Don Quijote en Yanquilandia Desde el presente número comienza a publicar “Mercurio Peruano” la novela inédita cuyo título encabeza esta nota y de que es autor el prestigioso literato arequipeño doctor don Juan Manuel Polar. Es la de Polar una de las plumas mejor cortadas del Perú y su mentalidad de las más altas y cultivadas que poseemos. En la novela que publicamos, revela el escritor arequipeño su entron- camiento de pura cepa castellana en un estilo castizo que corre por los cauces cervantinos, conduciendo en su donoso caudal granos de fino humorismo y de ironía alada. Es la suya, obra que recuerda los admirables “Capítulos que se le olvidaron a Cervantes” del gran Montalvo, con la que emula en punto a intención y forma, como se verá enseguida. CAPITULO I. DONDE SE VERA EL MODO COMO RESUCITARON DON QUIJOTE DE LA MANCHA Y SANCHO PANZA, SU ESCUDERO. Cierto día del año de mil novecientos y tantos, holgábase el Tío Samuel con la lectura del “Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Arrellanado en rico sitial de la mejor tapicería, puestos los pies sobre la mesa, la pipa en la boca, leía el buen viejo sin darse cuenta del tiempo, tan a su sabor se encontraba. De rato en rato, y para hallar más gustosa la regocijada lectura, apuraba, sorbo a sorbo, copas colmadas de whisky de lo fino o de ron de lo mejor; con lo cual demás es decir que se le iba ponien- do el semblante más rubicundo que de ordinario y que se le cerraban poco a poco los vivarachos ojuelos no sin cierta truhanería, hasta que, sin él sentirlo, aflojáronsele las manos y se le escapó de entre ellas el “Ingenioso Hidalgo”, que, abierto por mitad y dando tumbos, fué a caer bajo la mesa despatarrado y maltrecho. Durmióse, pues, como un bendito el viejo de la perilla blanca, y notándolo el “Don Quijote”—que, en punto a descortesías, ni las sufre ni las gasta—, se entreabrió con discreto susurro y dejó escapar de entre sus páginas un geniecillo burlesco, a la manera de abejorro, que, con muy quedo y cauteloso andar, subióse del pantalón de listas al frac estrellado, encaramóse en la pera, y de un salto, abordó la oreja del pacífico durmiente poniéndose a darle palique con impertinente zumbido; mas, así que notó que el viejo empezaba a rebullirse, se escapó de la oreja con singular agilidad y presteza y desandando el camino andado, fué a meterse de rondón dentro del libro que lo agasajó en lo más escondido de sus páginas. Sobresaltado y confuso despertóse entre tanto el Tío Samuel, se restregó los ojos por más de tres veces, se rascó la oreja hasta ponérsela como un tomate, dióse a mirar a un lado y a otro con inusitado azoramiento, y al cabo, volviendo en su acuerdo, se dió una palmada en la frente, miró el libro, le echó encima la velluda mano, lo abrió y lo cerró, volvió a cogerlo, y tras mucho escudriñar entre sus páginas, mascullando poco finas expresiones, vino a quedarse pensativo, con el índice clavado en el entrecejo, fija la vista en el “Ingenioso Hidalgo” y discurriendo interiormente. No fué muy larga la espera; al cabo de ella—“¡Eureka!”— exclamó el viejo encarándose con el “Don Quijote”, y luego de golpearlo dos o tres veces con el dorso de la derecha mano, prorrumpió en estos o parecidos términos:—“¿Conque era vuesa merced, mi Señor Don Quijote, quien tan curiosamente me zumbaba en el oído? Por lo visto, el Andante Caballero no ha olvidado las andadas y me reta en són de burlas para que vea de resucitalle ¡Sea en buena hora! ¡Por los Doce Pares de Francia que me place el desafío y lo acepto de buen grado! O no soy quien soy, o ha de ver de nuevo el mundo al famoso Don Quijote, seguido de su escudero, tan gentil y tan gallardo como en los dichosos tiempos en que recorrió la Mancha. Poder tengo de sobra para prodigios mayores; abundan en mis Estados los más sesudos alquimistas; sobran los físicos y no escasean los metafísicos; súbditos tengo dados al espiritismo y a la nigromancia; poseo la flor de los electricistas y los mecánicos de mayor atrevimiento; tengo médicos de fama y millares de ingenieros de toda suerte de ingenio, amén de sabios y eruditos en industria, ciencia y arte que aportarán a la empresa sus doctos conocimientos. ¡Sepa, pues, mi Señor Don Quijote, que no soy ningún molino de viento ni menos un mal odre de vino y que, ¡voto al gigante Malambruno y a las dueñas barbadas!, he de resucitar al Andante Caballero para asombro de mis contemporáneos y regocijo de mis súbditos!”. Tan embebido estaba en su peroración el orgulloso viejo, que no se percató de las curiosas muecas que hacían los renglones del zarandeado libro conteniendo la risa; y contento con su idea y resuelto a darle fin sin vacilar un punto, pósose de pie, arrojó el ejemplar de “Don Quijote” y comenzó a pasearse con singular agitación, tocando timbres eléctricos y dando órdenes a todos los puntos de sus dominios por medio de grandes bocinas que, según es fama, repercuten en lo más apartado de aquella República. Armóse con esto tal repicar de campanillas eléctricas y eran tales las zancadas que daba el Tío Samuel vociferando mandatos, que el libro, cohibido y maltrecho, se arrebujó lo mejor que pudo en la lujosa pasta esperando el desenlace de tan curiosa aventura; hasta que el viejo, concluidas las complicadas disposiciones y luego de pensar un rato como si quisiese asegurarse de su idea, lo cogió de nuevo, y caminando a priesa, a pesar de la gota y de los años, atravesó corredores y pasillos y fué a depositarlo sobre una mesa recubierta de fino tapete que había en un muy vasto salón de aquel palacio solariego donde moraba por entonces el Tío de nuestra historia. Al cabo de un rato, que no fué largo, comenzaron a llegar con grande trajín los sabios más renombrados de aquel reino. Venían jadeantes, con presuroso andar y con tal descuido en las maneras y en las ropas, que más parecían gente de condición artesana que personas graduadas y de discurso. La mayoría de los concurrentes, se componía de hombres pictóricos, de complexión recia, la color tirando a rojo y el pelo bermejo. Mujeres, no faltaban y eran todas ellas doctoras, dadas al estudio y a la controversia, con mucho aquel de sabiduría y de talentos, a tal punto, que les quedaba poco del sexo hasta en la figura, pues eran todas hombrunas, con más huesos que carnes, largas de talle, cortas de vista, enjutas de pechos, amigas de la ciencia y enemigas del donaire. Con grandes cabezadas recibía a todos el Tío Samuel, y sin hablar mucho ni poco, hacíales seña para que pasasen. No se mostraban ellos más corteses: unos se paseaban de arriba para abajo; otros estaban sentados, con el sombrero puesto, apoyando los enormes pies en el respaldo de la silla del vecino; éstos fumaban; aquéllos resoplaban como máquinas pictóricas, y mientras discurrían a sus anchas, todos o casi todos mascaban tabaco y escupían en tal abundancia que era aquello un diluvio de saliva. Hormigueaban entre la reunión, como fastidiosos moscones o petardistas importunos, agentes de bolsa y noticieros de pe riódicos que metían un ruido de mil demonios trasmitiendo impresiones por los muchos aparatos telefónicos de que estaban llenos los tapizados muros; y aunque ninguno de los presentes sabía el porqué de la convocatoria, convencidos de que se trataba de cosa de utilidad y negocio, aguzaban el ingenio haciendo suposiciones de las más aventuradas y apostándose sobre ellas fuertes sumas aun entre los propios sabios, que no por serlo, se descuidan en lo de allegar el cuotidiano sustento. Es cosa sabida que, para la gente yanqui, hablar de negocios es como rascarse la comezón; de manera que, puestos sobre la pista los concurrentes a la asamblea, el vocerío aumentaba de rato en rato, se iban perdiendo los estribos, y las cabezas recalentadas con el ansia de la especulación, forjaban combinaciones y prospectos de lo más enrevesados para negociar por millones con la nueva idea del Tío Samuel que todos ignoraban; llegando el tumulto a tal extremo, que, más que docta asamblea, parecía aquello feria de mercaderes entregados al trato y granjeria. En tan grande confusión, oíase por todas partes el repiqueteo de las campanillas eléctricas, el vocear de las gentes en los teléfonos, el ir y venir de los bolsistas hablando hasta por los codos, las hipótesis que hacían los políticos en discursos vacíos de sentido y el preguntar de los periodistas que de todo tomaban nota; formándose de este modo y sin que nadie se entendiese la más agitada batahola que jamás se haya visto y que, repercutiendo en todos los Estados, redoblaba la nunca bien ponderada actividad de aquel activísimo reino. Organizóse, por fin, la asamblea. Dominando el concurso, se puso de pie el Tío Samuel y agitó por tres veces una campanilla de oro, con lo cual quedaron todos en silencio y aguzando el oído para no perder ni una coma. Tosió el Presidente, se pasó la mano por la pera con genuino ademán de mercader y le- vantando en alto el libro que tan curiosa idea le había sugerido, refirió en cortas palabras (que el dicho señor no es aficionado a malgastar el tiempo) de cómo, habiéndole cogido un sopor, luego de leer algunas páginas del “Ingenioso Hidalgo”, sintió que el susodicho (sin que fuera esto causa de pesadilla sino de mucha verdad) le hablaba en el oído, desafiándolo en són de burlas para que viera de resucitarle y también a su escudero; y agregó el orador, sin andarse por las ramas y con el mayor desenfado, que fuese lo sucedido sortilegio o brujería, había de ponerse a la obra contando con el concurso de sus discretos oyentes. Grande fué el asombro de la asamblea al escuchar tales razones, lo cual no impidió que noticieros y bolsistas atinaran a comunicar la nueva con insoportable campanilleo de timbres eléctricos, haciéndose de este modo universal la espectativa. No son los súbditos del tío Samuel gente que desmaye ante la más descabellada idea o la empresa más temeraria, y fué de ver cómo, sin pararse a pensar si el Señor de los Estados estaba o nó en sus cabales, comenzaron a discutir y comentar el caso con atinados conceptos. Unos imaginaban que la Electricidad podría por sí sola resolver el problema; otros creían que el Espiritismo y la Sugestión eran a ojos vistas los medios más apropiados y pertinentes; reclamaba la Antropología sus derechos acerca del homo sapiens; los materialistas invocaban a la Fisiología encareciendo su eficacia, y protestaban los espiritualistas en nombre del alma con razonamientos de aguzado ingenio; creciendo de tal modo la algazara, que fué menester que el Tío Samuel recurriera a su autoridad, apaciguando dudas y controversias y ofreciendo, como hombre práctico, que cada cual tomaría la parte que le tocaba, pues era el caso tan complexo y tan variado, que Arte, Ciencia y Nigromancia, en vez de andar a la greña, habían de proceder en concierto para mejor acertar. Convencidos los circunstantes con tan sesudas razones, se creyó cosa indispensable tomar como base para cualquier experiencia el ejemplar de “Don Quijote” que yacía en la mesa todo escamado, pues no faltó un nigromante que creyera que encerraba dentro de sus páginas los propios espíritus que de resucitar se trataba; sin que parasen en esto las maliciosas sospechas, pues alguno (que debía de ser hombre de leyes por la enfática entonación) llamóle el cuerpo del delito, y pensaron los filósofos, dados siempre a elucubraciones enrevesadas, en una hipótesis de la animación del pensamiento escrito, cosa en que estuvieron de acuerdo varios sabios de los que llaman de la Escuela Positi va, más de cinco doctoras en humanidades y no pocos médicos alienistas. Sudaba tinta el “Don Quijote” escuchando la sinrazón de estas razones, y más cuando un precavido bacteriólogo, ceñudo y observador, le aplicó con todo ahinco un microscopio de extraordinaria potencia, encontrándole, según decía mientras miraba, gran copia de perniciosas alimañas, mas no el geniecillo aquel de nuestra historia, pues el muy taimado corría entre líneas con tal priesa que no lo alcanzara un galgo. Impaciente mostrábase el Tío Samuel con tánto desvaneo, en el que, a su juicio, se perdía un tiempo precioso. Dispuso, pues, que se comenzase la labor, y a una orden terminante, distribuidos en grupos, según su ciencia o nigromancia, dieron principio los sabios a sus doctos menesteres. Era aquello a modo de orquesta en la que todos trabajaban dirigidos por la varilla mágica del discreto viejo, que, gran conocedor de sus súbditos, no se cansaba de encarecer los muchos millones que el prodigio dejaría, con lo cual aguzaban de tal modo el ingenio los operarios que era cosa de dar gusto. Improvisáronse en un momento complicados laboratorios, gabinetes de los que llaman de física, instalaciones de electricidad, máquinas de vapor, cámaras de espiritistas y otros muchos aparatos que más que para resucitar muertos, parecían propios para dar a los vivos aflictivo tormento. En todo estaba el Tío Samuel: oía a los unos, gobernaba a los otros, iba y venía distribuyéndolo todo con singular actividad y presteza; hasta que, juzgando terminados los preparativos, se hizo el substancioso resumen de la manera cómo debería procederse al descubrimiento, que tal apellidaban a la resurrección de Don Quijote. Tocóle a la Química la manipulación de los ingredientes y reactivos; la Física tomó a su cargo el desarrollo de la energía y de la fuerza; entraría la Mecánica en la combinación de los delicados engranajes; las Matemáticas atenderían a la proporción y al cálculo, y en tanto que el Arte modelaba las figuras, los médicos oficiarían de sugestionadores, darían cuerda los fisiólogos al reloj de la vida y la Filosofía y el Espiritismo, puestos de acuerdo, se encargarían de las ánimas; contribuyendo en su esfera y sin que nadie quedase ocioso, todas las multiplicadas manifestaciones de las ciencias y las artes para dar cima al prodigio. Combinado así lo que los diplomáticos llaman el modus operandi y no bien los ingeniosos químicos comenzaron a mezclar y revolver en grandes retortas substancias las más apropia das para producir células vitales, tuvo el Tío Samuel la más feliz idea que imaginarse puede, pues se le ocurrió que había de quemarse el dichoso libro poniéndose las cenizas como primer componente de organismo humano en aquella famosa manipulación química. Asistieron todos los sabios a iniciativa de tan grande significación y sentido, y resolviéndose cerrar puertas y ventanas por ser la obscuridad propicia en casos de sortilegio y de ciencia, se procedió a incinerar al “Ingenioso Hidalgo” sobre lucia bandeja ricamente cincelada. Así que se puso el fuego, comenzó la pasta a retorcerse crujiendo como si se quejase; intervino luego el Tío Samuel con dos largas varillas para abrir campo a la llama, y ésta, que no esperaba otra cosa, la emprendió con las fojas de tal suerte, que las tales se encarrujaron dejándose, devorar por el fuego sin el menor aspaviento. Los nigromantes hacían entre tanto signos cabalísticos gangueando entre dientes extrañas oraciones y todo el concurso seguía con ávidos ojos las fluctuaciones de la llama que parecía empeñada en devorar hasta las últimas letras del impreso. Fuese ilusión o no lo fuese, cuenta esta verídica historia que más de uno de los presentes creyó advertir que la susodicha, paseándose sobre las cenizas, sacaba de cuando en cuando una rojiza lengua como si pretendiese hacer mofa de tan docta asamblea. Concluido el auto de fe, que cierto repórter mal pensado comparó con el que hicieran el cura y el barbero en la biblioteca de marras, repartiéronse proporcionalmente las cenizas para Don Quijote y Sancho, se mezclaron con ellas los ingredientes químicos, se añadieron nuevos y variados reactivos, y luego los artistas, que, sea dicho de paso, eran extranjeros por no haberlos en la República, modelaron con tan rica substancia y de tamaño natural la espiritada y caballeresca figura de Don Quijote y la rechoncha y escuderil de Sancho Panza, con tal verdad y maestría, que, como vulgarmente se dice, no les faltaba más que hablar a los dos hijos famosos del llamado por mal nombre el Manco de Lepanto. Quedáronse, pues, todos asombrados viendo la perfección de las esculturas; creció el entusiasmo, y a la voz del Tío Samuel, comenzó entonces un ruido ensordecedor que hacían todas las máquinas y aparatos puestos en conexión para concentrar la fuerza y aplicarla gradualmente a las dos figuras, con el intento de infundirles animación y energía. Descargaba la electricidad tales rayos, que se quedaran cortas las nubes del temporal más deshecho, resoplaban las máquinas de vapor, crujían las poleas, vibraban los alambres trasmisores; y en tanto, los sabios más renombrados, con sacerdotal reverencia, vertían en los oídos de las ya dichas esculturas elíxires vitales hechos de propia substancia nerviosa, concentrando al mismo tiempo sobre el Don Quijote y el Sancho y con gran potencia de voluntad el invisible fluido de la sugestión hipnótica. No se quedaron cortos los espiritistas en tan grave momento: subían y bajaban los brazos, agachaban las cabezas hasta el suelo y las volvían a levantar mascullando entre dientes ininteligibles oraciones, y el más viejo de ellos dióse a evocar con grandes voces latinas a Don Quijote de la Mancha y a Sancho Panza su escudero. Cuando el ruido era más recio y más contundentes las voces del espiritista viejo, comenzaron las dos esculturas a despedir un hedor insoportable de azufre, señal de que el mismo Lucifer andaba metido en el lío, fueron luego cambiando de color y de aspecto, estiráronse como si se desperezasen, movieron los ojos, entreabrieron los labios, fueron tomando por momentos el humano aspecto del llamado rey de la creación y por fin—¡oh prodigio de los prodigios!—ante los asombrados espectadores, aparecieron vivos, hechos carne y hueso, el por mil títulos famoso Don Quijote de la Mancha y el no menos famoso Sancho Panza, su escudero. Venía el de la Triste Figura con el propio atavío de sus mejores días, sin que le faltase ni la mal compuesta celada, ni la tajante tizona ni el dichoso yelmo de Mambrino, y cuanto al escudero, no le iba en zaga a su amo en lo de gastar la indumentaria con que recorrió la Mancha. Estupefactos y con razón estaban todos los presentes ante semejante maravilla: unos accionaban con la boca abierta, otros se limpiaban los ojos como si no creyesen lo que ellos les decían, y todos, en suma, manifestaban en los ademanes y en las caras un asombro tal, que parecía que hubieran perdido el juicio o que estuviesen a punto de perderlo; pero el Tío Samuel que no se atufa ni sobresalta cuando se trata de cosas de invención y descubrimiento y que estaba que se desvivía por ostentar su victoria, mandó que se abriesen puertas y ventanas para que entrase la luz del mediodía. Así se hizo; llenóse entonces de claridad la estancia y creció la admiración de los concurrentes al convencerse a todas luces de que era cierta la resurrección de Don Quijote y cierta también la de su compañero de aventuras. En tan crítico momento, mostrábanse éstos cohibidos y desorientados como si de un mal sueño volviesen, y la escena amenazaba prolongarse entre el asombro de los unos y el no menor asombro de los otros, cuando el Tío Samuel, acostumbrado a toda suerte de lances. dando un paso hacia Don Quijote y tras grandes reverencias, le dijo de esta manera: “¡Saludo al Señor Don Quijote de la Mancha, honra y prez de la Andante Caballería, y huélgome en gran manera de haber salido victorioso en reto tal como el que vuesa merced me fizo!”. Dichas estas razones, sonrióse con orgullo el presuntuoso viejo y dióse a mirar de hito en hito a Don Quijote, en tanto que el concurso, maravillado y suspenso, aguardaba la respuesta. CAPITULO II. QUE TRATA DE LAS RAZONES QUE PASARON ENTRE EL TIO SAMUEL Y DON QUIJOTE Y EL MODO COMO ESTE QUEDO ALOJADO. Mohino y conturbado mostrábase el Caballero Manchego. Viéndole de aquella suerte, dispuso el Tío Samuel que nadie alborotara por ver de que se reanimase. Oyólo Don Quijote y luego de tragar saliva y de gesticular como si ensayase el habla, dijo en lengua inglesa y con voz algo insegura y baja:—“Si es a mí, que tal lo entiendo, a quien vuesa merced se refiere, no he menester reanimarme, que aunque algo perturbado por lo que yo me sé, no es de caballeros andantes perder los ánimos así sea de grande la cuita a que los lleve su propia desventura o la ajena malquerencia.”—“Así es la verdad”—contestó el Tío Samuel sin ocultar el gusto que recibía al oír hablar a Don Quijote; y agregó después:—“Si vuesa merced lo permite, luego de serenarse, he de explicarle el cómo y el por qué de encontrarse en este castillo.”—“No es cosa que me interese—contestó Don Quijote disimulando su desconcierto—;y cuanto a lo de serenarme, sepa vuesa merced para su gobierno que ni me sorprenden ni me amilanan ciertas supercherías y embelecos.”—Nuevo motivo de admiración y de entusiasmo era para todos oír expresarse en lengua inglesa al español Don Quijote, el cual, procurando dominar su azoramiento y turbación, se pasó por la frente la derecha mano, se palpó el pecho y la nuca como si tratase de cerciorarse de su propia personalidad, movió de un lado al otro la cabeza, y mirando a los que lo rodeaban, acertó a distinguir a Sancho que, de puro miedo y sobresalto, daba diente con diente y no se atrevía ni a moverse. Fuése a él Don Quijote y le dijo: —“¡Sancho hermano, eras tú por ventura!”—“Sí, mi Señor Don Quijote— respondió Sancho también en inglés y con voz lastimera y quejumbrosa—; aunque a mi ver, no sé si existo o no existo; pero es claro que debo de ser yo cuando estoy con vuesa merced, por aquello de que por la hebra se saca el ovillo y cada oveja con su pareja." Al oír tales razones, se olvidaron los presentes de toda discreción y compostura y echaron el trapo a reír del mejor gusto. Amoscóse Don Quijote con semejante algazara y volviéndose al Tío Samuel, dejóse decir:—“No sé si es vuesa merced el mismo demonio o algún mago encantador enemigo mío; pero, a juzgar por la gente que le sirve de corte, bien se me alcanza que la busco vuesa merced entre bellacos y follones". Sudaban todos por reportarse, pero sin conseguirlo, y el Tío Samuel, fingiendo indignación, volvióse a ellos y les dijo:—“¡Tenéos malandrines! que no es bien alborotar de este modo en presencia del Señor Don Quijote de la Mancha, caballero más famoso que Don Bernardo del Carpio, que el de la Ardiente Espada y que el mismo Cid Campeador, terror de gigantes y de vestiglos, amparador de viudas y de cuitadas doncellas, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, modelo de aventureros y espejo de enamorados y de hidalgos”. De mal talante escuchaba Don Quijote todas estas lindezas, y agregó el Tío Samuel:—“Mal me juzga vuesa merced, Señor Don Quijote, tomándome por el demonio o por un mago encantador su enemigo, que, muy por el contrario, su amigo soy y su admirador de añadidura.”—“¿Y se podrá saber quién es vuesa merced?”—preguntó muy entonado Don Quijote.—“El Tío Samuel me llaman—contestó el viejo con desparpajo—; y aunque no tengo ni títulos ni blasones, la paso también sin ellos como el mejor archipámpano”. Viendo tal desenfado, sonrióse Don Quijote con altanero desprecio y mirando de alto a bajo a su interlocutor, dejóse decir:—“Nuevo encantador es ese; pero conmigo no pegan burlas, señor mío. Bien se ve que sois el sabio Merlín y que tratáis de disimulallo”. Riéronse todos nuevamente, y amoscóse más Don Quijote, que echando mano a la espada y encendido en cólera, exclamó de esta manera:—“¡Mal me saben vuestras burlas, señores bellacos, y pese a tal que os habré de hacer pagar cara tánta osadía y desvergüenza!”—“¡Teneos, mi Señor Don Quijote!—prorrumpió Sancho, que de puro miedo estaba con escalofríos de cuartana— Mire vuesa merced por nuestras personas y tenga cuenta que este señor Tío o como quiera llamarse, es persona de mucho poder por lo que se advierte. Yo creo que lo primero es que com- prendamos quiénes somos o quiénes no somoa, porque o yo he perdido el juicio, o soy yo”.—“Razón tienes, Sancho—dijo algo serenado Don Quijote—; pero mal puede dejarse sin castigo la insolencia de esta caterva de malandrines”.—“Si gusta vuesa merced descansar—dijo a este punto el Tío Samuel—, dispondré que os dejen solos para que veáis de reposar y sustentaros”.—“Grande merced será ésa”—contestó Don Quijote, que, a pesar de sus bravatas, no volvía del todo de su perturbación y desconcierto. Dió, pues, el Tío Samuel la orden de que todos salieran, y aunque de mala gana, obedeció el concurso. Desfilaban uno a uno, sabios, bolsistas, doctores, letrados, espiritistas, nigromantes, literatos, médicos y políticos, y al pasar por delante de Don Quijote, para verlo a sus anchas, se deshacían en cumplimientos como si se tratase de ceremonia de besamanos. No se daba apartido el buen hidalgo, pero a fuer de caballero y bien criado, por mera cortesía, contestaba las salutaciones con frías reverencias, mientras que Sancho, todo medroso, se pegaba a su amo lo más que podía. Quedóse el último el Tío Samuel y dijo:—“No es bien que vuesa merced permanezca en este salón desmantelado y poco confortable y permita que le acompañe al alojamiento que para tan digno caballero tengo de antemano prevenido”.—“No me opondré a ello”—contestó Don Quijote con natural decoro. Viéndolo ya tranquilo, el Tío Samuel, que gusta de dar expansión a su carácter liberal y campechano, cogió familiarmente por el brazo al Caballero Manchego, disponiéndose a conducirlo. Nunca lo hiciera. Ofendióse Don Quijote y desasiéndose del importuno, le dijo con altanero continente:—“No gusto de familiaridades, señor mío, que no es de caballeros andantes gastar modales de pisaverdes crapulosos”.—"Perdone vuesa merced—contestó el Tío Samuel algo mortificado y confuso—; pero es tal el gusto que recibo de velle, que no es mucho que me desmande impensadamente”. Y luego, dándoselas de cortesano y bien mirado, condujo a Don Quijote con el mayor acatamiento, cediéndole el paso al atravesar puertas y recorrer pasillos. Sancho no se despegaba de su amo, y deseoso de bienquistarse con el Tío Samuel, hacíale cada saludo que tocaba el suelo. Llegaron así a un hermoso parque con mucha floresta, a cuyo fondo se levantaba un muy alto palacio de casa quinta, pues es de advertir que el país era campestre y que el Tío Samuel estaba allí de residencia por ser la estación veraniega y más que calurosa. Sin hablar palabra iba Don Quijote, y era tal su ceño, que ni el mismo Sancho, que se desvivía por dar ocupación a la sin hueso, se permitía importunarlo, contentándose con mirarlo todo y volverse a cada paso al Tío Samuel haciendo expresivos ademanes y poniendo tal cara de complacencia, que no se viera nunca más regocijado pantomima. En llegando al palacio, dijo el Tío Samuel a Don Quijote: —“Aquí tiene vuesa merced un, chalet que es mi habitual residencia en la canícula, y mucho he de holgarme de que sirva de aposento y solaz en este verano a la flor de la Andante Caballería”.—“¡Cómo chalet!— dijo Don Quijote—; castillo habíais de decir”.—“Así es la verdad”—contestó el viejo con una sonrisa complaciente.—“Llámese chato o narigudo—añadió Sancho—, a lo mismo lo da Galindo, que como casa solariega, no la vi mejor en mis días y ni aun el palacio de los duques me parece que era de tan buen ver como este que aquí delante tenemos”. Con esto, atravesaron lo que llaman un parterre en lengua francesa y subieron una escala de granito o jaspe, a cuyos lados, lo mismo que en el decorado del palacio, veíanse estatuas de mármol y de bronce con tánta verdad hechas y en actitudes tan nunca vistas para el bueno de Sancho, que al infeliz no le llegaba la camisa al cuerpo, pues vino a ocurrírsele que su amo estaba en lo justo y que toda aquellas figuras deberían de ser de personas encantadas por aquel maldito viejo brujo o demonio al que no le quitaba los ojos de la falda del frac por ver si sacaba a relucir la cola. Luego de llegar al vestíbulo, como el Tío Samuel se detuviera, creyó que allí iba a ser lo de convertirse en estátuas y se agarró a su amo con mucho sobresalto y trasudores; pero se le volvió el alma al cuerpo cuando el viejo, con amistosas expresiones y reverencias, abriendo una puerta y levantando un amplio cortinaje, le rogó a Don Quijote que pasara. Hízolo así éste no sin cierta complacencia, pues era tan relumbrante y llamativo el lujo de aquel moderno palacio, que, poco a poco, se le fué encendiendo la imaginación al buen caballero, a tal punto que, al pasar bajo la cortina que levantaba el Tío Samuel, en actitud más de lacayo que de castellano, y al encontrarse en un salón que le pareció el súmum de la magnificencia, dejóse decir:—“Lujosa es vuestra morada, señor caballero, y vendría aquí como de molde aquello de sicut domas homo”—; mas cayendo en la cuenta de que se las había con un encantador de malas artes, añadió en són de reproche:—“Bien se ve que estas prendas no son del que las posee sino de príncipes y magnates, según se advierte por su antigüedad y riqueza”.—“No me hace honor el Señor Don Quijote—apuntó el Tío Samuel.—“El que vuesa merced merece y nada más, pues por sabidas se callan las malas artes de que se valen los hechiceros para despojar a los hidalgos de su hacienda y aun de sus trofeos y armerías. Qué mucho, pues, que vuesa merced por botín de guerra (que dudo que la hubiese) o por astucias y embelecos haya afanado el lujo de la antigua Bizancio o las joyas nunca vistas del imperio de Trapisonda.”—“Si tal origen tienen estas riquezas—dijo Sancho a este punto— a buen seguro que en esa trapisonda no hubieron trapos, pues en su vida ha visto vuesa merced mayores maravillas que las que aquí se ven. Para trapos (con perdón sea dicho), mírese vuesa merced en ese espejo que delante tiene y que es mejor que el agua y que la propia luz según su claridad y hermosura y verá que no es bien que nos metamos a poner peros cuando nunca como en esta ocasión me pareció vuesa merced de peor pelaje. Y qué decir de mí, infeliz, sino que me siento avergonzado al verme en este arreo tan poco lucido, pues no parece sino que esta rica luna quisiera afrentarnos retratando de cuerpo entero nuestras derrotadas personas. Tan es así como digo, que, luego de verme, me pareciera agravio posarme en estos mullidos sitiales, y por lo que hace a la alfombra (que debe de ser de las que dicen de Persia), la creo tan ofendida, que si en el aire pudiera, en el aire me parara. Conque vea vuesa merced si es buen aliño salir agora con hablar de trapos". Cohibido estaba en verdad Don Quijote, sobre todo por lo del espejo, en el que, muy a su pesar, se miraba por tenerlo al frente; pero irritado con la charlatanería de Sancho, le mandó que callase y luego dijo:—“Dá gracias a tu rusticidad y cortos alcances, que a no ser por ellos, en otra forma te amonestara para que no volvieses a incurrir en tales desatinos como los que ahora has dicho. No por lo que parecen sino por lo que son valen las cosas, que ni el oropel es el oro, ni el lujo es la hidalguía, ni el valor la baladronada, ni tu cerrada mollera podrá nunca alcanzar que no es lo mismo el caballero andante que el rico presuntuoso, porque a aquél se le conoce por los merecimientos y a éste por las apariencias, y no diera yo una de mis hazañas por todos los palacios de todos los hechiceros y encantadores que existan o hayan existido en el mundo, con perdón sea dicho de vuesa merced, Señor Don Samuel, como vuesa merced pretende llamarse”. Callado pero no convencido quedóse Sancho, y el Tío Samuel, que estaba gozosísimo de oír a su huésped, dijo:—“Razón tiene de sobra el Señor Don Quijote, y vos, Sancho, andáis descaminado, pues siendo tal como es la valía y buen nombre de vuestro amo, no ha menester de atavíos ni de apariencias”.— “Así deberá de ser cuando vuesa merced lo dice—dijo Sancho—, pero a mí me parece que las cosas entran por la vista sin que tengamos de entremeternos a averiguar cómo es cada uno por de dentro para buscalle el honor que es cosa que no da de comer ni sirve para hacer unas calzas".—“¿Acabarás, Sancho, de decir desatinos?—dijo Don Quijote encolerizado—¡Basta ya de pláticas que no está el humor para gastallas!". Viendo a Don Quijote de tan mal talante, callóse el escudero, y el Tío Samuel que, sin dedos para organista, quería hacer el papel de castellano, se empeñó en mostrar a su huésped, abriendo puertas y cruzando pasillos, la alcoba para él y su escudero, el comedor, dos o tres gabinetes, la sala de juegos y un salón de armas donde las habían tan lucidas y variadas, puestas en trofeos y panoplias que a Don Quijote se le encandilaron los ojos y fué calificándolas de esta manera:—“Estas deben de ser las de Baldovinos; aquesta lanza se me antoja la de Amadís de Gaula, y mucho me equivoco o ésta que aquí se ve tan grande y de tan agudos filos, es la espada de Palmerín de Inglaterra." Y volviéndose al Tío Samuel, añadió entre airado y curioso:— “¿Quisiera vuesa merced decirme el cómo y el por qué de haber venido a su poder las armas de tántos y tan famosos caballeros?”—“Es historia larga de contar—contestó el Tío Samuel— y data de mis tiempos de aventuras, que también las he tenido.” —“¿Aventuras? Supercherías y embelecos debieráis de decir—afirmó Don Quijote—; pero no es del caso tratar agora estos tópicos, que aunque mal de mi grado, vuesa merced me brinda aposento y no digo más.”—“Soy del mismo parecer—dijo Sancho—que mucha merced nos hace el Señor Don Samuel, y de mí sé decir que soy agradecido como el primero y que al són que me tocan bailo.” Mientras que Sancho seguía haciendo comentarios, Don Quijote se dejaba conducir por el Tío Samuel que ponía todo su conato en inspirarle confianza, aunque sin conseguirlo, pues el Caballero Manchego conservaba un continente entre comedido y desdeñoso que le cerraba el paso al marrullero viejo. Grande afán ponía éste en mostrar a su alojado las muchas comodidades y excelencias de aquel palacio recargado de adornos, muebles y tapices, como puesto de feria; pero no lograba que se interesase poco ni mucho Don Quijote, el cual, pasada la primera impresión, escuchaba los encarecimientos del ricachón americano con frialdad señoril, como persona acostumbrada a frecuen- tar palacios y castillos que poco o ningún reparo hace del lujo y del regalo; a tal punto, que el Tío Samuel, nada entendido en achaques de aristocracia y cortesía, vino a caer en la cuenta de que no hacía papel muy lucido comparando su actitud con la del hidalgo manchego. El que sí estaba entusiasmado era Sancho: todo se le iba en preguntar y repreguntar sobre la utilidad y el objeto de cada mueble, quedándose a cada paso con la boca abierta y tan maravillado, que se olvidó por completo del caso nunca visto de su resurrección y del miedo que antes tuvo. Por fin, el Tío Samuel que, aunque tomándolo a burla, se sentía mortificado por no haber sabido hacer su papel de castellano ante la hidalga actitud de Don Quijote, despidióse de esta manera:—“Quédese, pues, vuesa merced, señor caballero, en este humilde aposento para ver de reposar como mejor fuere servido, que yo, por no estorballe, me privo del honor de estar en su compañía.” Dichas estas razones y tras muchos comedimientos y saludos, fuése el viejo a tratar con sus vasallos que lo aguardaban con la mayor impaciencia, pero antes dió vuelta a la llave de la puerta del vestíbulo, pues bien sabía él que su huésped no perdería ocasión de tomar las de Villadiego y echarse al mundo en busca de aventuras. CAPITULO III. DIALOGOS QUE PASARON ENTRE DON QUIJOTE Y SU ESCUDERO. Perplejos quedáronse amo y criado, y no bien estuvieron solos, cuando a Sancho volvió a entrarle el miedo que antes tuvo y acercándose a su amo, le dijo:—“Yo creo, mi Señor Don Quijote, que estamos condenados o que somos ánimas en pena; pues, ¿no es cierto como la luz que nos alumbra que vuesa merced se murió en sus cabales hace tantísimos años y que yo le so- breviví por tal fué la pena que tuve? Cómo si ahora fuera, me acuerdo de mi muerte, de la pena de Teresa y del llorar de Sanchica que partía el alma Pero después, no me acuerdo más tampoco, que, a mi entender, debo de haber estado letargado como dicen.”—“Aletargado querrás decir”—corrigió Don Quijote.—“Déjese vuesa merced de enmendarme los voquiblos, que es cosa de poca monta—contestó Sancho—, y trate de explicar, si es que puede, ésta que nos está pasando que es la aventura o desventura más extraordinaria de cuantas se han visto desde que el mundo es mundo”.—“A la verdad que el caso es algo sorprendente, Sancho amigo. Yo también me creía muerto, es decir, no me creía, porque desde el paso aquél en mi aldea en que di o supuse dar el alma, no sé si he existido o no he existido, aunque a mi ver, he existido, pues, según se advierte, vivo estoy y en mis cabales”.—“Cosas del diablo son éstas—afirmó Sancho—; y para mi capote, ese viejo de la perilla blanca, apesar de sus arrumacos, debe de ser el propio Lucifer o algún otro demonio de mucha alcurnia y nombradía. Cuanto a los que le acompañan, ya ve vuesa merced que no son personas cristianas, lo cual tiene de extrañar, pues por algo se ha dicho, dime con quién andas y decirte hé quién eres. Lo cierto es que si yo no he perdido el juicio (cosa que me estoy temiendo), vuesa merced y yo estamos en el otro mundo, quiero decir que somos finados.”— “Propias son de tu simplicidad tales razones—dijo Don Quijote—; pero a buen seguro que no nos hemos muerto ni cosa tal, como tú supones. Vivos y muy vivos estamos, Sancho amigo, que para algo y aun para mucho ha querido conservarnos la Divina Providencia.” Callóse el escudero como si reflexionara, se rascó la cabeza y luego dijo:—“Estoy por fiarme de lo que vuesa merced dice, pues si fuésemos difuntos, estaríamos en la gloria con el Señor San Pedro y no con este viejo malicioso de la zamarra con faldones, y por lo que toca al purgatorio y al infierno, bien se ve que no nos atormentan penas ni nos achicharran diablos, lo cual no es propio de ánimas ni de condenados; de modo y manera que estoy por creer que vivimos, lo cual me place en extremo, porque más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer y bien se está San Pedro en Roma aunque no coma.”—“Discurres con acierto—afirmó Don Quijote—, y lo que hay en este enredo endiablado es que ese supuesto gran señor que dice llamarse el Tío Samuel, ni es tal Samuel ni tal Tío, sino el sabio Merlín o el gigante Malambruno o algún otro mago de los más famosos y embusteros que por invidia o malquerencia nos tiene encantados en este palacio. El caso no es de extrañarse, que iguales los hay en muchos libros de caballería que tengo bien presentes, y sin ir más lejos, tú mismo fuiste testigo de cómo Durandarte estuvo encantado en la cueva de Montesinos por tan luengos años.”