MORBUS AUREUS ¡Valiente paliza me has atizado como despedida!, —exclamó Gabriel Pineda, dejando el taco y dando por terminada la partida de billar. —No me expongo a la repetición, me largo. —Espera, hombre, charlaremos un rato; mira que sabe Dios hasta cuándo no volveremos a hacerlo, —le contestó, obligándole a sentarse, su amigo Borja, Borjita, como le llamaban cariñosamente las niñas elegantes y los pollos gomosos que frecuentaban su trato. —Me quedaría de mil amores, chico, pero... —¿Se va usted porque yo llego?, —preguntó, entrando en la habitación, el mayor de los Borjas. Gabriel protestó calurosamente de tal suposición. Va desde antes tenía él, por cierto, muy pocas ga nas de marcharse; pero ahora, con la venida de Jaime, desaparecían por completo, y robaba gustosísimo media hora a sus preparativos de viaje para pasarla con los dos hermanos. Nadie hubiera dicho que lo fueran; tan notable contraste formaba Jaime, ya muy próximo a la cuarentena, de estatura mediana, musculatura recia. acentuadas facciones, dentadura blanca y fuerte de perro de presa y mandíbulas enérgicamente acusadas bajo la tez sanguínea, rasurada a diario, con Alfredo, delgado, esbelto, interesante sin ser hermoso, por la gentileza de sus cinco lustros y la perfecta distinción de su apostura, diametralmente opuestas a la viril rudeza del primogénito, apenas suavizada por sus hábitos de hombre de mundo. Observando atentamente, se hubiera podido hallar la semejanza fraternal entre ambos en la fría expresión de pupilas grises, que se matizaban de intensidad dominadora en Jaime y de indiferencia desdeñosa en el menor. Eran las cinco. Un criado llevó el té. Jaime, depositando dos terrones en el fondo de la taza chata de frágil porcelana, preguntó: —¿Cuándo es su viaje, Gabriel? —Mañana, —se apresuró a contestar Alfredo. — Mañana lleva a la práctica este infeliz el disparatado proyecto que hace tiempo acaricia, y dentro de tres o cuatro días, instalado en la hacienda ganadera, allá en la frígida puna (i), rodeado de llamas, vicuñas, vizcachas, indios y otros bichos, se entregará con alma y vida a la deliciosa tarea de salvajizarse. No le costará mucho trabajo. —Gracias, —replicó riendo el aludido. —Pero dime, Borjita de mis entretelas, ¿por qué te empeñas en exponer mi decisión como el capricho de un chiflado al que le da la ventolera de alejarse del mundo y de sus pompas vanas? ¿No conoces perfectamente las graves razones?... —Sí, hombre, sí; que estás rabiando por casarte, que con el sueldo que ganas en el ministerio no te atreves a pasar el Rubicón y que alzas el vuelo hasta las elevadas serranías porque allí has encontrado ocupación lucrativa. ¡Como si con un poco de buena voluntad no la hubieras hallado aquí, en Lima, sin necesidad de desterrarte! El mismo Jaime te habría ayudado, proporcionado ocasión de negocios brillantes, te habría impulsado. ¿Verdad, tú? —Ya lo creo, —contestó con más cortesía que entusiasmo el interpelado. —Obligadísimo, —respondió Pineda. —Desgraciadamente no sirvo para actuar en ese terreno quebrado y peligroso de las especulaciones bursátiles y las grandes empresas financieras, en el que usted se mueve con tanto desembarazo y facilidad. Yo tropezaría al primer obstáculo. (i) Puna. La más elevada altiplanicie de los Andes. —¡Bah!, —exclamó Alfredo. —Ya sabrías agarrarte. —¿Me ves, acaso, la garra poderosa de tu hermano? —Tampoco veo en tus manos las callosidades del trabajador rudo. —Note apures, las tendrán; ésas se forman; con garras se nace. —Manos acostumbradas a la suave presión del guante y a manejar por toda labor la pluma del oficinista, no sabrán manejar la pala del agricultor ni el látigo del arriero. Es muy arduo el milagro para el pobrecillo Cupido. —Realmente, amigo mío, —intervino con tono protector el mayor de los Borjas, —los razonamientos de Alfredo no son simples argumentos de mundano, habituado al goce y al regalo; están llenos de sentido práctico; él, que lo conoce a usted desde la niñez, que sabe sus gustos, sus aptitudes, sus tendencias, puede apreciar con claridad el doloroso esfuerzo que significa para usted este cambio en el que tal vez no pueda perseverar. — Lo he meditado mucho, señor, —respondíó con tranquila firmeza Gabriel; —he visto el pro y el contra del asunto, lo he estudiado detenidamente, me he estudiado a mí mismo con mayor detenimiento aún y he tomado una resolución de la que no me arrepentiré. No son sólo causas sentimenta les las que la motivan; quizás ellas no han hecho sino irradiar su luz sobre mis anhelos ocultos e imprecisos. Desde niño me ha gustado la libre existencia campesina, la comunión con la Naturaleza; cuando me hacía la vaca (i) en el colegio era para escaparme a las huertas, a los cerros, a las chácaras vecinas a la ciudad; nunca (Alfredo lo recordará) para vagabundear por las calles, fastidiando con diabluras a los transeúntes, como la mayoría de mis condiscípulos: mis víctimas eran los árboles y los pájaros. El doble influjo de la educación y del medio desvió mis inclinaciones. Mi padre había sido un abogado de nota que llegó a los más altos puestos de la magistratura; mi madre, ¡pobrecilla!, imaginándose que yo, fatalmente, poseía las altas dotes paternales, me encaminó a la Universidad, y yo, creyendo igual cosa en mi ingenua inmodestia, la complacía sin vacilar. Los amigos, la alegría moceril, la vanidosa novelería de verme universitario me hicieron tolerable el primer año de estudio; a la mitad del segundo mandé a paseo los enfadosos textos y no volvieron a verme el pelo en la Facultad. Mamá se consoló del desengaño guiando por la misma vía al segundo de nosotros, y poniendo en juego sus relaciones para conseguirme un destinito en la Administración pública, sistema indicadísimo para todo hijo de familia que no quiera seguir (i) Hacerse la vaca. Lo mismo que hacer novillos. carrera profesional. Tuve la suerte de entrar en la sección de Agricultura del ministerio de Fomento, y allí, aunque no he hecho gran cosa, por no discrepar de mis compañeros, he cultivado algo mis verdaderas aficiones y he ido ascendiendo, pero sé que de continuar allí, nunca podré llegar muy arriba. Al cumplir los veintisiete años me he detenido a considerar el camino recorrido; mirando hacia delante, en la misma dirección, lo he encontrado estrecho y trillado; ¡pues a variar de rumbo, hollando cardos y ortigas, aunque me ensangriente las plantas! Soy joven, estoy sano, un sentimiento dulce y potente me ha hecho ver claro en mí y me impone deberes carísimos; para cumplirlos sólo necesito romper las ligaduras de prejuicios rutinarios y abrirme a pulso mi propio sendero. Eso es todo. —En plata y sin lirismos, —interrumpió Alfredo de mal talante, — que dejas el ministerio, donde llegarías a los primeros puestos, porque te ofrecen un sueldo un poquito mayor que el que aquí ganas —Aunque fuera la mitad, sería el doble. —Paradójico estás. —Claro y preciso, sobre todo para ti, que sabes que ambos tenemos análogos compromisos sociales, aunque tú puedes gastarte tranquilamente en cualquier capricho baratito lo que yo gano en un mes. Y por cierto que la necesidad de libertarme de esta existencia de mentira dorada y equilibrio instable es uno de los más serios motivos de mi decisión. Además, no voy atenido sólo a la renta; e1 directorio me da autorización y facilidades para trabajar por mi cuenta. —¿Y cuando regreses, a casarte? —Dentro de un año. —¡Cándido palomo! ¿Te imaginas que, ni aun tirándote a matar, reunirías en tan corto tiempo lo necesario para vivir aquí con independencia? —Hombre, no me he caído de un nido; al cumplirse este plazo, vengo con licencia por quince días y regreso acompañado. —¡Vaya! ¡Respiro! Ya oí la última barbaridad del día; después de ésta, cualquiera gedeonada me parecerá una sentencia luminosa. ¿Es decir que, con ensañamiento y alevosía, perpetrarás la trasplantación de esa rosa de los templados cármenes limeños a la serranía abrupta? ¿Y ella se resigna? —No se resigna, lo desea, —contestó Gabriel, sin alterarse por las burlas de su amigo, y agregó, disimulando la emoción de orgullosa ternura con el gesto vulgar de alisarse el bigote negro y recortado: —¡Tú no sabes lo que es Carmen Rosa! Un fulgor maligno aclaró las pupilas grises de Alfredo. Estuvo a punto de contestar: —Descuídate y verás si lo sé, —pero se contentó con exclamar, levantando los brazos con ademán teatral: — ¡Oh, musa bucólica y patriarcal del buen don Antonio de Trueba! Perdóname si te creí completamente démodée. Aún hay en el siglo xx quien cante contigo: Una heredad en el bosque, una casa en la heredad, y en la casa pan y amor. ¡Jesús, qué felicidad! —En el siglo xx, —dijo risueño el futuro agricultor, —somos como la chiquilla del cuento, que al rezar el Padre Nuestro pedía a Dios que se lo diera bien untado de mantequilla. Quedáronse los tres silenciosos y meditabundos un rato. Luego murmuró Pineda, como hablando consigo mismo: —¡Hay