ANTENOR J. VÁSCONES ESTUDIOS MORALES DON JAIME EL PRESTAMISTA Ó LOS VAMPIROS DE LA HUMANIDAD LIMA IMPRENTA DEL UNIVERSO, DE CARLOS PRINCE CALLE DE LA VERACRUZ, 71 1886 Esta obra es propiedad del autor y no podrá reimprimirse sin su consentimiento. AL EXCMO SR. GENERAL D. CLEODORO CAMACHO Y A LOS DISTINGUIDOS SRES. DR. D. FEDERICO PANIZO Y DR. D. FELIPE GACELA Y VALLE Lea esta humilde obra el testimonio mas fiel de la consideracion y amistad de Su mas afmo. S. S. Antenor J. Váscones. PRÓLOGO La mision del escritor es árdua y penosa, para aquel que tan solo escribe la verdad, y halagadora por demas, cuando la farza ó la mentira revestida con ciertas apariencias deslumbradoras merece por algunos el favor de ser tomada en consideracion. A la falsa ilustracion, parodiada por los ignorantes á la quimera ideática de los titulados defensores de la verdad y de la justicia, en que se engaña mas de una vez con colores pomposos, á la realidad severa del liberalismo del siglo: no opondremos nosotros, sino la rigurosa lógica de los hechos y la incontrastable revelacion sagrada de la moral, en sus relaciones con los fueros de la humanidad. Al descarnar, por decirlo así, la íntima maldad y ambicion que abrigaba el corazon avaro de un prestamista, que en otros tiempos fue apoyo y cómplice permanente de los mas encarnizados amigos de lo ageno, no hacemos sino prestar concurso al rigor de la justicia para anatematizar el crímen y manifestar el explendor sacrosanto de la moral escarnecida. Sentados principios tales, y contando con el beneplácito de nuestros amables lectores, esperamos con suma confianza que el mejor éxito corone nuestros humildes esfuerzos, para lo cual no hemos omitido sacrificio de ningun género á fin de que los Estudios Morales, sean dignos de la cultura del ilustrado público, á quien anticipadamente, pedimos escusas por las faltas involuntarias, tal vez, que puedan notarse en la presente obrita. El autor. DON JAUME EL PRESTAMISTA. CAPITULO I. Por el año de ….. existía en Lima, un célebre tipo de aquellos, que sin entrar en muchos pormenores, al primer golpe de vista, puede deducirse los puntos de maldad, hipocresía y ruindad que abriga su alma; don Jaime, en efecto, era uno de tales, pues á su refinada malicia engastada en el conocimiento de cuanto crímen podía cometerse en dicha época, unía la de santulón, rastrero y hasta lo del farsante embustero: su estatura no era muy colosal que digamos, pero en cambio lo era de habilidad gatupérica y no soñaba sino con el deseo de aumentar cada dia los ochavos de su bolsa. Los ojos, que dicen, son el espejo del alma, en nuestro prójmo estaban tan apagados, que bien podia decirse que aquella alma se habia evaporado al roce continuo de la criminalidad; sus manos eran en extremos largas, para la prestidigitacion á que servian á cada trance, y pardiez, que no habia tradicion que don Jaime, ni por humorada, hubiese hecho pasar por dichas manos un óbolo que enjugara las lágrimas del desvalido. La única sociabilidad que rodeaba don Jaime, eran los oscuros vericuetos de los predestinados como discípulos de Caco y Baco, y todo lo que puede creerse seria de utilidad positiva, palmaria tangible y metálica para esta fiera disfrazada, que para mayor gloria, tenia su casucha en la calle de la Amargura, que por cierto debia amar tanto su nombre, como que era la verdadera amargura de la humanidad. Permítasenos un paréntesis. Una noche que regresaba don Jaime á eso de las nueve á su aposento, vió asomarse por un balcon vecino, una beldad, que con la claridad de la luna, dejaba ver todas las seductoras formas de una sultana; nunca don Jaime habia sentido en su pecho arder el fuego de la pasión, y bien podemos decir, que aquel momento fue un estallido, una explosion…… Don Jaime alzó la vista con firmeza, y una sardónica carcajada lanzada con estrépito sumo, fue la primera bomba que atravesó el corazon empedernido del monarca usurero. Continuó su camino, y bajo la puerta de la casa, encontró doblado á la ligera un pliego de papel, el que desenvolvió ávido, y cuál seria su asombro, al saber que su presencia era necesaria en ese instante, en la casa del famoso…… Don Jaime se tocó las orejas de galgo é inmediatamente se regresaba por la misma ruta, pero de improviso se detuvo, dijo nones, mejor voy por la via opuesta, y se dirijió por el que hoy se llama Callejon Largo, angosto camino que conduce á la calle de la Salud, que por cierto lo seria para don Jaime; á poco andar se encontró de manos á boca con un mozalvete que apresuradamente traia la misma direccion; sorpresivos se vieron ambos, pero don Jaime, que no las llevaba todas consigo, echó mano á su puñal, que conservaba debajo de la mugrienta añeja capa, que de siglo á siglo llevaba fecha, y casi casi, me lo manda á mejor vida; pero el bribon del imberbe le sacó una suerte entre oscuro y claro, y dió la voz y contraseña, y don Jaime sosegándose, le pasó la mano por el hombro diciéndole: dispensa ñato, que al no conocerte te mato; sin duda traes cosecha ó vienes á recoger fruto; el imberbe balbuceó y dijo: don Jaime, necesito mil reales por un rico denario y un precioso anillo que traigo. - Veamos, dijo, abriendo la boca el prestamista, examinó las prendas, pasóse las manos por la cabeza, y moviéndola, le ofreció cien reales, por toda compra, y te advierto, añadió, que si llega á olerse este negocio, vas á sufrir las consecuencias…… Admito, contestó el proponente, pero á mas de lo ofrecido necesito una escala de cuerdas, de aquellas que pueden llevarse en el bolsillo sin riesgo alguno y sin formar gran volumen. Don Jaime, en el instante concibió la maligna idea de cambiarle las susodichas especies, por otras menos costosas, y ofrecerle tan solo veinte reales, para lo cual con voz de trueno le dijo: Vuelve mañana, chico, á primera hora, y toma por lo pronto diez reales. Tate, exclamó el mozalvete, no para mañana, que para ahora necesito. No hablemos mas, constestó don Jaime. Convengo en el asunto, y espérame con paciencia aqui entre el marco de esta puerta, que vuelvo con el dinero…… y apresuradamente se regresó á su casa, quedando nuestro pilluelo esperando. Pasarian cinco minutos á lo mas, cuando el bulto de la capa volvió á deslizarse por la calle de la Amargura, diciendo para sí el pillastre, este hombre es honrado, y no falta á su palabra, es protector del oficio y no quiere nunca sentar mala fama. Vaya hijo, dijo don Jaime, toma la escala pedida y ochenta reales, pues viendo las especies no merecen mas…. Al fin si me falta ya ocurriré á vos, mi don Jaime, replicó el mancebo, que no os pierdo de vista, pues va la tercera vez que las transacciones surten efecto entre nostros; conque así, buenas noches. Así las tengas, contesró don aime, el que siempre astuto se detuvo pensativo, viendo el camino que tomaba aquel, y sonriendo! Sonriendo con el alma malvada, con la conciencia adormecida y como quien acaba de rasgar el último vestigio de moralidad, como quien ha creido que la humanidad es puro negocio, que no reconoce otro móvil que la materialidad, de la que ha hecho sabia pintura el célebre moralista inglés que dice: “La última desgracia del hombre es, sin duda alguna, la materialidad. - Aquel que sin sentimientos ha renunciado al carácter protervo de la miserabilidad, todo el honor, ha ultrajado á la humanidad entera, y es una estátua de barro, colocada en la puerta de la corriente de un rio, que se va á disolver como el azúcar en un vaso de agua.” Don Jaime se vuelve á su aposento, y van rodeando su cuello todas las lágrimas de las víctimas de su nefanda empresa. Tiene el espíritu cierta fuerza sobre los acontecimientos, que bien puede decirse que su realidad es una teoría que no carece de fundamento. Entiéndase que tratamos de los negros actos de criminalidad absoluta apoyada por los que en conciencia y en ley son los llamados á ser los guardianes de la mas severa é imparcial justicia. Dado el término fatal de la vida y las malas consecuencias que naturalmente se desprenden de la prosecución de las malvadas y perversas acciones, que no dejan sino el remordimiento y la sanción maldiciente como corona puesta en la tumba del que para siempre no verá sino la oscuridad profunda y olvido perpétuo de sus semenjantes. Don Jaime, por esta vez, queda en su lecho, no para dormir el sueño de los justos, sino para revolotear de un lado á otro con la conciencia intranquila, con el corazon oprimido, con el alma sobresaltada y sin poder unir las pestañas durante el silencio de la apacible noche. CAPITULO II. Ahora nuestros lectores van á conocer una buena personalidad; se trata de la harpía vetusta que aparentaba ser antigua amiga, conocedora de la vida del prestamista don Jaime. La tia Catalina era una señora alta, flaca y muy pulida en su expresion, su andar muy ligero y desempeñaba á la perfeccion, por aquella época, la buena profesion de zurcidora de medias, bien que su cara se hallaba zurcida por el tiempo, pero á la verdad que era eximia en esta materia y de casa en casa buscaba colocacion en este oficio. Veamos cual era la intencion que siempre llevaba y cual la causa por la cual el avariento don Jaime le oblaba algunos realejos de vez en cuando, un hombre del jaez del susodicho, bien puede suponerse, no daría nunca un céntimo, sino á impulsos de un gran interes; no se hará esperar la explicacion. Colocada, como vulgarmente se dice, la tia Catalina en una casa, averiguaba, observaba lo mas mínimo, el lugar donde guardaban el dinero, el sitio de las alhajas, donde estaban los documentos y títulos do dominio, etc. etc.; una vez bien convencida de todo esto, cerciorada perfectamente de la mejor manera de dar un golpe, corria á donde don Jaime, y le decía: aunque mi padre confesor me ha prohibido que sea delatora de lo que veo, sin embargo, conozco la buena intención que lo anima, y no dudo de su alto comportamiento, y decidida buena fé, porque U. don Jaime, para mí, es todo abnegacion y desprendimiento, y á mas de mi propina, sostiene la lámpara para nuestra madre y señora de los Desamparados, y así pues, imposible es que yo sea reservada para con U. Con toda esta alocución que claris verbis le soplaba á don Jaime, le ponia en su conocimiento cuanto habia observado, oido y visto, é inmediatamente recibia propina extraordinaria consistente en un realito……… Don Jaime, como un general en jefe, daba inmediatamente sus órdenes d sus subordina-dos, y en menos que canta un gallo, algún robo extruendoso habia de verificarse, y esto muchas veces, á la plena claridad del sol. Que tal, trabajo de gente extraordinaria nacida al efecto para sangrar ó desangrar á la mísera grey humana. En seguida, todo lo sustraído pasaba á manos del referido, y gratificaba conforme á su miserable costumbre. La tia Catalina, que para aparentar mejor, usaba el hábito del Carmelo, se hacia en la misma casa cruces de lo acontecido, é invocaba á todos los santos por hechos tan escandalosos, y había adquirido tal conocimiento del arte de buen vivir, que bien pronto de colocada en una casa las niñas y señoras de la familia, tenían por la vieja extremada predilección, y con tales antecedentes difícil se hacía el poder dar con el clavo. Pero un dia la maldita casualidad hizo que una devoradora fiebre postrase en cama á la vetusta tia Catalina; aquí los aprietos de don Jaime y las maldiciones y calenturas de cabeza, ya pensaba deshacerse de tan pesada carga, bien sea que en todo el tiempo que don Jaime subvencionaba á la tia, no hubiese pasado de la cantidad de veinte reales, sin embargo, para él constituía un gran dinero. Enferma la tia Catalina, no recurrió por cierto á sus realejos, que muy bien guardados los tenía. Acudió á la caridad publica, y sin mas preámbulos amarróse un pañuelo en la cabeza y pres-tóle á don Jaime, por último favor, un grueso palo, y caminito al hospital de mujeres de Santa Ana. Dejémosla medicinando, mientras nuestros lectores nos acompañan al vericueto ó aposento de don Jaime. CAPITULO III La calle que nos conduce de los rieles del Tren inglés á la iglesia de la Recoleta Domínica, lleva el triste nombre de la Amargura, y para don Jaime era de la dulzura, pues el negocio no había ido mal, y por consiguiente la calle lo habia favorecido. Como don Jaime era hombre metódico, apesar de su atrabiliario procedimiento, su casa estaba bien arreglada. La sala, que podemos llamar de oficio ó des-pacho, estaba dispuesta del modo siguiente: una mesa grande antidiluviana con tapete negro que hacía de mostrador, cuatro silletas de cuero, dos arcones, las indispensables alhacenas de esos tiempos, dos grandes baúles de baqueta y una especie de armazón donde colocaba las pren¬das de poco valor, allí pasaba don Jaime la ma¬yor parte del dia, y mas no la habia de pasar sien¬do el laboratorio de cuanto malo y perverso es¬tableció el mismo Lucifer. Un libro tenia, la Biblia, que se la encontró cuando alquiló la casa, y no le pasaban cuenta por prenda tan sagrada. Al rayar la aurora, al dulce trinar dé los pajarillos, ya nuestro hombre estaba en su despa¬cho; era tal vez la