—“¿Que yo fui testigo?... .Veo que vuesa merced está perdiendo la memoria, pues ni vi yo al llamado Durandarte ni aun creí en las paparruchas que vuesa merced me contó de tal señor y de la dichosa cueva de Montesinos. Pero volviendo a nuestro pleito, ¿cómo explica vuesa merced lo de nuestra muerte?”—“Lo de nuestra muerte—afirmó Don Quijote—también es encantamento o apariencia, pues casos tales se cuentan en muchas historias que andan por el mundo.” Movía Sancho la cabeza sin dar crédito a las razones de su amo, el cual, notándolo, dijo con grande énfasis:—“Sabe, ¡oh incrédulo Sancho!, que estoy llamado a ser el primero de los caballeros andantes que han dado lustre a la humana especie, y que mis fazañas han de ser tales y de tánto riesgo y nombradía, que sobrepasen y escurezcan a cuantas se refieren de paladines y aventureros de todas las edades; con lo cual no te asombre ni te amedrente que me ocurran peripecias nunca vistas y que me persigan enemigos tan poderosos como este viejo endiablado que es el encantador más descomunal y soberbio de toda la caterva de los de su especie. A Dios gracias que ya veo bien claro el enredo y brujería que contra mi persona han urdido, y que estoy al tanto de las maquinaciones con que se pretende dejarme para siempre encantado. Sabe, pues, Sancho amigo, que lo de nuestra muerte no ha sido sino suposición y embuste y que estoy en el mundo para emprender de nuevo gallardas aventuras, pendencias inauditas y sucesos jamás vistos ni soñados. Alégrense los menesterosos y afligidos, la infelice viuda y la cuitada doncella, el desvalido huérfano y el siervo atribulado; y tiemblen los explotadores de seres indefensos, los empedernidos usureros, los bellacos mentirosos y los cobardes menguados con toda la turba de pícaros y follones que andan por el mundo, pues pronto está ya Don Quijote para cumplir la misión que el justo Cielo le encomendara para aumento de su honra, homenaje de su dama y bien de su república.”—“Razón tiene vuesa merced-dijo Sancho a este punto—, y tan cierto es lo que dice de vernos encantados, que este palacio me parece a mí cosa de sueño según es de rico y maravilloso. Vea vuesa merced qué aposentos y qué muebles de talla y de seda chinesca, y qué armarios, y qué cuadros de pintura, y qué cortinajes, y qué tapices y cuánta zarandaja y qué muelle y gustoso me parece a mí todo esto. A mi ver, si el Tío de la pera no manda otra cosa, podemos pasarlo aquí con tanto regalo como en el castillo de mis señores los duques y aun es poco.”—“Ya vas viendo, pues, Sancho-dijo Don Quijote—,que aunque parezcan increíbles, son ciertos de toda certidumbre los lances que la suerte depara a los que como yo siguen la Orden de la Andante Caballería. Pero si he de decirte verdad, no creo que de ninguno se contara lo que de mí ha de contarse. Grandes son los peligros y emboscadas que se urden en contra mía, como no se urdieron ni se tramaron contra caballero ninguno; más es tal el rigor de mi indomable brazo y tánto el afincamiento que me impulsa y mueve, que antójanseme placer y bienandanza las aventuras más riesgosas y los combates más recios. Muchas son las fazañas que en el mundo se me esperan, muchos los tuertos que enderezar, las honestas doncellas que favorecer, los desvalidos que redimir y los infelices a quienes defender; y tengo de acometer tales empresas y habré de dalles fin y remate a despecho de gigantes desalmados, de encantadores bellacos y de sabios pervertidos.” En este punto preguntó Sancho que qué pensaba hacer Don Quijote para que se viera libres de las maquinaciones y artificios del hechicero en cuyo poder estaban. Quedóse pensativo Don Quijote, y al cabo de un rato, acabó por contestar que el caso era para pensarse con la calma que el buen juicio aconsejaba. Sancho, que no se cansaba de preguntar, comenzó entonces a pedir pareceres sobre si existirían o nó la aldea, el ama, la sobrina, Teresa y Sanchica, sin olvidarse del cura, del bachiller Sansón Carrasco y de maese Nicolás el barbero. Vaciló un rato Don Quijote y dijo de esta manera:—“A la verdad que no sabría responderte, porque si, como presumo, son muchos los años de estar yo encantado, cura y barbero ama y sobrina, Teresa y Sanchica y bachiller Sansón Carrasco de añadidura deben de ser al presente almas de otro mundo, que lo de los encantamentos no se ha hecho para el común de las gentes, sino sólo para los caballeros andantes y para las damas a quienes sirven.” —“¿De modo que mi Señora Dulcinea está también encantada?” —preguntó Sancho.—“¡Qué duda tiene!”—contestó Don Quijote; y luego con grande agitación y cólera comenzó a decir:— “¡Por la Orden de Caballería que profeso y por mi nombre sin mácula, juro que le habrá de costar caro al invidioso sabio o demonio que tal agravio me fizo encantando a Dulcinea; que es grande mi cuita y mayor mi sobresalto pensando si acaso la rei- na de mi albedrío gima en aquesta hora aprisionada por desaforados gigantes, sin más culpa que la de haber puesto los ojos en este su cautivo caballero! ¡Voto a tal! que he de tomar venganza de semejante tropelía y ha de ser ella tan sonada y famosa, que sobrepase y escurezca a cuantas se cuentan en historias y se escriben en libros de caballería y encantamento.” Sancho, que oía a su amo con cierta desconfianza, le preguntó:—“¿Y está seguro vuesa merced de vencer a tan grandes enemigos?”—“Y tan seguro—contestó Don Quijote—que puedes darlo por hecho y terminado; como que más pronto de lo que imagina tu natural ignorancia y tras descomunales pendencias y altercados con gigantes y vestiglos, has de ver tú, ¡oh modelo de escuderos leales!, desencantada y libre a la sin par Dulcinea del Toboso, recibiendo los homenajes de caballeros vencidos, de hechiceros burlados y de toda la muchedumbre de gente favorecida por el nunca bien ponderado valor de su andante caballero. Paseábase Don Quijote con intranquilo andar después de haber dicho las anteriores razones, cuando Sancho le interrumpió de esta manera:—“¿Y dígame vuesa merced, a mí también me toca lo de estar encantado?”—“Claro que sí”—contestó Don Quijote.—“Pero, ¿cómo nos entendemos, si vuesa merced decía no ha mucho que semejante distinción era sólo para los caballeros andantes y para sus Dulcineas?”—“Sus damas debieras de decir—corrigió Don Quijote—, que Dulcinea sólo hay una en el mundo; y cuanto a tu pregunta, por descontado se entiende que, con la dama, la dueña, y con el caballero, el escudero es fuerza que estén encantados para servir a sus señores naturales.” “¡Necio de mí!—exclamó Sancho—que nunca imaginara que al entrar al servicio de vuesa merced había de verme en semejante enredo sin comerlo ni beberlo. ¿Pues que se me da a mí de que hayan damas melindrosas y caballeros rematados, y tuertos que componer y sinrazones que enmendar para que el hideputa de un hechicero se saque el clavo conmigo y me vea yo encantado a ley de servidor de vuesa merced, que es como si dijéramos de cuenta de cantor. Maldigo yo de semejantes prac- máticas y de todos los caballeros andantes habidos y por haber que a tal extremo llevan a un buen cristiano como el hijo de mi madre.” No ponía oídos Don Quijote a las razones de Sancho y todo se le iba en cavilar, rebuscando en su memoria si algún otro caballero andante se vió en tal cuita y aventura como la que a él le sucedía; y pasado un rato, preguntó Sancho: —“Y dígame vuesa merced, ¿los encantados no comen ni be- ben?”—“Yo creo que nó”—contestó Don Quijote después de pensarlo.—“Pues entonces yo no estoy encantado ni cosa que se le parezca, porque voy sintiendo un gusanillo en el estómago ”—“Bien se ve que sólo te preocupas de humanas flaquezas—afirmó Don Quijote—; pero ten calma, Sancho amigo, que tu boca será medida. Vencedor saldré de esta fuerte aventura y tendrás numerosos vasallos que sirvan a tu mesa los más regalados manjares.”—“Si para allá me la dejas, perdonármela quieres—dijo Sancho—; y no se olvide vuesa merced de que hambre y esperar hacen rabiar.” Con estas y otras razones fué pasándose el rato, y el escudero cansado de preguntar y de gruñir, se tendió en un lujoso canapé al que le llamaba escaño y se durmió a pierna suelta, en tanto que Don Quijote, meditabundo y fosco, sentado en mullido sitial, con la barba apoyada en la derecha mano y los ojos entornados, se encomendaba de todas veras a la señora de sus pensamientos para ver de que lo favoreciese en tan grande cuita. CAPITULO IV. QUE TRATA DE LA GRACIOSA EQUIVOCACION QUE TUVO DON QUIJOTE CONFUNDIENDO A DOÑA AGUILA CON DULCINEA Y DE LA DESGRACIA QUE CON ESTO LE VINO. Mientras departían, como queda dicho, Don Quijote y su escudero, el Tío Samuel alborotaba los mundos con la nueva del nunca visto suceso, convocando por pracmática a una exposición de las que llaman universales para que viniesen a sus dominios desde los más lejanos reinos las gentes que quisieran conocer y admirar al amo y al mozo de nuestra historia. Demás es decir que con el pregón de los impresos, las apuestas y los preparativos de la exhibición del Caballero Manchego, andaba la familia del Tío Samuel en tal ajetreo y actividad, que parecían los Estados Unidos una gran casa de locos tocados de la manía del movimiento perpetuo. El discurrir sobre el tantos por ciento, el armar lo que llaman sindicatos, sociedades anónimas y otras variadas combinaciones de lucro, y en suma, el ir a la pesca de monedas que, trátese de lo que se trate, es el principal conato de los súbditos del Tío Samuel, aumentóse de tal modo, que las gentes corrían por calles y plazas en toda clase de vehículos, no ya con la carrera ordinaria, que no es floja, sino con un trajín de condenados a quienes hostigase el demonio en persona. Atumultábanse los transeúntes; los oradores de plazuela, que abundan allí como la mala hierba, arengaban con voces destempladas y mucho manoteo acerca del suceso del día; se formaban corrillos a cada paso; atropellábanse coches y automóviles; discurrían en todas direcciones los tranvías de electricidad; pasaba el elevado estremeciendo los aires, y la policía no se daba punto de reposo; oyéndose por todas partes, en medio del tumulto y del ensordecedor bullicio, los nombres de Don Quijote de la Mancha y de Sancho Panza su escudero, puestos en boga de la noche a la mañana y sirviendo de reclamo para especulación y granjeria, pues con la convocada exposición y los millares de visitantes que traería consigo, prometíanse hacer su Agosto todos los naturales y vecinos del país de Yanquilandia. Grande era el gusto que recibía el Tío Samuel con el resultado de su famosa ocurrencia, y como persona experimentada dispuso, para mantener viva la curiosidad de todos y hacer más atractivo el misterio y novedad del caso, que los personajes materia de tanta algazara, permaneciesen aislados en el chalet de que ya se ha hecho mención, reservándose él solamente el derecho de verlos y tratarlos hasta el día en que fueran exhibidos. Ordenó, pues, con este fin, que Don Quijote y Sancho estuviesen en encierro, servidos por mozos discretos y bien aleccionados que evitarían todo palique para que no se impacientara el Caballero Manchego; permaneciendo, a la vez, dichos mozos incomunicados con el resto de las gentes a fin de guardar mejor el misterio. Con tan atinadas disposiciones y suponiendo que Don Quijote estuviese ya repuesto de su primer sobresalto (que, al decir de los médicos, era de mucho peligro), quiso el Tío Samuel holgarse un rato discurriendo con sus extraños huéspedes y fuése a hacerles compañía, pero no solo, sino con su hija primogénita, la muy celebrada Doña Aguila Americana, joven rubia y hermosa sobre toda ponderación, y aunque sin títulos ni blasones, princesa real y de tánta alcurnia, que es fama que los hombres y aun los pueblos de esta nuestra edad dichosa le rinden pleito homenaje, viniendo a ser la susodicha algo así como la Helena de los modernos tiempos que enciende y encenderá guerras más famosas que la de Troya y más encarnizadas que las de Moros y Cristianos. Cuentan los que lo saben, que la nombrada princesa consiguió, no sin dificultad, que su padre y señor la llevara consigo, pues a fuer de yanqui y de original en los gustos, estaba que se desvivía por conocer a los resucitados y por platicar con ellos. Entraron, pues, padre e hija en el aposento donde aquéllos estaban, y Don Quijote, algo turbado al ver a la dama, trató de hacerle un saludo que ella contestó con sendas cabezadas.—“Guarde Dios a vuesa merced”—dijo a este punto el Tío Samuel dirigiéndose a Don Quijote. Fijóle éste los ojos, púsolos luego en Doña Aguila, y así tornándolos del uno a la otra, fué poniéndose tan descompuesto y alterado, que parecía que se le iba el alma por los ojos, sin acertar a proferir palabra.—“Confuso está mi Señor Don Quijote”—dijo el Tío Samuel observando su turbación y aturdimiento. —“Confuso—contestó Don Quijote—al ver vuestra osadía, señor hechicero.”—“Mal me cuadra ese nombre”—acertó a decir el Tío Samuel.—“Mejor os cuadraría el de bellaco”—añadió Don Quijote echando lumbre por los ojos; y procurando luego dominar su enfado, volvióse a la dama con el mayor acatamiento y díjole de esta suerte:—“¡La vuestra grandeza me perdone, señora y reina mía, si mal puedo reprimir mi natural impulso ante la audacia y bellaquería de tan ruín encantador! ¡Gran desventura ha sido para vos, fermosa y sin par Dulcinea, que pusiérades los ojos en este vuestro infortunado caballero para que así vos aprisione un encantador menguado movido por la invidia que mis fazañas le causan! Pero cese el llanto que nubla esos matutinos luceros y cálmese la congoja de vuestro pecho adolorido, que pronto está mi indomable brazo para desfacer el agravio que se infiere a la vuestra grandeza. ¡Mandad, pues, señora y reina mía, y compadecéos de este atribulado caballero, esclavo de la vuesa fermosura!” Dichas estas razones, se hincó de rodillas Don Quijote ante la dama y agregó, puestos los ojos en el suelo y en el tono más sumiso y reverente:—“Ya que por mi culpa os vedéis encantada, yo de aquí no he de levantarme mientras la vuestra beldad así no lo ordene y disponga.” Asombrado estaba Sancho con el descubrimiento y no pudo menos de acercarse a su amo para preguntarle si aquélla era en verdad la Señora Dulcinea.—“¿No lo estás viendo?—exclamó Don Quijote, todo emocionado y sumiso—¿Nó ves en ella el espejo de la honestidad, la flor de la hermosura y el dechado de la gentileza?”—“Pues por muchos años”—dijo Sancho arrodillándose junto a su amo.—“Levantáos, Señor Don Quijote—dijo a este punto Doña Aguila sin poder tener la risa—¡No es bien que esté de rodillas el más noble y valeroso caballero de que hacen mérito las historias!”—¡Alce vuesa merced!”—dijo el Tío Samuel, disi- mulando la gracia que la escena le hacía, y uniendo la acción a la palabra, fué a coger por el brazo a Don Quijote. Sentir la mano del discreto viejo y encolerizarse el de la Triste Figura, fué cosa del momento. Púsose de pie con gran desenfado y afrontando al Tío Samuel, desplantóse de este modo:— “¡Desenvainad vuestra espada, miserable Merlín, que nada valen vuestras supercherías y embelecos ante el vigor de mi indomable brazo!”—“¡Calmáos, Señor Don Quijote!”—exclamó el Tío Samuel perdiendo los estribos; pero el audaz caballero sacó a relucir la tizona y arremetió con tal bizarría, que el Señor de Yanquilandia, confundido y desconcertado, corrió a guarecerse detrás de una mesa con más prontitud que la que sus años le permitían. Doña Aguila prorrumpió en gritos de socorro que Don Quijote entendió que eran en favor suyo, y deteniéndose en la embestida:—“¡Non temáis, señora y reina mía—le dijo con gentil ademán y gallardo continente—, pues la vuestra mirada fortalece en grado tal mi denodado pecho, que salir hé triunfante en esta descomunal batalla!” Acudió Sancho a su amo con súplicas y ruegos, pero éste, impertérrito, embistió con más brío la mesa detrás de la cual se resguardaba el Tío Samuel y se puso a dar cintarazos con tánta cólera, que no había medio de contenerlo. A cada mandoble, persiguiendo al Tío Samuel al derredor de la mesa, maldecía como un condenado, poniendo a su enemigo de bellaco y malandante que no había por dónde cogerlo. Acudieron al tumulto y a los gritos hasta veinte mozos de los del servicio, y cuál no fué su asombro viendo el furor de Don Quijote y al Señor de los Estados tan corrido y maltrecho. Pensaron que aquel fantasma resucitado y pendenciero no podía ser sino el demonio y no faltó alguno que le echase cruces, pero los más descreídos acudieron en socorro de su amo. Viólos venir Don Quijote y volviéndose a Sancho, le dijo:—“Sancho amigo, es llegado el caso de que muestres tu bravura ante esos infames escuderos.”—“Eso no haré yo”—dijo Sancho retirándose a un extremo de la sala todo medroso y clamándole a su amo que por Dios entrase en razón. En un momento vióse rodeado Don Quijote, y echando espumarajos de rabia, empezó a blandir la espada a diestro y siniestro con el más fiero ademán, derribando muebles, rompiendo cuadros, adornos y colgaduras que era aquello un contento. El Tío Samuel, ya algo respuesto del susto, daba órdenes a su gente para que no hicieran daño a Don Quijote, Doña Aguila lo llamaba con desesperados gritos y Sancho, que no sabía dónde meterse, lo trataba de loco y desaforado. En tan grande confusión, logró el Tío Samuel escurrirse hasta tomar la puerta, llevando de la mano a Doña Aguila y seguidos de los mozos que salieron atropelladamente. Viéndolos en fuga, arremetió a ellos Don Quijote con mayor enfado, descargando sobre sus espaldas tan rudos golpes, que más de uno resultó contuso.— “¡Quitadle la espada!”—gritaba el Tío Samuel cuando ya todos estaban en el parque; pero Don Quijote se batía con tánto denuedo, que ninguno podía acercarse a él sin el peligro de no contar la historia. Era aquélla, a la verdad, la escena más curiosa y peregrina que imaginarse puede: los mozos, huidos, toreaban a Don Quijote sin atreverse a hacerle frente; Doña Aguila y el Tío Samuel, refugiados en un cenador, daban órdenes que nadie entendía; Sancho, detrás de su amo, le clamaba en todos los tonos para que se calmase, y Don Quijote, colérico como un demonio, vociferaba improperios, hacía molinete con la espada y repartía mandobles como un desaforado. En esto, algún chusco de los del servicio acertó a pedir las bombas como si se tratase de incendio, y llegadas que fueron, cuatro de los mozos las aplicaron a los grifos y al punto descargaron tales chorros de agua sobre el bravo caballero, que, sin poderlo remediar, vino a dar en tierra, gesticulando como un energúmeno. No contentos con esto los muy bellacos, comenzaron a cruzarlo con cintarazos de agua y cargaron también sobre Sancho que cayó patas arriba pidiendo misericordia a voz en cuello. Reíanse los mozos a reventar, manoteaba Don Quijote, se agazapaba Sancho y funcionaban las bombas; resultando la escena tan cómica y divertida, que todos los espectadores festejaban a sus anchas, riéndose hasta por los codos.— “¡Basta de ducha!”—gritó, por fin, el Tío Samuel temiendo que fuese muerto el resucido y mandó retirar las bombas. Acercáronse todos prontamente y entonces la risa convirtióse en lástima viendo el miserable estado en que Don Quijote se encontraba. El buen caballero se había desmayado y estaba, al parecer, medio muerto, caído boca abajo, chorreando agua, con las ropas pegadas a los huesos, que poco tenían ya de carne, la armadura deshecha y el rostro tan amojamado, amarillo y descompuesto, que más parecía de momia que de persona viva. Alarmóse el Tío Samuel y dispuso que se llamase un médico; doña Aguila acudió solícita con un frasco de sales que aplicó reiteradas veces a la nariz de Don Quijote, en tanto que los mozos lo friccionaban; hasta que, poco rato después, con abrir y cerrar de ojos y con movimientos descompasados, empezó nuestro héroe a volver de su desmayo, se pasó la mano por la frente, trató de orientarse, miró a Doña Aguila que le hablaba con tiernas expresiones, y cuando procuraba sacar la voz para dirigirle algún requiebro, acertó a reparar en el Tío Samuel. Nunca lo viera. Tornóse en fiero su semblante de enamorado, arrugó el ceño, procuró tragar saliva y moviendo la cabeza de arriba para abajo, comenzó a decir con voz entrecortada y punto menos que ininteligible:—“¡Mal hayan vuestros hechizos, señor don brujo!”—“Cálmese vuesa merced”—suplicó Doña Aguila, tentada de nuevo por la risa. Don Quijote le dio las gracias con la mirada más tierna y rendida, y luego, poniendo fosco el semblante y dirigiéndose al Tío Samuel, dejóse decir casi sin mirarlo:—“Bien se ve que el mismo Neptuno os acompaña en estas intrigas y que dioses y hechiceros hacen alianza en contra mía; pero non temáis vos, fermosa y sin par Dulcinea, que yo sabré dar fin a tan grande bellaquería como la que aquí se ve. Templad, pues, vuestra congoja y enjugad las líquidas perlas que empañan los limpios luceros de vuestros ojos y que tánto amargan el rendido corazón de vuestro acongojado caballero.” Al decir estas razones, tartamudeaba Don Quijote tiritando de frío, a tal punto, que le temblaba la barba y era poco lo que se le entendía. Sancho, que juzgó lo más prudente en aquella ocasión hacerse el muerto, viendo que no habían ya más azotes, fuése arrastrando hacia su amo y sin poder contenerse, le dijo de esta manera:—“¿Habéis vuelto a vivir, Señor Don Quijote, y no habéis escarmentado de andar en fantasías? Yo pensaba que con la azotaina de nueva invención no os quedarían ganas de volver a los requiebros, que el gato escaldado del agua fría há miedo.” Riéronse todos del donaire de Sancho y alejóse en esto el Tío Samuel para no sobresaltar a Don Quijote con su presencia, el cual volvió medio a desmayarse y hubo que trasladarlo en manta, lo mismo que a Sancho que se quejaba de grandes dolores y molimiento de huesos. Llevaron, pues, a cada uno a su respectivo lecho, que para mayor comodidad de entrambos, estaban colocados en la misma sentencia. No permitió Don Quijote que los mozos lo desvistieran y frotasen como el Tío Samuel dispuso, pero Sancho holgóse grandemente dejándose desnudar y friccionar y arropándose en la cama que le pareció la mejor que en su vida había catado. Sirviéronles después un caldo que era como para resucitar a un muerto, de rico y substancioso; tomólo Sancho relamiéndose sin disimulo y animando a Don Quijote a cada sorbo para que viese de sustentarse; pero éste, todo fosco y malhumorado, no atendía las exhortaciones de su escudero ni menos las solicitudes de los mozos que le servían. En este punto, acertó a entrar Doña Aguila, y empeñada en agasajar a Don Quijote, qui- so servirle ella misma y le ofreció el primer bocado. Conmovióse mucho con esta merced el brumado caballero, y antes de probar el caldo, besó humildemente la mano de la que él imaginaba ser su Señora Dulcinea y púsose de enamorado y dulzón que todo se le iba en suspiros y rendimientos. Con el suculento potaje y el calorcillo del mullido lecho, durmióse Sancho como un bendito, y como Don Quijote se mostrase caviloso y alterado, por ver de que también se durmiese, ofrecióle Doña Aguila con todo encarecimiento una melecina que era cosa de narcótico. Aseguró el caballero no necesitalla, pero insistió la dama en que tomase el brebaje, afirmando con gran misterio que era el propio bálsamo de Fierabrás que ella misma había compuesto, y entonces Don Quijote gustó la bebida, dijo ser a la verdad el famoso menjurje y lo apuró de un trago, con lo cual vino también a quedarse dormido como una piedra. V. QUE TRATA DE LAS RAZONES QUE PASARON ENTRE EL TIO SAMUEL Y SUS HUESPEDES CON OTRAS COSAS DIGNAS DE SER CONTADAS PARA LA MEJOR INTELIGENCIA DE ESTA VERIDICA HISTORIA. Era ya muy entrado el día cuando Sancho se despertó, pero viéndose en tan buena y mullida cama, quedóse en ella estirándose a sus anchas y tan contento, que poco o nada se preocupaba acerca del raro caso de su existencia. Vínole al magín la idea, pero desechóla pensando para sus adentros que desde que tan bien se encontraba, no había para qué devanarse los sesos metiéndose a imaginar brujerías que ninguna cuenta le traían. Holgando estaba, pues, entre las ociosas plumas con la grande satisfacción de no pensar en nada, cuando vió entrar a un mozo que reconoció ser uno de los de la ducha del día anterior, el cual acercándose con andar despacio al lecho donde Don Quijote dormía y viéndole quieto y sosegado, vínose a Sancho.—“Buenos días dé Dios a vuestra señoría”—díjole éste.—“Buenos los tenga el señor escudero”—, y agregó con truhanería:—“¿Cómo ha amanecido la. vuestra merced?”—“Tan campante—contestó Sancho—, a pesar de la azotaina que nos administraron ayer ciertos bellacos que no nombro porque soy enemigo de meterme en pleitos y en averiguaciones.”—“¿Si gusta el señor escudero que se le sirva el desayuno?”...—dijo el mozo que estaba aleccionado para ser discreto y no andar en dimes y diretes.— “Y tan gusto—contestó Sancho—, que lo agradeceré con toda mi ánima.” Con esto salióse el mozo y tornó a venir trayendo en una bandeja una taza que humeaba y con ella dos bollos calientes untados con manteca de vaca. Encandiláronsele los ojos a Sancho y se sentó en la cama aspirando el aroma del suculento chocolate que venía en la taza.—“Levántese el señor escudero”— dijo el mozo.—“No veo la necesidad—contestó Sancho—, que no por mucho madrugar se amanece más temprano y barriga llena, corazón contento.” Hizo el mozo una reverencia y se dispuso a salir, pero Sancho que estaba ganoso de plática—“Venga vuesa merced—le dijo—, que para todo hay tiempo; bien puedo yo sustentarme y platicar a mis anchas. ¡Poca gana tengo yo de palique viéndome tan bien servido!”—“Perdone el señor escudero que no le complazca, pero ocupaciones tengo que me lo impiden”—contestó el mozo.—“Tiene razón vuesa merced, que primero es la obligación que la devoción, aunque a mi juicio, es mucha descortesía dejar a su huésped con la palabra en la boca.” Sin decir oxte ni poxte, hizo el mozo otra reverencia y se fué por donde vino.—“Pues señor—dijo Sancho—, estos encantadores son bien poco cortesanos”—; y saboreándose a su gusto, se puso a sustentar con el suculento desayuno con tan buen apetito, que es fama que no dejó ni las migas. No bien hubo Sancho desayunado, cuando empezó Don Quijote a rebullirse y despertó luego sentándose súbitamente en la cama como si de un mal sueño volviese. Observábale Sancho, y viéndole con los cabellos revueltos, los ojos legañosos, el cuello largo y enteco, los brazos que parecían sarmientos y la actitud sobresaltada, soltó el trapo a reír del mejor gusto. Incomodóse Don Quijote y le dijo:—“¿De qué te ríes, bellaco? ¿No sabes que per multum risum, agnoscitur stultum?” Sin dejar de reirse, contestó Sancho:— “Hable en cristiano vuesa merced si quiere que nos entendamos, porque lo que es en griego, soy tardo, por no decir sordo.”—“No es griego sino latín—dijo Don Quijote—, y quiero decir que por la mucha risa se conoce al necio.”—Procurando contenerla, contestó Sancho:—“Ahora sí entiendo, pero es el caso que si aun vuesa merced se viera en semejante postura, había también de reirse.” Vistióse mohino Don Quijote y viendo Sancho su enfado, no se atrevió a hablarle y vistióse también aunque despaciosamente; pero eran tales sus ganas de palique, que, a poco rato, después de andar dando vueltas, viniendo a su amo, le dijo:—“¿No gusta vuesa merced desayunarse?”—“¿Has traído acaso las alforjas?”—preguntó Don Quijote.—“¡Qué mejores alforjas que estos mozos que tenemos a nuestro servicio! Si vuesa merced no se diera tánto al sueño, había de ver el substancioso desayuno con que acabo de sustentarme.” Hablando estaba Sancho, cuando entró el Tío Samuel seguido de un mozo que dejó sobre la mesa un servicio completo para el desayuno de Don Quijote.—“Tengo a mucha honra la de dar los buenos días al Señor Caballero de la Mancha-dijo el Tío Samuel—. Venga vuesa merced y sea servido de sustentarse con este sabroso soconuzco.”—“Y vaya que es sabroso—dijo Sancho—; como que en mi vida he catado cosa más. buena y regalada.” Callado estaba Don Quijote, y al cabo de un rato, volviéndose al Tío Samuel, le dijo:—“Dígame el señor encantador, ¿a qué se debe su enemistad para conmigo?”—“Amistad querrá decir el Señor Don Quijote”—contestó el Tío Samuel.— “¡Cómo amistad! ¿Pensáis vos que es propio de amigos secuestrar a un caballero andante y privar al mundo de sus beneficios?”—“Tiempo habrá para que el Señor Don Quijote pueda desfacer agravios, enderezar tuertas y socorrer a menesterosos—dijo el Tío Samuel con mucho comedimiento—; pero no ha de ser tan descortés el andante caballero que no quiera honrarme quedándose una semana en este castillo para hacerme compañía y disfrutar del regalo de la caza y de la mesa.”— “¡Qué duda tiene!—dijo Sancho—Por mí sé decir que no quisiera volver a las andadas y que aquí me quedo no una sino todas las semanas acompañando a mi Señor Don Samuel, siempre y cuando no vuelvan a arrimarnos una nueva azotaina de agua y que ese señor Nocturno guarde para otros sus latigazos.”— “¿Qué es eso de Nocturno?”—preguntó Don Quijote.—“¿Pues ya no se acuerda vuesa merced de que ayer le echó la culpa de los azotes?”—“Neptuno debieras de decir”—corrigió Don Quijote.—“Neptuno o Nocturno—replicó Sancho—, en esto de azotes, lo mismo es que se los dé a uno Pedro, Juan ó Martín; lo malo está en recibillos.” Por mucha que fuese la inquina de Don Quijote, el chocolate despedía tan grato olorcillo, que, cediendo a las instancias del Tío Samuel, sentóse a la mesa nuestro buen hidalgo y se puso a sustentar con discreta mesura y parsimonia.—“¿Qué dice vuesa merced de ese chocolate?”—preguntó Sancho.—“No puede negarse que es bueno”—contestó Don Quijote,—“No tan bueno— se apresuró a decir el Tío Samuel— como lo merece la honra y prez de la Andante Caballería.” Agradeció Don Quijote con una reverencia, y después de un rato, mirando fijamente al Tío Samuel, le dijo:—“Vuesa merced me la haría grande si me explicase el porqué de estar yo encantado en este palacio.”—“No me holgara poco con tal explicación, si es que la hubiera; pero tenga vuesa merced por seguro que no se trata de encantamentos ni cosa parecida”—dijo con énfasis el Tío Samuel, y luego añadió:—“Lo que hay en este caso curioso y nunca visto, es que el espíritu de vuesa merced, dado siempre a riñas y aventuras, me provocó en desafío para que viese de resucitalle, y yo, que no gasto miedos ni con muertos ni con vivos, acepté el reto, me puse a la obra y hé aquí a mi Señor Don Quijote y a su noble escudero (que también iba con él el desafío) dando testimonio de mi triunfo que, por cierto, ni amengua ni empaña el lustre de la vuestra valentía.” Maravillado quedóse Sancho oyendo lo que decía el Tío Samuel, y sin poder contenerse, le preguntó:— “¿Pero dígame vuestra señoría o excelencia es que en estos reinos se acostumbra resucitar a los difuntos? ¡Pese a tal que que nunca son a los difuntos? ¡Pese a tal que nunca imaginara semejante cosa! Y vaya que si mi amo es tan díscolo que aun de muerto se mete en aventuras y pendencias, bueno está que lo resuciten a él solo; pero yo ¿qué tengo que ver con este lío?”— “¡Cómo, Sancho!—exclamó el Tío Samuel—, ¿y habíais de abandonar en este lance a vuestro amo? Vos, el más leal de los escuderos de que hacen mérito las historias, no es bien que os desmintiérades protestando de acompañar al Señor Don Quijote, que mal puede concebirse el andante Caballero sin que vaya acompañado del- discreto Sancho.”—“No digo yo que no le tenga ley a mi amo—dijo Sancho—; ¿pero es decir que vivo o muerto he de estar siempre a su servicio?”—“Ese es vuestro destino, amigo Panza—contestó el Tío Samuel—; mas no os pe- se de esta fidelidad, que, tarde o temprano, no una sino muchas ínsulas habédeis de gobernar. Por mí sé deciros que ya os tengo una prevenida que no la hay mejor en mil leguas a la redonda.” —“Hablando así ya nos entendemos—dijo Sancho—; que ya verá vuestra excelencia si yo sé gobernar como cualquiera hijo de vecino, que bajo una mala capa se esconde un buen bebedor y al que parece calvo le arrastra el pelo y cuando Dios da....” No concluyó Sancho sus refranes porque Don Quijote que, de hacía rato, se iba amoscando, paróse de improviso y golpeando la mesa con el puño cerrado, dijo:—“¡Cepos quedos! ¡Basta ya de embustes, señor encantador! Buenas son vuestras supercherías y artimañas para que las crea la simplicidad de Sancho, pero mal parecen en mi presencia. No sé yo que hayan habido nunca sabios capaces de resucitar muertos, y todo lo que hay en este enredo es vuestra invidia que os sugirió la menguada idea de encantarme y conmigo a la sin par Dulcinea y al bueno de Sancho de añadidura. ¿Pues qué, este luengo sueño en que me habédeis hecho pasar tántos años (que años deben de ser) no es prueba palpable de vuestros sortilegios y quizás de algún filtro endemoniado que habédeis compuesto para así holgar a vuestras anchas mientras Don Quijote dormía?” Sancho que se rascaba la oreja contrariado con los desplantes de su amo cuando el Tío Samuel le hacía tan buenas ofertas, dejóse decir:—“No vuelva vuesa merced a las andadas, que ya sabe que nos cuestan caro y que la vida no da para golpes. Déjese de venir agora con bravatas y trate de componerse, pues ya este señor hechicero (con perdón sea dicho) nos hace tánta merced, comamos y bebamos que mañana medraremos.” Iba ya Don Quijote a desplantarse de nuevo, cuando el Tío Samuel, temeroso de los arrebatos de su huésped, le dijo:—“No se impaciente mi Señor Don Quijote, que tiempo habrá para que yo le dé cuenta y razón de todas las cosas que ahora le sorprenden y maravillan; y en el entretanto, voy a disponer la mejor forma y manera de que vuesa merced conozca mis Estados y sea en ellos recibido como merece su alta persona.” Sin esperar respuesta y saludando con grandes cabezadas, fuése a prisa el Tío Samuel dejando a Don Quijote desconcertado y a Sancho más que contento con la promesa de la ínsula. CAPITULO VI. DONDE SE VERA EL MEDIO DE QUE SE VALIO DON QUIJOTE PARA SALIR DEL CHALET QUE EL IMAGINABA SER CASTILLO ENCANTADO. Caviloso pasó todo aquel día Don Quijote, con la imaginación llena de encantamentos, endriagos y vestiglos y empeñado en recordar lo que en análogos casos hicieran los más famosos caballeros andantes; pero por más que repasó su memoria no hallaba que ninguno se hubiese visto en tan grande cuita como la que a él le acontecía, con lo cual nuestro buen hidalgo se calentaba los sesos inútilmente por ver de salir airoso de la aventura. Tan embebido le traían estos pensamientos, que todo se le iba en pasearse de un lado para otro, gesticular, hacer visajes y hablarse solo como si discurriera con las fantasmas que le andaban por la cabeza. Empeñábase Sancho en sacarlo de su ensimismamiento, pero viendo que no lo conseguía, púsose a examinar muebles, estatuas y curiosidades, maravillándose de sus variadas formas, de su singular primor y de las comodidades que ofrecían, por más que no acertase con las ventajas o utilidad de muchos de ellos. Hablándose solo porque Don Quijote no le oía, dióse a encarecer la inventiva de los hechiceros y lo cómodos y regalados que deberían de vivir en semejantes castillos; sintiéndose el buen Panza tan satisfecho y a su gusto, que se creyó ya un gran señor y se puso también a fantasear contando con la ínsula tan generosamente ofrecida por el Tío Samuel y dando por hecho y terminado tal ofrecimiento. Demás es decir que en el bien servido almuerzo que vino después del desayuno, lo mismo que en el lonche apetitoso, al que Sancho le llamó merienda, se despachó éste a su regalado gusto, trasegando repetidas copas de unos vinos que, a su parecer, deberían de beberse en copas de oro, tan buenos le parecieron. No pensó lo mismo de la cerveza, y luego que la cató, ocurriósele que tenía veneno y recomendó a su amo que no la probase. Cuanto a Don Quijote, apenas si tomó un bocado; estaba mohino y silencioso dejando a Sancho regalarse y soltar la sin hueso sin hacer caso de sus razones, hasta que, cansado el escudero, tendióse en una chaise-longue para digerir mis descansadamente, y acabó por dormirse roncando con todos los acordes de un órgano complicado y sonoro. Entrada la tarde, Don Quijote, que había pasado el día recalentándose la cabeza con las imaginaciones de sus funestos libros de caballería, vino a dar en la idea de escaparse aquella misma noche del castillo encantado como él suponía que lo fuese la casa solariega del Señor de Yanquilandia, y trastornado, despertando bruscamente a Sancho, le dijo:—“Despierta, Sancho, despierta y ve de aparejar a Rocinante que es menester que nos abramos paso para salir de esta fortaleza aunque el mismo demonio se oponga a ello.”—“Cuando yo digo que vuesa merced no anda bien del cerebro —dijo Sancho restregándose los ojos—¿Pero no sabe vuesa merced que no hay tal Rocinante y que ni aun el rucio nos favorece con su compañía?—“Razón tienes—contestó Don Quijote—; y es fuerte apuro para un caballero andante verse privado de caballería. ¡Voto a tal! que este es un nuevo agravio que contra mí se hace; pero descuida, Sancho, que sabré tomar a tiempo la debida venganza.”—“Déjese de tales imaginaciones—replicó el escudero—. ¿Pues no sería tamaña locura que estando aquí sobre todo y viviendo a qué quieres boca saliéramos a buscar hambres y ayunos, cuando no palos y pedradas?”—“Loco o por mejor decir encantado estás, Sancho, cuando tales cosas dices—afirmó Don Quijote—. Mas no es de extrañarse que así trueques lo bueno por lo malo, que está en el poder de los hechiceros trastornar la imaginación a punto de hacer ver blanco lo que es negro y de aparentar ventura en la desventura.” Iba ya Sancho a replicar a su amo, cuando siendo ya entrada la noche, encendiéronse de golpe los varios focos de luz eléctrica que pendían de vistosas arañas colgadas de techo. Sorprendióse de pronto Don Quijote, Sancho se quedó atónito, miró a su amo y luego dijo con manifiesto entusiasmo:— “¡Esta sí que es brujería, y hechizo, y sortilegio!” Pero Don Quijote repuesto al punto de la primera impresión, dejóse decir desdeñosamente:—“Bien conocidos me son estos artificios; y según se advierte, el Tío Samuel no sólo con Neptuno, sí que también con Plutón ha entrado en connivencias para avasallar mi ánimo; pero todos tres saldrán burlados, pues cristiano soy y caballero andante de añadidura y ni han de amilanarme hechicerías ni me doblegarán peligros ni emboscadas. Calma, pues, Sancho amigo, y que tu simplicidad no se deje alucinar por cosas de tan poca monta como son estas lucecillas de artificios y apariencia.” Sancho que miraba las lámparas con la boca abierta, volvióse a Don Quijote y le dijo:—“Pero vea mi señor amo que, aunque de brujería, es cosa de muy buen ver esta luz que nos alumbra. Si el diablo anda en este lío, declaro que el diablo es persona más docta y de mayor ingenio que todos los bachilleres y licenciados que salen de Sigüenza y de la misma Salamanca. Con el anochecer y el suceso de las luces, se le fuá acabando de encender la sesera a nuestro buen Don Quijote, y poniéndose intraquilo y ganoso de aventuras, se acercó a las puertas que daban a la parte exterior del edificio y comenzó a forcejear para abrirlas, mas como no lo consiguiese, después de mucho sudar, se asomó al balcón, midió con la vista la altura a que éste quedaba del jardín, la cual era de diez o más varas, y llamando a Sancho, lo hizo también asomarse y le dijo:—“Ya vez, Sancho hermano, que por aquí podemos salir sin ningún riesgo: es cosa de dar un salto. Yo saltaré primero y tú después, que es fuerza ya comenzar con esta grande aventura.”