que luchar! —Esa es la fija, —exclamó Jaime con energía. —Hay que luchar, sin escoger armas, sin reparar en medios, sin temores ni escrúpulos, como esos audaces aventureros conquistadores de América que sabían apoderarse del botín dondequiera que estuviese. —¡Como si el botín mereciera tanto esfuerzo, —opinó desdeñosamente Alfredo! —Te parece porque siempre lo has tenido a tu alcance, pero el día en que estuviera lejano... —No me molestaría en correr tras él. —¿Vivirías del aire como los camaleones? — Tranquilamente tomaría pasaje para la tierra de donde no se vuelve. —Pues yo, dijo Gabriel, poniéndose de pie, —me marcho a una de donde espero regresar pronto. Amigo Jaime, no olvide que por allí me tiene, como siempre, a sus órdenes. —Gracias, querido, y buena suerte. —Gabrielillo, —dijo el joven Borja, saliendo del brazo de su camarada. —No te acompaño porque tengo a las seis y media un torneo de bridge, pero mañana llegaré a la estación a darte un abrazo. —Dámelo ahora; el tren parte a las siete, cuando estás en tu primer sueño, —contestó Gabriel, sintiendo, al despedirse de su amigo, esa mezcla de desgarramiento e inquietud que angustia aun a los espíritus más resueltos en el momento de abandonar el camino conocido por el misterio de la nueva senda. Cuando Alfredo regresaba a sus habitaciones se cruzó con Jaime, que lo detuvo para decirle: —¿Sabes que ese muchacho, pese a sus pujos de hombre de acción, no pasa de ser un soñador? — |Un iluso!, — respondió el joven sin pararse, y ya en la alcoba, mientras oprimía el timbre para llamar a su ayuda de cámara, añadió para su coleto: —¡Mentecato! ¡Imaginarse que una mujer como Carmen Rosa ha nacido para anacoreta! ¡Y cuidado que está bonita la condenada! Eran los Borja hijos de aquel banquero español don Diego Borja que vino al Perú en 1869 ó 70, cuando la progresista administración del coronel Balta trajo al país tantos capitales extranjeros. La fiebre de negociar que se desarrolló entonces no dejaba vagar para inquirir minuciosamente los antecedentes del recién llegado. De D. Diego se sabía que había viajado mucho y ocupado siempre en negocios por los datos que solía dar incidentalmente: —De muchacho trabajando en el Banco de Barcelona... Una vez en el Credit Industriel de Burdeos... Cuando fundé en México las Cajas de Ahorros para obreros... —Si alguien, deseoso de adquirir más detalles, aventuraba alguna preguntilla, tenía don Diego tal manera de contestar lacónicamente y de clavar en el preguntón la mirada fría y dura de sus ojillos claros, que le quitaba toda gana de reincidir. Además, ¿quién iba a meterse en averiguaciones inquisitoriales del pasado de un hombre que llevaba vida de príncipe, que poseía el don del éxito en cuanto emprendía y que tenía el bolsillo abierto para pedigüeños de toda calaña? La verdad es que empeñarse en conocer historias pretéritas de quien tan magnífico presente ostentaba, hubiera sido vana tarea. A poco de establecido en Lima, casóse don Diego con mujer joven, bella, de modesta condición, apocado carácter y salud quebradiza, razón por la cual tal vez la mayor parte de su numerosa prole no llegó a ver la luz del día o murió en edad muy temprana. Al cumplir los tres lustros de matrimonio falleció la dama, dejando huérfanos de sus amorosos cuidados a Alfredo recién nacido, al primogénito Jaime y a una niña de doce años, a la cual colocó su padre como alumna interna en el más aristocrático colegio de religiosas de la ciudad. La chiquilla, nostálgica del santo regazo maternal, apegóse a las monjas, afables y mimosas, a las costumbres conventuales y a las prácticas piadosas. En los meses de vacaciones añoraba el viejo caserón monacal, la blanca capillita acogedora, el jardín rumoroso encuadrado por la marmórea arquería de los claustros severos, los claros salones de clases, las compañeras risueñas y parlanchinas, las Madres modosas y solícitas, la vida metódica y grata del colegio, donde se encontraba más en su centro que en la suntuosa morada del banquero, siempre alborotada de visitantes interesados, por el ajetreo de los criados picaros e insolentes bajo apariencias respetuosas, por el bullicio de los chicos, brusco y revoltoso el mayor, engreído, exigente y caprichoso Alfredito, y por la atareada y febril existencia del padre, más pródigo de obsequios que de caricias con la niña. Cuando terminó ésta sus estudios, manifestó el deseo de no salir del convento; negóse D. Diego y la llevó consigo, esperando que las fiestas y halagos mundanos quebrantarían la resolución de su hija; no sucedió así, y al cabo de algún tiempo hubo el padre de consentirle que regresara a su querido monasterio; a poco la mandaron a hacer el novicia- do en Francia, allí profesó y no regresó a la tierra natal. Puede decirse, pues, que desde la muerte de su esposa los afectos familiares de Borja se concentraron en los dos herederos varones. Observaba con orgullosa complacencia cómo se acentuaban en Jaime, cada día con mayor precisión, las características de su misma personalidad: la ambición audaz y sin escrúpulos, la voluntad tesonera, la apreciación fría y exacta de los hombres y de las cosas, el fuerte y batallador egoísmo que le habían llevado a él hasta las áureas cumbres después de ruda lucha y, como todos los padres optimistas, antojábasele ver en su primogénito el espejo favorecedor que reproducía, mejorándola, su propia imagen. Al pequeño, bonito y delicado como una flor de estufa, mirábalo su progenitor como a un ídolo precioso para el que todos los cuidados y refinamientos eran pocos. Parecíale imposible que del noi desarrapado de San Felíu de Llobregat y de la humilde muchacha a quien la vanidad ingenua de sus vecinos de arrabal bautizara con el apodo pomposo y cursi de la perla de Malambo, pudiera descender aquel aristocrático chiquillo, que, con sus vestidos de terciopelo, sus cuellos de encaje, su blonda melena, su carita pálida de óvalo prolongado y su cuerpecillo esbelto y frágil, parecía uno de estos infantitos de la casa de Austria, desdeñosos y tristes, cuya gracia enfermiza ha inmortalizado el pincel maravilloso de Velázquez. Fué, por lo tanto, el niño el rey de su casa y criado como si hubiera de llegar a serlo, y no de esos pobres monarcas constitucionales de ahora obligados a conocer el espíritu y la letra de las leyes, sino de aquellos por derecho divino del buen tiempo viejo, obedientes sólo a la norma de su que ser soberano. Cuando terminó Alfredo la instrucción secun daria (en la que, por cierto, empleó más tiempo del ordinario, a causa de enfermedades cuidadas con exceso y de convalecencias mañosamente prolongadas), Jaime, jefe de la familia y de los negocios desde la muerte de su padre, ocurrida dos años antes, lo envió a un colegio de Londres por otros dos. Cumplidos éstos, empleó el joven algunos meses en viajar por el Continente, y, antes de regresar al terruño, pasó otro añito en Inglaterra, de cuyas leyes, costumbres y sistema educativo se declaraba entusiasta admirador y adepto ferviente. Sin embargo, sus malquerientes decían que de los correctos hijos de Albión no había aprendido la severa probidad en hechos y dichos, ni el self control, dominador de pasiones, sino a perfilarse con exceso, a sonreír desdeñosamente de todo lo nacional y a aburrirse como un lord con la monotonía de la vida limeña, y agregaban a guisa de comentario piadoso, que ya se aburriría algo menos si trabajara un poquito. Alguna intención de hacerlo tuvo el mancebo recién llegado de Europa, y así se lo manifestó en una ocasión, con cierta solemnidad, a su hermano: —Déjate de chiquilladas, —contestó éste sonriendo. —¿Trabajar tú? ¿Cómo? ¿De la misma manera agitada que yo, con la cabeza llena de guarismos, de cálculos, de especulaciones, siempre organizando y dirigiendo? No has nacido para eso. ¿Como empleado subalterno, pasándote seis o siete horas diarias ante una Underwood o un libro de caja, para ganarte unos realejos que no te alcanzarían ni para corbatas? No vale la pena ni lo soportarías. Tu labor útil, tu papel en nuestra razón social, es el de dar aire al dinero, hacer ver a todos, a los que lo creen y a los que lo dudan, que la firma Borja y Compañía prospera y sube cada día más. —¿Es decir, —arguyó el joven con cierto despecho, —que me reservas papel idéntico al de Sofía? — Con la diferencia de que tú lo desempeñarás mejor porque tienes más chic que mi mujer. Si esto no te basta, puedes distraerte con esparcimientos artísticos. Tienes una agradable voz de tenor: lúcela en los salones y conciertos benéficos, y verás cómo más de cuatro aseguran por ahí que si te dedicaras a la escena, ¡pobrecito Caruso! O también... ¡Hombre, ahora se lleva mucho eso de la literatura entre nuestra juventud dorada! ¿Por qué no publicas Sonetos cincelados, como titula modestamente a los suyos el bizco Peribáñez, o Psicologías galantes, como las de Ramiro Montero de los Reyes? Documentos humanos no habían de