mejor oportunidad para los que durante la noche habían alzado con el san¬to y la limosna. Un golpe rudo interrumpió, en esta vez, la madrugada de don Jaime; era un anciano de color cobruno, de ojos terribles y de voz horrenda, que sin muchos cumplimientos puso sobre la mesa del prestamista un gran cofre de alhajas. - Dos palabras, don Jaime, sobre esta fortuna. El usurero se caló antiparras y volvió la vista hácia afuera, como quien observa si otra persona sigue al vendedor; convencido que no, con mano convulsiva tomó el cofre y examinándolo detenidamente dijo en voz alta: - Cuánto? - Tres mil reales!!! - Cáspita! que ni toda mi renta alcanza para compra tan estupenda, y mucho mas, siendo mal venido, lo cual quiere decir, que voy arrastrando la soga al cuello. - ¿Qué dice U. que no entiendo, robado, que está U. loco, un padre de familia conocido! - Conocido y bien conocido, replicó don Jaime, pues no lo compro, y voy inmediatamente á dar parte á la autoridad para que averigüe su procedencia; tan temprano venir con un cofre, ni que hubiese caído del cielo. A estas palabras el del color cobruno perdió todo el valor, y medio balbuceando le contestó: y ¿cuánto me paga U. por mi honra puesta en tela de juicio? - Lo mismo que me pagaria U. por la mia, replicó el avariento, el que se había convencido de que el sujeto pertenecía á la familia de los gandules. - Un momento, exclamó, déjeme U. examinar bien las susodichas prendas, y las fue reconociendo una por una….. y muy molesto dijo: 500 reales. - Pues lo único que se puede estimar aquí, es el poco oro que tienen, las piedras son falsas, y por consiguiente, valor dé tasacion legítima. El anciano aceptó la oferta, y con mano convulsa recibió el dinero, el que le dió don Jaime de mala gana y refunfuñando. Sin mas cumplimientos se retiró al escape y dobló la esquina. Don Jaime quedó medio en duda, y no estuvo muy satisfecho de su compra, la que puso por de pronto en examen prolijo. Tenia á la sazon amistad estrecha con un platero-joyero y cuanto puede darse en esa fecha, y se dirijió donde él para cerciorarse de la verdad. Don Cristobal estaba casualmente confeccionando aretes falsos y otras prendas por el estilo, cuando lo sorprendió la nona sangrienta de don Jaime, el que le puso en conocimiento el motivo de su madrugadora visita. El platero que no podía dejar de conocer á fondo los ardides del prestamista, encontró ocasion oportuna para lograr algunos realejos. Los alacranes parece que se encontraran á menudo y compartieran sus afanes y fatigas. El examen del platero, después de una plática larga, tuvo por conclusion, el que le dejase las prendas para someterlas á mejor reconocimiento; don Jaime cuándo iba á consentir en semejante abuso, y por consiguiente dudó del todo de la honorabilidad de su grande amigo. Volvióse don Jaime muy de mal humor y volvió á colocar las alhajas en sus cajas respectivas. Poco tiempo hacía que el prestamista se hallaba reflexionando sobre lo acontecido, cuando se presentó una dama de mediano copete con un artículo de fantasía, de adorno de gran mérito, y buscaba una cantidad de dinero por réditos, y con pacto de retroventa. Don Jaime, ni por el asomo tenía conciencia para ofrecer alguna cosa digna, sino siempre á la pequeñez y á la ventaja….. y después de examinar la prenda, le dijo en términos resolutivos, yo no doy un céntimo por esta clase de prendas. Si U. gusta, puedo comprarla sin mas devolución, daría en ese caso treinta reales y vamos bien, porque es objeto usado, gastado y viejo, en fin está de mírame y no me toques. ¿Cómo de mírame y no me toques? respondió la dama, cuando no hace un mes que lo he comprado y costó cuarenta pesos; es demasiada tiranía, y UU. los prestamistas abusan y oprimen al pobre que solo por necesidad puede acudir á sus puertas. - Basta señora, replicó don Jaime, yo no hablo para estos negocios, sino una sola vez, no pierdo el tiempo, y si no le agrada, está U. ocupando sitio de mas. Insistió la dama, pues estaba algo apurada por dinero y pudo obtener á mucho ruego cuarenta reales vendiendo la especie, y dados de mal modo. CAPÍTULO IV No cabe duda que las autoridades de aquella época, ó eran mas celosas que las presentes, ó tenían pacto con el diablo, pues adivinaban ciertos tapujos de mala ley, y cuando menos se pensaba, hacían una pesquiza que dejaba boqui- abiertos á todos los habitantes. Lo que respecta al amargo prestamista de la calle de la Amargura, no le iba en zaga, y las autoridades de policía tenían pleno indicio del pájaro de mal agüero que habitaba aquel antro de que nuestros lectores tienen una confusa idea. Apesar de la miseria de don Jaime, tenía por compromiso propio de poner mantel largo el Domingo de Cuasimodo en obsequio al alcalde ó rejidor del barrio, para que se viese que lo poco que usufructuaba, tenía pública salida y no se ocultaba en misteriosa oscuridad. Qué de trampas había tenido que hacer don Jaime para proporcionarse dos galones de vino malo, sacado sin duda del agua echada al barril después de aprovechado el que había sido vino, una gallina andaba buscando de corral en corral que hubiese muerto el dia anterior, á fin de que se la regalasen para remedio, y no anduvo mucho que no la consiguiese. En tanto el pastelero rabiaba contra don Jai-me, porque la cuenta iba extensa y monedas nunca se veían; cuando se presentó por segunda vez el prestamista, le negó rotundamente diciéndole: “plata es lo que plata vale, y á mí nadie me fia.” Bien, dijo el avariento, ahora te voy á pagar la mitad, y la otra lueguito sin falta. Medio bamboleándose el pastelero ó dueño del boliche, donde dicho sea de paso, se elaboraba pan, biscocho, chicharrones, tamales y cuanto en conjunto puede suponerse era necesario para una buena y suculenta cena: le despacho á don Jaime del peor modo posible, y basta, dijo, basta, no está el tiempo para tanta arruga y menos para los que tienen demas con que pagar. Don Jaime se rió á la salida, y esta risa debía traducirse como toda la de los picaros, que cuando se salen con la suya se burlan del prójimo. Con lo dicho, nuestro héroe salió del compromiso del mantel largo, y hablaba por los codos de la inmensidad de sacrificios que le costaba la fiesta; no faltó alguno de los comensales que anticipadamente había apurado algunos copines en la tienda del pastelero, y se había impuesto de lo amiguero que era el viejo presta-mista, con lo cual, sin mas preámbulos, lanzó á manera de brindis, todas las falsedades de su prójimo y concluyó manifestando que cuanto lucia en la mesa era malo y al fiado. Saltó furioso el prestamista, que estaría ebrio mas de la cólera, que de lo referido, y casi le espeta un botellazo, á no ser por la intervención del alcalde que medió, consiguiendo tranquilizar á los contrincantes, entre las risas y pesabromas de los comensales. Ahora, mientras por acá se armaba bolina, conozcamos los frutos de la inmoralidad CAPITULO V El hermano Serafin, era un lego de la órden de predicadores del convento grande del Patriarca Santo Domingo; sacristan antiguo, corría con las menudencias del culto, devoto obligado y hasta eximio de San Dimas. Parece que el santo había escuchado sus plegarias, pues un dia se encontró con el bastante talento, y principió á reflexionar sobre su triste condicion. De la limosna que recojía zuzaba la mitad, y muchos milagros de oro y plata que pasaban por sus manos se volvían humo; pero esto no era suficiente para saciarlas necesidades particulares de nuestro buen hermano, que ya había adquirido ideas levantadas acerca de la titulada felicidad humana, y para mayor desgracia, había oido de boca de uno de sus íntimos amigos la historia completa y relación sucinta de la protección que dispensaba don Jaime d los veteranos del oficio. La noche del Domingo de Cuasimodo, no pudo unir sus pestañas, contemplando tantas riquezas que encerraba la sacristía del convento, sin que diesen su debido fruto: él aparecía como un mentecato acariciándolas y guardándolas continuamente de año en año, sin que las moscas tuviesen que ver con ellas. Desesperado con las ideas malignas que cual ráfaga de fuego habían cruzado por la imaginación de nuestro buen hermano Serafin, resolvió de hecho emprender la cruzada y alzar con lo que pudiera. Las doce del dia tañían las melancólicas fibras de la campana de San Pedro, cuando el lego salía del convento con los bolsillos y las mangas bien repletos do piezas pequeñas de oro y plata, y se dirijía á prisa para la calle de la Amargura. Don Jaime en cuanto vió despuntar un hábito por las puertas de su casa, bah! dijo, esta será limosna para San Martin de Porres. - Perdona, hermano, perdona, se adelantó hácia afuera á decirle al lego….. El lego comprendió sin turbarse la equivocación momentánea, aparente tal vez, del pícaro prestamista, y en voz ahuecada, casi mujeril, le expuso su objeto mostrándole las piezas de valor que traía. - Me gusta, exclamó don Jaime, valiente muchacho de la órden, y dónde conseguiste tantas pequeñeces? - Regalitos, que poco á poco he ido acumulando, y hoy quiero festejar á un compadre mio y me encuentro exhausto. - Bien hermano, te protejeré por lo pronto con veinte reales, y tienes de sobra, no solo para el compadre, sino también para hacer arder á la comadre. - Si me dá U. cincuenta….. acepto, contestó afablemente el lego. - No exijas, cuando no te se proponga, porque llevo máxima en ofrecer una sola vez. - ¿Está U. loco? tanto oro y plata por veinte reales? serán treinta…… por toda conclusion. - Treinta, comprando y sin mas devolucion. El lego que no tenía un pelito de tonto, tomó sus especies y ya se regresaba.... cuando el prestamista, impulsado por la codicia, le dió la voz, diciendo que aceptaba. Arreglaron el asunto y el lego no regresó al convento sino al dia siguiente, que apareció con los humos de una soberana embriaguez. Sería asombroso desde luego en el convento que el lego Serafin principiase á delinquir tan públicamente. El prior le mandó llamar, y le amonestó acerca de sus deberes, que no le permitían ese género de vergonzosa licencia. Esta primera amonestación fastidió al lego, no quedando muy satisfecho de su profesión, y volvióse á su celda proponiéndose acabar con todo aquello de algún valor entregado á su cuidado, y guardó algunos realitos provenientes del anterior hurto. Asi estuvo nuestro lego, por espacio de dos años, siendo parroquiano del prestamista, y no quedó casulla, que no quemase y redujese á plata, y cuanto milagrito caía, hasta que un dia alzó con una parte valiosa de la Cruz-alta, un atril forrado ele plata y los chapines del Niño Dios, que eran de oro; en esta vez, un padre maestro de la misma órden, que iba de la Recoleta á su convento, vio con asombro que Serafin salía de la casa del prestamista, y aunque no logró alcanzarlo, porque se iba veloz, se detuvo reflexionando acerca de lo que podía pasar, pero al fin se hizo el zueco y continuó su marcha. El lego se dirijió á la calle del Chirimoyo, donde vivía el buen amigo, que le enseñó las astucias del prestamista; allí se derritió parte del dinero y hasta el otro dia continuó la fiesta, y se hubiese prolongado aun mas, á no ser por la intervención de los. vecinos que se hallaban bien molestos con los desórdenes de esa tambarria. La falta del lego á su convento hubo de notarse al instante y comentarse de diferentes modos; pero cupo en suerte suya, que el padre maestro aquel no se hubiera dado ni por entendido, pues deseaba hablar á solas con Serafín para informarse mejor de lo que había sobre el particular. Llegó al tercer dia el lego á su convento, y todos sus compañeros lo miraban con asombro; algunos lo preguntaban, por dónde había pasa-do aquellas buenas noches, á 1G cual nuestro sujeto no respondió ni palabra, y se retiró á su celda: tan notable variacion de conducta la manifestaba el ingreso del lego á la familia de los amantes de lo ageno. El padre prior, por esta vez, no amonestó al lego, como la anterior, sino que bien tuvo noticia de su llegada, mandó que dos hermanos lo pusieran en el cepo de ambos pies, y teniendo por alimento pan y agua por espacio de dos dias. Pasó este chubasco; algunos dias después, de resultas de vida tan licenciosa y relajada, nuestro infortunado Serafin concluyó sus últimos dias en la enfermería del convento, habiendo pedido por confesor, al mismo padre que lo vió por la calle de la Amargura, al que reveló secretos importantes que nuestros lectores encontrarán á su debido tiempo. CAPITULO VI La fuerza irresistible de la inmoralidad cuando llega apoderarse del corazón del hombre, difícil es desarraigarla; los pervertidos carecen de toda nocion de deber, de religion, de amor, ó al menos desconocen por completo las mas saludables máximas que forman la normal marcha del bienestar de la sociedad. Quién la fomenta ó pervierte? quién inculca la maldad ó engendra en el ánimo del mas inocente la corrupción? hé allí el punto de investigacion. Así como lo bueno es proveniente de los ejemplos salidos del corazón y basados en la nobleza de sentimientos, ni mas ni menos lo malo, parece