— “¡Válame Dios!—dijo Sancho agarrándose la cabeza—. ¿Pero quiere vuesa merced romperse el bautismo o es que le ha dado un mal de aire y se le ha trastornado la mollera? No será por cierto Sancho Panza quien haga semejante locura. Acuérdese vuesa merced de que es cristiano y que es pecado y de los más gordos esto de asesinarse uno mismo.”—“Suicidarse querrás decir”—corrigió Don Quijote.—“Así deberá de ser—dijo Sancho—; pero en buen castellano todo eso es matarse o acabar con su vida.”—“¿No te has traído una escala de seda?”—preguntó Don Quijote.—“¡Qué escala de seda ni que ocho cuartos!—contestó Sancho malhumorado—. Mire vuesa merced por su salud y no haga más desatinos. Si tan bien estamos en este castillo y tan buenas ofertas nos hacen, ¿hay razón para que fuéramos a descalabrarnos por esa ventana como personas sin juicio?” Pensativo quedóse un rato Don Quijote, y derrepente, dándole palmaditas en el hombro, dijo a Sancho:—“No temas, hijo, que poco ingenio se necesita para salir de esta aventura sin peligro ninguno; y conste que lo digo por tí, que por mí, gózome en afrontallos. Ven, pues, y al punto estaremos libres apelando a la antigua usanza de burlar con el ingenio cualquiera suerte de hechicerías.” Hablando de esta manera, fuése Don Quijote a la alcoba a toda priesa, deshizo su lecho y el de Sancho, se apoderó de unas tijeras que cogió de un estuche, marcó tres cortes en cada sábana y se puso luego a rasgar éstas de arriba para abajo, convirtiéndolas en angostas tiras. Sancho lo veía hacer, moviendo la cabeza de un lado a otro sin acertar con el propósito de su amo, el cual con gran contentamiento, después de rasgar a más y mejor, se puso a unir las tiras con apretados ñudos hasta formar una tan larga que medía cosa de doce o más varas. Satisfecho quedó Don Quijote con su industria y dijo:—“Ya ves, pues, Sancho amigo, que si nó escala de seda, la tenemos de la mejor batista, a tal punto, que la diputo tan buena o mejor que las que en casos tales usaron enamorados donceles o atrevidos aventureros. Ve, pues, previniéndote para cuando llegue la medianoche, que tales aventuras han menester el sosiego de las altas horas, y así cuando natura duerme tranquila, y asoma el astro nocturno su macilento rostro entre las tocas de cenicienta nube, y aúlla el desvelado mastín, y grazna el buho en el silencio, es cuando el doncel herido por la traidora flecha del vendado infante, baja la escala de seda y envía un casto beso a la adorada cautiva que desde la alta torre del castillo agita el fino encaje de su pañuelo aromatizado con su tierno llanto.” “¿Pero qué cautiva hay aquí ni qué doncel para que vuesa merced salga agora con estas pláticas?”—dijo Sancho mal avenido con las imaginaciones de Don Quijote.—“¡Cómo que no hay doncel ni cautiva!—replicó Don Quijote—¿Pues no sabes, menguado, que está cautiva Dulcinea y que yo soy el doncel?”—“¿Doncel vuesa merced?—exclamó Sancho—Nunca lo creyera; y por lo que toca a lo de la escapatoria, mal me parece que estando mi Señora Dulcinea en este castillo, nos fuyamos nosotros dejándola cautiva.”—“Bien se ve—dijo Don Quijote que no se te alcanzan estos lances, cuando no llegas a comprender que, para desbaratar el encanto en que nos vemos envueltos, es fuerza salir a furto de este palacio y a usanza caballeresca, según se narra en las historias de los más famosos paladines.” Levantaba los hombros el escudero sin darse por vencido; pero Don Quijote, seguro ya de haber encontrado el medio de burlar las maquinaciones del invidioso Merlín, no paró mientes en las desconfianzas de Sancho y quedóse sosegado esperando que llegase la medianoche, condición a su juicio indispensable para coronar la proyectada empresa. Era nuestro hidalgo, según se ve en el curso de esta verídica historia, persona de firme carácter y de resoluciones terminantes, y como tal, luego de decidir un punto de encontrar el modo de vencer una dificultad cualquiera, daba de mano a lo resuelto sin andarse en nuevas dudas ni cavilaciones que hacen vacilar el entendimiento y amenguan la varonil energía. Así, pues, no volvió a hacer mención del consabido plan de escapatoria y más bien esparció su ánimo refiriendo a su escudero (que estaba mohíno y cabizbajo) amenos lances de caballería y mostrándose tan indulgente y complacido, que como Sancho trajese a colación al Tío Samuel, dijo Don Quijote que le asistían algunas dudas sobre si el susodicho fuese o nó el sabio Merlín, pues por ciertos indicios, podría más bien colegirse que se trataba de algún caballero encantado por el mismo invidioso sabio. Oyendo estas razones, dijo Sancho:—“Siendo así como vuesa merced dice y a mí también me parece, lo mejor sería que nos pusiéramos en acuerdo con el Señor Don Samuel, que por algo se ha dicho que más ven cuatro ojos que dos y que quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.”—“Tanto de ponernos en acuerdo, no me parece prudente—dijo Don Quijote—, que las mías son meras presunciones y que el Tío Samuel, caso de demandar su ayuda o su consejo, podría suponer que había de mi parte poco discernimiento o escasa valentía para emprender la aventura. En cambio, si mis sospechas resultan fundadas (cosa que voy viendo muy probable), más hidalgo sería que, luego de desencantarme por mí solo, desencantase también a este Don Samuel o Don Tío que nos brinda su amistad con tan cortés miramiento.” En éstas y otras pláticas fué pasándose la noche y cosa de las once serían cuando entró un mozo con la cena y tras él el Tío Samuel, que recibió la más agradable sorpresa viendo el buen ánimo de Don Quijote, pues la idea de la próxima aventura y la convicción de salir airoso en su empeño, encendíanle la imaginación y con ella el semblante a tal punto, que parecía rejuvenecido y placentero. Cambiáronse entrambos corteses saludos, y luego de un rato, invitado por el Tío Samuel, gustó el Ingenioso Hidalgo, sin hacerse de rogar, dos o tres manjares y aun se regaló con una copa de vino añejo; y como el Tío Samuel le manifestase con muy finas expresiones las grandes fiestas con que trataba de celebrar su advenimiento, vino a pensar nuestro buen hidalgo, confirmando sus sospechas, que era aquél no Merlin, sino algún conde o castellano encantado en su propio castillo sin darse cuenta de su propio encantamiento. Dióle, pues, las gracias con escogidas palabras y se puso a discurrir cortesmente acerca del lujo y del regalo de que se disfrutaba en aquella señorial mansión, que así la fantasía encandilada saca las cosas de quicio y predispone a la conciliación y a la afectuosa benevolencia. Al acabar la cena, quiso informarse Don Quijote de los usos y costumbres de aquellos Estados, y el Tío Samuel encareció en gran manera la actividad y el trabajo de sus súbditos.— “Buena cosa es el trabajo—dijo Don Quijote—, siempre que no se tome por norte y guía de las acciones humanas, que en tomándolo de esa suerte, es más bien ambición que empequeñece el ánimo, robándole a la inteligencia sus naturales miras y al corazón sus instintos generosos. Medio, que nó fin, es el trabajo, y nó para alcanzar las riquezas que hacen menguados y egoístas, sino para atender al sustento con honra y al bien de los menesterosos y necesidades. Ley de la humana especie es ésta de que hablamos, pero son pocos a la verdad los que la cumplen fielmente y muchos los que abusan de ella con el inmoderado afincamiento de allegar tesoros para el propio beneficio y sin atender a la equitativa distribución de los frutos de la tierra. Alabanza merece el que come el pan con el sudor de su rostro, pero digno de vituperio el codicioso y avariento que pone todo su conato en el lucro y la ganancia como si para tan bajo menester hubiese sido puesto el hombre sobre la tierra.” Asombrado quedó el Tío Samuel oyendo estas discretas razones y no supo qué contestar. En esto reparó que Sancho, al revés de su amo, estaba de mala guisa, y dándole palmaditas en el hombro, le dijo:—“¿Qué os parece a vos, Sancho amigo, de lo que dice el Señor Don Quijote?”—“¿Qué me ha de parecer sino que obras son amores y nó buenas razones? Quiero decir que del dicho al hecho hay mucho trecho y que si mi amo hablara siempre así tan en concierto y pusiera luego en práctica lo que dice, mucho habíamos de prosperar; pero a buen seguro que volveremos a las andadas y que acabarán por molernos a palos.”—“No digáis tal cosa, Sancho amigo—replicó el Tío Samuel—, que si antaño os dieron palos y hasta os mantearon en la venta de marras, hogaño será todo prosperidad y bienandanza, con ínsulas que gobernar y homenajes que recibir, pues bien ganadas tenéis tales mercedes. Pedid lo que os plazca, hermano Sancho, que aquí estoy yo para complaceros. ¿Os contentaría un condado con buenos doblones y mucha tierra de sembradura? ¿Queréis mejor el gobierno de algún reino con muchos vasallos y ejércitos?”—“Ambas propuestas son buenas—dijo Sancho—, pues si el condado no da qué hacer sino que disfrutar, lo del reino tiene la ventaja de la autoridad, que no es corta, puesto que da derecho a hacer lo que mejor le plazca al gobernante sin que nadie le tome cuentas. A mi ver, podían conciliarse las dos cosas, que bien se puede to- mar del condado las tierras de sembraduras y los doblones y del reino la autoridad y los homenajes.”—“Basta, Sancho, de comentarios—dijo Don Quijote, y luego, dirigiéndose al Tío Samuel, añadió:—Si vuesa merced le da cuerda, no acabará de hablar y nos molerá hasta la madrugada ensartando desatinos y pidiendo gollerías.” Sonrióse el Tío Samuel y viendo que la hora se avanzaba, despidióse de sus huéspedes. Don Quijote lo acompañó hasta la puerta con muy finos modales y se cambiaron entrambos caballeros corteses comedimientos. Cuando estuvieron solos amo y criado, preguntó Sancho: —“¿Insiste vuesa merced en tal desatino como el de querer escaparse?”—“¿Quién lo duda? contestó Don Quijote que, olvidado del proyecto con la amena plática, vino a caer de nuevo en su locura y agregó:—Manos a la obra, Sancho amigo, que es fuerza apresurarnos antes de que el rubicundo Febo llame a las puertas de la obscura noche con su puntualidad acostumbrada.” Diciendo estas palabras, encendida otra vez la imaginación del buen caballero, fuése a la alcoba, volvió al punto con la que él llamaba escala de batista, se asomó al balcón, ató en un balaustre con doble ñudo la improvisada cuerda, probó con un tirón su resistencia, quedó satisfecho y dijo:—“Ahora, mi buen escudero, comienza esta gallarda aventura. Propicia es la ocasión; los celestes luminares son mudos testigos que convidan a las altas empresas, la nocturna calma deja mejor oír el consejo del ánimo esforzado y la pródiga fortuna me brinda nuevos laureles en torneos y batallas. ¡Ea, valeroso escudero, que voy a bajar la escala que a la gloria nos conduce y tú me seguirás con osadía y ardimiento!”—“Eso no haré yo”—contestó Sancho todo amoscado.—“¿Qué no lo harás, bellaco, harto de ajos, mal nacido?— gritó Don Quijote—Si te resistes, no te dejaré un hueso sano!” —“Pégueme vuesa merced, muélame a palos—dijo Sancho con tono compungido—; pero considere mi Señor Don Quijote que si el es caballero andante y está hecho a descalabrarse, yo ¡mísero de mí! soy un infeliz majagranzas y por añadidura padre de familia.”—“Lo que tú eres es cobarde y pícaro de añadidura, y para curarte de tales mañas, indignas de tu profesión escuderil y aventurera, has de bajar el primero si nó por buenas, por malas.” Comprendió Sancho que su amo iba a hacerlo como lo decía, tan colérico estaba, y mirando por su seguridad, consistió en que bajaría pero después de Don Quijote, a fin de que, con el peso de éste, se probase si no había peligro. Serenado el amo con la resignación del mozo, se ató a la cintura el un extremo de la cuerda, se asió con ambas manos del otro extremo que estaba atado al balaustre, con el intento, según dijo a Sancho enseñándole la lección, de bajar poco a poco, conteniéndose en los ñudos, y luego, sin vacilar, se lanzó al aire. Al principio, pudo algo contenerse, pero no resistió mucho rato la flexión y resbaló tan de prisa, que vino a dar en tierra aunque no muy de golpe, gracias a que se aferró a la cuerda y a que aminoró el porrazo la circunstancia de estar atado por la cintura y de que la llamada escala de batista apenas llegaba al suelo. Tras la natural perturbación de la caída, levantóse Don Quijote, hubo de volver a caerse, se puso a dar traspiés, pero logró, al fin, pararse aunque medio mareado y aturdido. Le sangraban las manos que, con la fricción, se las había desollado del todo, pero a él nada se le daba, según era su contento. Trató en seguida de desatar el ñudo que tenía en la cintura, pero como era de los que llaman ciegos, no pudo deshacerlo por más que sudaba, y optó, no sin acordarse del Gordiano, por cortarlo con la espada que traía al cinto. Acto continuo, levantó la cabeza y haciendo bocina con la mano derecha mandó a Sancho que izase la fementida cuerda. Este, que con medio cuerpo fuera del balcón había visto el golpe de su amo, no sabía qué hacerse; le entraron trasudores y mareos, y aunque llegó a izar la cuerda, no se atrevía a bajar y con voz lastimera se quejaba de su suerte y le lloraba a su amo que por Dios lo dejase esperar siquiera hasta que amaneciese el día; pero Don Quijote insistía con tal imperio en mandarle que bajase, que acabó Sancho por amostazarse negándose resueltamente. Espumarajos echaba Don Quijote redoblando sus amenazas, y Sancho, cohibido de nuevo, se ató, por fin, la malhadada cuerda a la cintura, pero con tánta congoja como si fuese la del ahorcado.—“¿Qué esperas, demonio— vociferaba Don Quijote—. Si al punto no bajas, escalaré el balcón y te echaré de cabeza.”—“¿ Pero qué daño le he hecho yo a vuesa merced para que así me trate?”—clamaba el infortunado escudero.—“Déjate de lamentaciones—dijo Don Quijote—, que peor será para tí si te quedas, porque Merlin descargará en tus lomos la cólera que le cause mi fuga.” Este argumento y el miedo que tenía de quedarse solo, acabaron de convencer al desgraciado, que, después de anudada, se fué envolviendo la cuerda en la cintura hasta convertirse en un ovillo; agarrándose luego a la balaustrada, pasó a la parte de afuera del balcón, se santiguó devotamente, gimió de nuevo y encomendándose a Dios de todas veras, echóse al aire, agarrándose fuertemente a uno de los ñu dos. Cuando se vio así suspendido, comenzó a dar voces de socorro, teniéndose en el aire sin subir ni bajar por el ansia con que se aferraba; pero, al poco rato, le flaquearon las fuerzas, se soltó y comenzó entonces a desenvolverse la fementida escala de batista, haciéndole dar vueltas y cabeceos con tal priesa, que parecía el infeliz un rechoncho marionete en manos de titiritero. Fué lo peor del caso que, cuando ya faltaba cosa de dos varas para que llegase al suelo, reventó un ñudo y fué Sancho a caer patas arriba a los pies de Don Quijote. Daba el desgraciado tántos quejidos, que partía el alma, y su amo, penoso del golpe, trató de levantarlo del suelo, mientras lo animaba diciéndole que ya pasaría aquello, que estuviese sin cuidado.—“¡Cómo sin cuidado!—dijo Sancho—; lo que estoy es sin rabadilla, porque a buen seguro que me la he partido.” Después de un rato de lamentos de Sancho y de fricciones y de buenas palabras de Don Quijote, logró éste convencer a su escudero de que tenía los huesos sanos y en su lugar, lo obligó a levantarse, y atravesando el espacioso parque que quedaba hacia la parte de fuera del chalet, dieron con una gran puerta de reja y saliéronse al campo, contento como unas pascuas el Andante Caballero y brumado y mohino Sancho Panza. CAPITULO VII. DE LO QUE LES SUCEDIO A DON QUIJOTE Y A SANCHO LUEGO QUE SALIERON DEL CASTILLO. CON OTROS SUCESOS MUY AMENOS Y VARIADOS. Las once o más de la noche serían cuando Don Quijote y su escudero se encontraron en plena carretera. Flanqueaban la ancha vía magníficos palacios rodeados de parques y arboledas, y al punto se le ocurrió a Don Quijote que todo el país estaba encantado y que no tardarían en topar con las más peregrinas aventuras, según dijo a Sancho que iba detrás, medio rengo y con tan mal humor, que sólo contestaba con monosílabos a las insinuaciones de su amo, el cual andaba ganoso de palique con el buen suceso de la escapatoria. No bien anduvieron un centenar de pasos, cuando los sorprendió súbitamente un automóvil que pasó por media carretera como una exhalación, y luego al poco rato, otro, y otro en seguida, dejando a Sancho espantado y algo confuso a Don Quijote; pero éste, respuesto luego y convencido de que se trataba de cosa de aventura, púsose en guardia saliendo al medio del camino con tal arrojo y valentía, que más de una vez hubo de ser atropellado si los chauffeurs (como llaman a esta especie de aurigas sin caballos) no fueran tan diestros que hicieran a tiempo torcer el vehículo, no sin maldecir al temerario que se les ponía delante; con lo cual el buen caballero dejóse decir que aquellas bestias feroces estaban montadas por algún maligno demonio que le huía el bulto conocedor de su fama y valentía. No era Sancho del mismo parecer, pues, a su juicio, los llamados autos eran toros salvajes o quizás enormes cucarachas endemoniadas, según podía colegirse por los ojos encandilados y por el temeroso resoplar y los bramidos con que pasaban; y era seguro que si su amo seguía poniéndose delante, en cualquier rato darían fin con ellos. Así se lo dijo a Don Quijote, encareciéndole que no se metiese en tan desaforada aventura y que más bien viesen de ocultarse entre los árboles y hasta de subirse a una rama. Rióse Don Quijote del temor de su escudero y dijo que no habían tales toros ni cucarachas, sino endriagos de los muchos que asaltan a los caballeros andantes, y que viese sino cómo huían de su presencia sin atreverse a embestirle.—“Así deberá de ser—contestó Sancho—; pero cuánto mejor estaríamos a estas horas durmiendo a pierna suelta en el palacio de mi Señor Don Samuel, si vuesa merced no fuese tan terco y tan amigo de desventuras, que no aventuras son éstas que nos están pasando.” No paraba mientes Don Quijote en las razones de su escudero, pues animado con la brisita nocturna y con la gentil salidad dél castillo, sentíase tan contento y tan desenfadado, que se daba a pensar a su sabor en toda suerte de aventuras, soñando como un doncel de veinte abriles con su Señora Dulcinea, a la que le mandaba con el viento mensajero, con la menguante luna y con las relucientes estrellas los más hondos suspiros de su pecho enamorado. Sancho que sólo atendía a su dolor de huesos y a la pena de haber salido del palacio de su Señor Don Samuel, como le nombraba a boca llena, rogó a su amo que descansasen, que la noche era para dormir y nó para andar en aquellos ajetreos y que, finalmente, él no podía más con su cuerpo según estaba de molido. Dióle gusto Don Quijote y dijo:—“No me opondré a que descanses hasta que Dios amanezca, y bien pudieras acostarte en este fresco césped que es más mullido y sedoso que las africanas pieles.”—“Dudo yo de tales excelencias—dijo Sancho—, que el que vuesa merced llama césped, a mi parecer no es más que grama y tan escarchada, que poco será que no despierte con reuma con dolor de costado, si es que acierto a dormir, que lo dudo mucho.” Echóse luego en el suelo, al pie de un árbol frondoso, se movió de un lado para otro buscando postura, y cuando al fin la encontró, púsose a recomendar a su amo que viera también de descansar, que iba a coger un romadizo; pero el gentil caballero, sentándose en lo que con razón decía Sancho que era grama y que a él se le antojaba césped, arrimóse a un árbol en actitud pastoril y dijo:—“Duerme tú, Sancho amigo, que yo no he menester de descanso, pues más ánimos tengo de deleitar la imaginación en aquesta noche serena que de dormir entre sábanas de encaje.”—“Vea vuesa merced por su persona como mejor le pareciere—contestó Sancho—, que yo trataré de reponerme siempre que esos endriagos o demonios no den fin conmigo.” Era el sitio en que estaban a propósito para el descanso. Sombreábalo una alameda de árboles corpulentos y mullía el suelo a la verdad la aterciopelada grama, que aunque escarchada, le pareció a Sancho lo mejor posible para pasar la noche; de tal modo que, en un momento, se quedó dormido y se puso a roncar como un sochantre, que ni los lances del día ni otros peores le quitaran nunca el sueño ni las ganas de comer. Don Quijote, entre tanto, miraba a la luna y a las despiertas estrellas, suspiraba de rato en rato y se enternecía pensando castamente en Dulcinea, pues la nocturna calma veraniega, la media luz del poético paisaje y la perfumada brisa le ponían en los ánimos amorosos pensamientos, como si volviera a la edad juvenil y al honesto solaz del platónico enamorado que confía sus secretos a la discreta noche, a la fuente cristalina y al alado céfiro. Holgando estaba, pues, Don Quijote con estas imaginaciones, cuando acertó a distinguir a la distancia dos caballerías que venían al paso, montadas por dos muchachos menores. Verlas y quedar convencido de que la una era Rocinante y la otra el rucio, fué cosa del momento. Púsose en pie, sacudió a Sancho por un brazo hasta lograr despertarlo y le dijo:—“Sancho hermano, ve aquí a Rocinante y al rucio que llegan cuando menos lo esperábamos.” Al oír Sancho tales palabras, se levantó de un brinco y con los ojos todavía medio cerrados, trató de ver al pollino, y como no lo viese, dijo malhumorado:—“¡Qué Rocinante ni qué rucio! Vuesa merced ve visiones; si las que llegan son dos bestias gallardas que yo no las vi en mis días.”—“Telarañas tienes en los ojos—afirmó Don Quijote—, y de ello has de convencerte al punto.” Movía Sancho la cabeza sin darse a partido y agregó Don Quijote:—“Según se advierte, los caballeros son nada menos que dos enanos de la corte de algún rey o príncipe que pretende hacer mofa de mi persona entregando a Rocinante a tan ruin jinete.”—Encolerizado con esta idea, adelantóse para cruzar a las caballerías que en este punto llegaban, y teniendo a una por la brida, muy entonado y resuelto dijo a los que las montaban:—“¡Tenéos, malandrines, o no contéis con salir vivos de esta aventura!” Eran los nombrados malandrines dos muchachos, de cosa de doce años, e iban con un mensaje de su amo según después se supo. Al ver a Don Quijote, dijo uno de ellos: —“¿Quién es esta fantasma?”—“¡Cómo fantasma, señores enanos! Bien claro se ve que el príncipe que os sustenta es señor de poco más o menos cuando os crió tan descomedidos y soberbios.” Asustáronse los muchachos con estas palabras que no entendían y uno de ellos preguntó temeroso a Don Quijote que qué necesitaba.—“Nada—contestó éste—, sino que al punto habedéis de abandonar a Rocinante y al rucio si no queréis ser tratados como vuestra desvergüenza merece.” No acababan ellos de enterarse de lo que aquel espectro les pedía, cuando Sancho, cobrando bríos al ver su timidez, acercóse y dándoselas de guapo, les dijo:—“¿Qué, no obedecéis lo que os manda un caballero andante como mi amo? Pues contad con que ésta es la hora postrera de vuestra vida, que sin que él tome cartas en el asunto, por ser cosa del escudero entenderse con los enanos, me bastaré yo solo para haceros entrar en razón. ¡Dejad, pues, las caballerías que se me va subiendo la mostaza!” Con esta nueva intimación, los dos muchachos acabaron de desorientarse, y el mayor de ellos se atrevió a decir que las tales caballerías eran suyas o, por mejor decir, de su amo. Entonces Sancho, manifestando mucho enfado y convencido de que no había riesgo en ser valiente, cogió por la brida al supuesto rucio (que ya al llamado Rocinante lo tenía cogido Don Quijote); trataron de forcejear los jinetes, pero Don Quijote desnudó la espada con tal fiereza, que no esperó más el susto de los supuestos enanos y echáronse al suelo, escapando con más priesa que si tuviesen alas en los pies. Viólos irse Don Quijote con gesto desdeñoso, mientras que Sancho examinaba las caballerías para ver de reconocellas, hasta que dijo:—“Pues aunque vuesa merced me lo mande bajo santa obediencia, no me convenceré de que hay tal rucio ni tal Rocinante, y a mi parecer, si hay justicias en este reino, iremos a parar a la cárcel por descaminadores y cuatreros.”—“Así son las apariencias—contestó Don Quijote—; pero es el caso, Sancho amigo, que es muy natural que a tal palurdo como tú no se le alcancen estas cosas que lo son de encantamento y brujería. Sábete (y no andes en cavilaciones ni te devanes los sesos) que aquí tienes a Rocinante y al rucio transformados y mudados de apariencia a causa de estar también encantados, que tal es la saña de mis enemigos, que no se contentan con perseguirme a mí solamente, sí que también se estrellan con el noble Rocinante y hasta con tu modesto pollino.” Dióse Sancho por convencido y satisfecho, y acercándose al caballo que le tocaba, comenzó a decir:—“Por rucio te tomo aunque no lo seas, que a la mula regalada no se le mira el diente y cuando te ofrezcan la cabrilla, ocurre con la soguilla y en recibir no hay engaño.”—“Ni hay tal mula ni cabrilla—dijo Don Quijote—, sino sólo el rucio mudado y transformado por arte de magia.”—“Convengo en ello—contestó Sancho—, y conste que lo hago en descargo de mi conciencia; y luego, mirando de alto a bajo la caballería, se puso a decirle: —“Rucio hermano, ¿cómo es esto de haberte trastrocado? Pollino te dejé y te encuentro alazán y con ricos jaeces. ¡Huélgome de tal transformación y encantamento que te hacen valer doble y triple de lo que costabas, y de hoy más te prometo serte fiel y no venderte así me ofrezcan por ti el oro y el moro.” Conmovióse también Don Quijote al poner la mano en las crines de Rocinante y dijo de esta manera:—“¡Oh, tú, caballo de caballero, más noble y más gallardo que Incitatus, que Bucéfalo y que el propio Babieca! Sabe que por servir a quien sirves, has de pasar a la historia y que de ti han de contarse hechos más gloriosos que los que enaltecen a muchos humanos seres.” En esto, dijo Sancho:—“Pero vea vuesa merced que las sillas y los frenos también han sido encantados, pues el hijo de mi madre no los vió nunca de tal forma y calidad como los que aquí se ven.” —“Así es la verdad—contestó Don Quijote—; pero por decontado nada tiene de extrañar tal transformación y mudanza por aquello de que estados cambian costumbres.” Razonable y jui- ciosa le pareció a Sancho la observación de su amo y dijo:— “Muy atinadas son tales razones como las que vuesa merced dice, que así también el día en que mi amo sea servido de darme el gobierno de una ínsula, dejaré de ser escudero para ser caballero y en vez de este pelaje, gastaré un manto de brocatel y si acaso una media corona.”—No estoy conforme del todo con lo que dices—observó Don Quijote—, que si las apariencias se mudan fácilmente siguiendo el curso de la voluble fortuna, no se cambia lo mismo la condición de villano por la de caballero, pues la cabra tira al monte y la mona, aunque se vista de seda, mona se queda. Años y generaciones son menester para que en el rudo plebeyo se labren los perfiles del hidalgo, que, no digamos el poder o la riqueza, pues ni aun la misma sabiduría alcanza á dar al ánimo la dignidad y gentileza hereditaria y el porte y los modales del que los tiene por crianza y por estirpe.” Poco atendía Sancho las palabras de Don Quijote entretenido como estaba en examinar minuciosamente el galápago de su caballería, los arzones, la cincha y la contracincha y las riendas de filete; pero de pronto, ocurriósele esta pregunta:—“¿Y dígame mi Señor, también habrán cambiado el genio nuestras caballerías?”—“Posible es—contestó Don Quijote—que tengan ahora más bríos y empuje.”—“Pues entonces no acepto el trueque— opinó Sancho—, que a mí no me place dármelas de chalán ni de domador de potros, pues como persona razonable, soy amigo del buen paso y de la condición mansa y sosegada y reza conmigo aquello de potro, que lo dome otro.”—“Ya veremos de proba- llo—dijo a este punto Don Quijote—. Ténme el diestro, que después de tántos lustros como harán de estar yo encantado, huélgome de subir de nuevo a Rocinante para emprender mas recias y arriesgadas aventuras que las de antaño. Obedeció el escudero y cabalgó Don Quijote no sin dificultad por ser la bestia de las que llaman de siete cuartas y algo movediza y retozona. Emprendió en seguida Sancho sobre el transformado rucio, pero no acababa de pasar la pierna, cuando el animal púsose a dar corvetas y Sancho a gritar pidiendo socorro a su amo, hasta que, por fin, logró ponerse a horacajadas sobre el pescuezo del caballo y, tras muchos afanes, acomodarse en la silla, pero tan confuso y aturdido, que, no atreviéndose a moverse, comenzó a decir a su amo:—“Vea vuesa merced, mi señor amo, de desencantar al rucio y volverlo a su primitiva condición, que no se han hecho para mí estas caballerías tan grandes y de tántos movimientos y alboroto. Si Dios es servido de que yo no me caiga y llegue a bajar con bien de esta torre, no volveré a emprender la subida así me muelan a palos. Al rucio me atengo y nó a semejante potro que todo se le va en hacer cabriolas como si fuese persona mal inclinada y remolona.” No iba Don Quijote mejor montado: los estribos le resultaban cortos y tenía las piernas dobladas sin acertar a acomodarse en el galápago y resbalando de la silla a cada momento; pero él poco reparo ponía en estas pequeñeces, más atento a su locura que a su comodidad, y espoleando a la bestia con los talones, a falta de espuelas, excitóla desde luego y partió al medio trote, seguido de Sancho, que iba rezando entre dientes y rogando a su amo por Dios y por los santos que procurara contener a Rocinante, pues si seguía el trote, él no contaría el fin de aquella aventura. VIII QUE TRATA DE LA DESAFORADA AVENTURA QUE TUVO DON QUIJOTE POR FAVORECER A UNOS HUELGUISTAS CON OTROS SUCESOS QUE NO PUEDEN PASAR INADVERTIDOS. Siguiendo el curso de esta verídica historia, cuenta su puntual autor Cide Hamete Benengeli que el trote de las caballerías se hizo tan precipitado e incontenible, que, a poco de emprender la marcha, no ya sólo Sancho, sino el mismo Don Quijote se llegó a sentir molesto y dijo a su escudero con palabra entrecortada por el vaivén en que lo traía el alborotado bridón:—“Te aseguro, Sancho, que a Rocinante se le ha descompuesto la andadura y que hasta me parece que se nos ha vuelto algo rebelde y taimado para obedecer la rienda”.—“Lo que es el rucio—contestó Sancho agazapado como un mono y cogido a las crines para no irse al suelo—trocado se há en una bestia descomunal y endemoniada según tira del freno, y mucho será que llegue a pararse, porque, a mi ver, está de cierto encantado y me lleva derecho a un precipicio temeroso y sin salida.” Trotaban a la verdad las dos caballerías más que de prisa, sin que Sancho ni su amo acertasen a contenerlas, pues a lo más que atinaban era a no caerse, pero haciendo las más curiosas figuras que puede imaginarse. Iba Sancho hecho un ovillo, abrazado a las crines, con la cara apretada al pescuezo del caballo y perdida la rienda, y Don Quijote, echado hacia atrás, sobre los estribos cortos, sobresaliendo las rodillas puntiagudas, desmelenado y arisco el ceño. En esto comenzó a amanecer y quiso la fortuna o la desgracia de nuestros dos caminantes que llegasen a un lugar donde había gran muchedumbre y gente formando apretado grupo delante de una fábrica grandísima de cinco o seis pisos, i que, al dar con el tumulto, las caballerías calmasen el paso, logrando entonces Don Quijote contener la suya, con lo cual se paró también la de Sancho. Los del tumulto, que eran gente que hacía huelga por ser bajo el jornal y el patrón especulador empedernido, depusieron su encono al ver a tan extraños personajes, que, llegando con las luces del amanecer, parecían fantasmas que huyesen del cercano día. No sabían a la verdad si reírse o asombrarse de tales figuras como las que hacían Don Quijote y Sancho Panza, y pensaron algunos y así lo dijeron, que nuestro buen hidalgo y su escudero eran payasos, titiriteros o gitanos que venían, seguramente, para hacer el reclamo de sus pruebas o decir la buenaventura; pero quedáronse todos sorprendidos cuando Don Quijote con voz reposada y ademán tranquilo les dijo de esta manera:—“¿Podría saberse cuál es el motivo de aqueste tumulto?” Ninguno contestaba la interpelación y empezaban ya a mofarse, cuando agregó Don Quijote:—“Si es algún desafuero el que se os face, al punto habedéis de decillo, que soy caballero andante y por ende tengo el oficio de acorrer a los necesitados y hacer justicia a los desvalidos.” Mirábanse todos sin darse cuenta de tales expresiones, cuando un viejo trabajador, medio ciego, que no acertaba a distinguir la estrafalaria figura de nuestro aventurero ni menos a enterarse de sus palabras y que supuso fuese persona de la policía, descubrióse con todo respeto y adelantándose hacia donde Don Quijote estaba, explicó el caso diciendo que el patrón de la fábrica que allí se veía, no hacía la razón, pues negábase a aumentarles el jornal y a acortarles el trabajo, haciendo fuerza en la necesidad de los obreros, los cuales, aquella mañana, por ver de imponer al amo, habían concertado de declararse en huelga; y agregó que ellos pedían justicia y que la autoridad viese de favorecellos. No entendió mucho Don Quijote la arenga del obrero, pero bien se le alcanzó que se trataba de pedirle amparo contra el abuso de algún señor feudal o castellano, y dijo de esta manera: —“Grande bellaquería es la del tal patrón de que habláis, herma no, y habrá de vérselas conmigo si luego al punto no cumpliere con haceros la justicia que merecéis. Sabed vosotros, gente infelice y menesterosa, que aquí tenéis delante al Caballero de la Triste Figura para ampararos y socorrerás como es debido y que el malandante que así abuso de la vuestra mísera condición será castigado con el rigor que se merece, que para tal fin me ha echado Dios al mundo. Veamos ahora y decidme ¿dó está el menguado Caballero que tal agravio hace a la justicia?” En ayunas, como suele decirse, quedáronse los del tumulto oyendo el singular lenguaje de Don Quijote, pero el viejo de que antes se ha hablado supuso atinadamente que de lo que se trataba era de ver al dueño de la fábrica, y siguiendo con la idea de que Don Quijote era autoridad o policía, ofrecióse a guiarlo. Allá fué Don Quijote, seguido de Sancho, que, en tal ocasión, creyó lo más oportuno abandonarse a su suerte. La gente obrera aficionada a toda clase de arengas disparatadas propias de aquella República, se entusiasmó un tanto con la de Don Quijote por lo mismo que no la entendía, y aunque nuestro hidalgo más parecía loco que persona con juicio, siguiéronle para ver en lo que paraba el curioso suceso. Con esto, llegó el viejo que hacía de guía a una puerta de reja que cerrada estaba, pues los obreros habían quedádose fuera negándose a entrar a la diaria labor, y el patrón, muy colérico, acompañado de los administradores, se paseaba de largo a largo en un amplio corredor, haciendo alarde en su ademán y en sus palabras de que no cedería ni por buenas ni por malas. Llegados que fueron a la puerta, mandó Don Quijote abrirla y entró, seguido de los huelguistas, con aire tan entonado y resuelto, que los obreros no sabían qué pensar. El dueño de la fábrica, hombre de complexión recia y desapacible, mal encarado, con mejillas vinosas y barbas bermejas, pensó que, al fin, los obreros entraban en lo que él suponía la razón y se adelantó a recibirlos con sesudas razones; pero al ver a Don Quijote, alteróse súbitamente pensando que le hacían mofa con aquel espantajo e iba ya a echar a los insolentes, cuando Don Quijote, que entendió ser aquél el amo, con reposado continente le habló de esta manera:—“Sabrá vuesa merced, señor caballero, cómo yo soy Don Quijote de la Mancha de quien cuentan las historias fazañas nunca vistas como desfacedor de agravios y castigador de bellacos, a punto que, con tales títulos, vengo en decir a vuesa merced que vea de atender sin réplica la petición de esta gente desvalida y menesterosa.” No sabía el fabricante qué contestar a semejante loco, según supuso que lo fuese, y tras un rato de silencio, dijo de esta manera:—“Váyase, buen hombre, por donde vino, que no está el humor para bromas”—y luego, volviéndose a los obreros, agregó:—“Vosotros al trabajo o a la calle, que ya voy perdiendo la paciencia.” Con sonrisa despectiva oyó Don Quijote las razones del fabricante y al cabo dijo:—“Bien se conoce, señor bellaco, que no sois hidalgo ni cosa tal, que a serlo, entrárais presto en la razón.”—“¿Y quién es usted, señor espantajo—contestó el aludido—, para venirme a mí con demandas?”—“¿Qué quién soy yo?—dijo Don Quijote montado en cólera.—Pues va a verlo vuesa merced, señor don insolente.” Y luego al punto, sin esperar más requerimientos, enristrando la lanza, excitó el caballo y se fué sobre el fabricante con tanto ímpetu, que lo derribó en tierra; quiso el infeliz levantarse, pero Don Quijote, en actitud desaforada, parándose sobre los estribos, amenazó con darle fin allí mismo si al punto no entraba en la razón. El bueno del yanqui, que nunca las vió tan gordas, tartamudeaba pidiendo favor sin atreverse ni a resollar, aterrado con la figura de Don Quijote que se le venía encima, y los mismos obreros, algo espantados con semejante escena, se alejaron un tanto sin saber qué partido tomar. En estas circunstancias, Don Quijote, viendo caído a su adversario, le apuntó al pecho con la lanza y le notificó que en ese punto y hora daría fin con él, si en el mismo acto no se daba por vencido. —“Por vencido me doy”—balbuceó el yanqui que ya se daba por muerto.—Calmóse con esto Don Quijote y levantando la lanza, dijo a los obreros:—“Entrad, hermanos, a los vuestros menesteres, que este señor Caballero os hará justicia según las leyes de la Andante Caballería;” y dirigiéndose al fabricante, añadió: —“Levántese vuesa merced, señor don majadero, que estas mis armas no se han hecho para los que entran en la razón ya sea por buenas o por malas.” En éstas estaban, cuando la policía, advertida del tumulto, llegó a la fábrica. Ver a los seis polizontes de a caballo y recobrar los ánimos el mercader dueño de aquélla, fué cosa del momento. Huyóse a un corredor o vestíbulo que a la entrada del edificio había y púsose a dar gritos diciendo a los guardianes del orden que viesen de aprehender a aquel loco o demonio que quería asesinarle.