faltarte. Pensó el muchacho que no debía echar en saco roto la insinuación. Ciertamente, con su conocimiento (más superficial, a decir verdad, de lo que él creía) de la lengua y de la literatura inglesas, podía destacarse entre los escritores jóvenes, tributarios, en su mayoría, de los autores franceses, por la nota original y fuerte del humor británico. ¿Qué necesitaba para ello? Refrescar lecturas, ordenar ideas, escoger un tema al gusto del día y, terminado ese trabajo preparatorio, vestir la armazón con las galas de una fraseología elegante y coloreada. ¡Facilísimo! Como el sencillo consejo de D. Ricardo Palma para hacer versos: Forme usted líneas de medida iguales y luego en fila las coloca juntas, poniendo consonantes en las puntas. — ¿Y en el medio? — ¿En el medio? ¡Ese es el cuento! Hay que poner talento. Emprendió Alfredo la tarea que tan hacedera se le antojaba a su dilettantismo artístico, pero su instinto crítico le dejó ver pronto que el resultado no correspondía a los esfuerzos, ¡y no porque él careciese de lo que se debe poner en el medio de los versos, no! ¿Iba él a tener menos de eso que el bizco Peribáñez o que Ramiro Montero de los Reyes? ¡Disparate! La causa había que buscarla en el cosmopolitismo de su cultura, en el dominio de idiomas extranjeros, cuyos giros y modalidades se interponían como una obsesión entre su pensamiento y su pluma, reacia a dar forma limpia y precisa a lo que en las vaguedades de la mente parecía tan acabado, tan redondo, tan completo. Sinceramente convencido del mérito del artífice, culpó el mancebo del fracaso a las dificultades del instrumento. ¡Oh, empecatada lengua castellana! ¡Quién tuviera la mano vencedora de rebeldías, limadora de asperezas, robusta y hábil, capaz de hacerle surgir, de las calladas luchas cerebrales, en todo el esplendor triunfal de tu magnificencia!: alta como la cumbre, profunda como el abismo, rica como el oro, noble y flexible como el acero, sonora y fuerte como el bronce: Pura y transparente como aquella agua en que las reinas moras refrescaban sus carnes pecadoras (i). Comprendió Alfredo a tiempo que no era él quién para labor tamaña, y en un rapto de mal humor: —¡Que escriba el Nuncio!, —dijo, y echó a volar por los aires las destrozadas cuartillas. La indicación fraternal sobre el cultivo de la música nunca pensó seguirla el joven. No era bastante filarmónico para animarse a hacer la figura, que a él se le antojaba desairada y ridícula, del caballero que, muy peripuesto de frac y alba pechera, (i) Chocano: Ofrenda a España. avanza hasta las candilejas de un proscenio o se estaciona en un salón, junto al piano reluciente, y, con los ojos fijos en el papel pautado, echa por esa boca, entre gorgoritos y fiorituras, amores y addios. Luego, la tal musiquilla también obliga a estudios, ¡qué demonio!, y no necesitaba Borjita tomarse esa molestia para obtener éxitos sociales. Teníanlo éstos satisfecho y gozoso en los primeros tiempos de su regreso a Lima, pues, aunque ya los había disfrutado en su vida de turista rico, resultaban más halagüeños para su vanidad los alcanzados en su propio medio, donde se le consideraba como uno de los mejores elementos de los círculos elegantes y desocupados, y no como a uno de tantos viajeros, aves de paso que apenas dejan recuerdo efímero. En bailes, garden-parties, torneos de tennis y demás fiestas, donde era Alfredo el convidado indispensable, lo recibía el elemento juvenil con regocijadas manifestaciones de bienvenida: —¡Por fin, Borjita! ¡Cuánto se hace usted esperar! —Ya creíamos que nos iba usted a dejar plantadas, — decían a coro frescas voces femeninas; e interrumpiendo las galantes protestas del feliz recién llegado, algún amigo murmuraba con indiscreta oficiosidad: —Con todas esas disculpas por la tardanza y esas amabilidades y esas promesas, si te hacíamos alguna invitación para mañana no te veíamos el pelo ¡Facilito que faltaras al beneficio de la Battistini! Comentarios entre irónicos y escandalizados de las muchachas y negativas de Alfredo, aparentemente indignado contra el parlanchín, que repetía aduladoramente: —¡Temible este Borjita! Se aficiona a todas Desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. La afirmación encerraba sólo una verdad relativa en realidad, Alfredo se dedicaba tanto a los flirteos por lo fino como a las conquistas llamativas y costosas, pero sin intensidad emotiva, sin pasión, de la misma manera que bailaba, cantaba o jugaba al bridge, por pasar el tiempo, es decir, por pasar la vida, que, en el fondo, iba encontrando terrible mente monótona y aburrida. No era un depravado para encenagarse en los placeres fáciles, ni lo suficientemente frívolo para no sentirse hastiado de la trivialidad social; pero su temperamento muelle, su educación viciada que no le dejó conocer nunca contrariedades ni esfuerzos, y su indiferentismo desdeñoso y burlón lo hacían incapaz de cuanto requiriera entusiasmo o energía. Cuando más intenso era su tedio, cuando más claramente apreciaba la vacuidad de su existencia, cuando más cansado se hallaba de oropel y ruido, resumía sus soliloquios de precoz desencantado en reflexiones de este jaez: — Pensar que media humanidad suda, se agita y se desvela por conseguir lo que a mí me tiene ya harto: fiestas, lujo, adulaciones... ¡Tan poquita cosa todo ello! Y, sin embargo, es lo único que vale la pena en este mundo, donde ya no tienen cabida aventureros ni soñadores. Románticos unos y otros, es decir, ridículos hoy. Ya pasó su tiempo. Los héroes de ahora son como fué mi padre, como es mi hermano, los conquistadores del vellocino de oro. Si yo no me lo hubiera encontrado conquistado y aseguradito, ¡estaba aviado! Esta trama de la existencia tan gris y tan deslucida siempre, ¡cómo será cuando no se puede dorarla un poquito! Por eso se afana tanto Jaime en que la suya sea cada día más áurea y luciente; ¡como si algo de la tierra valiera tan rudo trabajo! ¡Chifladuras! Alfredo, desde la altura de su aristocrática ociosidad, veía, con sonrisa de gran señor, la infatigable actividad de su hermano; y éste, conocedor de tal criterio, que no le importaba un ardite, fomentaba en el mozo la disipación de buen tono y la elegancia refinada, contemplando en él, ante todo, al figurín irreprochable, al cartel de lujo, necesario a sus ambiciosos planes. Conforme iba transcurriendo el tiempo, la pueril novelería que llevaba de fiesta en fiesta a Alfredo, se iba trocando en hastío y desencanto. Culpaba a la vida de ser así, una fastidiosa sucesión de sensaciones parecidas y hechos incoloros, y no encontraba en su voluntad, enmohecida por la falta de uso, el deseo imperioso de un cambio que diera una finalidad fecunda a su holgazanería estéril. Con entera buena fe pensaba que no lo había: ¿el trabajo, la ambición, el estudio, el amor? ¡Bah! Falsos mirajes quimeras de apariencia bonita con las que se entretienen los hombres, como los niños con los juguetes, y que son huecos como éstos. ¿Merecen, acaso, esas fantasías engañosas insomnios, sinsabores, luchas cruentas? ¡Bastante se hace con sobrellevar la existencia mientras no sea demasiado pesada! Y así, escéptico e indiferente, paseaba Alfredo Borja por el mundo su esbelta figura, su atavío irreprochable y la sonrisa desdeñosa de su perpetuo aburrimiento. Aquel día, de sobremesa, la mujer de Jaime habló de la familia de Talavera. —Tú eres muy amiga de Carmen Rosa, ¿verdad?, —le preguntó su cuñado. —De ella, precisamente, no; no es de mi tiempo. En el colegio fuí íntima de sus dos hermanas mayores: Anita, una muchacha preciosa, que murió hace pocos años de tifoidea, y Rebeca, que también fué muy guapa de soltera. Ahora está desmejoradísima; es natural, ¡con tantos muchachos! —Y con un marido que no sirve para nada, —arguyó Jaime, ya de pie para marcharse a sus ocupaciones. —Ha estado en varios bancos, en la Recaudadora, en la empresa del agua, en todas partes, y en ninguna dura. ¡Buenos apuros pasará la pobre Rebeca! A la misma Venus de Milo la habrían vuelto fea. —Fea tampoco se le puede decir. —¡Claro! Bonitas cosas contestaría, —interrumpió Alfredo. —Déjate de chistes, —contestó la dama, continuando la comenzada frase .