BIBLIOTECA DE «EL DIARIO JUDICIAL» CRIMEN ANÓNIMO ENVENENAMIENTO DE Dª ISABEL LEWIS La forma es de novela; pero el argumento con tiene un proceso de la más viva realidad. El autor. EL 21 de Julio de 1891 llegó á la bahía del Callao el vapor de la marina mercante americana George W. Elder conduciendo un fuerte cargamento de trigo para la casa comercial de Tosso y Sanchez; al mando del capitán D. C. H. Le- wis á quien acompañaba su espo- sa doña Isabel. La descarga del buque duró algunas semanas hasta ponerse expedito para hacerse nuevamente á la mar regresando á San Francisco de California, lugar de su procedencia. Mientras se efectuaba esa operación, el capitán Lewis y su esposa desembarcaron y vinieron á Lima donde cultivaron amistad con don Peter Bacigalupi, que fué la primera persona en quien confiaron para que les orientase en esta capital que visitaban por primera vez y que por consiguiente les era completamente desconocida. Bacigalupi les presentó á algunas personas, entre ellas á don Juan Dockendorff y don G. Taylor en el propio almacén del primero situado en la calle de Espaderos y que fué devorado por las llamas posteriormente en la noche del 17 de Setiembre del siguiente año de 1892. Bacigalupi es americano como los esposos Lewis, y en la fecha á que nos referimos emprendía negocios de varias clases, entre ellos, el de excursionar al interior por trenes especiales de recreo, del ferrocarril de la línea del Callao á la Oroya, que tomaba por su cuenta. Dockendorff hijo de americano también y de peruana, se había educado en los Estados Unidos, en donde contrajo matrimonio con una señorita americana y hacía poco tiempo que se hallaba de regreso al Perú y puéstose al frente de sus intereses, que aunque algo valiosos, habían sufrido grandes quebrantos: jóven, culto, insinuante, con prestigio de hombre rico, á pesar de esos quebrantos de fortuna, su presentación á doña Isa- bel produjo en ésta grata impresión. Taylor es un artista, que hacía poco tiempo había llegado á Lima, y obtenido la reputación de buen dibujante por los retratos de bastante parecido y de algún mérito, hechos al carboncillo que exhibía constantemente en las vidrieras del almacén de Bacigalupi. Concertóse entre todos hacer una excursión á Matucana por el tren especial de recreo; la que se llevó á cabo en compañía de otras personas que aumentaron el número de los amigos admitidos por los esposos Lewis en su reciente y transitoria permanencia en la capital. El viaje fue. rápido, de pocas horas de duración, pero muy alegre y divertido, señalándose entre los de la comitiva, doña Isabel y Dockendorff que no se separaron un punto, entregados á expansiones que no pasaron desapercibidas para los excursionistas. La descarga del George W. Elder, había terminado, y se hallaba listo para zarpar. La noche en que se verificó la partida, una noche de Julio, con destino á San Francisco de California, las personas ya indicadas y el señor Sanchez representante de la casa comercial mencionada y dueño del cargamento, acompañaron al capitán Lewis y su esposa á bordo, donde permanecieron hasta el momento de la salida que se verificó á las nueve de esa noche. Una vez embarcados en el bote que debía conducir á tierra á los amigos, la señora Isabel manifestó á su esposo el deseo de acompañarlos hasta el muelle, á lo que accedió el Capitan. Alejados del buque como unos cien metros, la tripulación lanzó tres hurras, acompañados alternativamente de tres cañonazos, en honor de despedida á las personas que regresaban á tierra. Llegados al muelle, se presentó á la comitiva el primer ayudante de la Capitanía del puerto, comandante Silva, inquiriendo la causa que había producido los cañonazos de á bordo, á horas y en circunstancias inusitadas. Don Angel Sanchez contestó al comandante Silva, que el capitán Lewis había ordenado hacer los disparos del George W. Elder, porque era costumbre hacerlo así en las costas de California cuando un vapor se despedía de un puerto sin