—“¡Sayones conmigo!”—dijo Don Quijote viéndolos venir, y enristró de nuevo la lanza con tanta fiereza, que los mismos obreros se arremolinaron amedrentados. Acudió Sancho a su amo para que se calmase, diciéndole que no se metiera a reñir con los de la Santa Hermandad, que tal suponía que fuesen los policiales; intimáronle éstos para que se entregara a la justicia; pero el bizarro Don Quijote, loco de todo en todo, fuése a ellos lanza en mano y arremetió con tanta furia, que atropelló con su caballería la primera que encontró al paso, a punto que, siendo buen jinete él que la montaba, se vino al suelo por abreviatura, cayendo también Don Quijote, que fué a dar con sus huesos en tierra bajo las patas de los caballos. Acudieron los obreros a favorecerlo entre burlones y compadecidos; gesticulaba el fabricante pidiendo indemnización, que es la mejor justicia de estos reinos, y los de la policía, entendiendo que era aquél un loco desatado, recogiéronlo del suelo todo aporreado y contuso, con un chichón en la frente y escupiendo la última muela que le quedaba como recuerdo de haberlas tenido; y al punto, sin perder el tiempo en contemplaciones, atáronlo fuertemente, poniendo oídos de mercader a las protestas y denuestos que les echaba en cara el molido caballero; y luego de atarlo, por malas, que no por buenas, tres de los policiales, que se habían bajado de sus caballos, cargándolo en alto, lleváronselo como en silla de manos, seguidos de los obreros que tomaron la cosa a bullanga y festejo. ¿Qué decir del susto y congojas del bueno de Sancho en semejante cuita? No sabía si seguir a su amo ó si quedarse allí, hasta que un policial, reparando en su catadura, soltó la risa y preguntóle que quién era.—“Yo no soy nadie—contestó el infeliz escudero—; es decir yo no sé quién soy ni quién es mi amo, que a tal punto me ha traído mi mala fortuna; pero tenga cuenta vuestra señoría que ambos dos, amo y criado, somos resucitados o encantados que es lo mismo, y que si estoy aquí es porque he venido sin saber el cómo ni el cómo nó.”—“Bien se ve que sois un grandísimo bellaco y pillo de añadidura”—replicó el de la policía.—“¡Pillo yo! ¡Juro por mi ánima que jamás me apropié de cosa ajena! En lo de bellaco, no diré lo mismo, que, a mi entender, todos tenemos algo de tales y en vez de decir aquello de médico, poeta y loco, debió de haberse dicho de bellaco, con perdón de vuesa merced, señor de la Santa Hermandad.”—“¿Qué Hermandad es ésa?”—preguntó el policía.—“Seguramente que vuesa merced está también encantado cuando no lo sabe, y debe de ser por culpa de ese maldito viejo brujo, hideputa, a quien llaman el Tío Samuel.”—“Buenos están tales desatinos para engañar a bobos—dijo el policía que no entendía jota de las razones de Sancho—. Andad, que ya se os ajustarán las clavijas como merecéis, señor embustero.”—“Digo que no soy picaro ni embustero—clamaba Sancho—; y puede vuesa merced enterarse preguntando en mi aldea y sus cercanías y aun en toda la Mancha si es o nó persona honrada el buen Sancho Panza.” —“Digo que andéis”—repitió el guardia ya escamado pues varios de los obreros que presenciaban la escena entendían que el sujeto aquél de facha tan estrafalaria trataba de tomarle el pelo al policial y empezaban a reírse a todo gusto. Amedrentado el pobre Sancho, no sabía a quién volver los ojos y no acertaba a moverse, hasta que el de la policía cogió del diestro el caballo que aquél montaba y llevóselo consigo detrás de la comitiva que iba con Don Quijote. Entre tanto, los guardianes del orden conducían en alto al Caballero Manchego, y éste, convencido de la ralea de sus conductores, dejábase llevar con digno continente, que no es de caballeros andantes ponerse en altercados con gente ruin y plebeya sin faltar a las leyes de la Andante Caballería. Sancho, viendo a su amo preso y aporreado, empezó a decir:—“Mire vuesa merced, Señor Don Quijote, cuál es la desventura en que nos vemos por habernos escapado del castillo de mi Señor Don Samuel. En hora menguada me tomó vuesa merced como escudero y en otra más menguada me dejé yo engatusar con promesas de ínsulas y de gobiernos, que es como si dijéramos echarse a volar sin alas y romperse las narices.” Seguía Sancho ensartando refranes y lamentándose sin que su amo diera muestras de contestarle, cuando uno de los de la policía detuvo a un automóvil que a la sazón pasaba y en un abrir y cerrar de ojos, metieron en él al amo y al escudero, entrándose con ellos dos policías, y partió el automóvil con más velocidad que la del viento. No pareció sobrecogerse Don Quijote con esta novedad, pues, firme en su monomanía, creía que era aquél un endriago de los muchos de que se valen los hechiceros, según se cuenta en las historias que él tenía bien presentes; pero a Sancho, de puro asustado, cogióle un sopor y dobló la cabeza como un pollo, pensando que era llegada su última hora. CAPITULO IX. DONDE SE VERA EL MODO COMO QUEDARON DESENCANTADOS DON QUIJOTE Y SU ESCUDERO. Mientras pasaban los sucesos que en el precedente capítulo se narran, enterado el Tío Samuel de la escapatoria de sus huéspedes, puso el grito en el cielo como suele decirse, y allí fué la de apresar guardias, enjuiciar centinelas y preguntar a vigilantes para descubrir el paradero de los dos resucitados personajes; mas como nadie diese razón y pensasen todos que sólo por los aires podían haberse huído Don Quijote y su escudero, desconcertóse el Tío Samuel y empezó a creer que la tal aventura en que se había metido era cosa de fantasía o de sueño y hasta le pasó por la cabeza el sobresalto de que se le hubiese aflojado un tornillo o de que viniese a resultar el burlador burlado, cosa que le sacaba de sus casillas; pero dejando aparte estos fundados temores, dispuso, con previsión y buen juicio, que se pusiesen en movimiento, como sabuesos acostumbrados, los mejores detectives del reino, mientras que se daban órdenes apremiantes por telégrafos y teléfonos para que los de la policía viesen de buscar hasta debajo de la tierra a los dos prófugos; resultando de tan acertadas estas disposiciones, que, rato más tarde, vino a saberse con gran contentamiento del Tío Samuel y de su corte la curiosa aventura de la fábrica, detallada al por menor, con más la feliz nueva de que Don Quijote y Sancho estaban a buen recaudo. Sin pérdida de tiempo, dispuso el Tío Samuel que amo y criado (después de las cortas horas que él juzgó necesarias para preparar un plan ingenioso que traía entre manos) fuesen con- ducidos con el mayor miramiento al propio palacio en que antes estuvieron, y dió, al mismo tiempo, sus órdenes para que los conductores, llegados al parque que rodea el monumental edificio, dejasen a Don Quijote y a Sancho en libertad, custodiando solamente la puerta de entrada, que no sería la principal, sino la que daba a un extenso prado y que venía a quedar al extremo opuesto de la que llaman de honor. En corto tiempo (que no es mucho el que el Tío Samuel necesita para todas sus empresas, sean cuerdas las unas o descabelladas las otras), dispuso su plan con ingenio y regocijo el discreto viejo que estaba como encantado con la aventura de la fábrica, la cual aventura corría ya de boca en boca, de periódico en periódico y de telegrama en telegrama hasta llegar al cabo del mundo, prometiendo otras no menos interesantes y gustosas para asombro y regocijo de nuestra dichosa edad contemporánea. Consistía el susodicho plan, en dejar a Don Quijote y a Sancho a la entrada del parque de aquella residencia, observándolos desde lejos el Tío Samuel y los de su compañía y simulándoles encuentros y aventuras que serían de grande novedad y esparcimiento. Es de advertir para la mejor inteligencia de esta verídica historia, que el parque de que antes se ha hablado era de grandísima extensión, con más de dos mil toesas de largo por otras tantas de anchura, y que encerraba entre sus linderos un bosquecillo más que tupido, dos lagunas de artificio, cristalinos riachuelos, parleras cascadas, amenos prados, limpias veredas, silvestres encrucijadas, jardines de pintadas flores, huertos de frutos exquisitos y productivas granjas con toda suerte de animales de las especies más raras y valiosas; completando el encanto y atractivo de tan singular morada, risueñas alquerías, pequeños chalets, cabañas campesinas de pintoresca rusticidad y otras muchas maravillas que no son para contarse y que hacían de aquella residencia del Tío de nuestra historia la más amena y variada de cuantas pueden imaginar la ociosa fantasía y el mejor regalo. Para dar cumplimiento y cima a la bien urdida tramoya, sacóse de las caballerizas de la granja a cierto caballo tordo de ocho cuartas de alzada, que en sus buenos tiempos fué de los que llaman de carrera y que a la sazón no era ni de andadura según los años que tenía. Gozaba el tal de cesantía o jubilación en gracia de sus buenos servicios, y aunque el pienso era bueno y el trabajo ninguno, estaba más flaco por la edad, medio ciego por las cataratas y con más porrillas y lacras de arestín que jamelgo de carretero. Ensillaron luego al dicho bucéfalo con muy lucidos arreos, y vino a hacerle compañía un asno bien parecido, rucio de color y de buena andadura, aunque algo vivo y pajarero, al cual enfrenaron y pusiéronle albarda con más unas alforjas colmadas de apetitoso fiambre. Recreábase el Tío Samuel viendo estos preparativos, y luego ordenó que ambas caballerías quedasen como sueltas y abandonadas a la entrada del parque por donde Don Quijote y Sancho debían de venir; previniendo sin tardanza otras sorpresas y aventuras que luego después se verán en el curso de esta verídica historia y que el Tío Samuel y los señores de su corte presenciarían ocultos en el follaje de las avenidas. Así que estuvo todo prevenido, mandóse por el alambre del teléfono que los de la policía condujesen a Don Quijote y a Sancho hasta la puerta del parque que ya estaba designada, y que allí, despidiéndolos con expresiones convenidas, los dejasen solos y libres de aventurarse. Hízose, pues, como estaba dispuesto, y cosa de las dos de la tarde serían cuando, conducidos en automóvil de los que llaman de gala, llegaron nuestros dos aventureros. Los de la policía, representados esta vez por un capitán de campanillas, mostrábanse corteses y solícitos en todo extremo con Don Quijote desde que supieron de quién se trataba, a tal punto que, al bajar del auto, ofreció el capitán la mano a Don Quijote con toda reverencia y luego agasajó también a Sancho con un saludo. Aunque algo mohino, sin saber dónde lo conducían, Don Quijote dejóse decir: “Vuesa merced me la haría no escasa si fuese servido de decirme lo que este enredo y aventura significan”.—“Con mucho gusto satisfaré yo esa pregunta”—dijo el interpelado.—“Pero, ¿es que ya no nos llevan a las galeras?”—dijo Sancho, algo repuesto del susto de la mañana.—“¡Qué galeras!—contestó el capitán.—Lo que hay en este que vuesa merced, Señor Don Quijote, llama enredo, es que un sabio amigo y más que amigo, admirador de la vuestra osadía y gentileza ha desbaratado el encanto en que se os tenía aprisionado, y es ésta la hora dichosa y por luengos años aguardada en que mi Señor Don Quijote de la Mancha queda desencantado y libre para ir de nuevo por el mundo en busca de faza- ñas y aventuras. Hasta estas rejas que véis, llegan los dominios del hechicero que por envidia y malquerencia os tuvo aprisionado, y de estas rejas adentro está el mundo libre para vuestras correrías y proezas”. Creyó Don Quijote tales razones como si fuesen el propio Evangelio, y harto conmovido, levantó al cielo los ojos y dijo: “¡Oh, tú, sabio encantador amigo mío, quien quiera que seas y que así me favoreces y levantas! sabe que no en vano devuelves a este hidalgo caballero el dón precioso de la libertad que aventaja al de la misma vida. Usar hé de tal gracia y donativo para enaltecer tu nombre y el de la sin par Dulcinea del Toboso, llevando a felice término tales hazañas y atrevimientos en bien de infelices y necesitados, que ocultar han los mayores prodigios que ficieron caballeros andantes y heroicos paladines que honra la fama con sus sonoras trompetas”.—“¿Y no pregunta mi señor—dijo Sancho—quién es tal hechicero nuestro amigo?”—“Ni es posible decillo—dijo el de la policía—pues por modestia y decoro quiere el sabio (y no hechicero como vos decís, hermano) guardar su nombre, que es de los más famosos, hasta que llegue el felice día en que el apuesto Manchego, león desencadenado por la braveza y águila caudal por la alteza, se una en vínculo matrimoñesco con la honesta Paloma Tobosina, que para que aquella fecha, el sabio que me invía apadrinará las bodas”.—“Con todo me conformo—dijo Don Quijote,—que no es bien andar en averiguaciones con quien hace merced tan alta y subida, por lo mismo que no reclama el agradecimiento, que tal reclamo rebaja la merced y pone descontento en el favorecido. Item más, que se me alcanza, por mucho que lo oculte, el nombre del erudito a quien debo vasallaje, como lo debe el hidalgo sin mengua de su decoro y más bien para dalle mayor lustre y nombradla”.—“Muy acertadas son tales razones—dijo Sancho—, porque no sería bien que de vuesa merced se dijera aquello de que el que no es agradecido no es bien nacido, que lo que conviene es que se tenga en cuenta el refrán que canta al agradecido más de lo pedido”. Con un gesto imperativo reprimió Don Quijote las impertinencias de su escudero, y luego el capitán de la policía y sus secuaces (porque vinieron cuatro de ellos en otro automóvil que allí estaba) hicieron grandes genuflexiones y el ya dicho capitán habló de esta manera:—“Grande contentamiento y orgullo ha sido para mí conocer a la honra y prez de la Andante Caballería; y con el permiso y bendición de la vuestra merced, Señor Don Quijote de la Mancha, vuélvome al interior del subterráneo palacio donde aguarda vuestras nuevas el Señor que me invía”. Acabando estas razones, hincóse de rodillas delante de Don Quijote, el cual le echó la bendición y le dió a besar la mano diciendo de esta manera:—“Idos con Dios, hermano, y dad mensaje a ese sabio mi amigo de que quedo aquí en el mundo para enaltecer sus mercedes”.—“Pero bueno será— observó Sancho—que pasemos cuanto antes las puertas de esta reja que, según este señor dice, son las que separan a los encantados de los que no lo están; no sea que, por andar en cumplimientos, nos expongamos a mayores”. Hízolo así Don Quijote y siguióle Sancho; cerraron tras ellos los policiales las dos hojas de la puerta de rejas, subiréronse a los autos y partieron éstos con tal velocidad, que Sancho se quedó pasmado de nuevo y más convencido que nunca del encantamiento en que él y su amo habían estado. CAPITULO X. DE COMO DON QUIJOTE Y SANCHO ENCONTRARON POR SEGUNDA VEZ A ROCINANTE Y AL RUCIO CON OTROS SUCESOS QUE NO PUEDEN DEJAR DE MENCIONARSE PARA LA MEJOR INTELIGENCIA DE ESTA HISTORIA. Cuenta Cide Hamete Benengeli que, luego que desaparecieron los automóviles, sentáronse un buen rato sobre la fresca hierba Don Quijote y su escudero y que Don Quijote dijo:—“Ya ves, Sancho hermano, que si enemigos tenemos, no nos faltan amigos y tan poderosos, que en un quita allá esas pajas han deshecho la endemoniada tramoya del maligno Merlín”.—“Así lo voy viendo—dijo Sancho—, aunque mucho me temo que esto no pare en bien, porque a perro viejo no hay tús tús y bien venido seas mal si bienes solo”.—“Razón tuvieras, hijo, para decir lo que dices, si en el caso presente no hubiera por medio la intervención del sabio mi amigo que me acompaña y favorece”.— “Así será como vuesa merced dice—afirmó Sancho—y dejemos tiempo al tiempo, que no por mucho madrugar se amanece más temprano y que no hay que ponerse el parche antes de que salga el chupo ni cantarle vísperas a la desgracia”.—“A pelo vienen esta vez tus refranes—observó Don Quijote—, que es mucha verdad aquella que dice que le baste a cada día su molestia, tanto más, cuanto que el de hoy nos trae nó molestia sino ventura”. —“No mucha que digamos—dijo Sancho—, porque ya vió vuesa merced qué mal nos fué este mañana”.—“¡Cómo mal!—dijo Don Quijote.—Pues ¿acaso no obligamos a aquel menguado a cumplir justicia con tántos menesterosos?”—“No ví yo la justicia ni creo sería venta o casa de labranza, porque él era el amo y los otros los servidores, y ya se sabe que la justicia es un embudo con lo ancho para el rico y lo angosto para el pobre. En resumen de cuentas, los ajusticiados resultamos nosotros, pues la Santa Hermandad, después de aporrear a su gusto a vuesa merced, nos habría llevado a galeras o a trabajos forzados si es que no nos sale tan buen padrino que sin conocernos nos fiara y abonase”.—“Lo pasado pasado—dijo Don Quijote,—y ahora lo que toca es ocuparse de lo presente, que los apremios del hoy no dejan mucho lugar a las memorias del ayer ni a las ambiciones del mañana. El presente es lo que se vive, y a él habremos de consagrarnos con todo ahinco si no queremos pasar por sandios y holgazanes”.—“Vuesa merced ha hablado como un libro—dijo Sancho,— y yo agregaré que para vivir bien el presente como vuestra merced dice, hay que aprovecharse del pasado, pues la experiencia es la madre de la ciencia; de tal modo que, como nosotros ya sabemos lo que son malandanzas y desventuras, lo que en esta nueva salida nos toca, es ser prudentes advertidos y no meternos en riñas ni buscarle tres pies al gato, que por algo se ha dicho si quieres vivir contento, hazte el jumento”.—“Virtud y de la más apreciada es la prudencia—comentó Don Quijote,—pero a las veces también no hay tal virtud sino pretexto y sotileza del miedo que sólo sirve para empequeñecer el ánimo y degradar la dignidad del hombre. El miedo, Sancho amigo, es tan funesto y pernicioso, que hace torpe al inteligente, ladrón al honrado, servil al hidalgo y necio al docto, pues con la mira de evitar el peligro y de contemporizar con los malvados, se resblandecen y degradan las más nobles facultades que puso Dios en los humanos corazones”.—“Bueno está eso para dicho—observó Sancho,—pero del dicho al hecho hay mucho trecho y los valientes y el buen vino duran poco y cada cual sabe su cuento y tiene su alma en su almario”. Discurriendo estaban sobre éstos y parecidos tópicos amo y criado, cuando éste acertó a distinguir las dos caballerías preparadas por el Tío Samuel que pacían en el prado, y poniéndose a dar voces y saltos, dijo:—“¡Vea vuesa merced a Rocinante, mi Señor Don Quijote, y vea también al rucio que aquí nos estaban esperando desde el suceso de nuestro encantamiento! Estos y no los de esta mañana son los legítimos. ¡Albricias y más que albricias, que agora sí que creo en que estamos desencan- tados! Levantóse Don Quijote y ambos se acercaron a las dos caballerías con muestras del mayor contento. Cogió Don Quijote las bridas de Rocinante y dándole palmadas en cabeza y cuello, empezó a decir:—“¡Oh, mi fiel noble Rocinante, tan famoso y fiel como tu amo a quien acompañaste y serviste en tales lances y peleas que no se cansa el clarín de la fama de pregonar por el mundo y que la misma Belona enaltece y pone en los propios cuernos de la luna! ¡Oh, tú, sabio mi amigo, que así me devuelves y tornas el más noble y más gallardo de los bridones; y cuánto tengo de agradecerte esta superior merced que así me pone en el camino de tornar a las aventuras con más denuedo y entusiasmo que el que tuve la vez primera al salir por el campo de Montiel! Ya que los dioses lo quieren, que está aderezada la caballería y pronto el caballero, volvamos al mundo, Rocinante amigo, en busca de peligros y aventuras, que largo se me hace el tiempo con el ansia de empezallas”.—“Rucio hermano— decía entre tanto Sancho con lágrimas en los ojos,—¡y cómo es que has parecido cuando yo te lloraba muerto; y qué gordo y rejuvenecido que te vuelvo a hallar! De hoy más te prometo y juro no dejarte ni a sol ni a sombra, ni en vida ni en muerte, y regalarte un día sí y otro también con doble ración de cebada en grano, amén de pasto a tu antojo”. Pasadas estas naturales expansiones, Don Quijote demostró todavía su contento haciendo una cabriola y dando dos zapatetas, cuando Sancho, mirando así a Rocinante como al rucio, comenzó a decir:—“Pero vea vuesa merced que, bien mirado, se me antoja que no hay tal rucio ni tal Rocinante aunque mucho se les parezcan estas dos caballerías. Lo que sí se advierte al punto, es que son nuevos y más valiosos los arreos y de forma tan extraña que no los he visto en mis días. Cuanto a los animales (con perdón sea dicho), vuesa merced pierde en el trueque, que éste que aquí se ve paréceme más viejo que Matusalem y más flaco y deshecho que rocín de arriería”. Acercóse en seguida al caballo, vióle el diente y comenzó a reirse diciendo que borró del todo y que habría que darle de comer bizcochuelo o natillas, porque lo que es cebada, ni por pienso. Ofendióse Don Quijote con estas bromas de Sancho y le dijo que no sabía lo que hablaba; que el tal caballo tenía más fortaleza y más bríos que el propio Bucéfalo, y que él, Don Quijote, gran conocedor en la materia, lo diputaba por lo mejor del mundo.—“Pues a fe que lo disimula”—dijo Sancho, conteniendo la risa y fuése a examinar el pollino diciendo al propio tiempo:—“Yo sí que salgo ganando a ojo de buen cubero. Vaya si está rejuvenecido el rucio. Pues, ¡y las alforjas! Vea vuesa merced que están llenas y no de bazofia sino de los más gustosos manjares!.... ¡Y cómo huelen!”.—Así es la verdad”—dijo Don Quijote al que Sancho le metía las alforjas por las narices; y agregó el escudero:—“Maldito lo que me acuerdo de haber guardado yo tales hambres; pero no nos metamos en inquisiciones, que, a mi parecer y al de mi estómago, lo primero es sustentarse sobre esta fresca hierba, si vuesa merced no dispone otra cosa”. Convino en ello Don Quijote y ambos tomaron asiento a la sombra de unos floridos arbustos que formaban como un cenador tupido. Vació Sancho las alforjas haciendo grandes ponderaciones, sobre todo cuando encontró una botella y acercándosela a las narices se percató de que era vino y de lo mejor lo que contenía.—“Vino tenemos—dijo restregándose las manos; y yo que tánto tiempo hacía que no lo cataba. Eche un trago vuesa merced que, por el olor, parece cosa buena y de lo fino”. Accedió Don Quijote; sirvióle Sancho mediana ración en una copa que encontró junto con la botella, y así que lo probó, dijo Don Quijote:—“Es de Chipre y tan añejo, que alegra y fortifica, a punto que me trae a la memoria aquello de vinum lætificat cor hominis”. Cogió Sancho la botella, que él no se contentaba con la copa, y empinando el codo, estuvo más que mediano rato haciendo sonar el gargüero; limpióse la boca con el revés de la mano, se saboreó a más y mejor y dijo:—“Nuestro amigo el hechicero debe de ser persona de posibles cuando tales vinos gasta. Y ¡qué bien que viene el fiambre después del trago! Como vuesa merced, que por algo se ha dicho barriga llena, corazón contento”. Tomó Don Quijote tal cual bocado, dada su natural sobriedad, mientras que Sancho engullía a su placer, con la boca llena y encareciendo la variedad de las viandas con que se regalaba, pero sin conseguir que Don Quijote le oyera, pues ya su despierta fantasía le hacía ver nuevas y más maravillosas aventuras, hasta que, poniéndose de pie, dijo:—“Vamos, Sancho, que es fuerza no entregarse al ocio y al regalo cuando el sabio mi amigo que tal merced me fizo de desencantarme, espera de mí sacrificios y hazañas, que nó comodidades y holgura. Estrecheza quiero, nó regalo, penas y nó placeres, trabajo y nó descanso, hambres y nó hartura, lances y cuchilladas y nó femeniles componendas, guerra con honra y nó paz con desdoro, fiereza y nó blandura; que para esto me echó Dios al mundo como heraldo de justicia y bienandanza”.—“Loco debe de ser vuesa merced—dijo Sancho—cuando tales cosas se le ocurren, que no veo yo la necesidad de preferir lo malo a lo bueno y trocar holgura y contento por palos y desventuras. Vea vuesa merced cómo van todas las gentes sudando y trabajando por allegar el cuotidiano sustento, que es lo que más importa, y no se meta a componer el mundo que es la más solemne insensatez que jamás se haya visto. El mundo se irá por donde debe de irse, que querer enmendarlo como vuesa merced pretende, es dar el cántaro contra la piedra y buscarle los pelos al huevo y meterse donde no lo llaman. Tome vuesa merced mi consejo: déjese de aventuras que ya Pedro está viejo para cabrero, y disfrutemos de esta bienandanza que nos ha salido al paso como quien dice de a bóbilis”. —“Necio y bellaco de añadidura eres, Sancho—replicó Don Quijote,—pues no se te alcanza el cómo y el porqué de ser yo caballero andante. No sólo de comer vive el hombre, dijo quien lo dijo, y con esto se entiende que estamos aquí para fines mayores que los que aconseja el egoísmo y ambiciona la flaca naturaleza. Aspero y dificultoso es el camino de la justicia; ha menester esfuerzo el valor y sacrificio la abnegación; pero la justicia que enaltece, el valor que cuida de la honra propia y de la ajena (que tal es el legítimo y nó el que mira solamente por el yo, que se convierte en crueldad y soberbia), y finalmente la abnegación que atiende a la caridad y la misericordia; todas juntas estas virtudes forman la honra, que es dón más precioso que la vida, puesto que es el distintivo y la merced que el Supremo Hacedor le ha dado al hombre para que sobrepase a los demás seres creados y llegue a los límites de la muerte en demanda del eterno galardón. Y si no, por qué se cuida el árbol para que cuaje y madure el sazonado fruto, y la planta para que eche la pintada flor, y la mies para que produzca el precioso grano; pues fruto, y flor y grano es lo que en el hombre se llama honra y virtud, que viene a ser lo mismo y que es lo que el Hacedor Omnipotente cosecha en nosotros, como nosotros cosechamos los frutos de la tierra”. Oía Sancho como embobado estas razones y movía la cabeza como dando a entender que no se le alcanzaba el sentido de lo que decía Don Quijote, el cual, cada vez más alterado, dijo:—“Trae aquí a Rocinante y emprendamos de nuevo la carrera de la Andante Caballería, que ya la impaciencia pone espuelas a mi voluntad y desata las bridas de mi coraje. Por algo me honro con el famoso yelmo de Mambrino que simboliza la nobleza en el pensar; por algo también empuño esta tizona, emblema de fortaleza y bizarría; y por algo, en suma, soy el Caballero de la Mancha, de la Triste Figura y de los Leones, a mayor abundamiento”. Cohibido Sancho con la desaforada arenga de Don Quijote, trajo a Rocinante, túvole el diestro y subió su amo, el cual, todo movido y entusiasmado, se dió a espolear con tal ímpetu, que el caballo, que era de los que llaman de pura sangre y por lo mismo de condición arrebatada, se acordó de sus mocedades y partió a todo correr; pero con tan mala fortuna, que, a causa de la vejez y de la ceguera, tropezó en unas matas y fué a caer de bruces cuan largo era, saliendo Don Quijote por el pescuezo y yendo a dar de cabeza a seis varas de distancia. CAPITULO XI. DONDE SE REFIERE LA CONVERSACION QUE TUVIERON DON QUIJOTE Y SU ESCUDERO Y EL SOBRESALTO QUE ESTE PASO. A CAUSA DEL POLLINO. El tío Samuel y sus acompañantes que, ocultos entre el follaje, habían oído con grande asombro todo lo que Don Quijote dijo y vieron después el porrazo, estuvieron a punto de salir a favorecerlo echando a perder las muchas sorpresas concertadas, pero por fortuna suya se contuvieron pensando que la caída había sido sobre tierra blanda y que Don Quijote no era de los que se invalidan por tan poco. Sancho fué el que corrió a levantar a su amo, pero éste púsose en pie antes de que llegara el escudero, y sin dársele una higa del golpe, firme en su locura, dejóse decir:—“¿Has visto, Sancho hijo, cómo cayó Rocinante sin mayor obstáculo? Cosas son éstas de encantamiento y sortilegio, pues sólo así se explica que un tan gallardo bridón venga al suelo de buenas a primeras y sin aparente causa. Seguro estoy de que cierto sabía mi enemigo, viendo que en la carrera que emprendí podía presentárseme algún suceso famoso, le tendió a mi caballo un lazo invisible, que es artimaña bien conocida, para que se enredara vuesa merced—dijo Sancho—que va a hacer correr a esta desventurada caballería, que milagro será que camine, no digamos que corra;”—y diciendo estas razones, acudió a favorecer al caballo que no acababa de levantarse.—“Tienes los ojos vendados por la ignorancia—replicó Don Quijote ayudando a Sancho en su tarea—pues no ves la gallardía de Rocinante y andas ahí con reparos propios de campesino, que, por mucho que quiero ha- certe escudero, no pasarás nunca de destripaterrones, porque la cabra tira al monte y el palurdo, aunque cambie de fortuna, palurdo se queda”.—“Permita vuesa merced que me ría de la gallardía de Rocinante—dijo Sancho a este punto—, que el caso no es para menos; y por lo que hace a los refranes, veo que vuesa mercer, aunque mudándolos a su antojo, también abunda en ellos; de modo que ya no ha de motejarme, pues si canta bien el abad, no le va en zaga el monacillo.” En tanto, con algún esfuerzo, habíase levantado el caballo, y el escudero limpiábale el polvo y trataba de poner derecha la silla, mirando con lástima burlona a Rocinante que, con el pescuezo caído, largo y desmedrado, parecía reflexionar acerca de las vicisitudes de la fortuna. Observándolo, dijo Sancho:—“Dudo mucho, mi señor, que con esta caballería lleguemos a ninguna parte, y si vuesa merced no fuera tan mirado, había de montar en el rucio y yo a la grupa.”—“¿Pero oíste nunca—dijo Don Quijote—que los caballeros andantes montasen en pollinos? Aun me asisten ciertas dudas concernientes a que mi escudero se sirva de semejante caballería; pero siendo tales como son de honrosos los antecedentes del rucio, creo que podemos diputarlo digno de nuestras empresas y correrías. Por lo que hace a Rocinante, no te extrañe su aspecto un tanto lastimado y melancólico, que has de tener presente que siendo tántos los años de estar embrujado, a fuer de animal noble y hasta inteligente y reflexivo, debe experimentar alguna sorpresa viéndose de nuevo en campaña”.—“En ese caso, conveniente sería—dijo Sancho— que descansásemos mientras el señor Rocinante acaba de reflexionar y nosotros damos tiempo al tiempo para ver en qué paran estas misas, fuera de que más ganas tengo yo de reposar la siesta que de levantar los pies del suelo. Y por lo que hace a que el jamelgo (que tal me parece) esté cavilando en nuestras desventuras, mucho lo dudo, porque en lo de cavilar, el rucio le da quince y raya a Rocinante, y no parece, según su aspecto, que caiga en la cuenta de las malandanzas en que nos hemos visto y nos veremos”. Trataba Sancho de embromar a su amo con estas pláticas, pues con el vinillo del almuerzo y el calor del mediodía quería dar gusto a la pereza y descabezar un sueño; pero como Don Quijote estaba ya tan movido, dijo en tono resuelto:—“Volvamos a emprender, Sancho amigo, que no es bueno dejar para mañana lo que puede hacerse hoy, y sábete que me dice el corazón que esta vez será con mejor fortuna y provecho.” Diciéndolo, montó de nuevo a caballo y esperó a que Sancho viniese con el rucio. Así fué; mas el llamado rucio era algo asustadizo y de mala voluntad, según después se supo, pues cuando Sancho estuvo encima, comenzó el maldito a dar coces al aire tan seguidas y desacompasadas, que Sancho se tiró al suelo por temor de que la cosa pasase a mayores, y cogiendo al asno del diestro, se vino a donde Don Quijote estaba.—“¿Qué es eso, Sancho? ¿Por qué has descabalgado?”—preguntóle Don Quijote.—“Porque no quiero romperme las costillas—contestó Sancho.—¿No ha visto vuesa merced los saltos y respingos que daba este maldito animal?”—“Sí que los he visto; pero mal parecen tales miedos en el mozo de un caballero andante.”—“Mal o bien pueden parecer a los demás—contestó Sancho—; pero a mí me parece peor dar con mi cuerpo en tierra y descoyuntarme algún hueso sin que haya aquí un físico ni una mala curandera para componer canillas y poner bizmas.”—“Temores pueriles son esos—dijo Don Quijote—, que bien sabes que dándote a beber un trago de bálsamo que yo compongo y que en llegando al primer castillo he de preparar, se curan como por ensalmo esos achaques.”—“Líbreme Dios de volver a catar tan endiablada melecina—dijo Sancho—. Qué, ¿ya no se acuerda vuesa merced de la gracia que ella tiene? Pero pasando a otra cosa, que, por mi fortuna, no he menester de tales brebajes, ¿sabe vuesa merced que estoy sospechando que este pollino de tan mala condición y de tántas mañas no es el rucio ni cosa parecida? Aquél, el mío, criado a mis pechos, aunque me esté mal el decirlo, era apacible, modesto y sufrido en el comer, no nada inquieto, de buena andadura, aunque de escasos bríos, que no hacen falta, pues seguía la condición de su amo en el buen natural y en la parsimonia.”—“¿ Que no es el rucio dices?—replicó Don Quijote—; ¿ves cómo tienes vendados los ojos? Pues sábete que tan es el rucio el jumento como el caballo es Rocinante, sólo que, por modo de burlas, en todo semejantes a muchas que se cuentan en las historias, algún hechicero amigo de truhanerías y mofas, pasóle al rucio los bríos de Rocinante y a éste la condición mansa del pollino.”—“No me parece mal pensado—contestó Sancho—; pero de mí sé decir que será dificilillo que me arriesgue de nuevo en este jumento (con perdón sea dicho) tan sospechoso y mal mirado. Con el primer gitano que topemos o en la primer feria a que nos lleve la fortuna trataré de vendello y nó en poco, que las cosas entran por los ojos y este tai rucio se la pega al lucero del alba.”—“No te lo consentiré—dijo Don Quijote—. ¡Fuera miedos! y verás que, descubierta la intriga de haber trocado la condición de las caballerías (que cuando tales intrigas son de burlas basta con descubrillas), no habrá novedad mayor.”—“Así es que vuesa merced me responde de que no hay riesgo en cabalgar de nuevo?”—“Y tan te respondo, que al punto vas a convencerte por tí mismo montando esa buena bestia.” Vacilaba Sancho a pesar de las afirmaciones de su amo, pero al fin, siguiendo el consejo de su nativa pereza, concluyó por convencerse de lo que Don Quijote le decía, y después de santiguarse devotamente, tornó a montar con tánta timidez y miramiento, que apenas si le dejaba sentir la carga al pollino. Fuese por esta causa o porque al tal no le viniese en gana andar en más zapatetas, siguió mansamente el burro, comenzó a andar con sosiego Rocinante y amo y criado, en buena paz y compañía, se entraron por un apacible y rústico sendero. CAPITULO XII. QUE TRATA DEL PRINCIPIO Y FIN DEL COMBATE QUE TUVO EL BRAVO DON QUIJOTE CON EL LUJOSO CABALLERO DEL DOLLAR.— Sosegadamente iban discurriendo nuestros dos viajeros acerca del primor y hermosura de los jardines, juegos de agua, cenadores y bosquecillos que a ambos lados del camino solazaban la vista, cuando sintieron que hacia ellos venía gran tropel de gente armada en briosas caballerías y como en son de guerra.— “¡Aventura tenemos!”—dijo Don Quijote; y luego al punto embrazó la adarga, se aseguró el morrión, echó mano a la lanza y poniéndose de medio a medio en el camino, levantó la brida a Rocinante y con marcial apostura gritó a los que venían:— “¡Tenéos, señores caballeros, si es que lo sois, que no es bien venir en tal tropel y alboroto por tan estrecha senda!”—¡Vélame Dios!—dijo Sancho—. Déjese vuesa merced de buscar pendencia, que estos que vienen parece ser gente miliciana y belicosa y no está la Magdalena para tafetanes.” En esto, llegaron los de la comitiva y se detuvieron al parecer muy asombrados viendo a Don Quijote que les cerraba el camino en actitud de desafío. Llevaban los tales curiosas y abigarradas indumentarias a estilo de la Edad Media, con relucientes armaduras, mucho plumaje y lanzas y trabucos. Al verlos, entendió Don Quijote que eran caballeros andantes, y deponiendo su enfado, les hizo un cortés saludo, que ellos devolvieron con grandes humillaciones de cabeza.—“¿Se puede saber el camino que vuesas mercedes llevan?”—díjoles nuestro aventurero con noble continente.— “No hay en ello secreto”—contestó uno de los interpelados que parecía ser como el capitán o jefe de la partida.—“Por lo que se advierte—observó Don Quijote—, seguís la Orden de la Andante Caballería.”—“Así es como vuesa merced dice— contestó el que representaba a la partida—; y aquesta es la hora en que vamos en pos de cierta famosa aventura.”—“Huélgome de oíllo —dijo Don Quijote—, que, como vuesas mercedes, héme también dedicado al ejercicio de las armas; y si la aventura de que habláis es tal de riesgosa que requiera mi concurso y ayuda, mucho me holgara de seguir en la vuestra compañía, siempre y cuando no se trate de secreto que sólo de vuesas mercedes pueda ser sabido.”—“Que me place” — contestó el desconocido, y echando a un lado la capa para saludar con el sombrero, mostró el jubón azul recamado de oro, las calzas bermejas acuchilladas de amarillo y todo el lujoso traje con peregrina botonadura hecha de monedas de oro fino y reluciente; y luego, haciendo como ostentación de la rica aunque recargada indumentaria, añadió con presuntuosa altanería:—“Antes de pasar adelante, bueno será que sepa vuesa merced (que dudo que lo ignore) que yo soy el Caballero del Dóllar a quien pregona la fama como el más gentil y más gallardo de los modernos tiempos.”—“A fe que nunca oí nombrar a tal caballero—dijo Don Quijote no sin cierto menosprecio—; pero volvamos a la aventura que es lo que a mí me interesa.”—“Cuanto a la aventura—contestó el Caballero del Dóllar—, es sobrado riesgosa y de no poca osadía.”—“Por tal la tengo—repuso Don Quijote—, que de no ser como vuesa merced dice, mal me ofreciera a emprendella. Decid, pues, de lo que se trata que ya vos oigo, señor caballero”. Echóse atrás en la montura el llamado del Dóllar y contestó con sobrado énfasis:—“Es el caso, señor mío, que yo y los que me acompañan y que, sea dicho de paso, pudieran habérselas con los Doce Pares de Francia, hartos de oír hablar de cierto malhadado o malandante caballero que se dice invencible, andamos buscándolo por estos mundos y ¡pese a tal! que habremos de encontralle hasta vencelle y rendille.”—“¿Os fizo algún agravio?”—preguntó Don Quijote calmadamente.—“No uno sino muchos, pues es fama que anda retando en desafío a cuantos encuentra al paso y dejándose decir que de nadie será vencido, con muchas otras balandronadas y embustes que no son para contarse. Y no paran en esto sus desmanes y atrevimiento, sino que el tal demonio (que parece serlo más que caballero) estuvo encantado luengos años en poder del sabio Merlín para tranquilidad del universo mundo; pero es el caso que, merced a la amistad y protección de cierto hechicero, llegó há pocos días al extremo de burlar a Merlin y desbaratar el ya dicho encantamento y anda por estas tierras cometiendo toda suerte de desaguisados y blandiendo espada o lanza por sinrazones y bellaquerías.” Así como iba hablando el Caballero del Dóllar, iba Don Quijote frunciendo el ceño y Sancho quedándose con la boca abierta; y luego de un rato, haciendo un expresivo ademán, dijo Don Quijote con menos precio:—“¿Y son tántos los que van en busca de uno solo?”