esparcirse con mas rapidez y á la inversa de lo que constituye el bien. El contacto de los buenos con los malos, es sin duda alguna la causa fatal de la perdición de millares de seres que infestan y degradan á la humanidad. La noticia de que don Jaime el prestamista era el apoyador y comprador insigne de todo lo mal venido, y que sus clientes aumentaban dia á dia, naturalmente contribuía á que la moral se resintiese, y tomara proporciones el vicio y el crimen. Qué es un prestamista de mala ley? quién es? decidme lectores. Es un tipo sin profesión, sin fé, sin alma, que quiere arrebatar la fortuna lograda á fuerza de sudores; en una palabra, es un vampiro que vive de la sangre y lágrimas de la humanidad. ¿No es verdad que se haría un verdadero beneficio al mundo, con quitar de por medio á esa turba de explotadores y de agiotistas sin conciencia, que no guardan siquiera en lo menor la equidad ni lo mas mínimo de buena fé. No hace mucho tiempo, que un caballero fué á pignorar un anillo de brillantes de gran mérito, y recibió una insignificante suma de dinero sobre él, con cargo de fuertes intereses; pasados tres meses, volvió por su anillo y se lo devolvieron; en otra ocasión, hallándose en igual necesidad, ocurrió de nuevo al prestamista, y cuál sería su sorpresa cuando no quisieron recibirle el anillo, ni por la misma cantidad que la vez primera; qué había pasado? que nuestro prendero había cambiado la piedra preciosa por otra falsa; operación que ejecutó durante el tiempo que había permanecido en su poder. Claro está, que el cambio antedicho era un robo, escamoteo premeditado y verificado contra la ley. Negra sombra proyecta el crimen, y arrastrando la cadena van los que siguen sus huellas; no tendrán la dulce satisfacción de la tranquilidad de su conciencia, y tarde ó temprano pagarán bien caro su delincuencia. No es muy estraño que tratándose de los altos fueros que adornan la vida metódica, so desentiendan, ó al menos hagan poco caso de escudriñar los escondites de los que perturban la marcha regular y tranquila de dicha vida. El exorbitante interés que cobran algunos prestamistas que llevan su osadía hasta el extremo de poner por lema á su negocio “Monte de Piedad"’, y la impiedad que ejercen constantemente, sacrificando á Ja indigencia en sus atribuladas horas de prueba, sería digna de ocupar las celdas del panóptico, para que sirviese de eterno recuerdo á las generaciones del futuro. La ley, ejemplarizadora y severa para con todos ellos, y hacerla cumplir fiel y estrictamente, hé allí algo provechoso para el mejor desenvolvimiento de las buenas acciones. Antes de terminar este breve capítulo, nos toca manifestar que hoy mismo existen prestamistas ambulantes, cuyo negocio de plata al diario, con interés y bajo infinitas garantías, debe llamar nuestra atención. ¿Cómo sera posible dar una cantidad de dinero, para recibirla en poco tiempo con el interés de veinte ó treinta por ciento? Por consiguiente, es una estafa que debe ser correjida, y mucho mas cuando la clase menesterosa es la que siempre sufre las consecuencias. Con esta ilícita, abusiva y caprichosa especulación, ¿cómo no se han de improvisar fortuna á poco correr, y con menos fatiga que en cualesquiera otro jiro? . Pero, tal vez desviamos nuestro objeto, y nuestros lectores nos creerán demasiado exigentes, por lo que ponemos punto final al presente capítulo, para deslizamos en pos de una nueva descripción de nuestros tipos. CAPITULO VII El mozalvete aquel del Callejón Largo, que recordarán nuestros lectores, había ido de progreso en progreso, decimos, en lo referente á su profesión. La escala de cuerdas que recibió de don Jaime^ I le había favorecido, pero en esta vez, los robos que había efectuado, parece no habían llegado directamente á casa de su protector: es que Alberto, que asi le nombraban, estaba coleccionándolos para recibir grueso y parejo» Como el hombre pone y el diablo todo lo descompone, nuestro sujeto no llegó al coronamiento de su obra, pues reyerta habida entre sus compañeros, púsolo en polvorosa por algunos dias, dejando ab-intestato todo el depósito. Don Jaime, desde luego, lo había estrañado y aun preguntaba por él; le respondían que había mudado de residencia, y que tal vez andaría en busca de algo bueno. Un dia, al cabo de algunos meses, se presentó Alberto en casa del usurero, escuálido, flaco, completamente acabado. ¿Qué había acontecido? Que el pobre mozalvete había pasado malos tiempos y arrastrado todo género de miserias, hasta el extremo de hallarse de pastor de chanchos. Don Jaime, que no palpitaba su corazón sino á impulso de la ventaja, utilidad, interés y materialidad mas grande que puede imaginarse, por consiguiente, con la mayor sangre fria, recibió á nuestro héroe, el que bien descontento juró no volver á casa del prestamista. Alberto no era un mozo dotado de malas dotes, conservaba algunos rasgos de nobleza, y cuando había tenido dinero, protegía a úna señora viuda; se dirijió donde ella y fue bien recibido, y le brindó todo género de hospitalidad. Alberto se halló sumamente complacido durante su permanencia en aquella estancia de la buena señora, y cuando se despidió le ofreció retornarle todos sus cariños con un buen regalo. Encontró un antiguo amigo que le abrazó y le ofreció todo género de protección, y le rogó encarecidamente que cambiase de método de vida; le hizo una descripción bellísima de los encantadores resplandores de la tranquilidad de la conciencia y del cumplimiento del deber, en fin, le habló con tanta vehemencia que logró casi convencerlo. Alberto, después de una pausa prolongada y oon la vista baja, contestó: - Sí, mi amigo, me parecen aceptables tus proposiciones, poro déjame buscar un capital para entrar por la senda que me trazas. - Oh! nó, le contestó el amigo, no esperes un minuto, yo te daré lo que necesites, no te expongas un momento mas. Ambos se dirijieron á dar gracias á Dios á la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados. CAPITULO VIII Convaleciente la tia Catalina, volvió á sus labores de zurcidora de medias; la pobre chismosa ya no era la misma que hemos pintado antes de ahora; ha variado sus procedimientos, y aun está resuelta á concluir sus dias entre los claustros benditos de un convento. Al salir una mañana de la plaza del mercado, se encontró con don Jaime, que por esa vez había ido á tomar emoliente, y con agasajo sumo saludó á la tia y le dijo que le dispensara el no haber podido protejerla y servirla como él deseaba por sus ocupaciones tan urgentes. La tia Catalina, que en el fondo del corazón llevaba grabado el mal procedimiento del marrullero viejo de la calle de la Amargura, no le correspondió con mucha fineza á su finjido saludo, y con sequedad le respondió: - Don Jaime, ya hé pensado dedicarme exclusivamente á las prácticas piadosas; durante mi enfermedad hé visto en misteriosas apariciones, patente todo el mal procedimiento mió, sin recompensa alguna, y la boca del infierno abierta se me presentó una noche. Creí, realmente, verlo á U. señor don Jaime….. Créame, créame! - Anda, bobalicona, contestó don Jaime, desde cuándo has perdido el juicio? Vieja embustera, condenada estarás tú y tu quinta descendencia; dá gracias que nos hallamos en público lugar, que si no te diera buenos palos, para que volvieras otra vez al hospital. - Ah! ladronazo, viejo sin fé, que descamisas al prójimo….. en la cárcel te he de ver…. facineroso…. bien pronto las pagarás La gente de mi pais, que no necesita mucho para formar circo, acudía como las moscas al rededor de esa miel sabrosa de dicterios y san-deces, lo cual, visto por el usurero, se escurrió por entre la misma plaza, perdiéndose de vista La tia Catalina quedó en el suelo, víctima de un accidente epiléptico, cuya causa era. sin duda, la cólera ocasionada por el viejo. La muchedumbre burlona, que siempre aumenta las cosas en lugar de disminuirlas, decía á voces: - la policía! la policía! - Un viejo ha muerto á palos á una pobre vieja salida del hospital…..!! La policía indagaba por este maldito hombre, pero difícil de encontrarlo. En tanto la tia hubo de volver en sí, y como no presentaba vestigio alguno de paliza la concurrencia se dispersó saludando á la pobre vieja y no faltó quien le diese limosna, con lo cual se fue algo repuesta de aquel funesto lance. CAPITULO IX DON Jaime, de resultas de aquel susto mayúsculo, fue acometido de un fuerte patatuz de lo lindo….. Médico, curanderas y todo empírico, visitó en esa ocasión la casa del usurero, y tocó en suerte, ir para la confesión, al mismo padre domínico, que absolviera al hermano Serafin; pero don Jaime repudió ese acto, manifestando que no se hallaba en últimas horas… pues qué crée su paternidad, decíale, que no hubiese hecho testamento antes de confesarme, ó me crée tan desnudo…….? - No, hermano, replicó el buen domínico, no esperes la última hora, que nadie está cierto cual será; prepárese con entera contrición, que mañana estaré por acá, y salió. Don Jaime se incorporó y dijo: Mañana estaré bueno y no necesitaré de tus exhortaciones…… qué mamada que yo descubriese mis entierros, para que con mano fresca fuesen y se los llevasen….. mañana…… En lugar de darme alfo el padre domínico, viene á ver si yo le doy. En efecto, al dia siguiente estaba restablecido; como la mala yerba nunca muere, don Jaime está en su despacho como de costumbre, lo cual, visto por el fraile, no insistió, mas bien murmuró entre dientes, como una disimulada excomunión, y dijo para sus adentros: si supieras lo que yo sé de tí, sin necesidad de que te confieses, ya te conducirias de otro modo conmigo, y no anduvieras con malos modos y evasivas; pero llegará el dia en que me pagues tus pillerías y no te valdrá ni la astucia, viejo ladron…… Don Jaime, muy contento con no haber pasado por ese acto de confesión, á la que tenía grande antipatía, aquel dia quiso hacerlo de fiesta, para lo cual cerró la casa de préstamo y se dirijió camino del Callejon Largo, hasta la calle de la Sacristia de San Marcelo, donde la abuela Tomasa preparaba un sancochado famoso, y los vecinos de aquel barrio, siempre alababan ese potaje por todas partes. De los primeros llegó don Jaime esa mañana, y tomó asiento en lugar oculto, casi cerca de la cama de la abuela. Salió pues el usurero muy satisfecho de su almuerzo, y quiso echar una cana al aire, dirijiéndose por la calle de Belaochaga, y entre un sí ó un nó, se resolvió avanzar hasta el puente de piedra, y tomó asiento en uno de sus óvalos; como santo de palo pasó algunos cuartos de hora en aquel sitio, hasta que un poco fastidiado, se dirijió hácia abajo, como quien se dirije al Pedregal. Al llegar á San Lázaro, estaban en la iglesia en una misa de fiesta, que dicho sea de paso, se celebra anualmente en honor de la Santísima Cruz. Don Jaime contrito, entró santiguándose y persignándose compunjido, se arrodilló delante del altar de las ánimas, donde á su costado se hallaba el cepillo de la limosna. Don Jaime abrió ojo grande y se llevó la mano al bolsillo, pero despues se arrepintió y dijo: otro dia, otro dia. Una palmadita en el hombro hizo volver á don Jaime, el cual se encontró con una encantadora chica de quince abriles, que con ademan imperioso exigió del prestamista le permitiese un momento, con el fin de arreglar un asunto, y para lo cual esperaba afuera; don Jaime hizo un movimiento de cabeza afirmativo…… No se hizo esperar mucho….. el usurero, como quien pisa en lana, salió de la iglesia, y cuál sería su sorpresa cuando no encontró á nadie…… refunfuñando dijo: no quiero, no me ha gustado esta burla….. y paso á paso se deslizó por el mismo camino que había traido. No anduvo mucho cuando de nuevo lo llamó la misma jóven de la iglesia, que se hallaba en una ventana de reja en ese tránsito, y tantas fueron las exigencias que hizo á don Jaime, hasta que penetró á la habitacion. Había en ella, á mas de la niña, un anciano, que no era otro que aquel de color cobruno, que recordarán nuestros lectores, el cual se echó al cuello del prestamista y lo introdujo hasta la última habitacion. CAPITULO X Aquella sílfide de la calle de la Amargura, que apareció una noche en su balcon, y que electrizó á don Jaime, no podía ser otra que la que en el templo de San Lázaro lo había importunado. Una graciosa beldad revestida con todas las cualidades respectivas, que, engañadoras en apariencia, son, sin embargo, casusa de la ruina y perdición de los menos incautos. Un corazon frio é insensible como el del viejo usurero, se halló casi trasportado á una región desconocida, y como por encanto podía ser el juguete de un capricho premeditado. No es tan misteriosa la vida; si se le mira bajo un lado esencialmente burlesco, y se adquiere consistencia de este hecho, si se figura hacer castillos en el aire á cada paso, y adquirir fortuna como quien dice haber descubierto la piedra filosofal; es pues, entonces, una profesión especial aquel arte, bastante difícil, de aprender á vivir. Esta jóven de aspecto agradable, de mirada de fuego, de ademan gracioso y de andar lleno de garbo y