla así, el mal debe hacer crisis esta noche; de lo contrario, mañana amanecerá peor y para entonces no respondo de salvarla." Recetó en el acto, y una vez que trajeron las medicinas, las administró personalmente. Lía, presa de un gran desconsuelo, pasó á su cuarto, se arrodilló delante de una imagen de la Santísima Virgen, é imploró y lloró durante mucho rato. Raquel, viendo á su hermana en ese estado, y no queriendo dejar á su madre al solo cuidado de Beatriz y de una criada, sacó fuerza de su flaqueza, secó sus lágrimas, y armada de notable fuerza de voluntad, atendió con tierna solicitud los cuidados que la enferma necesitaba. Como es de suponer, nadie pensó en acostarse en esa noche. Don Juan de la Cruz se paseaba por el salón sin atender, ni oír la conversación de sus amigos, que en voz baja hablaban con Alfonso. Hasta ese momento no había creído en la gravedad de la enferma; pero ahora veía al médico tan alarmado, que ya no le quedaba la menor duda de que su esposa se moría. Acababa de dar la una de la mañana, cuando con gran estupor de todos, se dejaron oír lejanas y continuadas descargas de fusilería. Don Juan de la Cruz y el señor Alzania se pusieron lívidos. Alfonso, Leniz y Jorge quedaron con más serenidad. —¿Qué es esto?—preguntó el señor García. —Alguna montonera que ha invadido á Lima—contestó Jorge. —O, tal vez, un batallón que se ha sublevado—observó Leniz. Urzúa, Jorge y un criado subieron al alto de la casa, y percibieron con más claridad el tiroteo y el silbido de algunos proyectiles perdidos, que pasaron por encima de sus cabezas, aunque á gran altura. "Niños, vamos á bajarnos, les dijo el criado. Miren que de una bala perdida nadie está libre." Cuando descendieron encontraron á toda la gente de la casa reunida en el comedor. El pánico los había desmoralizado, y hasta el médico, los criados y las niñas, se habían olvidado de la enferma, que quedó sola, con una chiquilla sirvienta de ocho años. Esta, viéndose en ese abandono, vino al comedor á pedir que la acompañaran. Una criada y Raquel partieron entonces á ocupar su abandonado puesto. —Vengo de la azotea—dijo Alfonso—donde acabo de estar con Jorge; y según nuestros cálculos, el combate tiene lugar en el Jardín Botánico ó cerca del Hospital "Dos de Mayo". —Indudablemente una montonera que ha entrado en Lima. Pero, ¡qué audacia, cuando aquí debe haber cinco mil hombres!—dijo el señor Alzania. Contestóle don Juan de la Cruz, que aquello debía ser un ataque serio de todo el ejército revolucionario, que en masa se había descolgado desde el Cerro de Pasco; y que por tanto debía quedarse á dormir en la casa, y no exponerse saliendo á la calle. Fuertes golpes dados con la aldaba en la puerta de la calle, paralizó la conversación y los dejó á todos fríos. —¡Dios mío! ¿quién llama á esta hora?—exclamó el señor García.—¿Si vendrán á llevarme preso? Jorge, hijo mío, anda con cuidado y ve quién es; pero sin abrir. La insistencia con que seguían golpeando alarmó más á los presentes. Urzúa, Leniz, Jorge y un criado corrieron á la puerta, y al llegar á ella, no pudieron menos de reírse, al oír los gritos desaforados de Peta, que llamaba con gran urgencia. Jorge corrió el cerrojo, tiró del postigo y su tía, á pesar de sus años, se puso de un brinco en el portal de la casa. —¿Qué están sordos?—preguntó. —Hace media hora que llamo! Por poco me pegan un balazo. ¿Y Juan de la Cruz?... —le contestaron que estaba en el comedor. —Vamos allá—añadió—para contarles á todos juntos lo que pasa. Al verla entrar, el señor García le dijo: —¡Peta! ¿será posible? Tú á estas horas por aquí? Un día te matan en una calle. Pero en fin: cuéntanos algo. ¿Qué tiros son esos que estamos oyendo hace media hora? —Santa Catalina se ha sublevado. —¡La artillería! ¡Santos del cielo!—exclamó el señor García, tomándose la cabeza con las manos. —Pero ¿con quién se bate la artillería?-preguntó el Sr. Alzania. —Eso es lo que todo el mundo está preguntando,— contestó la beata.—El combate tiene lugar en el cuartel á puerta cerrada. —Y ¿qué hace el Gobierno?—preguntó Leniz. —Hay muchas carreras de oficiales montados. Seguramente, ayudantes que llevan órdenes á los diferentes cuarteles. También están retirando la policía para acuartelarla. Atentos todos á las contestaciones de Peta, no se habían fijado en Beatriz, que sumamente pálida, y sin pronunciar una queja, habíase sentado recostando los codos sobre la mesa. Con una mano oprimía fuertemente su frente, y con la otra apretaba un pañuelo, el mismo que mordía con nerviosidad. Lía hizo una seña á su tía, para que se fijara en ella; y cuando la beata hubo notado el aviso, le indicó, poniéndose el dedo en la boca, que no contara más novedades. Todos cambiaron una mirada de inteligencia sin decir una palabra, como que estaban en el secreto. Para nadie fué un misterio el dolor de Beatriz, sabiendo que su novio era capitán de artillería, y á esa hora debía estar en su puesto. —¿Y Rosa?—preguntó Peta, para cambiar de conversación. —¡Ay, hija!—exclamó don Juan de la Cruz—¡todo se conjura esta noche! ¡Dios mío, qué noche! ¡Que te cuenten! Peta; que te cuenten, yo no tengo ánimo para nada. Lía se hizo cargo de Beatriz. "Prométele algo á la Virgen—le dijo—y ella te hará el milagro." Su amiga no le contestó. Estaba desesperada y había perdido su piedad y su fe. Lía insistió en su súplica. "Ya es tarde—le contestó—no se me quita de la imaginación que le han muerto. ¡Ay, Lía! tú no le conoces. Es muy valiente y habrá ocupado el puesto de mayor peligro." Urzúa se acercó á las dos amigas. —Beatriz —le dijo, dirigiéndose á ella-voy en busca de Cegama. —De ninguna manera—le contestaron las dos señoritas. —Hablen más bajo,—añadió él;-mi tío puede oírnos é impedirme la salida. No crean que me propongo entrar al cuartel en medio de las balas. Lo haré tan pronto termine el combate. Para entonces, no me daré punto de descanso hasta no encontrarlo, á fin de poder regresar á decirles que lo he visto sano y salvo. —Urzúa—le contestó Beatriz,—si no hay peligro, hágalo; pero no por mí, sino por Manuelita, á quien debe usted ver ahora mismo, y prometerle lo que acaba de ofrecer. —Así lo haré—contestó Alfonso, é inmediatamente salió del comedor en busca de su sombrero y de un abrigo, pues se sentía con principios de influenza. Peta había pasado al cuarto de la enferma, la cual seguía delirando. Raquel le contó todo lo que el médico había dicho. XVI Urzúa experimentó en la calle una sensación de frío, un extremecimiento involuntario. Aquella soledad inspiraba pavor: sólo de cuando en cuando se oía el sonido de una trompeta de guerra, ó el silbido de alguna bala perdida. El tiroteo continuaba, aunque ya muy calmado. Alfonso echó á correr hacia las calles centrales; pero temeroso de que le detuviera alguna fuerza militar, creyéndole en fuga, moderó su paso. Llegó á la esquina de Mercaderes. Allí se detuvo para presenciar el desfile de un batallón que venía de Palacio y seguía para la Exposición. Tomó después rumbo hacia San Sebastián, donde, en unos altitos, vivía la familia de Cegama. Alfonso golpeó la puerta de la calle, y en el acto se asomaron al balcón Manuelita y sus dos hermanos. —¿Quién es?—preguntó ella sobresaltada. —Soy yo, Urzúa. —¡Oh! Alfonso. ¿Usted por aquí á estas horas? ¡Qué sorpresa!... ¿Sabe usted algo de mi hermano? ¡Por Dios! no deje de decirme lo que sepa, por muy mala que la noticia sea. ¡Hace una hora que vivo en agonía! Desperté á los primeros tiros, me vine al balcón, y por el celador, que es amigo nuestro, me impuse que el combate tenía lugar en Santa Catalina. ¡Pobre Pepe! ¡Si le habrán muerto!... Pero, Alfonso, ¿por qué no me contesta usted? ¿Quiere usted subir? —No, de ninguna manera, Manuelita,-respondió el joven emocionado, y sin saber cómo explicar su visita.-He venido mandado por Beatriz, para avisarle que voy á informarme de lo que pasa, y que tan pronto vea á su hermano, vendré á decirle que está sano y salvo. —¡Dios lo quiera así!—exclamó ella.—¿Con qué le pagaré este servicio, Alfonso? Pero que sea pronto; yo quiero ver á mi hermano: ¡vivo, muerto, herido; como esté! ¡Yo quiero verlo!-exclamó en tono desesperado...—Pero usted se va á exponer por nosotros. ¿Y si le hieren? —Por mí no hay cuidado-contestó el joven.—Parto á Palacio para ver al Presidente y sacarle un permiso para entrar á la artillería. Una vez allí, no descansaré hasta no encontrarme con Pepe. Tenga usted fe en Dios, mi buena amiga. ¡Hasta luego! Urzúa echó á correr en dirección contraria á la que había traído, para volver á entrar en las calles centrales. Manuelita experimentó una alegría momentánea. En la desesperación en que se encontraba, las palabras de Alfonso le hicieron mucho bien; sintió como si un enorme peso se le hubiera caído del corazón. Pasado este fugaz alivio, volvió á darse cuenta de la horrorosa incertidumbre en que estaba. Los tiros del combate avivaron de nuevo sus angustias y, otra vez, púsose á llorar desesperadamente. ¡Pobre niña! Huérfana de padres y sin más apoyo en el mundo que el de su hermano mayor, sintió desgarrarse su alma al pensar que la soledad de esa noche podía ser eterna para ella; durar lo que durara su existencia. "¡Qué horrible desamparo! exclamó sollozando. ¿Dónde encontraré consuelo? ¿Quién me acompañará? ¡Qué sola me quedo! ¡No tenía más que á él, y Dios se lo lleva! ¡Ay, madre mía! tú que estás en el cielo, óyeme é implora por mí á la Santísima Virgen!... ¡Mis hermanos pequeños! ¡Pobrecitos! ¿Quién los educará? ¿Quién se sacrificará por ellos? ¡Pepe, no me dejes! ¡Por Dios! vive; vuelve á tu hogar y retórnale la ale¬gría y la felicidad que nunca faltaron en él! ¡Ay! ¡yo me muero, yo no puedo más! He perdido la esperanza; y aunque no lo quiera, lo estoy viendo inanimado, su rostro pálido, su alma ya ida, y su cuerpo tendido, sin encontrar una mano piadosa que cierre sus ojos y lave su rostro, cubierto de sudor y manchado de sangre." Cesó de hablar y comenzaron los lamentos, los sollozos, las lágrimas y los movimientos nerviosos producidos en su cuerpo por el horrible sufrir de su espíritu. La acompañaban sus dos hermanos menores y el negrito sirviente de la casa, todos tres de once á doce años, terriblemente asustados con el ruido de las balas y la desesperación de ella. La habían visto siempre tan correcta, tan sonriente, tan amable, que ahora, al observar su intranquilidad, su manera de llorar, la extraña conversación que sostenía en voz alta con ella misma, la creían loca y le tenían miedo. —Vamos á comenzar de nuevo el rezo—les dijo. —Dios lo puede todo. Y secando sus lágrimas marchó con los tres niños á su cuarto, donde muy juntitos se pusieron de rodillas delante de una Virgen de los Dolores y un Señor San José, cada uno con su lámpara de aceite. Principiaron los rosarios. Terminaba uno y comenzaba otro. La pobre niña estaba tan emocionada, que á veces se pasaba del primer misterio al cuarto y rezaba "gozosos" y "gloriosos" cuando el día era de "dolorosos". Los niños estaban rendidos de ese rezar incesante que duraba ya una hora. Manuelita les dio permiso para que se sentaran, y bien pronto, todos tres fueron rendidos por el sueño, y la pobre se quedó rezando sola, sin tener quien le hiciera coro. Entonces, viendo su desamparo, púsose á llorar. "¡No rezan!" —les dijo, en el mismo momento en que se despertaron asustados."¡No rezan! Así ¿cómo puede salvarse Pepe? ¡Dios mío, si ya ustedes no quieren rezar! ¡Ay, todo está perdido, ya Dios no nos oye!" Los niños comprendieron su falta, y sumamente afligidos al ver el sufrimiento de su hermana, lloraron juntos con ella. Después que hubieron desahogado sus corazones, Manuelita obligó á los pequeñuelos á que se acostaran, y quedándose completamente sola, volvió de nuevo al balcón. Allí, rezando entre dientes, púsose en observación, por si acaso pasaba alguna persona que pudiera darle noticias. Alfonso llegó á Palacio y trató de entrar por la puerta de la Plaza de Armas, lo que le fué impedido. Pasó en seguida á la puerta de "Honor", donde después del "¡alto, quién vive!" y de haber informado al oficial de guardia de que era uno de los delegados por Loreto y de que venía á ofrecer sus servicios al Presidente, se le dejó pasar y se le condujo al cuarto de edecanes. En él presenció la intranquilidad que reinaba en las altas esferas oficiales. A cada momento entraban y salían de las habitaciones del Presidente militares y paisanos, á quienes la gente de antecámara no se atrevía á preguntar nada. El combate había cesado, al menos ya no se oía ningún tiro. Después de aguardar como veinte minutos, Urzúa vio salir á S. E. acompañado de ocho ó diez militares de alta graduación y cinco ó seis paisanos. Alfonso reconoció entre ellos al coronel Martínez y á los ministros de Gobierno, Relaciones y Guerra. El Presidente había resuelto ir á Santa Catalina, y, en su paso obligado por el salón de edecanes, reconoció á Urzúa, á quien le tendió la mano, y con una sonrisa de satisfacción le dió las gracias por su ofrecimiento: "Joven, le dijo, si toda la gente de Loreto es tan leal y tan resuelta como lo es usted, créame que fácilmente acabaré con el espíritu de rebelión que reina hoy en el Perú. Todo está concluido; pero si usted desea ver cómo les arreglamos las cuentas á los que perturban el orden público, véngase conmigo." Alfonso contestó algunas palabras de agradecimiento, y, adhiriéndose á S. E. y á su comitiva, atravesó junto con ellos el patio del Ministerio de Justicia hasta llegar al de Hacienda, donde algunos de los acompañantes, él y los edecanes, cabalgaron en los caballos ensillados que se tenían listos, y seguidos por unos cuarenta hombres del escuadrón "Escolta", tomaron la recta de la "Unión". A pesar de ser las dos de la mañana, no dejaron de encontrarse con numerosos grupos de personas, que presenciaron en silencio el desfile presidencial, sin lanzar un solo viva, ni hacer la menor manifestación de simpatía. Indudablemente la masa popular de Lima estaba divorciada con la política del Gobierno. Llegaron á la plazoleta de Santa Catalina, en la que, con anterioridad, había acampado el batallón "Ayacucho", fuerte de cuatrocientas plazas. A la cabeza de esta tropa, el Presidente entró al cuartel de Artillería, cuya puerta fué abierta para el objeto, cerrándose inmediatamente. La guardia presentó armas. El "Ayacucho" formó en columna cerrada en el primer patio, y S. E. y su gente desmontaron y se dirigieron al departamento de la comandancia general. Se le adhirieron dos jefes; los otros dos estaban heri- dos levemente, y sólo faltaba uno, que no llegó en toda la noche. Aún quedaban muchos muertos y heridos por recoger, y por todas partes se veían charcos de sangre. En el cuerpo de guardia los heridos habían sido colocados sobre las tarimas, y los muertos en el suelo. Urzúa miraba todo aquello con horror, y al divisar á distancia á un oficial herido, sintió que la sangre se le helaba. No le faltaron deseos de ir en busca de su amigo; pero como nadie se separaba del grupo del Presidente, pensó en el mal efecto que podía causar en el ánimo de sus compañeros su inmediata deserción. La tropa se dio cuenta de la llegada del jefe del Estado, y principió á vitorearlo. Estaba todavía en mucho desorden. El combate había terminado, pero la disciplina no se había restablecido por completo. Sólo una parte estaba reconcentrada en el segundo patio y formada en columna. El resto se ocupaba de recoger los muertos y los heridos. El Presidente y sus acompañantes entraron á la comandancia. Urzúa, viendo que los edecanes se quedaban fuera, hizo lo mismo; y observando que su ausencia no había sido notada, y que nadie lo echaba de menos, ni lo necesitaba para nada, se lanzó por los corredores de la Artillería en busca de los oficiales. No había andado muchos pasos, cuando un capitán lo tomó violentamente del brazo, y le preguntó quién era y por qué estaba en libertad, habiendo orden que todos los paisanos que invadieron el cuartel estuvieran presos y con centinela de vista. Urzúa le dio á conocer su nombre y su entrada al cuartel acompañando al Presidente. Plá, que así se llamaba el capitán, le pidió excusas por la manera como lo había tratado y se puso á sus órdenes. —Deseo ver al capitán Cegama-le dijo Alfonso. —¿Es usted pariente de él? —¿Por qué me pregunta usted eso? —Porque está herido, y más vale que lo sepa antes que le vea. —¿Gravemente?-volvió á preguntarle Urzúa, con ansiedad. —¡Quién sabe! está tendido en una cama y aún no se le ha hecho ninguna cura. Vamos allá. Atravesaron una cuadra enorme, en cuyas tarimas se revolcaban numerosos heridos, y caminaron hasta llegar al cuarto en que estaba Pepe Cegama. Alfonso lo contempló, incómodamente tendido en una estrecha cama de viaje, con los vestidos puestos y ni siquiera el calzado quitado. Sólo tenía fuera la casaca militar, y para que no le molestara el frío, le habían tendido su largo y pesado capote gris, que dejaba al descubierto su cara demacrada y pálida. No había perdido el sentido; se quejaba mucho, y conscientemente trataba de evitar todo movimiento. En el acto reconoció á Urzúa y gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. —Alfonso,—le dijo con voz apagada y dolorosa,— me han herido de muerte. Caí á lo último del combate, en los momentos en que daba gracias á Dios por haberme salvado la vida, por dejarme en el mundo, donde tanta falta hago á mis hermanos. ¡Ay, Manuelita! hermana amada, encanto de mi alma, consuelo de mi existencia, luz de mi vida, único pensamiento de mi espíritu; es ahora, que estoy á punto de dejarte, que me doy cuenta de lo mucho que te amo!... ¡Dios mío! ¡hágase tu voluntad; pero si me llevas, dale á ella mucha fortaleza, porque yo dudo que pueda resistir el golpe!... ¡Ay, mis hermanitos, mi querida Beatriz!... Alfonso: ¿qué es de ellos? ¿Saben ya mi desgracia? Este profundo esfuerzo mental, este agudo dolor de su espíritu, superior al dolor corporal de su herida, le produjeron un desmayo, un intenso desfallecimiento, que llenó de congoja el corazón de Alfonso. Él también lloraba, y cuando volteó la cara para mirar á su compañero, le vió anegado en lágrimas. Comprendiendo que no había tiempo que perder, preguntó al capitán Plá si había medio de conseguir un médico, ó de trasladar al herido en una camilla á su propia casa. "Se ha mandado llamar á todo el personal facultativo del hospital militar de San Bartolomé, y antes de media hora estarán aquí", le contestó el oficial. Cegama había vuelto en sí, pero agotada la fuerza moral de su espíritu, sólo se quejaba de su herida. Alfonso le recomendó silencio para que no se pusiera peor, y le avisó que estaban haciendo preparativos para llevarlo á su casa, donde ya Beatriz y Manuelita sabían que estaba herido, pero no de gravedad. Los ojos volvieron á llenársele de lágrimas, y Alfonso nuevamente tuvo que enjugárselas, pues el peso de su capote y su debilidad le impedían mover los brazos. Después pidió agua, se le dio de beber, y quedó más tranquilo, presa de una ligera soñolencia. Alfonso y Plá se retiraron á la habitación inmediata para no despertarlo con su conversación. Allí, á instancias del primero, el segundo refirió así lo que habia pasado: —Toda la culpa la tiene el capitán de guardia, quien aprovechándose de nuestro sueño y de acuerdo con la revolución, entregó el cuartel á un grupo como de cincuenta paisanos, que entraron por la puerta del costado y se posesionaron del parque y de uno de los torreones. Desde esos puntos nos atacaron sin piedad. Cegama, con dos oficiales y cuarenta hombres, ocupó el torreón que da á la plazuela, y debido á su valor y á lo estratégico de su posición, mantuvo á raya el avance de los revolucionarios: dominaba el patio principal y no los dejaba moverse de sus puestos; en cambio, soportó por una hora el combinado fuego de la guardia de prevención, que estaba sublevada, y el de los invasores. Yo no sé cómo pudo resistir tanto; si no hubiera sido por él, la revolución hubiera triunfado, como que toda la defensa del cuartel estaba en su torreón. Como es de suponer, la tropa que dormía en las cuadras entró en la mayor desmoralización al oír los tiros. Yo levanté á mi compañía y la saqué al patio; pero recibimos un fue-go tan nutrido, que nos vimos obligados á retirarnos. Además, habían apagado las luces, veíamos muy poco, y no sabíamos cuántos nos atacaban. Como á la hora del combate, viendo los asaltantes que el fuego del torreón se hacía cada vez más débil, y suponiendo con razón que las municiones estaban agotadas, se envalentonaron y salieron de sus guaridas para tomar por asalto á la gente de Cegama. Entonces, los que estábamos en las cuadras, pudimos ver el insignificante número de los que nos atacaban, y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, conjuntamente los atacamos. La guardia de prevención vino en auxilio de ellos, pero sin éxito á pesar de que pelearon muy duro, pues la derrota se había pronunciado en el paisanaje, que sólo pensó en huir por la misma puerta por donde había entrado, lo que tampoco consiguieron, y por lo cual se entregaron incondicionalmente. De los cuarenta hombres que tenía Cegama, sólo diez habían quedado en pie; los demás estaban muertos ó heridos, habiendo sido él el último en caer. La tropa que había sido leal se lanzó sobre la guardia y la asesinó casi indefensa, como que estaban exhaustos de municiones. La corneta tocaba "alto el fuego", pero la calma no se restableció hasta que las luces no fueron encendidas. Pudimos apreciar, entonces, la enorme cantidad de muertos y heridos, casi todos militares. Esto indignó á la tropa contra el paisanaje, y fué necesario emplear mucha energía para impedir que se fusilara á los rendidos. Enterados el capitán Plá y Urzúa, después de mucho esperar, de que habían llegado los médicos, salieron en busca de uno de ellos, el que vio á Cegama, y declaró que estaba mal herido en el pulmón izquierdo, y que era imposible trasladarlo á su casa hasta que no se le hiciera una primera cura; pues una segunda hemorragia sería fatal. Se improvisó en el cuarto del herido una sala de operaciones, donde el facultativo, acompañado de dos practicantes, procedió á trabajar á puerta cerrada, después de haber despedido á todos los curiosos y amigos del paciente. Lo mismo hacían otros médicos. Los heridos que podían aguardar sin peligro su curación hasta el día siguiente, fueron enviados á pie ó en camillas al hospital. También habían llegado varias carrozas, las que salieron tan atestadas de soldados muertos, que las mulas casi no podían con los carros. Urzúa y Plá quedaron silenciosos en la sala inmediata, aguardando á que terminara la curación del enfermo. De pronto les sorprendió la detonación de una descarga de fusilería. Salieron al patio y notaron que todo estaba muy tranquilo: la gente había sido confinada en su totalidad á las cuadras, donde estaban sobre las armas, y sólo quedaban francos los oficiales que tenían á su cargo el cuidado de algunos heridos. Plá habló con el cabo de un piquete que amontonaba los muertos en un carro, y éste le dijo que en el canchón estaban fusilando á los prisioneros. Llevados por la curiosidad, se dirigieron al citado lugar; pero un centinela les prohibió la entrada. El teniente López del escuadrón "Escolta", que montaba esa guardia y que era primo hermano de Plá, le contó en mucho secreto, que acababa de fusilar á dos prisioneros por orden directa del Presidente. Urzúa y Plá se miraron aterrorizados y se abstuvieron de comentar el hecho. Momentos después vieron avanzar un grupo de doce soldados del "Escolta", armados de carabinas y sables, resguardando á cuatro prisioneros, vestidos de paisano. Venía de jefe un edecán, que mandó hacer alto á su tropa, y que conferenció durante un rato, en voz muy baja, con el teniente López. —"¿A dónde nos llevan?" — preguntó con altanería uno de los presos.—"¿Para qué tanto secreto?"—dijo otro. Urzúa los miró con profunda compasión. "¡Pobre gente!", pensó; "algunos momentos más y serán pasados por las armas; pero están ignorantes de su sentencia, y por eso tienen la entereza de preguntar á dónde los llevan." El cabo amarró con unos cordeles las manos de los presos, después de colocárselas detrás, en medio de las protestas y los gritos de los más timoratos, que comenzaron á sospechar el epílogo de tanto misterio. La voz de avance fué dada, y todos, inclusos Plá y Urzúa, penetraron al canchón, enorme patio cuadrado y cercado por altas murallas. Dos faroles de gas alumbraban pobremente los cadáveres de la primera ejecución. Hasta ese sitio llevó á sus víctimas el edecán; y sin darles reposo para preparar su conciencia en aquel postrer momento; sin un instante de sosiego para pensar en Dios, en cuyas manos en breves momentos pondrían sus espíritus; sin tiempo siquiera para deshacerse de las prendas que tenían, y poderlas enviar á sus hogares, ó hacer un encargo, una disposición testamentaria, ó á lo menos la calma precisa para enviar el último adiós á los suyos, les anunció su fin y mandó cargar las armas. Y ellos, al darse cuenta de su crítica situación, al ver los preparativos de la tropa, y al reconocer en los ca-dáveres tendidos en el suelo los cuerpos de sus jefes, perdieron el juicio y dando tremendos alaridos, se lanzaron sobre sus verdugos, y aunque maniatados, tuvieron rabia y fuerza para romper la muralla de hombres, que, rifle en mano, se preparaba para victimarlos. El cabo dio orden de perseguirlos, y entonces, los oficiales y Urzúa, todos cuatro con el corazón helado y el pensamiento en suspenso, presenciaron la más cobarde de las persecuciones. La tropa se lanzó sobre aquellos míseros hombres, cada uno de los cuales corrió por su lado con la agilidad del loco, la fuerza del histérico y el aullido de la fiera á quien se acosa. Al fin cayeron al suelo, y dos de ellos, los más jóvenes, echados bocarriba se defendieron con los dientes y con los pies hasta que la soldadesca estúpida y sedienta de sangre los mató, acuchillándolos con los sables. Los otros, cogidos en peso y conducidos al lugar de partida, casi muertos de susto y sin poder tenerse en pie, fueron fusilados en el mismo sitio en que cayeron. El cabo remeció sus víctimas para cerciorarse de que estaban sin vida. Uno de ellos, al ser movido, volvió en sí. "Un encargo, un encargo", dijo con voz moribunda. Los oficiales y Urzúa se acercaron á él. Alfonso dobló una rodilla y le vió de cerca al aproximar su rostro. Era un joven como de veinticinco años, muy blanco y muy hermoso. Estaba acuchillado y la sangre le salía por cien heridas. "Irá usted á mi casa, Carrozas 24", le dijo á Urzúa; "verá á mi madre y le dirá que muero pidiéndole su perdón y su bendición. He sido un mal hijo. Este tenía que ser mi fin. Dios me perdone. Ahora, hágase su voluntad y mátenme cuando quieran. Ya me he reconciliado con Dios y con mi madre." El cabo le dio un tiro en la cabeza. Alfonso, absorto, casi sin darse cuenta de loque hacía, se vio en la puerta del canchón. Allí presenció la llegada de otro grupo de prisioneros. Atraído por el olor de la sangre, tal vez hubiera vuelto á entrar en ese recinto de muerte, á no acordarse de Pepe. El capitán Plá estaba no menos impresionado. Alfonso le cogió del brazo y le dijo: "Tenemos que sacar á Cegama". Entraron á su cuarto y le encontraron tan pálido como un cadáver; pero ya desvestido, perfectamente vendado y cubierto con sábanas y frazadas de lana. El asistente ayudó al practicante en la tarea de amarrar á la camilla dos astas de banderola, con el objeto de dar comodidad á las personas que la cargaran. Alfonso vio al médico, y supo que Cegama estaba muy mal herido en el pulmón izquierdo y que no se podía asegurar nada respecto á su curación. Le aconsejó que le abrigaran mucho antes de sacarlo á la calle, y que durante la madrugada le administaran por cucharadas un medicamento cuya fórmula recetó. Por último, que no lo desvendaran hasta que él no lo viera al día siguiente. Plá andaba buscando gente para cargar al herido y al fin llegó con doce hombres. Habló con Cegama, á quien alentó mucho, diciéndole que tenía esperanzas de verlo sano muy pronto; y que por el momento, se preparara á sufrir un poco por la molestia que le ocasionaría el viaje. "Que me llamen á Alfonso", le contestó. Cuando Urzúa se presentó le dijo: "Vete á casa por delante, y prepara á Manuelita. ¡Qué espectáculo el que le espera! y felizmente me llevan herido y no muerto." Alfonso se apresuró á cumplir el encargo; pero antes se cercioró bien de que el herido había sido esmeradamente arropado, y que tenía la cabeza y la cara abrigadas. Después talló á los soldados, para que los cuatro cargadores de cada turno fueran del mismo tamaño; y por último, estuvo hasta majadero con el paciente capitán Plá al recomendarle el cuidado que debía emplear, y la necesidad de que personalmente acompañara á su camarada. Al querer salir del cuartel encontró dificultades, como que vestía de paisano y los oficiales de guardia no lo conocían. Tuvo que ir en busca de un edecán amigo suyo, que respondiera por él. Con tal motivo se asomó á una de las ventanas del salón, en que estaban el Presidente y los suyos. S. E. ocupaba el centro de una mesa, alrededor de la cual estaban los ministros de Gobierno, de Guerra, de Relaciones Exteriores y además cuatro personas que Alfonso no conocía. Urzúa preguntó á su amigo, el edecán, por el coronel Martínez. —Ese sí que es un valiente y un hombre de honor —le respondió el oficial. Inmediatamente que se ordenó el fusilamiento de los coroneles Bendoya y Merú, que fueron los primeros, se levantó de su puesto y, desafiando con la mirada al Presidente y á sus ministros, se fué para no volver más. El de Relaciones Exteriores quiso hacer lo mismo; pero no con esta entereza, sino dando por excusa que no se sentía bien. Entonces su colega, el de Gobierno, se lo impidió. "Usted forma parte del ministerio", le dijo, "y no es éste el momento de ir atrás. El coronel Martínez no tiene ningún puesto oficial en este consejo, y, por eso lo hemos dejado salir." El pobre hombre estuvo cobarde y se quedó; y véalo usted: pálido como una cera. Urzúa se fijó en él, y le vio tan anonadado que le inspiró lástima. En cambio, la cara de tigre que en esos momentos tenía el Presidente, le causó desagrado. Hablaba poco y parecía inmutable: ni se alteró, siquiera, cuando dos oficiales, á quienes en alta voz mandó fusilar, lo maldijeron y lo trataron de asesino. Una que otra vez se sonreía; pero al hacerlo, sus facciones se contraían tan horriblemente, su boca hacía un gesto tan siniestro y sus ojos se volteaban de tan extraña manera, que su aspecto inspiraba miedo y repugnancia. Los ministros de Guerra y de Gobierno interrogaban á los prisioneros; pero él, personalmente, daba la condena de muerte en voz baja y con una sola palabra; ó moviendo afirmativamente la cabeza, cuando los ministros se limitaban á preguntarle sólo con la vista el castigo que deseaba para sus víctimas. Al fin, Alfonso, se vio fuera de esa mansión de odio. Al encontrarse libre y solo en la calle, al sentir con placer la fresca brisa de la madrugada orear amorosamente su frente enardecida, pensó que despertaba de una horrible pesadilla y se restregó los ojos. Tuvo un momento de felicidad al pensar que todo aquello había sido un sueño; pero las detonaciones de una nueva descarga repercutieron en su corazón, y dolorosamente le volvieron á sumir en sus penosos recuerdos. Pensó en ir á casa de sus tíos para desahogar su alma, contando todo lo que había visto; pero calculó que no tenía tiempo, y se fué, lo más pronto posible, á la calle de San Sebastián, donde encontró á la señorita Cegama sola y recostada en el balcón de su casa, y quien al verle llegar sin su hermano, se imaginó lo peor. Quiso hablarle, pero no pudo: una especie de nudo le oprimía la garganta. —Manuelita—le gritó Alfonso desde la calle.—Dé usted gracias á Dios. La mortandad ha sido grande: pero Pepe sólo está herido. La joven, presa de una terrible nerviosidad, bajó violentamente las escaleras de su casa, y bruscamente se puso delante de Urzúa. —¡Está muerto!—le dijo,—y me lo niega usted. Sería imposible que me lo pudiera negar. Le veo tan horriblemente pálido y demacrado, que no puedo creer lo que ha dicho. Le exijo que me diga la verdad. —Nunca he jurado por las cenizas de mi madre—le contestó Alfonso emocionado;—pero ha llegado el momento en que tengo que hacerlo para que me crea usted y cese de sufrir. Pepe está herido de gravedad en los pulmones; lo traen sus soldados, y antes de media hora le verá usted aquí. Prepárese, pues, para recibirlo, y tenga juicio, que no es el momento de llorar, sino de salvarle la vida. Arréglele su cuarto; que todo esté listo. Yo tengo que dejarla un momento: voy á que me despachen una receta que para él me dio el médico de la Artillería. —Alfonso, me vuelve usted el alma al cuerpo—le contestó profundamente emocionada y con los ojos llenos de lágrimas.—No se demore; mire que estoy sola... ¡Dios mío!—exclamó después de una pausa—me lo entregas con vida: ahora sólo falta que lo salves! Urzúa la dejó, y efectivamente se fué á la botica de la calle de Mercaderes. Manuelita se sintió más animada. Le había llorado por muerto y ahora sabía que sólo estaba herido. Sin embargo, la noticia la trastornó: iba de un lado á otro sin hacer nada; despertó á los niños, los hizo vestir y les comunicó que traían á Pepe herido. Al regresar Urzúa á la casa con la medicina que había comprado, se encontró en la calle de San Agustín con Plá, llevando con sus soldados al herido. —Alfonso—le dijo todo asustado:—el pobre Cegama ha dejado de quejarse. Le he llamado y no me contesta. Creo que se ha muerto. —¡Canario!