probabilidades de regresar á él. Satisfecha la autoridad con esta franca explicación, el mismo Sanchez ofreció una copa de champagne, como última despedida, al ca- pitan Lewis, su señora y demas acompañantes, con cuyo motivo pasaron á tierra y se dirigieron al Salon de Piatti. Doña Isabel y Dockendorff rehusaron tomar la copa de champagne, y mientras los demás brindaban y conversaban entre ellos, ambos salieron á la calle, solos, donde permanecieron por más de media hora, á cuyo tiempo abandonaron el Salón el Capitán y los demás amigos que se habían quedado, dirigiéndose al muelle. Ahí encontraron á Dockendorff y á doña Isabel entregados á una conversación propia de personas que llegan á la intimidad. Eran las once de la noche, de uno de los primeros días del mes de Julio del año que hemos recordado de 1891, cuando se realizaba la última escena que acabamos de referir, y que concluyó con la postrera despedida que en esos momentos die- ron Sánchez, Dockendorff. Bacigalupi y Taylor, al Capitán Lewis del vapor mercante George W. Elder y su esposa doña Isabel, en el muelle del Callao. *** A fines de Diciembre del mismo año ocupaba el departamento N.° 34, compuesto de una sóla habitación, del tercer piso del Hotel Mau ry propiedad de los herederos del señor Lecaros, una señorita americana, cuya simpática figura y otras circunstancias, como la de haber venido sóla, sin acompañamiento de familia ni sirviente alguno, había dispertado la curiosidad y cierto interés en los inquilinos y administradores del hotel; especialmente en éstos por el hecho de haber tomado el cuarto inmediato un caballero que les era muy conocido, lo que les obligó á notificar á la señora para que tomara otro depar- tamento de piso bajo, á fin de que estuviera mejor vijilada y atendida por los empleados y camareros. Ellos no podían saber, en efecto, que la huésped era la señora Isabel Lewis, muger casada, aunque en el momento ausente de su marido, y que podía ofrecerle las garantías que buscan los administradores de ese hotel en todas las personas que lo ocupan; garantías que llegaron á adquirir después al verla rodeada de los señores Dockendorff, Bacigalupi y Taylor, que fueron á verla y en cuya compañía estaba de contínuo. En efecto, eran los mismos amigos del matrimonio, que acudían á formar el círculo de doña Isabel, quien había regresado sóla al Callao, después de concluída la navegación del George W. Elder; pretestando para disculpar su regreso y justificar su separación del Capitán, que se había adelantado á su marido, porque éste venía en un buque de vela con un cargamento de madera, y debía llegar poco después que ella, al Callao. Como la única casa conocida para doña Isabel era la de Bacigalupi, fué presentada á los amigos de éste, en una tertulia de confianza que se verificó ahí el I.° del año. Fué muy atendida especialmente por Dockendorff á quien también se había invitado para la velada. Sus maneras de persona educada é inteligente, su belleza que sin ser extraordinaria, tenía algo de las formas seductoras de las personas románticas, y que á veces superan aquellas condiciones, produjeron en las circunstantes los efectos más favorables á la extrangera, como había sucedido entre los jóvenes de la ciudad que la conocie- ron y que comenzaban á formarle historia, recordando su viaje anterior, sus visitas al almacén de Bacigalupi y el paseo en el tren de recreo á Matucana. Doña Isabel nacida en Cincina- ti; era aún jóven, pues llegaba á 30 años de edad y aunque tenía hijos de su esposo el Capitán Lewis, el estado de madre no había marchitado la lozanía de su cútis fresco, sonrosado y brillante como por lo general es el de las mugeres americanas; reunía á estos atractivos naturales el arte en el vestir y la coquetería de la muger que pretende agradar y cautivar. Sin embargo, tenía una expresión fuertemente pronunciada como la fisonomía de las personas dispuestas á las grandes resoluciones; el cuello grueso y escultural, y las ventanas