—“El caso lo requiere”—contestó el Caballero del Dóllar.—“Pues yo os digo que la bellaquería es la de vuesas mercedes—afirmó Don Quijote—; mas antes de seguir en este enredo, mucho me placería de saber el nombre del hidalgo que así vos y amedrenta”.—“Llámanle Don Quijote de la Mancha y lleva en sus blasones el título de Caballero de la Triste Figura—contestó el del Dóllar—; y si quiere vuesa merced mayores señas, sepa que sirve a una dama a quien nombran Doña Dulcinea del Toboso”.—“Ya lo iba sospechando—dijo Don Quijote con altanero gesto—, y no ha menester vuesa merced de recorrer mucho camino, puesto que con Don Quijote os habédeis encontrado y mucho se placerá de medir sus armas con las vuestras así seáis más de ciento y tan osados y aguerridos como los de la Tabla Redonda o los Nueve de la Fábula.”—Grande asombro demostró el Caballero del Dóllar al oír estas palabras y exclamó al punto:—“¿Luego vuesa merced es el Caballero de la Triste Figura y de los Leones y el enamorado galán de Doña Dulcinea del Toboso?”—“Sí que lo soy—afirmó Don Quijote—; ¡y cuenta que habédeis de confesar que es bellaquería inaudita y descomunal desvergüenza todo lo que antes dijisteis, señor del Dóllar o del demonio, acerca de mi nombre y mi persona!” Sin esperar más réplicas, tomó nuestro bravo hidalgo buen trecho de camino y enristrando el lanzón se preparó a embestir a su adversario.—“¡Tenéos, Señor Don Quijote!—díjole éste precipitadamente—. Vea vuesa merced que podemos entendemos y mal la pasaría si yo y los caballeros que me acompañan aceptásemos el reto que vuesa merced nos face. Antes de cruzar las armas, menester es pactar las condiciones según la usanza del moderno duelo o desafío en que habrán de intervenir los jueces o padrinos.”—“¿Qué condiciones son ésas?—exclamó Don Quijote. —¡ Miedo debiérades de decir, pues no es de hidalgos andarse en reparos ni en ventajas o desventajas de jueces y togados cuan- do de reñir se trata, que no se me alcanzan en la pelea más condiciones que la fiereza en el acometer y el rigor en el acuchillar!” Al ver la resolución de Don Quijote, el del Dóllar hizo seña a los de su comitiva para que abriéndose en ala en el momento que aquél embistiese, lo dejasen pasar, cayendo luego sobre él para desarmarlo e imponerle que se declarase vencido, según era su plan; pero nuestro bravo manchego, en un abrir y cerrar de ojos, levantó la brida a Rocinante, excitólo con gran coraje y furia y antes de que sus contrarios tuvieran tiempo de prevenirse, vínose a ellos con tal enojo y denuedo, que su caballería atropelló la que montaba el Caballero del Dóllar, no sin que a éste le arrimara Don Quijote tal palo con la lanza que lo trajera al suelo. Trabáronse entre tanto las demás caballerías, que eran de natural briosas y levantiscas, se fué de hocicos Rocinante, rodó Don Quijote, y en medio de la confusión que se armó con los saltos y corvetas de los espantados bridones, nuestro ínclito manchego, todo empolvado, pero ceñudo y fiero, se levantó de un salto y viniéndose donde el del Dollar, que yacía contuso y medio muerto, apuntóle con la lanza y dijo de esta manera:—“¡Vea vuesa merced de declararse vencido si no quiere en este mismo punto dar el alma!” Al ver el peligro que corría su compañero con semejante loco a cuestas, saltaron de las sillas los otros jinetes y vinieron a favorecer al caído, diciendo a Don Quijote que todos ellos, no sólo el del Dóllar, se daban por vencidos en buena lid y que viese de no ultimar a su compañero, pues si no contestaba era por estar a punto de muerte. Serenóse con esto Don Quijote y levantando la lanza con grave ademán, dijo:—“Ya que así vos rendís, sólo tengo de deciros que habédeis de ir al Toboso a presentar vuestro homenaje a la sin par Dulcinea para que ella a su talante haga y disponga de vuestras personas como mejor fuere servida.” Prometieron ellos sin tardanza de obedecer a Don Quijote en lo que les mandaba; y, ¡qué no prometieran viendo el famoso desaguisado en que se habían metido, cuando fué su plan burlar al buen hidalgo con una aventura de broma y festejo que tan caro les costaba! Sin acordarse ya más de sus papeles de comedia, atinaron a favorecer al Caballero del Dóllar que yacía mal herido, con las narices chafadas y más de un hueso descoyuntado; bizmáronle como pudieron, lo subieron en la caballería y partiéronse al punto más que afrentados con la derrota, mientras que Don Quijote quedaba en el campo y con gravedad señoril tornaba a cabalgar, dejando a Sancho deslumbrado con tamaña proeza. El Tío Samuel y los de su corte, que eran los que habían urdido el encuentro, en la seguridad de que entre los muchos jinetes de la comitiva atinarían sin peligro alguno a repetir una escena semejante a la del Caballero de la Blanca Luna, no volvían de su sorpresa, pues creyendo correr a Don Quijote, resultaban ellos los corridos y hasta avergonzados y con grande sobresalto de haber expuesto a tal peligro al llamado Caballero del Dollar, que no era otro que el mismo mozo y buen mozo del ocurrente Tío Samuel, Señor de los Estados Unidos. CAPITULO XIII. DONDE SE REFIERE LO QUE HABLARON DON QUIJOTE Y SANCHO CON MOTIVO DE LA AVENTURA DEL CABALLERO DEL DOLLAR. CON OTROS SUCESOS DIGNOS DE TOMARSE EN CUENTA.— Tan satisfecho quedó el amo con el lance y tan asombrado el mozo, que, sin decir palabra, dejando a las caballerías ir a su voluntad, anduvieron una buena pieza, saboreando cada uno para sus adentros el feliz suceso, hasta que Sancho dijo:—“Cierto que ha sido famosa esta aventura.”—“No tan famosa replicó Don Quijote—, que otras mayores y de más atrevimiento habré de realizar en esta nueva salida.”—“Huélgome de tales propósitos —dijo Sancho—; pero siempre y cuando dejen más conveniencia, porque ahora caigo en la cuenta de que en esta ocasión vue- sa merced anduvo inadvertido en no cobrar botín, según es uso y costumbre, pues tales caballeros como los que hemos vencido, habrían de pagarlo bien en dinero o en especies y sin andarse en requerimientos. Para en adelante, habremos de concertar que vuesa merced se encargue de las pendencias, que, según se advierte, no es cosa que le dé trabajo, y yo, como persona más pacífica y por ende encargada del regalo y del servicio de vuesa merced, tomaré por mi cuenta lo del botín.”—“Desatinos está diciendo—dijo Don Quijote—, que los caballeros andantes ni cobran botín de guerra ni andan en tan bajos menesteres.”—“¡Como bajos!”—exclamó Sancho—. A cualquiera se le ocurre que ya que se corre el riesgo, es muy justa la remuneración, pues con alguna cuenta se arrienda el tambo. Y si no, dígame vuesa merced, ¿pues no es cierto que en la guerras todas las músicas de los heroísmos y las aleluyas del honor acaban por el cobro en buenos doblones o en mejores tierras de sembradura y hasta en pueblos y ciudades?”—“Así es como dices—contestó Don Quijote—; pero los caballeros andante luchamos solamente por la honra, que no se aviene con remuneración de dineros, que es cosa que empequeñece y mancilla.”—“¡Mal haya con tales pragmáticas!”—exclamó Sancho, y añadió luego:—“Dígame vuesa merced, ¿comen del aire los caballeros andantes? ¿Se visten acaso con las hojas de las higueras, como es fama que lo hacía nuestro padre Adán? Todo menester debe de traer provecho, y es cosa de locos andar malgastando el tiempo y correr tales peligros como corremos en estas aventuras, para salir a la postre con mucha honra y sin una blanca, que es como si dijéramos a bien te estabas corazón. Convénzase vuesa merced de que lo primero es el sustento, pues cuando ladra el estómago se acaban las valentías, porque la necesidad tiene cara de hereje y amor con hambre no dura. Yo de mí sé decir que sin el buen gobierno de las tripas, no creo en las honras, ni siquiera en la honradez que es cosa más a mi alcance.”—“Ya no revientas, Sancho, ya no revientas—dijo Don Quijote que estaba de humor jovial—; y te digo que no revientas, porque echaste del cuerpo los mayores disparates que en él tenías metidos. Bueno es que sepas que esto de la honra no es para que todos lo entiendan, porque la miel no se ha hecho para la boca del asno.”—“Asno debo de ser yo entonces—contestó Sancho—pues no llego a enterarme de tales sotilezas como las que vuesa merced dice, ni menos se me alcanza el porqué de haber en el mundo caballeros andantes, si es que no han de sacar provecho para su hacienda y la de sus allegados.”—“Ya te irás enterando—dijo Don Quijote—de esto que tu estrecho cacúmen llama sotilezas, pues a ley de escudero, fuerza es que sigas a tu amo hasta en lo del pensar y lo del sentir.” Y luego, con reposada voz, añadió de esta manera:—“Son los caballeros andantes, Sancho amigo, defensores natos de la justicia y de la honra, y sus acciones no van nunca encaminadas al propio beneficio, que si lo fueran, perderían todo merecimiento. Las virtudes, para serlo, han menester no cobrar lucro ni remuneración, pues si tal hicieran, no virtudes sino egoísmo habían de llamarse. Así, la largueza que socorre al necesitado, la humildad que perdona las injurias, la castidad que refrena el mal consejo de la carne, la paciencia que sufre con beneplácito las adversidades de la ingrata fortuna, la templanza que acude al preciso sus- tento, apartándose del regalo que predispone a los malos instintos, la dirigencia que odia a la pereza su enemiga y, finalmente, la caridad que es el amor que todo lo dignifica y enaltece; todas juntas estas virtudes, no cobran ni en especies ni en dineros, sí que más bien alcanzarán la debida recompensa cuando Dios sea servido de otorgarla”.—“Pareció aquello—dijo Sancho a este punto—. Vea vuesa merced que donde menos se piensa salta la liebre y que las propias virtudes tienen su cuenta y razón, pues andan encaminadas a hacerle el cobro a Nuestro Señor, bien en ésta o en la otra vida. Lo cierto es que por la plata baila el perro y por el oro amo y todo y que la conveniencia de las llamadas virtudes está en el provecho que de ellas se saca, que si no fuera, poco habíamos de cuidarnos de ser personas cristianas.”—“Propositio tua falsa est—afirmó enfáticamente Don Quijote—. Consecuencia y nó fin es el provecho en el virtuoso, pues el tal pone su afincamiento en amar a Dios y por ende en serville, que éste y no otro es el conato del verdadero amador, así lo aliente o nó la esperanza de ser recompensado. ¿Y qué de extrañar tiene lo dicho tratándose de la Divinidad, si ves que hasta en lo que toca y atañe a la humana especie pasen tres cuartos de lo mismo; y aquí me tienes a mí cautivo por Dulcinea sin más satisfacción que la no escasa por cierto de servilla y honralla así no se digne volver los ojos a este su enamorado caballero. Ten, pues, entendido, Sancho amigo, que las virtudes (y el amor es el compendio y resumen de todas ellas) presuponen desasimiento y hasta menosprecio de la propia persona, a tal punto nos elevan y fortalecen, y que si resulta provecho al fin y a la postre, viene éste sólo de añadidura, que es como quien dice por merced y gracia.”—“Y dígame, mi Señor Don Quijote—preguntó Sancho—, ¿rezan también con los caballeros andantes éstas que vuesa merced llama virtudes?”—“Y tan rezan—contestó Don Quijote-como que el caballero andante es el espejo de todas ellas”. —“A este paso—observó Sancho no sin cierta truhanería—, fuera mejor que vuesa merced hiciese una ermita y se dedicase a ser santo, que, al menos, no correríamos tántos riesgos y aventuras y bien pudiera ser que yo me animase a serville, aunque no tengo dedos para organista, que más se me alcanzan los menesteres de esta vida que los de la otra y mejor es pájaro en mano que buitre volando y más vale un toma que dos te daré”.—“Diferencia hay en los medios, que nó en el fondo, entre el santo y el caballero andante—dijo reposadamente Don Quijote, sin parar mientes en los refranes de su escudero—. Ambos dos se en- caminan al propio fin, sólo que el santo tiene por armas la oración y la penitencia y combate con su propia naturaleza, en tanto que el caballero andante usa de lanza y de espada para reñir con los vicios del género humano, que así el Hacedor Supremo tiene a su servicio diversas legiones que representan su justicia y su misericordia sobre la tierra. Y no sólo los santos, sí que también los gobernantes, los guerreros, los sabios y los poetas, siempre y cuando no perviertan los dones con que natura quiso favorecerlos, sino que más bien los empleen en servir con abnegación desinteresada a la humana especie, siguen, aun sin saberlo, la Orden de la Andante Caballería. Así los gobernantes como Pericles el magnífico; los guerreros como el Macedonio y el Augusto César; los apóstoles como Pablo de Tarso, el elocuente y valeroso paladín de Cristo; los doctos como el de Hipona, águila de la ciencia de las ciencias y maestro del episcopado; los pontífices como Hildebrando el reformador; los fundadores como el Serafín de Asís, a las veces humano y divino, amador de la naturaleza en grado sumo, imitador del inimitable y apasionado cantor de la Virgen Pobreza; los poetas como el florentino admirable, vidente de la inmortalidad y enamorado al extremo de viajar por el infinito para encontrar a su dama; en resolución toda la caterva de los altos servidores del linaje humano que no pensaron en el propio beneficio, son, pese a quien pese, otros tantos andantes caballeros, honra y prez de todas las edades”.— “Aunque no se me alcanzan ni mucho ni poco tales grandezas y valimientos como vuesa merced menciona—dijo Sancho después de un rato—, me parece a mí, Señor Don Quijote, que esto de comprarse los pleitos ajenos olvidándose de los propios, es de personas sin juicio, quiero decir locos, y esos tales caballeros de que vuesa merced habla, si no rematados del todo, cuando menos deben de haber sido de los que llaman lunáticos, los cuales son muchos y andan sueltos por el mundo sin que nadie les vaya a la mano, que por algo se ha dicho cada loco con su tema y al loco y al aire darles calle y un loco hace ciento, que es lo que a mi entender le pasa a vuesa merced y todavía peor, pues aquí podía decirse que cien locos hacen uno y que ese uno es vuesa merced a quien se le ha metido entre ceja y ceja seguir los pasos de todos esos lunáticos o rematados que antes dijo.”—“Locos; así es la verdad—dijo Don Quijote—, que tal parecen al vulgo los grandes batalladores, heraldos de Dios sobre la tierra; fatuos porque no tienen la cordura del egoísmo que enseñan las hormigas; necios porque su pensamiento no cabe en el ruin cerebro de los humanos topos; sandios porque batallan sin tregua por el imperio del bien y de la justicia. Pues sábete que si esto es locura, y fatuidad, y sandez; a honra tengo yo el que se me cuente en ese número, así lluevan sobre mí malandanzas y desventuras, que tales malandanzas son transitorias y atañen solamente al cuerpo mortal y corruptible, aposento en que el espíritu se purifica como se purifica en el crisol el metal precioso.”—“Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena—dijo Sancho—y sobre gustos no hay disputas, que si vuesa merced se conviene y toma a honra el ser insensato, que le haga buen provecho, que yo me quedo de cuerdo y cada loco con su tema, como antes dije”. A este punto llegaba la conversación de los dos caminantes, cuando acertaron a ver a corta distancia una laguna rodeada de frescos bosquecillos, la cual laguna con el resplandor del sol que ya dirigía su carro hacia el Poniente, brillaba como si fuese un espejo. Gustó Don Quijote de contemplar un rato el hermoso espectáculo que la laguna ofrecía y dijo:—“Si no me engaño, esta laguna que aquí se ve es la propia de Ruidera, y cuenta que está encantada según dicen las historias.”—“Pues entonces ni nos acerquemos—dijo Sancho—, que para encantamentos nos basta con el que hemos probado.”—“Veremos de convencernos—replicó Don Quijote—, que en el supuesto de haber encanto, luego se manifiesta por alguna apariencia o circunstancia”. —“¿Y qué nos va ni nos viene de averiguallo?”—“¡Cómo que no nos va! ¿No sabes que si es Ruidera debe de andar por aquí Merlín que es el sabio que la encantó?"—“¡Merlín dice vuesa merced y quiere que vayamos a rascarle la comezón? ¡Nó, en mis días!”—“Ríete de Merlín—dijo Don Quijote—, que harto conocidas me son sus artimañas y si acertase a ponérsenos delante, buena cuenta daría yo de su persona.”—“Le digo a vuesa merced que no se meta en tal aventura—replicó Sancho—, que es como buscarle tres pies al gato o dar coces contra el aguijón, y lo mejor seria que nos volviésemos por esta vereda haciéndonos los prudentes.” No oía Don Quijote las exhortaciones de Sancho ni había de retroceder, así le amenazasen con todos los sabios y encantadores del mundo, alborotado como estaba ya con la idea de la laguna encantada, y guiando a prisa hacia ella, luego de tres hileras de arbustos que le formaban una especie de marco en el contorno, vieron que había en la orilla un bajel, a modo de góndola veneciana, todo enlutado, con velas negras y caídas y con una bandera del mismo color, la cual bandera tenía en el medio un escudo bordado de oro con muchos cuarteles y lambrequines. Sentado en la proa estaba un barquero que parecía el propio Carón, según su aspecto más de fantasma que de hombre, con enlutados ropajes y en actitud tan dolorida y meditabunda como si allí estuviese esperando las almas de los difuntos para llevarlas al otro lado del Aqueronte. Al ver la fúnebre barca y el más fúnebre barquero, Don Quijote, sin amedrentarse, apuró el paso a Rocinante, mientras que Sancho trataba con todas sus fuerzas de contener al rucio, mas como éste era de condición caprichosa, según queda dicho, desobedeció al jinete y se fue tras el caballo. Pocos pasos faltaban ya para llegar a la orilla, cuando el barquero púsose en pie y comenzó a dar grandes voces diciendo:—“¡Detente, denodado caminante, y no llegues a estas playas encantadas donde yo infelice velo de claro en claro y de turbio en turbio!” Tan temerosa y dolorida era la voz, que Don Quijote se sobrecogió y dijo con acento condolido:— “Hablad, hermano, que si vuestro mal tiene remedio, aquí estoy yo para otorgarlo”. A Sancho, con semejante aparición, se le pararon los pelos y un sudor se le iba y otro se le venía rogando a su amo que por Dios huyesen, que el que tales voces daba era ánima en pena o quizás el mismo demonio disfrazado que cargaría con ellos luego que se acercasen; pero Don Quijote, azorado y confuso, mas nó medroso, saltó del caballo, fuése a la barca y alargando el cuello comenzó a decir con cavernosa y ronca voz:—“¡De parte de Dios te pido, ¡oh funesto barquero, que me digas si eres de ésta o la otra vida!”—“Ni de ésta ni de la otra”—contestó el barquero. Maravillado quedóse Don Quijote con semejante respuesta y Sancho se puso a echar cruces y más cruces como si se tratara de ahuyentar al diablo, cuando el barquero dijo de esta manera:—“Ya que habédeis sido tan valeroso y osado de llegar hasta esta encantada laguna, volvéos presto si no queréis quedar también encantados o quizás muertos, pues bueno será que sepáis que desde luengos siglos no llega aquí ningún caminante y que por mi mala ventura, desde luengos siglos también, aguardo yo en esta orilla a cierto andante caballero que, según los anuncios de los oráculos y de las pitonisas, tiene de llegar en su caballo Rocinante para desfacer el más descomunal desaguisado que cuentan las historias así de los pasados como de los presentes siglos.”—“Pues ved que ya es llegado el caballero de quien hablaron los oráculos y las pitonisas”—dijo Don Quijote todo entonado y resuelto. Oyéndolo el barquero, saltó a tierra con los brazos en alto y diciendo a voces:—“¡Sed, pues, bien venido, señor caballero, y decidme al punto si sois Don Quijote de la Mancha!’’—“El mismo que viste y calza”—contestó nuestro hidalgo con natural decoro; y entonces el barquero, sin esperar más, postróse en tierra a los pies de Don Quijote y empezó a hacer grandes ponderaciones de admiración y de contento, sin que fueran bastantes a sosegarlo las instancias que hacía Don Quijote para que se levantara y las desordenadas preguntas de Sancho que no volvía de su sorpresa; hasta que, después de mucho rato de exclamaciones y rendimientos, púsose de pie el barquero y todos tres se sentaron en unas peñolerías muy artificiosas que allí se veían, y hechos todo oídos Don Quijote y Sancho, refirió el barquero lo que sabrá el que leyere el capítulo siguiente. CAPITULO XIV. DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DEL REINO DE QUIVIRA Y EL MIEDO Y CONGOJAS QUE PASO SANCHO CON SU AVENTURA. Después de mucho toser y acomodarse, de mirar a Don Quijote y de volverlo a mirar con repetidas muestras de asombro y regocijo, comenzó el barquero su relato de esta manera:—“Sabrá vuesa mercer, Señor Don Quijote, que ha cosa de cuatro siglos, años o más o años menos, vivía en estos Estados el Rey de Quivira, señor de grandes pueblos y tan famoso por su poderío como por sus riquezas, que sobrepasan con mucho a las del propio Creso. Por si no ha llegado a oídos de vuesa merced, bueno será que le advierta que eran las de Quivira hasta cinco ciudades hechas de oro macizo desde los cimientos hasta los techos, con guarniciones de piedras preciosas y grandes tesoros de diamantes y de perlas finas.” Con la boca abierta escuchaba Sancho el relato, y sin poder contenerse, preguntó al barquero:— “¿Pero es cierto lo que vos decís, hermano barquero, o es lo que llaman cuentos de las un mil noches?”—“De las Mil y Una Noches querrás decir”—corrigió Don Quijote, y luego dijo:—Cierto y muy cierto es lo que dice este discreto barquero, que cosas tales se cuentan de más de un reino de la antigüedad y aun de los modernos tiempos”.—“Seguiré contando—dijo el barquero—, y vos, señor Panza, no pongáis reparos, que muy luego, por vuestros propios ojos, os habédeis de convencer de cómo es verdad todo este relato que parece cosa de sueño. Es el caso que tenía el dicho Rey de Quivira una hija moza y hermosa en demasía y por añadidura heredera de la corona y los estados, pues hijos varones no se contaban en la real familia. Grande y con razón era la fama del reino y no lo era menor la de la real princesa, a tal punto, que llegaron las noticias allende los montes y allende los mares, aumentadas y corregidas con el ir y venir de boca en boca y de distancia en distancia; y dió la casualidad o coincidencia (que así se disponen las cosas para los grandes hechos) de que el caballero castellano, que aventuraba por entonces en muchas empresas de andar y desandar, descubrir y conquistar estas que llamaban tierras vírgenes, fuese informado de la existencia del reino y de la belleza y nombradía de la dama. A tales noticias, sin vacilar un punto, lanzóse el esforzado caballero en la ardua empresa de avasallar el reino y de alcanzar los favores de la gentil princesa; pero tan escondida estaba la conquista entre breñas desoladas y espesos bosques y tan aguerridos y sanguinarios eran los errantes aborígenes de los contornos, que el ya dicho hidalgo castellano, pasó más trabajos que los de Hércules bregando con la abrupta naturaleza y con las salvajes caravanas de indios colorados y broncíneos. Nombre y renombre de sus proezas como el mejor aventurero (sin agraviar lo presente) dejó en esta comarca el Señor Cabeza de Vaca (que así se llamaba el castellano), el cual, después de mucho descubrir y explorar regiones desconocidas, acabó por dar de mano al Reino Quivireño, que creyó fuese cosa de fantasía y de engaño, y a fuer de andante y de aventurero, tornóse al Sur, donde se brindaban por entonces al hidalgo castellano las conquistas del Dorado y de los más ricos imperios de los Aztecas y los Ingas. No faltaron en aquellos tiempos otros aventuraros de la noble Iberia que recorrieran estas comarcas abriendo sendas y descubriendo ríos, lagunas y cordilleras, con tales riesgos y atrevimiento, que más de uno dejó la vida pero sin que le dejase a él la gloria, como se cuenta del muy hidalgo y gentil Don Hernando de Soto, caballero de más lustre que los Amadises y que los Bclianises, según era de paladín y gallardo. Pero a todas éstas, el Rey de Quivira, sabidor de la presencia de los ya dichos aventureros, entró en concilio con adivinos y migromantes v vino a sabcr por ellos que la mano de la princesa estaba reservada para cierto valeroso castellano, cosa que puso al Rey, celoso de su estirpe, en gran indignación y sobresalto. a punto que dispuso que los nombrados adivinos y migromantes viesen de encantar todo el reino antes de que se cumpliese semejante vaticinio. Así se hizo, y largo de contar sería el modo y manera cómo vino a tornarse en encantado ell Reino Quivireño con todas sus riquezas y sus gentes; bastando a vuesas mercedes, en gracia de la brevedad del relato, saber que apareció esta laguna en el límite o confín del reino encantado y que yo, que fui uno de los adivinos y consultor de los oráculos, vine a quedar en barquero y con la orden y consigna, según pronosticaron dichos oráculos luego de la transformación y encantamento, de que, a despecho de mi voluntad y de mi paciencia, esperaría años y siglos hasta que fuese llegado vuesa merced, Señor Don Quijote de la Mancha, que ya desde aquella fecha era famoso en el universo del mundo el nombre del Caballero de la Triste Figura como desfacedor de agravios y enmendador de sinrazones.”—“Caso nunca visto es el que vos contáis, hermano—dijo Don Quijote—, y habédeis de decir al punto si algo dijeron los oráculos acerca del modo de enmendar tamaña sin razón y de desbaratar este endemoniado hechizo.”—“A ello iba—dijo el barquero—. Pues los tales oráculos dijeron que sería llegado vuesa merced en su noble caballo Rocinante y con su escudero Sancho Panza y que ambos a dos, amo y mozo, se entrarían en esta barca (que para conducirlos estaba yo prevenido) y al llegar a la opuesta orilla, darían comienzo los sucesos maravillosos y las desaforadas pendencias de vuesa merced hasta salir victorioso o quedar también encantado; brindándose a vuestra bizarría en caso de vencimiento y por premio y recompensa, el reinado de Quivira y la mano de la princesa mi señora.”—“En lo de salir victorioso, así sean los riegos y acechanzas que urda el demonio (si es que el mismo demonio anda en este enredo), podéis darlo por concluido y finiquitado, hermano barquero; mas en lo de recompensarme con el reino no es cosa que me importe una higa, y por lo que toca a la mano de la princesa, bien sabe Dios que mucho me holgara de tan señalada merced si fuese libre y dueño de mi persona que sólo a Dulcinea pertenece.”—“¡Buena la hemos hecho!—dijo Sancho—. ¿Conque hemos de atenemos a las duras y no a las maduras? Vuesa merced está loco de atar cuando se nos descuelga con semejantes desatinos; pero, en fin, ya que mi señor amo le hace ascos a la corona y remilgos a la princesa, lo que ahora nos toca es volvernos por donde vinimos, que ninguna cuenta nos hace tomar vela en este entierro. Vea, pues, vuesa merced de que contramarchemos cuanto antes y que este señor barquero se quede con su cuento y con su barca esperando hasta el día del juicio a caminantes de mejores tragaderas que las nuestras.”—“No porque no quiera ser rey de Quivira—dijo Don Quijote—ni menos porque me esté vedado aspirar a la mano de la real princesa, habría de renunciar a la aventura que para mi honra predijeron los oráculos; muy por el contrario, pronto estoy para emprendella con más denuedo y más bríos que si en ella me fuesen la vida o la fortuna. Manos, pues, a la obra, her- mano barquero; guiad apriesa que siento ya el calorcillo de la sangre que pide contienda.”—“Reflexione vuesa merced el caso de que se trata, Señor Don Quijote—dijo el barquero pretendiendo amilanar a nuestro hidalgo—, pues bueno será que sepa que no es ésta una aventurilla de las de tres al cuarto, sino de las más rigurosas y sangrientas, que no uno sino muchos serán los enemigos con quienes tope y nó de lana.”—“¡Que me place!— dijo Don Quijote—¿Pensábais acaso, señor don prudente, que cupiera en mi ánimo la bajeza del miedo? Pues digo que es bellaquería suponello siquiera. ¿Que hay fortalezas que asaltar, y castillos que derribar, y caballeros que rendir y ejércitos que dispersar? ¡Sea en buena hora! que un caballero andante se basta por sí solo para vencer toda suerte de dificultades y peligros y para domeñar hechiceros y enemigos a millares en servicio de la Orden y dignidad que profesa.”—“Vuesa merced sabrá lo que hace—dijo Sancho malhumorado—, que lo que es conmigo no cuenta; de aquí no me muevo yo así me enmielen.”—“Eso no puede ser—dijo el barquero—, porque sabrá el señor de Panza que los oráculos tienen pronosticado que el caballero de la Triste Figura habrá de ir en compañía de su gallardo escudero.” —“Pues se quedarán con su pronóstico esos señores—contestó Sancho—. ¡No faltaba más sino que me metan a mí en estos trotes! ¿Qué tengo yo de hacer con tales mentiras (que mentiras me parecen las que vos contáis, hermano barquero); ni cuándo tuve yo tratos ni contratos para sacar la cara por la muy tal de la princesa Remilgos, ni qué ochavo le debo yo al' Rey de Pelagatos.”—“¡Calla la boca, deslenguado—dijo don Quijote—, que ni nombrar mereces a las reales personas!”—“¡Cómo, señor Panza!—agregó el barquero—¿duda vuesa merced de emprender esta aventura cuando es bien sabido que luego de dalle fin con felice suceso, vos harán conde o marqués a vuestro talante y gusto?”—“¿Y si no hay felice suceso?”—preguntó Sancho.— “Si no lo hay—contestó el barquero—, vuesa merced morirá con honra o quedará decorosamente encantado.”—“Es que yo no quiero morir ni quedar encantado, que lo de la honra y el decoro son cosas del otro jueves y a perro viejo no hay tús tús.”— “¡Basta!—dijo Don Quijote que comenzaba a impacientarse—. Irás, Sancho, aunque no quieras, y punto en boca, que mal pareciera un caballero andante que fuese sin escudero en tan alta aventura.”—“Por eso no quedará—dijo Sancho—, pues ya que este Señor de la barca se muestra tan partidario de meternos en el berenjenal, le cedo y traspaso el cargo de escudero con todas sus entradas y salidas, usos, costumbres, derechos y servidumbres, amén de los marquesados y condados y de todas las mercedes consiguientes, y yo aquí me quedo de don Nadie y muy a mi gusto, que el buey solo bien se lame y Juan Segura vivió muchos años.”—“Con mi alma aceptara el trueque—dijo el barquero—, pero es el caso, hermano Sancho, que para que el desencantamento de Quivira tenga término y remate, es fuerza que el legítimo escudero cumpla la misión que los oráculos le tienen encomendada.”—“No hayan más pláticas ni desatinos—dijo a este punto Don Quijote—, que no por tus miedos de villano, indigno escudero, habría yo de dejar tal lance como el que me depara mi buena fortuna; y ya que los oráculos exigen que me sigas, no hay otro remedio sino el de hacer de tripas corazón.”—“¡Válame Dios!—dijo Sancho—. Pero mire vuesa merced, mi señor don porfiado, que es mucha sandez que sin más acá ni más allá nos mentamos a desencantar bellaquerías o desfacer agravios de condenados, que una u otra cosa parecen ser las mentiras que cuenta este funesto barquero que en hora menguada vino a dar con nosotros. Yo le digo a vuesa merced que si nos metemos en este embrollo, como no hay redentor que no salga crucificado, por sabido se calla que acabaremos en palos y en golpes, cuando nó en que nos desuellen como a cabritos, pues me están oliendo estas músicas a engañifa y artimañas. De mí sé decir que me llevarán preso a la tal aventura pero nó de mi voluntad, y si vuesa merced no se da a partido, me vuelvo a la Mancha por Sierra Morena, que preguntando se llega a Roma.”—“Mal cuadran tales sospechas en persona tan cabal como el señor Panza—dijo el barquero—; pero para contento mío y afrenta del malicioso don Sancho, no pasará mucho sin que quede convencido de que es cierto y muy cierto todo lo que antes dije, y tánto, que hasta estas sus mismas dudas y supercherías estaban pronosticadas y previstas por el oráculo, el cual dispuso que si el escudero, por suspicaz y malpensado, tratase de huir el bulto, que luego se le atase de pies y manos y manteado y remanteado se le echase a esta laguna por los siglos de los siglos.”—“¿Conque eso dijo el muy hideputa?—dijo Sancho—. Pues sepa el señor barquero que no soy tan manso y que si se atreve a atarme, no le dejo una costilla en su sitio.” Sin decir palabra, sacó el barquero una trompeta como de plata y soplándola con toda su fuerza dio unos fuertes sonidos, con lo cual aparecieron entre los árboles seis mozos pintarrajeados, vestidos con calzas encarnadas y amarillos jubones, los cuales mozos se acercaron a la orilla haciendo muecas y visajes. Pavorizado quedóse Sancho al ver a tales mozos, y los muy taimados, luego de hacerle una genuflexión a Don Quijote, sacaron unas cuerdas erizadas de púas y dando saltos y gritos se dispusieron a maniatar al escudero, el cual corrió a favorecerse al lado de su amo, pidiéndole a voces que lo defendiese de aquellos demonios.—“¡Alto ahí!—dijo Don Quijote— que nunca consintiera que nadie ponga la mano en mi escudero; y si luego al punto no os váis de aquí, señores diablos o lo que fuéradeis, bien caro os haría pagar tanta osadía.” Se preparaba ya Don Quijote a arremeter con la lanza, cuando el barquero tocó de nuevo la trompeta y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos los llamados demonios.—“Ya ve el señor Sancho—dijo el barquero—que no hay engañifas ni embelecos en todo lo que dije y que vuesa merced tendrá que seguir a su amo de grado o por fuerza.”—“De grado será—dijo don Quijote—; y no haya miedos, hijo, que sano y salvo habré de sacarte de esta aventura así se opusiera a ello el mismo Merlin, que a mi ver, anda metido en este lance y es llegada la ocasión de escarmentallo.” Vió Sancho que, queriendo o no queriendo, tenía que seguir a su amo y dijo con mucha humildad:—“A mal que no tiene remedio hay que ponerle buena cara; pero sepa mi amo y sepa también este señor barquero (que Dios confunda) que a la primera de espadas me echo a correr como un galgo porque cada cual es dueño de su miedo y sabe lo que le conviene.”—“No harás tal cosa— dijo Don Quijote—, que eso es indigno de un mozo como tú de pelo en pecho.”—“¿Yo de pelo en pecho?—exclamó Sancho muy sorprendido—. Nunca lo fuí ni lo seré, que siempre me pareció la mejor razón aquella que canta más vale que digan de aquí corrió Fulano que aquí murió Fulano.”—“Que no se pierda más el tiempo precioso de que vuesa merced comience esta aventura”—dijo a este punto el barquero, y atrayendo la barca hacia la orilla, le rogó a Don Quijote que pasase. Así lo hizo el caballero, y luego de rezar un Paternoster, entró también el mozo, pasando el último el barquero. Don Quijote quedóse de pie; Sancho se agazapó lo mejor que pudo al lado de la proa y el barquero dió cuerda a la máquina que quedaba al lado que llaman la popa, y con gran sorpresa del amo y del mozo, comenzó la barca a alejarse de la orilla sin ayuda de remo ni de vela, lo cual vino a convencer a Sancho de ser ciertos los toros, es decir, lo del encantamento del reino de Quivira y todo lo que antes dijo el barquero. CAPITULO XV. QUE TRATA DEL MODO COMO FUE RECIBIDO DON QUIJOTE EN EL REINO ENCANTADO Y DE LAS CUITAS QUE PASO SANCHO PANZA SU ESCUDERO. No se había la barca alejado ni veinte varas de la orilla, cuando dijo Don Quijote:—“¡Buena la hicimos, hermano barquero, pues nos hemos dejado a Rocinante! Tornemos, pues, a buscalle, que mal parece ir de aventura caballero sin caballo.”— “No es menester tal cosa—contestó el barquero—, que el caso está previsto y luego por los aires serán traídos Rocinante y el Rucio para que mañana, en amaneciendo, que será cuando la empresa comience, vuesa merced y Sancho tenga prestas sus caballerías.”—“Si es así, nada tengo que decir—dijo Don Quijote—, pues es verdad que se han visto muchos casos de llegar por los aires las caballerías en servicio de los caballeros”.—“Papas y más papas me parecen a mí tales novedades—dijo Sancho —; pero es lo cierto que, venga en volandas o por sus pasos contados, no será yo quien vuelva a cabalgar en el rucio, pues si antes de andar por los aires (dado que sea verdad esta mentira) era ya tan levantisco, calcule vuesa merced lo que será después de tal peripecia.”—“Aprensiones son ésas indignas de vos, señor Panza—dijo el barquero—, pues bien sabido es que no ya el rucio, sino el mismo Pegaso podría el escudero de Don Quijote cabalgar con destreza.”—“A fe que no se me alcanza quién sea ese señor Pegaso—dijo Sancho—, pero mal me suena el nombre porque de pegar se trata que es cosa no de mi agrado”.—“¿Que no se te alcanza quién es Pegaso?—preguntó Don Quijote—. Pues sabrás para tu gobierno que es nada menos que el famoso caballo que montó Belerofonte cuando fué a luchar con la Quimera; y habías de agradecer la merced que te hace el hermano barquero suponiéndote jinete de tanto brío y arrogancia.”—“Quedo enterado, poco convencido y nada satisfecho—contestó Sancho—. Lo que sí sé decir es que me saben a burlas estos requiebros, que ni nunca me las di de jinete ni de amansador de potros por aquello que dice: potro, que lo dome otro, que no seré yo por cierto. Allá ese señor Elefante o lo que se llame el muy peine que cabalgue al rucio, que no es tal rucio. y que se pelee cuanto le plazca con esa doña Quimera, que me parece que habrá de ser alguna mujerzuela y de mala vida pues sólo las tales andan en desaguisados y riñas”.—“La ignorancia es muy atrevida—dijo Don Quijote—, y mal haces, Sancho, de hablar de lo que no entiendes, profanando con indignos labios las bellezas sin par de la griega mitología. Largo y tendido habría de explicarte, si el tiempo y la ocasión lo permitieran, quien fué el hijo del Rey Glauco y cómo por sus hazañas mereció el título de caballero andante (pues lo fué sin duda alguna), no menos que por su honestidad y recato en la corte del Rey Argos.” —“Muy bien me parece que vuesa merced no se extienda en semejantes indagaciones que, por mi parte, soy enemigo de meterme en vidas ajenas y en chismes de campanario.”—“Pues yo— dijo el barquero—holgara mucho de oír esta historia a su Señor Don Quijote, sólo que es ya llegado el fin de nuestro viaje.” Mientras conversaban, como queda dicho, los tres navegantes, dió cosa de tres vueltas la barca a la laguna y comenzando ya a obscurecer, fuese acercando a la orilla, en la que se veía una espesa arboleda abierta por un camino que venía hasta un muelle hecho de tablas pintadas y con varios adornos y plantas de muy buen ver. Señalándolo, dijo el barquero:—“Vea vuesa merced que es allí donde tenemos que tocar.” Y cuando esto decía, aparecieron por el camino como en procesión muchas mujeres vestidas de luto y con hachones encendidos en las manos.