—exclamó Urzúa, dando un salto, como si le hubieran clavado una puñalada.—¡Y yo que le he dicho á su hermana que está vivo!... ¡Dios mío! es preferible mil veces morirse, que sufrir lo que yo estoy pasando esta noche. La camilla fué puesta en tierra y el herido examinado en medio de la calle. Estaba caliente; pero el corazón apenas le latía. Al parecer estaba agonizando. Alfonso pidió á la tropa una cuchara. Como es de suponer, ninguno la tuvo. Entonces extrajo de un tirón la tapa de su reloj, y haciendo de ella un envase, la llenó del líquido contenido en el frasco, y la dio á beber al enfermo, quien se reanimó notablemente. Al llegar á la casa, Manuelita bajó las escaleras para recibir al enfermo. Alfonso le indicó con energía, poniéndose el dedo en los labios, que debía guardar silencio y mucha compostura. Los niños, que habían bajado también, tiritaban de miedo y estaban agarrados al traje de su hermana. Jamás habían visto un espectáculo tan sangriento como el que tenían á la vista. Pepe fué colocado al medio de su cuarto. Se le descubrió la cara, y al ver á su hermana se sonrió. Seguramente había creído morir sin verla, y su presencia le llenó de gozo. Manuelita, haciendo un esfuerzo supremo para no llorar, le corres-pondió de igual manera. —Ya ves, Pepe-le dijo—lo bueno que es estar bien con Dios. Como siempre has sido tan buen cristiano, el Señor te proporciona la oportunidad de ser traído á tu casa, para que te cures. Ya verás qué pronto te ponemos en pie. ¿Qué cosa se ha propuesto alguna vez tu hermana Manuelita, que no la haya conseguido? ¿Tú lo recuerdas, Pepe? Ya verás como te curamos. El joven no contestó. Había perdido el habla. —Ahora quédate tranquilo-continuó ella.—Deja que me ocupe de buscar al médico, á nuestro buen amigo el doctorcito Sánchez. También quiero prepararte un buen caldo de gallina. Plá quedó con el enfermo, y la tropa aguardando órdenes en la escalera. Manuelita y Alfonso salieron y caminaron hasta llegar al balcón, donde ella rompió á llorar, poniendo término á su fingida tranquilidad, sin temor de ser oída por su hermano. —Calma—le dijo su amigo.—Aún quedan esperanzas de salvarlo. —¡Imposible, Alfonso! Si veo que se está muriendo. Si ya no tiene habla y está tan pálido, que me creo no le ha quedado una gota de sangre en el cuerpo. ¡Pobre hermano mío! nuestra desventura le arrebata la existencia cuando más derecho tiene á ella! ¡Y yo sin poderlo remediar! ¡Urzúa, por Dios! ¿qué hacemos para salvarle la vida? —En primer lugar—le dijo el joven,—que Luis se haga acompañar por el negrito de esta casa, y vaya á traer al doctor Sánchez; el estado del paciente lo requiere. Al mismo tiempo, que Lucas se haga acompañar de una ordenanza, y se llegue al conventillo de San José, para volverse con el señor Ochoa: todo hombre que está en peligro de muerte necesita auxilios espirituales. Por último, que Plá, que está obligado á regresarse inmediatamente á su cuartel por orden superior, se llegue primero á la calle de Belén, y de parte de usted avise á Beatriz lo que pasa; y después, tome la calle del Sauce y cuente el suceso á doña Margarita. ¡Ah! me olvidaba, que Lucas vaya también á San Marcelo y llame á Florimbó. —No—contestó Manuelita con presteza;—nada de novios en estos momentos. Urzúa no insistió. Toda la casa fué puesta en movimiento, como que la señorita Cegama encontró muy razonables las disposiciones de su amigo, con excepción de la del novio. Ella, acompañada de Alfonso, quedó con el herido, que seguía en su soñoliento estado. Ya no tenía fuerza para nada. Se estaba muriendo con toda la tranquilidad de una persona á quien le abren las venas en un baño de agua tibia. El primero en llegar fué el médico, quien, dándose cuenta de la gravedad de Cegama, suplicó á Urzúa que corriera á la botica y le trajera un enérgico estimulante, para hacer funcionar el semiparalizado corazón del joven oficial. Cuando regresó, se encontró con el señor Ochoa, que aguardaba una reacción favorable en el enfermo para poder hablar con él. Hacía pocos momentos que había entrado. Al ver á Manuelita la abrazó y la besó en la frente. "Hija mía, le dijo, Dios pone á prueba la bondad de sus criaturas. Te ha tocado el turno. Quiera el Señor, en sus altos designios, conservarle la vida á tu hermano; pero si le lleva, feliz él que sale de las miserias de este mundo con el alma inocente. Bienaventurados los limpios de corazón, dijo Jesús, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Aquí, hijita, en este rincón me voy á sentar. La casa está en mucho tragín. Que me avisen cuando Pepe esté mejor para confesarlo, aunque no lo necesita, pues al caer herido, habrá hecho tan piadoso acto de contrición, que ya Dios le tiene perdonados todos sus pecados. ¡Qué dicha! ¡Bendita sea la Misericordia Divina! Poco después llegó Beatriz, acompañada de Peta. Plá le había comunicado bruscamente la gravedad de su novio. Repuesta de su emoción, dejó el atribulado hogar de los García Azuaga para entrar en otro todavía más consternado. Todos en casa de doña Rosa se prestaron para acompañarla; pero Peta, que gozaba con verlo y saberlo todo, exigió imperativamente la preferencia en ese acompañamiento. Las dos amigas se confundieron en un tierno y amantísimo abrazo; y juntas derramaron sus lágrimas. "Prepárate, Beatriz, díjole Manuelita, para verlo en agonías, y quiera Dios, que su palidez no te produzca la horrorosa impresión que á mí me ha hecho. Me siento enferma; no sé qué pasa en mi cabeza. Me hace el efecto de que en ella hay un volcán próximo á estallar." —Más religión, hijas mías—les dijo el señor Ochoa,-y menos apego á los bienes terrenales. Todo lo que nos es dado aquí es perecedero. La existencia corporal es fugaz. Sólo es eterna la vida espiritual. Desprendamos nuestros corazones de las cosas temporales; y así, al perderlas, nuestra alma no será conturbada. Peta, no obstante que nunca había estado en esa casa, ya se había paseado por ella como si hubiera sido la suya. Entró hasta la cocina y todo lo registró. Es cierto que no era únicamente curiosidad lo que la tenía en movimiento: buscaba una persona de confianza que entrara en el cuarto del herido, lo que nadie podía hacer por haberlo impedido el médico, y colocara á Pepe el pañuelo de Marcela. Peta seguía á la pesca de milagros; y ya que doña Rosa había sido tan poco complaciente con ella, hacía diligencias para tomar la revancha; y creía haberla encontrado en un hombre que estaba en agonías. "¡Qué triunfo para Marcela! pensaba la beata, si Cegama, por virtud divina de aquel pañuelo, se levantaba de su lecho de muerte!" En esta vez, como en la anterior, sus esfuerzos volvieron á ser inútiles, por no haberse encontrado la manera de colocar el objeto al pecho del paciente, materialidad indispensable para que el milagro se realizara. El médico, en compañía de Urzúa, ponía su ciencia al servicio de su enfermo, que cada vez quedaba más insensible. Desesperado del mal éxito de sus esfuerzos, y como último recurso, acudió á las inyecciones; pero tampoco le dieron resultado. Entonces, dirigiéndose á Alfonso, le dijo: "Mi amigo, este es un caso perdido. ¡Pobre mozo! no le veo remedio, como que sin sangre no se puede vivir. Prepare usted á la gente, porque esto va ligero. Yo me voy; pero si por una casualidad amaneciese vivo, no deje de llamarme á las seis de la mañana." Alfonso hizo pasar al señor Ochoa y le dejó solo con el herido. Ya Pepe había perdido el conocimiento. Sus ojos estaban velados por un soplo de muerte, y su mirada tenía la fijeza de los que se van. El sacerdote le llamó varias veces, y como si algo oyera, movió los párpados, y reflejó en su vista, inmóvil los últimos destellos de una vida, que tan bruscamente terminaba en él. "¡Dios te ampare! ¡Dios te favorezca! hijo mío, en este supremo instante en que principia para ti la vida eterna. No tengo duda de que ya te has desprendido de los lazos que te ligan á la tierra, y que has puesto tu alma en las manos del Señor. Confía con toda fe en su grandiosa misericordia. Tu existencia ha sido un modelo edificante de virtud, y es mucho lo que has amado para que no seas perdonado. Espera, pues, con alegría en el Reino de los Cielos. Desde lo más íntimo de mi alma doy perdón á tus pecados, te bendigo y te auguro la eterna bienaverturanza. Dichoso tú que estás entre los elegidos; que siempre gozaste de la Divina Gra-cia, y que ahora entregas tu alma al Creador, en medio de sus bendiciones y rodeado de los seres que te quieren." Notó el señor Ochoa que las facciones del moribundo se perfilaban, tocó su frente y la halló fría. Comprendiendo que se acercaba el momento fatal, fué en busca de la familia. Abrazó á Manuelita, á Beatriz y á los dos niños, y con voz solemne y profundamente emocionado les dijo: "El Señor se lo lleva, porque quiere tenerlo á su lado. Conformémonos con su santa voluntad; y pidamos para nosotros, míseros pecadores, igual suerte cuando nos llegue nuestro turno. Vamos hacia él y acompañémosle sin llantos ni lamentaciones, sin nada mundano que turbe la paz con que está entregando su alma á Dios." Manuelita había cesado de llorar. Ya no sufría, como que había perdido la noción de la realidad. Sus ojos estaban enjutos, su mirada vaga y su expresión indefinible. "Está volada", dijo Peta, en secreto, á su sobrino. Alfonso se estremeció. Jamás había oído esa palabra; pero no necesitó comprenderla para darse cuenta de que la beata hacía referencia á la pérdida de la razón. "Sí, sí, dijo Manuelita, indudablemente al cielo. Vamos, Beatriz, usted también, Alfonso; el negrito que no entre: es muy travieso. Vamos." —Beatriz, —dijo Urzúa á la joven,-haga usted algo por su amiga. ¡Esto sería el colmo! He visto morir mucha gente esta noche; he visto asesinar á los hombres de la misma manera que se cazan fieras; estoy viendo apagársele la vida á Pepe; todo lo he soportado y teugo todavía valor para ver más sangre y más lágrimas. Pero á ella, loca, lanzando una risotada en este momento, ¡por Dios! eso no podría soportarlo. Su risa me partiría el corazón, me dejaría idiota. Dele usted algo á esta niña: un poco de bromuro, cualquier cosa; aunque lo mejor sería llamar al médico. Pepe se muere; pero debemos salvarle la vida á su hermana. El doctor Sánchez fué llamado nuevamente. Estaba escrito que no debía dormir esa noche. Cuando volvió á las cuatro de la madrugada, los encontró á todos arrodillados alrededor del lecho del que ya era un cadáver. José Cegama, capitán de artillería, acababa de morir. Su alma se había ido con las últimas sombras de la noche. ¡Pobre joven! La muerte le llevaba, como había dicho Manuelita, cuando más derecho tenía á la vida; en los momentos en que principiaba á hacer papel en ella, y en los días en que más falta hacia á los suyos. Todo un mundo de esperanzas, todo un futuro amorosamente ideado y aguardado, toda una viva realidad de ensueños, de encantos, de miserias sufridas con abnegación y alegría, todo terminaba violentamente en ese hogar. La suerte marcaba nuevos rumbos, nuevos nidos. En la necesidad de vivir, ya que el corazón tiene tanto apego á esta mísera existencia, cada cual tomaría su camino, más ó menos lleno de espinas, tal vez florido y perfumado al fin de la jornada, porque así es la vida. XVII Alfonso se retiró como á las seis de la mañana. A esa hora se fué al hotel y se acostó. La fiebre le había aumentado notablemente, pero como estaba muy cansado se quedó dormido. Al salir de la casa lo dejó todo en orden. Los niños habían sido enviados donde la Barbanera, desde que al lado de su hermana sólo servían de estorbo. El señor Ochoa se despidió á la cinco y media, para llegar en tiempo á San José y decir su misa. Peta salió también á esa hora, y no paró hasta llegar á la calle de Belén, no tanto para imponerse de la salud de su prima, como para ser la primera en contar lo acontecido en Santa Catalina y en casa de Cegama. Pepe había sido vestido con su uniforme militar por Alfonso y por su primo político, el señor Artiz, quienes lo colocaron en su propia cama. Estaba blanco como un papel, y en nada se había desfigurado. Más bien parecía una persona dormida. Cuando los jóvenes terminaron y se retiraron del cuarto, Beatriz y doña Margarita entraron en él y lo arreglaron todo con más amor y más delicadeza. Sobre la cómoda colocaron las imágenes de los santos que fueron de su devoción, y las iluminaron con la pálida luz de una lámpara de aceite. A la derecha de su lecho, y sobre una mesita, pusieron otra lámpara, y en un artístico vaso, las últimas flores que él mismo había comprado. Poeta y filósofo, su alma se extasiaba, en sus momentos de soledad, contemplando los múltiples colores, y las bellas y variadas formas de esos remedos de la humana primavera, de esas rosas, margaritas y tulipanes que fueron para él, sin que nunca lo supiera, símbolo de su fugaz existencia. En ellas se inspiraba cuando cogía el lápiz, y en sentidos versos cantaba su amor, y sus ansias de un mejoramiento más conforme con sus ideales. Beatriz, recordando la predilección que les tuvo, las colocó á su lado. Quiso que le acompañaran en su despedida; que perfumaran y embellecieran su lecho de muerte, ya que tanto las había querido en vida. Le besó la frente, se arrodilló á su lado y le contempló sin derramar una lágrima. Por primera vez le miraba sin ser correspondida. Doña Margarita la dejó hablando en voz muy baja. "Insensible como soy, dijo, trabajo me costó quererle; pero fué tan fino, tan sugestivo; lo veía tan amoroso con su familia, lo encontré tan superior á los otros hombres que me asediaban, que al fin llegó á serme agradable; y posteriormente ya no podía vivir sin verle. Mi padre y él: los únicos seres que he amado. Mis hermanos, con excepción de María Eugenia, no han hecho más que chismearme con mi madre, que nunca me ha perdonado el haber nacido árida en efectos, como si yo tuviera la culpa de ello. En mi niñez me maltrató todo lo que pudo; de mujer, ya que no puede hacerlo, me hiere de palabra cada vez que hay ocasión. El viejo: ese sí que me quiere; ese sí que sufre al verme apática. Presume lo desgraciada que seré, y por eso ha reconcentrado en mí todo su cariño y me ama locamente. Pero él también se irá, así, violentamente como éste, que ni siquiera ha tenido tiempo para decirme adiós. Alfonso me dice que preguntó por mí. Debe ser cierto, pues me amaba. Yo también le he querido y le seguiré queriendo. Su recuerdo no se apartará de mi memoria, y dada la manera como cautivó mi corazón y lo indiferente que me son los hombres, dudo que algún día llegue á serle infiel. Se ha ido en los momentos en que debía unir mi suerte á la suya. Mi padre, según lo han dicho los médicos, se irá el día menos pensado; y entonces me quedaré sola. Siquiera Manuelita tiene á su novio, que la ama. Sus pleitos y sus continuos celos comprueban que ambos se quieren. Se casará; si acaso no con él, con otro: le sobran atractivos y corazón. Sus hermanos crecerán, y serán nuevos consuelos para ella. ¿Pero yo?..." Florimbó llegó á las seis de la mañana sin saber lo que pasaba. En la noche había oído los tiros; quiso levantarse, pero su madre le pidió que no lo hiciera; y como tenía muy poca voluntad de salir á la calle, estuvo muy obediente, y se volvió á quedar dormido. La señora, con más interés que él por la cosa pública, no obstante que el político era su hijo, se levantó al rayar el alba. Salió á la puerta de la calle, y allí quedó hasta que un transeúnte le relató lo pasado en Santa Catalina. En el acto pasó al cuarto de su hijo, lo despertó y le dijo: "El combate ha sido en la Artillería; vístete y corre á casa de Cegama, que tal vez está herido. En caso contrario, los dos hermanos agradecerán tu atención." Pablo se quedó frío al entrar en la casa de su novia y notar el aspecto mustio y compungido de las personas que le recibieron. Se dirigió inmediatamente donde Alfonso, quien, con la tranquilidad del que todo lo ha pasado y sufrido, se limitó á darle la noticia. "Pero, no puede ser", exclamó el recién llegado con la vehemencia del que se resiste á creer una enorme desgracia. Su amigo le llevó al cuarto mortuorio, donde su emoción fué más intensa. "¡Imposible, no puede ser! volvió á decir. ¡Pepe, soy yo, Pablo, quien te llama!" le gritó al cadáver. En vano aguardó algunos momentos, sin obtener respuesta. Anonadado por la magnitud de esta desgracia, superior á su fuerza moral, cruzó sus brazos, los puso sobre el hombro derecho de Urzúa, y dejando caer su cabeza, quedó idiotizado por breves momentos. Alfonso se lo llevó al comedor y allí lo dejó con Artiz mientras avisaba la visita. Manuelita, envuelta en una manta negra y sin dejarse ver la cara, lo recibió teniendo á su lado á Beatriz. Florimbó, más impresionado que afligido, apoyó el codo en la doblada rodilla, y sujetando su inclinada cabeza con la mano, permaneció unos cuantos instantes en esa posición de súplica. "Perdón, le dijo. He estado torpe en no suponer que la acción podía realizarse en Santa Catalina, y que esta desgracia debía pasar. ¡Pobre Pepe! ¡He llegado tarde!..." Continuó con sus excusas y sus lamentos. Beatriz le acercó una silla, y le hizo comprender, haciéndole señas con las manos, que su amiga no estaba en su juicio, lo que no era cierto. Manuelita había recuperado por completo sus facultades mentales. Pasada su desesperación y ansiedad, habíale quedado una profunda tristeza, una inconsolable melancolía, un deseo de huir; pero huir muy lejos, á otras regiones de la tierra donde se sufriera menos. Estaba con el alma dolorida, muy decepcionada y muy fuera de lo normal para pensar en su amor; para encontrar en las pretensiones matrimoniales de Florimbó algo que mitigara la irreparable pérdida que había sufrido; y como su pretendiente no era persona sugestiva, en esos momentos ni su acción ni su palabra le proporcionaron ningún consuelo. Ella, que intelectualmente le era muy superior, comparó su llegada á última hora cuando todo estaba consumado, con la actividad de Alfonso, entrando en un cuartel para traérselo todavía vivo, y darle la oportunidad de verlo sonriente en su última despedida. No lo encontró por esto culpable, pero le tuvo lástima al ver su negligencia, su falta de perspicacia. Pensó también en su soberbia resolución de no haberle llamado cuando Alfonso se lo propuso: pero recapacitando, nuevamente volvió á convencerse de que había estado correcta en no aprovecharse de las ventajas de la situación. Quiso proceder así para no coactar la libertad del joven, que quién sabe hubiera creído que se le llamaba para forzarle á renovar sus votos de fidelidad ante el cadáver del hermano, tal vez cuando ya pensaba olvidarla por María Calvo ó por otra. Por eso, no obstante que estaba muy adolorida, muy dispuesta al perdón y muy ansiosa de encontrar en los suyos nuevas fuentes de consuelo, se abstuvo de decirle nada. "No vaya á creer, pensó, que le estoy buscando porque he quedado sola y pronto estaré en la miseria." Alfonso despertó á las doce del día. Notó que le dolía todo el cuerpo, especialmente la cabeza y la cintura, y ya no tuvo duda de que era una víctima más de la epidemia de influenza que reinaba en Lima. El criado y el señor Palomares le aconsejaron que no se levantara, y que aguardara al médico del hotel, quien lo puso bajo un severo régimen de curación, y le tuvo una semana confinado en su cuarto, sin permitir, en los primeros días, que se le diera ninguna noticia, ni le causaran impresiones, temeroso de que la fiebre le subiera más y le afectara el cerebro. Emocionado con todo lo visto la noche anterior, y aniquilado su cuerpo por la falta de sueño, por el frío y la llovizna de la madrugada, su materia fué hallada débil por el mal, el que tomó enorme vuelo en las primeras 48 horas. Toda su familia se alarmó y vino á verle. Peta, que parecía hecha de hierro, no obstante sus anteriores trasnochadas, se prestó con el afecto y la solicitud que la distinguían, en compañía de dos beatas más, á velarlo durante dos noches seguidas. En la última, en el momento de más delirio, le colocaron el susodicho pañuelo de Marcela. "Aunque el médico diga que no, dijo Peta á sus cofrades, yo lo encuentro muy grave. Ni siquiera se da cuenta de lo que estamos haciendo con él. Es cierto que no está de muerte; pero en los milagros hay que proceder como en la medicina, donde es preferible prever que curar." Al día siguiente, las tres hermanas de espíritu volvieron á las doce meridianas, ansiosas de conocer el estado del enfermo. Le encontraron con la fiebre baja, muy sonriente y tomando con apetito su almuerzo. "¡Se ha hecho el milagro! exclamó Peta. ¡Alabado sea el Señor! Alfonso: cuando te levantes, tienes que confesarte y comulgar en acción de gracias, pues el Cielo te ha salvado la vida por la intersección de una de sus siervas." Urzúa, maliciosamente, se hizo el que no sabía nada. —¿Y qué sierva es esa?-preguntó. —Marcela—le contestó su tía.—Mete la mano al pecho y encontrarás su pañuelo. Anoche, cuando estabas delirando, te lo puse bien prendido á tu camisa de dormir. —¡Ay! tía,—le dijo el sobrino, fingiendo profunda pena, y haciendo todo lo posible por contener la risa. -Seguramente pusiste mal los alfileres, y uno de ellos me pinchó. A no ser por esto, no hubiera descubierto que tenía adherido á mi cuerpo aquel objeto. Sólo que, como no sabía lo que era y lo vi tan sucio, me inspiró asco y lo arrojé á la bacía que uso para mis menesteres corporales. —¡Impío!—le gritó Peta amenazándole con los puños. Inmediatamente tiró la portezuela de la mesita de noche, y quedó absorta al ver el ya histórico pañuelo de Marcela miserablemente tapado con las deyecciones del enfermo. —¡Masón! ¡Judío! ¡Hereje! ¡Excomulgado!—le gritó con rabia, sin que el sobrino hiciera la menor protesta.—¡Te has ensuciado en él! Ansioso Alfonso de contener la risa para no enojar á su tía, se mantuvo con la cabeza inclinada; pero habiendo cometido la imprudencia de levantarla y de contemplar la cara estúpida de aquella creyente, en que se pintaban el dolor y la rabia, se echó á reír. Peta comprendió, entonces, toda la malicia del delito; y como una arpía se lanzó sobre él, le cogió de los cabellos, y por varias veces, sacudiéndole con vehemencia la cabeza, se la golpeó contra el respaldar de madera de la cama en que estaba. Viéndose Alfonso tan mal tratado y temiendo que su tía lo ahorcara, lo que hubiera sido fácil en el estado de debilidad en que estaba, principió á gritar como un chiquillo á quien azotan. Las otras beatas, que también gritaban, se lanzaron en su defensa, y cuando la batalla estaba en todo su furor, acudieron á los gritos el señor Palomares y otros huéspedes del hotel, quienes presenciaron sin darse cuenta de lo que pasaba, todo lo grotesco de aquella escena. Al fin vino la paz. Entonces, Alfonso, comprendiendo lo pesado de su broma y avergonzado de ella, se acostó y se tapó la cabeza con la sábana, sin dar ninguna explicación. Peta, blanca como el papel, de la ira que había tenido, se envolvió en su manta. Sus compañeras hicieron lo mismo, y sin despedirse de nadie, salieron todas tres como unas brujas que van á cabalgar escobas para visitar al diablo. En su convalecencia, Urzúa, supo por don Juan de la Cruz el escape dado por su tía Rosa, quien estuvo dos días entre la vida y la muerte; y de resultas de lo cual había quedado tan débil que fué necesario llevarla á Chorrillos. Alfonso contó á su tío los horrores que habia visto en Santa Catalina. "¡De qué buena me he librado! exclamó el señor García. Cómo me hubiera visto con esas matanzas, siendo yo el presidente del consejo." Otro que no faltó un solo día á la habitación del enfermo, fué Pablo Florimbó. Por él se impuso del suntuoso entierro hecho por el Gobierno al finado capitán Cegama. Puesto de cuerpo presente en una capilla que se le arregló en el cuarto de banderas en el cuartel de Artillería, fué conducido al cementerio general sobre la cureña de un cañón, con gran acompañamiento militar. El Presidente en persona había visitado á Manuelita; y por su orden se le entregaron los sueldos de un año. En todo esto había mucho de política. No obstante que el finado, con su comportamiento, se hizo acreedor á estos honores, pudo traslucirse que el verdadero móvil de tanta recompensa estuvo en el deseo del Gobierno de hacer méritos con el ejército para captarse su lealtad. Hablándole de la señorita Cegama, le contó Pablo, que la visitaba todas las noches, y que de continuo se veía en casa de ella con Beatriz, la señora Margarita, las Barbanera, el señor Ochoa y el doctor Sánchez. Manuelita continuaba en su profunda melancolía. Había perdido el apetito, su espiritualidad y su amable carácter. No estaba idiotizada, pues contestaba á todo con mucha lucidez y con el buen juicio que siempre tuvo; pero sentía tan poco amor á la vida, se había vuelto tan apática, había cobrado tanto odio á la luz, á los colores, á las flores, á la música, á la naturaleza en una palabra, que sólo hallaba confortable retiro en la obscuridad de su cuarto. Las visitas hablaban entre sí, haciendo su charla lo más amena posible, y excluyendo de ella al finado para no tocar la llaga. "Cuando la saludo, dijo Florimbó, sólo me contesta con las palabras "buenas noches". Y si insisto en hablar con ella, y le pregunto cómo se siente, únicamente me dice que está mejor. No puedo, sacarle una frase más. ¡Pobre niña! Para mí está perturbada y esta idea me aterra. Es ahora, que me parece que la voy á perder, que siento la magnitud del cariño que le profeso. Lo que no comprendo hasta hoy es por qué no me mandó llamar la noche fatal, habiéndolo hecho con Beatriz y con su tía. Algún día descubriré este misterio." Urzúa no le contestó nada; pero recordó la negativa y hasta las palabras: "nada de novios en estos momentos." Alfonso quedó sumamente débil después de su enfermedad, y como su madre había muerto de tuberculosis y podía ser un candidato á tisis, si no se cuidaba, el médico le hizo salir inmediatamente á la Chosica, donde le tuvo un mes. Todo ese tiempo vivió en mucha soledad; pues casi todas las familias de Lima, que por esa época habían ido allí en busca de mejor temperamento, tuvieron que regresar á la capital, á causa de que todas las noches la montonera se tiroteaba con las avanzadas de un batallón, que estaba estacionado en ese lugar. Don Juan de la Cruz hacía una vida patriarcal en Chorrillos. Desligado de los partidos políticos, veía correr la bola de nieve, sin temor de verse envuelto en ella. Esperaba tranquilo el triunfo de uno ú otro bando, para plegarse al victorioso, con la maña con que siempre lo hacía. Los negocios industriales en los cuales tenía interés, estaban casi todos paralizados; de manera que por ellos, tampoco estaba obligado á ir á Lima. Monseñor y sus otros amigos le visitaban y comían con él jueves y domingos, y le contaban todo lo que ocurría en la capital. Se había comprado un enorme sombrero de paja, y no obstante el frío de la estación, se bañaba en el mar en compañía de sus hijas, todas las mañanas; y en las tardes paseaba con ellas por el "Salto del Fraile", las "Chacritas" y "Villa", atreviéndose á veces, á irse á pie con las dos señoritas hasta el Barranco, para regresar en el tren de las seis, á comer con el apetito de un colegial y á dormir con la tranquilidad de un bienaventurado. Doña Rosa iba recuperando con rapidez sus fuerzas, y daba también sus paseos; aunque no se atrevía á caminar tanto, como lo hacía el roble de su marido. Una noche, hablando con él, le aconsejó que visitara al Presidente. "Todavía no ha caído, le dijo; y quién sabe si no cae. En el Perú, y en estos tiempos, lo imprevisto es lo que ocurre. Naturalmente no te comprometas á servirlo en nada. Dile que estás desengañado de la política, y que no te ocuparás más de ella." Un domingo, don Juan de la Cruz encontró á S. E. en el palacio de los virreyes. Le halló muy tranquilo y sin el menor enojo contra él por no haberle organizado el gabinete. —Mi amigo García,—le dijo:—es usted de los constantes; y como no somos amigos de hoy ni de ayer, me complazco mucho al verle entre los pocos que me visitan. ¿Recuerda usted cuando encontraba esto lleno? Ya volverán cuando aplaste á estos canallas de revolucionarios. Don Juan le habló de las enfermedades habidas en su casa, exagerándolo todo; de su caída en cama, precisamente el mismo día en que debía buscar amigos para formar un ministerio; y con mucha diplomacia deploró los alzamientos habidos en provincias, y la intentona de Santa Catalina. —Urzúa le habrá contado lo ocurrido aquella noche—le dijo el Presidente;—y aunque no hubiera sido así, no le habrían faltado á usted medios de saberlo todo, como que para nadie es un secreto la manera como liquidé mis cuentas con esos caballeros. ¡Miserables! ochenta bajas me hicieron entre muertos y heridos. Cada vez que me acuerdo de ellos, siento que no estén vivos para darme el placer de fusilarlos otra vez... No le perdoné la vida á ninguno: ¿para qué?... ¡Bandidos! ¡conspiradores de oficio! casi ninguno de ellos había peleado en nuestra guerra con Chile; pero sí estaban listos para ensangrentar á su patria, para fusilar á sus hermanos. Allí me vi cara á cara con el coronel Merú, que durante veinte años no ha hecho otra cosa que conspirar con el dinero que se le daba para levantarse contra los gobiernos constituidos ó pasarla en el destierro muriéndose de hambre, por ser incapaz de trabajar en nada. Fué la pesadilla de Pardo, que le tuvo varias veces preso. Continuó en sus revoluciones contra Prado, has-ta que entró al poder con Piérola el 21 de Diciembre de 1879, para después hacerle, á su mismo caudillo, la revolución en Ayacucho. ¿No cree usted que he hecho un bien á la patria fusilando á ese miserable? —Indudablemente—contestó don Juan de la Cruz. —Y poco más ó menos como él, eran todos los demás: indefinidos ó cesantes de la lista militar; personas sin oficio ni beneficio, y á la pesca de puestos públicos. Lo que el Perú necesita es un dictador, un tirano que barra con todos los revolucionarios y con todos los pansistas. Yo pude haberlo sido: subí al poder lleno de prestigio, y contando, como cuento hasta ahora, con la lealtad del ejército. No me falta energía: creo haber dado varias pruebas en mi vida, y si éstas no bastaran, allí está lo de Santa Catalina. En fin, me sobran cualidades para tirano, pero me han echado á perder. Los civilistas, seguramente asustados de mi popularidad, de mi importancia política, y temerosos de que algún día llegara á ser un Porfirio Díaz me han corrompido. Es condición indispensable para ser candidato á la tiranía ser inmaculado. Una vez arriba ya se puede hacer todo: hasta vender el país; pero para subir es menester no tener mancha. Es cierto que son muy contados en el Perú, los que pueden tirar la primera piedra; pe-ro por eso mismo es menester estar entre esos pocos, haber tenido sagacidad y templanza para resistir la tentación, habiéndome faltado una y otra. Y después de todo, ¿para qué? para nada, para estar tan pobre como antes. Comprendo que por uno ó dos millones se renuncie á la gloria de pasar á la posteridad como un personaje ilustre; pero haber cometido tanta arbitrariedad, tanto abuso, haber encarcelado á la poca prensa que no se vendía para no tener nada, en verdad que ha sido estúpido. Usted sí que se armó, mi amigo García, con el célebre contrato de la sal,—le dijo socarronamente el Presidente;-y esto es que sólo tenía usted la cartera de Justicia. ¡Qué hubiera sido teniendo la de Hacienda! —¡Qué esperanza! excelentísimo señor,—le contestó el exministro, rojo de vergüenza:-promesas y nada más que promesas. Allí quien se armó "á la de verdad" fué Chávez García, que nos engañó á todos, y se quedó con 200,000 soles. Así son las cosas, se encanalla uno y se adquiere mala fama para no tener nada. Los dos amigos prudentemente cambiaron de conversación, como que ninguno quería ser franco. Buscaron otro tema, y siguieron hablando hasta la caída de la tarde. Don Juan de la Cruz no quiso quedarse á comer, y regresó por el tren de las seis á Chorrillos. XVIII Alfonso volvió á Lima, y en la visita que hizo á su tía la encontró muy repuesta de salud y muy olvidada de sus achaques morales. Al verle se rió mucho, recordando la chanza que le había jugado á Peta. "Así mismo era tu madre, le dijo: siempre andaba bromeando. Naturalmente nos quedamos muy serias cuando nos contó lo sucedido; y en cuanto á ti, cuídate de no hablarle más del asunto, y menos de sonreirte cuando la veas." Por el tren de las seis llegaron los señores Alzania y Leniz, Petita Otzuarte y monseñor Zavaleta, quienes tuvieron mucho gusto al ver á Alfonso en buena salud, aunque todavía un poco delgado. Peta se rió con él inmediatamente que le vio. "¡Hijo de mi alma! ¡Ven á mis brazos y perdona mis arrebatos! le dijo. Porque te quiero y te amo como tu madre, es que me permito ligerezas contigo, como también con todos tus primos." Alfonso se hizo el enfermizo y el débil, temeroso de que su tía acometiera de nuevo contra él, y mansamente se dejó abrazar. "Tanto que te quería Lía. Si te viera ahora, tan hermoso como estás!" La tía, arrebatada por su entusiasmo, le volvió á abrazar, y le besó apasionadamente. Una de sus sobrinas presenciaba aquella escena, y encontrando raro aquellos besos, muy pocas veces prodigados á ellas ó á sus hermanos, se echó á reír, y exclamó en voz alta: —¡Aquí están enamorando á Alfonso; y nada menos que su tía! ¡Mamá ven á ver! —No te pesaría tenerlo de novio si no estuvieras comprometida con Bengoa—le contestó Peta.