—No se le puede decir fea, pero es muy inferior a lo que fué. —La mejor de todas es Carmen Rosa, —afirmó Borjita, profundamente convencido. —Di, más bien, que es sobre la que puedes opinar con conocimiento de causa. Hace tiempo que le debo visita; tengo que ir a verla pronto. Te acompañaré, cuñita, —dijo muy amable el joven. —Agradecidísima. Eres un modelo de cuñados... y de amigos. Miras los asuntos de Gabriel como propios. —No tanto; me limito a vigilar sus intereses en su ausencia. —Pues si yo fuera él, no me haría gracia el vigilante. Y a propósito: ¿te ha escrito? ¿Le va bien? —Por lo menos, eso dice en sus cartas; ahora, ¡vaya usted a saber, con un hombre tan iluso, dónde acaba la verdad y dónde empieza la fantasía, respondió el muchacho, saliendo del comedor malhumorado por el giro que tomaba la conversación. Alfredo procuraba siempre convencer a los demás, y ante todo a sí mismo, que era muy difícil hacerle perder su imperturbable frialdad; pero a veces no podía menos de confesarse que su buen amigo Pineda tenía el don de sacarlo de sus casillas. No se explicaba bien cómo, siendo tan diferentes, habían llegado a estrechar vínculos. Se encontraban en algunas partes, no en muchas, porque ni los gustos de Gabriel ni su reducido patrimonio le permitían llevar la fastuosa existencia de Alfredo, y charlaban a la ligera, con la confianza de antiguos condiscípulos, hasta que en cierta ocasión, sin saber cómo, se encontraron enfrascados en ardua discusión, sosteniendo Gabriel, con gran riqueza de léxico y de ademanes, que la vida debe vivirse, y replicándole Alfredo, sin salir de su impasibilidad distinguidísima, que a lo sumo puede aspirarse a pasarla. El antagonismo de ideas les llevó a buscarse con frecuencia y a tratar, con mayor acopio de argumentos cada vez, del mismo tema, viniera o no a cuento. Gabriel hablaba líricamente del culto del trabajo, de la lucha por el ideal, de la conquista del porvenir, y su amigo le contestaba con irónica sonrisa: —¡Gracioso para hablado, chico! Toda la fuerza se te va por la boca. En esto el ardor oratorio de Pineda decayó; se le notaba preocupado y distraído. Mofándose de su ensimismamiento, le dijo Borjita un día: —Pueden dormir tranquilos Capelo y Cornejo; ya no les arrebatarás los lauros de la elocuencia. ¡Se acabaron los ademanes tribunicios, las oraciones ampulosas, las disertaciones sociológicas, los escarceos filosóficos! Eres otro hombre. ¿Si estarás enamorado? El rostro franco y varonil de Gabriel se cubrió de súbito rubor. Alfredo, divertidísimo, soltó la risa: —¡Mire usted que sonrojarse como una doncellita un hombrón con tremendos bigotes porque le hablan de amor! Anda, hijo, cuenta, cuenta: ¿cómo te has desgraciado?, ¿quién es ella? Gabriel refirió la eterna novela: la primera vez que la vió, la primera vez que la habló, la primera vez que la confesó su cariño, la primera vez que ella le dijo que también le quería... Y tras el relato de las primicias, el joven, prolijo como todo enamorado, no perdió ripio para obsequiar a su camarada, ya menos curioso y atento, con la detallada narración de las incidencias de su sencilla historia amorosa. En estas confidencias se repetía siempre el mismo motivo: —Te la voy a presentar; ella te conoce de vista y tú también debes conocerla. —No; sé que ella y su familia visitan a mi cuñada, pero nunca las he encontrado. —¿Y en la calle? ¿En la calle no te la han enseñado nunca? —Nunca. —¡Parece imposible! Verdad es que ella ha llevado hasta hace poco el luto de su hermana y apenas ha salido; pero, de todos modos, es muy raro que no la conozcas. Alfredo se encogía de hombros. ¡Si sería majadero aquel Gabriel, empeñado en que todo Lima había de conocer a su novia! Sin embargo, cuando se la presentó, vió que tenía razón. Fué una tarde en el Hipódromo. Borjita charlaba en un grupo numeroso, cuando vió en otro a Gabriel, que le hacía señas. Acercóse, curioso y solícito. Vinieron las frases de rúbrica: —Mi novia... Su padre, el Dr. Talavera. —Somos antiguos conocidos, —dijo afablemente el médico, estrechando la mano del joven. —Sí, señor, —replicó éste en tono deferente, y agregó para su coleto:—Y con la niña también... —pues desde el primer momento reconoció en la gentil damita, tan graciosamente arrebujada en pieles, menos brillantes y aterciopeladas que sus ojos negros, a la traviesa alumna del Sagrado Corazón con quien diariamente se encontraba diez años atrás, camino del colegio, y que le sacaba la lengua o le hacía un torcido (i) cuando él le decía: «Adiós, novia, —o, mostrándole el paquete de libros y cuadernos: —Mira, negrita, cuánto trabajo para hacerte feliz», o cualquiera otra insulsez galante del repertorio de los adolescentes. Se habló de generalidades: —¡Cuánta gente ha venido a las carreras! (i) Mohín despreciativo. —Sí, aunque la tarde está bastante fría. —¡Corriéndose el Premio Argentino, aunque lloviera a cántaros! —¡Oh! En Lima nunca llueve. Nuestras garúas no impiden ninguna diversión al aire libre. —¿Quién será esa rubia tan hermosa que está en el palco del Presidente? —A propósito, —interrumpió el doctor, incansable politiquero, asiendo la ocasión por los cabellos, —¿no ha encontrado usted muy poco entusiasta la recepción hecha a Su Excelencia? Alfredo, a quien tales asuntos le tenían sin cuidado, no había parado mientes en ello. Con todo por urbanidad, se vió obligado a cambiar algunas frases sobre el caso. Cuando quiso reanudar la conversación con la juvenil pareja, se la encontró algo apartada de ellos, apoyados en la baranda de la pista, charlando quedito. Borjita, aguzando el oído percibió tuteo familiar y diminutivos almibarados. —Estos me están poniendo en ridículo. ¡Que toque el violín el viejo!, —pensó furioso, y pretextando que lo esperaban, se despidió inmediatamente, disimulando bajo apariencias cortesanas su íntimo despecho Aquella misma noche se encontró a Pineda en la calle. —Oye, gaznápiro, —le increpó, deteniéndolo. —¿Tú me llamaste hoy para presentarme a la chica o para que te entretuviera al suegro? —Explícate mejor; no te entiendo, — replicó Gabriel, sincero. —¡No me entiendes! No te hagas más bruto de lo que eres. ¿Acaso, en cuanto el viejo empezó a darme la lata, no se pusieron ustedes a cuchichear? ¡Vaya una educación! —Pues no habíamos caído en la cuenta, —declaró con toda ingenuidad Gabriel. La franca respuesta aumentó la sorda irritación de Borjita. ¡Ya le estaba cargando a él aquel mozo! No contento con repetirle una y mil veces la monserga enfadosa de su concepto de la vida y el deber, se le antojaba ahora hacerle confidente y testigo de un idilio empalagoso. Alfredo no 1e decía cuatro verdades que le escocieran, en consideración a que, después de todo, el pobre muchacho era un ideólogo inofensivo, que nunca llegaba al terreno de los hechos, y así como tras de tanto hablar de esfuerzo personal y de independencia, no lograba sacudir la rutina oficinesca, en materia sentimental tardaría mucho en acudir a la Vicaría, pasando el tiempo en miraditas y paliques melosos hasta que la muchacha se cansara... que sí se cansaría, pues no parecía de la madera de esas que aguantan noviazgos eternos. Después de aquella tarde de carreras en que le fué presentada Carmen Rosa, la encontró Alfredo en diferentes sitios y siempre le dedicaba las atenciones debidas a la novia de un antiguo amigo. En una ocasión le dijo: —Yo la conozco a usted desde que estaba de este tamaño (indicando la estatura de una personita de dos lustros). Usted se habrá olvidado; a mí me parece verla con su uniforme azul de colegiala y mi ondeada melena obscura. Recuerdo, especialmente, una tarde en que salía usted, indignada y llorona, hablando de la injusticia de las Madres. —Y usted, comprendiendo que me habían castigado, se puso a hacerme muecas burlonas, y yo le llamé antipático, ¡con unas ganas! —¡Ah! ¿Usted también se acuerda?, —exclamó alegremente el joven. —¿Y se lo ha contado a Gabriel? —No. —Yo tampoco. Este acuerdo tácito causó viva satisfacción a Alfredo. Sin detenerse en muchos análisis, complacíase en creer que el inocente secreto era un vínculo simpático con la novia de su amigo y una jugarreta malévola hecha a éste. ¡Algún desquite había de tener! Tumbado sobre los blandos cojines de su gabinete, repasaba Borjita estos recuerdos que la con versación con su cuñada había despertado, y por asociación de ideas, pensó también que, desde que se marchó Pineda, sólo había visto a Carmen Rosa una o dos veces, de lejos, en la calle. —Bueno... —se dijo, poniendo punto final a sus divagaciones. —Si él está desterrado en la altiplanicie andina, ella, en compensación, lleva aquí vida casi claustral... ¡Que les aproveche y que Jehovah les conceda mayor descendencia que a Abraham, Isaac y Jacob! Nada de eso es motivo para que yo me pase el día aquí tirado, dando y cavando en lo que no me importa; me voy al Club a hojear revistas. Con el bastón en la diestra, algo echado atrás el hongo, gris como el traje, los guantes y las cañas de las relucientes botas de charol, Alfredo se detuvo un momento en el umbral del palacete novísimo, construido bajo la inmediata dirección de Jaime, y paseó su mirada distraída por la ancha avenida de la Colmena, toda bañada por la claridad riente del sol primaveral; luego, a pasos largos y mesurados, recorrió en gran parte la moderna vía y entró en las calles viejas por la de Pando. Las voces alegres de cien campanas vibraban en el aire tibio, oloroso a flores y a incienso. —¿Habrá hoy alguna festividad religiosa? Sin embargo, es día de trabajo, porque las tiendas están abiertas, —se dijo Borjita, que en su vida holgazana necesitaba de alguna señal tangible para reconocer los días de