primor, atraía sin querer, muchas veces la atención á uno de los mas escéptico en materia de amor. Tocar tan íntimamente aquel corazon del usurero, había sido una empresa colosal, se necesitaba ser una especialidad en el género para aprisionar las fibras delicadas de aquel hombre sin sentimientos. Luisa, la bonita y alegre muchacha, había nacido con especial don, para sojuzgar y dominar. En una palabra, había nacido para hacerse amar. Ese dia fatal, que don Jaime tuvo la ocurrencia de hacerlo de fiesta, y que se dirijió por el puente de piedra, escrito estaba en el gran libro del destino, que debió haber sido para él el de una gran expiacion. Al anciano de color cobruno, que diferentes ocasiones había arreglado negocios con el prestamista, no se le borraba de la imaginación lo tirano que era este hombre maldito con los infelices, de quienes no se dolía en sus penas y aflicciones. Urdió la idea maquiavélica de hacerlo pasar un mal rato y de hacerle pesar por todo el resto de sus días el remordimiento de su conciencia. La red había sido bien tendida con anticipacion, y todo se cumplió al pié de la letra. Don Jaime estaba encerrado en un inmundo cuarto de paredes altas, en la casa del anciano cobruno, que aparentaba ser tutor ó guardador de la encantadora Luisa. Quién apercibía los gritos débiles del avariento, confundidos conlos aullidos de un castin atado con una gruesa cadena al pié del mismo calabozo. Mientras tanto, esa noche la casa del prestamista de la calle de la Amargura había sido abierta y registrada por todas partes; los cacos en compañía, y bajo la drección del anciano, habían hecho de las suyas y alzado con cuanto de valor hallaron á la mano. Don Jaime, el otro y la plata la conservaba enterrada en diferentes partes; por consiguiente, en la caja no encontraron sino pequeñas cantidades insignificantes y gran número de recibos y documentos que juzgaron inoportuno el llevarlos. A la vuelta, el color cobruno celebró un gran baile en la casa, é hizo descolgar por una ventana alta, una gran botella del peor licor para don Jaime, el que creyendo que era agua la que le enviaban, apuró á grandes sorbos el contenido; á última hora hizo varios gestos, pero se conformó con saber que era ron con agua. No pasaron largos momentos, sin que la imaginacion del usurero estuviese cargada de visiones y hablando hasta por los codos. Comprendido esto por el anciano caco cobruno, le abrió la puerta, y se lanzó don Jaime al gran baile, donde fue recibido con libaciones constantes á Baco, y se puso de canasta y palito, hasta el extremo de quedarse tendido por un rincon del aposento. En tanto la soirée continuaba con un gran estrépito, y no faltó concurrente que registrase los bolsillos del prestamista y sacase algunos cuantos realejos. Al rayar la aurora, don Jaime se despertó y principió á reconocer el campo donde se hallaba; confuso recuerdo, sin embargo, atormentaba su memoria, pero no faltó quien, tan despierto como él, lo observe y en alta voz le dijiese: don Jaime, tomemos una gran copa, porque daño hace tomar agua despues de mala noche!!! Una maldicion lanzó el prestamista, y automáticamente se lanzó sobre la puerta, la que se abrió al menor esfuerzo. En la calle el prestamista, se estregaba los ojos, y se encontraba tan lejos de su casa, que bien maldecía y con razon; se buscaba en los bolsillos, y no encontraba ni la llave de su habitacion; volver en busca de ella, no era posible; tal vez lo detendrían con mayor fuerza, y por ir por lana saldría trasquilado: lo mejor era continuar el camino. CAPITULO XI La casa de Luisa, aquella del anciano color cobre, continuaba de fiesta. Muchos galantes de mal oficio tenía la muchacha de los vivos colores, de graciosa cabellera y de mirar profundo; uno sobre todo, que realmente deseaba contraer enlace, era el que mayor parte había reunido del robo al usurero: con tantas aleluyas que gastaba la mozuela, le parecía difícil el conseguir la satisfacción de sus deseos. A la verdad, sea dicho, este rapaz del arte de quitar al prójimo hasta la camisa, no había sido en su época, sino un buen muchacho; pero la costumbre de querer aparentar ser rico sin tener y gastar dinero sin medida, lo había conducido hasta el caso que conoce el lector. Enamorado loco de Luisa, no había encontrado mejor ocasion para lucir su generosidad; por de pronto le regaló un par de aretes de brillantes y un relojito de gran valor. Luisa no deseaba aceptar esta oferta de manos de quien menos quería, mucha mas, estando de por medio malos resultados, y quizá marcharía de encuentro hasta su propia dignidad y la de su tutor, etc., etc.; pero haciendo abstracción de tales reflexiones, aceptó el obsequio y salga el sol por Antequera. Al poco tiempo, la suerte impía privó á Luisa de un ojo, quedando por consiguiente desfigurada y casi perdida su hermosura. El amor cultivado en el corazon del enamorado, no se había marchitado; por el contrario, había crecido y echado raicee profundas. Luisa, ya casi abatida, también parece había querido ceder decididamente á las instancias del jóven. Un dia en que el sol del caluroso Estío declinaba blandamente, nuestros enamorados departían amistosamente sobre su futuro estado y quedaron satisfactoriamente arreglados. Las grandes ideas no siempre tienen un resultado feliz; algunas son tan grandes como desgraciadas: pero dudar es cosa de almas pusilánimes; acometer con fé es el deleite de los hombres de genio. Tengamos evidenciado que sin lucha no hay victoria, que cuanto mas grande es un propósito, mayores tienen que ser los obstáculos, en tanto que el vencerlos constituye la mayor gloria. La perseverancia es una virtud; en el trabajo es una fortuna, y en la fortuna constituye un inmenso caudal. No sorprenderemos pues al lector, si liemos de manifestarle que Luisa contrajo matrimonio y partió para Guayaquil, donde gracias á un buen método de vida, logró hacer de su marido un hombre de bien, exhortándolo á las prácticas del bien y de la honradez basada en el trabajo. La maldad no siempre se arraiga en el corazón del hombre, por mas que se opine de diferentes modos; hay pruebas abundantes de que muchos empedernidos criminales se han trasformado en hombres de bien. CAPITULO XII Jaime, con aquella cordura del hombre de experiencia, que prevée lo que pueda suceder, había guardado especial silencio sobre lo sustraído, a pesar de que el terror que se había apoderado de su ánimo, era demasiado intenso. Antipatía profunda había sobrevenido á su espíritu. La calle de la Amargura ya no era de su predilección; los negocios habían paralizado casi del todo; la experiencia le decía en forma de sentencia: tras de cuernos palos Los achaques de su avanzada edad, las dolencias que dia á dia lo atormentaban, el posar de lo acontecido, y todo el séquito de males que imaginarse puede, había caido sobre la humanidad del usurero. Fluctuaba en diversas opiniones acerca del giro que debía adoptar: unas veces pensaba poner papel de traspaso, pero como la ambición es mucha, desistía de este primer propósito; otras deseaba dar mayor ensanche á sus negocios, pero la idea del robo efectuado pocos dias ántes, lo acobardaba: por último, resolvió permanecer en statu quo por algunos meses. Pasa veloz el tiempo, y don Jaime había vuelto á su apogeo; cosecha abundante había caido á la casa, y en esta vez, los objetos de valor eran enterrados por diversas partes del local; el entierro mayor de oro, plata y piedras preciosas, estaba en la plazuela de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, y dos de menor cuantía, el uno en el costado de la muralla que se denominaba de Juan Simon, y el otro en el Callejón Largo, al pié dé la esquina. Un dia á una carreta de yerba, al atravesar la plazuela, se le hundió una rueda de tal modo, que cinco hombres estuvieron trabajando sin poder lograr su objeto en todo un santo dia. Al amanecer el siguiente, salió por fin la maldita rueda al esfuerzo de ocho hombres, dejando un socabon bastante profundo, pero en que la vista del observador no descubriría por de pronto nada. Tan feliz es el avariento, como que no presta servicio alguno á sus semejantes. El tesoro escondido de don Jaime, había estado á riesgo de ser descubierto; pero no era llegada la hora de su descubrimiento. Una maldita negra, cocinera antigua de por los barrios de don Jaime, se le presentó un dia con una docena de cucharas de plata; don Jaime, viendo tan á las claras el robo de la negra, le dijo: vete, negrita, por donde mismo entraste, que hoy no estoy con ganas de aflojar dinero. La cocinera no tenía intención de andar con ese estorbo de cucharas, y díjole á don Jaime lo que Su Merced quiera darme, eso es, lo que agradeceré. Don Jaime, bastante molesto, sacó un peso, y le dió, diciendo: vuelve mañana por otro peso y estamos á mano La negra lo recibió de mal modo, maldiciendo, por decirlo de una vez, entre dientes.... ni adios, le dijo al prestamista. El usurero, complacido con tan buen negocio, se frotó las manos con ademan de triunfo.... diciendo para su capote: al fin voy en progreso Dios vela por sus buenos hijos; y puso una lamparita á San Miguel. CAPITULO XIII En la calle de Belen existía una pequeña tienda de comercio, que era favorecida por gran número de parroquianos; dos amigos resueltos para el trabajo, habían emprendido con cutera buena fé ese pequeño negocio, con el fin de conseguir los medios indispensables para la subsistencia. Clodomiro y Alberto eran ya, se puede decir, dos hermanos que, unidos y enteramente apartados del mundanal bullicio, no amanecían sino para bendecir la alta y magnánima Providencia, acatando sus sabios mandatos con la obediencia y el trabajo. Alberto, que nuestros lectores recordarán, era un infeliz mozo que se había dejado arrastrar por la pendiente del crimen y del vicio; era ya un joven digno, pundonoroso y caritativo: aquel buen amigo de corazón de oro, de alma noble, que lo convirtió y puso en buen camino, era nada menos que su afable compañero de trabajo. Las lágrimas vertidas en homenaje de un triste recuerdo, son nacidas del alma, y bañan dulcemente el corazón, elevando todo nuestro reconocimiento hácia la Providencia divina. Dos jóvenes modelos, admiración de la ciudad entera, que veía en ellos digno ejemplo de imitación. Una tierna y bonita doncella, vecina de la tienda de que hablamos, llegó á contraer matrimonio con Clodomiro, con lo cual puede decirse, que la fortuna llegó á su colmo; las bendiciones del cielo cayeron sobre esta tiendecita privilegiada, y á la vuelta de dos años era un gran almacén, situado en la esquina dé la Merced, y cuyo título era: “La Elegancia Limeña” de Clodomiro X.... y Cia. Una negociación de gran provecho obligó á Clodomiro á salir al extranjero, dejando á cargo del activo y pasivo á su socio Alberto. La marcha comercial del establecimiento fué expléndida durante algunos años, lloviendo buenos reales, y adquiriendo respetable crédito. De regreso Clodomiro, ensanchó sus negocios, teniendo necesidad de ocupar á varios empleados, y llegó á ser, si no la primera casa fuerte comercial, al menos la que gozaba de muy recomendables garantías. CAPITULO XIV Hay ahechos de gran mérito que despiertan la admiracion y entusiasmo, y forman la grandeza y gloria de las generaciones. Una época es siempre remarcable por algún episodio excepcional, y la historia, ese «Cuento de Viejos», como la llama Campoamor, no presentaría páginas bellísimas, si no fuera por la heroicidad, el talento ó la virtud, ó acaso el crimen ó el vicio, elevados d la colosal altura de su esencia. Quien busca el peligro, en él perecerá; así, quien ama la virtud, virtuoso será. La elección que debemos hacer de nuestros amigos en la edad peligrosa de nuestra juventud, es de suma importancia; las ficciones, las pompas vanidosas, las exterioridades frívolas, en una palabra, todas las apariencias son por lo común engañadoras, y conducen inocentemente al precipicio. En nuestro país, generalmente se desea dar rienda suelta á la apariencia; la fantasmagoría volcánica de la imaginación, y el deseo de ponerse al nivel de los mas frívolos encopetados, constituye, por decirlo así, una segunda naturaleza en nuestro modo de ser. Lima es una ciudad encantadora, abriga en su seno millares de extranjeros; sus costumbres no son todas uniformes, pues las hay bastante estravagantes. La educación es al alma, lo que la limpieza al cuerpo, há dicho con sobrado fundamento un sábio de mejores tiempos; en verdad, nos habéis oido relatar algún episodio de la juventud de Esparta, la piedra fundamental de toda felicidad, estriba en formar el corazon de la infancia, en amoldar sus sentimientos á los puros resplandores de la moral. Queréis un porvenir hermoso, enseñad y educad á vuestros hijos, guiad sus pasos por sendero cubierto de buenos principios, y no olvidéis que no crece la planta si le falta el vivificador rocío. Las malas compañías, la condescendencia paternal, ha hecho dar vida á los patíbulos, y cuantos crímenes se han regado con arroyos de lágrimas, cuando pudieron evitarse con la vara del buen