—Buen mozo, joven, rico, ¡ay! hijita: cuántas se estarán volviendo bizcas para cazarlo. La comida fué animada. Ninguno de los comensales tenía parientes asesinados en Santa Catalina, ni enfermos con influenza, ni presos ó remontados por las breñas haciendo la revolución al gobierno: y por tanto no tenían motivo de afligirse. La única que faltaba de la mesa era Beatriz. Todos la querían, y la echaron de menos. Quien sintió más su ausencia fué Leniz, qué dirigió una mirada muy significativa á doña Rosa. "El primer día que vaya á Lima, le dijo ésta, la visitaré y la traeré para que pasé algunos días con nosotros." Don Juan de la Cruz pidió noticias á sus amigos. Monseñor meneó la cabeza y muy seriamente dijo: "Mal, esto va muy mal." Aprovechó un momento en que el mayordomo no estaba en el comedor, para decir, casi en secreto: "Arequipa, Puno y Cuzco sublevados. El Prefecto de Arequipa es el único que ha podido aguantarse en su puesto. Esta noche salen tres mil hombres para Mollendo." La noticia produjo sensación y los comentarios fueron numerosos. Volvióse á hablar nuevamente de lo ocurrido en la Artillería; asunto que por un mes fué el tema de conversación en todo Lima, especialmente en la casa García Azuaga. Sin embargo, ninguno de los presentes conocía los detalles vistos por Urzúa, quien tomó la palabra, y dejó á sus oyentes terriblemente impresionados cuando acabó de referir y de comentar los horrores presenciados por él en aquella histórica noche. —No hablemos más de política—dijo don Juan de la Cruz.—Esto enferma; sobre todo á mí, que he podido ser el presidente del consejo de ministros el día de esas matanzas. ¡Dios mío! tiemblo sólo de imaginarlo. Peta, tú que eres un bolsón de novedades ¿no tienes nada social ó religioso que contarnos? —Sí, por mi desgracia,—contestó la beata;—pues resulta ahora que he sido chasqueada; que Rosa tuvo razón en no usar el malhadado pañuelo que le llevé; y que ya no hay tal santa, ni tal sierva de Dios en Marcela, sino una endemoniada, un bostezo del infierno que ha engañado al padre Azcúnaga y á todo aquel que creyó en ella. —Eso sí es interesante—dijo con entusiasmo monseñor.—Cuéntenos todo lo que sepa, Peta; pero con detalles. Usted sabe que siempre la oímos con agrado. —Pues señor, como yo no soy baúl de nadie, ni tenía por qué ocultar nada, le conté al padre superior todo lo que había pasado con Rosa; más el encargo que me dio para el padre Azcúnaga de avisarle que en casa había una mujer que se confesaba por todas nosotras en los Descalzos. Todo fué oírme y ponerse furioso al saber lo que pasaba. Dio la razón á Rosa por no haber querido usar el pañuelo; y, delante de mí, llamó y reprendió duramente al pobre hermano portero, á quien acusó de haber practicado actos de idolatría, haciéndose depositario de un objeto vulgar, y prestándolo por favor como si se tratara de algo sagrado. Supe, después, que en ese mismo día se vio con el padre Azcúnaga, y que le encargó más prudencia y más reserva para con sus confesadas. Al día siguiente me volví á ver con él. Estaba más calmado. "Todo se explota en la vida, me dijo: unos por candor, otros por entusiasmo religioso, los más por entretenimiento, y no pocos por maldad, gustan de ver aumentadas las cosas, para satisfacer ese hambre del corazón, fomentado por el poder de la fantasía, siempre en pos de algo sobrenatural, de algo superior que saque al espíritu de la vulgaridad en que vive. No me disgusta esta fe, esta creencia en la virtud de Marcela, siendo ella una enseñanza viva de lo que puede la gracia divina; pero no por esto permitiré que se explote la piedad de esa mujer, y el nombre de nuestro austero padre Azcúnaga, con invenciones de milagros, como si se tratara de una Bernardita. Tal vez ella vaya en ese camino; pero ¡qué distante está todavía de él! No es únicamente la austeridad, la piedad religiosa, el arrepentimiento perfecto de los pecados y el apostolado que se ha impuesto de conquistar almas para el Cielo lo que constituye la santidad: hay mucho más en ese espinoso camino; y Marcela aún no ha llegado á los linderos, á esa frontera de la existencia santa que conduce á bienaventuranza eterna." Pasaron algunos días, y una mañana, estando yo oyendo misa, el padre Azcúnaga me mandó llamar y me obligó á que le refiriera lo acontecido con Rosa, y, palabra por palabra, lo que ella me había encargado para él. Noté que se quedó pensativo. Estuve tentada de contarle la barbaridad que este impío de Alfonso hizo con el pañuelo de Marcela; pero... —Peta,—le interrumpió en broma doña Rosa,-mira que estamos comiendo. —Comprendí—continuó la beata, sonriéndose de la advertencia,—que aquello era demasiado pesado para contarse á un señor tan virtuoso como es el padre Azcúnaga. Me hizo otras preguntas y me despidió muy secamente. Pasaron dos días. Una tarde en que el Santísimo estaba descubierto en San Pedro y la iglesia llena de gente, varias personas que aguardaban alrededor del padre Azcúnaga, vieron salir á éste de su confesonario y levantar violentamente la manta á una mujer, que, vista por todas, resultó ser Marcela. El padre, sumamente excitado, le gritó, casi en voz alta: "Endemoniada, me has engañado. Vete y no vuelvas más." Volvió á sentarse, pero notando que se sentía mal, se retiró á su habitación, donde estuvo quince días, sin dejarse ver en la iglesia ni en el locutorio. Una vez que Marcela fué expulsada del templo lo abandonó inmediatamente, y al descender las gradas del atrio, Manuelita Gaztelumendi se acercó á ella y le besó la mano. Ya pueden ustedes imaginarse la curiosidad que se despertó en todas nosotras por saber lo ocurrido. Los padres estuvieron muy reservados en los primeros días; pero después lo han contado todo. Lo primero que hicieron fué averiguar quién era Marcela y dónde vivía; pues resulta ahora, aunque ello parezca mentira, que nadie se preocupó de saber de dónde había salido esta mujer ni en qué parte habitaba. A su confesor le tenía dicho que vivía con su hermana en una casa de misericordia, en Maravillas; y que las dos se ganaban el pan cosiendo ropa de soldado. Hoy, que la verdad se ha descubierto, se sabe que Marcela ni siquiera se llama así. Su nombre es Bonifacia, y vive y sirve desde que nació, en casa de las Barbanera, pues su madre fué esclava de la familia. —Y ¿por qué se cambió el nombre?—preguntó don Juan de la Cruz. —A eso voy—contestó Peta.—Las relaciones de Marcela con el padre datan de tres meses. Al conocerle por primera vez, se le presentó como una mujer de mala vida, á quien Dios había tocado el corazón. En su confesión general le contó los más horrorosos pecados de lujuria y de impudor. Todo esto acompañado de un arrepentimiento tan perfecto, y de un dolor tan profundo de sus faltas, que á veces se ponía inconsolable en su llanto y en sus dudas sobre si tendría perdón de Dios. En desagravio de sus culpas, pedía al padre terribles penitencias. Una vez solicitó permiso para disciplinarse. El padre le autorizó cincuenta azotes con una correa, y al día siguiente se presentó en el confesonario casi desfallecida. Tuvo un vértigo que la postró en tierra, y, al ser recogida por otras mujeres, le vieron en el brazo un silicio que le producía sangre. El padre le prohibió las penitencias corporales al saber que se había dado doscientos azotes y que hubiera llegado á mil á no haberse desmayado. Al mes de estarse confesando, le contó que había entrado en una de esas casas malas de Abajo el Puente, y que había conquistado para el Cielo á seis niñas que allí vivían, incluso un hombre de costumbres pervertidas; y que por causa de su evangelización, la dueña había tenido que cerrar la casa. Le dijo también, que para convencerlo de su apostolado le traería dos de las arrepentidas para que se confesaran con él. Efectivamente, pasados dos días, se presentó una muchacha como de veintidós años, que declaró en su confesión, que su madre le había vendido á los catorce años, á un señor muy conocido en Lima, y que desde entonces había perdido la honestidad de su cuerpo y la moral de su alma. A la semana se presentó otra, todavía más joven, cuya vida había sido tan escandalosa, que el padre, á veces, se tapaba los oídos horrorizado de lo que contaba. Las dos llegaron sumamente arrepentidas y deseosas de vivir y morir en una vida de castidad. Dijéronle que estaban muy agradecidas á Marcela por haberlas librado de las garras del demonio. Poco después, en el término de dos meses, se presentaron cinco mujeres, todas entre los cuarenta y los cincuenta años, y por el estilo de las anteriores. Una había asesinado, descuartizado y enterrado á su marido en el corral de su casa, sin que la policía ni los vecinos se hubieran impuesto de nada. Otra había sido la mano dirigente en un famoso robo que hubo en Lima en 1878. Todas se presentaron mandadas por Marcela, para que el padre acabara la labor de librarlas de las llamas del infierno. En los últimos tiempos de esta aventura, Marcela comenzó á expresarse en un lenguaje superior al vulgar que siempre empleaba, y á profundizar ciertos puntos religiosos con una elevación de conceptos y una entonación de voz, que llamaron la atención de su confesor. Le dio por predecir las cosas, y tuvo la poca piedad de asegurarle al padre Azcúnaga que sus días estaban contados, y que antes de un año sus restos descansarían en el camposanto. Impresionado su confesor con esta noticia, purificó su alma, y de sólo pensar que se moría, se puso delicado de salud. Ya duraba esta aventura tres meses, y en ella estaba todo Lima, especialmente la gente que se confiesa en San Pedro, cuando el aviso de Rosa y las sospechas del padre provocaron la escena que ya les he referido. En esa tarde hacía el papel de una señora conocida de Lima y esposa de un general. —Lo que yo me temía desde un principio,—dijo la señora Azuaga,—que Marcela hacía por ella y por todas sus catequizadas. —De manera, dijo don Juan de la Cruz,—que no han habido tales muchachas arrepentidas, ni señoras pecadoras, sino Marcela, única y personalmente, que representaba el papel de todas? —¡Cómo! ¿que todavía no lo has comprendido?—le preguntó su esposa.—En esas siete personas no hay sino una sola, y ésta es la susodicha negra. —Pero ni siquiera, esa única es ella,—agregó Peta; pues no hay tal Marcela, ni tal pecadora, ni tal arrepentimiento. La única persona que existe en todo este lío es Bonifacia, la criada de las Barbanera; una mujer que ha vivido cuarenta años en la mayor virtud, sin escandalizar ni engañar á nadie, y sin haber faltado jamás á la honestidad, ni antes ni después de que muriera su marido. Las Barbanera están horrorizadas con lo que pasa, y temiendo que la castiguen, la han escondido no sé dónde. Ayer hablé con misia Candelarita. "¿Qué te parece, Peta, me dijo, lo que pasa con Bonifacia. Una mujer tan virtuosa y tan sosegada. ¡A lo que estamos expuestas! ¡Si en la vejez nos dará por ser judías ó masonas! ¡Ay hija, lo que es el poder del demonio! En casa hubiéramos metido la mano al fuego por ella. ¿No estará loca?", me preguntó. Le respondí que los jesuitas decían que no. "Eso mismo dicen de ella, me contestó, el doctor Villasana y el señor Ochoa." Díjome también, que hacía tres meses la notaban muy preocupada y hablando sola; y que, como su costumbre ha sido pasar la mitad del día en la calle desde que en la casa no tiene mucho qué hacer, ni sospecharon que estuviera empleando su tiempo en darle tan pesada broma al padre Azcúnaga, especialmente en aquello de que se iba á morir. —Y ¿porqué se ha escondido Marcela?—preguntó doña Rosa. —No lo sé,—contestó su prima.—Los padres no intentan nada contra ella. —Y, aunque pretendieran,—dijo don Juan de la Cruz;—legalmente no pueden hacer nada. —¿Qué piensa usted de esto, monseñor?-Le preguntó la señora Azuaga. —El caso es raro, y quien debe dar su opinión sobre él es el señor Alzania. No se trata aquí de una pecadora, ni de una mujer arrepentida. Yo la creo una loca, y es la ciencia médica la que debe tomarla á su cargo en primer término; y después la jurídica. —¿Qué ha contestado Bonifacia,—preguntó el señor Alzania á Peta,—cuando las Barbanera le han pedido explicaciones sobre el móvil de sus acciones? —Nada en sustancia,—contestó la interpelada.— Dice y se contradice á cada momento; pero sostiene que no comprende la causa que la impulsaba á ir á cada momento al confesonario, y que está arrepentida de lo sucedido; que ella no ha inventado nada; que todo lo que ha dicho al padre lo ha visto; sólo que no sabe si ha sido en sueños ó despierta. Que recuerda muy bien haber estado en la calle de la Contradicción y haber conquistado á todas las mujeres de aquella casa; y que podría describir hasta con puntos y comas las facciones del hombre afeminado que estaba allí, y á quien también evangelizó; que le parece no haber hecho el papel de ninguna persona, sino haber referido únicamente lo que á ella le contaban las mujeres con quienes hablaba; en suma, unas explicaciones tan raras y un decir y un contradecir las cosas tan marcado, que si esto no se llama locura ó demonios en el cuerpo, yo no sé qué nombre tiene. —He aquí un caso—dijo el magistrado—en que no se sabe dónde acaba la razón, ni dónde principia la locura; ni si la una es completa, ó la otra es total. Indudablemente existe en ella, lo que la ciencia llama una degeneración; que en sí no es locura, ni tampoco una perturbación cerebral, sino una anormalidad de espíritu. El punto es todavía muy obscuro, y los médicos alienistas, que son los hombres en la materia, casi siempre se quedan perplejos sin poder explicar lo que ven, como que rara vez se presentan dos casos iguales. Si por causa de todo este lío esta mujer hubiera cometido un crimen, el Tribunal tendría que proceder de acuerdo con la información de un alienista, que por lo regular es otro anormal que sólo ve degeneraciones, y que después de mucho hablar, pide la absolución del reo. —¿No cree usted que sea una neurótica ó una histérica?—preguntó el canónigo. —No—replicó el vocal.—Su acción ha sido eminentemente intelectual: es un trabajo habilísimo de imaginación, que de ningún modo ha sido provocado por desórdenes nerviosos. Las histéricas son vulgares y extravagantes en sus actos, cuando no sensuales; siendo así que, en Bonifacia, no hay nada de esto; por el contrario, predomina en ella el misticismo y la espiritualidad en muy alto grado. Lo que me extraña es que esta mujer haya podido vivir cuarenta años en paz, dotada como está de un gran talento, porque indudablemente lo tiene, y de una tendencia tan marcada á la celebridad y á lo novelesco. En medio de todo, es muy sensible que la ya histórica Marcela haya sido descubierta cuando todavía su santidad estaba verde; á no haber sido así, con la fama que estaba adquiriendo, hubiera hecho más tarde de verdad, lo que hasta ahora sólo logró conseguir con la ficción. Nuevos pañuelos hubieran salido para hacer milagros y todos los desvalidos, los desgraciados y los pobres de espíritu, en sus ansias de un mejoramiento moral y material, hubieran acudido donde ella y donde el padre Azcúnaga; y lo que al principio fué una simulación, se hubiera convertido en una realidad. Por este medio, Lima, en sus tiempos modernos, hubiera tenido una santa. —Poco á poco, señor Alzania—le interrumpió monseñor,—que por ese camino se va al materialismo. Y si la virtud y la maldad no son sino productos de la degeneración y de la anormalidad del cerebro, ¿qué premio, ni qué castigo caben, respectivamente, en una y en otra? Si lo oyera á usted don Bartolomé Herrera, de quien fué su discípulo muy querido!... —Qué quiere usted, mi amigo—le contestó emocionado.-Cuando la cabeza está blanca de canas pero el corazón joven, hay valor para claudicar. La ciencia lo ha trastornado todo; y hasta las ideas morales y jurídicas, por tanto tiempo ejecutoriadas, han sido hoy puestas en tela de juicio popular. XIX Al día siguiente, que fué lunes, Urzúa aprovechó la noche para visitar á Manuelita. La encontró sin más compañía que la de Beatriz. La sala estaba muy enlutada y casi á obscuras. Los niños seguían donde las Barbanera, y hasta el negrito sirviente, enfermo de miedo y de melancolía, abandonó la solitaria casa y se fué donde su mamá. —Estoy muy vieja, y trabajo durante el día como un macho-decía misia Margarita-para ir todas las noches desde el Sauce hasta San Sebastián, á ver á mi sobrina. Al quejarse así, la buena señora, hablaba la verdad, pues cuando faltaba el sirviente lo hacía todo, hasta lavar los platos. Le gustaba quejarse, y hablando con sus nietos, exclamaba: —¡Lo que son las cosas! Yo que nací y crecí viendo quince sirvientes en mi casa; y que por ser la viuda de un militar distinguido, que murió heroicamente en Tacna, debería tener mi sueldo íntegro! ¡Qué vamos á hacer! ¡paciencia! Esto ya no es patria, ni nada que se le parezca; ó como dicen los negros: "ni chicha ni limonada". Me dan tercera parte de mi haber, y éste nunca me lo abonan. Mejor pagado estaba el yerno, el señor Artiz, que por ser empleado del ministerio de Justicia no estaba inscrito como su suegra en la lista pasiva; pero, para el caso era igual, pues apenas le daban un sueldo para Pascuas y otro para 28 de Julio. Para salvar la dificultad y tener con qué comer, se veía obligado á vender lo demás, por la mitad de su valor, á miserables usureros que los negociaban por su totalidad con los empleados del ministerio de Hacienda. Aquel hombre vivía enfermo moral y materialmente. Se sentía mísero y cobarde, sin ánimo para el trabajo, sin iniciativa para hablar ó para escribir y menos para actuar. Corporalmente era un montón de huesos. Tenía cara de hambre, y en realidad su estómago sufría de necesidad; más de una vez, en la mesa, disimuladamente dejó de comer los consabidos frijoles con arroz, el único plato que se ponía, para no disminuir la ración á sus siete hijos. Su esposa tenía más valor moral; pero, como le quería y se daba cuenta de sus penas, sufría tanto como él. —Es una lástima,—decía ella á su madre,—que el pobre no haya nacido con las uñas largas para robar en la administración, como lo hacen los demás. ¡Qué bien le va á nuestro compadre en la Intendencia, con las casas de tolerancia y con las de juego! Tampoco es hombre de montar á caballo é irse á la revolución. Seguramente comió mucha mazamorra cuando niño, y ha salido flojo; pero en cambio, y gracias á Dios, no es vicioso; es bueno, tiene talento, y es probable que si el Perú no desaparece, yendo como va, pueda alcanzar á ser director de un ministerio, y entonces tengamos 300 soles. Toda esta gente se sentía tan fatigada de noche, que ninguno se hallaba con ánimo para visitar á Manuelita. Quien menos iba era el señor Artiz. "Aquel espectáculo de las cortinas negras, decía á su mujer, y la vista del cuarto de Pepe, enferman á cualquiera." Su esposa y su suegra se reían de su cobardía, y al principio no faltaron una sola noche; pero después de la primera quincena, habían limitado sus visitas, como antes, á sólo una vez por semana. Las amistades, y entre ellas el padre Ochoa y las Barbanera, habíanse retirado pasadas las primeras dos semanas. Florimbó era de los más constantes; pero siendo redactor de un periódico, no siempre disponía de la noche para verla. Urzúa notó con sorpresa desde las primeras palabras que cambió con Manuelita, que el tiempo no había cicatrizado en nada su dolencia. Poco más ó menos estaba tan apática, tan indolente, tan absorta y tan melancólica como la había dejado la noche del trágico suceso. Le recibió sin alegría, sin entusiasmo; muy lejos de esto, su presencia le recordó sus horas de angustia y se puso más triste. "Está usted muy flaco, Alfonso; cuídese", fué todo lo que le dijo. Después, sólo contestó con monosílabos. Beatriz ni estaba apenada ni fingió estarlo. Urzúa le contó varias aventuras ridículas que había presenciado en Chosica, y se rió de ellas muy cordialmente. Manuelita, ni siquiera prestó atención á lo que se hablaba. A las diez de la noche, una negra vieja, antigua criada de la familia Mompox, vino por Beatriz, la que llegó á su casa acompañada por Alfonso. Manuelita quedó en la única compañía de ña Chepa, su mamamama, como ella le decía; ó sea su abuela de leche, dado que esa mujer había amamantado á su padre. Por el camino, la señorita Mompox dijo á su amigo: —Estaba ansiosa de que usted volviera de Chosica, pues Manuelita no está bien. A veces se me figura que está perturbada. En verdad, yo no sé lo que tiene. Me hace el efecto de un reloj que ha recibido un golpe y que sigue andando, pero que se atrasa y se adelanta, y se para cuando quiere, para volver á caminar de nuevo. Yo y Florimbó le hacemos mil reflexiones; le decimos que tiene hermanos que educar, y que siquiera por ellos debe sacudir la melancolía y volver á su estado normal; pero nuestras palabras le entran por una oreja y le salen por la otra. Ella le tiene á usted estimación y respeto; la otra noche me decía: "Alfonso tiene carácter y sagacidad: encarriló mi dolor y mi desesperación la noche de mi desgracia, y me obligó á respetarme á mí misma, y á mantenerme en cierto límite de dignidad y de dominio propio, que tal vez me hubieran faltado no teniéndolo presente, y que, quién sabe, me hubieran llevado á cometer disparates ó extravagancias." Siendo éste el concepto en que ella le tiene, ninguno más á propósito que usted para sacarla de la apatía en que vive, y hacerle la vida más normal y más grata. —Está usted en un error—le contestó él.—Vea cómo me ha recibido esta noche. Quien debe hablarle, y muy severamente, es el señor Ochoa. Su virtud, sus años, el afecto que le tiene Manuelita, la circunstancia de haber acompañado á Pepe en sus últimos momentos, le dan autoridad sobre ella para conmoverla, que es lo que necesita para salir de su idiotismo. Vaya usted mañana á las cuatro de la tarde, que yo me presentaré á esa hora con él y haremos la prueba. La señorita Mompox se despidió de su amigo en la puerta de su casa; y como es costumbre en Lima, reciprocó la galantería ofreciéndole su hogar. Al día siguiente, á la hora convenida, Alfonso visitó á la señorita Cegama, acompañado del señor Ochoa. Manuelita estaba con Beatriz. En la mañana, Urzúa había estado en el conventillo de San José, y había contado al capellán lo que ocurría. El buen señor se limitó á deplorar lo que pasaba, y, con sinceridad, se sintió apenado por no poderlo remediar. "¿Qué puedo hacer yo con mis pocos alcances intelectuales en el desgarrado corazón de Manuelita, que al perder á su hermano lo perdió todo?" Alfonso le probó que estaba en un error; que no se buscaba el auxilio del amigo, sino del sacerdote; que Manuelita, en su indolencia, se había olvidado hasta de Dios. "Ya no se acuerda de Él, ni de su Santísima Madre, le dijo. Todo su pensamiento lo tiene reconcentrado en su difunto hermano, cuyo retrato tiene á la cabecera de su cama, para besarlo todo el día. Si esto no es idolatría, yo no sé cómo calificarlo." Quedóse el señor Ochoa sumamente afligido. —Pero, Alfonso—le replicó.—Yo no soy el hombre para el caso. No es perdón, ni consuelo, ni amor lo que ella necesita; y esto es lo único que mi corazón sabe dar. ¿Por qué no se ven con el padre Pérez, venerable descalso, que es su confesor? —Quien sabe amar y perdonar todo lo puede,—le contestó Alfonso.—Hoy mismo, señor, estaremos en su casa, y lo que usted no pueda conseguir, no lo obtendrá nadie. —No creí, hija mía—díjole el sacerdote á Manuelita, después de saludarla—encontrarte en esta postración material en que te hallo, ni en este abandono. ¿A dónde vas por ese camino? Lo primero que pide Dios en las desgracias que nos manda, es conformidad de espíritu, resignación y bendiciones para su santo nombre; y todavía no veo nada de esto en ti. ¿Qué has hecho de tu fe? La has perdido; la has dejado naufragar, como también tu caridad y tu esperanza. ¿Qué has hecho de tus hermanos, dónde están? ¿Qué es de ese pobre negrito, que salía sonriente á recibirme el sombrero y á besarme la mano? ¡Ha huido enfermo! No pudo soportar la soledad de esta casa, la atmósfera de muerte tan poco cristiana que aquí reina, como si esta fuera una mansión maldita. ¿Qué significan esos pesados crespones negros que obscurecen esta sala? ¿Por qué están cerradas las ventanas? ¿En qué lugar de tu corazón está Dios? No debe estar muy cerca desde que la alegría no existe en ti. Todo lo has ahuyentado; de todo te has desprendido: sólo piensas en él, y no en su alma, sino en su materia. ¿Sabes cómo se llama esto? ¡Idolatría! ¡Sí! ¡te has vuelto idólatra! y desde el cielo, tu hermano que te ve, reprueba tu conducta, y toca mi pobre entendimiento, sensibiliza mi corazón, para que te lo diga, y para que te reciba en mis brazos, y llore junto contigo la nueva desgracia que te aflige. El señor Ochoa habíase puesto de pie y dejaba reclinar sobre su pecho la cabeza de Manuelita. La joven, terriblemente desconsolada, lloraba como no lo había hecho desde el día en que murió Cegama. Beatriz y Alfonso pusiéronse, también, de pie y lloraban con igual sentimiento. —No haya resistencia, hija mía, á los suaves impulsos de la voluntad divina que llama en tu alma. Normaliza tu vida; trae á tus hermanos; continúa su educación, porque ésta hubiera sido la voluntad de Pepe si te hubiera podido hablar; no los abandones un momento más; que compartan contigo tus alegrías y tus sufrimientos; que el júbilo inunde tu hogar. Saca esos trapos negros: todo eso es pagano. Vuelve á tu vida religiosa; sigue confesándote en los Descalzos; aliméntate; paséate por las mañanas en el campo; eres un montón de huesos y hasta tu rostro se ha desfigurado terriblemente. En cuanto á su memoria, aleja de su cuarto los muebles, guarda con cuidado sus ropas y cubre con un velo blanco su retrato. Concluyó de hablar y volvió á tomar asiento. Alfonso hizo lo mismo. Pero ella siguió de pie abrazada de Beatriz y derramando lágrimas. —Llora, hija mía,-continuó después de una larga pausa.—Desahoga tu corazón, tanto tiempo opreso por el sufrimiento; y quiera Dios que estas lágrimas sean las últimas que derrames en tu vida! No á todos se nos ha dado igual tiempo en esta fugaz existencia, y puesto que la tuya está en sus comienzos, no marchites las flores de tu primavera; no esterilices tu alma á los sentimientos de amor, de alegría y de esperanza. Tienes por delante un mundo de sucesos; eres la protagonista de una historia cuyas páginas en blanco debes llenar, y no te será permitido que huyas, cobardemente, del único camino que conduce á la tierra de promisión, á ese lugar bendito donde están los elegidos del Señor, y en donde, mediante Dios, nos encontraremos algún día... Te dejo, Manuelita, pero antes de partir pídote perdón por la dureza con que te he reprendido. Bien sabes cuánto te amo, y con cuánto placer daría los últimos días de mi existencia, si á cambio de ellos pudiera aliviar tu alma de la dolencia que te aflige. Te volveré á ver dentro de ocho días; y si, para entonces, la sonrisa ha vuelto á tus labios, este pobre viejo podrá decir á Dios cuando le pida cuenta de su sacerdocio, que en esta ocasión hizo algo más que dar consuelos y perdonar pecados, que es lo único que hasta hoy he hecho. Volvió á levantarse; pero en esta vez fué para despedirse. Besó en la frente á Manuelita y á Beatriz; y acompañado de Alfonso llegó hasta el conventillo de San José, donde tenía sus habitaciones. Urzúa se despidió de él dándole las gracias por su acción; y cuando le dijo, que el espíritu divino había iluminado su inteligencia esa tarde, haciéndole hablar con notable elocuencia, se emocionó y las lágrimas asomaron á sus ojos. "Hago lo que puedo", le contestó. XX La familia García Azuaga tuvo que salir de Chorrillos, amedrentada por los tiroteos nocturnos que tenían lugar entre las montoneras de Villa y las tropas estacionadas en la Escuela de Clases. Don Juan de la Cruz, que nunca brilló por su valor, pasábase las noches en vela apenas oía un disparo. Si la vida en el campo era intranquila é insegura, no lo era menos la de Lima, donde reinaba el terror. Al Gobierno todo le olía á soga; y, en realidad, sus sospechas no eran infundadas. Se conspiraba bastante, siendo numerosas las personas calificadas de revolucionarias. Para vigilarlas se había establecido un ejército de espías, todos muy bien pagados, y con grandes recompensas en caso de que descubrieran algo gordo. El pueblo los conocía con el nombre vulgar de soplones, y los encontraba en todas partes, por haber sido escogidos en todas las clases sociales. Los más numerosos eran unos zambos matones, que garrote en mano, pasaban la mitad del día en la Intendencia para cobrar su diario, y la otra en las tabernas y casas de prostitución, oyendo las indiscreciones de los borrachos para hacer la denuncia consiguiente y ganarse la prima. Pero también los había de levita y sombrero alto, y muchos de ellos eran jóvenes de distinguidas familias que se codeaban con el círculo aristocrático en las calles y en los salones, y que por ser difícil reconocerlos con la misma facilidad que á los otros eran más peligrosos. Esta dificultad originó numerosas sospechas infundadas en personas que eran incapaces de hacer tan odioso papel, y dio lugar á falsas denuncias, á pleitos de palabra y de obra, y á odios y venganzas. Por lo regular, toda persona que simpatizaba con el Gobierno ó que se mantenía neutral se le tenía por espía. También había mujeres. Peta fué llamada privadamente por el Intendente, y propuesta para ocupar una plaza en tan infame servicio. Naturalmente rechazó, indignada, los diez soles diarios que se le ofrecían para contar todas las noches lo mucho que debía oír en las iglesias y en las casas de familias distinguidas que visitaba. Esto la desagradó tanto, dado su orgullo, que incondicionalmente, y sin ninguna retribución, se ofreció al representante de una junta secreta revolucionaria que había en Lima, la que ocupó sus servicios. Recibía dinero y mensajes para entregarlos, en Chorrillos, á una persona que por las noches se iba á "Villa" y se ponía en relación con los montoneros. Como en realidad medio Lima conspiraba, pues el odio contra el Presidente y su círculo había llegado al colmo, y como los soplones algo descubrían ó inventaban, las cárceles estaban llenas. Pocos fueron los civilistas prominentes que se escaparon, siquiera de un arresto de doce horas; pero como faltaban pruebas, nada se les pudo hacer. Los demócratas eran tratados con más rigor, con denuncias ó sin ellas. Se empleó tanta crueldad con esta gente, que al fin, sólo los ancianos y los enfermos se quedaron en sus hogares. Todo el personal útil de este partido que pudo salir de Lima, se fué á la revolución. El castigo que más se empleaba en la Intendencia era el látigo; y como algunos se negaban á confesar nada, ó en realidad no tenían nada que decir, los flagelaban sin piedad, al extremo de tener que enviarlos moribundos al hospital, á donde muchas veces llegaban muertos. Habiendo sido la publicidad tan difícil, y habiéndose acumulado tanto para decir contra la tiranía del Gobierno, no quedaba otro recurso á los conspiradores que el pasquín. La prensa seria de oposición hacía tiempo que estaba muda; y las noticias de sensación sólo se sabían por hojas sueltas anónimas, cuyo reparto era peligrosísimo para las personas encargadas de hacerlo. Todos los días se ideaba un nuevo medio para dar circulación á los sucesos adversos al Gobierno. Uno de ellos fué buscar á Manongo, el consabido mandadero de las monjas de Santa Mónica, y lanzarlo á las calles centrales, con numerosos ejemplares de una hoja incendiaria. Para esto fué necesario engañarlo por dos personas completamente desconocidas para él, quienes le dijeron, que se trataba de una bula del Papa. El pobre hombre, que no sabía leer ni escribir, y que era muy religioso, se prestó de buen grado y sin ninguna retribución á ese reparto; pero como era de esperar, fué tomado preso antes de concluir su cometido. Conducido á la Intendencia, sólo pudo confesar, que dos señores le habían dado esos papeles, diciéndole que eran cosas de iglesia. Se le mandó azotar para que denunciara los nombres de sus cómplices, y como no los pudo dar porque no los conocía, le siguieron flagelando hasta que se desmayó, primero, y se murió después. La noticia produjo terrible indignación en Lima; y hasta en los círculos del Gobierno se reconoció que se había asesinado, sin necesidad, un pobre hombre. Las monjas pusieron el grito en el cielo: se quejaron al Arzobispo, y por conducto de su síndico, Sinforoso Olivares, pidieron el cuerpo de su mandadero para enterrarlo. La Intendencia lo negó, diciendo que ya estaba sepultado y que había muerto de una indigestión. Pasadas las primeras semanas del suceso, quisieron hacerle en su propia iglesia unas suntuosas honras, pero el ministro de Gobierno las prohibió, ansioso de echar tierra sobre un asunto que había conmovido al pueblo de Lima; especialmente á las clases bajas, á las que pertenecía Manongo. Pocas veces, como en esta ocasión, la conciencia pública estuvo más conforme en convenir que se había asesinado con crueldad y cobardía á un inocente. Alfonso y el señor Palomares vivían muy desagradados con la política de rigor que observaba el Gobierno; y aunque, en verdad, ellos no tenían arte ni parte en aquel modo de manejar las cosas, se sentían avergonzados de tener por aliado al Presidente. Esto les tenía retraídos y viviendo muy modestamente en su hotel de la calle de Santo Domingo, sin visitar á nadie, y casi entregados á la lectura, no teniendo nada que hacer. Naturalmente deseaban con toda el alma que la revolución fuera aplastada ó que triunfara, con la sola exigencia de que una ú otra cosa fuera en poco tiempo. Estaban tan cansados de la política, de la que nunca se habían ocupado, que ya poco les importaba la federación: lo único que querían era la paz. Pocos días después de haber regresado Urzúa de Chosica, resolvió cumplir la triste misión de llevar á una madre la última voluntad de su hijo. Abrió su libro de apuntes y leyó: Carrozas, número 24. Estando en la plazuela de Santo Domingo, no era corta la distancia que debía recorrer; sin embargo, prefirió hacerla á pie, para pasear los barrios altos de la ciudad, aquellos que en su niñez recorría en Viernes de Dolores, para ver la famosa procesión que salía del Cercado; y en Jueves Santo, para visitar los monumentos de las iglesias del Carmen, el Prado, Santa Ana, Santa Clara, y los demás, de los otros monasterios de esos barrios. Marta le acompañaba en esas excursiones, y los dos, muy tomados de la mano, caminaban bajo la supervigilancia de ña Melchora, que, pacientemente, á pesar de sus años se andaba con ellos medio Lima en esas noches, para que al día siguiente, Alfonsito y Marta, contaran con gran orgullo á sus padres, que habían estado en veintiuna iglesias, y que habían visto judíos, patos de cena, la-vatorios, Señor en el Huerto y otros muchos pasajes más de la Pasión de Nuestro Señor. Urzúa pasó por la plaza de Bolívar, la Escuela de Artes y Oficios, el costado del Puente Balta, la cuadra de "Siete Pecados", sin encontrar en su tránsito nada de nuevo. Las calles exactamente iguales, sin un solo edificio moderno; todas ellas pavimentadas con piedra rodada de río, y tan sucias, que parecía que nunca las habían barrido. Al fin llegó á la casa número 24 de la buscada calle. Atravesó el zaguán y penetró en el patio de un caserón viejo de dos pisos, ruinoso y sumamente desaseado. Allí vivía sólo gente pobre: familias blancas en plena miseria, amontonadas en tres ó cuatro habitaciones, y codeándose día y noche con los vecinos del interior, hombres solteros ó aislados que vivían en un solo cuarto, casi todos sin oficio ni beneficio, y dependiendo del Estado en calidad de indefinidos de la lista militar, y en condiciones propicias para el vicio y para el crimen. En las familias había muchas viudas de jefes y oficiales muertos en la guerra con Chile; la mayor parte pereciendo de hambre, porque la Caja Fiscal no les pasaba un centavo de las pensiones que les reconociera el Congreso. Algunas se habían lanzado á la prostitución clandestina, la que ejercían de día y fuera de sus hogares; pero las más se mantenían virtuosas y luchaban contra viento y marea, prefiriendo soportar privaciones y trabajar como unas bestias, antes que dar mal ejemplo á niñas de trece y catorce años, hijas suyas, por cuyo amor sufrían todo con verdadera abnegación. Los departamentos eran diez y los cuartos para solteros diez y seis, siendo tan solicitados unos y otros, que apenas se desocupaba algo, el portero conseguía inmediatamente nuevo inquilino. Motivaba aquella demanda la circunstancia de haber pocas casas en el barrio que reunieran las apetecidas condiciones de aparente decencia que buscaban sus inquilinos. Aquello no era callejón, ni ventanita de reja, ni departamento con sala para la calle. Tampoco se admitían personas de color, ni hombres de oficios bajos como policía ó sirviente de hotel, ó mujeres de conducta visiblemente indecorosa. En aquella gente todo se había perdido menos la vergüenza. Nadie había renunciado al orgullo que le correspondía por nacimiento; y aunque no esperaban una resurrección material, un resurgimiento que volviera á colocarlas en ese nivel de bienestar en que vivieron en mejores épocas, no por esto cedían una pulgada de terreno en aquello de ser hijos legítimos y de gente conocida. —¿Quién fué su padre de usted, mi vida?