de la nariz más que des- parejadas abiertas por una respiración constante. Dicen además, que tenía aficiones espiritistas; pero de lo que si nos damos cuenta es de su inteligencia no vulgar y dé la energía de sus conceptos y de sus apreciaciones que hemos podido conocer. En una de sus cartas póstumas escritas desde Lima en la que habla de cierta persona decía: «siun hombre quiere saber cuanto será extrañado cuando muera, que hunda su dedo en el Océano y lo retire: tan grande como quede el hueco en el mar tanto será extrañado» Esta figura que encierra un concepto tan profundo como el fondo del mar, revela una inteligencia superior, un espíritu concentrado y un corazón capaz de abrigar las más hondas pasiones del amor, de la indiferencia y del ódio. El Dante, con haber llegado á las profundidades del corazón humano y hecho la pintura de todos los tormentos que lo aflijen y todos los sentimientos que lo abrazan, no ha expresado con mayor energía la indiferencia con que el alma de una muger es capáz de mirar al hombre á quien perteneció. Es, pues, algo explicable que el viaje de regreso á Lima lo hubiese realizado inducida por una pasión desordenada, y que, bajo su influjo, hubiera dejado pátria, esposo, hijos y amigos , sin ser guiada por otro móvil que no fuera un ciego impulso pasional. * * El Doctor Agnoli, médico italiano autorizado por la Facultad de Medicina de Lima, para ejercer públicamente su profesión como alópata, recibió la visita de doña Isabel, que fué acompañada de su amigo Peter Bacigalupi, quien la presentó al facultativo en el domicilio de éste con el objeto de que la oscultara el corazón y la diagnosticase la enfermedad de que podía adolecer. Esta se verificó dos días antes de la tertulia de la familia Bacigalupi, es decir, el 29 de Diciembre de 1891. Del exámen practicado por el Doctor Agnoli, no se desprendía nada que pudiera dar lugar á creer que existiese en realidad una afección dolorosa al corazón en doña Isabel; sin embargo de que, el mismo facultativo creyó descubrir insignificantes síntomas de una afee- ción cardiaca. Desde la vuelta á Lima, en los últimos días de Diciembre hasta la víspera, ó el mismo día, del 2 de Enero próximo de 1892, doña Isabel dió muestras de ser una persona muy poseída de sí, ajena á preocupaciones y cavilosidades, ó mucho las disimulaba, si en el fondo de su alma existía algo que fuese capás de perturbar sus facultades mentales y de romper voluntariamente el equilibrio de la vida. Por el contrario, sus antecedentes la aseguraban contra todo desequilibrio mental. Era madre de varios hijos, de los cuales el mayor tiene diez y seis años, á quienes había dejado en su país al cuidado de una amiga suya llamada Catalina (Kate) residente en San Francisco. Antes de contraer matrimonio con el capitán Lewis había sido casada dos veces. El Capitán, es un hombre robusto á pesar de los cincuenta años que cuenta, hombre de mar, dedicado al comercio marítimo como comandante del vapor cuyo nombre hemos repetido, perteneciente á una compañía de San Francisco de California; la amaba y la consideraba mucho. Aunque en su trato es un hombre afable, dejó traslucir alguna vez cuando hizo su arribada al Callao por el motivo que ya se conoce, que era capáz de provocar y consumar un lance trágico, pues había dicho, refiriéndose á las intimidades de su esposa con otra persona y á las sospechas que la conducta de esta le había infundido:—Si vuelvo á tierra tendré que cargar mi revólver. Esas sospechas llegaron en su ánimo á la certidumbre, pues en 20 de Enero de 1892, escribía desde San Francisco á un amigo suyo del Callao, en estos términos: Querido amigo y hermano: Mi mujer señora Isabel Lewis abandonó su casa é hijos en Noviembre 23 y se fué á Lima, Perú, inducida por un J. Dockendorff, el cual estaba en nuestra compañía la última noche que estuve en el Callao. Le hizo creer que podría ganar una gran cantidad de dinero con una pequeña partida de ópio, artículo que ella compró y se fué