juicio y de prudente dirección. No llega tarde quien llega, pero, qué garantía ofrece un hombre entregado á la disipación y á los mas nefandos vicios? Ninguna. No hay una creencia positiva de que algún dia llegue á tornarse en hombre de bien, trabajo, órden y gloria para la sociedad en que vive. En cambio, un ser juicioso, moderado, amante del trabajo, no es difícil suponer que varié y se convierta en lo contrario; dado el caso, la humanidad es siempre la misma, y preñada vá de errores; pero la excepción no constituye la regla. La instrucción forma la buena generación, y los pueblos son tanto mas felices cuantos mas hombres instruidos los forman. Contribuir, por cuantos medios estén á nuestro alcance, al desarrollo y progreso de ella, es sin duda alguna, un deber sacrosanto. Las asociaciones destinadas á propagar la instrucción, son de vital importancia, prestan un contingente valioso, y son honra y prez del país que las fomenta. Nuestros lectores han notado desde luego, una trasformacion súbita: un jóven cuyo corazón guiado de malas inclinaciones, tenía puesto un pié en el abismo, había llegado á la rehabilitación mas completa, mediante la exhortación desinteresada de un amigo modelo y verdadero, que rara vez en nuestros tiempos se encontraría, aun cuando fuera buscado con la linterna tradicional de Diógenes. Ayer un ser envilecido, sin la pureza del sentimiento, sin el fuego santo de la caridad, sin el conocimiento del deber y del honor, en fin, un hombre colocado en la rápida pendiente del vicio y el crimen hoy es el reverso de la medalla. Sus acciones son meritorias, está en el pináculo de la grandeza, el mérito lo há coronado victoriosamente, y la abnegación y el desprendimiento, lo hace sobresalir entre sus conciudadanos como sobresale el lirio entre otras flores: Qué evolución tan prodigiosa!!! El historiador con imparcial severidad, dá su veredicto sobre este hecho digno de grabarse en lámina de oro; el poeta canta esta victoria del bien sobre el mal, y realza la expresión del sentimiento hasta la sublimidad; el dramaturgo la idealiza en las estrechas tablas del proscenio, y graba en la imaginación de los espectadores, la grandeza de la moral y el glorioso triunfo de la idea. Una salva de aplausos ha saludado este último esfuerzo del ingenio. CAPITULO XV Las doce del dia habían sonado de un dia Martes, cuando la celda del padre Prior de Santo Domingo era visitada por el Muy Reverendo Padre Roncal, aquel que el atento lector recordará confesó al lego Serafín antes de dejar este valle de lágrimas. Qué objeto motivaba esta visita? El de poner de manifiesto ciertas revelaciónes extra-confesion, que aquel le hiciera para su descargo, de todas sus debilidades y travesuras. —Mi padre! díjole Roncal al Prior, sabe V. P. que Serafin era un buen muchacho, un lego distinto de los demas. —Cómo así? respondió el Prior. —Serafin ha dejado en mi poder sesenta pesos, para la cera de la bendita Magdalena, y treinta y cinco mas, para misas en sufragio de su alma. —Dónde pudo haber conseguido el sacristan tanto dinero? —V. P. no me pregunte todo lo que se pudiera decir sobre eso; sino que conste el hecho aisladamente. Serafin tomó varias cosas de valor pertenecientes al convento, y las vendió malamente donde el célebre comprador ó usurero de la calle de la Amargura. —Todas esas teníamos, respondió el Prior, pues bueno será hacer indagaciones prolijas acerca de todas esas menudencias. —Como S. P. guste, replicó el P. Roncal. Salieron ambos camino de la calle de la Amargura: durante el trayecto fué ampliando la conversación el Prior, y cerciorándose de la verdad. Las dos de la tarde serían, cuando los dominicos orlaban sus mantos por la acerba ruta do la Amargura. Don Jaime casualmente estaba en la puerta de su despacho, cuando divisó á los RR. Como azogado ó turbado, ó como dicen, que no hay corazon traidor á su dueño, hizo un brusco cambio y se entró hasta la última habitación para no dar frente á los frailes. Pero ellos que con tal objetó se dirijían, tuvieron la fatiga de tocar mas de un cuarto de hora en su' despacho, hasta que apareció el célebre usurero. —Deseamos hablar privadamente con U. á fin de que nadie pueda importunarnos; cerrará U. la puerta, dijo el Prior. Don Jaime automáticamente obedeció, no sin echar antes una mirada despreciativa al padre Roncal, que marcado lo tenía desde la vez que lo había querido hacer confesar, que nuestros leyentes recordarán, que por evitar esa confesión, fué á dar á la casa aquella del anciano cobruno que dirijió el asalto á su casa. El Prior, con énfasis profundo, dijo al usurero: Vaya U. mostrando todas las especies que malamente compró al lego Serafin. Don Jaime, tartamudeando, sin saber como explicarse... le mostraba al Prior los andamies, y se volvía hacia todas partes, manifestando que inocente estaba de haber entrado en negociación alguna con semejante lego. El padre Roncal, con mirada fija, le hizo terrible amenaza, diciendo: yo le hé visto salir de aquí una vez, conservando en mi poder una relación verídica de los objetos sustraídos. —Ah! replicó don Jaime, puede U. registrar mi casa con entera satisfacción, á buen seguro que no encontrará ni pizca de lo que relaciona. El padre Roncal insistió, manifestando que no se deseaba hacerle pasar un gran perjuicio, que en su edad avanzada podía ocasionarle hasta la muerte. El Prior alegó que se harían representaciones á la autoridad para que su intervención hiciese las pesquizas del caso. Temblaba como azogado don Jaime, al ver que el padre Roncal se dirijía precipitadamente á la puerta de la calle, sin duda en busca de lo predicho. El robo aquel de que fué víctima don Jaime, había barrido como con escoba, todas esas piezas menudas del lego Serafin; por consiguiente mal podían encontrarlas donde ya no se hallaban. No había pasado media hora, cuando el prestamista era compelido por un alguacil á comparecer delante de la autoridad: ya no cabía la menor duda que el hecho se hacía de notoria publicidad. Don Jaime había cobrado animosidad, y no se hizo esperar mucho. Las preguntas hechas por la justicia, fueron ámpliamente satisfechas, apesar de las acusaciones verbales que eran sostenidas con energía por los dominicos. La casa del usurero era allanada por los agentes de policía, que practicaron registro prolijo á presencia de los venerables reverendos, no encontrando ni rastro de las especies que se pretendían encontrar. Qué resolución debía tomarse contra lo que no existía ni vestigio de crimen; no existiendo el cuerpo del delito era simplemente una acusación sospechosa. La multitud de curiosos había invadido la puerta y patio de y a casa del prestamista, haciéndose diferentes versiones sobre el suceso: alguien opinaba que el viejo ese, era antiguo compra-robos, y otros lo tenían por beato y hombre de buen vivir; pero sea de ello lo que fuere, la policía no quedó muy complacida, sin embargo que por orden superior había sido retirada de la casa usurera, quedando don Jaime, con aire de triunfo y probada á vuelo de pájaro su inculpabilidad. CAPITULO XVI El anciano cebruno que dirijió la cuadrilla de ladrones á la casa de don Jaime, había seguido impertérrito en sus fechorías de asesinatos y robos. La ciudad era constantemente alarmada con algún crimen inaudito. La casa del Provisor Erazo, quien era de notoria publicidad poseía inmensas riquezas, había sido elegida en esta vez, para perpetrar un robo á mano armada y con ánimo resuelto. Generalmente, para llevar á efecto una de estas empresas, el director cobruno entablaba poco á poco relaciones con los sirvientes, en. fin, con los seres allegados y de mas íntima confianza, con el propósito maligno de informarse de todo lo concerniente á su objeto. - Trabajo y duro hubo de costarle el imponerse de la privada vida del Provisor, merced á la lealtad de su buena servidumbre. No satisfecho con datos, quizá inexactos, que había podido obtener, se hallaba incapaz para proceder al ataque premeditado. Un dia se le ocurrió la idea de visitar á una antigua comadre que vivía en el callejón conocido con el nombre de las Pulgas, y dirijióse á ella sin pérdida de tiempo. Conversación larga entabló con la comadre Eustaquia, negra vieja, esclava liberta, astuta y malévola, que sabía la vida y milagros dé los moradores de los cuatro contornos del barrio. Buenos tragos de ron de quemar apuraron ambos; haciendo cuento é historia, récayó la mayor parte sobre la gran fortuna del Provisor, manifestando la maldita negra, que casualmente como por milagro, el corralito de su miserable cuartucho daba ó colindaba con la huerta de la citada casa. De gran contento púsose el infernal cebruno, brillaron sus ojos cual relámpagos, apuraron nuevos sorbos y sacó de su bolsillo dos reales y medio y se los dió á la negra Eustaquia, des* pidiéndose de ella y prometiéndole volver sin falta alguna, con algunos compañeros al siguiente dia, previniéndole ademas que estuviese bien alerta y no fuera á dormirse, aunque sus medidas todas serían dictadas con mucha precaución. Con todo lo dicho salió apresuradamente del Callejón de las Pulgas. ……………………………………………………………………………………………………………………….. Las dos de la mañana han sonado: la calle de Belen, donde estaba situada la casa del Provisor Erazo, presentaba un aspecto lúgubre, trajico, terrible!!! Cuatro cadáveres se ven al medio de ella: apesar de la gran cantidad de vecinos y de los agentes de la policía, se descubre perfectamente en primera línea, el cuerpo exánime del anciano color de cobre!!! La expiación era terrible: el destino se había cumplido. El empedernido criminal recibió del cielo su castigo!!! ¡Desdichado! CAPITULO XVII La sombra augusta del cumplimiento del deber, que forma la dignidad de todo lo que vida ostenta, bajo la racionalidad humana, no podía disiparse al estallido de pasiones encontradas. No digamos que el velo del misterio ha de cubrir ciertos vulgares hechos. Cuando la sanción penal ha caido como plomo derretido sobre algún miembro de la sociedad, por infeliz que se le suponga, una conmoción directa forma el equilibrio, que general- miente no adquiere solución determinada. La equivocación que precede ó há precedido al juzgamiento de los mas grandes delitos, y la ejecución que muchas veces ha recaído sobre inocentes víctimas, há arrancado despiadadas protestas, para que siempre que se trate de una sentencia terrible, haya ánimos que paralicen su modo do opinar, No hay ángeles sobre la tierra, no queremos suponer que todo criminal sea un sacrificio de expiación, elevado en aras de la moral social; pero si hemos de acatar todo lo que mas se acomoda á la verdad y á la justicia, declararemos, que el puñal del asesino y de los mas grandes criminales, há purgado legalmente tarde ó temprano su condigno castigo. Niño que vais al colegio en busca del pan del alma, que respetáis á vuestros maestros como la luz que os abre caminos de bienestar y de ciencia, no olvidéis la gratitud y el amor que se inculca en vuestros tiernos corazones; alguna vez dejad correr una lágrima tierna por vuestra mejilla, en homenaje á ese digno tributo, recordad que la dulzura de vuestro carácter será un indicio favorable á vuestro porvenir, que la docilidad y obediencia á vuestros superiores es el galardón mas hermoso que podéis conservar del lustre de vuestra niñez. Esas flores de buenos sentimientos, nacidas en vuestra alma, merced al cultivo de vuestros maestros, no deben formar sino el jardin fragante de todas las acciones de vuestra vida. Cuando veáis á un condiscípulo vuestro, decid que es vuestro hermano. El há compartido y saboreado todas las dulzuras y encantos de esa dichosa edad, y si le negáis ese privilegio, haced de cuenta que negáis toda su dignidad. Quien niega á su hermano, negárase mejor á sí mismo; no há comprendido las grandes desventuras á que sujeta está la peregrinación humana. Tengo para mí una gran veneración por todo lo que há sonreído conmigo en la edad dichosa de mi niñez; cuando me acuerdo, quisiera como el Fénix renacer de mis cenizas, y adquirir consistencia al renacimiento intelectual de mi primera edad. Dichosa era, sí! no volverá á aparecer; há dejado el dolor junto á su recuerdo, porque la amargura ha embargado todo mi ser, al considerar que no me será dado el saborearla una vez mas. La ambición no debe ocupar un puesto en vuestro pecho, joven adolescente; como niño, habéis presentado un carácter dócil, afable y sin mezquindad de ningún género; ahora que se abren las puertas de vuestra carrera pública, haced el favor de no discrepar un punto de vuestra norma de conducta; mirad el precipicio en que se han hundido millares de seres que no han tenido el valor suficiente para continuar el florido camino de las sabias máximas inculcadas en sus facultades desde su tierna edad. Arrancáis el velo de lo mas delicado de la vida, os expondréis á mil sinsabores, la jornada os presentará abismos á cada paso, y no habréis logrado el fin que se propusieron vuestros superiores. Queréis dar rienda suelta á vuestras pasiones y dirijiros por el ancho camino de la perdición, no