—le preguntó una tarde una vieja abuela del segundo piso, á una nueva vecina, que con siete hijos vino á ocupar el departamento contiguo á la calle. —Mi padre—le contestó la otra, levantando muy alto la frente—fué escribano del Ministerio de Hacienda, y más de una vez, Bolívar, Santa Cruz y Castilla, se codearon con él en las oficinas públicas. —Pancracia Callejas, servidora de usted—le dijo la vieja tendiéndole la mano;—pues aunque somos del mismo barro, no es lo mismo la sartén que el jarro. Hay aquí muchas gentes que no se sabe de qué plato de caldo han salido. La otra sonrió. —No basta tener la cara blanca—añadió la anciana —para que seamos iguales.—Por esto todos los días peleo con mis nietos para que usen su segundo apellido. "Mamita, dame plata", me contestan los muy condenados. ¡Pobrecitos! Como estamos en una época de hambre sólo aspiran á comer. La consabida abuela levantaba el moño, tal vez más alto que las demas vecinas, porque nunca en su pequeño departamento, que era el mayor de todos por tener cinco piezas y una cocinita, se dejó de poner la olla al fuego: se comía dos veces por día y se cenaba pan y chocolate. Para las otras aquello era un despilfarro, un hartazgo de comida inconducente é inmoderado. Y era que, á pesar del naufragio material ocurrido en ese hogar, todo se había perdido menos el buen juicio de doña Ursulita, la hija de doña Pancracia, una viuda con cinco hijos, dos hombres y tres mujeres. Los primeros, mocetones de 15 á 14 años, respectivamente, trabajaban á jornal donde Backus y Johnston, en la Cervecería de los Descalzos, y ganaban al día de siete á ocho reales. Las niñas también trabajaban, en costura ordinaria las menores, y la mayor, la interesante Florita, haciendo bordados. Esta última acababa de cumplir 18 años y era un tipo de belleza, de gracia y de inteligencia. Conociendo su madre todo el peligro que había para esa niña, viviendo en la vecindad mujeres de sospechosa conducta y hombres que habían estado en presidio por crímenes políticos, la cuidaba como un dije de oro. Siempre que salía á la calle la llevaba en su compañía, y jamás perdió oportunidad de fomentar en ella el orgullo de su raza, á fin de mantenerla en tal estado de soberbia, que le fuera imposible, no solamente caer, pero ni aun descender al nivel moral en que estaban algunas otras señoritas de la misma casa, asistiendo de continuo á bailes, en los que se dejaban galantear groseramente por mozos de su clase, ú otros jóvenes de la aristocracia, que concurrían allí esperando pescar fácilmente en ese río revuelto por la necesidad de alimento y lujo. En otro tiempo doña Ursulita había sido rica y había alternado con lo mejor de la sociedad. Su marido, el coronel don Roque Zúñiga, derrochó toda su fortuna, y cuando murió en Huamachuco, peleando valientemente con los chilenos, sólo le dejó la gloria de su hazaña. Desde esa época vivía en la obscuridad, en montón y en contacto con gente pobre y poco más ó menos de su mismo origen. De continuo bajaba á las calles centrales para hacer compras de sedas y otros objetos para los bordados de su hija, en compañía de ella; las dos muy envueltas en sus mantas de merino negro. Los mozos de la esquina de Mercaderes, que se jactaban de saberlo todo y conocer á medio Lima, se volvían locos de curiosidad por saber sus nombres. Ellas pasaban muy serias, sin darse por entendidas de los galanteos y piropos que la mala educación limeña ponía en boca de su juventud. Un viejo de 60 años, edecán de Gobierno, era el más cargante de estos cupidos ridículos. Fastidiada doña Ursula de sus insistentes galanteos, se detuvo una tarde delante de él, y encarándosele le dijo: "á gato viejo ratón tierno". El pobre hombre se cortó, no tuvo nada que replicar; y como el grupo de amigos con quienes estaba reía despiadadamente de la ocurrencia de la señora, se molestó con ellos y hasta se enfermó de la burla. Encontrábase muy de tarde en tarde, la viuda, con señoras que había conocido allá en su juventud y tratado de igual á igual; pero que ahora la diferencia de fortuna las había distanciado. "Ursula ¿cómo estás?, le decía la esposa de algún hacendado ó capitalista. ¡Qué ingrata eres! Conste que fui yo la que hizo la última visita. ¡Qué hermosa está Florita! ¿Por qué no la llevas á casa?; mis hijas tendrían á orgullo tenerla por amiga." La señora Zúñiga agradecía la buena intención; pero conociendo lo que puede la envidia y la maledicencia, explicaba con muy buenas razones á su hija, el secundario lugar, el sitio de favor que debía ocupar en los salones de la gente rica. "Pobre de ti, le decía, si agraciada como eres llegaras á cautivar el corazón de alguno de los jóvenes que visitan esas casas. Lo primero que te echarían en cara es vivir en las Carrozas y no tener con qué comer, como si esto fuera una afrenta. ¡Por Dios, Florita! no seas ambiciosa, no vayas á esos centros: serías muy desgraciada y me harías de-rramar muchas lágrimas." Alfonso habíase parado en medio del patio, y como no sabía el nombre de la familia que debía visitar, quedóse sin saber qué puerta llamar. Paseó la vista por los corredores altos, y al fin dio con las narices de doña Pancracia, que le observaba hacía un rato por la parte rota del vidrio de una mampara. En el acto le hizo señas, y como el otro no se diera cuenta de ese movimiento de sus dedos, le llamó de palabra. "Tome usted asiento", le dijo, después de hacerlo pasar á la salita, y al ver la manera atenta con que Urzúa la saludó, y su porte distinguido y elegante. Florita, que bordaba en la misma sala por ser el sitio de más luz en la casa, quedó cortada al verse en traje de hogar y con los cabellos sueltos en presencia de un mozo tan guapo. Algo avergonzada, quiso levantarse; pero su abuela la detuvo diciéndole: "Niña, sigue tu trabajo". La nieta obedeció sin decir una palabra. Puso los ojos en su labor y siguió bordando. Principió entonces el interrogatorio de doña Pancracia, quien con mucha finura obtuvo de Alfonso contestación á las preguntas que le hizo sobre el objeto de su venida á esa casa, su nombre y hasta su vida y milagros. —¿Conque es usted Urzúa?—le dijo sonriéndose.—No era su padre tan buen mozo como usted, aunque se le parece bastante. ¡Ursula!—dijo, levantando la voz,—ven que te voy á dar una sorpresa. La señora Zúñiga, una mujer como de 50 años, todavía muy hermosa, alta y de cabellos semicanos, salió en su traje de quehaceres domésticos, é interrogó con la vista á su madre, como diciéndole: "cómo te permites llamarme en esta facha delante de una persona decente". —¿Sabes quién es?—le preguntó la vieja, sin hacer caso del reproche.—El hijo de Urzúa, el de ese hombre que tanto te persiguió para casarse contigo. Doña Ursula se ruborizó, á pesar de estar en la tarde de su vida. Todo lo ocurrido cuando tenía veinte años vino á su memoria. Recordó su belleza, su fortuna, la admirable posición social de su familia, y la tenacidad de Urzúa, un hombre bajo de cuerpo, con el doble de su edad, aunque es cierto que con talento y dinero, pero sin ser buen mozo. Recordó también, haberle hecho caso al principio, sugestionada por su palabra, su caballerosidad, su clara inteligencia; pero después..., ni ella misma sabía lo que había pasado después. No le abandonó por otro, no: parece que él se convenció que no era amado y poco á poco la fué dejando. Vacante su corazón, la pretendieron otros; ninguno era completo: el que más le gustó fué un jóven muy hermoso, que resultó un tonto, un afeminado y amigo de chismes, como si fuera una mujer. Además, no podía olvidar su primer apasionamiento. "Para casarme con éste, se decía cada vez que se le presentaba uno nuevo, mejor hubiera tomado á Urzúa"; y como el recordado era muy feliz y muy querido en su matrimonio con Lía Azuaga, no dejaba de sentirse intranquila, al pensar que había sido una tonta en no haberle elegido. Pasaron diez años y al encontrarse con 30 se vio vieja. Entonces, tomó lo primero que se le presentó: un buen mozo de cincuenta navidades: el coronel Zúñiga, que le malgastó cuanto tenía, y que murió en la batalla, de Huamachuco, dejándola en la miseria y con cinco hijos. Alfonso quedó absorto contemplando á esa hermosa mujer de tipo distinguido y de facciones aristocráticas, que pudo haber sido su madre. Doña Ursula experimentó igual sentimiento de sorpresa. Le sentó á su lado, y, por largo rato, estuvo haciéndole numerosas preguntas. Hacía 14 años que no tenía noticias de su ex-novio. La última vez que le hablaron de él fué para contarle que se embarcaba para Europa, en compañía de un niño, su único hijo, después de haber pasado por el dolor de ver morir tísica á su amada Lía. Alfonso le refirió que era totalmente huérfano; que estaba solo en el mundo y que venía de Iquitos, donde ganaba la vida fácilmente. La viuda le miraba con viva curiosidad en el curso de la conversación. Habíase apoderado de su ánimo un sentimiento extraño, cierta preocupación al verse delante del hijo de Urzúa. "¿Para qué me lo ha traído el destino? preguntábase con ansiedad. Ni él, ni yo nos hemos buscado nunca: ni siquiera sabíamos que estábamos en la tierra!" Miró á su hija; la vio muy bella con sus hermosos ojos azules, y su pelo rubio suelto y en desorden echado para atrás, dejando al descubierto su frente amplia y admirablemente delineada. "Qué poco faltó para que hubieran sido hermanos", meditó con pena, con una especie de arrepentimiento por no haber aceptado á Urzúa, allá en sus 20 años, cuando el otro la perseguía sin tregua. —Alfonso,—le dijo con sentido afecto,—aquí no visita nadie, pero con usted se hará una excepción. Desde que nos arruinamos nos hemos metido en esta casa y vivimos de nuestro trabajo, sin ver la cara de nuestros antiguos amigos y menos de nuestros muchos parientes. No somos felices; pero tampoco somos desgraciados. Por hoy, tenemos con qué comer; y como al presente esto es lo más difícil en Lima, podemos decir que hemos ganado la mitad de la batalla. Para mañana, Dios proveerá, y mediante nuevos recursos podré educar á mis hijos varones y hacerlos dos hombres útiles para ellos mismos, y para su patria. Soy acreedora á sueldo íntegro, como viuda de militar muerto en el campo de batalla; pero este hombre que nos gobierna es un bandido, un ladrón que se lo roba todo. ¿Qué le importa á él que las viudas y sus hijos se mueran de hambre? Pero ya lo colgarán, como á los Gutiérrez, y para entonces el Perú resucitará y cada cual volverá á ocupar su nivel. Alfonso se puso de pie para despedirse, después de agradecer con toda sinceridad la entrada que se le daba en ese hogar, en el cual, la pasada historia de su padre le abría un nuevo campo de afectos, una estimación tan súbitamente despertada, que apenas pudo expresar su gratitud, impresionado como estaba. Estrechó la mano á las dos madres, y saludó con mucho respeto á la angelical Florita, á quien no se dio la menor parte en la conversación, y que, sin levantarse de su asiento, correspondió de igual manera el saludo de ese hermoso joven, introducido en su casa de una manera tan novelesca. Doña Pancracia le acompañó hasta el corredor, y le indicó el departamento en que vivía la señora Caridad Quinteros, la madre de Pedro, el joven asesinado en el cuartel de Santa Catalina. Bajó la vetusta escalera que comunicaba los altos con los bajos, y volvió á encontrarse en el amplio y húmedo patio de aquel vecindario. Doña Pancracia, desde el piso superior, volvió á indicar con el dedo, una mampara mugrienta, cuyos vidrios rotos habían sido sustituidos con papeles de periódicos engomados. Le recibió una joven como de 22 años, fea, alta, delgada y vestida de negro, quien se sorprendió que á su puerta llamara un hombre que parecía caballero por su traje y por sus modales. Alfonso le explicó la triste misión que traía. —Pase usted adelante,—le dijo visiblemente emocionada.—Tome asiento. Deme su sombrero y su bastón. La joven, que se llamaba Eva y que fué hermana de Pedro, preguntó á Urzúa si había algo desagradable en el encargo de su hermano; y cuando supo que todo se reducía á una solicitud de perdón y á un acto de arrepentimiento hecho por el difunto, quedó muy consolada. Obtuvo permiso para dejarle solo y se fué al cuarto de su madre á contarle lo que ocurría. Alfonso pasó revista á los viejos muebles que adornaban la salita, entre los que figuraban unos cuadros antiguos, y una descolorida y rotosa alfombra. La mesa de centro daba sostén á un reverbero de kerosine. Con más gusto se habían arreglado las cosas en casa de las Zúñiga; es cierto, también, que todo estaba más presentable y que las hábiles manos de Florita suplían con antimacasares y otros adornitos la carencia de objetos lujosos. No faltaron deseos á doña Pancracia y á su hija, de referir á Urzúa la historia de la señora Quinteros; sin embargo, había en ella partes tan inconvenientes, que prefirieron no decirle nada. En su pobreza no tenían más escudo que su virtud y su prudencia; prefirieron pues, guardar silencio, y que fuera la indiscreción de otra persona, la que le contara el sangriento episodio que pesaba sobre la señora Caridad. Para nadie, y menos para los vecinos de esa casa, era un misterio las terribles acusaciones de complicidad que se habían hecho contra la madre de Eva, en 1878, con motivo del asesinato de don Manuel Pardo. Desde los primeros momentos del juicio, su nombre estuvo en boca del asesino y de los cómplices; y casi á raíz del crimen, fué encarcelada y sometida á numerosos careos con los reos, y á varios interrogatorios de los jueces. A pesar de la habilidad del Fiscal, sólo pudo evidenciarse su contacto con Montoya y con los otros; y como ella, que era mujer habilísima y de gran carácter, á su vez probó que asistía á esas juntas con el objeto de conseguir de los conjurados que desistieran de su criminal propósito, al fin fué puesta en libertad. La justicia cesó de acusarla; pero la conciencia pública siguió señalándola con el dedo, y muchas de sus amigas y de sus parientes se retiraron poco á poco de su casa. Su marido, un hombre muy virtuoso, que la adoraba, y que vino á darse cuenta del crimen que se le atribuía el mismo día en que la tomaron presa, experimentó tal horror por ella, que le tuvo miedo, y perdiendo hasta sus sentimientos paternales, la abandonó y se fué á Guayaquil, donde vivía enredado con otra mujer y formando nueva familia. Doña Caridad soportó estoicamente su desgracia. No puso de su parte nada para reconciliarse con su gente. Se metió en su casa, y pobremente se puso á vivir de su costura y de la renta que le producía una casita de su propiedad, que tenía en el Callao. Reconcentró todo su afecto en sus dos hijos; pero el mayor de ellos, Pedro, principió á darle muy serios disgustos desde que cumplió doce años. A los 18, era ya un mozo borracho y crapuloso, viviendo con una querida, y casi por su cuenta, desde que sabía ganar con su trabajo de mecánico, lo que necesitaba para sus vicios. Su madre empleó todos los medios imaginables para reducirlo, siquiera á que respetara su hogar y no se presentara mareado en él. Todo fué inútil: el mozo era incorregible; y como Eva amenazó con irse á un convento si seguía siendo el juguete y la burla de su hermano, que le echaba en cara su fealdad cada vez que venía ebrio, doña Caridad no tuvo más recurso, para librarse de él, que expulsarlo de la casa. En la calle, ya sin ningún freno, acabó de corromperse. En estas condiciones fué hablado para asaltar el cuartel de Santa Catalina. Se le dio un efectivo de cien soles y se le ofreció el grado de sargento mayor si la conspiración triunfaba. El dinero recibido se lo dio á la mulata con que vivía. Para nada se acordó de su casa; fué sólo en el momento de morir que pensó en Dios y en su madre. Doña Caridad, abrazada por su hija, se presentó en la salita. Estaba de riguroso luto. Era una mujer alta, delgada, de cabellos blancos, morena, con cara de mal genio y con facciones duras. Tomó asiento y por largo rato se mantuvo llorando, y con los ojos cubiertos por un pañuelo que empapaba con sus lágrimas. Eva estaba tan llorosa como su madre, y sin que lo notara Urzúa, le contempló apenado y sumido en los negros recuerdos de aquella triste noche. Encontró en sus faciones algo que le daba parecido á su difunto hermano. Esto la enterneció más, al recordar que por ella Pedro fué expulsado de su hogar; lanzado á la calle, donde se acabó de perder, al extremo de haber vendido miserablemente su vida por cien soles. Recordó sus juegos y alegrías cuando los dos eran niños; haberle tenido afectos muy sentidos, y haber formado causa común con él en los días tristes, en las horas nubladas de la madre. Después, cuando ambos crecieron, la cosa cambió. La naturaleza que tan ingrata fué con ella, no dándole un rasgo de belleza, se lo dio todo al joven, cuando más justo hubiera sido dividir entre los dos esa hermosura, que tanta falta le hacía á ella. Pedro, que siempre fué un estúpido, un mozo desposeído de sentimientos nobles, sin respeto á su madre y á su hermana, miraba á Eva como un ser desgraciado. Posteriormente, cuando le dio por beber, díjole fea con tanta frecuencia, que la otra acabó por odiarle y por influir en su madre para que lo echara de la casa. Todos estos recuerdos venían á su mente, ahora, en el momento de liquidar esa reciente historia, tan trágicamente terminada en él; ahora, que le veía arrepentido en sus últimos instantes, asesinado y arrojado á la fosa común. Para consolarse de sus penas, había ofrecido á Dios acompañar á su madre hasta el fin de sus días; cuidarla y amarla mucho, por eso mismo que era tan desgraciada; y después profesar de hermana de la caridad y correr por los hospitales y casas de misericordia. En la madre el dolor era mayor. Aquel sufrir venía de muy atrás. La muerte de su hijo no le hizo gran impresión. Lloraba su pérdida desde que lo expulsó de su hogar, apiadada de Eva que se moría de rabia cada vez que el otro, borracho, le decía fea. Ya su corazón no resistía como antes, como en aquellos tiempos en que con notable entereza reciprocó de igual manera el desprecio con que le trató la sociedad en que vivía. Tuvo entonces fundadas esperanzas en sus dos hijos, y sufría las consecuencias de su desengaño: el uno, un loco, muriendo asesinado; la otra, decepcionada y esperando que ella muriera para acabar obscuramente en el servicio de un hospital. Qué doble decepción para ella, que en sus horas de tristeza se consolaba viéndoles crecer, en la esperanza de que los dos la vindicarían ante el mundo; especialmente él, á quien deseaba encargar la misión de abogar por el nombre de su madre, tan befado, tan humillado, por esos mismos que más debieron haberla defendido en el momento de la prueba; por su espo-so, por aquel á quien calificó de idiota y de cobarde cuando se embarcó para Guayaquil, para no volver más. Su imaginación se remontó á los días de su juventud, á esos tiempos en que fué feliz, en que se casó á su gusto con un hombre á quien amaba y de quien era amada. Después, el trágico suceso del 78. La casualidad, la suerte, el destino, no sabía ella cómo calificarlo, la llevó á "Canta-Gallo", el sitio en que se fraguaba el asesinato. Crecida en el seno de una familia completamente clerical, que odiaba el régimen civil y que acusaba á Pardo de hereje y de ser origen de todas las desgracias de la patria, su alma se envenenó con la sed de venganza que existía en sus padres y en sus tíos. Con una imaginación exaltada, con inteligencia para comprender todas las marañas de la política, leía á diario, y únicamente los periódicos de oposición, como que en su casa no había otros, y, al ver que hasta la hoja religiosa aconsejaba barrer con toda la argolla, acabó por convertirse en una fanática, en una revolucionaria consumada. Por de pronto había que aniquilar al tirano, al enemigo de la religión, al execrable, y estas ideas, que no se apartaban de su mente, acabaron por trastornarla. Su marido se reía de ella, y como la quería, la encontraba adorable oyéndola declamar. ¡Pobre hombre! tomaba la cosa en broma porque nunca supo que ya su esposa estaba lanzada á la acción, que vivía en contacto con los hombres más fanáticos del circulo opuesto y que era objeto de explotación. Los otros, viéndola valiente, discreta y persuasiva, la echaron de carnada, sugestionándola antes para que jamás pronunciara sus nombres. En ese estado de ánimo, se creyó inspirada por Dios, y resueltamente emprendió su obra. Recordó la manera cómo logró dominar á los sargentos, la admiración con que la oían, y la facilidad con que hubiera podido disuadirles de sus criminales propósitos, si así lo hubiera querido. Pero su fanatismo había ido muy lejos, y ahora, después tantos años, comprendía toda la responsabilidad de su falta, todo el inmenso daño que había hecho á su patria, á su familia, á ella misma. Reflexionó en la esterilidad de su crimen, conven-cida como estaba, que las cosas habían continuado peor que antes, y que los más grandes ambiciosos se habían aprovechado, para asaltar el poder, del vacío hecho por ella en el equilibrio político. Pero lo que más le preocupaba era la guerra con Chile, venida, según lo había oído hasta la saciedad, porque Pardo había muerto; y perdida porque él y su partido no estuvieron al frente de la defensa. Las tropas chilenas habían invadido su patria, los clarines hirieron sus oídos, y tras ellos el cúmulo de desgracias, los asaltos al poder, la vergüenza y la miseria. Y ella había contribuido á todo eso; había tenido el candor de creer que era un hombre, y no un pueblo pervertido y desmoralizado lo que había ocasionado la caída. Ahora lo veía claro; la sangre de Pardo quemaba su corazón, haciendo ancha herida en su conciencia. La muerte de su hijo, tan miserablemente victimado, ¿acaso era un castigo? No lo puso en duda. Veía la mano de Dios ensangrentando su hogar, como ella ensangrentó el ajeno; y temblaba al pensar que todavía estaba viva, que aún le quedaba una hija, y que la escena de sangre podía repetirse. En medio de su dolor experimentó cierto consuelo al oír las palabras de Alfonso. Pedro había muerto arrepentido; el Señor habría recibido su alma; y siquiera, ese peso menos tendría en adelante sobre su conciencia. La austeridad de costumbres, el temor de Dios, y el amor al prójimo en que le había educado, dejaron algo en su corazón; y todo ello, que tan inútil le fué en el fugaz curso de su vida, le sirvió de áncora de salvación en el momento de su agonía. El dolor de la madre era inmenso; pero su razón se abría paso para convencerla que era mil veces preferible verle muerto y arrepentido, que vivo, crapuloso y despreciado por todos. Urzúa se despidió, llevando la impresión de haber presenciado una conformidad muy extraña en el ánimo de esa madre. La vio llorar, pero en silencio, sin protestas, sin un grito de odio, sin una imprecación contra aquellos hombres que habían asesinado á su hijo. ¡Qué raro le pareció todo esto! XXI Completáronse cuatro meses desde el día en que el doctor Cayo inició el movimiento revolucionario, que tan amargamente afligía á la república. En todo ese tiempo, el Gobierno no se había dado un punto de reposo para pacificar el país, y sin embargo, la insurrección tomaba cada día más cuerpo. Era lo raro en esta guerra, que las tropas leales no perdían, una batalla. A cada momento la prensa oficial daba cuenta de un combate librado con los facciosos, y perdido por ellos con grandes pérdidas de armas y municiones, de jefes y oficiales muertos y heridos ó puestos en completa derrota; pero al día siguiente, el mismo caudillo hacía su aparición por otra parte, y las escenas de lucha y de fuga volvíanse á repetir. Los combates eran ciertos; no así las derrotas, estando en la conveniencia de los montoneros no dar jamás una batalla decisiva, sino únicamente amagar las fuerzas del Gobierno. De esta manera obligábanlas á reconcentrarse en las capitales de provincia y á quemar inútilmente su parque. Por dos veces las tropas del Presidente tomaron el Cerro, sin que el doctor Cayo les hubiera puesto la menor resistencia; pero inmediatamente las había sitiado á distancia, cortándoles la comunicación con Lima, por el sistema de fraccionar sus fuerzas en tres ó cuatro grupos, cada uno de los cuales llamaba la atención por diferentes partes. La línea férrea de Oroya costaba un triunfo mantenerla expedita: 500 hombres la resguardaban en sus principales puntos, especialmente en los viaductos, que los guerrilleros querían volar con dinamita. Y á pesar de tanto esfuerzo, sólo Tarma, Jauja y Huancayo, estaban libres de la acción revolucionaria. Todas las demás ciudades pasaban, diariamente, por la alternativa de ser ocupadas por el Gobierno ó por la revolución. En el norte, sólo Piura daba que hacer á las autoridades enviadas de Lima; pero no con la tenacidad de la gente que operaba en Junín. Un coronel, Morón, al frente de doscientos hombres montados, se paseaba casi impunemente por varias provincias de ese departamento, sin pretender ocupar la capital, ni derrotar al Prefecto, á cuyas fuerzas tenía cansadas por lo mucho que corrían en su persecución. En el sur, el asunto era grave: con excepción de Arequipa y Moquegua, todo lo demás estaba perdido. Puno fué recuperada una vez por las tropas enviadas de Lima; pero asaltada súbitamente la fuerza que la custodiaba por un grupo del pueblo que se insurreccionó una noche, quedó nuevamente fuera de la lista de las ciudades leales al gobierno constituido. Las fuerzas bloqueadoras de Iquitos habían regresado á Lima después de un viaje de dos meses por mar, habiendo atravesado todo el río Amazonas y el estrecho de Magallanes, en su viaje del Pará al Callao. Este refuerzo de tropa, en todo, unos 800 hombres, vino muy bien al Presidente para custodiar el palacio de los virreyes, que audazmente, y en un momento de descuido, podía ser asaltado. En cuanto á dinero, el "28 de Julio" apenas trajo unos cien mil soles del millón ofrecido por los delegados federalistas; y para esta miseria, fué necesario que el representante del Fisco amenazara al jefe del Estado Federal de Loreto, y que el Ministro de Hacienda de aquella sección territorial lo sacara por fuerza del alto comercio de Iquitos, como un adelanto sobre derechos de aduana. Distanciados los dos gobiernos, el de Lima y el federal, por cuatro mil leguas de agua que separaban á las dos capitales por la vía de Magallanes, y cerrada la comunicación por tierra, el Presidente podía perder toda esperanza, hasta que el país no se pacificara, de recibir un centavo más de los loretanos, como tampoco de amenazarlos con un nuevo bloqueo. Todos estos sucesos producían en el espíritu público un estado agudo de sobresalto, de continua intranquilidad, que, como era natural, reflejaba en Lima con mayor intensidad que en ningún otro lugar de la república. Se vivía en pleno reinado de terror: el destierro, el encarcelamiento, la profanación del hogar se llevaban á cabo sin la menor forma de juicio. Nadie las tenía consigo, ni aun los políticos más audaces y ambiciosos. Si los que sufrían las consecuencias de la tiranía oficial temblaban de miedo por la falta de garantías constituciouales, los verdugos tampoco brillaban por su tranquilidad: la revolución podía triunfar, y acaso ¿no sería la prisión, el destierro, cuando no la ira popular colgándolos de un farol, lo que pondría término á sus crueldades? Las tertulias de la familia García Azuaga habíanse suprimido por fingidas dolencias de doña Rosa, quien como mujer de talento, quería evitarse el desaire de ver sus salones vacíos. Nadie visitaba por temor de encontrarse con gente de ideas contrarias, ó con soplones de levita, que, por lo menos, podían levantar una calumnia. Monseñor Zavaleta habíase embarcado más de lo regular en la acción directiva de una junta revolucionaria, y como algo se había traslucido, se le vigilaba muy de cerca. Dos espías rondaban su casa para saber quiénes le visitaban, y una beata soplona le seguía en la calle, y los domingos le aguardaba hasta las nueve de la noche, hora en que salía de casa de doña Rosa Azuaga. Este espionaje le tenía enfermo: temía ser humillado, estropeado ó tal vez asesinado en una de las noches en que, solo, se iba desde Belén hasta su casa, situada en la calle de Zárate. Don Juan de la Cruz estaba en pleno nervosismo. No era un misterio para él, ni para nadie en su casa, las peligrosas correrías en que andaba Peta Otzuarte; siendo así que, cada vez que la veía entrar, algunas veces sofocada, intranquila y pálida, temblaba como un azogado, imaginando lo que esa diabla estaba haciendo, y lo mucho que lo comprometía. ¿No era él un amigo del Presidente? ¿Por lo menos no debía ser neutral? Estas ideas le amargaban la existencia. En cierta ocasión la pescó en el saloncito contiguo á su cuarto, cosiendo un paquete de cartas á la sobrefalda de su traje. —¡Mujer, me comprometes!—le dijo.