— “¿Qué peregrinación o romería es esa?”—preguntó Don Quijote.—“Es la romería de las dueñas—contestó el barquero—que vienen para recibir a vuesa merced y demandalle que vea de desencantar a su señora la Princesa.”—“¿Y éstas también serán barbadas como las de antaño?”—preguntó Sancho.—“Barbadas nó—contestó el barquero—, sino de muy buenas barbas; y es la ocasión de que el señor Panza elija entre ellas la señora de sus pensamientos o, por mejor decir, su esposa y mujer.”—“¡Cómo se entiende—dijo Sancho—, si ha poco decías que andaba yo para marqués o conde y agora salimos con que arrime a una dueña. Acúsome, padre, que no soy tan manso. ¿Dueñas conmigo? ¡Líbreme Dios de semejantes gazmoñaz! Item más que sabrá el señor barquero que soy casado por la Iglesia.”—“Viudo querrá decir mi amigo Sancho, pues son muchos los años de estar enterrada doña Teresa su esposa y mujer.”—“Eso está por averiguarse—dijo Sancho—. Pero si tal me viese, bien sabría buscar mi conveniencia, que no falta un roto para un descosido y antes que te cases, mira lo que haces y el que se casa, por todo pa- sa.”—“Déjate de esas pláticas—dijo a este punto Don Quijote—, que ahora lo que toca es atender a la ceremonia del recibimiento y homenaje de estas señoras dueñas.”—“Malo me parece el recibimiento—dijo Sancho—, que éstas son aves de mala sombra y lo mejor sería darnos la vuelta y si te he visto no me acuerdo.” No oía Don Quijote las observaciones de su escudero, pues estaba intrigado viendo el desfile de las dueñas que hacia la orilla venían; y así que la barca tocó en el muelle saltó el primero Don Quijote, siguiólo Sancho muy a su pesar y saltó por último el barquero. No bien vieron las dueñas a Don Quijote, cuando comenzaron a lamentar en coro haciendo muchos aspavientos y diciendo de esta manera:—“Señor Don Quijote de la Mancha, vos que sois el caballero anunciado por los oráculos y de quien tánto bien dicen las pitonisas, ¡acudid pronto a salvar a nuestra Señora la Princesa que vos aguarda con su reino y con su mano!” Y andando apriesa, vinieron todas donde Don Quijote estaba y le besaban las manos haciendo muchas ponderaciones y pidiéndole que les contestase si accedía a su ruego. Oyéndolas algo turbado, dijo Don Quijote:—“La vuestra demanda, que mucho me honra y favorece, será atendida en lo de salvar a la Princesa solamente, y podéis ir a decille que presto se verá desencantada y libre; mas en el segundo punto, digo en lo de la mano (que no menciono el reino por ser cosa que no me interesa ni me atrae), vedado me está por lo que yo me sé, aceptar tan alta honra y dignidad como la que se me brinda.” Al oír que la Princesa quedaría libre y desencantada, tornóse en contento el lamentar de las dueñas, las cuales tiraron los velos negros y hasta las tocas que acostumbraban y pusiéronse a danzar al són de una música muy alegre que, como por ensalmo, salió de entre el bosque. A cada vuelta de la danza improvisada, hacían las dueñas una reverencia a Don Quijote y viniendo donde Sancho, le daban golpecitos en las mejillas, a uno y a otro lado, con unos abanicos de plumas que abrían y cerraban al compás de la música. No estaba muy contento el escudero con la caricia y trataba de evitarla con entrambas manos, hasta que dijo:— “¡Tenéos, señoras dueñas, que no soy pila de agua bendita ni necesito que me confirmen dos veces!” Reíanse ellas al oír a Sancho, y éste se fué amoscando de tal modo, que comenzó a manotear pretendiendo coger los abanicos con que las dueñas lo vapuleaban, cuando Don Quijote dijo:—“Dejen en paz las señoras a mi escudero que es persona poco avisada en ceremonias de corte y ya de edad para aprendellas.”—“No es que sea de edad, que no soy abuelo ni arrastro los pies—dijo Sancho—; pero estas señoras me parecen a mí poco honestas cuando tales danzas se permiten.”—“Siga la procesión—dijo en esto una de las dueñas—y venga con nostras el Caballero de la Triste Figura, que es ya entrada la noche y habrá de reposar como es debido según su alcurnia y buen nombre.” Pusiéronse, pues, en marcha, siguiendo el camino que atravesaba el bosquecillo, cuando, a los pocos pasos, vino del otro lado, improvisadamente, un resplandor tan vivo que los dejó a todos deslumbrados, pues lo producía una de esos que llaman refractores de electricidad de la mayor potencia, semejante a los que encienden las torres de los puertos para alumbrar a los navegantes en muchas leguas de distancia. Gimieron las dueñas manifestando su horror y confusión y diciendo que viese Don Quijote el poder de los hechiceros con quienes tenía de luchar; Sancho se quedó pasmado; el barquero dijo que era aquella la espada del propio Júpiter, pero Don Quijote, haciendo pantalla con la derecha mano, dejóse decir:—“No es cosa de amedrentarse esta luz que nos alumbra y que me parece como el relámpago de alguna centella fija; pero si fuese espada, como dice el barquero, ahí me las den todas, ya que ni hiere ni ofende, salvo la vista que se irá acostumbrando para venir a ser comodidad lo que al principio fué molestia. Sigamos, pues, adelante y no haya sobresalto, que éstas y otras hechicerías mayores no pondrán miedo en mi ánimo; y vosotras, señoras dueñas, ni interrumpáis la danza, que aquí estoy yo para custodiaros, y si antes bailabáis a obscuras, pues bailad ahora con luz, que es más regocijado y honesto.” Asombráronse las dueñas de oír a Don Quijote, y como si del todo se hubiesen tranquilizado, volvieron a la danza y cogieron a Sancho por los brazos para llevarlo también en regodeo y broma. Protestaba en todos los tonos el bueno de Panza que era en realidad el único asustado, y dijo Don Quijote:—“Sancho hijo, dá gusto a las damas, que no es propio de un escudero como tú andar en tales melindres cuando dueñas de tánta alcurnia te hacen merced de invitarte al baile.”—“No necesito de tal merced”—gritaba Sancho manoteando por desprenderse de las dueñas.—“Pero, señor Panza—le dijo la más entrada en años—, no es bien que el escudero se niegue a danzar en honor de su amo.” Entre irritado y burlón, contestóle Sancho con desparpajo:—“Buena va la danza, doña Catalina: palos con la vieja, besos con la niña.” Riéronse todos de la ocurrencia, y las dueñas, más alborotadas y con mayor descaro, rodearon a Sancho hablándole todas a un tiempo, lo cogieron por los brazos y quieras que nó lleváronselo en volandas con risa y festejo. Concluyó el tormento del mozo cuando llegaron todos a un palacete campestre de lo más primoroso, iluminado a giorno, como suele decirse, con farolillos chinescos aun entre los árboles del parque y la mar de luces de electricidad, banderas y gallardetes que anunciaban la fiesta. En los cenadores oíanse músicas de chirimías, flautas y timbales, pero al llegar Don Quijote, cesaron dichas músicas y sonó una trompeta.—“¿Qué trompeta es ésa?”—preguntó el hidalgo.—"Es la que toca el enano anunciando la llegada de caballero ai castillo”—contestó el barquero A esta sazón, salieron del palacete (que nó castillo) un señor con armadura y traje de alcaide, doce jóvenes doncellas de muy buen ver, varios ujieres y como veinte arqueros, y llegando donde Don Quijote estaba, le dijo el alcaide con muchas postraciones y reverencias:—“¡Sea bien venido el Señor Caballero de la Mancha, que no por venir a reino encantado dejaráse de tributalle el homenaje y recibimiento que su dignidad merece y más si se tiene en cuenta la misión que los altos cielos confiaron en estos mundos a su nunca desmentida osadía y a su temerario arrojo! ¡Pase, pues, al castillo el príncipe de los hidalgos, la flor de la valentía y el rey de los andantes caballeros!” Contestó Don Quijote con muy repetidas inclinaciones de cabeza todos estos agasajos, y luego dos de las doncellas, haciendo memoria del recibimiento en el castillo de los duques, echaron sobre los hombros de Don Quijote un manto de finísima escarlata con guarniciones de armiño, y otras dos le ofrecieron la mano para conducirlo, cosa que aceptó el caballero con mucha cortesía y reverencia; dos de las dueñas a su vez ofrecieron también la mano a Sancho, pero éste negóse a aceptar el homenaje diciendo que nada tenía que hacer él con personas tan desenfadadas; oyólo Don Quijote y cambió de colores avergonzado con la impertinencia de su escudero en semejante ceremonia y volvióse a él con ademán y gesto tan imperativos, que tuvo Sancho que entregar sus manos, tirando de ellas las dos dueñas con tánta fuerza que el infeliz empezó a quejarse diciendo que lo descoyuntaban, con lo cual Don Quijote sudaba tinta, afrentado y lleno de indignación contra el mozo. Con paso mesurado y solemne avanzaban primero el alcaide, luego Don Quijote arrastrando por el suelo el manto de es carlata, después Sancho que no acababa de gruñir y por fin el resto de la comitiva. En este orden subieron las gradas del vestíbulo y entraron en un salón muy lujoso y aderezado, a la cabecera del cual había un gran sillón o sitial hasta el que condujeron a Don Quijote que tomó asiento con todo decoro, mientras que los demás permanecían de pie, y entonces el alcaide dijo lo que se verá en el capítulo siguiente. CAPITULO XVI DONDE SE REFIEREN ALGUNOS CURIOSOS SUCESOS Y SE DA CUENTA DEL DISCURSO QUE PRONUNCIO DON QUIJOTE CON RELACION A LA AMERICA Y SUS GRANDEZAS. Tomando, pues, el alcaide la palabra, como queda dicho en el capítulo anterior, habló de esta manera:—“Llegado es ya vuesa merced. Señor Don Quijote, al Reino de Quivira, pues éste en que nos encontramos es el primer fortín o castillejo de sus fronteras; siendo notorio que, desde ha muchos lustros, esté encantado todo el reino, como muy al pormenor lo narró a vuesa merced el sabio Canoriano.”—“¿Qué sabio es ése?”—preguntó Don Quijote.—“Pues es nada menos que el barquero que trajo a vuesa merced hasta estas playas, y viénele el nombre de cierta relación o parentesco con el de la laguna Estigia y del Aqueronte, como muy bien sabe vuesa merced.”—“Quedo enterado”—contestó Don Quijote.—“Es el caso—continuó el alcaide—que, según pitonisas de más fama, andando los siglos, vendría vuesa merced desde lejanas tierras a este encantado reino de Quivira, y que, informado del suceso y motivo de este enencantamento, en tal fecha como la que reza mañana el calendario, después de consultarlo esta noche con la almohada, habría de emprender la más descomunal aventura de que hacen mérito las historias, con el fin y propósito de desfacer el dicho encantamento, siempre y cuando vuesa merced fuese tan osado de poner manos a la obra.”—“Eso no se pregunta—dijo Don Quijote—, ni menos es el caso de consultarse con almohadas, que si no fuese por no quebrantar lo que las pitonisas dijeron acerca de la fecha, más tardara yo en oír la demanda del alcaide, que en emprender la aventura que los altos cielos me tenían deparada por mi buena fortuna.”—Miráronse todos a hurtadillas, guardando silencio, y preguntó Don Quijote:—“¿Y podría saberse quién es el sabio o demonio que fizo tal desaguisado?”—“La idea, según narran las historias, fué del antiguo Rey de Quivi- ra—contestó el alcaide—; pero, a estar al testimonio de antiguos pergaminos recién hallados, parece que el encantador o fué Merlín o fué Fristón o quizás ambos a dos están de acuerdo en el enredo.”—“Cuentas pendientes tengo con ambos—dijo Don Quijote—y mucho habré de holgarme poniéndoles finiquito.”— “Pero las tales pustonisas que nos han metido en esta trapisonda, ¿no dijeron nada, señor alcaide—preguntó Sancho—, acerca de si mi amo vencería o nó en la contienda?”—“Nada dijeron las pitonisas, que nó pustonisas, como erradamente decís vos, Sancho—contestó el alcaide—; pero se advierte por el mismo silencio que guardaron que si es verdad que vuestro amo puede cobrar laureles en esta empresa, también lo es que pudiera pagar cara su osadía.”—Me parece bien—dijo Sancho—; y agora pregunto yo: ¿qué cuentas tiene mi amo con el tal reino para sacar la cara por él?”—“Las cuentas de mi oficio y profesión— contestó Don Quijote—que son las de socorrer al que de mi brazo necesite, así se trate de un rey o del último de sus vasallos; y bueno será, Sancho, que no sigas interrumpiendo lo que dice el alcaide.”—“Nada más tengo de decir—contestó el aludido—, sino que mañana, así que Febo asome por Oriente su rubicunda faz, vuesa merced en este punto y hora, saldrá, si así lo dispone, en su caballo Rocinante y seguido del señor Panza, y tomando por la ruta de los Desafueros, que así se llama, se encontrará con enjambres de enemigos hasta tocar con el monstruo que cuida del encantado Reino Quivireño, trabando con él encarnizada batalla hasta vencelle o ser por el monstruo devorado, lo mismo que su escudero.”—“No se hable más del asunto—dijo Don Quijote—, que es cosa resuelta y terminada emprender esta aventura, y siga entre tanto la danza y la alegría de estas fermosas princesas, que no por lance de más o de menos XXXX de nublarse el honesto regocijo de la corte ni ponerse sobresalto en el corazón de las doncellas.”—“Pues yo digo—dijo Sancho—que no habrá tal aventura: lo primero, porque yo no voy a esos desafueros así me manteen por segunda vez, y lo segundo porque nos falta Rocinante que, según dice este señor alcaide, es persona indispensable para la pelea.”—“Os engañáis, Sancho hermano—dijo el alcaide—, que Rocinante y el rucio, merced al poder de cierto sabio que proteje a vuestro amo, llegaron no ha mucho en una nube de fuego y están en la caballeriza sacando el vientre de mal año.” Iba Sancho a argumentar de nuevo, cuando el alcaide dirigiéndose a Don Quijote:— “Si vuesa merced no manda otra cosa, pensaremos en yantar, Señor Don Quijote, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas como vuesa merced bien decía en cierta ocasión”.—“Así es verdad”—contestó Don Quijote. Hizo entonces el alcaide una seña a las doncellas, acercáronse dos de éstas a Don Quijote y con toda cortesía le ofrecieron la mano; el brazo dió a entrambas el caballero y entonces un lacayo muy ceremonioso, abriendo una puerta del fondo, que era la del comedor, anunció que la sopa estaba servida. Pasaron pues, Don Quijote y las dos doncellas, tomó él el asiento que se le ofrecía, al frente sentóse el alcaide y quiso Don Quijote que las dichas doncellas y las otras damas también se sentasen, mas no lo consintieron, quedándose todas en torno de la mesa para servir al Andante Caballero, y una de ellas, después de darle aguamanos con mucho comedimiento, poniéndole la servilleta en las rodillas, comenzó a decir: —“Doncellas curaban dél princesas del su rocino." Agradeció mucho Don Quijote esta fineza, en tanto que el escudero, que estaba de mala guisa, se puso al lado de su amo sin decir palabra, y conmenzó el servicio de potajes y de exquisitos vinos. En nada se propasaba Don Quijote, alternando el discurrir con el tomar un bocado o el libar un pequeño sorbo, llegando a los labios el fino cristal de la copa. Habló el Andante Caballero de muchos y diversos tópicos con tal medida y discreción, que estaban todos sorprendidos de su cortesanía y cultura. Bien refería sobriamente y con donaire aventuras caballerescas, bien celebraba los encantos de la vida castellana, tomando pié en lo que el alcaide decía para contestarte con atinadas razones y haciendo lujo del buen decir cortesano. A los postres, vino a preguntar el alcaide si estaba enterado Don Quijote de lo lejos que se hallaba de su patria y terruño.—“Enterado, no del todo—dijo Don Quijote—; pero bien se me alcanza que por cierto desaguisado (que no narraré al detalle por no ser importuno) estoy en tierras de Flandes.”—“Algo más lejos se en- cuentra vuesa merced”—dijo el alcaide.—“Posible es ello—contestó Don Quijote—; y mucho me placería de que el señor alcaide del castillo me sirviera en esta ocasión de Rosa de los Vientos.”—“Lo tendré a mucha honra—contestó el alcaide—; y para decirlo de una vez, sabrá el Señor Don Quijote que éstas en que está son tierras de Yanquilandia.”—“Yanquilandia"—dijo Don Quijote tratando de hacer memoria, y luego añadió:— “Pues a fe. que no menciona tal país la Cosmografía.”—“Nada tiene de extrañar esa falta de mención—observó el alcaide—, pues en los tiempos de vuesa merced poca o ninguna noticia debió de haberse tenido de Yanquilandia, que es territorio que pertenece al Mundo de Américo.”—“¡Al Mundo de Américo decís, señor alcaide!”—exclamó Don Quijote—. Pues en tal caso, se advierte que, sin darme yo cuenta, el invidioso Merlín, por ver de alejarme de las Españas y aun de la misma Europa, hízome pasar el charco de la Atlántida, ¡que no es poco pasar!”—“Así es como vuesa merced dice”.—“Huélgame de sabello—agregó Don Quijote—, que sobre estas tierras de América, vulgo el Nuevo Continente, corren leyendas y fantasías dignas de la Edad de Oro y de los tiempos legendarios.” Dichas estas razones, quedóse un momento como reconcentrado Don Quijote y luego, con reposada voz, comenzó a decir:—“Cuéntanse que un nauta aventurero que quieren decir que fué genovés, y no tal, sino castellano, lanzóse a las bravas olas del mar Atlántida, sin más poder que su valor y osadía, de caballero andante de los mares o, por mejor decir, de andante piloto, que también la marina ha contado y cuanta con denodados aventureros, tales como los de la llamada Orden de Malta. Grandes fueron, a la verdad, los peligros de la travesía, muchos los conatos de los acongojados tripulantes por tornarse a la lejana patria, eternos los días y más eternas las noches en la soledad del líquido elemento, sin alcanzar a ver la ambicionada orilla; mas es fama que el esforzado piloto no vaciló un punto en su denodado afincamiento, llegando a la postre a clavar sus pendones (que lo eran la cruz y el estandarte de Castilla) en las playas del Nuevo Mundo, perdido allende los mares. Agregan las historias que en aquellas tierras vírgenes hay tal fauna y tal flora, tan ricas, exuberantes y variadas, que más que del mundo que habitamos, parecen propias de arábiga leyenda; abundan en el país los ricos veneros de metales preciosos, las perlas que deleitan con el oriente de su esmalte y la rica pedrería esmeraldina que finge los cambiantes y la color de la esperanza, según cantan los poetas; extiéndense di litadas y fecundas las hermosas llanuras que cubre la hierba rastrera como tupida alfombra de verdura; dejan paso a los ríos los hondos valles con sus amenas florestas, sus alamedas frondosas y sus deliciosos parajes, donde las trepadoras, como enamoradas doncellas, se abrazan a los añosos troncos abriendo sus campánula de vivos y variados matices; florecen entre el follaje con lindos colores la fucia silvestre, la gallarda tuberosa y el heliotropo perfumado; despliega allí su abanico la gentil palmera de dulcísimo fruto; y se brindan al caminante, entre las ramas de los árboles, la baya jugosa y exquisita, el blanco manjar de las ananas, la crema deliciosa de los paltos, el almibarado jugo de las pinas y el carnoso banano en apretados racimos. Cruzan las agrestes regiones, cordilleras cuyas cimas de petrificado hielo jamás holló la humana planta, ríos que se despeñan en cascadas estruendosas y que como enormes serpientes de bruñida plata se extienden y ondulan por miles de leguas al través de los bosques impenetrables y fecundos que tocan las nubes con el follaje suntuoso de sus árboles milenarios; y como corona y remate de tánto esplendor y maravilla, irradia el sol de los trópicos, padre y señor de Natura, derramando con tan profusa magnificencia la dorada cabellera de sus rizos, que absortos los gentiles le rinden el homenaje de su adoración como a legítimo dios y señor de los humanos. Narran los viajeros en peregrinas historias que en tal país hubieron dos grandes reinos, mayores y más ricos que los del viejo Oriente y que aun los del africano Egipto; mas así que el audaz navegante pisó las playas del Nuevo Mundo, valerosos y por mil títulos gentiles caballeros de sangre ibérica que amenguaron con su brío las proezas de los Tirantes y los Tablantes, de los de la Tabla Redonda y de los Pares de Francia, tomaron por su cuenta la conquista de los sobredichos reinos, y es cosa averiguada y finiquita que, pocos por el número y muchos por la bizarría y el denuedo, los andantes españoles, trasponiendo cordilleras, cruzando ríos, atravesando estepas y páramos y venciendo millones de aguerridos indios, conquistaron imperios, destronaron reyes y como gentil presente ofrecieron a Su Majestad la mitad del universo mundo.” Pasmados quedáronse todos los presentes al oír el discurso de Don Quijote, y dijo el alcaide:—“A la verdad que vuesa merced es sabidor de la historia antigua de aqueste continente; mas por causa de estar encantado, no llegó a su noticia que en este país de Yanquilandia no fueron españoles sino franceses e ingleses los que descubrieron y conquistaron la tierra.”—“Así debe- rá de ser—dijo Don Quijote—, pero hispanos fueron los que marcaron la ruta y de tal raza la gloria primera, que no el que sigue sino el que comienza tiene mayor merecimiento.”—“Cierto y muy cierto es lo que dice el señor Don Quijote—afirmó el alcaide—, y para nueva y más alta honra de la raza es vuesa merced, el mayor hidalgo de la Iberia, el llamado a desencantar el reino de Quivira, embrujado por malignos encantadores y por sabios pervertidos.”—“Pronto estoy para tal empresa—dijo Don Quijote—, que justo y muy justo es que un aventurero español dé felice término y remate a lo que hicieran en la Edad de Hierro los Pizarro, ios Soto y los Cortés.”—“¿Y no querría vuesa merced-preguntó el alcaide—saber la fecha y el año en que nos encontramos?”—“Cualquiera fecha es buena si se le puede honrar con un hecho memorable—dijo Don Quijote—. Pero me placería de que vuesa merced fuese servido de informarse del día y del año que reza hoy el calendario.”—“El día es domingo, el mes el de Junio y el año el de mil y novecientos y tantos.”—“Según eso—dijo Don Quijote sin manifestar sorpresa—son corridos algunos años y siglos de estar yo encantado.”—“Así es la verdad”—repuso el alcaide, y luego de una pausa, agregó Don Quijote:—“Huélgome en gran manera, señor alcaide, de volver en el siglo vigésimo y en aquestas tierras americanas, según lo que vuesa merced afirma, a dar nueva muestra de la Andante Caballería, que ya se trate del año uno o del año mil, bien de la virgen América o de la vieja Europa, está llamada a reformar el mundo la ya dicha Orden, conduciendo a la humana especie por el sendero de la honra y de la justicia, que es el que a Dios conduce y que es fuerza seguir, así se oponga a ello el mismo demonio, que se opondrá seguramente, como se opone el mal al bien, el vicio a la virtud y a la verdad la mentira. Y no porque se escurezca el mérito en ocasiones transitorias ni porque se sobreponga la corrupción o imperen la bellaquería o la bajeza habrá aquél de amilanarse, pues al fin y a la postre irán las cosas por donde deben de ir y la virtud tendrá su galardón. Este es, pues, el motivo, señor alcaide, de que no me sorprenda ni maraville de haber vivido siglos encantado, que el impío Merlín no podía prevalecer, como no ha prevalecido, contra los designios del Alto Cielo que me devuelve la libertad para muchas y grandes cosas que la Divina Providencia tiene dispuestas en esta dichosa edad del vigésimo siglo de nuestra era.” CAPITULO XVII QUE TRATA DE LA SABROSA PLATICA QUE TUVO SANCHO CON LA SERVIDUMBRE DEL CASTILLO Y DE LO QUE DESPUES DISCURRIERON EL AMO Y EL MOZO. Rodearon a Sancho los de la servidumbre, ansiosos de oír los donaires del escudero, el cual empezó por decirles:—“Ténganse vuesas mercedes y dejen hacer por la vida, que si quieren palique, lo tendremos, pero antes vengan los potajes, que, según el olorcillo que despiden, son de mucha substancia y gusto”. Calláronse todos, haciéndose señas y conteniendo la risa y empezó Sancho a sustentarse muy a su sabor, ponderando a cada plato el condimento y el buen aliño de los manjares. El maestresala, por tirarle de la lengua, servíale de diversos vinos que el buen escudero tomaba con medida, porque aunque devoto del trago, no era persona que gustase de la ebriedad; y como una de las dueñas le invitase con escogidas palabras a repetir las libaciones, dijo de esta manera:—“Basta de vinos, mi señora doña Rodríguez, que aunque son muy regalados en la color y el sabor, podrían subirse al púlpito y hablase yo más de la cuenta”. Largo de una hora estuvo Sancho gozando los placeres de la mesa, pero desde la mitad, saciado el primer apetito, se puso a discurrir con jovial humor, así con el maestresala como con las dueñas y los mozos. Lo primero fué el preguntar acerca de las costumbres quivireñas, y como se las refiriesen muy en concreto, sazonólas el buen Panza con agudos dichos y refranes oportunos, trayendo después a cuenta las aventuras de antaño y gozándose en recordarlas como en sus tiempos felices, con lo cual recibían mucho gusto todos los que le escuchaban. Aprovechó la ocasión el maestresala, por tratarse de aventuras, para preguntarle que qué creía en punto a la del desencantamento del reino de Quivira, y contestólo Sancho:—“Pues si mi amo emprende la tal aventura (que la emprenderá porque él no se para en barras), ya verán vuesas mercedes unas hazañas que no se cuentan iguales de ningún andante nacido de mujer.”—“Y no sólo las de vuestro amo hemos de ver—dijo el maestresala—, sí que también las vuestras, señor escudero.”—“En eso no estamos conformes—repuso Sancho—, porque para hazañas, basta con las de mi amo, que mientras que é1 saca la procesión, yo lo que hago es repicar y no se puede repicar y andar en la procesión.”—“Eso no podrá ser—arguyó el maestresala—, pues, según dijeron las pitonisas, el escudero también tomará parte en la pelea.”—"Bien se ve, señor maestresala—afirmó Sancho—, que ni vuesa merced ni esas tales que ya me van sacando joroba saben de cosas de caballería, pues si lo supiesen, no vendrían agora con meterme a mí en la danza. Persona pacífica soy y no ningún bullanguero ni pleitista, pues a ley de buen vecino y de labrador honrado me gusta vivir como Dios manda, sin entretenerme en lo que no me conviene y menos en aventuras y desafueros propios de gente movida y que tiene flojos los tornillos de la sesera. A otro perro con ese hueso, señor maestresala, que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.”—“Mal me saben esas razones —dijo a este punto la dueña a la que el escudero le llamaba doña Rodríguez—, pues según lo que vos decís, hermano Sancho, vuestro amo es loco o poco menos y vos sobrado bellaco puesto que le seguís el humor de las aventuras sin correr ningún riesgo”.—No hay tales carneros—contestó Sancho—; que lo que en mi amo es valentía y gentileza, en mí había de ser necedad y falta de juicio, pues sabrán vuesas mercedes (si es que lo ignoran) que Dios nos ha echado al mundo a unos para tratar de componello, y entre esos está mi amo, y a otros para seguir sus pracmáticas y disfrutar del buen vivir si a mano viene, y entre esos estoy yo que ni ofendo a nadie, ni compongo ni descompongo, ni le busco tres pies al gato ni he de salir a diez de últimas con sacar la cara por el cochino reino de Quivira, así esté encantado o deje de estarlo y así las menguadas pustonisas digan o dejen de decir lo que se les antoje acerca de mi persona que no es ningún juguete de semejantes mujerzuelas. Por lo que toca a que mi amo sea loco, no lo niego ni puedo negarlo, porque le he visto hacer tales desatinos y atrevimientos que sobrepasan a la misma insensatez; pero a las veces también es cuerdo y tan cuerdo que no hay como él para hacer juiciosa hasta a la misma locura, pues lo que dice es tan equitativo y en concierto y lo que hace es tan acomodado a lo que dice, que, si bien se examina, sus más acabados desatinos resultan al fin y al cabo atinados y juiciosos en extremo. Y qué decir de su valentía sino que no hay quien la iguale, y de la honestidad de su enamoramiento por la Señora Dulcinea, y de su buena crianza y gentileza, y de su equidad y compasión con infelices y menesterosos, que, si no fuese por la afición a las pendencias y altercados, más que caballero andante, pareciera mi amo santo aventurero. En resolución, sepan vuesas mercedes que habían de darse con una piedra en los dientes (con perdón sea dicho) por tener en estos reinos a mi señor don Quijote de la Mancha, que es la flor de la caballería, el espejo de la honestidad, el azote de los bellacos y de los malandrines, el dechado de la cordura y el loco más desaforado que jamás se haya visto”. Con palmadas y vocerío recibieron todos el discurso de Sancho, y dijo el maestresala:—“A la verdad, señor escudero, que os habedeis hecho tan docto en el hablar que cualquiera diría que sois graduado por Salamanca o por Sigüenza, y luego de oíros, bien se os podía llamar el bachiller Sancho Panza.”—“Nada de extrañar tendría eso—contestó el aludido—, que el hábito no hace al monje y que lo que natura da, Salamanca no presta y bajo una mala capa se esconde un buen bebedor.”—“Así es como vos decís—dijo el maestresala—, pero volviendo a lo que antes dijisteis, no se me alcanza el cómo, siendo loco vuestro amo, pueda a las veces ser cuerdo, que es como quien dice juicioso sin juicio, y mucha merced nos hiciérades explicando esta sin razón”.—“Pues ahí está el toque—contestó Sancho—, que de no ser así, ninguna gracia tendría mi amo y mal podría alcanzar la fama y nombradía de que goza en toda la Mancha y aun en el mundo entero, a punto que sus hechos y sus dichos andan impresos en letra de molde para asombro y regocijo de doctos y de indoctos. A mi ver, esto de la locura de mi amo es como quien dice la razón de la sinrazón, pues siendo él el mayor de los cuerdos, resulta el más acabado de los locos. Y si no, dígame vuesas mercedes, ¿dice o hace algo mi amo contrario a la justicia y buen gobierno? No, sino que sufre golpes y palos, hambres y maltratos, frío y calores, desvelos y penitencias, todo por ver de acorrer a los necesitados y enderezar los tuertos. Pues digo yo que esto no es locura por más que sea desatino, y no sólo digo, sí que también doy prueba de que lo creo, pues siendo yo cuerdo y de no poco sentido en esto del vivir (aunque me esté mal el decirlo), ando y andaré detrás de mi amo así se le moteje de insensato y descalabrado y así me lo parezca a mí también muchas veces.”—“Ninguna prueba es la que vos decís, hermano Sancho—arguyó el maestresala—, pues bien se advierte que si no hubieran de por medio la ínsula famosa y las muchas mercedes prometidas, harto se cuidara el escudero de salir de la Mancha y de seguir al Señor Don Quijote.”—"No digo que nó ni digo que sí—contestó Sancho—; pero vamos a cuentas, señor licenciado (que tal me parece vuesa merced según es de inquisidor y remolón). Que siga yo a mi amo por ver de parar en gobernador de una ínsula o señorío, es mucha verdad; pero ¿a qué está uno? Mi amo me ofrece el donativo y bobo fuera yo si me anduviese con repulgos, que a la mula regalada no se le mira el diente y cuando te ofrezcan la cabrilla, ocurre con la soguilla. Pero sabrá también vuesa merced cómo es mucha verdad que le he tomado tal ley a mi amo, que, con ínsula o sin ella, con dádivas o sin remuneración, había yo de seguirle hasta el cabo del mundo, pues a escudero fiel y desinteresado y a buen servidor no hay quién me iguale en mil leguas a la redonda, a tal extremo, que si mi señor Don Quijote, vulgo el Caballero de la Triste Figura, es el primero y más famoso de los andantes, Sancho Panza es la flor de los escuderos de que hacen mención las historias. Así, amo y mozo, tal para cual, estamos tan bien avenidos, que no podemos vivir el uno sin el otro y vamos por esos mundos en buena paz y compañía. El atiende a las pendencias, yo voy a las resultas; él no gasta miedos ni yo valentías; a él le importan una higa la hacienda y los dineros, a mí me place disfrutar de la una y no me estorban los otros; y así, siendo mi amo tal como es y yo como Dios me ha hecho, y juntándonos nuestra buena o mala fortuna, cada cual toma su parte: la de la honra para él y la de las mercedes más positivas para su escudero.” No habrían acabado en toda la noche los comentarios de Sancho viéndose tan bien oído por todos los presentes, si es que el maestresala no advirtiera que era ya avanzada lo hora.—“Y tan avanzada—dijo Sancho—que luego al punto se servirá vuesa merced de llevarme donde mi amo, que primero es la obligación que la devoción y que el que tienda que atienda y que quien tiene oficio tiene beneficio.” Dichas estas razones, levantóse Sancho de la mesa despidiéndose de dueñas y de mozos con cabezadas y saludos de cortesía, que el buen comer y el buen trato enseñan buena crianza, y conducido por el maestresala, fuése donde Don Quijote que estaba ya retirado en una lujosa alcoba y que a la sazón parecía como ensimismado en sus imaginaciones. Al ver entrar a su escudero, díjole con mal talante:—"¿Es posible que así te entregues al regalo y a la holgura cuando estamos en vísperas de tan descomunal empresa?”—"Vuesa merced —contestó Sancho—me ha enseñado a ser cortés y bien mirado, y siguiendo tal enseñanza, mal podría despreciar las mercedes y el agasajo que en este castillo se nos brindan, fuera de que no por mucho madrugar se amanece más temprano y de que quien llega a tiempo no llega tarde, que es como si dijéramos no va atrás quien va a las ancas.”—“Basta de refranes—dijo Don Quijote—, que no con dichos y patas de banco habremos de prepararnos para tal lance y aventura como la que es fuerza que emprendamos así que raye la matutina aurora.”—“¡Voto a tal!— dijo Sancho—que no veo yo no digamos la fuerza, pero ni siquiera el motivo de comprarnos este pleito, tanto más cuanto que tengo barruntos de que en el llamado encantamento del reino de Mentira hay moros en la costa”.—“Bien se advierta—observó Don Quijote—que de puro bellaco y taimado truecas los vocablos y que con suspicacias de palurdo y miedos de villano tratas de inducirme a la desconfianza que es madre de la cobardía. ¡A buena parte vienes! Que el reino de Quivira, y no de Mentira, está encantado, es tan cierto y positivo, que presto habrás de ver su desencantamento como los oráculos lo tienen predicho; y por lo que toca a los moros, no son moros ni cristianos los que habitan aquestas remotas tierras, sino gentiles, ignorantes de la fe y por ende entregados a la idolatría y faltos de las luces del entendimiento y de las normas de la moral; de modo que, después de desencantallos, habrá que dotrinallos como es debido, instruyéndolos a su tiempo en las humanas letras.”—“Así será cuando vuesa merced lo dice—repuso Sancho; —pero estos gentiles, según los vamos conociendo, se me antoja que tienen más de bellacos que de encantados. Gordos y contentos los veo yo y hasta suspicaces y amigos de burlas, y a mi entender, los encantados no son de tal guisa ni apariencia, sino que, por el contrario, deberán de estar tristes y flacos como penitentes arrepentidos en Jueves Santo. Vea, pues, vuesa merced que a mí no me meten los dedos a la boca porque para muestra basta un botón y por el hilo se saca el ovillo.”—“Nada de extrañar tiene que así discurras—dijo Don Quijote—por aquello de que el ladrón cree que todos son de su condición; pero sabrás, malpensado escudero, que esta gente indocta, como lo son todos los gentiles, es a las veces sencilla, y que si peca de torpe, no peca de bellaca y menos estando como está envuelta en el caliginoso sueño del encantamento.”—“Todas esas, mi señor nuestramo-observó Sancho—, me parecen a mí aleluyas, porque estos tales encantados (ya que vuesa merced quiere que lo estén) veo yo que comen y beben, conversan y se ríen muy a su sabor y están tan metidos en carnes, con tan buenos colores y tan entregados al materialismo del vivir, que no sería hacerles merced sino agravio con sacarlos del suelo calcinoso de que disfrutan con tanta holgura y contento.”—“No calcinoso sino caliginoso habías de decir—corrigió Don Quijote—; y por lo que hace al regalo en que viven estas gentes, sabrás que es pura apariencia y ficción y por ende cosa de mentira y engaño, y la mentira, tarde o temprano, acaba en mal por ser hija del demonio.”—“Todo puede ser—repuso Sancho—; pero yo he oído decir muchas veces que el toque de ser feliz está en creerlo aunque uno no lo sea, que si la verdad amarga, preferible es la mentira que endulza, y ande yo caliente y ríase la gente.”—“Sofisma y falsedad es lo que dices—dijo sentenciosamente Don Quijote—, pues si en ocasiones la verdad amarga y mortifica, es semejante a la acibarada melecina que cura el mal y a la postre da salud y contento; mas la flaca naturaleza es tan miserable y tan propensa al extravío, que prefiere muchas veces el dulce y disimulado veneno de la mentira que trae consigo dolor y remordimiento, en tanto que la verdad engendra la paz del espíritu que es la única bonanza que puede ambicionar el hombre en este su paso por la tierra. Muchos son los que se engañan a sí mismos, muchos los que engañan o pretenden engañar a sus semejantes, y unos y otros no son sino insensatos o pervertidos que labran su propia ruina, porque la ficción pasa y la verdad perdura. Así el mancebo licencioso que se engaña con el placer de los vicios, el viejo que se entrega a los goces juveniles olvidando la carga de los años, el pobre que luce boato por vanidad, el rico que finge cstrecheza por avaricia, el indocto que con disimulos y artimañas aparenta la sabiduría, el que llega a las altas dignidades dejándose la propia en el camino; toda la caterva de engañados y disimuladores, que los hay de mil variadas especies, si buscaron ventura egoísta, sólo hallan en conclusión infelicidad y malandanza, pues tarde o temprano la verdad se abre paso y el que creyó engañar a los demás o se engañó a sí mismo, acaba por convencerse de que ha sido un loco o alucinado que recoge el menosprecio de sus semejantes y aun de su propia conciencia.” —“Que me perdone mi amo si no me doy por convencido con una arenga tan larga—dijo Sancho—; pero del dicho al hecho hay mucho trecho, y yo creo que sin meternos en tan moralejas, más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer y que si yo fuese de estos encantados de este reino, mucho me cuidara de decirle a vuesa merced que se fuera con la música a otra parte y que nos dejara vivir en paz y concordia, así sea la mayor de las mentiras la holgura y bienestar de que en este dichoso reino se disfruta”.—“Bien se ve que está pegado a la tierra y que vives del presente sin pensar en el porvenir ni en los humanos destinos”—afirmó enfáticamente Don Quijote.