trabajo... de los demás. Un negrito que pasó corriendo a su lado, al aire la cabeza lanuda y vestido con una túnica morada, sujeta a la cintura por una cuerda tosca, le hizo caer en la cuenta. —¡Ah! —pensó entonces, —es hoy la procesión del Señor de los Milagros. No la he visto desde que tenía diez u once años. Aunque las comparaciones son odiosas, quiero comparar las de mi infancia con ésta. —Y, torciendo por Bejarano siguió calle arriba. Muy reducidas en número y decaídas en suntuosidad, las un tiempo famosas procesiones de Lima no despiertan ya el devoto entusiasmo ni ostentan la pompa y boato que en las buenas épocas pasadas, Con todo, es aún digna de su vieja fama ésta del Señor de los Milagros, cuya historia prodigiosa bien merece narrarse brevemente. A mediados del siglo XVII, y en el apartado barrio de Pachacamilla, tenían los negros angolas su cofradía en un destartalado, humildísimo callejón, en una de cuyas paredes pintó un incógnito Murillo de betún la efigie del Crucificado. El terremoto de l655 derribó el miserable local de la Cofradía, quedando en pie únicamente el muro de la divina imagen, expuesto a toda intemperie, primero, y protegido después por una ramadita, bajo la cual se reunían por las noches los infelices africanos para elevar sus preces al que también por ellos murió en la Cruz. Súpolo el cura de San Marcelo y logró del provisor que mandase demoler la incipiente capilla; mas al intentar los albañiles, en cum plimiento de orden superior, blanquear el lienzo de la sacra efigie, sólo consiguieron que luciera con más vivos colores y que se realizaran tan maravillosos hechos, que la autoridad eclesiástica hubo de desistir de su empeño. Vivía por entonces en Lima un piadosísimo hidalgo vizcaíno, el capitán don Sebastián Antuñano, quien, edificado por tan grandes portentos, compró los ruinosos solares de Pachacamilla, y, tras bregar mucho y esperar no poco, logró construir en ese terreno un conventillo y una iglesuca dedicada al Señor de las Maravillas o de los Milagros, jurado patrón y defensor de esta Ciudad de los Reyes por su ilustre cabildo, a los pocos días del gran temblor de 20 de Octubre de 1687, fecha en la que también autorizó la procesión que hasta hoy se hace anualmente y que tiene numerosísimos devotos y fervientes adeptos, no sólo entre la gente de color, conservadora fiel de la mística tradición de sus antepasados, sino hasta en las clases más elevadas de Lima. En el altar mayor del templo de las Madres Nazarenas se venera el Santo Lienzo, triunfador del tiempo y del peligro, y sobre andas primorosamente aderezadas por las manos monjiles y llevadas en hombros de los hermanos de la cofradía, vestidos de morado sayal, recorre el 18 de Octubre diversas iglesias de la capital y pasa la noche en las Descalzas, de donde sale, en la mañana del 19, para volver a su casa con gran pompa, al atardecer, después de realizar otras piadosas visitas. Las andas van precedidas por comunidades religiosas y asociaciones de seglares con cirios y farolitos, por una banda de músicos, por sahumadoras, portadoras de pavos de plata labrada, de cuyo abierto buche se escapa, en espirales grisáceas, el humo aromoso, y rodeada y seguida de una enorme muchedumbre de devotos de todos sexos, edades y condiciones, muchos de ellos con el hábito morado y la áspera soga, con la capucha caída casi todos los hombres, calada muy pocos, y las mujeres envueltas en mantos, iguales a la túnica en estofa y color, que suelen encerrar la deliciosa sorpresa de una cara de rosa realzada por la vigorosa tonalidad de la tela basta. En los barrios céntricos cae sobre la religiosa comitiva fragante lluvia de flores desde los balcones, ador nados con lujosas colgaduras; en los apartados, el gusto plebeyo luce en banderolas, gallardetes y cadenetas de papel multicolor, entrelazados con quita- sueños (i) bulliciosos; y en todos domina el pregón continuo de los turroneros ofreciendo la golosina clásica del día, el turrón dorado, con arabescos de confites blancos y rojos, dulce y ligoso, rezumando miel. Alfredo, de pie en el umbral de una casa a media calle del Padre Jerónimo, miraba el típico cuadro con una expresión de fastidio que significaba (1) Quita-sueños, Colgantes de vidriecitos, a las claras: «¿Quién demonios me mandó a mí venir aquí?» Convencido de que para llegar pronto a puerto de salvación hubiera tenido que romper por entre el gentío, dando y recibiendo codazos y empellones y soportando los reproches escandalizados de las beatas, esperaba, con forzada resignación, el término del desfile, cuando unas voces femeninas dijeron cerca de é1: —¿Qué milagro habrá venido a pedir Borjita? —Juicio. Me parece que no lo hay mayor. Buscó el mozo a las donosas comentadoras de su presencia en aquel sitio: eran dos amigas suyas de la infancia, Elena y Luisa Roldán, acompañadas de Carmen Rosa Talavera. El mal humor del joven desapareció como por encanto. Acercóse a saludar a las muchachas, preguntando: —¿Permiten ustedes que acompañemos juntos al Señor? —A las señoritas es a quienes tú quieres acompañar, badulaque, —respondió Luisa. —Prueba de mi buen gusto. —Oye, se prohíben las impiedades sin gracias. —¿Y con gracia? —Eso ya te sería más difícil, aguanoso. —Puede pegárseme de ti, que la tienes por arrobas, Luchita. —No es enfermedad microbiana. —Olí la terminología científica. ¡Cómo se conoce que ahora está en el candelero un pichón de médico! La muchacha volvió vivamente la cabeza. Borjita la imitó y murmuró sonriendo: —Ya sospechaba yo que vamos como el Presidente de la república: con escolta. —Y que durará hasta las mismísimas Nazarenas. —Yo no voy hasta allá, —dijo entonces Carmen Rosa. —En la esquina próxima me separo de la procesión y regreso a casa; mamá está un poquito achacosa. —Yo me voy contigo, —agregó Elena. —¡Eso! Y a mí me dejan plantada, —exclamó muy indignada Luisa. —Reúnete con las primas; cerca vienen. —Pues me quedo esperándolas. Sigan ustedes con este ilustre joven y que tes vaya bonito. Con la partida de la risueña pollita decayó la conversación. Las otras dos, mayores y más devotas, pasaban silenciosas las cuentas de sus rosarios entre los enguantados dedos. Alfredo miraba con insistencia el fino perfil de Carmen Rosa, su tez arrebolada por el calor, el lunarcito sobre la boca, como un toque coquetón y travieso en la momentánea seriedad del rostro encantador. Cuando se separaron del místico cortejo, reanu dóse la plática, viva y animada. Las negras pupilas de Carmen Rosa fulguraban risueñas entre la sombra de la mantilla. Al llegar a la plaza de la Inquisición se detuvieron las niñas a la puerta de la elegante morada de los Talavera. —Si usted gusta pasar, —dijo por cortesía la dueña de la casa. —Con el mayor gusto, —respondió Borjita, no sin sorpresa de sus amigas. Abrió la reja una criada que tenía en los brazos un angelote de catorce meses vestidito de morado. Las muchachas se precipitaron sobre él, sofocándole a besos y chillidos. —¡Ay, qué lindo, qué lindo, qué lindísimo esta con su habitito! —¿Quién te quiere a ti, bebé rico? —¡Si es un niñito Dios! ¡Me lo como, me lo como! Carmen Rosa suspendió las efusiones antropófagas para dar a su visitante las explicaciones del caso: —¡Figúrese usted! El pobrecito no tenía ni seis meses cuando una noche despertó ahogándose, goo... goo... le hervía el pechito. Felipe, mi cuñado, salió volando a buscar un médico; mi hermana, medio loca, sólo atinó a ofrecerle al Señor de los Milagros que si salvaba a su hijo... —Lo vestiría de mamarracho el día de la fiesta; ya lo veo. —¡Cállese usted, antipático!, —respondió con un mohín de enfado la muchacha. —¡Cuidado!, ¡cuidado!, —exclamó el mozo en tono de festiva amenaza. —Es la segunda vez que me dirige usted el mismo insulto; a la tercera... —¿La acusas a Gabriel?, —preguntó Elena. —¡A ti se te había de ocurrir semejante salida, pecosa, langaruta, desgarbadota!, —pensó Alfredo, exagerando, colérico, los defectos de la interruptora, y sin responderle, se acercó a la señora de Talavera, que los invitaba a entrar en la sala. —¡Señora!,— exclamó amabilísimo. —No creí tener la satisfacción de saludar a usted. Carmen Rosa había hablado de una indisposición... —Sí, poca cosa; esta criatura se alarma por cualquier tontería, —respondió la dama, acariciando a la criatura con la ternura de sus hermosos ojos maternales. Luego continuó: —¿Pero ustedes no quieren descansar un momento? Entremos. La siguió el grupo juvenil, y a poco llegó Rebeca, con una rapazuela prendida a las faldas y mostrando, en la pesadez de sus movimientos y en la amplitud de su cintura, que pronto continuaría el aumento de la familia. Sentáronse todos, parlotearon risueños, sirvieron el té. Carmen, con mucha gentileza, indagó los gustos del visitante: —¿Lo toma usted con leche? ¿Fuertecito? ¿Azúcar? A los labios del joven vino un piropo andaluz, oído la víspera en el teatro en un lindo juguete quinteresco: La