—Si el Presidente supiera que de mi casa salen cartas para la revolución... ¡Dios mío, eres una calamidad! Por toda contestación, la beata le hizo un gesto al voltearle la cara, y se fué al cuarto del baño, donde á sus anchas acabó la operación de las susodichas cartas. Doña Rosa, que, casi sin darse cuenta, ó quién sabe si sugestionada por monseñor y sus otros amigos, se había vuelto revolucionaria, guardaba una neutralidad muy original en las peleas que tenía su marido con Peta. Decía que no deseaba tomar parte en el asunto, y, lavándose las manos como Pilatos, dejaba á su prima hacer lo que quería, al extremo de haberse hecho de la vista gorda una vez que un hombre, valiéndose de lo insospechable que era la residencia del señor García, vino á ella y en el callejón de la casa entregó á la susodicha parienta trescientas libras en oro, lo que hubiera sido imposible hacerlo en otra parte, sitiado como estaba por numerosos espías. —Con razón triunfan las revoluciones en el Perú,— decía el señor García á su esposa.—Si hasta yo mismo estoy sirviendo de tapadera á los conspiradores. Nada me extrañaría si mañana me contaran que una hermana del Presidente, ó del ministro de la Guerra, se vale de la influencia de ellos mismos para mandar armas á los montoneros. —Qué equivocado estás en tu juicio, Juan de la Cruz,—le contestó doña Rosa.—Las revoluciones triunfan porque la opinión pública las promueve y las sostiene; porque llega un día en que hasta la gente que no vive ni entiende de política se impacienta, se carga de odio con todo lo que oye y lo que ve, y resuelve dejarse matar en una calle, al pie de una barricada, antes de continuar bajo la presión de un tirano. Al fin sucedió lo que era de esperar. Una tarde, Peta fué denunciada por un soplón, y tomada por un inspector, con un paquete de veinticinco tiros de Remington en la categoría. Llevada á la Intendencia, se le registró sin el menor miramiento ni respeto á su pudor, por un oficial y un sargento. Comprendiendo ella que sólo su audacia podía salvarla de mayores vejámenes, y tal vez de ser fusilada, contestó con altanería al oficial de servicio. —Me llamo Petronila Otzuarte y Azuaga, y soy hermana política del doctor don Juan de la Cruz García, senador de la República, y el amigo de más confianza que tiene el Presidente. El que me ponga un dedo encima pagará con su vida su atrevimiento. La bravata produjo su efecto, estando la gente de la Intendencia bajo la impresión del asesinato de Manongo, y de las órdenes dadas por el ministro de Gobierno de castigar con igual pena al que matara á otra persona. Nadie pues se atrevió á más, y terminado el registro se limitaron á ponerla en un calabozo. Como el hecho tuvo lugar públicamente á las cuatro de la tarde en la estación de la Encarnación, en el momento en que Peta tomaba el tren para Chorrillos, numerosas personas presenciaron la prisión, entre ellas una hermana de espíritu, que corrió á la calle de Belén, á dar parte de lo ocurrido á doña Rosa. Recibió ésta la noticia con mucha calma; hacía tiempo que esperaba ese aviso, dado el atrevimiento con que su prima llevaba municiones, dinero y cartas al citado balneario. No pasó lo mismo con don Juan de la Cruz, que dio rienda suelta á su furor. —¡Beata de los demonios!—exclamó.—¿Qué necesidad tiene de meterse en estos líos? ¡Ojalá la fusilaran ó le dieran cincuenta azotes, que es lo que necesita para que se quede quieta toda su vida! Naturalmente me va á comprometer en su declaración: dirá que en mi casa se las arreglaba para amarrarse en los fustanes las cartas, las municiones y todo lo que le daba la gana de llevar á la revolución. ¡Qué calamidad de mujer! Creo que hasta una ametralladora hubiera llevado á tener fuerza para cargarla. Lo que es en esta vez no soy yo quien va á la Intendencia á sacarla, y menos donde el Presidente. ¡Qué dirá este hombre de mí! ¡Es el colmo que hasta los mismos parientes nos den tóxigos como éste! Doña Rosa le dejó hablar y gritar hasta que se cansó. No le contradijo en nada; pero cuando su marido se hubo tranquilizado, ó mejor dicho, asustado de todo lo que había proferido contra la pobre beata, y buscaba su mirada para conocer su opinión en el particular, ella le dijo: —Tienes razón, Juan de la Cruz; pero una Azuaga no puede quedar más de seis horas en una inmunda prisión. Vete directamente donde el Presidente, dile lo que se te antoje, inventa el mejor cuento que se te ocurra; trátala de bruja, de loca, de lo que quieras; pero no te separes de él hasta que no te dé la orden de libertad. El jurisconsulto, que había oído parte de esta relación con los ojos fijos en el suelo, levantó la cara y la miró con asombro, cuando dijo: "hasta que no te dé la orden de libertad". Ella sostuvo con tal energía su mirada, que el otro no titubeó un segundo en ponerse de pie; pero al fin, hombre débil, comenzó á renegar de nuevo contra su pariente, y ya sin guardarla el menor respeto, la trató hasta de ramera. El Presidente tenía cierta especie de amor por don Juan de la Cruz. Todo lo que se relacionaba con este hombre le caía en gracia. Le recibió muy sonriente, diciéndole que nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera llevar municiones bajo de las caderas...; que no tenía ningún obstáculo para ponerla en libertad, lo que iba á hacer inmediatamente, después de hablar con ella, por lo cual podía irse tranquilo. Conducida Peta á presencia de S. E., éste, sin decirle que había visto á su pariente, la amenazó con flagelarla si no denunciaba á sus cómplices. La beata tuvo miedo y cantó claro cinco nombres de personajes prominentes, de los que cuatro, al enterarse de la orden de prisión, se pusieron en fuga, y sólo uno pudo ser cogido y encarcelado. Manuelita había cesado de llorar á su hermano: las lágrimas no asomaban ya á sus ojos con la misma facilidad que en los primeros meses de su desgracia; pero su alma continuaba inundada de melancolía. Habíase adelgazado; estaba pálida como si estuviera en una convalecencia; sus ojos habían perdido algo de su fuego y su sonrisa mucho de la viveza de su expresión. Su voz suave y melodiosa, su acento tranquilo, su infinita ternura, le daban un aire cándido, el aspecto de un ángel nostálgico descendido del cielo y echando de menos la vista de Dios. Estaba interesantísima con su ropaje negro, con sus cabellos echados para atrás y peinados con extremada sencillez. Había concentrado su cariño en sus dos hermanos, que también seguían terriblemente impresionados. Conmovidos hasta en lo más recóndito de sus almas, en ambos el despertar á la vida, el madrugar á la existencia habíase adelantado por lo menos en dos años. Ahora discutían con su hermana, observaban sus opiniones, y hasta la reprendían, como que ya muy poco les faltaba para que la igualaran en buen juicio. Vivían en la más estrecha unión, contribuyendo cada uno, por su parte, á regularizar la existencia común de ese hogar, tan feliz en otro tiempo como nunca lo volvería á ser. Sosteníanse con el año de sueldos que el Gobierno les dio; y como en nueve meses más aquellos recursos tocarían á su fin, Manuelita daría lecciones de piano, y sus hermanos, trabajando en una fábrica de tabacos, torciendo cigarros, se ganaría cada uno ocho reales diarios. No quisieron los niños perder su año escolar en el colegio de Guadalupe; por eso y porque tenían todavía reservas, continuaron estudiando. Beatriz compartía su tiempo, como en los pasados meses, en sus tres casas: la suya, la de Belén y la de San Sebastián. No se verificó en ella el menor desmejoramiento físico; seguía siendo, por su belleza, la diosa de Lima, la esquiva á múltiples ofrecimientos de corazón y mano. En dos ocasiones, en los meses transcurridos, acompañada de su criada, sin decir una palabra á Manuelita para evitarle sufrimientos, habíase ido muy de mañana al cementerio general, á visitar la tumba del capitán Cegama. Le llevaba flores, y amorosamente las desparramaba por el suelo de su pequeño panteón de familia; se arrodillaba, y con los ojos fijos en las letras de su nombre, destacadas en el mármol, rezaba sin darse cuenta de lo que hacía, como que su alma, desandando el tiempo caminado, se posaba en los años de felicidad, dulcemente gozados en la amable compañía de aquel prometido esposo. La última vez que le visitó púsose á pensar en su porvenir, y al verse tan sola, con un futuro tan incierto, sintió frío. Hubiera querido re-posar allí, tranquila, como ya lo estaba el otro. Recordó entonces la escena ocurrida entre ella y su padre, cuando le contó que su novio habíase ido sin despedirse, sin decirle una palabra, siquiera una sonrisa. El viejo, profundamente emocionado, lloró la desgracia de su hija y la abrazó con ternura. No le dijo nada, pero al desprenderse de sus brazos y al notar que estaba pálida como nunca la había visto, la volvió á abrazar. "La Providencia lo ha querido así: hágase su voluntad", fueron sus únicas palabras. Hombre de gran talento, profundo conocedor del corazón, ¿qué podía haberle dicho en ese trance? Su madre, á pesar de que era muy bruta, ó tal vez por indicación de su esposo, se abstuvo de comentar la noticia en ningún sentido. La dejó vestirse de luto, y seguir corriendo de día y de noche, de una á otra de las casas de sus amigas, aunque resuelta á impedir que, en esta nueva ocasión, se enamorara de otro hombre tan pobre como lo había sido Cegama. El que andaba algo preocupado era Pablo Florimbó. Veía á Manuelita tan correcta en su noviazgo, tan poco exigente en fijar fecha para su matrimonio, tan llena de valor en su miseria, que no sabía qué juzgar de ella. Unas veces la encontraba superior y se encantaba de la fuerza de su carácter; en otras, le acometía la duda, y confundía la delicadeza de sus sentimientos con lo que él creía falta de amor. Quien más le inquietaba era Urzúa; sin quererlo, estaba celoso. Le veía tan unido á ella, tan oportuno en auxiliarla en sus horas tristes, ejerciendo tanta sugestión sobre su ánimo, que sufría cada vez que le encontraba en la casa. Naturalmente, jamás exteriorizó sus dudas: Alfonso se hubiera reído de ellas, como que nunca pasó por su cerebro la idea de hacerle traición. Ella hubiera ido más lejos, y quién sabe, considerándolo indigno de su cariño por haber dudado, le hubiera devuelto su anillo. Fué Beatriz quien explicó á Pablo la causa que había normalizado á su novia; él mismo la vio dos días después de la entrevista con el capellán de San José; la encontró sonriente, comunicativa, dejándose ver á la luz; y aunque es cierto que esto le proporcionó enorme alegría, y que estuvo felicísimo en dársela á conocer y en acabar de consolarla, en cambio no pudo menos de sentir pena al saber que gran parte de esa metamorfosis se debía á Alfonso. Así lo declaraba el señor Ochoa, viendo los resultados de su obra. Bondadoso y sin un átomo de vanidad, no podía comprender cómo él había hecho ese milagro. Beatriz, que tenía memoria, le repetía palabra por palabra los mejores trozos de su peroración; y el anciano al oírla quedaba atónito, atribuyendo su elocuencia á la sugestión que Alfonso ejerció sobre él. —De cuánto somos capaces,—contestó á Beatriz,— cuando el espíritu bueno llama á nuestra alma. ¡Jesús mío! ¡Salvador amado! aparta de mi camino á los hombres de mala voluntad. Débil materia como soy á pesar de mis canas, ¿qué sería de mí, si así como en esta ocasión me sugestionaron á realizar una acción buena, me indujeran mañana á cometerla mala? Temeroso Pablo de que Alfonso organizara excursiones para distraer á Manuelita, imaginó ciertos paseos matinales á las fábricas y construcciones que existían en las afueras de la ciudad. Casi todos los días, á las siete de la mañana, Manuelita, su hermano Luis, Beatriz y María Eugenia encontraban á Florimbó en un lugar convenido y juntos paseaban por espacio de dos horas. Alfonso vino á tener noticia de estas salidas por sus propias amigas, y como era natural, se ofreció para acompañarlas. Esta decisión, que al principio desagradó mucho á Pablo, le curó radicalmente sus celos, al ver la manera como la trataba en la confianza que se establece en un paseo que se repite diariamente. Le vio acercarse con indiferencia á las dos jóvenes, hablar de todo, bromear con ellas, y de vez en cuando profundizar el tema de la existencia con tan notable facilidad de lenguaje, con tan profundo estudio del asunto, con ejemplos de una experiencia personal tan viva, que le asemejaban á un viejo cansado de aprender en el libro a-bierto de la realidad. Todo esto contribuía á fomentar estrecha unión entre Urzúa y las dos señoritas. Ellas, que ya le conocían á fondo, notaban en su alma deficiencias inexplicables. Reconocían su talento, la bondad del corazón; pero le sentían raro, falto de entusiasmo y susceptible de largas horas de apatía. Le querían, tal vez, más de lo que él las amaba; y por esto mismo, en lo más recóndito de sus almas, las dos sentían el pueril encono de su amor propio herido, no habiendo sido objeto, ni la una ni la otra, de un galanteo fino, de algo que revelara la pena de no poderlas enamorar porque estaban comprometidas. Con Beatriz la cosa era más ostensible: hacía tres meses que su mano estaba vacante por la muerte de Pepe; sus asiduos enamorados, entre ellos Leniz, habían renovado sus gestiones con más calor, sin contar algunos nuevos que habían sentado plaza en su regimiento de adoradores. Sólo Alfonso no se rindió, y su vanidad de mujer hermosa sentíase herida. Felizmente no estaba enamorada de él, como tam-poco, lo estaba Manuelita: era una pura coquetería de las dos; un vicio de amor; el ansia de poseer más. El joven nunca se dio cuenta de estas puerilidades. Las quería como se quiere á dos hermanas. Jamás pasó por su mente el deseo de enamorarlas; sin que hubiera en su conducta virtud alguna, sino frialdad, indiferencia por toda mujer que no fuera Marta. La monja seguía preocupándole y dominando en su corazón con la misma intensidad que en los primeros días en que la vio en su convento. Todo su pasado había vuelto á su memoria, y esta resurrección de un afecto que tan profundo le fué á los diez y seis años, hacíale daño ahora, como que ya no poseía, ni esperaba alcanzar las delicias de la reciprocidad. Pero lo que más le hacía sufrir era su absoluta reserva: el silencio con que guardaba su secreto. Comprendía todo el delito que para el mundo y para su familia podía significar su amor á una monja. ¡Qué decepción tan horrible, qué horas tan amargas para doña Rosa, dotada como estaba de verdadera religiosidad, de un santo respeto á las cosas que eran de Dios! ¡Qué sufrimiento si se hubiera impuesto de la loca pre-tensión que atormentaba á su sobrino! Y dejando á un lado lo religioso, cuánta pena al darse cuenta de que Marta hubiera encontrado el novio de su agrado en Alfonso, si á la muerte de Orbea no hubiera entrado al convento. Urzúa prefería sufrir solo; su pena semejábase á la que se produce en el alma por la pérdida de un ser querido: dolor infinito, lleno de melancolía, que no se aminora en lo más mínimo por la circunstancia de ser un hecho consumado que no tiene remedio. Una mañana que paseaba con Manuelita y que estaba muy triste, estuvo á punto de confesar sus cuitas, viendo que su amiga le preguntaba con insistencia la causa de su aflicción. Prefería pasar por romántico, ser objeto de antojadizas suposiciones, antes que inspirar lástima. Temía, además, que Marta conociera su secreto y se riera de su locura. Así pensaba, por ignorar que también en ella habíase despertado su dormido afecto, como que su alma, sensible y cariñosa, refractaria á entregarse por entero al amor místico de un ser invisible que no había enamorado su corazón, sentía la necesidad de querer y de ser querida, de mantenerse ocupada, y no en el vacío en que vivía desde la ida de Orbea. En varias ocasiones, Urzúa, acompañado de su tía, de Lía y de Raquel, habíala visitado en su convento. Tras las tupidas rejas del locutorio presentábase Marta apacible, mansa, melancólica, con la sonrisa de los conformados. Sus facciones se perfilaban cada vez más; seguía adelgazándose con sus ayunos y sus penitencias corporales. ¿A dónde iba por ese camino? Su madre, que nunca tuvo la menor duda al afirmar que fué el demonio del despecho lo que la condujo á esa mansión, se daba cuenta de todos sus sufrimientos. La recordaba en sus años de alegría, cuando vivía juguetona, entusiasta por lo bello, por el lujo, por la riqueza, por el confort; con un corazón de artista, sensible á lo místico y á lo profano. Ahora la hallaba en un claustro, haciendo vida común con todo el desecho social allí aglomerado; con personas á quienes el fanatismo religioso, su inutilidad para la vida marital, ó decepciones terribles habían arrojado al claustro; todas más ó menos deshumanizadas, con un plato de comida seguro como si fueran presidiarias, dedicando su tiempo á interminables devociones, á puerilidades y á chismearse las unas con las otras. Qué horrorosa debía ser para Marta una existencia tan ingrata, tan sin ideales, tan desprovista de actividades morales y materiales estando en los 27 años, radiante de hermosura, con todas las fogosidades de su ardoroso temperamento, dueña de una inmensa fortuna, y pudiendo escoger, á falta de Orbea y aun de Alfonso, entre los muchos que la amaron en sus días de felicidad. Su noviciado la engañó: se sintió tan feliz en la soledad de su celda; tan libre de aquel continuo batallar con su madre; encontró en la solicitud de sus compañeras y en las formas del culto tanto consuelo, que al fin se decidió á profesar. Después, la muerte del viejo, su herencia, la venida de Alfonso, el despertar á la vida mundanal y tantas cosas más, que nunca sospechó resucitaran en su alma y mucho menos en su cuerpo. Estaba vencida: los pronósticos de su madre se habían cumplido; aquel Divino Jesús con quien se había desposado, ya no la amaba como en sus días de novicia, tal vez porque ella misma le era infiel no dándosele por ente-ro, ni eliminado de su corazón el profano y sentido afecto que experimentaba por su primo. Despechada al verse así vencida, en divorcio continuo con el sentir de su corazón, con el despertar de todas sus pasiones, habíase propuesto matar su sensibilidad, establecer el reinado de la razón y de la voluntad, naturalmente á expensas de su propio ser, indivisible en su esencia. Consultábase con su confesor, un hombre de pobre criterio que nunca pudo entender los desórdenes de su alma, y que miserablemente confundía la lucha en que vivía consigo misma y sus locos desvaríos, con una santidad de la que vivía encantado, y de la que había dado cuenta á la madre abadesa. Viendo Marta que eran infructuosas sus consultas con el capellán, y que en aquella casa nadie sabía darle el remedio para sus males, había acudido á la lectura del Año Cristiano, en la parte referente á la vida de los santos. Quería posesionarse de los medios que ellos emplearon para luchar contra el demonio, contra el mundo y contra la carne. Y cuando tales victorias, declaraba el narrador, habíanse obtenido en aquellos bienaventurados porque sobre ellos había descendido la gracia divina por estar entre los elegidos del Señor, tiraba el libro contra el suelo, desde que no buscaba saber todo lo que Dios puede hacer por sus criaturas, sino imitar á los santos en lo que ellos habían hecho para sí mismos, por su propia voluntad, con el solo auxilio de su razón, sin nada del apoyo celestial, del cual no quería saber nada, desde que Dios ya no la oía, á pesar de que tanto le había llamado. No teniendo á la mano nada moral que encaminara su alma por el sendero de paz y conformidad; sin la palabra de un ser superior que le mostrara otros caminos de salvación; sin nadie que la comprendiera, que adivinara la causa de sus sufrimientos y que la consolara, resolvió amansar su cuerpo con las terribles penitencias á que acudieron los santos. Sugestionada por los ejemplos de tan mística lectura, habíase lanzado por igual camino, y materialmente se estaba matando. Cili-cios, ayunos, largas horas de rodillas en el coro, de cuyo lugar á veces su novicia la recogía desmayada, agotaban sus fuerzas y acabarían por librar su alma de su rebelde materia. Su confesor nunca se dio cuenta de su culpabilidad en ese suicidio que la soberbia disfrazada con el manto de la misticidad llevaba á cabo. Sus compañeras de claustro eran bastante idiotas para dar con la causa de su austeridad: no veían sino la materialidad de los hechos, y se alegraban que una monja de la orden estuviera en camino de santidad; así tendrían en el Cielo una elegida del Señor, que les ganaría con sus ruegos la bienaventuranza eterna. XXII Peta andaba un poco cortada. Oía misa temprano, visitaba poco á los padres jesuitas, y no se demoraba, como antes, largos ratos en el atrio de San Pedro, contando á las demás beatas todo lo que pasaba en el mundo social y político de Lima. Se decía de ella que la habían azotado en la Intendencia, y aunque esto era una grosera calumnia, sin embargo, no tenía medios para probar lo contrario. Vivía, pues, avergonzada; y como, en verdad, á falta de azotes hubo un registro en sus ropas interiores muy desprovisto de buenas maneras y de todo respeto á su pudor, la pobre sufría el peso de la ofensa. Habíase pacificado y héchose neutral, "no teniendo la menor queja contra el Presidente". Alfonso la visitó en su casa el día de su cumpleaños, y le llevó un lindo prendedor de oro con tres brillantes pequeños, todo de mucho gusto y muy serio, como para su edad. Ella, que no estaba acostumbrada á tales distinciones, como que sus amigos y parientes la trataban muy á la vaqueta, le abrazó con ternura, asegurándole que le quería como no había querido á ninguno de sus sobrinos. Era afectuosa en extremo, bien intencionada, ingenua, nada egoísta, siempre dispuesta á servir á su prójimo; pero ignorante, fanática, revoltosa é incapaz de estarse quieta. No carecía de cierto talento natural; poseía imaginación, mucha memoria; pero era muy vulgar: creía en penas, en brujas, en almas endiabladas, sobre todo, tenía fe ciega en los milagros, aunque no podía citar un ejemplo de haber sido favorecida alguna vez por ellos. Los padres jesuitas la tenían gran estimación, siendo una creyente perfecta y una servidora leal y desinteresada de la orden. Nunca les pidió nada; en cambio, ellos la ocupaban muy á menudo para saber lo que pasaba en Lima en los salones de la aristocracia, para llevar á esos mismos sitios la palabra de propaganda á favor de la Compañía, y conseguir nuevos prosélitos en la gente que no se confesaba ó que lo hacía una vez al año con el cura de la parroquia. Era ella el cartel parlante que anunciaba las grandes fiestas que se daban en la iglesia de San Pedro, especialmente en el día de San Ignacio; y la que más empeño tomaba para que en tan clásico aniversario, las señoras de alto tono acudieran al templo con todo el lujo que la festividad exigía, en coche particular, el que dejaban en la calle del "Gato" en larga fila, patentizando así á los transeúntes, la presencia de todo el señorío de Lima. Cuando la prensa liberal, alguna de las cámaras, ó el mismo Gobierno alborotaba el cotarro clerical con alguna medida opuesta al artículo cuarto de la Constitución, ó mejor dicho contra la Compañía de Jesús, Peta no esperaba el toque de zafarrancho de combate, ni la menor insinuación de los padres para lanzarse á la acción, y hacer de palabra y de obra su labor reaccionaria. Su origen aristocrático le daba entrada en la sociedad del dinero y del linaje. Su padre, un coronel de la Independencia, alcanzó el honor de ser edecán de Bolívar, y posteriormente, en la República, el grado de general de brigada. Sus servicios militares y su matrimonio con una Azuaga, familia que desde fines del siglo XVIII venía figurando entre lo mejor de la sociedad limense, le colocaron en muy buena posición social. No tuvo más hija que Peta, á la que únicamente dejó al morir el derecho á un montepío, del cual vivió la beata toda su vida; pero naturalmente sin holgura, como que nunca obtuvo que le pagaran con puntualidad ni con integridad, los cien soles que le correspondían. Por razones económicas, habíase unido hacía muchísimos años, con una prima por parte de padre, doña Juana Maruri, una viuda muy sola y muy desconsolada desde la muerte de sus dos únicos hijos. En casa de ella, una enorme mansión con más de treinta cuartos, tres pa-tios, jardín, cochera y huerta, vivía Peta y la numerosa servidumbre de mujeres, en su mayor parte mulatas de la viuda, con excepción de una Brígida, que pertenecía en cuerpo y alma á su amita, la niña Petita. Doña Juana no era rica: además de la casa que habitaba poseía otra de cuyos arriendos comía. Llevaba una vida triste y solitaria, y como no era devota, ni siquiera tenía la distracción de la iglesia y la sociedad de la gente de sotana. Peta congeniaba poco con ella, y no encontrando grata su compañía, raras veces se sentaba á su mesa. La popularidad de la beata y su carácter, le mantenían abiertas las puertas de siete ú ocho casas ricas, donde no tenía más que llegar para que la instaran á comer ó almorzar. La situación financiera de la señorita Otzuarte no era holgada; sin embargo, soportaba con valor sus miserias sin acudir nunca á sus parientes, ni á sus amistades para pedirles dinero, y mucho menos á doña Rosa ó á su prima Juana. El señor García le consiguió siempre del cajero fiscal el pago de su montepío; pero con motivo de la guerra civil que afligía al país, habíanse suspendido todas las pensiones de gracia, inclusive la de ella, que se vio obligada á buscarse nuevos medios de vivir, resuelta como estaba á no arrimarse á nadie, temerosa de perder la independencia de su lengua y de su acción. Avispada como era, no se ahogó en la dificultad, y se puso á fabricar ungüentos para quitar pecas. Recordaba que en su juventud, una de sus tías que era muy pecosa, se las quitaba usando una mezcla de sebo con sumo de limón agrio; y que, las citadas manchas no le volvían hasta después de cometer la imprudencia de ponerse al sol. Como tenía buena memoria, recordaba perfectamente las proporciones de uno y otro ingre-diente; y sin mucho pensarlo, se puso á la obra con un capital de dos soles y veinticinco centavos. Los ingredientes no eran caros; más costo que ellos exigía el envase en cajas de madera, las que tenía que comprar en las droguerías. Alfonso la encontró muy despeinada, usando como guardaropa un mandil inmundo y pegada á un bracero, en el que ardía un buen fuego de carbón de madera, manteniendo en ebullición una regular cantidad del sebo contenido en un perol. Un poco cortada por haber sido sorprendida en su labor, lo que sucedió por una torpeza de su criada, mintió al decirle que estaba haciendo un dulce de manjar-blanco para una amiga suya, cuyo santo se celebraba al día siguiente; y dejando el oficio á su servidora y cofrade Brígida, se arregló los cabellos, se puso otro traje, y atendió á su sobrino, que entonces le presentó su obsequio. Sumamente gozosa por la doble fineza, especialmente por la visita, lo que jamás hacían los García Azuaga, con el pretexto de que su tía Petita nunca estaba en casa, la beata quiso hacer ostentación de uno y otro honor; y llevando de una mano á Alfonso, y en la otra el obsequio, le paseó toda la casa, le presentó á su prima Juana y á toda la servidumbre. Después le hizo sentar, y en la conversación, en-tre otras cosas, le dijo que se enamorara de la joven que más le gustara, que por muy encumbrada que fuera, ella tenía bastante sagacidad é influencia para colocarlo en el candelero. Le pidió, después, que le hiciera un letrero con letras grandes, que dijera: Pomada infalible para las pecas, veinte centavos la caja. "Es un encargo, le dijo, que me ha hecho Barbarita Aldunate, una de las señoras que tiene su tendujo en la calle de Judíos. Le han dado para la venta esa pomada y me dicen que es muy buena. Recomiéndala á tus amigas, Alfonsito, especialmente á Manuelita, á quien se le ve una que otra cuando está de negligé." Urzúa, que estaba impuesto por la indiscreción de Lía y de Raquel, de la firma social Aldunate, Otzuarte y Compañía (la compañía era la criada, Brígida, que compraba los ingredientes y llevaba las cajas á la calle de Judíos), para la fabricación y expendio del ungüento para las pecas, tuvo el buen sentido de no darse por entendido de nada; por el contrario, para que la beata no guardara la menor sospecha, le habló horrores de todos los ungüentos, diciéndole que el de las pecas debía ser un menjurje indecente y venenoso; pero que, á pesar de todo, le dejaba dos soles para diez cajas, las que pensaba regalar á Manuelita, que siempre se quejaba de no poderse quitar las pocas visibles que tenía. Después que se despidió de su tía, quedose Urzúa pensando en el triste término de la mayor parte de la aristocracia peruana, que figuró en los comienzos del siglo XIX. La independencia, que hirió de muerte los intereses de la madre patria, también acabó con la gente privilegiada. Eliminada la esclavitud, execrada la ociosidad, modificada la ley con la supresión de los mayorazgos, y puesta la nobleza al nivel de igualdad con la milicia y la administración, formadas en su mayor parte por hombres oscuros pero audaces y dotados de ilustración y talento, por ley sociológica sucedió lo que había ocurrido en otras partes: el elemento nuevo les arrebató su fortuna, les anuló sus privilegios, y sólo les dejó sus pergaminos y á muy pocos la solariega mansión en que habían nacido, el terruño que solidaridaba el título; la vetusta casa en cuya fachada todavía se ostenta el escudo de armas con que el Rey les honró. Peta, con toda la nobleza de sus dos ramas, llegaba al término de sus días en la más completa ruina. Su es-tirpe terminaría con su muerte, ya que su fortuna hacía muchos años que había desaparecido, por el despilfarro de sus padres. Al salir Urzúa de casa de su tía, encontró á Manuel Bengoa, el novio de Lía, que acababa de llegar de Cerro Azul, donde su padrastro, mejor dicho su padre adoptivo, tenía á cargo de él una gran hacienda. Era bajo de cuerpo, nada buen mozo, pero bueno y de corazón muy sano. Acababa de cumplir 27 años y estaba deseosísimo de casarse con Lía, á quien amaba apasionadamente. Saludó á Alfonso con mucho cariño, y le invitó á que le acompañara á conocer la casa que estaba amueblando para formar su hogar. Caminaron algunas cuadras conversando muy alegremente hasta llegar á la calle de la Rifa, donde Alfonso admiró una linda casita de dos pisos, acabada de construir por el señor Andújar, expresamente para el matrimonio de su sobrino. Pensaba Bengóa alquilar los bajos y ocupar los altos. Subieron á ellos y los pasearon desde el salón hasta la cocina, en todo siete cuartos, deliciosamente arreglados para que sirvieran de nido á la enamorada pareja. En casa de la familia García se hacían también algunos preparativos, pues aunque el tiempo no estaba para diversiones ni fiestas, como se trataba de la primera hija que iba á casarse en la familia, sus padres querían hacer algo. Una semana después de este encuentro tuvo lugar la boda de Manuel Bengoa con Lía García Azuaga. La ceremonia se verificó á las ocho de la noche en la Iglesia de la Recoleta, la que fué decorada de flores con el más exquisito gusto y profusamente iluminada. Bendijo la unión monseñor Zavaleta, que estuvo felicísimo en su peroración á los novios. Terminada la ceremonia, el círculo íntimo de la familia concurrió á la casa para despedirse de los recién casados y beber una copa de champagne. Lía, muy emocionada, se despidió de sus padres y de sus hermanos á las nueve de la noche. Doña Rosa la abrazó con ternura, la besó repetidas veces, y visiblemente afectada, pero sin derramar una lágrima, le dió su bendición. No era en ella en quien pensaba en aquel momento. Marta la había dejado dos años antes, de una manera clandestina, deseosa de vengar la muerte de Orbea; raro capricho cuyas consecuencias desastrosas se exteriorizaban ahora. Con anterioridad á los tristes sucesos, doña Rosa, vivía tan encantada de la señori-ta Avellaneda; habíase sentido tan orgullosa de su belleza y de su intelectualidad, que nunca pudo conformarse con su ausencia. Ni Lía ni Raquel poseían las envidiables cualidades de su hermana, y esto mismo aumentó su sufrimiento. En la puerta del templo, á la hora en que la muchedumbre abrió filas para dar paso al séquito nupcial, y en los momentos en que la apretura impedía caminar de prisa, oyó claramente la voz de una mujer, que con la cara cubierta por la manta, dijo para que ella lo oyera: "Qué chasco para Rosa esta boda; ella que es opuesta á que ninguno de sus hijos se case"; á lo que contestó la compañera, otra tapada: "Es que ya tiene experiencia con lo que le pasó con Marta y Abel." Creyó reconocer en la voz de la última la persona de una amiga suya con quien se visitaba muy frecuentemente y á quien tenía cariño. Esta circunstancia le hizo más efecto. Tenía convencimiento de haber obrado bien en los dos casos, muy diversos, de Marta y Abel, y le incomodaba que no le dieran la razón, y que por maldad, por error de concepto ó por pasión, se le culpara de lo que había pasado. Fué costumbre en Lima celebrar los matrimonios de noche, y como por la época en que Lía se casó estaba la manta en todo su furor, prestábase como mandada á hacer para cubrirse la cara por completo, dejar sólo los ojos al descubierto, y así, de incógnito, decirle las verdades al más pintado. La policía, en tales bodas, cuidaba el orden, en la iglesia y aun impedía la entrada á la gente no invitada; pero en la puerta, á la