—“Cierto y positivo es lo que vuesa merced dice—contestó Sancho, sobre todo en lo que toca a los humanos destinos, que no es cosa de mi oficio. Pero a todas éstas, me parece que debe ser ya la media noche y bueno sería que durmiésemos, que aunque mañana nos muelan en la aventura, mientras el palo va y viene, el cuerpo descansa.” Convino Don Quijote en recogerse, acostóse Sancho en seguido y se durmió como un bendito, pero su amo, entusiasmado y gozoso con las muchas fantasías que le andaban por la mollera, apenas si pegó los ojos en toda la noche. CAPITULO XVIII QUE TRATA DE LA SALIDA QUE HIZO DON QUIJOTE PARA DESENCANTAR EL REINO DE QUIVIRA Y DE LAS MARAVILLAS DEL BOSQUE SAGRADO, CON OTROS SUCESOS QUE NO PUEDEN DEJAR DE MENCIONARSE. No bien derramó el sol por el ancho espacio la abundante cabellera de sus dorados rizos, y las pintadas avecillas, saltando de rama en rama, saludaron el amanecer con la concertada música de sus trinos y gorjeos, y los rebaños, saliendo de las alquerías, se derramaron de loma en loma y de prado en prado, y el humo de las chimeneas, en graciosas espirales, fué a perderse en el matutino cielo, y los honrados labradores y los modestos obreros acudieron solícitos a la cuotidiana labor para ganarse el sustento; cuando Don Quijote, armado de todas armas, caballero en Rocinante, seguido de Sancho y más gozoso y satisfecho que en la ocasión aquella en que por vez primera cruzara el campo de Montiel, salió del chalet que él imaginaba ser el primer fortín o castillejo del encantado reino de Quivira. Dueñas y doncellas, hidalgos y pecheros, según é1 pensaba que lo fuesen todas aquellas gentes que estaban bien aleccionadas para hacer sus papeles en la ingeniosa farsa urdida por el Tía Samuel, rodeaban a nuestro hidalgo haciendo grandes ponderaciones y rogándole con todo ahinco que por la Orden de Caballería y por la Señora Dulcinea del Toboso viese de coronar la nueva y más descomunal aventura de su peregrina historia, desencan- tando con el vigor de su invencible brazo al ya dicho Reino Quivireño. Aquietábalos Don Quijote con tranquilo gesto, y poco gustoso de oír las alabanzas que de su persona hacían a voces todos los presentes, dijo de esta manera:—“Señoras y señores: guardad en vuestros pechos los encarecimientos con que celebráis mi persona, que la aventura que me pedís está por comenzar y que, aunque habré de dalle fin como es debido, no habrá en ello más favor ni servicio que aquel a que estoy obligado según las leyes de la Andante Caballería que profeso.” Así diciendo, despidióse del alcaide que, postrado en tierra, le besó la mano con muchas humillaciones de cabeza, y luego al punto, con aire sosegado y gentil continente, partióse a medio trote, acompañado de su escudero y de un heraldo ricamente vestido que, según dijo el alcaide, había de servirle de guía hasta encontrar la estrecha senda que al encantado reino conducía; en tanto que la supuesta servidumbre del castillo quedaba alborotada y levantando las manos como si echara bendiciones al gallardo mancebo. Iban en silencio los tres caminantes, cada uno ocupado de sus pensamientos, risueños los de Don Quijote, funestos los de Sancho y curiosos los del heraldo; y después de andar cosa de un tercio de legua castellana, llegaron a un camino de los que llaman ferroviarios, el cual camino se entraba en tupido bosque de cedros corpulentos, pinos esbeltos y gigantescos álamos. Así que llegaron, dijo el heraldo señalando la derecha línea que formaban los dos rieles del pulido acero:—“Aquesta es la ruta temerosa que habrá de seguir la vuestra grandeza, Señor Don Quijote de la Mancha, para dar fin y remate a la más desaforada aventura que en este punto y hora es servido de acometer. Demonios y hechiceros, endriagos y vestiglos que guardan esta selva impenetrable pondrán a prueba la vuestra osadía y ardimiento, y mucho será si en los primeros asaltos, no dan al traste con la vuestra gentileza”.—“Idos tranquilo, señor heraldo—dijo Don Quijote —, que ni tales peligros ni otros mayor alcanzarían a doblegar mi ánimo acostumbrado a toda suerte de lances y peleas.” Con esto, descabalgó el heraldo y viniendo donde Don Quijote, hincóse de rodillas, dióle la bendición el caballero, cabalgó de nuevo el heraldo y volvióse por donde vino, quedando solos en medio de la línea el amo y el mozo, en tanto que el ya dicho heraldo se alejaba al galope de su caballería. Sin vacilar un punto, guió Don Quijote por la línea entrándose así en el bosque que la sombreaba; siguiólo Sancho muy a su pesar y procurando no ir tan a prisa, mas no bien anduvie ron trescientas varas, convencido el mozo de que no podía contener el trotecillo del rucio que se empeñaba en ir a la par de Rocinante, detuvo a su amo con grandes voces; volvióse Don Quijote y le dijo:—“¡Loado sea Dios que al fin hablaste! pues ya creía que te habían vuelto mudo, y andar callado contra tu costumbre, parecíame de mal agüero.”—“Sí; para hablar estamos—dijo Sancho al que el miedo habíale quitado el uso de la palabra—. Vea vuesa merced lo que hace, que así, de buenas a primeras, meterse en este bosque endemoniado y por entre fierros que deben de ser alguna trampa, no es valor sino temeridad, pues quien ama el peligro, en él perece, y por lo que a mí toca, no seguiré en esta descomulgada aventura a menos que me lleven mancornado y con mordaza, pues alborotaré más que los cochinos que llevan al matadero.”—“¿Qué estás diciendo ahí, impío, menguado y más que menguado escudero?—vociferó Don Quijote.— ¿No oíste acaso lo que dijo el sabio Caroniano de que los oráculos habían predicho que era menester tu presencia en este lance y que no por la ruindad de tu miedo había de quedar encantado un tan famoso reino como el que llaman de Quivira?”— “¡Ahí me las den todas!—contestó Sancho—. ¿Quién me ha nombrado a mí defensor de menores y desencantador de un tal reino de mamarracho? ¿Soy su hijo, su abuelo o siquiera su paniaguado? Pues no hay más sino que se le ocurra al muy peine de un señor oráculo y a las buenas pécoras de doñas pitonisas que el buen Sancho Panza, sin comerlo ni beberlo, deje sus huesos en éste o en el otro desaguisado para que Sancho les obedezca. ¡No en mis días! Que me metan los dedos a la boca y verán si no muerdo. ¡Váyanse en mala hora todos los embustes de éste y de todos los cochinos reinos encantados y por encantarse que hayan en el mundo, que algo tiene el agua cuando la bendicen y que no será el hijo de mi madre tan bobo que vaya a exponer su cuero y el de su pollino por semejantes sandeces.” Reprimió Don Quijote su natural indignación al oír a Sancho, y dijo:—“Si no fuera por la solemnidad y grandeza de aqueste celebérrimo momento en el cual está pronosticado que habré de coronar la más alta empresa en bien de la humanidad y en aumento de mi honra, caro habían de pagar lo que has dicho, fementido escudero. ¿Cómo, la ruindad de tu cacumen, tu mísera condición de villano majagranzas podrían ser óbice para tan altos fines? Quiso el destino (como pasa en muchos lances y sucesos de extremada trascendencia) poner tu ruindad al servicio de la causa del bien y de la justicia; y así te me rebeles, así des coces contra el aguí- jón, habrás de servir, aun sin entenderlos, los preclaros móviles de la Andante Caballería.” Al oír a su amo tan exaltado y colérico, convencióse Sancho de que por malas no conseguiría su propósito y valido de su natural marrullería, trató de seducir a Don Quijote y dijo:—“Por lo que entiendo, vuesa merced se hace cargo que yo soy buey y que tengo de arar sin saber cómo ni cómo no. No me opondré a ello, que la suerte del que sirve es obedecer y no gobernar; pero no se acalore vuesa merced que habremos de entendernos, que todo, si no es la muerte, tiene remedio en este mundo. Observe mi Señor Don Quijote que aquí estamos los dos solos, que nadie nos ve y que a estos parajes, por ser encantados, no llega ningún caminante ni de día ni de noche. Pues digo yo, ¿quién nos impide descansar aquí una buena pieza y luego volvernos por donde vinimos y contarles allá, a las gentes del castillo, que hemos topado con millares de gigantes y vestiglos y que vuesa merced los ha vencido a todos en un dos por tres y que yo he hecho tales atrevimientos con escuderos y servidores que no he dejado uno ni por remedio? Ya verá vuestra merced qué cosas las que contamos. No tengo yo poca inventiva y a buen seguro que me dejo muy por debajo todos aquellos embustes y maravillas de la cueva de Montesinos y de los encantamentos de mi Señora Dulcinea.” Iba ya a contestar Don Quijote, cuando a entrambos lados del bosque, primero de uno en uno y después por centenares, como si brotasen de la tierra, apareció multitud de enmascarados dando saltos y gritos como de demonios escapados del infierno, los cuales aunque no se acercaban mucho a los dos caminantes, les tomaron la retaguardia como suele decirse, al mismo tiempo que salió de enmedio del bosque una voz hueca y destemplada que decía:—“¡Avanza, caballero, y non vaciles que son grandes las cosas que te esperan en esta encantado selva; y que avance también el escudero si no quiere morir en las garras de estos malignos diablos.”— “¿Oyes, Sancho, lo que esa voz dice?”—dijo Don Quijote.—“Sí oigo”—dijo Sancho y a lo único que atinó fué a acercarse a su amo lo más que pudo; éste, deteniendo a Rocinante, volvióse a los demonios y les dijo:—“No sé a qué vienen tantas morisquetas, pero si de amedrentarme se trata, buena la hubisteis a fe mía, que así seáis gnomos salidos de las entrañas de la tierra o diablos escapados del profundo averno, buenos estábais para hacer el coco a los chiquillos, mas nó para atemorizar a un andante caballero. ¡Acercáos, pues, y veréis quién fuye de quién, impertinentes malandrines!” Chillaron los tales al oír a Don Quijote, y como ninguno diese muestras de acercarse, siguió su camino el hidalgo con sosegada parsimonia y dijo a Sancho:—“Si todos los encuentros de esta aventura y empresa son como el de estos gnomos, poco mérito habrá en acometella. Vé, pues, de animarte, Sancho amigo, que tu garrulería y tus refranes sabrían bien en esta ocasión.”—“¿Ves, Pedro, cómo estamos y te echas a cortar orejas?—dijo el escudero—. Mucha gana tengo yo de andar en charlas cuando ya no tenemos ni por dónde escapar. Vuesa merced podrá estar todo lo contento que quiera, pero venirme a mí con que me ponga a refranear siendo así que no me llega la camisa al cuerpo, es como si dijéramos a tu gusto mula y le daban de palos”. Así discurriendo, poco trecho avanzaron por la línea nuestros dos aventureros, cuando comenzaron a aparecer por entre los árboles del bosque no ya los demonios que tanto miedo dieron a Sancho, sino hermosas mujeres, vestidas de sutiles gasas, con las cabelleras esparcidas y adornos de helechos y de silvestres flores. Seguían a las dichas mujeres, hombres con cornamentas de cabros en la cabeza y medio vestidos con pieles de los mismos animales; simulando, así los unos como las otras, divinidades del bosque al estilo de la antigüedad pagana, detalle que pareció ser muy de gusto en el plan urdido por el Tío Samuel. Viólos Don Quijote y deteniendo su caballo, dijo de esta manera:—“Observa, Sancho amigo, cómo no son fantasía sino cosa de mucha verdad las helénicas leyendas, pues ahí puedes contemplar las bellas ninfas, las tentadoras nereidas y las gentiles náyades, hijas de los bosques armoniosos, de los mansos ríos y de la fuentes cristalinas, Y nota cómo van en pos de ellas los sátiros lujuriosos y más lascivos que los cabros y el esbelto fauno, gentil y voluptuoso como mancebillo enamorado y de caliente sangre.” Complacíase don Quijote en gran manera con el singular espectáculo que ante su vista se ofrecía y el mismo Sancho olvidóse de sus anteriores congojas y se quedó como embobado mirando el ir y venir de las damas y los mozos que en graciosos escarceos alegraban el bosque simulando las escenas mitológicas con mucho primor y artificio.—“Cosa nunca vista es ésta— dijo Sancho lleno de admiración—; pero a mi parecer estas señoras con esos nombres de pila que vuesa merced ha dicho y que yo no he entendido, son sobrado deshonestas, pues están en menos que en enaguas y no tienen el menor miramiento de enseñarnos lo que la decencia y el natural recato quieren que esté oculto. Y qué decir de esos hombres de los cuernos que las persi- guen y que parecen machos cabríos, y de esos muchachos descarados y maliciosos, sino que son unos putos sin asomos de vergüenza, a tal extremo que si la Santa Inquisición se diese por aquí un paseíto, había de escarmentarlos con un auto de fe de esos que ponen la carne de gallina.”—“Razón tuvieras en tus comentarios-dijo Don Quijote—si no se tratara solamente de símbolos que representan en forma artística las tendencias de nuestra flaca naturaleza. Cierto es que la honestidad no sale muy bien librada en este espectáculo; pero ten cuenta que los seres que aquí vemos no lo son de carne y hueso, sino solamente representaciones o divinidades de las selvas.”—“¿Que no son de carne?—exclamó Sancho—. Pues lo que es de viernes lo son menos, y según el aspecto y el andar en paños menores, bien se deja conocer que de lo que tratan es del sexto mandamiento, que es como quien dice pecado contra la carne.”—“Así es la apariencia—dijo Don Quijote—; pero el velo del arte es de tal primor y hermosura, que cubre y dignifica las desnudeces y presta a la misma voluptuosidad arrobador encanto. La malicia está en tus ojos, que nó en estas escenas que estamos viendo, pues si bien se examina, el natural instinto de la carne que obedece a la universal ley de la procreación de las especies, se torna hermoso y hasta espiritual cuando la juventud, el amor y la belleza le otorgan sus dones y la poesía lo enaltece.”—“Poco se me alcanzan esos floreos—dijo Sancho—, mas es lo cierto que la deshonestidad de estas gentes dice bien claro que el enemigo, quiero decir el diablo, debe de andar cerca y que no parece sino que fuésemos por el camino del infierno, pues como vuesa merced bien sabe, el tal camino es ancho y regocijado sobre todo en esto de barraganas, amancebamientos y ramerías desvergonzadas como lar que aquí se ven”.—“Estás, Sancho, profanando con tu moral de bellaco indocto la belleza que sirve de solaz y regocijo a los más claros ingenios del arte poético y mitológico. Sábete que no hay aquí ni barraganas ni amancebamientos y que lo que llamas ramería desvergonzada, es el espectáculo de un bosque sagrado consagrado al amor y a los placeres.”—“Así será cuando vuesa merced lo dice—dijo Sancho—, pero dé gracias mi amo a estar ya algo maduro y flaco y amojamado de añadidura y yo las doy a mi condición de hombre prudente y no nada lujurioso, pues de no ser así, ya estábamos metidos en la danza bailando en cueros como esos machos cabríos”. Paso a paso iban las dos caballerías mientras hablaban así Don Quijote y su escudero, cuando de súbito quedaron sorpren- didos el amo y el mozo con un grande estruendo que del interior del bosque venía, el cual estruendo era causado por una descarga que hacían a un tiempo mismo muchos cañones de Krupp y de otros modernos sistemas, pero nó con bala, sino sólo con pólvora y con el fin y propósito de amedrentar a Don Quijote.—“¡ Santa Bárbara bendita!—dijo Sancho al oír la descarga—¡Rayos y truenos y sin que se vean nubes!.... ¡Castigo del Cielo es éste a causa del descaro y la lujuria de estas gentes condenadas y vamos a pagar justos por pecadores!”—“¡Qué rayos ni qué truenos!—exclamó Don Quijote—. Si el oído no me engaña, el tal estruendo no es más que una descarga de falconetes, lo que quiere decir que tenemos cerca un ejército y que va a empezar la batalla”. Acabóse de espantar el pobre Sancho con lo que decía su amo y más cuando vió que las divinidades del bosque, como las llamaba Don Quijote, huían también pavorizados, y luego al punto de escapar a la carrera; pero en tal punto y hora sucedió lo que se verá en el capítulo siguiente. CAPITULO XIX DONDE SE REFIERE LA BATALLA QUE TUVO DON QUIJOTE CON UN PODEROSO EJERCITO Y SE DA CUENTA Y RAZON DE OTROS SUCESOS DE MUCHA TRASCENDENCIA EN EL CURSO DE ESTA VERIDICA HISTORICA. Grandes encarecimientos hace Cide Hamate Benengeli a1 llegar a este punto de la historia de Don Quijote, y se advierte que guiada su pluma por el natural entusiasmo que le inspiraba el andante caballero, trazó tan apriesa los signos arábigos con que el narrador escrebía, que ha sido menester consultar calígrafos y peritos para poner en claro, si no el todo, al menos lo más substancial y de mayor interés de esta parte de nuestro relato. Cogido, pues, no sin esfuerzo y desvelos, el hilo de la peregrina aventura del desencanto del reino de Quivira, se vino en conocimiento de que, a poco de la descarga que transformó a Sancho e hizo huír a las divinidades del bosque, aparecieron entre los árboles gruesas filas de soldados, unos con rifles, otros arrastrando cañones y no pocos de caballería, todos los cuales con grande algazara y muchas voces de mando rodearon en un instante a Don Quijote y a su escudero y dieron una nueva descarga de cañón y de fusilería que resonó en el bosque con singular y pavoroso estruendo. Sancho no viendo ya por dónde huír, arrojóse al suelo y se agazapó lo mejor que pudo, rogando que se abriese la tierra y lo tragase. No bien se apagó el eco de la descarga, sonó una banda de música tan marcial y bien concertada, que Don Quijote, que ya estaba alborotado y en són de combate, al oirla, se acabó de entusiasmar, se le encandilaron los ojos, se le fué la cabeza y levantando la brida a Rocinante, dijo con gentil arrogancia:—“¡Sean conmigo en desigual batalla, falconetes, arcabuces y ballestas!”—y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, fuese sobre los primeros soldados que se le presentaron; mas como ellos le huyesen el bulto sin que nuestro hidalgo lo advirtiera según era su desaforado entusiasmo, se puso a repartir lanzadas en el aire con tal furia, como si las diese en los pechos de los más odiados enemigos. Disparaban entre tanto los soldados con cartuchos de los que llaman de fogueo, ensordecían las detonaciones, tocaba la música, alborotaban con gritos y burlas los supuestos combatientes, y Don Quijote, loco de remate, seguía inpertérrito y airado, vociferando denuestos, blandiendo el lanzón y combatiendo con el aire, firme en su locura y convencido del todo de que segaba cabezas y derribaba enemigos a diestro y siniestro. Llevaba miras de no acabarse nunca el famoso simulacro de la burla que hacían los milicianos y de la cólera de Don Quijote que se creía en la más encarnizada batalla, cuando sonó una aguda trompeta y al oirla gritaron a una voz todos los del ejército: —“¡Somos vencidos! ¡Huyamos, huyamos, que es Don Quijote el victorioso!”—; y haciendo como decían, perdiéronse en el bosque y cesaron como por ensalmo las detonaciones y el tumulto. No se dió cuenta nuestro hidalgo de la huída de los que él suponía sus enemigos y siguió vomitando injurias y batiéndose con la lanza; pero Sancho, pasado un rato, alentado por el silencio y quietud en que quedó el camino, levantó un poco la cabeza, se fué enterando de que ya no habían ejércitos y de que su amo se peleaba solo, trató entonces de incorporarse, se limpió los ojos, miró a uno y otro lado y, lleno de asombro, procuró sacar la voz para decir a Don Quijote:—“¿No ve vuesa merced que ya venció a todos sus enemigos? Compadézcase agora de mí que no puedo levantarme porque las piernas se me han vuelto como de lana.” Oyólo Don Quijote, volvió en sí poco a poco, levantó la lanza y echando en torno suyo una mirada circular de vencedor arrogante, dijo:—“Ruda y heroica ha sido la pelea como las de los tiempos de Aquiles. ¿Viste jamás, ¡oh denodado escudero!, una batalla más encarnizada ni más sangrienta?”— “Ercarnizada podrá ser—contestó Sancho sentándose en el suelo—; pero por lo que hace a la sangre, no veo ni el rastro.”— “¡Cómo!—exclamó Don Quijote—, pues ¿no has visto cuántas cabezas he segado, cuántos pechos atravesé, cuántos jinetes cayeron a mis pies clamando venganza y cuántos caballos derribó el vigor de mi indomable brazo? Veníanse a mí gran golpe de gente armada, bizarros paladines, orgullosos caballeros de la Orden de Santiago, soberbios teutones, hidalgos de la Jarretiera, todos con sus divisas y blasones, tan esforzados y briosos como los Amadises y los Belianises, los Tirantes y Tablantes, los de la Tabla Redonda y los Nueve de la Fábula; retaban los jinetes, piafaban los bridones, chocaban las armaduras; el humo y el polvo en espesa nube cegaban a los combatientes; nos ensordecía el vocerío y el tronar de falconetes y arcabuces; volaban los dardos dirigidos por expertos arqueros, y cuando estaba más trabada la lucha, vínose a mí el Rey de Francia, seguido de príncipes, de mesnaderos y de heraldos, y con marcial apostura y nunca visto denuedo, cruzó con las mías sus armas de soberano, y tras recio batallar, y duro arremeter y ser arremetido, logré, al fin, desarmalle y quedar dueño del campo. Huían las mesnadas, clamaban los heridos, corrían hacia el bosque los bridones sin jinete, y el propio Rey de Francia y su corte de caballeros y de hidalgos abandonaban también el campo declarando mi victoria.”—“¡Santa María!—exclamó Sancho—. ¡Y cuántas hazañas y proezas hizo mi señor amo sin que yo viese ninguna!”—“¡Cómo que no viste! ¿Pues no estabas aquí mesmo combatiendo a mi lado con siervos y pecheros?”—“¿Combatir yo ?—dijo Sancho muy asombrado—. Vuesa merced se ha soñado o está a punto de perder el juicio (si es que ya no lo perdió del todo) cuando sale con levantarme tal testimonio de que estuve en la pelea. De oídas podré dar fe y nó de lo que dice mi amo, sino del estruendo aquél que me causó tánta congoja, no menos que de las músicas que se acompañaban con gritos y hasta con risas; pero en cuanto a ver, juro a Dios y a mi ánima que no vi nada de lo que vuesa merced cuenta, pues era tal mi sobresalto que me apreté los ojos y me pegué a la tierra cuanto pude, hasta esperar que pasase el chubasco, que a Dios gracias ha pasado y tan del todo, que vuesa merced está bueno y sano y a nú no me duele nada.”—“Fuerte cosa es el miedo—dijo Don Quijote—, pues por él te privaste de contemplar la más descomunal batalla de que harán mérito las historias.”—“Mucho me duelo de no haber visto tántas maravillas y proezas—dijo Sancho—; pero permita vuesa merced, mi señor amo, que me asistan algunas dudas sobre el particular. Si a tántas mesnadas dispersó y tántos caballeros venció, y al mismo Rey desarmó: ¿dónde están los despojos? ¿dó las señales de tanta bravura y estrago? ¿quién se llevó a los heridos? ¿qué se hicieron los muertos? ¡Mal año pase yo si estas fábulas no dan a entender que vuesa merced está tocado del celebro!”—“Me explico tus dudas—dijo Don Quijote—y voy al punto a desvanecerlas. Sabrás que todo lo que a los caballeros andantes se refiere y muy en particular a tu amo, va siempre envuelto con encantamentos y hechicerías; de tal modo que así como la mentira y el engaño se disfrazan de verdad y alcanzan a convencer al vulgo de los mortales, la verdad, debido a las trabas y apariencias de que la cubren los hechiceros, se convierte en mentira y engaño para ese mismo vulgo que antes dije. Y si nó, contesta y dí la verdad en todo lo que dijeres y fueres preguntado.”—“Así contestaré”—dijo Sancho, y comenzó luego el interrogatorio en esta forma:—“¿No es cierto que oíste tú aquella grande detonación y estruendo de los falconetes y arcabuces?”—“Sí es cierto.”—“¿No es cierto que viste tú mesnaderos y milicianos en tal copia y tumulto que llenaron el bosque y sus contornos en más de cien leguas a la redonda?”—“Sí es cierto, pero nó en lo de las leguas que no alcanzaba yo a ver tantas.”—“¿No es verdad que nos atacaron esos ejércitos al son de una música marcial jamás oída y disparando sobre nosotros todas sus armas?”—“También es cierto.”—"Item más, ¿no es verdad que se trabó la más reñida lucha en ese punto y hora?”—“No siga preguntando vuesa merced—dijo Sancho—porque en ese punto y hora que dice, yo ya no me cuidé sino de mi miedo, y a no haberme flaqueado las piernas, no tendría agora vuesa merced a quién preguntar ni nadie que le respondiese.”—“Ni es necesario que más ligas—dijo Don Quijote, —pues tu primera declaración de hombre formal y no nada mentiroso, basta y sobra para corroborar lo sucedido. Si hubo estruendo de armas, y milicias y mesnadas, y músicas y ataque y he quedado yo en el campo: ¿quién es el vencedor de tal encuentro?”—“Me declaro conviso y confesado”—contestó Sancho.—“Convicto y confeso debieras de decir”—observó Don Quijote.—“Haga el favor vuesa merced de no motejarme el vo- cabulirio—dijo Sancho—, que lo que importa es entenderse y que yo no soy ningún bachiller o licenciado para andar aderezando las palabras. En cuanto a la batalla que vuesa merced cuenta, la doy por hecha y terminada, y en la primera venta o castillo en que topemos la narraré al pormenor, pintándola con tales proezas, lances y cuchilladas, que no será poca la honra que vuesa merced saque del suceso, contentándome yo con las sobras.”—“No es bien—dijo a esta sazón Don Quijote que estaba todo movido—dormirse sobre los laureles y sigamos adelante, que grandes y nuevas aventuras se nos esperan en esta empresa de desencartar el reino de Quivira.”—“¡Cómo! ¿todavía no está desencantado ese funesto reino que Dios confunda?—dijo Sancho-Nos hemos entendido con diablos, con cochinas divinidades entregadas a la deshonestidad, y por último con ejércitos y hasta con el Rey de Francia, y a todos los hemos vencido, y todavía vuesa merced quiere más desaguisados y contratiempos. ¡Pues no faltaba más! Mire vuesa merced que tánto va el cántaro al agua hasta que viene sin asa y que tanto hace el diablo con su hijo hasta que lo vuelve cojo. No sea mi señor tan testarudo que, con tales hazañas como las que hemos hecho en este día, juro por mi ánima que, no sólo el de Quivira, sino todos los reinos de la tierra habrán quedado desencantados; y lo que agora nos toca es volvernos y dar cuenta y razón de nuestra empresa para recibir la correspondencia que habrá de ser proporcionada a las malandanzas y sinsabores.”—“Por verse está el desencanto de Quivira—dijo Don Quijote—pues ninguna señal o circunstancia da a entender que hayamos puesto fin a tal empresa, ya que todo desencantamento o retorno al natural estado, bien se trate de personas o de reinos, luego se manifiesta a las claras y de modo muy palpable, lo que no ocurre en el caso que tenemos entre manos. Habrá, pues, que seguir por esta senda, Sancho amigo, hasta ver el fin y desenlace de esta aventura.” Guió Don Quijote, después de haber dicho las anteriores razones, y a paso sosegado se pusieron en marcha las dos caballerías, no sin que Sancho volviese a argumentarte dos y tres veces a su amo, hasta que cansado del poco juicio que aquél le hacía, entregado como estaba a sus aventureros pensamientos, callóse también el mozo. Poca era la distancia que habían avanzado a partir del sitio de la pelea, cuando vieron que cruzaba el camino un rebaño de blancas y apacibles ovejas guiado por una linda pastora y por dos zagalillos imberbes, los cuales se detuvieron al ver a Don Quijote dándole las buenas tardes con pastoril sencillez. Amable y complacido devolvióles el saludo nuestro hidalgo, y fijando los ojos en la pastora, dejóse decir: “Moza tan fermosa non vi en la frontera como esta vaquera de la Finojosa.” Con ingenua sonrisa agradeció la pastora la galantería de Don Quijote, y Sancho, que estaba cansado y hambriento, dijo: —“¿Sabrías decirnos, hermana pastora, si hay por aquí alguna venta u hospedaje donde pudiésemos refocilarnos y tomar un bocado?”—“Ni venta ni hospedaje se conocen por estos lugares—contestó la pastora—; pero si vuesas mercedes no lo toman a menos, mucho me contentara de que vieran de pascar en mi alquería, que aunque es humilde y pobre, no os faltará en ella la leche de mis vacas acabada de ordeñar, la miel de mis abejas, el pan moreno y el lecho blando.” Encantado quedóse Don Quijote oyendo a la pastora y dijo:—“Subida es la merced que nos brindáis, linda pastora, y al punto la aceptara mejor que si viniese de una reina, que lo de ser reina no está en en trono ni en la corona, sino en la hermosura y en la liberal gentileza; mas el fatal destino me lleva por esta ruta y en pos de cierta empresa que tengo de seguir a despecho de la voluntad y del querer que vos lleváis prendidos en los vellones de vuestras mansas ovejas.”—“¡Cómo se entiende!, dijo Sancho—¿Y había mi señor amo de menospreciar tal bondad y agasajo como los que se nos brindan? Ni soy yo caballero andante ni nunca blasoné de dócil y obediente con princesas ni pastoras, pero en esta ocasión pareciérame descortesía y ruindad no ceder al punto y aceptar la merced con que esta pastora nos favorece; y más si se tiene cuenta que el día se va a acabar, que el cansancio ya comenzó y que no estamos en cuaresma para ayunar al traspaso.” En esto, volvióse la pastora a Don Quijote y le dijo con una voz muy dulce y sosegada:—“Cierto es que el día se va a acabar y duélome de que os sorprenda la noche sin pan y sin abrigo, más cuando mañana, así que Dios amanezca, estos zagalillos que aquí veis os pondrán de nuevo en el camino, sin que sufra contratiempo ni tardanza la empresa que vuesa merced dice; salvo caso, señor caballero, que la vuestra grandeza no quisiere acogerse al abrigo de mi humilde alquería.”—“Non digáis más, reina pastora— dijo Don Quijote—, que luego de oíros, nó a la alquería, sino hasta el cabo del mundo siguiera vuestros pasos”. Ruborizóse la honesta doncella al oír lo que Don Quijote le decía, dióle las gracias al hidalgo, y guiando los zagales y cerrando Sancho la marcha, gozosos y contentos, entráronse todos por un caminillo que serpenteaba entre los viejos pinares. Acápite omitido al final del Capítulo XVI de “Don Quijote en Yanquilandia”, publicado en el número correspondiente a Diciembre de 1920: Con esto, levantáronse de la mesa y pasaron a los salones con el mismo ceremonial y cortesía de antes, y dispuso el alcaide que las dueñas llevasen a Sancho al comedor de los pajes y escuderos para servirle la cena, cosa que Sancho aceptó del mejor gusto a pesar de su recelo con las dueñas, pues el olor de las viandas que le sirvieron a Don Quijote le había abierto el apetito más de lo acostumbrado. CAPITULO XX DONDE SE DA CUENTA Y RAZON DETALLADA DE LO QUE HIZO Y DIJO DON QUIJOTE EN UNA GRANJA MODELO. Mientras iban caminando por la vereda que entre los árboles del bosque serpenteaba, preguntó Don Quijote a la pastora que qué nuevas corrían acerca del encantado reino de Quivira.—“Muchas son esas nuevas—contestó la pastora—, y vuesa merced estará al tanto de la gran batalla que hoy mismo pasó en este bosque por el que caminamos.”—“Sí estoy al tanto—dijo Don Quijote y mucho me placería de saber los comentarios que se hacen en la comarca en punto al desaguisado que motivó la contienda.”—“Es el caso—dijo la pastora—que, según corre de lengua en lengua, un cierto caballero de los que llaman andantes, que vino no se sabe cómo ni como nó, se ha entrado por estos reinos con la novedad de que el de Quivira estaba encantado y que él trataba de desencantallo, y pasando de los dichos a los hechos, el tal malandante caballero, no se sabe si por falto de juicio o por bellaco (que de los dos modos lo pintan), se presentó hoy en estos bosques en són de batalla, acompañado de un palurdo taimado que le sirve de escudero; mas así que asomaron los ejércitos del reino, dieron tal batida a los aventureros, que nos les quedarán ganas ni al desencantador deschabetado ni al bellaco del mozo para volver a las andadas.” Al oír estas razones, amoscóse Sancho e iba ya a replicar a la pastora, cuando Don Quijote alzó la voz y dijo de esta manera:—“Es así, Sancho amigo, como lo que llaman la pública opinión tergiversa y trastrueca los grandes hechos de la historia. Ni enfado ni sorpresa debiera causarte lo que esta joven dice, pues por sencilla y crédula, repite los embustes y supercherías que inventan bellacos y malandrines malavenidos con el ajeno merecimiento. Propio es de los grandes hombres luchar por el bien sin parar mientes en lo que de ellos se diga o dele de decirse, y propio es asimismo de los menguados tratar de ensombrecer con la impostura la ajena fama que es la humillación y el castigo de la propia miseria.”—“Pues yo declaro—dijo Sancho—que no me hacen feliz tales propiedades como las que vuesa merced dice y que por mi fortuna no soy hombre grande ni quiero serlo, pues andar en riñas y desafueros para que después cualquier pelagatos lo ponga a uno como no digan dueñas, es como si dijéramos tras cuernos palos o cargar la lana para que otros lleven la fama, que es lo que a nosotros nos está pasando, según el decir de esta joven pastora, a la que será bueno advertirle que tres muchos y tres pocos pierden a las gentes: mucho hablar y poco saber, mucho gastar y poco tener, mucho presumir y poco valer.” Silencioso y pensativo siguió el camino Don Quijote, y Sancho, que sólo pensaba en descansar y sustentarse, preguntó al poco rato a la pastora si faltaba mucho para llegar a la posada.—“No mucho—contestó la joven—, pues lo mucho que habrá que caminar hasta la granja (que no posada) será cosa de un kilómetro.”—“¿Y qué cosa es un kilómetro?”—preguntó Sancho.—“Un kilómetro tiene mil metros”—repuso la pastora.— “Tampoco lo entiendo—dijo Sancho—, y no gusto de jugar a las adivinanzas.”—“No hay tales adivinanzas—contestó la pastora—; pero si quiere el escudero más claridad, le diré que un kilómetro tiene algo más de mil varas castellanas.”—“Pues no me parece tan cerca—dijo Sancho—; pero, en fin, hambre que espera hartura no es hambre sino ventura, ya que en llegando, no se harán esperar las chuletas o el cabrito asado.” Con esto, llegaron los caminantes a los términos del bosque y se ofreció a su vista una extensa y fértil campiña en que alternaban los sembríos de mies a punto de madurar, los prados cubiertos de trébol forrajero y otros muchos y variados cultivos de gramíneas y legumbres, con granjas y arboledas aquí y allí en grato y pintoresco desorden esparcidas. Complacióse Don Quijote contemplando el ameno país, al que le prestaba misterioso y arrobador sosiego el ambiente tibio y la luz amortiguada de la tarde veraniega, y luego sintiendo en los ánimos la placidez de la vida campesina, dijo de esta manera; —“Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. En tanto, para acortar la distancia, guiados por la pastora, se entraron los caminantes a campo traviesa, y al poco rato, siguiendo una alameda de árboles frondosos, llegaron a la granja, que era una de aquellas hermosas fincas que llaman de selección pecuaria y que para modelo de agricultores y ganaderos tiene esparcidas el Tío Samuel en sus vastos dominios. No bien detuvo Don Quijote su caballería al llegar al portal de la granjeril morada, cuando se acercaron a él varios mozos con muestras de respeto y comedimiento; uno de ellos túvole el diestro, otro cogió la brida a Rocinante, otro ayudó a Sancho a que bajase y luego el administrador, un señor apersonado y de buena crianza, se puso a las órdenes de Don Quijote, dijo ser tal administrador y llamarse don William y rogó a nuestro hidalgo que pasase a descansar en una de las salas que allí se veían. Agradecióle Don Quijote sus comedimientos y notando que, en el fondo del patio, se espaciaba un emparrado con bancos y mesitas rústicas, dijo que prefería quedarse allí para descansar y solazarse. Convino en ello el administrador don William y muy a su gusto tomaron asiento Don Quijote y su escudero, mientras que los pastores encerraban en los establos las bala- doras ovejas. Podía en verdad servir de modelo la granja aquella. Situada en medio del campo, sombreada de árboles frutales, con la casa habitación en el centro y en el contorno los establos de varios compartimentos y de singular limpieza; reunía en su conjunto tal morada, toda suerte de comodidades y de holgura así para los rebaños de nuevos cruzamientos, como para los pastores encargados de apacentarlos; y fué muy atinada y discreta la idea del Tío Samuel de hacer conducir allí a Don Quijote con artificio y engaños para que pudiese descansar y reponerse de las fatigas del día, dándose tiempo a la vez de combinar nuevos planes. A poco de haber llegado, vino la pastora trayendo en una bandeja seis vasos de fino cristal rebosando de espumosa leche recién ordeñada. Tomóla Don Quijote a pequeños sorbos y luego le dijo a la pastora que, ya que tanta merced le dispensaba, viese si en algo podía corresponderle dado su oficio de caballero andante, y que asimismo mucho le contentaría saber cuál era su nombre para apuntarlo en la memoria.—“Belisa me llaman—dijo la pastora—, y en lo de corresponderme, nada más tengo de decir sino que quedaré de sobra satisfecha con que un tan digno caballero no tenga que extrañar en esta posada”.— “Dama, que no pastora sois, linda Belisa—dijo Don Quijote—, pues son tales vuestra cortesanía y discreción, que se os compararía con ventaja con aquella otra Belisa a la que acompañaban las ninfas Cintia y Dorida.”—“Digo lo propio—dijo Sancho—, aun cuando no conozco a esas señoras de que habla mi amo;”— y volviéndose al administrador, agregó:—“Buena cosa es la leche, señor don.... ¿Cómo ha dicho vuesa merced que se llamaba?”—“William para servir al escudero”—repuso el administrador. Hízole Sancho una reverencia y dijo:—“Pues como iba diciendo, señor ventero (y perdone vuesa merced que no le llame por su nombre de pila por temor de no acertar), buena cosa es la leche, pero no nos vendría mal algo de substancia y condimento, pues tenga cuenta vuesa merced que hemos andado todo el día, que hemos tenido pendencias y lances por mayor y por menor, que los sobresaltos enflaquecen y que las tripas están descomulgadas de participación.”—“Ante todo—dijo don William—sabrá el señor Panza (que tal me han dicho que se lla- ma) que no soy ventero sino administrador de la granja y los rebaños.”—“Pues entonces, para que vuesa merced no se enfade, diré: señor granjero, vea de darnos de comer, que la leche más es bebida que comida.”—“Al punto se os complacerá—dijo don William disimulando la risa e invitó a Don Quijote para que pasasen al comedor a sustentarse; mas como el caballero dijese que allí mismo se podía hacer por la vida con más soláz y contento, dió sus órdenes don William y dos o tres mozos comenzaron a ir y venir llevando y trayendo manteles y vajilla que pusieron sobre una mesa de mimbres en torno de la cual tomaron asiento con campechana franqueza y comenzaron a sustentarse el amo, el mozo, don William y la pastora, regalándose con sopas de miga, queso, manteca de vaca, tiernos panecillos, jamón y chuletas y postre de jalea y mermelada. Al acabar la comida, dijo Sancho:—“Cierto que no hay tal cosa como el yantar y más en una venta que no lo parece, según está de provista, pues las tales son siempre fementidas y engañosas y muy a propósito para dar penitencia al estómago y no regalo al paladar como aquí nos lo han regalado, señor amo.”