tardará vuestro arrepentimiento; habréis sucumbido como la mariposa al rededor de la llama. El arrepentimiento ha llegado demasiado tarde; se ha perdido todo el colorido hermoso do los mas suaves preceptos, y el dedo de la justicia os señala con inexorable severidad. Lloráis, qué frias son vuestras lágrimas; parecen no ser suficientes para lavar toda la mancha negra que habéis desparramado por el corazón de vuestros semejantes, que bastante deshonrados quedan con vuestros inicuos procederes. Hemos llegado á la edad provecta. ¿Qué traemos ó presentamos, como muestra ó ejemplo de nuestras acciones, para que como en un espejo se miren los que nos suceden? Nuestra foja de servicios para la humanidad está demasiado limpia, escasa de méritos; todo lo hemos destruido y nada se ha podido con entera voluntad edificar. Lector benévolo, os fatigamos demasiado; nuestra pluma se ha deslizado con inusitada largueza: os confesamos ingénuamente, nuestro deber no esta satisfactoriamente cumplido; quisiéramos contar con vuestro beneplácito para poneros de manifiesto algunos rasgos mas de comportamiento digno, y de honrosa conducta, para realzar el bien, idealizándolo hasta la altura de su gloria, á fin de conseguir nuestro saludable objeto. Por último, no se nos acuse de demasiado rigoristas; estamos en el pleno conocimiento de todo lo que nos atañe, y profesamos las ideas mas ajustadas á la sana razon y al progreso actual del siglo. Si contra nuestra voluntad hemos delinquido en el bosquejo de los cuadros que desapasionadamente trazamos, discúlpese en gracia de que no nos han guiado móviles indignos, pues que la pintura presentada, nos parece será mejorada por la inventiva de los que, con mayor título, son dignos ingenios. CAPITULO XVIII Han volteado los tiempos, las circunstancias se presentan excepcioncales. La casa usurera de la calle de la Amargura se ha convertido en gran palacio, ha sido rematada en subasta pública, la ha obtenido un opulento comerciante. Las tela-arañas han sido reemplazadas por riquísimas cortinas, el patio está trasformado en un jardín ameno y delicioso; dos imponentes estátuas de mármol forman guardia permanente y muda en aquel fragancioso sitio. Aquella morada, que en otro tiempo había sido lúgubre, tétrica y horripilante, donde apenas se divisaba sumerjida al fondo, la pesada faz del prestamista, es hoy centro de claridad y belleza, de buen gusto y arte enlazados con soberano primor. Las ruinas han desaparecido; solo quedan re- cuerdos mas ó menos amargos que forman la tradición, que siempre es digna de veneración y respeto. Que la duración de un suplicio, impuesta á los mortales, no sea sino transitoria, es una teoría que no admite la menor duda; pero que el bien reviste una aureola de inmortalidad, es un hecho perfectamente comprobado por el testimonio de todas las generaciones. Qué há quedado de don Jaime? Dónde esta el fruto de su ancioso y decantado trabajo? Qué lágrimas ha enjugado y qué aflicciones ha consolado y redimido? Dónde están los edificios levantados al bien de sus semejantes? Qué labios lo recuerdan, lo bendicen ó lo enaltecen con ternura y con amor? Nada ha dejado tras sí, una sombra fatídica parece siquiera, al solo recuerdo de su nombre; cuán triste es concluir la misión mundanal, sin llevar el dulce consuelo de la satisfacción del alma; siempre queda algo por hacer, ha esclamado con sobrada justicia un sabio; pero el que nada ha hecho, nada ha sido. El que no sabiendo aprovechar el dinero, lo ha despilfarrado en orgias y bacanales, ha contribuido con sus despiltarros al engrandecimiento de algunos; él no se ha servido, pero ha deseado servir á los demas. Bien: don Jaime, el acaudalado usurero, no se le ha visto nunca en disipaciones; su amor al dinero ha sido tal, que muchos ayunos se han sucedido, con motivo de su infructuoso deseo; jamas oblación alguna salió de su bolsillo. Qué motivo le obligaba á enterrar todas sus riquezas? Hay manías terribles, perjudiciales, que no sirven mas que para formar mas tarde la ruina y perdición de muchos; quien de la noche á la mañana se encuentra poseedor de una inmensa fortuna, sin haberle costado el mas in- significante sudor, de seguro fomenta los mas negros y nefandos vicios, cadena que se alarga indefinidamente hasta la última expiación del crimen. Ved, pues, al célebre prestamista de la calle de la Amargura, implorando la caridad pública. Está poseido de enagenación mental. Sus cuantiosos bienes han pasado á manos de un tercero, que los administra á su liberal antojo; en medio de su constante delirio, ha revelado los lugares donde escondió su dinero, manifestando que no los descubran. Es natural suponer que toda su riqueza esté bien explotada ya, se le hace concebir que carece hasta de un céntimo, y que la caridad le sostiene misericordiosamente, hasta que por último, es recojido por la policía y conducido al Hospital de Insanos. ¡Qué espectáculo! Qué cuadro aterrador se presenta á nuestros ojos! La realidad ha coronado nuestros presagios, no divagábamos al suponerlo; queríamos que la historia fuese rayo que calcinara todas nuestras aventuradas reflexiones; pero la pintura dolorosa se ha presentado y anonada nuestro espíritu, sintiéndonos miserables é infelices ante la fuerza superior del destino. ¡Irritada la Justicia Divina, había descargado su potente brazo sobre el prestamista! ………………………………………………………………………………………………………………………… Las cuatro de la mañana han dudo, el lúgubre aullido de los perros y el grito de los serenos turba la modestia y tranquilidad del silencio…… Dos hombres sirvientes del hospital de San Andres, sacan un cadáver, el que colocan en la humilde y común carroza destinada para el servicio de esas horas, que se halla estacionada á la puerta de dicho lugar….. En el Cementerio es confundido con ocho cadáveres mas. Los sepultureros, sin respeto, sin consideración alguna á los despojos del que fué, á todos arrojan á una inmensa fosa, donde descansarán hasta el último dia….. ¡Triste y dolorosa es en verdad, la humilde condición del ser humano……..! Ayer, lleno de riquezas, ambicioso; hoy, sin distinción de clase ni persona ante la muerte, polvo y nada…….! ¡Paz en la tumba de don Jaime! Todo ha concluido…..!!! CAPITULO XIX Hay una multitud de gente agrupada hácia una vieja ventana de una calle, cuyo nombre no pasamos sin nombrar; es la calle de los Aflijidos: al rememorar ciertas escenas pavorosas que llenan el | ánimo de aflicción y de dolor, no es posible tampoco describirlas con toda la graciosa pintura de los que no han experimentado amarguras. Aquel que sufre con resignación y paciencia y que ha delegado todos los hechos de su vida á una fé sin límites, á una esperanza con amor y creencia, tiene tarde ó temprano que resarcir todos sus perjuicios y que enarbolar el dulce pendón de la felicidad. Aquella misteriosa luz que parece guiar al corazon del que peregrina por la senda de la desgracia, es indudable anima el pecho desventurado del infeliz, y le da fuerzas para sobrellevar con entera resignación todas las penurias y sinsabores de la vida. Qué objeto atrae á la multitud hacia ese pobre recinto? Es que una señora llena de mérito, que ha desplegado un celo verdaderamente grande por la caridad, ha sucumbido, dejando, como puede deducirse, una inmensidad de seres á quienes protegía de una manera amorosa, sumidos en la desolación y en la horfandad. Ehsta señora que ha dedicado todo el resto de sus dias al alivio de la miseria y al servicio de los enfermos, no puede pasar desapercibida en la hora de la muerte; es necesario que se agrupen en torno de su lecho de dolor, todos los que aman y respetan aquellas virtudes. Negar hechos trascendentales, que por sí solos se levantan y enaltecen, es cerrar los ojos á la luz de la victoria, de la verdad y de la justicia. Cuando trazamos con imparcialidad y entereza todo lo que concierne á los fueros de la moral, sentimos gratísimo placer, no solo de relatar esas emociones nacidas del bien, sino también de inculcar en las tiernas inteligencias todo el amor á la verdad y á las prácticas de la virtud. La tia Catalina, aquella mujer arrepentida que después de haber recorrido toda la senda peligrosa del desorden, ha cambiado por completo su conducta y entregádose del todo á la práctica de la caridad, ha formado para nosotros un tipo especial, digno de describirse con todas las galas que debe siempre revestir la abnegación y el mérito. Ha dejado algo de enseñanza, de provecho y de utilidad práctica que debe imitarse, sin que venga á opacar el brillo de esta estrella, ninguna sombro odiosa, ni el mas remoto recuerdo de lo pasado. Todavía quedan seres agradecidos, labios que bendicen y ensalzan las cualidades y virtudes de la que, en vida, ha sido el apoyo y consuelo, la fé y la dulzura de sus calamidades y dolencias. Qué grandeza! vivir eternamente grabada en la memoria de seres reconocidos, haber contribuido al bienestar de sus semejantes, y ser bendecida con veneración y respeto hasta por los tiernos pequeñuelos, que oyen y aprenden el credo, de la esperanza y de la grandeza de practicar el bien. Cuando decíamos que eran emociones inesplicables las que brotan de las buenas acciones que dejan tras sí, luminosa huella, no habíamos sentado una premisa desconcertada; escribíamos con certeza, y teníamos la firme convicción de salir airosos en sostener proposiciones de tan buen género, no nos arredraba el temor de ser maldecidos, cumplíamos austeramente nuestro sacrosanto deber, arrojando á un lado toda la malevolencia gratuita de que podíamos ser víctimas, dado el caso de haber tocado á la ligera la dignidad mal comprendida, de aquel que proceda sin temor á la justicia y sin afecto á su bienestar y á su conciencia. No nos creamos tampoco infalibles en nuestra consigna, comprendemos cuan grandes deben ser nuestros errores, cuan ilusorios nuestros afanes; pero al bosquejar ciertos tipos, hemos cuidado de apegarnos severamente á los dictados de la sana razon, á lo generalmente reconocido como de universal buen juicio. La delincuencia no está de nuestra parte, pertenece á los que, prevenidos y conocedores del buen camino, han dado en el mal deseo de seguir la via contraria. CAPITULO XX Era una tarde lluviosa del mes de Junio, cuando la deliciosa Amelia mecía en sus brazos un rollizo niño; las caricias que le brindaba á cada paso, y el dulce eco de los ósculos, daban un aspecto imponente, como para delinearlo con mágico pincel. Esta jóven desgraciada, sola en el mundo cual bajel perdido, adoraba al tierno fruto de sus entrañas, con ese amor misterioso que solo una madre sabe descifrar. Su esposo ha naufragado. El único consuelo de su alma, aquel que velaría por ella y que agotaría todos los medios posibles en la vida, con tal de ver á su esposa querida, radiante y hermosa cual la noche de su primer dial Ya no existía! Cuánto infortunio I!! La casa de huérfanos está cercana, quizá va á entregar ese tierno niño al cuidado ageno, donde si no falta la caridad pública, falta al menos el calor y las caricias maternales. Dos veces la hemos visto llegarse hasta la puerta del asilo, y ha retrocedido espantada !!! En estas convulsiones dulcísimas del amor de una madre, que exprimen la última lágrima del corazón, ha llegado á tiempo, como enviado de la Providencia, un hombre de simpático aspecto, como de cuarenta años y de maneras sérias, que acredita ocupar alguna posición independiente; con voz suave interroga á la jóven desvalida acerca de su estancia en aquel sitio, con ese ángel en los brazos La contestación no se oye, hay sollozos, hay quejas, hay lamentos hay lágrimas “Ante una persona silenciosa, las gentes de espíritu sienten vértigos, porque el silencio es el abismo sin fondo del pensamiento,” ha dicho Pablo de Houssaye El comerciante ha comprendido perfectamente las dos páginas de esa historia luctuosa, que se describe á su vista; está completamente conmovido, y es llegado el momento de poner á salvo dos víctimas, y dar el esplendor debido á la humanidad. Conduce á su casa á la desheredada que lleva consigo al niño, y á su esposa que es madre de tres hijos, la refiere toda la narración de lo que ha sido testigo presencial. La esposa ha comprendido toda la fuerza del dolor de una madre al desprenderse ele su hijo, ha compartido las lágrimas con su marido y ha dicho: toda la protección que podamos, dispensémosle á esas pobres infelices……. Inmediatamente el comerciante Clodomiro ha dado las órdenes necesarias para que se les proporcione cuanto han menester por el momento…… Qué variación instantánea hábrase verificado en el corazón de esa madre, que llena de pesar iba á entregar el fruto único de su vientre á la casa que funda la caridad, y se encuentra rodeada de todas las atenciones y cuidados de que necesita una infeliz madre, la mas desgraciada de las madres, la madre infortunada que casi pierde al pedazo de su alma, ó mejor dicho, el amor mismo la había impulsado hácia la inclusa, en vista de que no sucumbiese víctima del hambre y de la miseria. Sus plegarias han sido escuchadas, ha encontrado