entrada ó salida de la comitiva, se limitaba á dejar el paso expedito, oyendo con impasibilidad las groserías que las tapadas lanzaban al rostro de los novios y de los invitados. Si doña Rosa fué objeto de comentarios entre las curiosas y de malos juicios en sus propios oídos, no lo fueron menos don Juan de la Cruz, Peta y el señor Leniz. Llamáronle al primero camaleón, anfibio, girasol. Al señor Leniz, que iba en compañía de Beatriz, le dijeron muy despacio pero no lo suficiente para que su compañera no lo oyera: "cásate con la mujer con quien vives y deja á esa pobre niña". Pero á Peta le dijeron más, como que la llamaron, "azotada en la Intendencia y viejo adefesio"... esto último con motivo de haberse puesto en esa noche en la cabeza algunos adornos que le caían muy mal, acostumbrada como estaba, hacía treinta años, á no usar otra cosa que la manta. XXIII Varias noches después de celebrada esta boda, Alfonso hizo su segunda visita á la familia de doña Pancracia Callejas. Tanto ella como doña Ursula y Florita, tuvieron mucho gusto en verlo de nuevo en casa. ¿No era una gracia que siendo él un joven aristocrático y de fortuna viniera á verlas? Urzúa las saludó con respetuoso cariño. Dos visitas más que encontró en la salita, quedaron cortadas en presencia de una persona tan elegante y tan fina. Una de ellas, don Bartolo Cusini, era un italiano, dueño de la pulpería de las Carrozas. Bajo, grueso, de grandes espaldas, muy blanco, de hermosos ojos, franco, sin el menor barniz de educación, era expansivo y reía siempre á carcajadas, encontrando gracia en todo cuanto oía. De corazón sano y humilde, á pesar de su fortuna, seguía siendo el hombre modesto, paciente y avaro de centavos, que hacía años había llegado á la pulpería de las Carrozas. Vino al Perú muy niño, traído por su tío don Antonio, el propietario de una bodega en el mercado de la Concepción, quien lo e-ducó y lo lanzó en el camino de la labor perseverante, y en la vida de economía que al fin le habían dado una posición independiente y holgada. No le faltaban veinte mil soles, y como tenía gran afición al campo, vivía en una chácara, sin abandonar por esto la pulpería á sus dependientes, la que visitaba todos los días una ó dos horas, para recoger el dinero de las ventas y pedir al comercio por mayor las mercaderías que le faltaban. Desde que se hizo agricultor renunció á ponerse detrás del mostrador, en mangas de camisa, para vender por medios y centavos. Usaba ahora saco, aunque sin chaleco; y como se afeitaba cada dos días, indudablemente tenía mejor presencia. Su aspecto era el de un industrial. Las negras de los callejones de la vecindad, que por tres lustros le habían visto á toda hora del día, que se bromeaban con él y hasta le tuteaban, principiaron á llamarle don Bartolo, especialmente las muchachas del barrio á quienes él había acariciado y obsequiado cuando estaban pequeñas y que ahora, en sus quince y veinte años, se la daban de señoritas muy recatadas, mostrándose serias con él, sin apearse del don y tratándole de usted. Aquella noche, el señor Cusini había venido á casa de doña Ursula por primera vez, á pedirle su consentimiento para que le sirviera de madrina en su matrimonio. Hacía muchísimos años que conocía á la familia. Numerosas veces doña Pancracia, ya tarde de la noche, no queriendo despertar á la negrita sirvienta, se ponía la manta en la cabeza, y atravesando la calle compraba personalmente á don Bartolo el pan y el queso para el chocolate. Sus nietos, Narciso y Nazario, á pesar de la enorme diferencia de edad, habían jugado á la brisca y á las adivinanzas con él. El italiano era, pues, un buen conocido de la familia, pero sin pretensiones de amistad: hombre completo de trabajo, nunca pensó en visitar á nadie, y menos la familia de doña Pancracia, que, aunque en pobreza, vivía con mucho orgullo. Cuando don Bartolo se vio rico, mejor dicho, cuando exteriorizó su riqueza dejando el mostrador, no andando en mangas de camisa y comprando chácara, tenía 34 años y resolvió casarse. Fíjose en Florita, á la que veía pasar por delante de su tienda en compañía de su madre; pero existiendo entre él y la familia Zúñiga tan grande distancia en origen y en cultura, no sabía el pobre hombre cómo insinuarse en sus pretensiones. La amistad estaba limitada á los dos jóvenes, á quienes obsequiaba mucho, llevándoles repetidas veces al campo á comer tallarines, rabioles, pulentas y otros platos de su país. Un día tuvo la idea de invitar á toda la familia para que concurriera á un almuerzo á la Magdalena; pero sus amigos, Narciso y Nazario Zúñiga, que fueron encargados por él para hacer la invitación, le dieron la negativa de la madre, muy llena de excusas como era natural. Cuando esta invitación tuvo lugar, las dos señoras estaban al cabo de las aspiraciones del italiano; y como ni Florita ni ellas se sentían inclinadas á semejante matrimonio, querían desengañarle sin herirle. "Tal vez más tarde, si las cosas no se componen, y si la chica llega á los veinte años sin haber conseguido un buen partido, sea conveniente aceptarlo; pero al pre-sente sería un disparate." Esta era la opinión de doña Ursula, y como ella pensaba toda la familia. A pesar de lo burdo que era Cusini y de su falta de tacto social, comprendió todo el alcance de la negativa; pero como estaba enamorado, soportó con paciencia el desaire y siguió perseverando en sus propósitos. No tenía apuro para casarse: la aguardaría cinco y diez años, convencido, que cuando la otra se viera en más edad y sin ningún noviazgo serio, le haría más caso que al presente. Por este mismo tiempo visitaba la pulpería una mulatita de la misma edad que Flora, tal vez no tan bella como ella, pero indudablemente mucho más hermosa. A pesar de tener por madre á una negra, era casi blanca y de pelo muy lacio. Sumamente desarrollada, tenía un cuerpo lindo sin ser gruesa, por la perfecta redondez de sus líneas. Si Florita era la reina del barrio en la gente aristocrática, Belén, que así se llamaba la mulata, reinaba sin rival en el elemento popular y en la gente apasionada por el color honesto. Vivía en compañía de su madre, ña Feliciana, una mujer tan negra como un carbón, y de su abuelo, ño José la Cruz, famoso ladrón del Cercado en tiempo de Castilla, y esclavo anteriormente de don Domingo Elías, á quien sirvió de guarda espaldas en sus correrías políticas. Libertado con la manumisión, se hizo jefe de una partida de bandidos que merodeaba en los alrededores de Lima. Batida ésta en tiempos de Pezet y obligados los cofrades á desunirse, ño José la Cruz se hizo mayordomo de chácara, ofi-cio en el cual había envejecido, hasta llegar á los 76 años en completo estado de inutilidad, para vivir de la caridad de su hija, que era lavandera y que trabajaba en compañía de la nieta. Don Bartolo se consolaba de su suerte enamorando á Belén. Florita estaba muy lejos de él y sólo de tarde en tarde la veía pasar; en cambio, la otra se presentaba todos los días á comprar jabón para su lavado, cabalmente á la hora en que él llegaba de la Magdalena. Era seria y orgullosa. Vivía en la convicción de que no había nacido para casarse con negro, ni aun con blanco pobre. La gente de su clase la miraba con respeto, teniendo á orgullo que en el círculo de color hubiera una belleza que eclipsara en parte la de Flora. Aunque no necesitaba que la cuidaran, pues tenía más cabeza que corazón, su madre no la dejaba nunca sola. Más de una vez, ña Feliciana, había recibido el soplo de andarse con cuidado con ciertas mujeres de mala vida y peor oficio, que andaban á la caza de la muchacha por cuenta de golosos solterones y aun de señores casados; y como en una ocasión abofeteó á una de ellas cierta tarde, en la puerta del callejón en que vivía, la persecución había disminuido. Don Bartolo era el único que tenía carta blanca para enamorar á Belén por los medios que le fueran de su agrado. La muchacha se dejaba galantear y abrazar: ella y su madre estaban convencidas de que cuanto más avanzara el hombre en esas libertades que se permitía, más á fondo se iba en el terreno que pisaba. Sucedió al fin lo que tenía que pasar: el italiano se enamoró de ella, y viendo que la muchacha no quería nada por caminos torcidos, se decidió á pedirla en matrimonio. Obligado á dar una explicación á sus compatriotas por ese cambio de ideas en sus asuntos matrimoniales, les dijo: "Florita é muy linda, ma é muy aritocrática. La Belén é la que á mi me entiende". Florita ni siquiera le miraba en la calle; al paso que Belén le buscaba sin el menor escrúpulo. Natural era, pues, que la segunda hubiera triunfado en toda la línea, derrotando rápidamente á su rival. Aunque don Bartolo era del más bajo origen, no dejó de molestarle la negrería de parientes que se iba á echar encima. Por esto siquiera quiso tener por padrino á un rico y distinguido compatriota suyo; y por madrina á doña Ursula, la mujer de más respeto que había tratado en su vida. Aquella noche el novio hizo su petición de una manera oficial, habiéndola hecho antes, reservadamente, por conducto de doña Pancracia, á la que llamó una tarde á su paso por la pulpería para sondearla. La abuela le dio muy cordialmente el sí, y tuvo mucho gusto que por este medio terminaran las pretensiones del expulpero sobre Florita, para la que esperaba algo que estuviera á la altura de su linaje. La otra persona que estaba en casa de doña Ursula la noche que Alfonso hizo su visita, fué Manuel Lecuona, un joven como de 24 años, alto, flaco, trigueño, de una fisonomía vulgar, aunque inteligente y trabajador. Pertenecía á una familia muy modesta y casi obscura por su origen, que vivía holgadamente por la unión de todos sus miembros. Estaba formada por siete varones, dos casados y cinco solteros, viviendo todos al lado de sus padres, para cuyo sustento contribuían. Manuel era el menor; estaba empleado en una hacienda en las afueras de Lima, ganando 60 soles, casa y comida, y con tan escasos recursos había pensado casarse, y nada menos que con Florita, que soñaba coa algo mejor y que no le hacía caso. Bella como pocas, despertaba á los estímulos del orgullo, soñando con un mundo más feliz que aquel en que vivía, y con todo el romanticismo y los anhelos de la edad primaveral, Florita aún no sabía lo que le faltaba para completar su dicha. En su imaginación todo se perfilaba vago, indeciso, con cierto sello de idealismo. No sostenía coqueteos con nadie, y menos con sus enamorados Cusini y Lecuona; pero faltaba saber si su conducta era un mérito propio, ó si de por medio estaba la mano de doña Ursula adivinándolo todo y conduciéndola por el camino de la seriedad y el orgullo. El joven agricultor seguía las aguas de su ex¬rival don Bartolo, en aquello de no precipitar los acontecimientos; y como no era un visitante tenaz, ni un apasionado peligroso, la familia Zúñiga admitía con agrado las visitas que le hacía cada dos ó tres meses, cuando recibía permiso para pasar en Lima tres ó cuatro días. A las diez de la noche llegaron los jóvenes Narciso y Nazario, un par de mocetones muy robustos, de admirable salud, y ambos de muy agradable y franca fisonomía. Venían de una academia nocturna, en la que aprendían inglés y teneduría de libros, ya que el día lo dedicaban á lavar botellas en la Cervecería de Backus y Johnston. El italiano, que había estado un poco cortado en la visita, y que no hacía sino reír muy cordialmente de las ocurrencias de Alfonso, se sintió más á sus anchas; y juntándose á ellos les contó que estaba haciendo en la chácara un vino muy exquisito, pero que le faltaban envases. Manuel Lecuona apreció desde el momento en que Urzúa entró á la sala el formidable poder de aquel rival, si acaso estaba decidido á quitarle lo muy poco que había ganado en el corazón de Florita. Fijose varias veces en ella, y la vio entusiasta y contenta cuando Alfonso hablaba, y siguiéndole con los ojos el movimiento de sus acciones. Por cierto, no le daba tan fuerte en las noches en que él la visitaba solo. ¡Lo que es la vida! Las señoritas tuvieron un rato agradabilísimo en todo el tiempo en que Urzúa estuvo en su pobre hogar. Su presencia les recordó sus buenos tiempos, sus años de juventud en que las visitaba el señorío de Lima. En cambio, el pobre Lecuona se retiró con el alma enferma, profundamente decepcionado y con propósitos, si no de pegarse un tiro, por lo menos de aislarse, de meterse á fraile, de huir de aquella sociedad que tan mal pagaba sus sinceras aspiraciones, sus tiernos afectos, su ansia de vivir amando siendo amado. Era el menor de los siete hijos: el Benjamín de la casa, el predilecto de su madre. La buena señora, que ya estaba muy anciana, lloraba no poder tenerlo á su lado; no ser rica para retirarlo de su empleo; de esa hacienda que le mantenía tan lejos de ella, cabalmente en los últimos días de su vida. Volvíase loca de contento cada vez que para verla el muchacho le avisaba que había obtenido un permiso, y cuando llegaba por el tren de la sierra á las cuatro de la tarde, le recibía con la misma alegría que si hubiera pasado muchos años sin verle. Durante su permanencia le acompañaba en la compra de sus encargos, y le obsequiaba cada tarde con un nuevo plato de comida deliciosamente preparado; en la noche le aguardaba hasta las doce y la una de la mañana, horas en que él regresaba del teatro ó de sus visitas, para servirle personalmente el chocolate, contarle alguna novedad ocurrida en los meses de ausencia ó consultarle algún proyecto para invertir sus ahorros en tal ó cual cosa. Aquella noche, Manuel, llegó malhumorado y sonriendo forzadamente. Su madre, comprendió que tenía un pe-sar; pero, prudente como era en todos sus actos, se abstuvo de preguntarle nada, viendo que su hijo se mantenía en reserva. En el curso de la conversación supo que venía de casa de Florita, y entonces se dio cuenta exacta de su despecho; y conociendo que no por hablarle de ese asunto, ni por derramar lágrimas cambiaría su suerte, disimuló su emoción y le habló de todo, menos de la ingrata. En cambio, extremó sus mimos, sus atenciones, sus afectos; le habló de cosas interesantes; de futuros días de felicidad; y á fuerza de ternura maternal, consiguió ahogar sus tristezas. Cuando Manuel se fué á dormir la besó en la frente como lo hacía todas las noches; pero en esta vez duplicó el ósculo y le mostró su faz sinceramente sonriente, ya sin las sombras de aflicción traídas de fuera. Ocho días después de esta visita tuvo lugar el matrimonio de don Antonio Cusini con doña Belén Peralta, en el templo de Santa Ana, en medio de muy selecta concurrencia, no habiendo entre los invitados más cara negra que la de doña Candelaria. Comprendía la parentela y la vecindad del callejón en que habitaba la desposada, que Belén, por su color claro, su hermosura y su matrimonio con un extranjero rico, habíase levantado de su nivel social. La respetaban en su nueva posición, y amorosamente, sin despecho ni envidia, le cedían el paso, para que entrara sin tropiezos en la sociedad de la gente blanca. Los hijos de Belén serían caballeros, y aunque es cierto que renegarían de su origen, al menos quedaba abierto con el ejemplo el camino de la confraternidad entre el blanco y el negro. El más infeliz de ellos, el famoso exbandido del Cercado, un negro como un carbón, tendría biznietos señores; y acaso, ¿á todos los demás no cabría más tarde ó más temprano igual suerte? La iglesia estaba llena de gente: todo el barrio de las Carrozas había ido á presenciar el acontecimiento del día. Ño José la Cruz, con sus amigos y parientes, y todo el vecindario del callejón de "El Santísimo Sacramento" y de otros de la misma calle, muy decentemente vestidos y con mucho orden, presenciaban desde las naves laterales la ceremonia. Al centro del templo, entre el séquito nupcial, veíase mucha gente conocida de la colonia italiana y algunos bomberos de la "Roma", á cuya institución pertenecía don Bartolo. Señoras había pocas, y de señoritas sólo se veía á Florita, que llamó la atención por su hermosura, y que iba del brazo con Alfonso. Manuel Lecuona, que pensaba con mucha filosofía, se abstuvo de ponerse celoso por esto, y acompañó en todo el acto á doña Pancracia, á quien adulaba mucho, conociendo todo el poder de la anciana sobre la voluntad de su hija y de su nieta. Belén estaba sencillamente vestida, pero como tenía un cuerpo adorable, sus ropas le caían muy bien y le daban un aire distinguido: el de una completa señorita. Estaba preciosa, y á no ser por la presencia de ña Candelaria, nadie hubiera sospechado su ascendencia africana. Doña Ursula la besó con sinceridad al despedirse de ella. "Soy tu madrina, le dijo, y estoy obligada á servirte de guía en tus dificultades. No espero que las tengas, pues te casas con un hombre que te quiere; pero si alguna vez no te entiendes con él, no procedas con violencia ni des ningún paso hasta no consultarte conmigo, que bastante mundo tengo para saber aconsejarte cuál es el camino que debes seguir para encontrar tu felicidad." Florita también la abrazó; era la primera vez que se hablaban. Belén, modesta y humilde por atavismo, estaba encantadora con su aire de profunda bondad, de inconsciente sencillez. "Me caso á mi entera satisfacción, le dijo; y deseo para usted igual dicha." Ansiosa de halagarla, se le ocurrió esa idea, viéndola del brazo con un joven tan hermoso y tan distinguido como era Alfonso. Terminada la ceremonia, la concurrencia se despidió en la puerta de la iglesia. Aunque don Bartolo había tomado y amueblado una linda casita en la calle del Carmen Alto, siguió el consejo que con anticipación le dió doña Ursula de no invitar á nadie á tomar la copa de champagne en ella, temerosa de tener que asistir como madrina á ese agasajo, en el cual se hubiera visto obligada á codearse con gente de color. Terminada la despedida, los novios montaron en un coche y se fueron á la estación de la Encarnación, para tomar el tren de las diez, que los condujo á Chorrillos, donde pasaron ocho días en un hotel. Esa manera de terminar la boda fué de muy poco gusto para ña Candelaria y su padre; pero ansiosos de no chocar con su yerno tan á raíz de su parentesco, permitieron la ida de los desposados al campo, á cambio de celebrarla en el callejón, siquiera por dos días, con los dependientes de la pulpería, cerrada por igual tiempo, y con todo el vecindario. Don Bartolo les dio cien soles para la fiesta, mucho licor y algunas conservas en lata. Ellos compraron un pavo, muchas gallinas, varios jamones del país, chicha y aguardiente; todo como para un festín que, teniendo cincuenta personas, pudiera durar cuarenta y ocho horas. XXIV Pasaron muchos meses más. El doctor Cayo cumplió año y medio de labor revolucionaria. En todo ese tiempo su personalidad no se eclipsó un solo día. Derrotado repetidas veces, jamás abandonó el territorio de sus correrías, ni perdió su parque, ni ninguno de los valientes jefes que le acompañaban. En dos ocasiones entró en cuadro al Cerro de Pasco, y en las mismas, debido á su genio organizador, cubrió sus bajas y volvió á ponerse en el pie de guerra que necesitaba para hacer frente á los 1,500 hombres de fuerza regular que le perseguían sin descanso. En los demás lugares la lucha seguía igual suerte. Convencido el Gobierno de que sólo oponiendo doble número de tropa á la revolución conseguiría vencerla, y siéndole esto imposible por falta de recursos, acometió el atrevido plan de abandonar el sur de la república á manos de los insurrectos, á fin de concentrar sus fuerzas en el centro y derrotar totalmente al doctor Cayo, para después, viéndose libre de él, hacer la reconquista con todo el grueso de su ejército. Arequipa fué pues abandonada, como también Ayacucho y Moquegua; ya que lo demás, especialmente Puno y Cuzco, hacía mucho tiempo que estaba en poder de la junta revolucionaria. Reconcentrada en Lima toda la fuerza efectiva con que contaba el Presidente, con excepción de la del norte, que apenas subía á unos 1,200 hombres, se envió á Junín un cuerpo de 3,000 plazas, el que debía operar en combinación con los 1,500 estacionados en Tarma y Jauja. El doctor Cayo no contaba con más que 1,200 hombres, y como no podía ser auxiliado inmediatamente con armas y municiones, ni con algán refuerzo del sur ó de Huaraz, tenia fatalmente que sucumbir. Si su plan anterior había sido hacer una campaña de guerrillas, ahora debía concentrarse lo más posible, á fin de ponerse á salvo. De esa manera podría evitar la derrota por secciones, cosa fácil de hacer por el Gobierno, contando con 4,000 infantes y 500 hombres de caballería. Las tropas constitucionales venidas de Arequipa estuvieron en Lima lo menos posible, pues de la rapidez de la acción dependía el éxito. Además, se tenía noticia de que la junta de gobierno radicada en el Cuzco había tomado sus providencias, enviando un valioso contingente de armas al doctor Cayo y ordenando que una división de 1,200 hombres saliera inmediatamente para el departamento de Huancavelica; y aunque era cierto que, andando las cosas bien, el contingente no podía llegar á Junín antes de un mes, y el refuerzo de tropas antes de diez semanas, sin embargo, el Gobierno no quería fiarse de estos cálculos, ni andar con pies de plomo, sabedor de que en la guerra lo imprevisto es lo que descompone los mejores planes. Efectivamente: su ejército tuvo que estacionarse ocho días en Chosica, mientras se armaba un nuevo viaducto, para reemplazar el que había sido volado con dinamita por el comandante de montoneros, doctor Velutini, y otros ocho en la Oroya, en espera de la reposición del puente de alambre que existía en ese lugar. Todo esto dio tiempo al doctor Cayo para reunir sus fuerzas, abandonar el Cerro, y burlando la presencia de los 1,500 soldados estacionados en Tarma y Huancayo al mando del coronel García, trasladarse á Izcuchaca y hacerse fuerte en Pucará. Las fuerzas burladas tomaron la ofensiva, y le picaron la retaguardia hasta enfrentarse con él. Estaban á punto ambos ejércitos de presentar batalla, cuando el jefe constitucional, á pesar de tener fuerzas superiores en las tres armas, recibió orden de flanquear al doctor Cayo y ocupar Huancavelica, con el objeto de cortarle la retirada al sur é impedir que recibiera los auxilios de armas y de tropas que le venían del Cuzco. Tan hábil maniobra fué admirablemente ejecutada por el coronel García, que optó por quedarse en Pampas, para estar así más cerca del enemigo. La noticia produjo en Lima profunda depresión en el ánimo de los partidarios de la revolución, y como también se supo que los 3,000 soldados de refuerzo, enviados al mando del coronel Pereda, habían al fin cruzado el río de la Oroya y estrechaban cada vez más al doctor Cayo, su derrota se tuvo por segura. Para la mayoría la guerra civil estaba concluida. Recuperado el centro, tomado el armamento en viaje é interceptados los 1,200 hombres salidos del Cuzco, el sur podía recuperarse sin disparar un tiro. El Presidente fué el primero en cantar victoria; y para restablecer completamente la confianza del pueblo á su favor, principió á salir á la calle, lo que antes no hacía. Volvió á ocuparse de la administración pública, abandonada hacía un año; se mostró magnánimo, poniendo á muchos presos en libertad, y cesó en sus persecuciones. Es cierto, también, que el pueblo había dejado de conspirar: ya nadie emigraba, y los civilistas, con diversos pretextos, habían cerrado sus cajas y no había manera de sacarles un cen-tavo. Monseñor Zavaleta estaba tan profundamente apenado con este desenlace, después de haber batallado un año entero con el mejor éxito, que se enfermó y se encerró en su casa. Don Juan de la Cruz, no obstante que recibía de su señora el consejo de continuar quieto, no aseguraba ya que era independiente. En una sola semana, y después que las fuerzas salieron para el centro, se permitió visitar, sin el permiso de doña Rosa, dos veces al Presidente, y aun almorzar con él y con la runfla de militares que de continuo llenaban el Palacio. Apenas unos cuantos demócratas furiosos seguían gritando que la revolución era inmortal; y que al día siguiente que fuera derrotado el doctor Cayo en Junín, éste, ú otro caudillo, haría su aparición en otro lugar con fuerzas iguales á las vencidas. De palabra era muy fácil decir esto, y aun ser creído por la gente vulgar; pero no pensaban de la misma manera los círculos pudientes, los hombres que dieron el dinero para la revuelta: para ellos todo había terminado, por lo menos por mucho tiempo. Ejércitos se improvisaban en dos ó tres semanas, y con el cupo y el pillaje se mantenía á miles de soldados; pero armas y municiones sólo podían conseguirse en Chile, en Bolivia ó en Nueva York, á un precio exageradísimo, corriendo infinitos riesgos de perderlas, al tratar de introducirlas. Derrotado el caudillo y perdidos los 1,200 expedicionarios en viaje á Huancavelica, no podía pensarse en una nueva intentona, sino bajo la base de 3,000 rifles; y esto no se compraba con dos ni con tres reales. El ochenta por ciento de los contribuyentes eran civilistas, y según decía el doctor Cayo, nunca había visto gente más cicatera. Todo lo que le habían mandado eran 800 armas, 10,000 tiros y 39,000 soles. A no haberle dejado manos libres á sus tropas para que se rebuscaran como pudieran por el campo, no habría podido subsistir ni una semana. La gente del sur, y los alzados en Piura y Cajamarca, se quejaban de igual escasez; y á juzgar por estas miserias, ya es de suponer cómo faltaría el dinero en la segunda etapa, si en la primera, con todo el entusiasmo del momento y las iras de la ofensa, habían estado tan poco liberales. Es cierto que más de la mitad de esa gente daba su plata por puro patriotismo: los tiempos del guano habían pasado; y ya el país no era la vaca lechera de los antaños tiempos, que centuplicaba con favores y dádivas en efectivo los servicios y los préstamos recibidos; tampoco existía en el Perú la casa de Dreyfus, con su caja abierta para pagar todas las revueltas que Piérola les hiciera á Pardo ó á Prado. La nación estaba en la miseria, las industrias principiaban á renacer, y nadie poseía el menor entusiasmo para gastar lo poco que se tenía, en armar revoluciones, que en llegada la hora del triunfo, sólo proporcionarían á los capitalistas garantías, ya que era imposible vivir con un Presidente que se creía dueño del país y lo gobernaba y lo explotaba como si fuera su fundo. Lo mismo hacían en provincias los prefectos; y en Lima, el Alcalde Municipal, á quien llamaban el yanacón de la chácara presidencial, y cuyo nombre estaba muy bien puesto, pues era el más descarado de todos los favoritos. Algunas semanas después de cumplido el primer aniversario de la muerte de Cegama, Manuelita habíase casado con Pablo Florimbó y Beatriz con don Antonio Leniz. Este último matrimonio, casi lo había hecho doña Rosa, apreciando en todo su valor la viudez moral de la joven, su carencia de afectos, su falta de sentimientos filiales para con su madre y la dolencia cada día más grave del doctor Mompox. Ansiosa de abrirle camino, se decidió á conducirla, y le aconsejó que se uniera al hombre que le daría prestigio social, riqueza, tranquilidad de espíritu y paz con todos los suyos. En medio de su desconsuelo, presa su alma de incurable apatía, con mezclas de fastidio y cierta exteriorización de idiotismo, alegrábase de su anormal estado, al pensar en lo mucho que pudiera sufrir, si, sugestionada por otro hombre, se decidiera á corresponderle. Nuevas luchas, nuevas intranquilidades; la renovación de todo lo pasado con su triste historia de egoísmo materno, de soberbia filial. Y ahora, indudablemente con la oposición de Manuelita, que hubiera sentido humillada la memoria de Pepe, al verle reemplazado por uno nuevo, que sin poseer sus méritos, había alcanzado igual puesto. Con Leniz la cuestión era muy diferente: no se trataba de un reemplazo, de un nuevo afecto: aquello era un convenio razonable, prudente, forzoso. En la necesidad de casarse, desde que su pobreza así lo exigía, debía escoger, para honrar la memoria del capitán, un hombre por el cual no sintiera amor, y del que obtuviera todos los provechos sociales que dan el buen nombre y la fortuna, ya que á falta de verdadera felicidad hay que embriagar el alma con vanidades, con lisonjas, con la satisfacción que producen el respeto, las consideraciones y la envidia de los necios. No fué, pues, Manuelita, opuesta á esta unión; muy al contrario, la patrocinó con afán hasta que se llevó á cabo. La muerte de su hermano habíala despertado á la realidad de la vida, y el amor que le tuvo, la volvía egoísta con la mejor de sus amigas. Pero quien, indudablemente, trabajó más en favor del matrimonio de Beatriz fué doña Rosa que, nacida con cierto espíritu de dominio, gustaba de arreglar las cosas á su modo, y ya que sus hijos se negaban á seguirla por el prosaico sendero de las conveniencias sociales que les señalaba, lo hacía en esta vez, con una protegida. —Hija mía-le dijo.