asúca es usté, corasón, pero se guardó de repetirlo y contestó simplemente: —Sólo dos terrones; mil gracias. Declaró en esto Rebeca que ya era hora de aviar a los chiquitines para llevárselos a casita, y entróse con ella, para ayudarla, la madre; Elena se sentó al piano. Alfredo interrogó, bajando la voz: —¿Sabe usted, Carmen Rosa, cuánto tiempo hace que no la veía? —No me acuerdo. ¿Quizás desde un concierto de gala en la Filarmónica, ya en víspera del viaje de Gabriel? —No, esa fué la última vez que conversamos; después la he visto a usted una mañana a la puerta de una tienda en el portal de Escribanos; me dirigía a saludarla cuando usted penetró en el almacén, quizás por evitarme. —¡Qué disparate! No se me ocurrió tal cosa. —¿No? Pues me lo temí... De eso hace ya dos meses, y en tan largo espacio de tiempo, yo, que voy a todas partes, que vivo en la calle, no he tenido la suerte de encontrarla a usted. ¿A tan rigurosa clausura la obliga a usted el ausente? —No lo crea usted. He salido poco por diver sos motivos: achaques de mamá, pereza mía... ¡qué sé yo! No vivo tan encerrada como usted se imagina. Que Gabriel esté lejos no significa que deje yo de vivir como siempre, de visitar a mis amigas; no asistiré, eso sí, a bailes, fiestas de etiqueta... —¿Y por qué?, —interrumpió Borja con ímpetu. —¿Por qué esas exageraciones no razonadas? ¿Por halagar el capricho que originó el viaje de Gabriel —¡Capricho! Sólo usted, que no conoce las prosaicas exigencias materiales, puede calificarlo así. —¡Capricho!, —insistió Alfredo. —Se lo he dicho a Gabriel mil veces, lo he sermoneado sin cansarme, logré que mi hermano le ofreciera su protección incondicional. Todo fué inútil: estaba enamorado de su idea y no oía razones. Para mí es inconcebible esa obstinación en marcharse... dejando a su novia. Yo, en su caso, no me iba ni a la gloria. —Pues nadie le creería a usted tan apasionado, —repuso irónicamente la muchacha. —¡Lo soy!, —replicó con energía Alfredo, clavando atrevidamente sus ojos en los de Carmen Rosa, que los apartó turbada. Se sentía la niña inquieta y pesarosa por no haber defendido con entereza a su novio, por no haber sabido loar su noble esfuerzo y su amor bien probado; por no encontrar palabras, ella, tan parlanchina y donosa, para desviar la conversación y burlar los avances del mozo. Teníala la sorpresa desorientada y cohibida. ¡Y aquella Elena, que, en lugar de venir en su auxilio, seguía tocando adefesios con un tesón digno de mejor éxito! ¡Y su madre entretenida por adentro con los nenes! ¡Cómo no se entretenía así cuando el visitante era Gabriel! Entretanto, decía Borjita, enardeciéndose con sus propias palabras: —¿Me creía usted frío? Yo también pensaba que lo era. ¡Ojalá no me hubiera desengañado! No conocía muchas cosas dolorosas y amargas, los días sin esperanza, las noches sin sueño, los celos callados, el ansia de lo imposible... —Vea usted, —interrumpió levantándose Carmen Rosa, ya más dueña de sí. —Con música quedaría todo eso muy bonito. Acerquémonos al piano para que se la ponga Elena, que está hoy inspirada. —No la moleste usted, —replicó Alfredo, picado. —Es muy tarde y me marcho, ya he importunado bastante. Camino del club, recorría las calles anegadas en la penumbra crepuscular, recordando detalles y analizando frases. Pronto el escozor causado a su puntillosa vanidad por la intencionada interrupción a sus románticas declamaciones se fué calmando con la grata evocación del repentino impulso, tan contrario a sus aficiones, que lo llevó a la fiesta religiosa y criolla; del inesperado encuentro que en ella tuvo, de la risueña charla callejera, de la gracia de una mano pulida al servirle una taza de té; del rubor que sus palabras encendieron en unas mejillas morenas, de la sombra de unas largas pestañas velando pudorosas la luz de unos ojos negros... Con tan dulces remembranzas, subía distraído la marmórea escalera del club, iluminado a giorno; un espejo le ofreció de pronto la reproducción de su elegantísima persona, y entonces, acariciándose el bigote, que le formaba un dorado acento circunflejo sobre la boca fina, musitó jactancioso e impío: —¡Guarda, amigo Gabriel! Soy aliado del Señor de los Milagros. —¡Cállense, por Dios, muchachos, que me van a despertar al bebé con tanto alboroto! Vayan a jugar a otra parte y déjenme conversar con su tía. ¡Suelta esa caña, Sarita, que se la vas a meter por un ojo a tu hermano! ¿Hasta dónde te has trepado, chico del demonio? Te vas a venir de cabeza. ¡Bájate volando, si no quieres que te baje yo! ¡Juana, Juana, llévate ahora mismo a los niños a jugar en el patio! ¿Qué refunfuñas, Pepe? ¿Que no te da la gana de ir con ella? ¿Un niño dice esas cosas tan feas? ¡Salga usted en el acto y no sea insolente! Cuídalos, Juana, que no se caigan, que no peleen... y que estén por allá hasta que yo los llame. Ya me falta la paciencia, ¡Jesús, qué criaturas!, —exclamó Rebeca, quitando del sofá un polichinela descabezado y un borriquito cojo para sentarse junto a su hermana. —¿Sabes lo que hicieron ayer?, —continuó; — pero no, no te lo cuento; ¿a qué quemarme más la sangre? Tenemos cosas más interesantes y más agradables de que hablar; hoy vas a confesarte conmigo. —¿Confesarme, de qué?, —preguntó Carmen Rosa; —si todo cuanto me pasa lo sabes tan bien como yo. —Cuanto te pasa, quizás, —respondió Rebeca, sonriendo; —ahora, ¿lo que pasa en ti? Eso es lo que quisiera saber. La muchacha se encogió de hombros en silencio. —¿Quieres decir con ese movimiento que ni tú misma lo sabes bien ?, —insistió la hermana mayor. —Te equivocas, —respondió con cierta irritación la otra. —Yo veo lo que pasa en mí perfectamente, como se ve todo lo que es simple, claro y firme. —Está bien, está bien, no te incomodes; demos de lado a esas psicologías enfadosas, que tan seria te ponen, y hablemos del prójimo. ¿Has visto por casualidad a Borjita? —Tantos rodeos para venir a parar en eso, — dijo riendo Carmen Rosa. —No ignoras que ahora va a casa con lamentable frecuencia. —¡Lamentable! ¡No seas hipócrita!... ¿Tanto te disgusta? —Disgustarme precisamente, no; tiene mucho chic, es muy distinguido, y aun esa displicencia aristocrática que muchos le censuran, a mí me agrada... —Sí, porque contigo la pierde; ya lo he notado. —¡Déjame acabar, mujer! Me agrada porque es natural, espontánea, no pose como propalan los murmuradores. —Bien dicen que hablando se entiende la gente; ya me enteré de por qué te gusta; ahora explícame por qué te disgusta, por qué has aplicado a la frecuencia de sus visitas el calificativo de lamentable. —¡Hija, pues por el qué dirán, por los demás!... ¡Quién sabe cómo interpretarán estas asiduidades en ausencia de Gabriel! —Ríete de los demás. ¿Cómo las interpretas tú? Contraído el hociquito mono, fruncido el ceño, quedó la niña callada un buen rato. Luego, en tono que denunciaba su íntima desazón, se expresó así: —No sé qué pensar. Nunca me ha dicho nada que me dé oportunidad para llamarlo al orden; de vez en cuando, alguna frase intencionada, pero tan mañosa que podría quedar en ridículo si me diera por aludida. Se confabula con las amigas, con la familia misma, para obligarme a salir, a pasear; me envuelve en una red de amabilidades y finezas, con tal destreza manejadas, que si yo me mostrara huraña y desabrida, estaría en su derecho para decirme: «¿Así corresponde usted a las atenciones que la dedico por ser la novia de un amigo?» —¡Ay!, —exclamó la mayor de las Talavera, suspirando profundamente. —¡Cómo no tuvo Felipe un amigo de esos cuando éramos novios! —¡Rebeca! —Suprime los aspavientos, hijita, que yo sé lo que me pesco. Tú tienes todavía esa cabecita rizada llena de palabras lindas y sonoras como cascabeles, pero huecas como ellos. Cuando apenas hay tiempo de peinarse a la ligera es cuando se conoce lo que valen esas zarandajas de: Contigo pan y cebolla, amor, abnegación y tantas cosas bellas... que los hombres no merecen. ¡No merecen! Te lo dice mi experiencia de seis años de vida conyugal, con cuatro angelitos y medio, renta escasa y todas sus consecuencias: achaques continuos, sueño interrumpido, angustias mortales si se enferma alguno, criados baratos y, por ende, malos, prodigios económicos para equilibrar el mezquino presupuesto, quehaceres y ajetreo todo el santo día, y luego, si acaso se le cae al señor un botón de la camisa, malos modos y quejas por tan grave descuido. No saben apreciar ni agradecer todo lo que les sacrificamos: nuestra juventud (¿quién diría que aún no he cumplido yo los treinta años?), nuestra belleza (mírame esta cara manchada y este cuerpo deforme), nuestra poesía, todo... ¿A cambio de qué? De unas pocas mentiras dulces y de muchas realidades amargas. —Ésta piensa que el sexo masculino está formado sólo de flojos y sinvergüenzas como su marido, —dijo Carmen Rosa para sí, y luego, en voz alta: —No todos han de ser iguales. —Todos: jóvenes y viejos, ricos y pobres; en materia de