protectora mano que la levante, la auxilie y la proteja. El filántropo ha querido coronar su obra, ha cedido un grueso capital para la educación debida de ese niño infeliz, desventurado, que no iba á saborear las caricias maternales, y que iba á crecer sin tener el dulce placer de decir: aquí está mi madre!!! Que pasaría desapercibido como todos los seles desdichados que han visto la luz, merced á ya caridad, y que no han conocido mas beso que el frió de la indiferencia, y el brusco abrazo de traidora y vulgar mezquindad. Personas hay que tan solo nacen y existen para practicar el bien. Clodomiro era en efecto una de ellas; á su alma grande y noble que ya conoce el lector, unía un corazón de oro, y hubiera gustoso sacrificado su existencia é intereses por hacer el bien de sus semejantes. CAPITULO XXI Algunos años han pasadoa: el niño ha crecido, ha desarrollado todas sus facultades y mostrado buenas dotes para orador. El comerciante se halla satisfecho de su obra, ha procedido bien, ha adquirido notable fama de su desprendimiento y buen corazón, y los que conocen todas las páginas brillantes de esa alma noble, lo ensalzan y bendicen por doquiera. ¡Cuánta diferencia ha establecido la Providencia entre el bien y el mal! Cuán notable se presenta el primero y cuán odioso y detestable el segundo: sin embargo, no gana prosélitos, el bien es poco amistoso, tiene pocos correligionarios. Sus doctrinas están bien marcadas, todos las acatan y bendicen, pero pocos las ejecutan; en las reuniones y ateneos se oyen discursos pomposos llamados á enaltecerlo, encomiándolo tanto, que ya pasa de su humildad y modestia. El Tiempo es el juez inexorable que lo señala á cada paso y lo muestra sin interés pecuniario de ningún género; está en su misión!!! Quieren Egoísmo, búsquenlo y lo encontrarán, cimentado con profundas raíces en la generalidad, y mas entre aquellos que no oyen ni quieren oir sino lo que atañe al tanto por ciento…….. El equilibrio se mantiene merced d esas acciones llenas de mérito y de grandeza, que de vez en cuando dejan atónitos á los partidarios del materialismo, y hacen conocer que hay algo superior á cuyo servicio debe prestarse todo el que sienta correr por sus venas sangre de ser racional y sensato. La madre que Clodomiro había salvado del borde del abismo, había obtenido la gracia de pasar al Monasterio de Santa Catalina con una pension cómoda para todo lo que le fuese necesario, y todo lo anterior por su propia voluntad y complacencia. El comerciante no era hombre vanidoso, ni menos despótico, era un ser dotado de esquisita sensibilidad y lleno de caridad, de suerte que se le hacía duro el imponer su voluntad aun al infeliz, estaba casi siempre de buen genio, y no se amostasaría por poca cosa. Ahora que nuestros lectores se han podido formar idea de la escena que trazamos, vamos á darle á conocer el origen de la jóven Amelia. En la mocedad, don Jaime había sido administrador de una hacienda do gran mérito, puede afirmarse que los pocos reales del capital del giro de su vejez, había sido buscado con entera legalidad. En esos primeros tiempos, cultivó relaciones amorosas con doña Petronila, mujer de aspecto hermoso y de gran inclinación por el trabajo, la que estuvo hasta en vísperas de haber celebrado enlace con él; pero la suerte malhadada le fué adversa: habiendo hecho un viaje el dueño de la hacienda, llevóse de ayudante obligado á su presunto, con lo cual, el tiempo y la distancia borró los rayos primeros del amor en su legitimidad. Doña Petronila, entre tanto, había dado á luz una preciosa niña, que sonreía en sus albores con toda la inocencia de los seres angelicales. Amelia, á los doce años, tuvo la fatalidad de ver morir á su madre, quedando al cuidado de una caritativa señora, madrina suya, que con tierna solicitud prodigábala el cariño cual su verdadera madre. Viene la casualidad que un sobrino de la madrina de Amelia, concibiese violenta pasión por la jóven huérfana. No han pasado muchos meses, contraen matrimonio; en medio de santa paz y tranquilidad han visto el fruto de su enlace. Amelia ha dado á luz un hermoso niño: la profesión militar que desempeñaba su esposo la obliga á separarse de su lado. Desgraciadamente, la nave que lo conducía ha naufragado, y la tierna esposa se encuentra desvalida y sin consuelo hasta el estremo que nuestros lectores han podido apreciar en uno dé los capítulos precedentes. La madrina de Amelia dejó de existir casi á los pocos dias de su enlace. Don Jaime, al tener conocimiento de que pudiese vivir una hija suya, no se tomaba por cierto el trabajo de la menor indagación; pero Amelia había recojido de los labios de su madre, la relación sucinta de su padre, y era imposible que de su memoria pudiese borrarse ese triste testamento. No cabe entonces la menor duda de que era heredera única-y legitima de los bienes que pudo haber adquirido su padre en vida; pero como se sabe, esa fortuna se la llevó el viento en poder de los estraños. Hemos delineado con suma claridad todo lo pertinente al origen de la pobre Amelia, que por ahora pertenece á los claustros que la religion consagra á las prácticas de la oración. Está demasiado satisfecho el que practica una buena acción, como agradecido el que la recibe; Clodomiro está en el órden de les que sienten tranquila su conciencia. CAPITULO XXII Ha arribado á las playas del Callao el bergantin «Alfonso» en viaje directo de España. El que dirije esta embarcación es un español de regular estatura, algo gordo y muy versado en la navegación, ademas, se sabe que en su tierra posée muy competente fortuna. Al pisar á tierra, ha hecho varias indagaciones sobre un hermano de padre, que crée exista en el Callao ó en Lima. Dificultad encuentra y sobrada, el que persona alguna le dé noticias sobre lo que desea encontrar. Un dia, cansado de averiguar y casi olvidándose de esa idea, y andando al acaso tuvo la necesidad de proveerse de algunas docenas do pañuelos de seda, las que quiso obtener de una casa comercial que fuera bastante conocida en Lima. En efecto, como se sabe, la casa comercial de Clodomiro X... era pues, la obligada para la venta del citado artículo que necesitaba el marino español. Dirijióse á ella, y después de hacer la compra predicha, por una especie de recuerdo, le hizo la pregunta de si le daría razon por un hermano suyo, que tendría mayor edad que él, y cuyo nombre era Jaime. Al oir esta expresión, el comerciante no dejó de sorprenderse sobremanera, manifestando en seguida, un regocijo particular, de poder satisfacer ampliamente la curiosidad del viajero. Pasaron ambos á un salon cito de recibo y confidencia, y principió la siguiente histórica relación, que el marino muchas veces interrumpía, de una manera bastante significativa y dolorosa. “Era demasiado jóven, dijo el comerciante, cuando tuve la ocasión de conocer al hermano de U: don Jaime, cuyo giro era el de prestamista; su casa estaba situada en la calle de la Amargura, que es aquella que tendrá ocasión de admirar, cuando se proponga conocer la poblacion; allí tenía establecido su negocio, y añaden los que lo conocían de cerca, que no carecía de una colosal fortuna. “Hace muchos años que su establecimiento era afamado, y seguía de progreso en progreso, cuando un eclipse repentino vino á hacer, que dos religiosos del convento de Santo Domingo le pusieran en cuitas sobre unas alhajas de algún valor que faltaban en la iglesia, y que dizque habían sido vendidas al hermano de U. por un lego llamado Serafin, que también en paz descansa……. “Aunque su inocencia quedó comprobada, no por eso dejó de afectarse el ánimo de don Jaime, el que dia á dia parece iba perdiendo la fuerza de sus facultades, hasta el extremo de quedarse convertido en un idiota ó amente, casi obraba de una manera automática, sin acción propia, puede decirse….” - Es posible! replicaba el español. - Tal como U. me oye, dijo el comerciante, puede U. creer, que es el evangelio el que está oyendo. El marino prestó asentimiento á lo que oía; casi conmovido, no cabía en su asiento “Como es dable suponerse, prosiguió el comerciante, un hombre autómata es el juguete del primer ambicioso; no puedo explicarme cual sería el pensamiento ó la razon por la cual le pusieron al lado á un hombre sin conciencia que lo explotó á mansalva, dejándolo casi sin recursos y entregado á la mendicidad pública. “En este último estado concluyó sus dias en el hospital de San Andres……” - Ah! permítame señor, dijo el marino, enjugarme esta lágrima á la memoria de mi hermano Nosotros hemos estado juntos en nuestra niñez; aprendimos en una misma escuela y nos separamos hacen cuarenta años, poco mas ó menos! Hará casi la misma fecha que dejó de existir mi padre……… - Es ciertamente doloroso y de justísima razon, todo lo que conmueve á U. señor, replicó el comerciante, el que hacía exijencias para que el viajero se hospedase en su casa por algunos dias. Esta oferta no quiso aceptarla el marino, y mas bien rogó á su interlocutor le dispensase por esta ocasión, ofreciéndole volver á los pocos dias. CAPITULO XXIII Fausto, el hijo de Amelia, había coronado todas las esperanzas cifradas en él; su porvenir había sido brillante; ocupaba la posición social que á pocos les es dado obtener. La luz se ha hecho, no cabe duda ninguna; la Providencia ha deseado rodear todas sus obras de una aureola que inspira veneración y amor hácia su bondad. Cuando medimos nuestros débiles conocimientos y deseamos siquiera penetrar esos inescrutables designios de su sabia mano, no podemos menos que avergonzarnos y considerarnos tristemente impotentes, La misteriosa faz de los acontecimientos, la clave elevada de los mas raros hechos, la solución final en todo, obedece á un impulso superior, que anonada é inclina aun á los seres mas execrables. Fausto no existirá sino para bendecir día á dia su buena estrella, la benignidad de la Providencia, su salvación del precipicio, su vida que pende de un hilo misterioso….!!! Recordará á su madre, sabe que permanece encerrada en los claustros de un convento, que no le es permitido darle el abrazo de hijo!!! Qué rara coincidencia! Ha quedado siempre huérfano! Su situación es dura, sus placeres se tornan amargos ante la sola idea de ese funesto recuerdo. Quisiera obtener una gracia; quisiera conseguirla á fuerza de súplicas y aflicciones, de amarguras y tormentos. No le fuera permitido hacer salir á su madre de los claustros y tenerla á su lado? Es materialmente imposible. CAPITULO XXIV Un devorador incendio ha consumido dos importantes edificios de la calle de……. El primero, con apariencias de hotel y posada para pasajeros, era un lugar abominable, donde se ostentaba el vicio i en toda su deformidad; y el segundo que servía de depósito á una casa comercial. Don Tomas era el propietario del hotel, hombre cuya fortuna so ignoraba su procedencia, su nacionalidad era dudosa; él aparecía como mejicano, y su primer oficio había sido el de guarda de la garita de la portada de Juan Simón. El ansia de salvar su dinero, lo había llevado hasta el extremo de haber penetrado al interior de la casa, en circunstancias que ya ardía por los costados. De resultas tales, quedó ciego, y sin el brazo derecho, amen de mil quemaduras por el resto del cuerpo, sin haber logrado siquiera salvar su dinero. Era una enorme fatalidad, verse reducido de la noche á la mañana á lamas triste y desgraciada condición. Algunas veces que excitaba la conmiseración pública, refería su dolorosa historia. Había un párrafo en ella, que no puede pasar desapercibido para el lector. “Siendo yo el guarda de esa portada, decía, todas las tardes al declinar el Sol, venía un anciano de aspecto triste, embozado en una pobre capa, que sacaba de unos envoltorios multitud de alhajas y monedas de oro y plata, y las depositaba en un hueco hondo y profundo, que serviría en otra época de albergue á culebras. Practicada esa operación, se volvía hacia todas partes para cerciorarse de que no era observado, convencido de su soledad en aquel sitio, ponía por tapa á ese averno una enorme piedra.... y se retiraba; yo, continuaba el ciego, tenía en la garita una ventanita diminuta, en la cual podía cómodamente observar, sin que nadie pudiera apercibirse de ello; algunas veces me hallaba tentado de descubrir esa guarida del dinero; pero arrepintiéndome, no me encontraba capaz de acometer la empresa. ‘'Pasaron los dias, con ellos los meses y por fin dos años casi justos. Ya no me cabía la menor duda de que ese pobre habría dejado de existir; y una mañana me dirijí al lugar, levanté la enorme piedra, y saco una multitud de paquetes de diferentes especies valoradas; no tuvo mi alma regocijo alguno, puedo afirmarlo con entera convicción, mas bien sentí una especie de tristeza y un pesar inexplicable….. Con todo, me decidí á ser hombre de fortuna……. “El modo de abandonar aquel puesto de garitero, era fingiéndome enfermo; para lo cual me hice conducir en una camilla á propósito al hospital de San Andrés, donde manifesté á los médicos, que era terriblemente atacado de los nerviosl!! “Cuan grande