-Es una desgracia casarse muy joven; también lo es hacerlo muy tarde; pero entre una y otra fatalidad, es preferible la última. No te niego que nada es más encantador que envejecer juntos, que apaciguarse á un mismo tiempo y descender al sepulcro con muy pocos años de intervalo; pero á cambio de esta ventura, ya que la felicidad nunca es completa en el matrimonio, encontrarás compensación, si te casas con Leniz, en cosas que sólo aprecia la mujer cuando los años le arrebatan juventud y belleza. Tiene mucho mundo y si sabe engañarte, con eso que ahora llaman sugestión, despertará tu gratitud y te hará feliz. No encontrarás fogosidades, ni arrebatos; tampoco los necesitas, que nunca te dio por las intemperancias. El único escollo en tu matrimonio pudieran ser los celos de él; pero por fortuna estás curada de amor, después del trágico fin de Cegama, á quien bien quisistes; y aunque eres joven, dudo que en tu alma se despierten apasionamientos tardíos é inesperados. Generalmente no se quiere bien dos veces: la verdadera pasión, cuando no encuentra correspondencia, seca para siempre el corazón. El tiempo, ó el ansia de encontrar un consuelo, puede hacernos creer que amamos nuevamente; pero en realidad, en esto no hay sino un entusiasmo más ó menos duradero, ó una alucinación. Acompáñale en su camino, sin ser carga pesada que lo fatigue á la mitad de la marcha; dale tu mano con firmeza y con lealtad, para que ni tú ni él tropiecen con las asperezas de la vida, y para que, rendida la jornada, puedas entregar tu alma á Dios libre de remordimientos y tristezas. Mirando la cuestión bajo otro aspecto, recuerda que tienes seis hermanos, que tú eres la mayor, y que debes cederles el paso que hoy les obstruyes. Juana y María son casi dos señoritas. Ellas quieren también lujo, sociedad, amigas, educación; pero si de preferencia hay que atenderte á ti en todo lo que esto cuesta, les quedará muy poco. Ya has gozado bastante de la vida. Por ser la mayor te bajaron el traje muy temprano; desde entonces, poco ha sido todo lo que ha ganado tu padre para presentarte correctamente, como lo hace, sin un detalle de economía, sin nada que desdiga tu buen nombre, ni te avergüence en el distinguido círculo social en que figuras. Casándote con un hombre rico no te faltará coche, un palco en la ópera, rancho en Chorrillos, en fin, numerosos lugares á donde concurrirán tus hermanas y se abrirán paso en la vida, de la misma manera que tú lo has hecho. En los pueblos como en las familias, siempre hay uno que se sacrifica por la ventura de los demás. Dios mismo nos dio ese ejemplo viniendo al mundo á morir crucificado para la salvación de los hombres. Te ha tocado esa suerte y si eres cristiana debes sacrificarte cumpliendo con lo que se te ha impuesto. Hay algo más: nunca te has llevado bien con tu madre, y te lo digo porque esto no es un secreto para nadie. Conozco que eres una buena muchacha, pero ella no te comprende. No creas que trato de halagarte. Siempre he pensado que Marta hubiera sido más feliz, si á cambio de su exqui-sita sensibilidad, de su riqueza en afectos, hubiera poseído todas tus apatías. Tu padre, que es un hombre muy hábil, ha tomado siempre tu lado, aunque con ello sabía que amargaba la vida de su esposa; y si por desgracia faltara, lo que pudiera suceder dado que no es buena su salud, la escasez de recursos por un lado, y por otro la falta de buen entendimiento entre ustedes dos, sería fatal para toda la familia, especialmente para tus pobres hermanas, la parte débil é inocente de la cuestión, que como siempre sucede es la que paga los platos rotos. Beatriz, por amor á ellas, cásate con Leniz. Algún día te lo agradecerán; pero si así no fuera, tú habrás cumplido con tu deber. Por último, no olvides que Cegama fué tu novio, en lo cual estuviste muy acertada, pues el joven valía. No le traté más que una vez, y quedé muy prendada de sus cualidades. Tampoco olvides que Abel, mi hijo, fué tu pretendiente, aunque no correspondido, en lo cual estuviste muy correcta, porque ya estabas comprometida. Y, por último, que en la vida hay que ser consecuente: no tengas la menor duda, que descenderías mucho del aprecio que se te tiene, si te casaras con una persona que no fuera superior ó igual á los mencionados. En Manuelita, su matrimonio fué el término natural de numerosas circunstancias conspirando á ese fin. Amando y siendo amada; doblemente sola por la muerte de su hermano y la falta que Beatriz le haría cuando estuviera al lado de su esposo; sin recursos para vivir; con dos hermanos menores á quienes deseaba educar; y resuelta á dejar la casita de San Sebastián, aquel nido en que fué tan feliz y en donde á cada paso veía un recuerdo de su hermano, se casó con Florimbó por su propia voluntad, por amor. Pablo, que en los últimos tiempos de la vida de Cegama, habíase comportado algo indiferente con ella por motivo de sus muchas ocupaciones, y por la deferencia que tenía por María Carvo, enmendó el rumbo de su conducta; y en sucesivas ocasiones le dio valiosas pruebas de un afecto verdadero. La circunspección de Manuelita, su valor moral y su dignidad, le decidieron á seguir este nuevo camino; y quién sabe si también los infundados celos con Alfonso. María Carvo puso de su parte todos los medios posibles para que esta unión no se verificara; pero cuando se convenció de que su labor era ineficaz y de que no conseguiría cambiar los propósitos de su amado Pablo, tomó las cosas con calma, cesó de incomodarse, no le trató más de ingrato, y buscó y consiguió la oportunidad de conocer á Manuelita. Y cuando Florimbó esperaba que el despecho la llevara á cometer una acción indigna, quedó encantado y agradecido al saber lo bondadosa que era con su novia, y la manera tan delicada como supo halagarla. Procedió con tanto talento, que Manuelita, y con ella otras personas más, llegaron á poner en duda todo lo que habían oído de su rival y á creer en la sinceridad con que ofrecía su amistad. Su regalo de boda fué uno de los más valiosos. El hecho fué comentado en Lima. Peta contó la noticia, una noche de sobremesa, en casa de su prima Rosa, en medio de una sonrisa general de muy malicioso carácter. "En la vida social, dijo monseñor, todo es cuestión de forma. Sólo á Dios no se engaña. Sea cierto ó no todo lo que se ha dicho de esta señora, su conducta presente revela dos cosas: talento y caridad para con Manuelita. Por muy culpable que sea esa mujer, es una predestinada al Reino de los Cielos. Por de pronto ha salvado su honor." Los dos matrimonios tuvieron lugar, de una manera muy privada, en el Palacio Arzobispal, donde S. I. bendijo ambas uniones. Manuelita derramó copiosas lágrimas al abandonar su hogar, aquel nido de amor y felicidad en que vivió diez años en compañía de su finado hermano. Doña Rosa tuvo una nueva contrariedad en su vida de hogar, por motivo de ciertos amores que existían entre su hija Raquel y el joven Mario Samperio. Peta, como de costumbre, fué la del chisme en esta nueva ocasión. Lo supo todo por una cofrade suya, y no estuvo tranquila hasta que no llegó á casa de su prima, y de una manera muy secreta para no indisponerse con su sobrina, le contó todo lo que le habían referido. En sustancia no había gran cosa, aunque, á decir verdad, el asunto podía ir muy lejos, como que la señorita García Azuaga había fijado sus ojos en el joven Mario, y cada vez se enamoraba más de él. Habíanse conocido en la calle de la Rifa; ella desde el balcón de la casa de su hermana, y él desde la ventana de reja en que vivía. La calle estaba de por medio; pero como el balcón no distaba mucho de la susodicha ventana, con facilidad podían verse. Desde el primer día que los esposos Bengoa ocuparon su casa, notaron con desagrado la vecindad del frente, compuesta, no sólo de Mario y su serrano compañero, sino de ocho ó diez estudiantes más, que llegaban á cualquier hora, especialmente en las de la noche, y debatían con el entusiasmo propio de la juventud sus temas universitarios, las cuestiones políticas de actualidad, y las religiosas, en las que brillaban por sus doctrinas radicales. Es cierto que jamás ninguno de ellos se permitió la menor malacrianza con sus vecinos; poseían buena educación, finas maneras y respeto para con los extraños; sin embargo, molestaba á los desposados, en su luna de miel, la presencia de unos testigos tan maliciosos. En su felicidad hubieran querido estar un poco más solos; no ser observados ni envidiados por esa runfla de jóvenes, casi todos de 22 á 26 años, y con bastante talento para adivinar lo que pasaba en ese nido. Uno de ellos, de lengua bastante larga, había contado á una familia amiga de doña Rosa, con toda la in-tención del estudiante, lo feliz que era Lía en su matrimonio. Esto obligaba á los esposos á tener, generalmente, sus celosías cerradas y las cortinas caídas; lo que también facilitaba el recíproco espionaje, sin temor de ser sorprendidos. Bengoa no encontraba mucha gracia en estos aguaites; pero no pasaba lo mismo con Raquel, que estaba enamorada de Mario, y con Lía, que gustaba de ver lo que hacían los hombres en el seno de la confianza. En esas reuniones, el tribuno era Samperio, á quien sus amigos admiraban y visitaban para oírlo en el desarrollo de sus temas. Estaba en sus 28 años, tenía una cara fiera por la energía de su expresión, el ceño duro de su mirada y su abundante cabellera. Parecía un león, pero un león hermosísimo de grandes, oscuros y rasgados ojos, de una nariz romana perfecta y de una boca grande, pero con un gesto muy lleno de simpatía. Usaba barba á lo Jesús Nazareno; era alto, fornido, casi un atleta; en suma, un personaje interesante. Intelectualmente brillaba por su elocuencia, su talento cultivado y la riqueza de sus imágenes; pero la anormalidad de su alma, su origen y su educación, enfermaron su espíritu, y lo mantenían lleno de profundas tristezas y de amargas decepciones. Había escogido para su lectura á los autores más escépticos, y como resultado de ello vivía en la duda. Su tema favorito era la negación en el terreno moral, y la picota en el material, para destruirlo todo, porque para él todo estaba mal hecho. A pesar de su exagerado radicalismo, en la práctica no era un hombre peligroso, faltándole cualidades para ir más allá de la teoría. Perezoso, indolente, sin fe, sin carácter, incapaz de luchar contra la adversidad, desconfiado hasta con sus mismos amigos, sin más medio de sugestión que su palabra, y sin poder acompasarla con el ejemplo, no pudo hacer nunca el papel de caudillo, no teniendo lo principal para ser un leader: dominio sobre sí mismo y sobre los demás. En su idiosincrasia había mucho de atávico: su padre, un pobre diablo, habíase levantado por su talento; pero divorciado por muchas causas de los hombres de su época, no hizo otra cosa, para vengarse de ellos, que echarles lodo con verdades y con calumnias. Naturalmente, por ese camino la vida le fué difícil; apenas tuvo para comer, y murió en la mayor miseria. Se casó con una mujer distinguida, casi una aristócrata; una loca que se escapó una noche con él, dando un gran escándalo en Lima, y que murió poco tiempo después. La familia rompió con los dos y llevó su crueldad al extremo de renegar del parentesco del hijo, á quien sus primos no trataban de primo, ni sus tíos de sobrino. En esta atmósfera de hambre y de odio creció y se hizo hombre Mario. Apenas tuvo edad para escribir con soltura, ayudó á su padre en la diatriba, en la labor de ensuciar honras por medio de un periodicucho semanal, cuyo nombre, La Letrina, retrataba de cuerpo entero todo el cinismo y el odio del autor de sus días. Ya es de suponer que en él no cabía la alabanza; ¿cómo había de ser así, cuando el solo nombre del periódico manchaba al que aparecía en sus letras de molde? En épocas de revuelta le dio con qué vivir. En esos tiempos, ¿quién no gusta de oír el mal decir de los enemigos? En cambio, durante la paz, era una vergüenza para una familia tener en el hogar tan indecente hoja, la que al fin desapareció con la enfermedad y la muerte de su redactor. Desde muy joven, Mario principió á trabajar para comer, para ayudar al pago de la casa y hacer su carrera de jurisprudencia. Su principal renta consistía en varías clases que daba en colegios particulares, lo que apenas le alcanzaba. Escribía muy á menudo en la prensa artículos literarios de mucho gusto; pero ninguno de los diarios, ni aun El Comercio, que era el mejor parado financieramente, le daba nada. Había buscado de compañero de vivienda á un joven cuzqueño de familia rica, que aspiraba á ser diputado cuando terminara su carrera en leyes; y que pagaba solo la casa (aunque según convenio ese abono correspondía á los dos), á cambio de rozarse con su círculo, de oírlo, de aprenderse sus giros de lenguaje, su declamación y muchas de sus ideas. Raquel se enamoró de ese hombre; veíale tan hermoso á través de las celosías del balcón de su cuñado, se encantaba tanto oyéndole declamar sobre temas que no comprendía, que poco á poco fué interesándose por él, y después le fué imposible resistir la tentación de corresponder á sus miradas, aunque firmemente resuelta á no pasar de allí. Su hermana la protegía sin mucha voluntad, temerosa de que sucediera lo que al fin pasó, y fué que Raquel dejó de tomar la cosa en broma y de puro pasatiempo, para darle toda la seriedad de un amor correspondido, al extremo de recibir cartas de él. El aviso á la madre vino, pues, muy á tiempo. Doña Rosa, con la experiencia tenida con Marta, comprendió todo el peligro de la situación, y lo imprudente que podía ser llevar la cuestión á punta de lanza, como lo hizo la primera vez. Si un Orbea le pareció poco para la señorita Avellaneda, ¡cómo hallaría al hijo del redactor de La Letrina, al vástago de ese bandido que llenó de deshonor el hogar de la familia de su mujer, y de lodo otros muchos más! Y si acaso Mario Samperio hubiera sido juicioso y timorato, habría encontrado menos culpable aquella correspondencia; pero ¿no era el joven tan anormal como el padre y no debía dar más que hacer á la sociedad, estando dotado de más talento y de más radicalismo? Raquel comprendió que había sido objeto de un chisme y que su madre lo sabía todo, al verla caer en cama y abrazarse de ella, con los ojos llenos de lágrimas. Ya doña Rosa no era la mujer de antes: había perdido su energía: Marta y Abel la habían humillado rebelándose contra su autoridad. Desde entonces venía diciendo que la desobediencia de sus hijos acabaría por matarla; y en parte no se había equivocado. Con anterioridad á los tristes sucesos que amargaron su vida, jamás se vio en ella un momento de debilidad, una lágrima en sus ojos; pero desde aquella fecha en que Marta juró sus votos monásticos, habíase vuelto sensible; y es que á pesar de todo seguía amándolos. Sus hijos habían heredado su carácter, su terquedad; ninguno tomó nada de la melcochada voluntad de don Juan de la Cruz; y ella, que bien tarde venía á darse cuenta de esa altivez, pensaba ahora que más conseguiría con sagacidad y persuasión, que con enojos y firmezas. —Algo te aflije, madre mía, —le dijo Raquel, viéndola sumamente acongojada, suspirando, hablando de su muerte, y pidiendo á Dios que perdonara á sus hijos lo mucho que la habían hecho sufrir. —Ya mis ideas se perturban, no tengo voluntad,— le contestó,—me estoy idiotizando, pongo en duda si hice mal en oponerme al noviazgo de Orbea, y si ahora soy una soberbia al no admitir en mi casa á la mujer con quien se ha casado tu hermano. Todo esto me pasa porque he perdido la fe en mis convicciones, cansada como estoy de luchar sola y sin éxito. Juan de la Cruz piensa como yo; mejor dicho, me lleva el amén en todo; pero es incapaz de presta-me el menor apoyo moral ó material. Los amigos y los parientes, más vale no esperar nada de ellos. Los que brillan por su prudencia, llevan su egoísmo al extremo de guardar silencio cuando les hablamos de nuestras aflicciones, comprendiendo todo lo odioso y lo expuesto que es tomar parte en asuntos de familia. Por el contrario, los que han nacido con el prurito de inmiscuirse en todo, y por caridad, según dicen ellos, pretenden hacer nuestro bien y el de nuestros hijos, acaban por convertir el hogar en un infierno. ¡Pobre del que recurre á ellos! Queda aún una persona donde acudir, el confesor; pero ¡qué amarga experiencia tengo yo con el mío! No tienen hijos y esto lo explica todo. Obsesionados por su misión evangélica, creen que la religiosidad es lo único que debe buscarse en el hombre para aceptarle como esposo; y que por muy dudosa que sea su conducta, poco amable su carácter y triste su nacimiento, lo tiene todo si ama y teme á Dios. No se detienen á profundizar si hay verdad ó hipocresía en ese sentimiento. "Es de la causa, es un soldado de Cristo!", es lo único que nos contestan. Es cierto que quien acude al templo, tarde ó temprano, al fin encontrará la salvación de su alma; pero si su arrepentimiento sincero y su perseverancia en el bien ocurren en el momento en que cae en su lecho para recibir la muerte, ¿no es verdad que por toda una vida ha llenado de amargura y de vergüenza su propio hogar y el corazón de su esposa? Por lo regular no son los buenos, sino los malos, los que acuden á la fuente divina de la penitencia; y es en ese grupo donde nuestros confesores quieren encontrar los esposos para nuestras hijas. ¡Cuánto se ha opuesto el padre Arréjola al matrimonio de Lía por las radicales ideas de Bengoa! ¡Qué valiente adefesio hubiera hecho yo, si hubiera seguido sus indicaciones! Lo mismo pasó con Marta, habiendo llegado al extremo de manifestarme que buscara otro confesor, si continuaba oponiéndome al enlace de mi hija con Orbea. ¿No me dijo un día en el confesionario, que me preparara á dar cuenta á Dios de la muerte de ese joven? Todavía le llora, y dice que mientras haya lágrimas en sus ojos le seguirá llorando. No tienen hijos, y por esto, sus corazones ansiosos de anidar afectos humanos acaban por enamorarse con locura de un confesado, de la misma manera que una solterona ama á una gata ó á un loro. Si no fuera tan hábil y no tuviera un fondo de bondad tan perfecto, hace tiempo que le hubiera dejado. Además, necesito un hombre que me sea superior, tal como encuentro al padre Arréjola, que sepa dominarme hasta cierto punto, que me humille en mis soberbias y me lleve al camino de la reflexión y de la justicia. ¡Cuánto no me ha dicho sobre el matrimonio de Abel! "Es Dios quien os castiga", me observó á raíz del suceso; añadiendo después: "Mucho cuidado ahora con Jorge, y sobre todo con Raquel; sí, con ella, porque sigue vuestras ideas de no consultarse con su confesor, en cuestiones de matrimonio. ¡Cuidado con que le toque otro judío como Bengoa!" Doña Rosa se fijó en su hija al pronunciar estas palabras; la vio terriblemente demudada, y comprendiendo que había dado en la parte sensible de la dolencia; y que, á juzgar por esa impresión, existía en ella terreno bien fértil para conducirla al arrepentimiento y á la enmienda de su yerro, aprovechó las circunstancias, y rompió á llorar con tales muestras de dolor y desconsuelo, que Raquel, profundamente conmovida, se arrodilló al lado de su lecho, lloró tanto como ella y le dijo: —Madre mía, comprendo el motivo de tus lágrimas y el por qué de tus sufrimientos. No me digas una palabra más, porque estoy arrepentida. Te he ofendido, lo reconozco. Mi falta es enorme: he fijado mis ojos en un hombre que no puede ser mi esposo. He recibido sus cartas, aunque no las he contestado; pero por esto solo me siento tan indigna de llamarme tu hija, de ser una García Azuaga, que si tu perdón no me llega muy amplio, me moriré de dolor. Doña Rosa, algo más tranquila, le contestó: —Y eso, hija mía, que no conoces la historia de ese joven, ni sabes quién fué su padre. Más valdría que no lo supieras, porque así tendrías menos que avergonzarte cuando te cuenten que desde las columnas de un semanario inmundo, cuya publicación revela el estado degradante en que vivimos, esa gente ha lanzado al rostro de tu familia todos sus defectos, y como si esto no le fuera suficiente, ha inventado las calumnias más infames, las especies más groseras que se pueden arrojar á la cara de un hombre. Y todo eso ha sido hecho por la prensa, en un papel indecente, voceado para la venta en las calles públicas, y sin que hubiera habido manera de arrancarle la lengua á ese miserable, porque todas las leyes, las civiles, las religiosas y las del honor, impedían acercarse á él; y no digo matarlo, pero ni siquiera tocarlo, tal era el grado de miseria moral y material en que vivió. Una bofetada hubiera sido suficiente para arrojarlo en tierra y tal vez privarle de la vida; pero con estos hombres es preferible ser víc-tima y no verdugo. "Ladrón, ignorante, fantoche, servil, traidor, cobarde", son las frases más sencillas del vocabulario que empleó contra tu padre; y junto con él, ¿qué personaje visible pudo escapársele? Leniz, Alzania, Robés, Abadía, el coronel Martínez; hasta el pobre monseñor, á quien siempre trató tan sin piedad, diciéndole que era un sacerdote glotón y lujurioso! Raquel,- le dijo en tono solemne,—si tienes talento y vergüenza, niega, pero con energía, con rabia, cuanto se diga de ti en este asunto. Te has manchado sin saberlo; y necesitas ahora mucha prudencia y una conducta muy sabia para que lo borres todo, de manera tal, que nadie pueda echarte en cara que correspondiste á las miradas de un miembro de esa familia maldita! XXV Viéndose acorralado el doctor Cayo en Pucará, púsose á pensar si más le valía huir á la montaña, por Comas; descender á la costa, por Yauyos; ó presentar combate al coronel García, en Izcuchaca. Había reunido consejo de oficiales y estudiaba en compañía de ellos el plan que debía adoptar para salvar su tropa, cuando fué sorprendido con la llegada del contingente de armas enviado hacía 30 días desde el Cuzco, y que al cruzarse en Pampas con el coronel García, se había salvado de una manera casual, debido á lo obscuro y tempestuoso de la noche. Con este refuerzo, en todo 600 rifles y 20,000 tiros, contramarchó sobre Huancayo, plaza rica en reclutas y provisiones de todo género, y en pocos días reorganizó su ejército y lo puso en 1,500 hombres. En este pie, salió en busca del coronel Pereda, que había divido su fuerza en dos divisiones de 1,500 soldados cada una, que muy paulatinamente avanzaban para no dejarlo escapar á Tarma, y obligarlo por fuerza á presentar combate. El plan del doctor Cayo fué de lo más atrevido, y su ejecución ocasionó disgustos entre los amigos de la causa, y la renuncia de varios jefes, antes de la salida de Huancayo. El choque inevitable tuvo lugar á los dos días de marcha, en Huaripampa, á las orillas del río Mantaro y en las cercanías del puente del mismo nombre. La primera división de los constitucionales rompió el fuego á las cuatro de la tarde, lo que indudablemente fué una imprudencia, estando la noche encima, y pudiendo aguardar la llegada del segundo cuerpo, del que sólo le separaban ocho horas de viaje. Las tropas del gobierno cargaron con valor y entusiasmo, y en una hora pusieron en completa derrota al doctor Cayo, que sacrificó lo mejor de su gente para contener el empuje de los contrarios, á fin de conseguir que su ejército pudiera ejecutar su retirada en orden, por el único punto por donde podía hacerla, que era el puente de Huaripampa. Terminado el movimiento, inutilizó el paso y coronó las lejanas faldas del Mantaro, en su lado opuesto. Hecho esto, resolvió jugar el todo por el todo, y sabiendo que nadie le perseguiría en Junín, por haber cortado todos los puentes, incluso el principal de ellos, que es el de la Oroya, se lanzó sobre Lima. Para asegurar el éxito de su jornada, colocó frente á Huaripampa, á una distancia de dos leguas y á la vista de sus victoriosos enemigos, numerosas tiendas de campaña, alguna tropa desarmada y una banda de guerra, que tocaba diana en las horas reglamentarias. Engañado así el comandante general de las fuerzas constitucionales, vino á darse cuenta de que estaba incomunicado con la capital tres días después del combate, cuando ya el doctor Cayo había llegado á Chicla, y se había apoderado de aquella estación. El Gobierno, que diariamente recibía avisos del movimiento de sus tropas en Junín, y que se pasó cuatro días sin saber nada de ellas, después del último telegrama en el que el coronel Pereda le avisaba que un combate era inevitable, vivía en la mayor angustia; pero su ansiedad fué mayor en la última noche, algunos minutos después de las ocho, cuando el telegrafista de Chicla, después de anunciar que avanzadas enemigas invadían en gran número el pueblo y la estación del ferrocarril, enmudeció del todo. Como es de suponer, vino la incertidumbre y con ella el pánico en Palacio, donde nadie pensó dormir, y mucho menos el Presidente, quien puso sus tropas sobre las armas, y hasta el amanecer se la pasó á caballo visitando cuarteles. El hombre, lo mismo que toda su gente, estaba nervioso y buscaba en su salida á la calle algo que calmara su intranquilidad. "¿Qué habrá pasado?" era la pregunta que á cada momento hacía á sus jefes, sin que ninguno fuera tan pesimista para responderle que el doctor Cayo había derrota-do las fuerzas del coronel Pereda, y libre de enemigos marchaba sobre Lima. Como á todos convenía creer lo menos malo, siquiera para sufrir menos, habíase aceptado la creencia de que el doctor Velutini había asaltado la guarnición en Chicla; lo que también parecía imposible, existiendo allí un batallón de 350 hombres atrincherados y con artillería, que podían haber resistido 48 horas, seguros de recibir refuerzos de la capital. Al día siguiente la ansiedad general llegó á su colmo, cuando se supo que, sucesivamente, hora tras hora, iban enmudeciendo las comunicaciones telegráficas con San Mateo, Matucana, Surco, San Bartolomé y Chosica. Ya no hubo la menor duda por parte del Gobierno de que un ejército bajaba por la línea de Oroya, y estaba arrollando en su paso las pequeñas guarniciones del camino. En efecto, el caudillo de la revolución bajaba con una intrepidez admirable. Tomó Chicla á las ocho de la noche con sólo su cuerpo de ayudantes y 40 hombres de tropa. El ataque fué tan inesperado, para los gendarmes que estaban allí de guarnición, que todos se pusieron en precipitada fuga al ver que se les atacaba por tres puntos diferentes. Cuando llegó el grueso del ejército á las doce de la noche, la plaza estaba tomada, y con ella dos locomotoras, veinte carros, dos coches y numerosas armas y municiones, llegadas de la capital en la tarde de esa fecha. Sabiendo el doctor Cayo lo que vale el tiempo en esos momentos y que sólo su auda-cia podía salvarlo, resolvió no perder un minuto, y al día siguiente, que fué lunes, bajó por tren con toda su tropa hasta Chosica, donde pernoctó, habiendo enviado sus avanzadas á Santa Clara, sitio en que tuvieron lugar los primeros tiroteos con un destacamento de caballería, enviado por el Gobierno para observar el avance de los revolucionarios. El estado de agitación é inquietud era indescriptible en Lima. Para nadie fué un misterio lo que pasaba, ni nada nuevo que la ciudad iba á ser el campo en que debía dirimirse, por medio de un horroroso combate, la suerte de la contienda. Con tal motivo, veíanse las calles llenas de gente, especialmente los mercados y las tiendas de víveres, donde las familias compraban provisiones en cantidad suficiente para un estado de sitio que durara un mes. La policía fué retirada del servicio urbano y acuartelada en las comisarías, abandonándose la población á su propia suerte. La mayor parte de los hombres andaban armados, no habiendo seguridad personal de ninguna clase. Una tienda de chinos en la calle de Maravillas fué robada y sus moradores asesinados. En los callejones de Malambo y de Cocharcas tuvieron lugar numerosos crímenes pasionales; pero ninguno hizo tanta impresión como el presenciado en el mercado de la Concepción, por centenares de personas, que vieron á un hombre darle diez puñaladas á su propia mujer. Después de estos sucesos no quedó una sola puerta de calle abierta. La mayor parte de los soplones estaban asilados en la Intendencia y numerosas personas hostiles al Gobierno se paseaban por las calles, esperando la presencia del caudillo para plegarse á las fuerzas invasoras. Este estado de intranquilidad y desorden era debido al pánico que reinaba en las esferas oficiales. El Presidente era tal vez el más sereno de todos; pero su energía y su valor se estrellaban ante la desmoralización y la cobardía de los hombres que le acompañaban. Como si todo estuviera perdido y no quedara otro recurso que tomar la defensiva, se convino en consejo de oficiales defender la ciudad sin salir de ella. Propuso S. E. tomar el mando de los 4,000 hombres que tenía á sus órdenes y batir al doctor Cayo en las afueras de Lima; pero la mayoría no le quiso oír; y como si el Palacio de Gobierno, y no la capital, fuera lo único que debía defenderse, se acuarteló en él 1,500 soldados de infantería, 300 de caballería, ocho ametralladoras y cuatro cañones. El resto de las tropas fué dividido en tres divisiones: una quedó en la Artillería, otra ocupó los cerros de San Bartolomé y el Agustino, y la tercera los alrededores del "Hospital del 2 de Mayo" y del Cementerio General. La noche se pasó en la mayor intranquilidad. Desde las seis de la tarde, algunas partidas de caballería principiaron la ronda de las calles centrales, en las que se notaba aglomeración de gente y cierto espíritu de insurrección en las masas, que felizmente no fué llevado al terreno de los hechos. Bastaba, pues, la palabra de los oficiales, para que los grupos se disolvieran sin necesidad de acudir á la fuerza. La batalla era esperada para el día siguiente, y nadie quería adelantarla. Lo que más había en el pueblo era curiosidad: casi el sesenta por ciento de esa gente que imprudentemente abandonaba sus hogares, iba á la pesca de noticias; y como era natural, corrían de boca en boca las especies más increíbles. Todo se ponderaba, muy especialmente la actitud del caudillo, á quien, por lo menos, se le daba un ejército de 3,000 hombres, fuera de otras ventajas más, como cierto sistema de torpedos con el cual se volaría Palacio y toda su gente á última hora. A las ocho, un grupo de gente, de aspecto patibularia, con fines siniestros, principió á marcar con el fatídico emblema de una enorme cruz negra nueve casas habitadas por gobiernistas. Entre ellas estaban la del ministro de la guerra, la del intendente, á quien habían jurado colgar de un farol por su complicidad en la muerte de Manongo, y la de don Juan de la Cruz García, el gran amigazo del Presidente. Peta, que no había regresado á su casa desde la mañana, yendo de un lado á otro para saberlo todo, y que tuvo noticia de la señal puesta en casa de sus parientes, corrió á la calle de Belén, donde encontró á su gente algo inquieta, pero sin mayor alarma, como que nadie se había dado cuenta de la amenaza. Todos estaban reunidos en el saloncito de recibo y la noticia cayó como una bomba. Don Juan de la Cruz, que nunca brilló por su valor, fué dominado por tan terrible pánico, que hasta se le quitó el habla. Repuesto de su dolencia, pidió á su hijo Jorge que le acompañara en su escapada por los techos, á otra casa de la vecindad, donde estaba radicada la Legación Inglesa. Peta le observó, que no habiendo ningún peligro en la calle, debía salir por ella, y no como un gato por las azoteas, á riesgo de romperse una pierna ó ser cogido y muerto como un ladrón. Por toda respuesta, el señor García la miró con rabia sin decirle una palabra, como si encontrara estúpida la proposición de su prima política. Su esposa, que aun en sus horas de tribulación conservaba su serenidad, hizo una seña á Peta para que no insistiera, y lo dejó huir á esa hora, y así tan intempestivamente, en la compañía de Jorge y del mayordomo de la casa; pero con el pretexto de que se pusiera un abrigo y de que le entregara las llaves para sacar sus papeles y ponerlos en salvo, lo demoró algo, á fin de dar tiempo á que la beata llegara al asilo elegido y anunciara á la gente de la casa que el senador García se refugiaría en ella, asaltándola por los techos, lo que avisaba para que no le recibieran con un tiro. Terminada esta gestión, doña Rosa ordenó á Jorge y á Raquel que se hospedaran en casa de Bengoa, y que no volvieran hasta que ella fuera á buscarlos. Sus hijos protestaron de esta separación y pidieron por favor á su madre les permitiera acompañarla, y en último caso, morir á su lado. La señora, cuya energía tomaba todo su vuelo en las horas de peligro, les reprendió por su desobediencia y les hizo salir, casi sin más ropa que la que tenían en el cuerpo. Cuando se vió sola dijo á Peta: —Lo que soy yo me quedo y defiendo mi hogar. Ahora mismo, para que no crean que todos hemos corrido, encenderé el gas en los cuartos de ventana que dan á la calle y me instalaré en ellos. Naturalmente, no tengo el propósito de esperar que me echen la puerta abajo para ponerme en salvo, ni tampoco cruzarme de brazos en vista del peligro que nos amenaza; por lo cual, tú, Peta, que tampoco eres mujer de miedos, vete ahora mismo á casa de monseñor Zavaleta, y cuéntale que estoy amenazada de morir achicharrada como si fuera una bruja. De esta manera, cuando se declare la derrota por parte de las fuerzas del Gobierno, podrá prevenir á sus amigos para que se me trate con más humanidad. —Al instante—le contestó su prima.—Sé dónde debo encontrarle y voy sobre seguro. Terminado este encargo, aquí á tu lado me tendrás, y, ó nos salvamos juntas ó morimos de la misma manera. El martes, Lima se despertó á las cinco al estampido de los cañonazos que se disparaban en el cerro del Agustino, y al lejano rumor de un tiroteo no muy intenso. Ya no hubo la menor duda de que el doctor Cayo pretendía forzar el paso y entrar en la ciudad. Esta audacia desmoralizó las fuerzas constitucionales, para quienes se les hacía imposible creer que el doctor Cayo, á sabiendas de que había 4,000 soldados de las tres armas, se atreviese á tanto, si antes no hubiera derrotado en Junín los 3,000 hombres del coronel Pereda. Los campanarios de las iglesias centrales fueron ocupados por 300 celadores, distribuidos en grupos de cincuenta hombres en cada templo. El resto, y algunos gendarmes de á pie, fueron echados á la calle con el estúpido objeto de apresar á los que traficaban por las vías públicas; lo que dio por resultado que varias comisarías quedaran atestadas de personas indefensas y pacíficas, que, por curiosidad ó por quehaceres, habían abandonado sus hogares. Tanto celo hubiera sido mejor empleado en contener los ataques de dos partidas, como de cuarenta jóvenes cada una, en su mayor parte estudiantes de la Universidad, que revólver en mano se lanzaron sobre las torres de San Francisco y San Pedro, empresa en la que fueron auxiliados respectivamente por los profesores del Seminario Conciliar de Santo Toribio, y los padres jesuitas, quienes les abrieron las puertas. Los asaltantes se portaron con tanto valor, y se presentaron tan inesperadamente, que bastó unos cuantos tiros y la muerte de algunos policías para que los demás se rindieran incondicionalmente. Esto tenía lugar, poco más ó menos, á las nueve del día, hora en que el doctor Cayo, con un efectivo de 900 hombres mal armados y peor municionados, en su mayoría gente serrana, harapienta y muerta de hambre, flanqueaba las fuerzas constitucionales que ocupaban el Agustino, y tomaba las inmediaciones del Cementerio. Su éxito se debía á la bravura de sus tropas. Ocupaban los gobiernistas magníficas posiciones en las faldas de los cerros; y en la creencia de que peleaban con la vanguardia de la revolución y que detrás estaba el grueso del ejército, no se atrevían á bajar al llano, y dar una carga á la bayoneta, que hubiera puesto término al combate. Al parecer estaban disciplinados y compactos, pero en realidad, apenas les unía el color del uniforme y la necesidad de pelear juntos para no ser arrollados. En cambio, ¡qué diferencia tan sensible con el espíritu y entusiasmo que reinaba en las filas contrarias, en aquellos rotosos cholos, peleando cada uno por su cuenta, sin esperar la palabra del caudillo para emprender el ataque, ni mirando si la retaguardia estaba cubierta para emprender la fuga! Allí se luchaba por convencimiento, y en los pliegues de su bandera se encerraba el programa de una regeneración por tantos años peleada y nunca conseguida. Para ellos el momento era solemne, como que la situación no admitía término medio. —Triunfa ese hombre y el Perú desaparece, ó conseguimos la victoria; sucederá lo último, y para entonces, nuevamente como otro Lázaro, la nación resucitará de su sepulcro, rompiendo sus ligaduras y echando fuera sus elementos podridos. Así pensaba el doctor Cayo y estas fueron sus últimas palabras en la noche del lunes, la víspera de la batalla, cuando tristemente reclinado sobre una mochila que le sirvió de almohada en sus pocas horas de sueño, enfermo de alma y de cuerpo, sugestionaba á sus jefes y oficiales, y encendía en el alma de cada uno el más grande entusiasmo por la patria; viva fe en la necesidad de morir por ella, para fundar una república libre de tiranos en el interior y de conquistadores en el exterior. Y como poseía todas las cualidades del caudillo, consiguió ponerlos en primera línea entre sus persuadidos, entre sus hombres sin duda y sin temor, tales como los necesitaba para vencer á un ejército que era cinco veces superior al suyo. Si los unos estaban completamente unidos, soñando en la ventura de la patria, y resueltamente decididos á morir ó á triunfar; los otros, casi en su mayoría, sin la menor esperanza en la regeneración del Perú, habían resuelto salvar su vida á toda costa y sólo esperaban el momento oportuno para romper filas y encerrarse en sus hogares, ó huir al extranjero á comerse en silencio los cuatro reales adquiridos por medio de plazas supuestas, ú otros negocios ilícitos. Aquellos que no estaban manchados con el dinero del fisco, y aún podían levantar la frente muy alto, y entre éstos estaba el coronel Martínez, pedían ejemplar castigo, por lo menos la destitución de esos compañeros, y vivían en lucha continua con el Presidente, á quien convenía hacerse de la vista gorda, como que no era la hora de barrer. —Señor: el coronel Tal está robando. —Lo que me extraña es que todos no roben —contestaba S. E.