— “Asi es como dice—dijo Don Quijote—; pero es el caso que, andando los tiempos (y han andado muchos desde la época de nuestras aventuras), es natural que hasta las ventas y mesones se hayan transformado de fementidos hospedajes, que lo eran, en abundantes y bien provistas posadas, pues con el transcurrir de los años, se depuran y refinan las cosas y las costumbres.”— “¿Y son muchos los huéspedes que concurren a esta venta?”— preguntó Sancho.—“No por cierto—dijo don William contento de oirse llamar ventero; y luego agregó:—Hoy, sin ir más lejos, solamente damos posada a vuesas mercedes.”—“Mal negocio es ese—dijo Sancho—, pues siendo nosotros caballeros andantes, no tenemos la costumbre de pagar el servicio.”—“No me parece honrado tal proceder—dijo don William—y más cuando el aposento que os brindo bien vale veinte dólares.”— “¿Y qué cosa son dólares?”—preguntó Sancho.—“Atrasado estáis en noticias, señor escudero—contestó don William—, cuando no sabéis que el dólar es el amo del mundo, como que es la moneda de más crédito que se conoce.”—“Pesetas o pesos godos y hasta peluconas habíais de decir y ya nos entenderíamos— contestó Sancho—; pero volviendo a nuestro cuenta, en esta ocasión, hermano ventero, os quedaréis sin los dólares pero sí con los dolores de no cobrarlos, que no por tal calderilla habían de alterarse los usos y costumbres de los caballeros andantes, so- bre todo cuando ni mi amo ni ya sabemos lo que es blanca, pues si alguna vez tuvimos, nos la escamoteó el muy peine del Tío Samuel en el suceso de nuestro encantamento.” . No atendía Don Quijote a la conversación que sostenían don William y Sancho Panza, pues estaba entretenido viendo la vuelta de los rebaños al establo y el ir y venir de los pastores ocupados de sus menesteres; pero don William, por tirarle de la lengua, volvióse a él y le dijo:—“¿No es verdad, señor caballero, que no puede negarse a nadie la soldada sin hacerle agravio e injusticia, puesto que todo el que trabaja o sirve tiene derecho a ser remunerado en dineros en proporción a su labor o servicio?”—“Sí es verdad—dijo Don Quijote—; mas no es el afán del lucro y granjería lo que ha de encaminar y mover principalmente nuestras acciones.”—“Bueno será eso para dicho— observó don William—, pero lo que yo sé y lo sabe todo el mundo es que en esta nuestra edad próspera y por mil títulos mejor que las pasadas, ponen los hombres todo su conato y empeño en allegar caudales, así para su mejor regalo como para el aumento de su honra.”—“No de ésta sino de todas las edades—dijo Don Quijote—fué vicio y afán de los humanos atesorar riquezas, sólo que, en los modernos tiempos, según vos decís, este afán y afincamiento ha sobrepasado a lo que en éras más dichosas acontecía, y las llamo más dichosas, porque el aumento de la codicia (que tal es su nombre) conduce a la malevolencia, empequeñece el ánimo, obscurece el entendimiento y hace al hombre egoista y menguado.”—“Así serán las teorías—sostuvo enfáticamente don William—, pero la práctica es muy otra y a cada paso se advierte que el mejor caballero es don dinero.” Ofendióse Don Quijote oyendo estas razones y el tono con que fueron dichas, y luego repuso:—“No es la riqueza, señor espantacabras, lo que hace la ventura y buen nombre de los mortales; fines más altos y preclaros tiene de llenar el hombre, y si vuesa mercer no lo sabe porque no le viene de dentro, mal podemos entendernos.”—“Perdone el Señor Don Quijote—dijo al punto don William—si no supe expresarme, que lo que quise decir fué lo que pasaba con la mayoría de las gentes, pero no lo que yo pensaba, pues más bien me inclino al parecer de vuesa merced.” Calmóso presto Don Quijote y dijo sentenciosamente:— “Ilusión y fantasía insensata es la de aquellos que viven para acumular caudales. Ocurre que viven con inquietud y sobresalto, en tratos y especulaciones, en granjerías y compraventas, sin punto de reposo, y cada día con más sed de riquezas como si es- tuviesen enfermos de hidropesía del ánimo y de ceguera del entendimiento, puesto que no alcanzan a ver que, en llegando la muerte, las riquezas se quedan en el mundo y el que las atesoró vuelve pobre y desnudo al seno de la tierra. Pasa también, para burla y castigo del avariento y codicioso, que la fortuna que allegó para su propio provecho y que no llegó a disfrutar, se convierte a la larga en el poder de los dineros acumulados que incrementan la industria y sus ricas producciones en beneficio de la república, con lo cual vuelve al conjunto lo que el avariento y codicioso sustrajo. Tan admirable es el orden y armonía con que la Providencia gobierna el mundo, que así, hasta los ruines y menguados, creyendo labrar su propia ventura, contribuyen sin saberlo a la prosperidad de los estados. Y no podía ser de otro modo ya que nadie tiene el derecho de apropiarse de lo que para el sustento de todos los hombres derramó el Hacedor Supremo sobre la faz de la tierra”. No bien acabó de hablar Don Quijote, cuando don William, que lo escuchaba como embobado, dijo de esta manera:—“Por lo que se advierte, vuesa merced es algo entendido en la ciencia, económica.”—“¿Qué ciencia es ésa?”—preguntó Don Quijote.—“Es la ciencia más moderna y que más preocupa hoy en día a sabios y gobernantes”— contestó don William.—“¿Y en qué consiste o cómo se define?”—volvió a preguntar Don Quijote.—“Pues consiste—repuso el administrador—en procurar el aumento y la mejor distribución de la riqueza o, mejor dicho, de los frutos de la tierra.” —“Si es como vos decís, señor don William—dijo Don Quijote—, no es tal ciencia nueva sino tan vieja como el mundo, puesto que, en el fondo, trata de la moral, y la moral es la ley de la humanidad desde que la humanidad estuvo en pañales.”—“No estamos conformes—repuso don William—, que la moral es cosa del espíritu o de lo que llaman fuero interno y la economía es todo lo contrario, pues trata y se refiere más bien al cuerpo y a la necesidad de sustentarlo.”—“Lo que vos decís, señor granjero—contestó Don Quijote—, es la apariencia, mas nó el fondo. Poniendo un ejemplo: si mi ánimo no lo ordena, mis miembros no entran en ejercicio para un fin determinado, y así, si la moral no lo dispone, los hombres no se mueven a hacer el bien aun en la forma más material y tangible. Grave problema es éste que habéis dicho de distribuír con equidad y justicia los frutos de la tierra; pero tal problema sólo tiene solución eficaz y bienhechora cuando lo hombres se convencen, bien sea por buenas o por malas, de que el mundo es la heredad de todos y de que todos tienen derecho al pan de cada día.” No intentó don William hacer nuevas réplicas a Don Quijote y dijo éste después de una pausa:—“La noche es entrada del todo, y qué apacible y blanda convida a esparcir el espíritu en silenciosas meditaciones.” Y era así como Don Quijote decía, pues el tranquilo descanso de la granja, la brisa impregnada de los campesinos perfumes, el melancólico balido de las ovejas, el canto de algún pájaro despierto, la quietud en que la naturaleza dormía y el fulgor de las estrellas meditabundas; ponían en el ánimo un dulce y sosegado recogimiento. Las horas muertas se habría pasado allí Don Quijote entregado a sus meditaciones, si el sueño de Sancho y el empeño que él y don William pusieron en que Don Quijote se acostara, no lo hubiese decidido a darles gusto y a meterse en la cama y dormirse como un bendito. CAPITULO XXI DONDE SE CUENTA LO QUE ÉN EL SE VERA Dos o más horas hacían de haber salido el sol, cuando se despertó Don Quijote; vistióse a prisa y despertó a Sancho que todavía roncaba. Al salir de la habitación el amo y el mozo encontraron a don William y a otros servidores de la granja que los estaban esperando y acto continuo se sentaron a la mesa e licieron los honores a un apetitoso almuerzo al que también concurrió la pastora Belisa. Con el último bocado, quiso despedirse Don Quijote, pero don William no lo consintió, diciendo que no era menester apurarse tanto.—“Sí que lo es—dijo Don. Quijote—, pues sabrá vuesa merced, señor don William, que el día de hoy tengo de emprender una aventura que no admite espera, porque van en ella mi nombre y la salud y la libertad de un reino”.—“Enterado estoy de tal aventura—repuso el administrador—, pues no ha mucho, llegaron aquí dos heraldos en demanda de vuesa merced, y como yo tratase de despertarlo, dijeron que no era preciso, sino que muy por e1 contrario conve- nía que mi Señor Don Quijote tomase buen descanso a fin de poder estar más rehecho y brioso para cierta brega y combate que hoy se le aguarda; y agregaron los heraldos, entre otras recomendaciones, que vuesa merced viese de salir después de mediodía y no antes, a punto de que su llegada a la ruta de los Desafueros sea en el momento oportuno y de mayor riesgo.”— “¿Y de parte de quién vinieron esos heraldos?”—preguntó Don Quijote.—“Lo mismo les pregunté—contestó don William—, mas ellos no quisieron decir el nombre; haciendo presente tan sólo que los enviaba un cierto sabio amigo de la vuesa merced y que le brinda su apoyo y protección en este lance.”—“Siendo así lo que los heraldos dijeron, fuerza será esperar—manifestó Don Quijote—; no se diga después que por impaciente y temerario atropellé esta delicada empresa”. Ya con tiempo disponible, invitó don William a Don Quijote para pasearse por las sombrosas alamedas que rodeaban la granja y allá se fueron acompañados de Sancho y de la pastora Belisa. Mucho se complació nuestro hidalgo con este paseo y para mejor holgarse y reposar el almuerzo se sentaron todos en un cenador primoroso, cubierto de floridas trepadoras y por delante del cual, entre rosales y lirios, pensamientos y verbenas, corría un arroyuelo cristalino y artificioso refrescando el ambiente. Era aquel rinconcito, que así lo llamó la pastora, un refugio deleitable y umbroso contra los rayos del ardiente sol, y el follaje, las flores y el perfume predisponían el ánimo a la bucólica poesía. Así lo dijo Don Quijote, y luego con voz reposada y meliflua comenzó a decir: Muscosi fontes, et somno mollier herba, et quae vos rara virides tegit arbutus umbra, solstitium pecori defendite; iam venit aestas torrida, iam laeto turgent in palmite gemmae. Al acabar de decir el verso, suspiró tiernamente Don Quijote y preguntó la pastora:—“Qué versos son ésos?”—“Son los que dice Coridon en la Egloga VII”—contestó Don Quijote.— “Muy lindos deberán de ser—repuso la pastora—, mas por mi mal no entiendo lo que contienen por serme extraña la lengua en que vuesa merced los recitó con tanta dulzura y sentimien- to.”—“Pues veré de traducirlos en vuestro homenaje, que aunque no en verso, en prosa corriente dicen así: Musgosas fuentes, blanda hierba, deleitosa para el sueño, verde madroño que la cubres con escasa sombra, guareced del solsticio mi rebaño. Ya viene el ardiente verano, ya brotan las yemas en el alesarmiento.” —“Muy oportuna y apropiada me parece tal poesía—dijo la pastora—, y si vuesa merced sabe alguna otra cosa que venga tan bien encaminada al lugar y a la ocasión, mucho gozaría de oirla.”—“Sí sé—dijo Don Quijote; y poniendo los tiernos ojos y con voz dulce y apagada, comenzó a decir: Corrientes aguas, puras, cristalinas; árboles que os estáis mirando en ellas, verde prado de fresca sombra lleno, aves que aquí sembráis vuestras querellas, hiedra que por los árboles caminas, torciendo el paso por su verde seno; yo me ví tan ajeno del grande mal que siento, que de puro contento con vuestra soledad me recreaba, donde con dulce sueño reposaba, o con el pensamiento discurría por donde no hallaba sino memorias llenas de alegría”. Con muchas ponderaciones y aplauso agasajaron a Don Quijote don William y la pastora luego que acabó de decir el verso y hasta Sancho fué de parecer que tal composición y rima era muy del gusto del oído.—“Y no sólo del oído, sí que también del entendimiento”—afirmó Don Quijote.—“Por lo que voy viendo—dijo a esta sazón don William—, vuesa merced no sólo es caballero andante sino también poeta.”—“No me precio de serlo—dijo Don Quijote—, pues apenas si he compuesto tal cual madrigalillo fruto del corazón acongojado por amorosa dolencia.”—“Nunca lo creyera—dijo Belisa a este punto—, y por modestia, que no por otra razón, vuesa merced disfraza y esconde su habilidad y destreza en componer poesías.”—“No tengo tal habilidad—dijo Don Quijote—, que si la tuviese, es cierto que no la ostentaría, pero también es verdad que no la negara, pues al negarla, no modestia, sino falsedad había de ser.” Quedáronse todos en silencio y dijo Don Quijote después de un rato:— “Dos modos o excepciones tiene la poesía en el mundo o, lo que es lo mismo, hay dos suertes de poetas: los unos que hacen la poesía y los otros que la escriben o recitan. Son los primeros los que, a mi ver, tienen mérito subido y excelente, pues con sus acciones ya grandes y elevadas como las de los héroes, ya profundas y admirables como las de los sabios, ya tiernas y solícitas como las de los enamorados, ya magnánimas y desinteresadas como las de los santos y los buenos; con sus acciones, repito, componen épicos poemas, filosóficos cantos, líricas endechas y salmos arrobadores en que vive la belleza como planta fecunda que deleita con el primor y el perfume de sus flores. Los segundos, quiero decir los que componen los versos, son, bien mirado, menos poetas, aunque más artificiosos, pues lo que ellos cantan y refieren, no es, en suma, sino lo que admiran en la naturaleza y en sus semejantes. Así, pues, ¿cuál tiene mayor merecimiento, el que hace vivir realmente la poesía en sus acciones o aquél que la canta o la refiere?”—“A mí me parece—dijo Sancho a este punto—que el que hace es mejor que el que dice, sólo que este segundo es más discreto y prudente, puesto que a nada se expone y más bien logra del buen nombre y de las mercedes y quizás si alcanza algunos ochavos con vender el impreso, aunque no es oficio muy socorrido, pues hambre y trovero van siempre de bracero.”—“Bien se ve, amigo Sancho—dijo la pastora—, que si vuestro amo es el primero de los fantaseadores, vos sois el primero de los prácticos y utilitarios, pues solamente miráis las cosas por el lado de la conveniencia.”—“Así es lo cierto—dijo Sancho—, pero por mi mala fortuna, al seguir a mi amo, resulta que a mí me caen los palos más que a él.”—“Pero también os caen las mercedes”—observó don William.—“Esas son contadas y de no mucha valía”—dijo Sancho.—“Está visto— comentó don William—que nadie está contento en el mundo.” —“Ni pudiera estarlo—repuso Don Quijote—, que de uno u otro modo es el padecer achaque inherente a la vida humana.”—“Eso es según y conforme—dijo Sancho—, que también se puede vivir holgado y contento.”—“No niego yo—añadió el hidalgo—que alguna vez se disfruta de bonanza, pero es ella tan fugaz y transitoria, que apenas si sirve para hacer más dura la tribulación de que viene siempre acompañada. Y luego que el pensar en los dolores del mundo y sus miserias, al ver aquí y allí padecimien- tos, injusticias y flaquezas, entenebrece todo contentamiento y regocijo.”—“Eso será—replicó Sancho—cuando uno se mete donde no lo llaman, que lo prudente y juicioso es que cada gato se agarre con su uña y trate de salvar su cuero y el de su caballo.”—“Valle de lágrimas es el mundo—continuó Don Quijote, sin reparar en la réplica de su escudero—. El eterno aspirar, el ansia de hallar la felicidad y la gloria, las dolencias del cuerpo y las del alma; hacen que nuestra existencia sea en resumen perenne inquietud por huir del dolor y por alcanzar la dicha, que es la incurable manía de nuestros insensatos desvelos. Esto que digo y que es y será siempre viejo y siempre nuevo porque es aplicable a los hombres de todos los tiempos y de todas las generaciones, está compendiado por el filósofo magno que explica su sentido, cuando dice: “Feciste nos ad te, et inquietum est cor nostrum, donee requiescat in te.”—“No me da contento y más bien me parece de mal agüero—dijo Sancho—que mi señor amo se ponga a decir responsos como si fuese cura párroco o animero.” Riéronse don William y la pastora del donaire de Sancho y el mismo Don Quijote celebró la ocurrencia; pero más luego, recordando la aventura pendiente, dijo el hidalgo:— “Hora es ya de emprender la marcha, que no en églogas y filosofías habíamos de gastar el tiempo y la ocasión preciosa que me reclama. Vé, pues, Sancho de ensillar a Rocinante y partamos al punto.”—“Listos están Rocinante y el rucio—dijo Don William—, que, en efecto, es ya la hora en que los heraldos dijeron que debería salir vuesa merced.”—“¿Es decir que volvemos a las andadas?—argüyó Sancho—. Esto es un día sí y otro también. Mire mi señor amo que así la vida es un soplo y por vía de descanso y variación, me parece a mí que podríamos quedarnos en esta granja y formar una arcadia como vuesa merced proyectaba en otro tiempo. Para vivir tranquilos, aquí nada nos hace falta, pues vuesa merced podría enamorarse de esta linda pastora y a mí me bastaría con la primera que se presentase.”—“Déjate de arcadias y de esparcimientos—dijo Don Quijote—, que la hora es de pelea.”—“Así es la verdad—agregó don William— y no hay más remedio, señor Sancho, que el de salir a campaña, pues una y otra vez encargaron los heraldos que no fuese a remolonear y a quedarse resagado el escudero.”—“Me parece muy bien, señor mío—dijo con enfado Sancho Panza—. Ayer no más las señoras pitonisas y los oráculos y hoy los heraldos disponen a su antojo de mi persona. ¿Quiénes son y con qué derecho me meten a mí en estos ajetreos? Pues si no los he visto en mis días y recién me los presentan por nombre. ¡No faltaba más! ¡Que se vayan donde se fué el padre Padilla, que lo que es yo, no les doy más gusto y en prueba de ello me quedo aquí de pastor o de gañán, que por algo se ha dicho zapatero a tus zapatos y cada calancho a su rancho.”—“Mira, Sancho, no me provoques ni me encolerices—dijo Don Quijote—porque ya sabes que tus bellaquerías y tus miedos te cuestan caro.”—“Y tan caro—repuso Sancho—, que hasta ahora en tantos años ha de servir a vuesa merced no he llegado a echar pelo y sí voy para calvo.”—“Animo, amigo don Sancho—dijo el administrador—, que lo que es aquí, no podrá quedarse el escudero, pues si tal pretendiese y yo lo consintiera, vendrían calamidades y desdichas sobre la granja según pronostican los heraldos.” “¡Le dicen que no hay posada, y dále a desensillar, y vuelta con los heraldos y torna con la manía de meterme a mí en el ajo!—protestó Sancho y dijo:—¿Quién le ha dado a vuesa merced vela en este entierro, y si la tuvo, porqué no me despertó cuando vinieron esos puercos para pasármelos por las narices y hacerles ver que no soy ningún papanatas y que no aguanto ancas de nadie.”—“Tenga paciencia, hermano dijo la pastora—, que fuera inútil que pretenda quedarse, pues aquí no se le admite y si va por esos campos, lo perseguirán malandrines y lo devorarán leones y panteras que hay por el contorno en mucha abundancia y sueltos.”—“Peor que eso sería— dijo don William—porque si el escudero no se resuelve, cumpliendo mi obligación tendría que encerrarlo en un calabozo hasta que volvieran los heraldos para degollarlo, que así lo advirtieron una y mil veces esos señores.”—“¿Es decir que de todos modos me llevan al matadero?”—preguntó Sancho.—“No temas, hijo, por tu vida—dijo Don Quijote—, que yo daré cuenta de ella.”—“No es vuesa merced persona de confiar en esto de las cuentas—contestó Sancho—; pero si yendo me dan de palos como es seguro y si quedándome me meten al calabozo y me degüellan como también es seguro, de dos males el menor y prefiero que nos vamos, que este señor espantacabras y esta doña sabidilla deben de ser judaizantes cuando, sin más ni más, tratan de sacrificar a un cristiano. ¡A tu gusto mula y le daban de palos, y lo que se ha de empeñar que se venda, y vámonos cuanto antes de esta posada que parece ser la del propio infierno!” Mientras hablaban iban todos cuatro caminando y llegados que fueron al patio de la granja, encontraron listas las caballerías. Sancho subióse luego al rucio sin gastar cumplidos, y tanteando las alforjas, se apercibió de que estaban vacías y dijo:—“Ni un mal fiambre tenemos siquiera para el camino.”—“Por eso no quedará”—dijo la pastora y se fué y volvió trayendo una provisión más que mediana que el escudero acomodó lo mejor que pudo. Despidióse en seguida Don Quijote del administrador, de la pastora y de los mozos de la granja que lo rodeaban con todo respeto y comedimiento y partieron amo y criado guiados por un pastor que conocía el camino. En menos de media hora, llegaron nuestros viajeros a la línea férrea. Cuando en ella estuvieron, despidióse el pastor, y contento Don Quijote de haber vuelto a la senda para él tan misteriosa y significativa, dijo a Sancho:—“Hénos ya de nuevo en campaña y me dice el corazón que, siguiendo esta vereda tan fatalmente encerrada entre líneas de hierro, como si marcase el inflexible destino, habremos de llegar presto al fin de la aventura y empresa de desencantar el Quivireño Reino.”—“Donde vamos a llegar es al fin de nuestra vida—dijo Sancho—y bien lo merecemos, es decir yo no lo merezco, pero sí vuesa merced por caprichoso y porfiado”. Al paso llano comenzaron a andar las dos caballerías, y poco después, vieron que, a lo lejos, se aparecía viniendo por el camino una como bestia monstruosa, que echaba espesa y temerosa humareda. Detúvose Don Quijote y dijo:—“¿Ves aquello que hacia aquí viene? Pues es nada menos que un vestiglo con el que pronto me las habré en singular batalla.”—“¿Vestiglos conmigo”.... ¡Pies para qué os quiero!”—dijo Sancho pavorizado y descabalgando del rucio que se negaba a obedecer al freno, corrió a esconderse más pronto que la vista entre la arboleda del bosque. Pocos momentos pasaron, cuando oyóse el resoplar de la locomotora que se acercaba, pues era un tren y no otra cosa el supuesto vestiglo que por la línea distante venía dejando enredado entre las copas de los árboles del bosque el humo de su revuelta cabellera. Vaciló Don Quijote entre acometer al monstruo o esperarlo, mas como viese que hacia él se dirigía, optó por lo segundo, y firme en los estribos, la lanza en ristre, ceñudo y desmelenado, contraídos los escasos dientes, la faz enjuta y fiera, preparóse para el encuentro, en tanto que Sancho, desde unos matorrales, viendo aproximarse la feroz locomotora, quedóse pasmado y con la boca abierta, a punto que multitud de espectadores asomaban sus cabezas por entre los árboles del bosque contemplando en suspenso la nunca vista escena. Piteó la máquina, y con jadear de bestia embravecida, haciendo crujir el engranaje de sus ruedas, trepidante y soberbia, fuése acer- cando a Don Quijote con majestuosa arrogancia.—“¡Detente, animal feroz, infame vestiglo!—gritó el gallardo manchego—, que luego al punto, como el caballero San Jorge, habré de poner el pié en tu orgullosa cerviz! ¡ Oh, tú, Señora Dulcinea del Toboso, acorre a tu caballero en este riguroso encuentro y jamás vista aventura!”. Así diciendo, clavó las espuelas a Rocinante y fuese sobre el monstruo con heroica valentía y temerario arrojo. CAPITULO XXII QUE TRATA DEL FIN Y REMATE DE LA POR MIL TITULOS FAMOSA AVENTURA DEL DESENCANTAMENTO DEL REINO DE QUIVIRA. Bien instruido y harto discreto y experimentado era el maquinista para gobernar la locomotora procurando infundir miedo a Don Quijote pero sin ocasionarle ni el menor daño; de tal modo que, luego que vio que el audaz caballero acometía con tanta bravura, dio lo que ellos llaman máquina atrás o fuerza contraria y retrocedió precipitadamente: lo cual, visto por don Quijote, lo hizo prorrumpir en denuestos contra la cobardía y ruindad de encantadores y vestiglos; mas el maquinista, avisado y oportuno, detuvo su máquina, y como si respondiese al reto de Don Quijote, cuidando siempre de guardar las distancias, volvió a brizarla echando vapor por ambos costados, atronando el aire con el pito y haciéndola resoplar de tal modo que, cualquiera que no fuese nuestro bravo manchego, había de retroceder espantado. Comenzó en este punto el juego y la simulación de mayor interés y atractivo que jamás pudo verse: iba y venía la locomotora arrastrando el convoy de sus numerosos carros como una culebra temerosa y gigantesca; embestía don Quijote vomitando injurias y sin poder darle alcance; se acrecentaba la porfía por momentos; más en tan peligrosa simulación, arrebatado el batallador hidalgo, logró también arrebatar a Rocinante, lo abrió a la carrera, y antes de que el maquinista tuviese tiempo de retroceder, fué el desaforado Don Quijote a estrellarse con la lanza tratando de clavarla en el ojo de cristal de la feroz locomotora. Tan violento fué el choque que rodaron por tierra caballo y caballero, voló la lanza hecha pedazos, detúvose el tren, estalló un grito de los que en él venían y de los que contemplaban la escena desde la espesura del bosque; pero el de la Triste Figura, airado y jadeante, se levanta de un salto, y aunque cojea y tiene el rostro ensangrentado y lleno de rasguños y contusiones, sube de nuevo a Rocinante, a falta de lanza, echa mano a la espada, se va sobre el vestiglo y se abre a cintarazos contra los flancos de la locomotora que empieza a retroceder como vencida o amedrentada, en tanto que del bosque, de la caseta del maquinista, del ténder y de los vagones, una salva de aplausos y de ¡hurras! saluda a Don Quijote y lo proclama vencedor en la famosa y jamás vista aventura. No habrían tenido fin los golpes con que Don Quijote castigaba a la máquina, según era su desaforado empuje, si es que a la sazón no descendiese del tren un grande y noble cortejo de caballeros y de damas. Iban delante hasta seis heraldos con relucientes trompetas, los cuales se adelantaron a saludar a Don Quijote dando grandes voces y diciendo:—“¡Vencido está el vestiglo! ¡Desencantado está el Reino! ¡Honra y prez al Señor Don Quijote de la Mancha, desencantador de Quivira y Yan- quilandia!” Asombrado quedó Don Quijote al oír estas voces y más cuando vio la comitiva que detrás de los heraldos venía; y cesando en los cintarazos, con la espada en alto y arrogante el ademán, no sabía qué partido tomar, cuando dos de los heraldos, cogiendo por las bridas a Rocinante, a guisa de palafreneros, exclamaron de esta manera:—“Permita la vuesa excelsitud que conduzcamos su noble bridón hasta la presencia de Su Majestad el Rey de Quivira, Emperador de Yanquilandia y Señor de los Estados Unidos y sus dominios en las Américas.”—Perturbado con la singular escena y sin darse cuenta cabal de lo que le pasaba, dejóse conducir Don Quijote, en tanto que los de la comitiva se abrían en ala rindiéndole homenaje como en ceremonia de recibimiento de legados y embajadores. Al último de la calle que formaban los caballeros y las damas, subido sobre una especie de trono portátil y rodeado de esclavos negros que le hacían sombra con grandes abanicos de vistosas plumas, estaba el llamado Rey y Emperador, el cual era el propio Tío Samuel algo disfrazado, pues para no descubrirse ante Don Quijote, se hizo afeitar la pera y se encasquetó una peluca muy poblada de cabello entrecano. Vestía Su Majestad un sayo de color de escarlata, calzas de terciopelo tornasolado, medias de seda con bordadura de oro y zapatillas de lo mismo; todo el traje muy vistoso y tachonado de lentejuelas y de preciosas piedras. Ostentaba, asimismo, una rica corona encasquetada en la testa a guise de birrete que lo traía tieso y envarado; tenían cogido con la diestra una especie de cetro muy semejante a las varillas que usan los domadores de circo, y como complemento de las rales insignias y vestiduras, se honraba, nuestro buen Tío con un manto de escarlata salpicado de tantas estrellas como estados hay en sus dominios; con todo lo cual y sin poder disimulallo, sentíase gozoso de disfrazar de aristocracia su persona y sus principios de demócrata empedernido. Llegado que fué Don Quijote a la presencia del llamado Rey y Emperador, túvole el estribo uno de los que hacían de palafreneros, y entonces el hidalgo, repuesto de su asombro y muy al cabo en cosas de ceremonia y cortesía, envainó la tizona, bajó de Rocinante y con decoro y gentileza se hincó de rodillas delante de la fingida Majestad. No permitió el Monarca que tal hiciese Don Quijote y le dijo:—“No a mis pies, sino en mis brazos, señor caballero, es donde debe estar vuestra grandeza y valentía en esta hora de felice recordación en que habedeis ahuyentado a los demonios, dispersado los ejércitos, vencido al vestiglo y desencantado mi persona, las de mis vasallos y mi reino. Cumplidos se ven en este punto y hora los anuncios de las pitonisas y de los oráculos y hé aquí como tendrá de hoy más el Caballero de la Triste Figura la empresa y los blasones de Príncipe y Paladín de Yanquilandia.”— “Gracias sean dadas al cielo y no a mí—dijo Don Quijote recibiendo con respetuoso acatamiento el brazo del Tío Samuel—, que no fué mía la hazaña sino de quien gobierna los mundos y pone en el corazón de los mortales un destello de su divina justicia.” La novedad con mezcla de burla con que todos los presentes asistían a la escena, trocóse en algo de emoción al oír las palabras de Don Quijote y más viendo a nuestro hidalgo tan lacerado y maltrecho, pues lo acongojaba el sudor, le sangraba el rostro y apenas podía tenerse en pié según lo había dejado la caída de contuso y derrengado. Una de las damas, condolida y pronta, acercósele, y luego de pedirle permiso, le enjugó el rostro con un perfumado pañuelo de batista, y estaban todos en silencio, cuando Sancho, volviendo en sí después del miedo que había pasado, se dió cuenta de que su amo había salido vencedor en la pelea y de que le rendía homenaje, y sin esperar más, fué donde el pollino se estaba quieto, apretó la sincha, montó con garbo y picando al rucio, se entró por el medio de la calle que formaban damas y caballeros. Así que llegó donde su amo estaba, bajóse del burro y fué a postrarse a los pies del supuesto Rey. Mortificóse en extremo Don Quijote con la impertinencia de su escudero, pero se mordió los labios y sólo acertó a decirle:—“¡Retírate, Sancho, que no es de escuderos presentarse ante Su Majestad!”—“Me retiraré—contestó el mozo sin levantarse—, pero no veo ningún agravio en postrarme ante este Señor Rey que algo se parece a quien yo me sé, y más cuando acabamos de dar fin a una tan alta aventura y hemos desencantado todo un reino, a punto que habría que preguntar quién debe a quién.”— “¡Calla, descomulgado, y no me afrentes”—dijole Don Quijote por lo bajo; pero el Tío Samuel gozosísimo de oír al escudero, habló de esta manera:—“Deje vuesa merced, Señor Don Quijote, que el noble Sancho tome parte en el regocijo general; fuera de que tiene sobrada razón, pues somos yo y mi reino los que estamos obligados a reverenciar no solamente al amo, sí que también al mozo, pues es buena la parte que ha tomado en la empresa.”—“Así es la verdad, Señor Rey de Mentira, quiero decir de Quivira—dijo Sancho sin acortarse—, pues aunque no me ha cabido mucho en la pelea, no me ha tocado poco en el susto, fuera de que no hubieron escuderos con quienes combatir, que si los hubiesen, esté seguro Vuesa Majestad que hubiera dado buena cuenta de ellos; y por lo que hace a este dragón feroz y nunca visto, que, sea dicho de paso, todavía me parece que no ha entregado el alma, no sé de ningún libro de caballería que digo que los cristianos se las avengan con los brutos.” Soltó en esto el silbato la locomotora, y Sancho, espantado, pegóse al Tío Samuel y le dijo:—“¿Vé Vuestra Majestad como está vivo todavía este vestiglo?”—“Sí, vivo está—dijo el Tío Samuel—, pero domesticado y vencido, que, según dijeron los oráculos, tan pronto como el Señor Don Quijote lo domeñase (y ya está domeñado), en vez de ser nocivo y peligroso, serviría este endriago como el más noble y manso animal de tiro y aun de carga”.— “Podrá ser así como dijeron los oráculos—dijo Sancho todavía medroso—; pero tenga cuenta Vuestra Majestad que el que malas mañas tiene, tarde o nunca las olvida, y genio y figura hasta la sepultura, y la zorra mudará los dientes más no las mientes”. Riéronse todos de los refranes de Sancho y dijo Don Quijote:— “Perdone Vuestra Majestad las simplicidades de este mozo que tanto me afrentan; y tú, Sancho, vé a unirte con la servidumbre que es con la que debes andar.”—“Nunca consintiera tal cosa— replicó el Tío Samuel—, que grande es mi gratitud para el escudero por la parte que ha tomado en la empresa de ser yo y mi reino desencantados, y para salvar los escrúpulos del Señor Don Quijote y recompenzar al mozo, dé hoy más el buen Sancho Panza no será escudero sino caballero, que como a tal lo diputo y proclamo, dándole asiento en mi corte y más de una ínsula y de un condado para su manejo y gobierno”.—“¡Albricias!”—exclamó Sancho, y volviéndose a su amo, le dijo:—“Véa vuesa merced qué liberal y campechano es nuestro Rey; pero a buen seguro que no le ha de pesar la merced y donativo con que me honra, según la cuenta y razón que he de darle muy al pormenor del gobierno de las ínsulas y tierra firme qué, si mal no he oído, también se me concede, aunque no se han mencionado tales territorios de los que gustaría saber el nombre y las señas para apuntarlos en la memoria y que no se me escapasen.”—“No ós importe lo del nombre—contestó el Tío Samuel—, pues como habéis de elegir entre muchos, ya se verá el o los que más os cuadren; pero basta con que sepáis que soy dueño y padre de medio continente y guardador y padrastro del otro medio y que me sobran estados y tierras para haceros la merced prometida”— “Pues si se me da a elegir—dijo Sancho—, prefiero entrar a la primera mitad, que en la segunda habrán hijastros que son siempre levantiscos y desgobernados.” Sudaba Don Quijote oyendo a su escudero y le dijo:—“Besa la mano de Su Sacra Real Majestad en señal de agradecimiento y muérdete la lengua para no decir más desatinos.”—“En lo de besarle la mano—contestó Sancho—, lo haré con mucho gusto, pero en lo de morderar la lengua, basta con que me calle, aunque, a mi ver, justo y muy justo es que abunde en expresiones de agradecimiento cuando se me hace tanta merced, pues lo que el corazón siente a la boca sale, que cada cual eructa de lo que come y al agradecido más de lo pedido.” Iba a seguir Sancho ensartando refranes, cuando Don Quijote sin poder contenerse, clavóle la mirada con tal indignación e hízole un gesto tan expresivo, que el escudero vió que la cosa podía pasar a mayores, y diciendo para su sayo: a boca cerrada no entra mosca, se hizo el prudente y se quedó callado muy a pesar del Tío Samuel y de su corte que recibían el mayor contento oyendo sus donaires. Con esto y haciendo seña a los presentes para que guardaran compostura, pues a punto estaban de soltar el trapo a reir y desbaratar la farsa de corte y de Rey, dijo el Tío Samuel a Don Quijote:—“Sabrá vuesa merced que, como antes dije, los oráculos y las pitonisas que anunciaron este excelso día de vuestro triunfo y victoria y del desencanto de mi reino, anunciaron ansimismo que, vencido el endriago, éste serviría como una bestia dócil y humillada para transportar a su vencedor y a todos los que con él fuesen; de modo y manera que de animal fabuloso, vendría a trocarse en una bestia mansa pero de extraordinario empuje que iría por los campos, cruzaría los ríos, subiría y bajaría los cerros y aun rompería sus profundidades, que así la fuerza mal inclinada y dañosa se trueca en beneficio cuando la hidalguía y la razón la domeñan y conducen. Las entrañas, pues, de aquesta fiera, al parecer tan temerosa y brava, vense convertidas, merced a lo que antes dije, en lujosos aposentos, entrando en los cuales y soltando el vigoroso freno del antiguo vestiglo, habrá éste de llevarnos hasta la Capital de mis Estados, como muy al detalle lo anunciaron las pitonisas; viniendo a ser comodidad y holgura lo que antes fué peligro y sobresalto.” Maravillado estaba Don Quijote con lo que decía el Tío Samuel y dijo de esta manera:—“Grandes e inauditas cosas ven los que siguen la Orden de la Andante Caballería, pues según lo que Vuestra Majestad dice, es arte de encantamento la transformación y mudanza de este vestiglo y debe de haber de por medio algún sabio o nigromante para que haga tales prodigios que no tocan ni pertenecen al común de los humanos”.—“Muy bien dice vuesa merced—contestó el Tío Samuel—y el sabio a quien se debe tal milagro y maravilla, es, a no dudarlo, el que a vuesa merced proteje y apadrina; y nada de extrañar tiene tal cosa, pues como bien sabe mi Señor Don Quijote, los ya dichos sabios y encantadores, así como trasladan a sus protejidos a grandes distancias sobre nubes de fuego, igualmente los llevan y conducen en endriagos o vestiglos trocados al parecer en maquinarias y aposentos, trasladándolos por arte de magia de pueblo en pueblo, de collado en collado y de monte en monte.” Convino Don Quijote con una inclinación de cabeza en lo que decía el Tío Samuel; y Sancho, volviendo a terciar en la conversación, dijo: —“Mucha verdad será lo que dice el Rey y confirma mi amo, pero hombre precavido vale por dos y la previsión es madre de la buenaventura y en resolución, yo prefiero mi rucio a todos los endriagos y vestiglos que hayan en el mundo, así estén de domesticados y apacibles como corderillos, que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, y yo me iré detrás del endriago de Vuestra Majestad, montado en mi rucio, tan campante y tan satisfecho que no haya más que pedir”.—“No hará tal el valeroso Sancho—dijo el Tío Samuel—, y luego de vernos embarcados, subirá gustoso para hacer con nosotros este viaje de triunfo.” Dichas estas razones, tendió el Tío Samuel la mano a Don Quijote, presentóle éste la diestra con gentil acatamiento, y dándose aires de Majestad el Tío de nuestra historia y algo rengo Don Quijote, entrambos subieron al balcón de un lujoso carruaje de los que llaman pullman y atravesaron la portezuela con muchos comedimientos y cortesías, sin que nuestro hidalgo no nada se asombrase de la singular transformación y mudanza del endriago. Cuando Sancho vio que todos se entraban y que iba a quedarse sólo, dijo en sus adentros: “Al país que fueres haz lo que vieres” y haciendo de tripas corazón, subió también y a medias amoscado, fué a ponerse al lado de su amo y sin cuidarse de las muchas felicitaciones y cumplidos que le hacían todos los presentes por su resolución y osadía. A poco momento piteó la locomotora, lanzó al aire el revuelto penacho de su cabellera, y como vestiglo prodigioso o leviatán de tierra firme, con el ir y venir de la musculatura de sus émbolos, el vigoroso resoplar de sus negros pulmones y el crujir de sus aceradas coyunturas, partió el tren con la majestad de una fiera descomunal y soberbia. De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargado de la edición: Daniel Carrillo-Jara