egoísmo, todos, porque esa es la esencia de su ser. —Pues no queda más camino que el del celibato perpetuo. —No hay que ir tan allá; basta con que aprendamos a manejar sus propias armas, con que sepamos pensar, ante todo, en nosotras mismas, con que opongamos a su egoísmo el nuestro, aunque nos cueste trabajo. En esto, como en todo, hay que empezar desde el principio y por las pequeñeces. Por ejemplo: yo, en lugar tuyo, no estaría inquieta y desasosegada por las atenciones de Alfredo; me limitaría a verlo venir, eso a nada compromete. ¿Por qué te empeñas en evitarlo como si fuera un peligro? ¿Por qué, concretando más las cosas, te niegas a asistir al baile que da pasado mañana su hermano para el estreno oficial de la casa, y que es, desde hace quince días, el anhelo y la preocupación de las muchachas de Lima? ¿Qué falta cometes con ir a distraerte un rato? La cometerías, sí, de lesa urbanidad, encasillándote en tu negativa después de la invitación personal y afectuosísima de Sofía y Jaime. La cuestión es que aquí las mujeres vivimos sujetas por mil trabas ridículas que nosotras mismas apretamos más. Dice Alfredo que en Inglaterra las niñas pasean con sus amigos, sin que a los novios se les ocurra disgustarse por ello. —Bueno, pero los novios de acá no son como los gringos, no tienen melaza en las venas. —Lo que tienen es un repertorio abundantísimo de exigencias y majaderías, fomentado por as propias víctimas. No es la ocasión de hacer estudios comparativos, sino de ocuparnos del baile de Borja; dicen que va a ser algo nunca visto en Lima. Debió darse hace cuatro meses, cuando se instalaron en la nueva casa; pero no estaba lista la vajilla, trabajada expresamente en la mejor fábrica de Sajonia. Los muebles del comedor los pidió Jaime a Inglaterra; son de lo mejor que te puedas imaginar; en cuanto al gran salón, que se abrirá por primera vez esa noche, bástete saber que ostenta dos cuadros pagados a peso de oro y que son dos maravillas: unos pescadores, de Sorolla, y una dogaresa, de Baca Flor. Total: que la fiestecita cuesta más de cincuenta mil pesos. Para perderla hay que ser pobre de solemnidad, como yo, o tonta de capirote, como tú. ¡Y con lo que te favorece esa toilette que sólo has llevado una vez: el traje naranja, velado de Malinas, y la redecilla de oro y perlas en el pelo! Carmen Rosa ahogó un suspiro: ¡sí que realza ban aquellas galas su belleza morena! La cálida tonalidad del vestido hacía más aterciopelados sus ojos, más sonrosada su tez, más negros y brillantes sus cabellos bajo la malla áurea y sutil, salpicada de perlas menudas. Al menos, eso decían los apasionados madrigales que Gabriel no cesaba de murmurar a su oído en aquella velada inolvidable, la última en que bailó con él. ¡Qué dulce seguridad sentía al apoyarse en el brazo viril y protector! Decididamente, no iría a la soiree de los Borja. Rebeca seguía enumerando, con acento ditirámbico, los prodromos de la fiesta: —En todas partes no se habla de otra cosa: en las casas, en los clubs, en las confiterías, en los corrillos callejeros... creo que hasta en el Congreso. En los centros comerciales no se diga: es el plato del día. ¡Como Jaime es el amo en ellos! Todo el mundo sabe que tiene un crédito ilimitado, que sus giros y letras por sumas fabulosas son cubiertos en el acto; parece que tiene aún más talento que su padre, financiero genial allá en sus tiempos, y la prueba es que ha triplicado el capital y ensanchado enormemente la esfera de sus negocios; por eso, todo el que tiene siquiera cuatro reales se empeña en que los maneje Jaime Borja, feliz poseedor del secreto para multiplicar el dinero. Es el árbitro, el alma de nuestro mundo bursátil; natural es, pues, que una manifestación tan gallarda de su riqueza como la fiesta que prepara para dentro de dos días agite a todo Lima con la idea de disfrutarla la gente mayor, por si pesca algún negocito, y la joven, aunque sea una pareja para el tango. Hasta en provincias creo que interesa el asunto. ¿Gabriel no te habla de él en sus cartas? —¡Si hace más de veinte días, —contestó la niña entre despechada y triste, —que no recibo una letra de él! ¡Es tan difícil la comunicación con esos lugares!... ¡Anda tan descuidado el correo! —¿El correo o el corresponsal?, —preguntó con ironía Rebeca, y, cortando las protestas de su hermana, prosiguió: — No me mires con esos ojazos escandalizados ni tomes las cosas por donde queman. A mí no se me ocurre que tu novio no te ha escrito porque ya se haya olvidado de ti, nada de eso; sé que te quiere mucho y que tú eres para él la primera, ¿lo entiendes bien?, la primera, pero no la única; y no porque él sea malo, ni inconstante, ni tornadizo; simplemente porque es hombre, y los hombres, cuando se hallan lejos de su amada, saben encontrar, aun en los lugares más solitarios y humildes, quien los consuele de la separación. No sienten remordimientos por eso, no lo creas; son pasatiempos sin importancia que no deben ofender a la elegida, a la predilecta, a la que ocupa el primer puesto en su corazón, y que no debe saber nunca tales naderías o ha de hacer como si no las supiera. Naturalmente, con esas distracciones insignificantes pasa inadvertido el correo. Y, por el estilo, siguió Rebeca despachándose a su gusto, aumentando con sus frases amargas y desengañadas el profundo malestar, la íntima desazón de Carmen Rosa. —Si hay algo de verdad en lo que ésta supone, —pensaba la niña, —¡buena tonta soy yo atormentándome con tantas inquietudes y preocupaciones! ¡Bonito papel el mío! Por castigar a ese ingrato de sus... distracciones, sería yo capaz de ir al baile, para distraerme también. —¡Rebeca! ¡Rebeca!, —gritó en el patio una voz varonil. —¡Jesús, hombre, qué manera de atronar la casa! Aquí estoy, —replicó ella, acogiendo a su marido con desabrido gesto. —¿Pero no sabes lo que sucede? ¡Hola, chica, tanto bueno por esta humilde cabaña! ¿Tampoco tú conoces la gran novedad?, —pronunció el recién llegado, dirigiéndose alternativamente a ambas hermanas. —A juzgar por el laberinto que armas, lo menos han asaltado Palacio. —¡Quiá! Ya esas cosas no se usan. La noticia es de carácter económico-social. —Ya sé, —saltó Rebeca, obsesionada por su idea; —que en el cotillón, en lugar de dijes y juguetes, Jaime va a obsequiar alhajas finas. —¡Él sí que es una alhaja fina!, —replicó irónico Felipe. —¡Desde anoche ha desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra, defraudando a los bancos, a varias casas fuertes, a muchos particulares, a media humanidad! Las dos Talaveras lanzaron un grito. —¡Imposible! ¡Eso no podía creerse! ¡Un caudal tan saneado, un crédito tan firme! A ver pruebas, por lo menos, de la absurda nueva. Felipe contó la eterna historia: la pasión del dinero, la ambición de imperar en esta sociedad tan indulgente con los que saben cubrir los borrones con arenilla de oro, el deslizamiento fatal por la pendiente de las especulaciones audaces primero, ilegítimas después, y, como consecuencia, un hombre prófugo, un hogar deshecho, algunas poderosas empresas bamboleantes, varios infelices arruinados, y pasto sabroso y abundante para la comidilla mundana. Entraron en esto el Dr. Talavera y uno de sus hijos, aportando nuevos datos al sensacional asunto. —Es la herencia, —afirmaba el viejo médico. —¡Bien especuló aquí el padre en los tiempos del guano y del salitre! Y en México tampoco lo hizo mal... aquellas famosas cajas de ahorros para los obreros fueron una cueva de ladrones. —Lo que es al hijo, —opinó a su vez el joven, —no lo coge ni Sherlock Holmes. Astuto, valiente y frío, sabrá burlar todas las persecuciones y escapar a los peligros; con lo que de aquí se lleva, en experiencia y en plata, explotará a los tontos de cualquiera otra parte, y dentro de doce o quince años, si se le antoja, volverá aquí a deslumbrarnos con fiestas tan suntuosas como el frustrado baile, atrevido recurso para despistar a sus acreedores, mentiroso señuelo para atraer incautos. —¡Cómo sufrirá la pobre Sofía!, —exclamó Carmen Rosa. —En su vanidad, mucho, —respondió el cuñado; —por lo demás, eso fué sólo un enlace de conveniencia; eran dos asociados: ella llevó la rancia aristocracia de su nombre y las relaciones de su empingorotada familia; él, lo positivo. Volverá Sofía al lado de sus padres... —¡Que estarán de oirlos! A espaldas de Jaime, procuraban siempre dar a entender que habían consentido en ese matrimonio por no contrariar un cariño tan grande, pero que lo consideraban una mesalliance. —Pues mesalliance y todo, la familia en masa hizo los imposibles por atraparlo. El tema era inagotable: cada cual recordaba un hecho, deducía una consecuencia, aventuraba un pronóstico; y mientras la mayor de las Talaveras, entre chillidos y aspavientos, no se cansaba de inquirir y comentar, la menor, pensativa, ocultaba, bajo la seda mate de sus párpados, el misterio de los ojos. 18 de Enero, a las seis de la tarde. «Querido Gabriel: Probablemente no imaginaste que un adiós definitivo sería mi respuesta a tu carta afectuosísima, escrita con el corazón (tú eres de los que todavía usan eso, ¡pobre muchacho!), ofreciéndome tu apoyo generoso en la catástrofe que ha causado el derrumbe de mi casa y el desdoro de mi nombre. »Cuando por estas líneas, o antes quizás, te llegue la noticia de mi fin, seguro estoy de que exclamarás, nervioso y angustiado: —¡Qué desgracia y qué locura! ¡Darse por vencido en la primera escaramuza, caer sin intentar combatir! ¿Acaso el dejar de ser rico es una razón para matarse? —Para mí, sí, carísimo; y antes de realizar mi irrevocable resolución te escribo esta epístola, explicativa de ella, que será para ti como el último apagado eco de las interminables discusiones que, ante un grupo de amigos, sosteníamos en torno a las mesas de las confiterías, en los salones del Club Nacional o en mi garçonnière, confortable y lujosa. ¿Te acuerdas? Charlas amenas, murmuraciones mordaces, dichos agudos, frases de aduladora aprobación, risas sonoras... ¡Qué lejos está todo eso!... Los compañeros de entonces, con más o menos disimulo, me han vuelto la espalda bonitamente, sin que el hecho me haya producido gran sorpresa o dolor; me ha disgustado, como todo lo que es lógico y fatal. Los amigos que en los primeros momentos me rodearon, disfrazando de solicitud su indiscreta curiosidad, impulsados por el secreto deseo de hallarme trastornado y abatido, no me perdonarán fácilmente el que defraudara sus expectativas, presentándome tan correcto y frío como siempre, sin que un gesto de cólera o despecho alterase la impasibilidad de mi semblante e hiciere caer mi característico monóculo Créeme que no lo hacía únicamente por pose: influía mucho en mi serenidad la convicción de que la conducta que los demás observaban no tenía nada de anormal, y que, a estar yo en su caso, habría procedido exactamente lo mismo que ellos. »Ya ves que no son la pena ni el desencanto los que me llevan a quitarme de en medio. El motivo, lo confieso paladinamente, es el otro: a mi no me criaron para hombre, sino para rico. Dejo de o serlo, me falta lo único que me daba valer y me hacía aceptable la vida; ¿por qué he de conservarla? ¿Por afectos de familia? No los tengo. Muerto en mi adolescencia el único ser que de veras me quiso, mi padre, hasta cuya tumba llega hoy el fango que mancha su apellido, sólo me queda Jaime, que en su suprema crisis no tuvo para mí un movimiento de fraternal confianza, una frase cariñosa de despedida ni un recuerdo quizás. Después de todo, hizo bien; tal vez pensó que, en el porvenir, podría ser yo un obstáculo para su resurgimiento, que ha de venir, no lo dudes. ¡Por algo se nace con puños de hierro, músculos de acero y conciencia de pedernal! Sin familia y sin casa, pues los acreedores se han apoderado de ella, obligando a mi cuñada a refugiarse en la de sus padres, donde hasta el nombre de los míos es execrado, ¿qué podría retenerme? ¿El amor? ¡Si supieras que me voy de este planeta sin conocer sino los remedos de lo que los poetas llaman eterno sentimiento, alma del mundo! ¡Sensaciones efímeras, antojos fugaces, vanidosos empeños, caprichoso apetito por la fruta del cercado ajeno, son lazos tan flojos que nada cuesta desatarlos! »No me ligan, pues, a la vida halagos ni deberes, que si éstos últimos tuviera, ya me habría yo dado buena maña para zafarme de ellos. Como, te lo repito, sólo para rico me educaron, jamás obedecí a otra ley que a la de mi voluntad soberana, y todo aquello de obligaciones, altruismo, esfuerzo, trabajo, sacrificios y demás palabrejas altisonantes con las que adornabas tus discursos, me parecían únicamente buenas para textos escolares. Sin arrestos para la lucha ni fe en el éxito, sigo, por última vez, el impulso de mi querer y abandono la partida por no sobrevivirme a mí mismo. ¡No, no soy yo para debatirme entre miserias y pequeñeces, para contar realitos, para usar ropa barata, puños deshilachados y cuellos semilimpios!... Al lado del tintero, sobre la mesa donde te escribo, en una aceptable habitación del Gran Hotel, pagada con mis últimas esterlinas, brilla el revólver que me evitará esos males mezquinos y que se fabricó para mí en la mejor armería de Londres. ¡No iba a matarme con un Smith and Wesson falsificado, como un cursi cual quiera! »De la vida, como de las tablas, hay que saber retirarse a tiempo: me marcho sin desfallecimientos ni claudicaciones, en plena juventud, seguro de que a muchos bellos ojos que me sonreían, límpidos y radiantes, una suave melancolía los velará de lágrimas por mí. »Sigue en la brecha, que para eso naciste, tú, soñador y hombre práctico, que al tañer la flauta del dios Pan no olvidas lo que puedan valerte en la feria los rebaños que atraigan sus líricos sones. Que la sabia Minerva continúe guiando tus pasos por el 0 sendero de la prudencia, que Ceres y Pomona colmen tus campos de granos y frutos y que Eros te corone de rosas por las manos amantes de tu amada, pues bien merece todos los dones divinos el mortal afortunado que no ha catado nunca el licor ponzoñoso de la duda ni las sales corrosivas de la sospecha. »Junto con estos votos, vayan para ti mi postrer abrazo y para tu novia mi último recuerdo. Alfredo Borja.» Fué varios meses después de que el espíritu escéptico, indiferente y burlón de Alfredo Borja abandonó voluntariamente este mundo, cuando Gabriel se decidió a mostrar a la que ya era su esposa la última carta de aquél, y fué en la paz de una velada familiar, en el retiro amable de una salita tibia y coqueta, como para que su mimada habitadora no echara de menos comodidades y halagos de la dulce ciudad natal. Esperaba Pineda observar en el rostro de Carmen Rosa la impresión que le produjera la irónica e incisiva epístola que alteró en él la placidez espiritual, despertando un enjambre de dudas e inquietudes, mil veces sofocadas a fuerza de noble compasión por el amigo muerto y de fe en la amada; pero ella, burlando inconscientemente esa expectativa, abandonó el muelle asiento donde reposaba, con la cabeza echada atrás y el rostro bañado por la rosada claridad de la lámpara, y se sentó ante una mesita, colocando sobre ella el papel y apoyando la cara en ambas manos para entregarse a la lectura. El novel marido, de pie a su lado, sólo podía mirar la estrecha raya que le dividía en dos mitades la pesada cabellera, reunida en un moño semideshecho, y la blanca nuca, emergiendo de una chalina de piel, que él mismo, cuidadoso, le había liado al cuello; y en la angustia de la espera, siempre larga, pensaba que el dilema era fatal: o resurgía la fe absoluta o nublaba para siempre su felicidad, como una sombra trágica, un rencor de ultratumba. Carmen Rosa, entretanto, leía. La irónica cordialidad de la carta heríala, como una ofensa a su marido, y le dolía como un remordimiento que su indignación conyugal fuera más débil que la piadosa melancolía por el amigo muerto y que el recuerdo latente de la amable turbación que le producía el espíritu refinado y complejo de aquel Petronio sin Satiricón. Levantó la cabeza y encontró fija en ella la mirada de su marido. La zozobra que nublaba la viril serenidad de los ojos queridos, volvió a la esposa a la bella realidad del amor mutuo y legítimo, y, limpia de sensiblerías enfermizas y falsos romanticismos, dueña de sí, dijo con voz segura, aludiendo, sin nombrarlo, a aquel cuya imagen se interponía entre los dos: —Dios le haya perdonado; pero... no era bueno, Gabriel, no era bueno. —¿Lo dices por su muerte?, —interrogó él, atribuyendo esa severidad a escrúpulos religiosos. —Y por su vida. —¡Por su vida! ¡Ay, niña mía!, —suspiró Pineda, sentándose junto a su mujer. —No se puede juzgar así, con tan sumario rigor, toda una existencia. ¿Acaso somos árbitros de la vida? ¿No es ella, complicada y obscura, la que nos hace sus juguetes? —Nadie con menos derecho que tú para hablar así, —respondió orgullosamente Carmen Rosa. —Tus hechos desmienten tus palabras y prueban lo que, en realidad, es tu convicción íntima: que si no somos señores de nuestro destino, si no logramos vivir la vida dichosamente, podemos siempre vivirla dignamente, y sólo le servimos de juguetes cuando rompemos el resorte de la voluntad o lo dejamos enmohecer, y con ese resorte sólo acaba el egoísmo. Sin contestar, Gabriel estrechó la mano de su mujer con tierna presión, que para ella significaba apoyo, para él consuelo y paz. Ninguno de los dos reanudó la discusión; como en el poema inmortal de Campoamor, quedándose en silencio un grande rato, pasó una larga historia por su frente. Y fué tal vez síntesis y epílogo de esa historia la frase que simultáneamente pronunciaron ambos y en la que la vanidosa frialdad de aquel que la inspiraba sólo hubiera percibido el desdén y no la grandeza de la compasión: — ¡Pobre Borjita! De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargado de la edición: Daniel Carrillo-Jara