—y el que usted y otros se mantengan honrados y leales, me hace esperar el triunfo de nuestra causa y días de menos vergüenza para nuestra administración. El hombre tenía muchas lágrimas y mucha sangre en su camino; pero dotado de un espíritu superior no se manchó nunca haciendo ruindades ni cometiendo pequeñeces. Por esto, sucesos que á otros le hubieran amargado la existencia como las matanzas de Santa Catalina, no producían en él el menor remordimiento, convencido como estaba que sólo cortando cabezas y destruyendo elementos perniciosos podía regenerar al país. A pesar de haber sido malísimo gobernante, seguía creyéndose caudillo y predestinado para mandar la República. La verdad era que á la sombra de su nombre, muchos de los suyos, tanto los de levita como los de casaca, habían explotado y tiranizado al pueblo, y él sin saberlo pagaba esas ajenas culpas. Estando en esta ignorancia, no comprendía por qué se le odiaba tanto. Las viudas le hubieran cortado á pedacitos creyéndole cómplice en la compra de sus sueldos á vil precio; y sin embargo, no fué él quien obtuvo los provechos de esa judaica y rastrera operación: fueron sus empleados de hacienda los que se mancharon y enriquecieron con el pan y las lágrimas de los pobres y de los huérfanos; pero como era el jefe, sin saberlo, recibía y sufría las maldiciones de que su alma estaba cubierta. El combate en las afueras de la ciudad continuó todo el día con ligeras variantes de éxito por uno y otro bando, y sin que ninguno de los combatientes hiciera gran esfuerzo para quedar con el campo. La victoria no vino á obtenerse, por parte de los invasores, hasta la caída de la tarde, hora en que las tropas del Gobierno que coronaban el cerro del Agustino, descendieron al llano viendo que no se les enviaba ningún refuerzo, y temerosos de no poder resistir el probable ataque nocturno del ejército enemigo. El doctor Cayo les picó la retaguardia y les siguió de cerca hasta la plazuela de Cocharcas, situada en la misma ciudad, donde hizo alto. La noche se pasó en la mayor intranquilidad y en un continuo tiroteo entre las avanzadas de ambos lados. Los primeros albores del miércoles descubrieron la presencia de las fuerzas revolucionarias en una extensa línea de batalla, que principiaba en el convento de San Francisco y terminaba cerca de los parques de la Exposición. Establecieron su centro de operaciones en la plaza de Bolívar; colocaron sus cañones en las torres asaltadas; y como, aunque tenían mucho pueblo no disponían en exceso de armas y de municiones, armaron trincheras con cuanto encontraron á la mano, especialmente con las losas y las piedras del pavimento. Apercibidos los constitucionales de este avance, ocuparon en el acto las iglesias circunvecinas; y, en número de 1,800 hombres, opusieron su paralela línea de combate en todo el jirón de Carabaya. Apenas aclaró el día se rompieron los fuegos. Cerca de 4,000 hombres, casi enfrentados los unos contra los otros, á distancias de 100 y 200 metros, y auxiliados por cañones y ametralladoras, descargaban incesantemente sus armas y se batían sin tregua ni cuartel. Las guarniciones de los campanarios hacían lo mismo con su artillería, y en todas partes la mortandad era horrorosa. De Palacio se contestaba con piezas de á 24 el cañoneo de los templos de San Francisco y San Pedro, y por dos veces los constitucionales consiguieron enmudecer el fuego de las dos improvisadas baterías. Si esto tenía lugar por lo alto, por encima de los techos de un vecindario de cien mil habitantes encerrados en sus hogares y sin medios de huir para ningún lado; por las calles, á la altura de los primeros y segundos pisos, el espectáculo era más sangriento. Se respiraba una atmósfera de humo y de plomo. Miles de balas perdidas rompieron los débiles tabiques de las construcciones de Lima, penetraron en los hogares y dieron muerte á numerosos hombres, mujeres, niños y ancianos en sus propios lechos, en el mismo refugio escogido para librarse de los proyectiles. El ruido era ensordecedor y tan perfectamente uniforme, que sólo se notaba una variante en las descargas de las ametralladoras, ó en los estampidos de los cañonazos. En el espacio de seis horas, que mediaron hasta las doce del día, por cuatro veces, infructuosamente las fuerzas del Gobierno emprendieron el asalto sin conseguir que los invasores se rindieran. El combate siguió flojo y distanciado de posición á posición, hasta las cuatro de la tarde, ho-ra en que mil hombres al mando del coronel Martínez abandonaron Palacio, y tomando la recta de la Unión, entraron por la plazuela de Guadalupe para flanquear las fuerzas del doctor Cayo. La derrota de las 12 del día había impresionado hondamente á las fuerzas acantonadas en la mansión del Ejecutivo. El Presidente no podía explicarse cómo 1,800 hombres de sus mejores tropas eran impotentes para concluir con un ejército, entrado á la capital, según se sabia ya, con menos de mil personas; y aunque era cierto que se le habían unido otras mil en las afueras de la ciudad, gran parte estaba desarmada y sin municiones. Como es de suponer, el hombre estaba de un humor negro, y ansioso de ponerse al frente de sus batallones para terminar la jornada de una vez, audaz propósito al que unánimemente se opuso su consejo de oficiales. El coronel Martínez, que desde el primer día fué de opinión de salir con 2,000 hombres y batir al doctor Cayo en Vitarte, aprovechó la depresión de ánimo que reinaba en el ejército, para criticar la encerrona de Palacio, fundada en la sospecha de que la tropa, al ser sacada á campo raso, se desbandaría sin disparar un tiro. Desprestigiado el ministro de la Guerra con sus derrotas, renunció su cargo; y como por delicadeza, los jefes de cuerpos que lo habían sostenido no podían hacer lo mismo, prestaron su asentimiento al nuevo plan de salir con mil hombres que, auxiliados por fuerzas de Santa Catalina, derrotarían el flanco débil del doctor Cayo. El coronel Martínez atacó con entusiasmo, y durante una hora puso en gran aprieto á las fuerzas del enemigo; pero, desatendido por el Comandante General de Artillería que no le envió un solo soldado, y teniendo la noche encima, abandonó el ataque para emprenderlo al día siguiente, regresando como á las siete de la noche á Palacio, sin que se le hubiera desertado un solo hombre. El ejército, dio, pues, un solemne mentís á la calumnia que se le había levantado; y aunque es cierto que tanto el coronel Martínez como el Presidente tuvieron gran satisfacción al saber que contaban con su lealtad, también se dieron cuenta de que ya era tarde para vencer, después de dos retiradas. La última, la de las siete, fué la que más desmoralizó á los gobiernistas; y probablemente la que dio más ánimo al doctor Cayo, quien, teniendo una noche de por medio, se aviaría de municiones y de nuevas tropas, y volvería á dar la cara al día siguiente, con mayores probabilidades de éxito. A las nueve de la noche, un grupo de vecinos con una enorme bandera blanca y con hachones encendidos sacados de la bomba "Roma", se presentó en Palacio en misión de paz, y pidió al Gobierno, á nombre del doctor Cayo, la celebración de un armisticio por las horas que se necesitaran para recoger de las calles los muertos y los heridos. La proposición no podía ser más desventajosa para los constitucionales, que hasta la mitad del siguiente día, debían presenciar impasibles la reorganización tranquila de las fuerzas de la revolución; y lo que más importaba, el aprovisionamiento de municiones, lo que era imposible prohibir por los medios pacíficos, aunque se pactara algo en contrario. Con todo, el Presidente, sin consultarse con nadie, aceptó lo propuesto, á las pocas palabras que cambió con los delegados. La vuelta del coronel Martínez dejando la batalla indecisa, le tenía profundamente apenado, como también el desagradable chasco sufrido al anochecer, cuando al visitar su guarnición, se le respondió que eran soldados muertos los 400 cuerpos tendidos en fila que tomó por gente dormida. Esto lo emocionó tanto, que se retiró sin dirigir una palabra de aliento á sus tropas, que de pie, mustias y sombrías, le presentaban las armas. Pasó después á las oficinas de los ministerios y quedó horrorizado del número de heridos que se revolcaban por el suelo sin la menor asistencia médica. ¡Qué espectáculo tan horripilante! muebles, papeles, estantes, todo estaba manchado de sangre; siendo lo más sucio el pavimento, lleno de coágulos rojos, de vómitos y pestilentes deyecciones de los heridos. El más inmundo matadero de cerdos estaba mil veces más limpio y con menos mal olor. Algunos habían expirado y sus bocas, desagradablemente contraídas, con la lengua y los dientes visibles, mostraban el dolor y la desesperación que les acompañaron en el postrer instante de su existencia. Los muy levemente heridos habíanse sentado; pero la mayoría se desangraban envueltos en sus capotes grises, tendidos en un piso de madera y sin la menor cu-bierta que mitigara la dureza de esos improvisados lechos. Los gritos y los lamentos subieron de punto cuando los menos graves pudieron levantar la cara y reconocer al jefe, al caudillo por cuya causa morían tan miserablemente. El Presidente les miró con compasión, sin que de su boca saliera una palabra, y no pudiendo soportar ese espectáculo ante el cual se sentía cómplice é impotente, se retiró sin querer ver más heridos. El armisticio se firmó á las diez de la noche, y desde esa hora las compañías de bomberos, las de salvamento, parte de la policía y numerosos voluntarios se prestaron generosamente á levantar heridos y conducirlos al Palacio de la Exposición, donde se improvisó un hospital de sangre, ya que en el "Dos de Mayo" y en "San Bartolomé" era imposible colocar un hombre más. Las carrozas tampoco pudieron dar abasto, y á falta de ellas se emplearon para conducir los muertos al cementerio, las carretas de la baja policía. Alfonso abandonó su hotel á esa hora, y solo, sin la compañía del señor Palomares, que se sintió sin valor para recorrer el campo de batalla, se lanzó á las vías centrales. En primer lugar visitó al Presidente, lo que le costó trabajo, teniendo orden los centinelas de Palacio de no dejar el paso franco á ninguna persona. Le encontró abatido y sin ganas de cambiar una palabra con nadie. Al contestarle el saludo se limitó á darle la mano. Urzúa, en vista del estado de su ánimo, tampoco le dijo nada. El coronel Martínez era el único que le acompañaba. Amigos de levita hacía tres días que no aparecía ninguno por sus puertas; y á esa hora, hasta los mismos jefes de cuerpo le dejaban solo. Moralmente estaba derrotado; aún le quedaban numerosos soldados en Lima y 4,000 hombres en Junín, que habiendo llegado á la Oroya bajarían de un momento á otro. Abundaba en fuerza material, pero le hacía falta lo que al doctor Cayo le sobraba: apoyo en la opinión pública, y por esto, hasta él mismo había perdido la fe en su causa. Alfonso abandonó á S. E. y entró en la extensa zona en que había tenido lugar el combate. A no ser por el astro de la noche, difícil le hubiera sido caminar por las calles, estando los faroles de gas abaliados é inservibles. Una luna en creciente, con toda la mansedumbre de una paz venida de otro mundo, alumbraba escasa y melancólicamente aquellos jirones tétricos, sembrados de cadáveres y llenos todavía de heridos en continuos lamentos, en un llamar estéril á la piedad de sus semejantes. La guerra había endurecido el corazón de la siempre caritativa tres veces coronada ciudad. Más de un moribundo, armado de una piedra cogida del pavimento, y sacando fuerzas de su flaqueza, había golpeado y pedido por piedad á la puerta de un hogar, siquiera un vaso de agua que calmara su sed y que hiciera menos tormentoso su paso á la vida eterna. Y como nadie contestara, allí mismo, envuelto en miserables ropas traídas de la sierra, después de enviar el último adiós á los seres queridos dejados en la triste choza, entregaba su alma mártir por la redención de las libertades de su pueblo. La nueva aurora le hallaría cubierto de tierra en una fosa común, sin un recuerdo, sin una inscripción que perpetuara su sacrificio. Había muerto por su patria; los caudillos del movimiento exigieron su sangre para la regeneración de ella; y él, sin averiguar si había lealtad en ese llamamiento, y si esos hombres que le buscaban mañana mismo no lo harían tan mal como el tirano, había dado lo único que poseía: su vida. Su madre, sus tiernos hijos, su infeliz esposa, se cansarían de aguardar en las altiplanicies andinas, en el apacible pueblo, por donde en mala hora para ellos pasó la ola revolucionaria. Preguntarían con ansiedad una y mil veces y nadie les daría detalles, como que la víctima habia muerto sola, recogida y arrojada en montón y en la obscuridad de la noche al camposanto de aquella ciudad. Estos pensamientos pasaron por la mente de Alfonso, al ver con sus propios ojos las agonías de numerosos heridos, al pie de esos hogares, donde indudablemente se oían los lamentos. Un sujeto de aspecto decente, vestido de paisano, había caído muerto en mitad de la calle; y su perro, en esos momentos más leal y más cristiano que los hombres, era el único que le acompañaba hacía muchas horas, sin cesar de olerlo y de aullar tan lastimosamente, que nada humano hubiera acongojado tanto el corazón. Siéndole imposible llegar hasta el núcleo de las fuerzas revolucionarias, por impedirlo las avanzadas, y temiendo ser tomado por un espía del Gobierno, se fué á la calle de Belén, donde encontró á su tía únicamente acompañada de una criada, pues Peta había salido desde las ocho de la noche, en que cesó por completo el fuego. La señora estaba muy tranquila: tenía noticia de que sus hijos estaban bien, y la seguridad que le había dado monseñor Zavaleta de que su casa sería defendida por las fuerzas de la revolución, en caso de que el pueblo la atacara. Al día siguiente, jueves, Lima tomó un aspecto menos repugnante. Había sido aseada en la noche, y ahora, sin cadáveres ni heridos abandonados, inspiraba menos terror y repugnancia. Sin embargo, aún se veían numerosas humaredas producidas por el achicharramiento de caballos muertos, que en pleno estado de descomposición se quemaban con petróleo. Se encontraban, también, muchos charcos de sangre y gran cantidad de hilos y postes telefónicos en el suelo. Las torres y fachadas de los templos estaban llenas de boquetes hechos con las balas de cañón, y acribilladas por las de rifle y ametralladora. Los mercados y las tiendas de víveres fueron abiertos, y esto fué un alivio para la gente pobre, que se había pasado treinta y seis horas sin comer por no haber hecho acopio de provisiones. El armisticio no solamente sirvió para aliviar la suerte de los heridos y enterrar á los fallecidos, sino también para acercar á los hombres influyentes, y facilitarles el cambio de ideas sobre la manera de poner término á tan salvaje matanza. El venerable magistrado señor Alzania, en compañía de otras distinguidas personas más, consiguió del decano del cuerpo diplomático la reunión de sus colegas, con el fin de nombrar una comisión que mediara entre el Presidente y el doctor Cayo, á fin de arribar á la paz. Nombrados para tal objeto los ministros de la Santa Sede, Inglaterra, Francia y España, se firmó á la una del día, del jueves, por mediación de ellos, un convenio, en virtud del cual los dos ejércitos cesaban en sus hostilidades, debiendo quedarse el doctor Cayo en Lima y las fuerzas constitucionales en Chorrillos. El mando supremo sería entregado por S. E, á una junta de gobierno compuesta de cinco miembros, nombrados por el civilismo y por el partido demócrata, respectivamente, dos cada uno, y el restante por el Presidente. Las tropas que comandaba el coronel Pereda debían quedar en Matucana hasta nueva orden. A las nueve de la noche de ese mismo día, el ex-jefe del Estado, clandestinamente y acompañado de su secretario y de un edecán, abandonó el Palacio de Gobierno y se escondió en la casa de un pariente suyo. —Su último ministro de Guerra, el coronel Martínez, se encargó de entregar el despacho de la administración al personal designado para formar la junta de gobierno, la que fué formada por los civilistas, doctor Robes y general Marisana; los demócratas, monseñor Zavaleta y don José Osuna, y por el gobierno caído, don Juan de la Cruz García, á quien costó no poco trabajo encontrar. Su señora, que sabía para qué lo buscaban y que deseaba con ahínco que no fuera ministro, ocultó hasta lo último el lugar de su residencia; pero hallado al fin en su escondite, fué sacado y conducido á Palacio, donde con gran contento aceptó el puesto que en persona le dio el Presidente. A la una de la madrugada, cuando regresó á su casa después de haber trabajado varias horas con sus colegas para conseguir la estabilidad del país, fué recibido furiosamente por su esposa, quien le echó en cara su imbecilidad en aceptar un puesto que sólo podía proporcionarle disgustos y deslealtades. Don Juan quedó confuso y pesaroso por haber procedido tan ligero y sin contar con la voluntad de su señora. —¿Qué quieres, mujer?—le contestó—me sacaron de la Legación y me llevaron á presencia del Presidente, que me dijo: "amigo García, veo que soy un obstáculo para la tranquilidad del país y por esto renuncio mi puesto. Al retirarme á la vida privada sólo deseo garantías para mis fuerzas; que no las disuelvan; y como usted es la persona en quien tengo más confianza, le pido que me represente en el nuevo gobierno, y que defienda los fueros de esos valientes, á quienes es menester conservar en el ejército". —Ya verás lo que te hacen,—le respondió doña Rosa—y el triste papel que se te espera. Efectivamente, pasada media semana, los batallones constitucionales acuartelados en Chorrillos fueron desarmados y licenciados después de habérseles dado un mes de sueldo, todo lo cual fué contrario al pacto de paz. Y don Juan de la Cruz, el hombre á quien el Presidente le confió su tropa, sea por debilidad ó por ambición, firmó el decreto de licenciamiento, sugestionado por monseñor Zavaleta que lo indujo á la traición, diciéndole que era el momento de evolucionar, entrando en primera línea con los oportunistas del nuevo régimen. Al día siguiente de inaugurado el gobierno provisional, se convocó á elecciones generales en toda la República, incluso Loreto, que había vueltó á jurar la constitución unitaria de 1860. La noticia llegó á Lima en un cablegrama muy lacónico enviado desde Manaos. Alfonso y su compañero recibieron también el mismo aviso, pero con más detalles, en un parte que les hizo el doctor Pazmiño, el cual decía: "Gobierno autonomista se hizo imposible en Iquitos. Delegación suprimida. Constitución del 60 proclamada. Presidente federal y ministros fugaron. Por patriotismo he aceptado puesto Prefecto. Todo tranquilo. Amnistía proclamada para todos, excepto empleados públicos acusados de robo al fisco." Los dos delegados se acordaron de las palabras del doctor Abadía: "Ustedes perderán su dinero, su tiempo y su sangre sin conseguir la autonomía que desean, porque ni tienen razón para pedirla, ni se hallan en condiciones para gobernarse por sí mismos. El Perú es Lima y saliendo de Lima todo es anémico é incompleto." Terminada su misión, desengañados de su error, ansiosos de trabajar y de ayudar á la patria por otros medios menos fantásticos, resolvieron salir inmediatamente para el Amazonas, por la vía de Panamá, Nueva York, Barbados y Pará. XXVI El "Arequipa", de la Compañía Inglesa de Vapores, retiró la amarra que le sujetaba á la boya y, puesto al garete, abandonó el puerto del Callao en la noche siguiente á aquella en que se firmó el convenio de paz. A su bordo iban el ex-Presidente del Perú, el coronel Martínez, el señor Palomares, Alfonso María Urzúa y otros personajes subalternos de la terminada lucha civil. Hicieron su embarque en una lancha de vapor puesta á las órdenes de ellos por la Junta de Gobierno, la que partió del muelle de guerra á las doce de la noche. Allí, en tan silencioso embarcadero y á tan altas horas, casi de una manera misteriosa y en tropel, invadieron la embarcación. El pueblo seguía desenfrenado y había que cuidarse de él: su sed de sangre no se calmaba; quería más víctimas, y como ninguno de sus verdugos fué hallado, era ya fiebre lo que había por encontrar, aunque fuera al más mísero de ellos, para colgarlo de un farol. Una cuerda pendía de la torre de la Catedral; pero por fortuna para la historia patria, S. E. no fué encontrado; no obstante que solo, sin guardias ni cuidantes y únicamente acompañado de su secretario particular, salió del lugar en que se ocultaba y se embarcó sin disfraces ni muestras de cobardía. Su casa particular fué incendiada, lo mismo que la del Intendente; habiéndose librado la del ex-senador García, por la actividad con que procedió monseñor Zavaleta. Alfonso, á pesar de los repetidos avisos de don Juan de la Cruz, de estarse oculto hasta el momento de embarcarse, siguió andando por las calles y se dio tiempo para despedirse de sus tíos, de Peta, de sus primos, de los esposos Florimbó, Bengoa y Leniz, de la familia Zúñiga y de algunas otras amistades. Sus visitas fueron cortas y tristes, estando los ánimos bajo la impresión de horribles combates oídos y sufridos á las puertas de los mismos hogares. Todo interés, todo sentimiento, toda pena estaba amortiguada por esa atmósfera de sangre y de fuego que aún pesaba sobre la ciudad, en cuyas calles habían quedado tendidas dos mil personas entre muertos y heridos. Numerosas familias estaban de luto, y entre ellas las de algunos neutrales, muertos en sus propios hogares. El señor arzobispo, á las seis de la mañana del martes, vio caer herida de muerte á su propia hermana, una anciana de 78 años, la que murió desangrada en sus brazos, por haber sido imposible á esa hora conseguir un médico. Manuelita se emocionó al oír el adiós de su amigo. Veía irse al hombre que más hizo por ella en su desgracia; ó su ángel bueno, al ser que dotado de un alma superior y desprovista de vulgaridades, jamás se dio cuenta de todo el cúmulo de consuelos y tranquilidades que le había proporcionado en sus días de tristeza. Vivía muy reconocida á sus bondades, y en prueba de confianza le entregó á su hermano Lucas. Normalizada su vida, ella que siempre pensó en la educación de sus hermanos, á ruego de Alfonso, le dio uno de ellos para que lo llevara á la montaña, y á su lado se hiciera un hombre de trabajo. No querían los niños, dominados por un atávico orgullo, depender de Pablo en su crianza; por esto convinieron en que uno iría por delante á la labor, y que con los ochenta soles que Urzúa le pagara, se atendiera á la educación del otro, en su estudio de ingeniero. Esta separación afectó vivamente á la familia, que por el momento quedó más reducida. En casa de Beatriz, Alfonso experimentó una emoción muy diversa á la sentida en el nido de Florimbó. Si en éste todo era afecto, sacrificio, sentidas esperanzas en próximos días de consuelo, de contento y de recompensa, en el otro ¡qué frío sentíase en su recinto! Perdido en Beatriz ese adorable encanto que siempre le dio su marcada muestra de fastidio, sonreía y conversaba como antes no lo había hecho; pero sin vida ni arte, que nunca tuvo talento para fingir. En presencia de su amigo, y en el momento en que le dijo que seguía su vida de aventuras y que se ausentaba por un tiempo muy largo, olvidó su convencional modo de ser. Sombras de tristeza reflejáronse en su rostro al recordar las numerosas horas de consuelo pasadas á su lado, sus disertaciones sociales, sus relatos tan llenos de novedad y de interés. Era mucho lo que había aprendido á su lado, y esperaba que el fondo de su amarga y filosófica conformidad le serían útiles á ella, en el curso de su vida. El señor Leniz, al parecer, estaba contento y sa-tisfecho de su suerte. Fino y caballeroso, le abrazó y le colmó de atenciones. ¿Era feliz? ¿sentía todo eso? Ursúa quedó en la duda, y á su juicio, corrientes muy contrarias pasaban por su alma y acabarían por aislarlo y volverlo egoísta, sentimiento que nunca existió en él. En casa de la familia de Zúñiga la entrevista fué conmovedora, no tanto por la ida de Alfonso que sólo era un amigo querido, sino por la partida de Narciso, el mayor de los niños, á quien Ursúa llevaba á lquitos en las mismas condiciones que Lucas Cegama. Iba ganando 80 soles: ya no lavaría botellas en la Cervecería de Backus y Jonhson, y con este dinero se educaría su hermano y su familia sería menos infeliz; pero esa partida para tan lejanas tierras, á un lugar en que una carta para llegar tardaba 45 días, y por un tiempo que no podía ser muy corto, les mantenía á todos sumamente apenados. La de más entereza era doña Ursula, ya que en Florita y en doña Pancracia el suceso las tenía inconsolables. El vapor partió á la una de la madrugada. Hasta esa hora ninguno de los pasajeros quiso entregarse al sueño; casi todos vagaban por la cubierta, buscando los lugares obscuros y retirados de la toldilla. Hacia el lado de babor, cerca de la popa, se veía un grupo de cuatro personas discutiendo con calma y en voz baja. Por la entonación y giros de lenguaje, Alfonso conoció que eran chilenos, seguramente venidos de Valparaíso en viaje á Panamá y Europa. Uno de los camareros le confirmó sus sospechas, y le puso al corriente del alto puesto que en la política y en la finanza de su país ocupaban todos ellos. Este dato picó su curiosidad, y escondido en una de las escotillas, quedó amargamente impresionado al oír el tono de fingida conmiseración y de marcado desprecio con que hablaban de los peruanos. —Este es un país imposible,-dijo uno de ellos,— y yo creo que ya es tiempo de intervenir. No le quitaremos su independencia, pero será indispensable establecer la misma ocupación militar de 1881, hasta la época en que pueda gobernarse por sí mismo. —¡Pobre Perú!—exclamó el otro;—una república tan rica y tan digna de mejor suerte. Fué un error no haberla anexado á nuestro territorio á raíz de la guerra del Pacífico; sin embargo, yendo en este camino, bien pronto será fruto maduro que caerá por su propio peso en nuestras manos. Qué penosa impresión le hicieron estas palabras, y qué bien merecidas las encontró! Cinco años de guerra habían desmembrado, humillado y empobrecido á la patria; y cuando se esperaba que fueran el arrepentimiento, la paz y el trabajo, los frutos de tan dura lección, aún no tenía término la corruptela, la muerte, la ruina y el envilecimiento. "¿Qué atávica ley nos persigue? ¿qué maldición divina nos hace imposible el gobierno propio? ¿Será que no tenemos condiciones de vida nacional? ¿que aquí se han perdido la vergüenza y el patriotismo?" Estas y otras reflexiones vinieron á la mente del joven, teniendo su alma bajo el dominio del despecho y de la rabia. Por eso mismo que aquellos juicios eran ciertos su sufrimiento era mayor. Temeroso de oír algo más desagradable que lo exasperase y le hiciera perder la calma que seguía conservando, dejó la escotilla y subió á cubierta. Allí, sobre un pequeño taburete, acurrucado como si tuviera frío, con la cabeza soportada por sus propias manos, y en actitud de profunda meditación, encontró al ex-Presidente. Urzúa se detuvo á su lado viendo que le miraba como si tuviera algo que pedirle. —He sido victima de la corrupción de mi época— le dijo;—á la sombra de mi nombre se han cometido todo género de horrores; y como yo soy la figura culminante de mis tiempos, mañana cuando se escriba la historia se echará sobre mí la culpa de las desgracias que afligen á la patria; se me señalará como el origen de los retrocesos sufridos por el Perú en los años de mi gobierno. Mi falta estuvo en no haber tenido mano de hierro para castigar y moralizar á todos aquellos que abusaron de mi bondad. "Es necesario darles mamadera, me decían mis altos consejeros. ¿Qué hubiera sido de Pardo, si al día siguiente de haber tomado el mando les hubiera quitado á los suyos las pitanzas de la época?" Les dejé hacer lo que quisieron y aquí estuvo mi desgracia. Estos remordimientos amargarán el resto de mis días y descenderé al sepulcro sin haber hallado consuelo. ¡Oh! cómo se me diera nueva oportunidad de gobernar! ¡Con cuánto placer haría el bien del pueblo á cambio de todo el mal que le he hecho! Pero ya es tarde, ¿quién me creería? ni aun los míos. La obra está consumada y no es el momento de las promesas. Por hoy sólo me queda el destierro, las amarguras del ostracismo, y el quedarme quieto, para que los nuevos hombres que suben no encuentren tropiezos, ni se vean obligados á dar pitanzas y beneficios á los que les acompañan para conservar su lealtad. La mitad de los que se elevan con el doctor Cayo subieron también conmigo. Quiera Dios que estén arrepentidos como yo lo estoy, y que, cambiando radicalmente de rumbo, conduzcan á nuestra amada patria por la senda del progreso que yo no pude abrirle. Alfonso no le contestó. Siguió oyéndole sin que se le ocurriera algo oportuno que consolara su dolor. Cuando se hubo cansado de hablar, se levantó de su asiento y nuevamente, en otro lugar, volvió á acurrucarse con la cara hacia el mar. Urzúa encontró á Narciso y Lucas hacia el lado de popa, juntos, llorosos é inconsolables, mirando sin cesar la luminosa aureola que en el cielo indicaba, allá en el lejano horizonte, la posición de la ciudad amada. Los dos, al ver á su protector, trataron de sonreírse para ocultarle su pena. El tampoco se dio por entendido de ella. No quiso ser testigo de sus debilidades, y mucho menos darles á conocer que estaba al cabo de ellas. Quería acostumbrarlos á sufrir en silencio sus amarguras, para que sacaran de ellas todos los provechos de sus enseñanzas. Quería que la desgracia, lejos de serles un abismo como pasa con los espíritus débiles, les sirviera de escala para subir la cuesta de la vida. Nacidos en la época del derrumbe, llegados á los comienzos de la juventud completamente desheredados, deseaba que se dieran cuenta cabal de su suerte para que no esperaran nada de influencias extrañas, y se hicieran hombres por sí mismos. Sus padres se perdieron por su no interrumpida carrera de prosperidad; por esto bastó un día de adversa fortuna para que el desastre fuera completo. Los que no murieron en los campos de batalla, vagaban sin fe, sin consuelo ni esperanza, y seguían hablando de guano y salitre, como si el Perú, al perder esas malditas riquezas, lo hubiera perdido todo. Educado Urzúa en la escuela del trabajo personal, acostumbrado á arrancar con sus propias manos los frutos de la naturaleza, deseaba para sus protegidos igual suerte. Si sus padres hubieran resucitado, nuevamente habrían muerto de vergüenza al saber que sus hijos habían lavado botellas y torcido cigarros; y como por ley atávica existía en los jóvenes cierto escrúpulo al recordar sus bajos oficios, quería convencerlos de que de nada debían estar tan orgullosos, como de haber principiado codeándose con el pueblo y en los oficios del pueblo. Estaba convencido de que era necesario levantar á sus ojos el prestigio del trabajo, desacreditado en más de tres siglos de inicua esclavitud... Más tarde, Alfonso, sin sueño, y ya sin que nadie le hiciera compañía, siguió paseándose intranquilo por la cubierta del "Arequipa"; y en los momentos en que las luces del puerto se perdían allá en lontananza, por última vez se despidió de Lima, de la metrópoli amada, donde su espíritu seguiría viviendo en todo el tiempo que su ausencia durara. No había un solo afecto en su alma que no tuviera raíces profundas en ese suelo querido, en el que Marta, su amor imposible, seguía siendo la mujer de sus predilecciones. Volvía al trabajo lleno de amargas enseñanzas, tan conocedor de la política y de sus hombres como si hubiera nacido en ella, avergonzado de ser peruano y de tener que dar su nacionalidad en el extranjero; pero resuelto á no renegar de su patria, y decidido á enriquecerse para volver algún día á sacrificarse por ella, á poner incondicionalmente su fortuna y su talento al lado de buena causa. Su alma fuerte y serena, superior al peso de las desgracias nacionales, seguía soñando en próximos días de ventura, en la regeneración de su pueblo. Exaltada su imaginación, débil su materia con tanta emoción sufrida, contempló á la luz interior de su espíritu febril las grandezas materiales de su patria, el colosal tráfico de aquel puerto, sus innumerables buques, el ensordecedor ruido de movimiento ferroviario ya extendido hasta los confines de la República. Y cuando el mismo suave y cadencioso rumor de la mar que favoreció su delirio trájole á la realidad, exclamó con fe: "¡No es un sueño! ¡Algún día mis ojos lo verán!" FIN De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargada de transcripción: Alejandra Rivera Hermoza