sería mi sorpresa, mi espanto y mi terror: frente á donde me habían colocado cosían entre una sábana blanca, al pobre anciano que enterraba su dinero en la portada do Juan Simon…..! Yo quería salir corriendo del hospital; pero dos lágrimas que rodaron por mis mejillas me hicieron adormecer el alma, y concebí un letargo casi instantáneo………” CAPITULO XXV Vampiros de la humanidad, los hay en todas las profesiones sociales; quien no haya tenido la mala estrella de tocar en sus tratos y contratos con alguno de ellos, téngase por verdaderamente feliz. Los hechos ruedan y los comentarios se desprenden. El rumor callejero, las hablillas y murmuraciones, aquel no se qué, que parece trasmitirse con eléctrica velocidad, forma toda la colección voluminosa, que no bastaría la corta vida del hombre, para acabarla de desenmarañar. No apuremos un cáliz demasiado amargo, quizá vayamos á ser víctimas de una terrible y vergonzosa calumnia. Reanudemos nuestros relatos, manifestando nuestro deseo de no zaherir en lo mas mínimo la susceptibilidad de los que, en apariencia, ofrezcan una faz bastante escandalosa. Ese boato deslumbrador, ese lujo pomposo, esas galas fantasmagóricas, que opacan y humillan hasta los extremos á los desheredados, merecen una descripción particular. Admiremos, por ejemplo, aquel palacio que reviste todas las reglas arquitectónicas, que se necesita alzar la vista para contemplarlo, cual si en su cúspide estuviese Dios, que ese gran edificio sea un verdadero monumento que acredite el adelanto del arte, y sirva de ornato á las poblaciones: es sin disputa, un hecho que no admite réplica; pero si del orden material pasamos al conspicuo y desinteresado del moral, hallaremos diversidad de espectros parlantes, que muestran acusaciones criminales que deben depurarse y esclarecerse. En efecto, una fortuna arrancada á una pobre madre de familia con siete hijos que hoy son mendigos, arrancada, decimos, y valiéndose para ello de diversos vampiros de la humanidad. No es gloria, no es ganga de histórico é imperdonable recuerdo. Pues bien, ignoran nuestros lectores que en todas las clases los hay y de diverso género. Esta casa vieja, que se desmorona dia á dia, que parece que un aguacero la va á destruir por completo, es propiedad de un convento; habita en ella un escribano, hombre de bastante edad, del tiempo del Virey, con la añadidura de un ojo menos. Nunca tiene ocasión de encontrársele en su casa, (yo creo le debe á las setenta mil vírgenes,) pero hay mil juramentos y protestas contra este viejo, y no falta quien diga: “No por bueno le quitó el diablo un ojo, que si no, fuego de Dios que sería, el escribano con los dos….. Este hombre no conoce familia, algunas veces hemos visto descolgarse un gato negro por una ventana cuyos balaustres están pidiendo reemplazo…… Sin embargo, el escribano está en su centro; su profesión es lucrativa, no quiere quitarle á nadie nada, sino que todo venga conforme á la ley de la materia. Los filósofos están acordes en que las leyes son “telarañas para enredar moscas;” pero el escribano dice que está conforme con lo primero y lo último, menos con las arañas con quienes está de pleito. Una noche de luna se ha quedado dormido en las gradas de la Catedral, haciendo tiempo para no gastar vela en su casa, y le han escamoteado el sombrero………. Qué mala fé! exclaman, pobre escribano! Ha faltado tres dias al despacho, hasta que un medio amigo suyo le ha proporcionado otro viejo y sucio: ahora parece espanta-pájaros Por la calle todos lo saludan y se lo quedan viendo por detrás………… El juez no ha podido contener una carcajada, y le ha dicho: oiga U. don Pascasio, vaya U. luego á casa, que le daré un tarro. Al escribano se le ha vuelto el alma á las pestaña…. ¡Ubinam gentius summus! CAPITULO XXVI Contempla, lector amable, por un momento, la noble y hermosísima acción del comerciante: ha sacado de su benéfica obra toda la utilidad moral y satisfactoria, que solo experimentan los seres avezados á las prácticas del bien. El monasterio de Santa Catalina está de gala; sus campanas se echan á vuelo junto con los melodiosos acordes de la música; la madre Margarita del Sacramento va á profesar, como esposa del Dios Eterno, para siempre; ya del mundanal bullicio no llegará d sus oidos sino el éco, y constituirá tan solo su felicidad y gloria el dulce retiro y la oración, Aunque no participemos de la mística clausura, ni deseamos bosquejar sino lo que la historia tiene derecho de recojer para sí, es de nuestro deber el deducir algunas consideraciones reflexivas, que influyen naturalmente en la marcha de la moral social. Después de la penosa travesía á que todos estamos sujetos, y del mérito ó desmérito de nuestras acciones, el tiempo cubre con su manto eterno todas las amarguras; pero el adelantar esta eternidad, y no cumplir con el mandato de la Providencia, es decir, con el fin para el que la criatura ha sido creada, es cuestión de desobediencia y de desprecio por esta vida, á la que el Criador nos ha lanzado con entera complacencia. Tratándose de la desgracia de una infeliz jó- ven, convertida en madre, y que iba á arrojar el fruto de su amor hacia la inclusa, que un hombre grande le dió la mano protectora y la colocó en el asiento de su dignidad, la cuestión es distinta; esa joven llevaba impreso en su corazón las huellas del primer amor, ceñía la túnica nupcial, era la esposa de su esposo que tuvo por sepulcro los mares, y al encerrarse para siempre, no hacía sino levantar el altar de amor, de gratitud y veneración hácia la fidelidad de su juramento. Por qué....? Porque el alma adquiere ensanche en el retiro, se dulcifica con la oración, se ennoblece con las lágrimas del recuerdo, y realza toda su grandeza en medio de esa soledad maravillosa, donde tiene asiento inmaculado la verdad y la justicia. Pero qué! es cien veces mas laudable llevar el suplicio del todo, que cargar con la cruz á medias……….!!! CAPITULO XXVII Ahora vamos á tener ocasión de presentar á la ligera un nuevo tipo especial, que por su maléfica ocupación, bastante opcion tiene á ocupar un puesto entre los célebres vampiros. Nos referimos al jugador obsecado, aquel ser de media alma que desea hallar fortuna entre el equilibrio del vicio y del crimen. Un hijo de familia ha consumido los capitales de su padre en una dilapidación constante, y después, no contento con esto, se ha declarado en un jugador insigne. Ya no existe para él nada de veneración ni de respeto; de su casa lo han arrojado de una manera triste y vergonzosa; sus amigos huyen de él, como si estubiera infestado por alguna enfermedad de terrible trasmisión. Qué encuentra en el mundo? un vacío completo. Hoy era simplemente un mozo truhán dado á las diversiones; podía haber adquirido enmienda y corrección, pero el vicio del juego lo ha arrastrado por una pendiente mucho mas rápida, y se encuentra acometido de un deseo in-saciable de cometer cualesquiera crimen, por enorme ó inaudito que se le presente. Ha concluido sus dias entre cadenas; la desgracia lo ha llevado hasta el panóptico, y ha dejado el timbre del deshonor en toda su familia. Hay algo que añadir, y se nos dirá con bastante énfasis, las casas de juego son permitidas en muchas partes del mundo, como lo son igualmente otras muchas destinadas quizá á vicios peores y nefandos. Es, desde luego, una razon muy orijinal y bastante permitida, aun generalmente sustentada por aquellos, que si no son, cuando menos desean pertenecer á esos gremios de corrupción. Hé aquí al padre, que en un principio era demasiado afectuoso para con sus hijos, cuya educación atendía solícitamente, que mostraba gran deseo de que fuesen dignos ciudadanos, y que no escatimaba medio, por difícil que fuese, que no superase, con tal de arribar á esa conclusion; se ha convertido instantáneamente en un monstruo despreciable, todo su afan es el hallarse al rededor del tapete verde, con los ojos clavados entre la disyuntiva que ofrece la desgracia en su doble faz: de puñal y de presidio. No apuremos, habíamos dicho en anterior ocasión, este género de narraciones, que dejan honda impresión y que arrancan gran lustre á la ilustración del siglo, al par que, con la nobleza de imparcialidad histórica, no somos sino meros relatores de páginas sangrientas y luctuosas, pero que llevan en sí mismas grabadas el grandioso pendón de la verdad. Si hemos de aparecer como consecuentes en nuestra consigna, de propender al adelanto y bienestar de nuestros semejantes, tenemos entonces el justísimo deber de manifestarles cuantos obstáculos perniciosos pueda oponerse á ese fin. El suicidio, hé allí la fórmula mas ingrata, la mas detestable y cobarde que pueda desprenderse como consecuencia precisa del vicio del juego. El que se ha suicidado, al violar todas las leyes de la humanidad, es difícil que no haya hecho rodar antes todos sus sentidos y potencias por entre los pliegues del infernal tapete. Si registráramos los anales de ese vergonzoso crimen, nos encontraríamos en la obligación perentoria de declarar que dos terceras partes no han reconocido otro oríjen. Hemos de sostener también, que el suicidio es prueba de enorme valor, según el entender de los que están por la desorganización y completo exterminio de cuanto digno y honroso pueda existir. Al mismo tiempo que sostienen doctrinas tales, se manifiestan con tan imperioso ademan y desenvolvimiento, que bien pudiérase creer que Don Quijote ha dejado una descendencia bastante larga y trabajosa....... Ahora se nos viene á las mientes la infructuosa idea de los que lanzan el último suspiro, en lo que llaman el campo del honor; nos referimos á los casi cómico-trájicos desafíos. Se han verificado duelos de tan diversas condiciones, y reconociendo tan diferentes causas, que bien podríamos creer, que todos los que se han desafiado, hasta hoy, no han pasado de la esfera de ser compañeros inseparables de aquel famoso escudero……. Vamos á lavar la mancha de honor que ha caido sobre el caballero X..., antiguo diplomático, y que no ha podido soportar nunca el que una mosca se le ponga en la nariz. El campo se ha arreglado, las distancias se han previsto, los padrinos y testigos ocupan sus lugares. A una señal convenida, el plomo ó el florete fratricida va á ser conductor del honor que debe llevarse á las entrañas de cualesquiera de los dos!!! Soberbio…… El golpe del primero derribó la oreja del segundo…… y éste le tapó el ojo al primero….. El honor está por puertas……. Aplausos…….!!! Los padrinos, que no pasan de desempeñar otro papel que el de Longinos, se han quedado complacidos de éxito tan brillante. Se han hecho prodigios de valor hasta lo sumo, y de modo tal, que ni uno ni otro combatiente han podido herirse, y sus proyectiles y estocadas dirijidas á fondo, han encontrado tan solo el vado. Ahora falta que por tan poco bosquejo que hemos reseñado, se nos arroje el guante por algún gana-pan ingles He agua dulce, ó el cual recojeríamos de buen agrado, para colocarlo en nuestra mano derecha, á fin de evitar contacto con la tinta. Con la imparcialidad que debe acompañar siempre al escritor, y de la manera mas franca, decimos: que, tanto el suicidio como el duelo, son sainetes que excitan compasión, risa ó desprecio. CAPITULO XXVIII Ya no cabe la menor duda, que cuando se ha propuesto un autor escribir para que se le oiga, es generalmente desatendido. ¿Por qué? Porque el sinnúmero de entes recortados á la moda, han dado en la triste manía de apocar lo que no llega á sus alcances y conocimiento. Hay críticas literarias, discusiones científicas; ¿quiénes las sostienen? Los que menos llamados están á sostenerlas, malogrando, por decirlo así, el aliento que debe ayudar á los principiantes, y el aplauso que debe retemplar al maestro. Cuántos ingenios se han perdido, cuántos hombres dotados de gran talento se han encontrado envueltos entre las murmuraciones y las calumnias? No deseamos acibarar glorias ficticias, ni reputaciones creadas á la bambolla; vamos á poner punto final. Nuestros lectores habrán podido apreciar las débiles pinceladas trazadas por nuestra mano, y dedicadas á su curiosidad y lectura. Si acaso no hemos satisfecho todos sus deseos, tendremos derecho á exigir de su benevolencia la necesaria dispensa, en mérito y gracia de nuestra buena idea y saludable propósito. Los cuadros de Estudios Morales quizá sean defectuosos, tal vez no se encuentre en ellos la gravedad necesaria é indispensable que debe acompañar á este género de trabajos. Hemos cuidado hasta lo último, el sostener de buena fé y con sinceridad profunda el estandarte de la justicia, y de hacer patentes las buenas acciones, con todo el esplendor y brillantez de que indudablemente deben estar rodeadas. Vamos á terminar, encareciendo la necesaria indulgencia y protección para nuestros desvelos, al mismo tiempo que anticipamos nuestra mas profunda gratitud hácia la bondad del público lector y de las personas verdaderamente amantes del progreso de las letras nacionales. FIN. De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargada de la edición: Daniela Montalván