con él. Su amigo y hermano (Capitan) C. H. Lewis No contaba el capitán del George W. Elder, al escribir su carta de 20 de Enero, con que la separación de su esposa debía ser eterna, y que jamás se volverían á ver en el valle de la tierra, á no ser en la región donde dicen que moran los espíritus. * * El día 2 de Enero de 1892, el doctor don David Matto, uno de los médicos de policía de esta capital, fué llamado por el Intendente coronel Muñíz para ver una persona que había muerto, se decía, repentinamente en uno de los departamentos del hotel Maury. El doctor nombrado se constituyó en el referido local, y halló efectivamente el cadáver de una mujer tendido sobre el sofá, completamente vestido con traje de calle; á su derecha tenía una silleta donde había un frasco conteniendo un remedio y cuya receta, suscrita por el médico italiano doctor Ag- noli, le enseñaron. El cadáver era de persona que acababa de espirar pues aún conservaba el ténue calor de los que acaban de morir; tanto este síntoma cuanto la «placidez» de las facciones que conservaba el cadáver, hicieron presumir al médico de policía que la muerte era producida por una en- fermedad natural de carácter violento ó fulminante. Habiendo hecho las averiguaciones que le competían, vino á saber que había tenido asistencia médica; y convenció verbalmente al coronel Muñíz, que el certificado de defunción debía expedirlo el médico que la asistió á quien correspondía este deber. El mismo día los amigos de doña Isabel, Bacigalupi y Taylor, solicitaron del doctor Matto certificado de defunción, á fin de poder dar sepultura al cadáver de su compatriota, pero no pudieron conseguirlo, desde que para que lo expidiera era necesario verificar préviamente la autopsia en el Anfiteatro de policía. Ocurrieron entonces al doctor Agnoli, que asistió en una sola vez como hemos referido, á dona Isabel, con cuyo certificado que pre- sentaron á la Municipalidad obtuvieron la licencia para entierro. Mientras tanto, el señor Lecaros uno de los dueños del hotel, al apercibirse de lo que ocurría á las nueve de la mañana, fué personalmente á buscar al doctor Vera Tudela; á quien suplicó se constituyese en un coche á ver á una señora que acababa de sufrir un ataque de gravedad. Al llegar el doctor Tudela se encontró con otro médico, el doctor Bambarén, que llegaba también al lugar, llamado con igual objeto: se hallaban presentes don Peter Bacigalupi Taylor, dos camareros del hotel, en distintos sitios del cuarto de doña Isabel, quienes casi á una voz dijeron á los recien llegados:—yá ha muerto. Los dos médicos presentes hicieron una lijera inspeceión del cadáver para cerciorarse de la ver- dad, la que pudieron comprobar fácilmente, y habiendo preguntado á los dos extranjeros la enfermedad de que padecía la difunta, contestaron estos — que del corazón— que aunque se medicinaba, acababa de tomar una taza de café. Efectivamente había una taza vacía sobre una cómoda; además un pomo conteniendo sustancia tóxica. Llenado el objeto á que habían sido llamados, se retiraron ambos médicos, indicando al señor Lecaros, por solicitud de este — que diera parte de lo ocurrido á la Intendencia de policía para que la autoridad ordenase la autopsia del cadáver. Algunos meses después, Bacigalupi solicitó del doctor Vera Tudela un certificado médico acerca del hecho, esponiendole que hacía la solicitud por ser apoderado de la familia de una señora cuyo cadáver vió el doctor en el Hotel Maury, agregándole que todos los demás médicos le habían expedido un documento igual. Vera Tudela accedió comprendiendo en el certificado el juicio médico que se había formado, constatando que una afección cardiaca había originado la muerte. Pero ocho días después, el mismo Bacigalupi llamó hacia un lado de su almacén adonde había ido por asunto comercial el doctor Vera Tudela, y le pidió un nuevo certificado; por que el anterior—le dijo—no servía para el objeto á que lo destinaba, que era cobrar una póliza de seguro sobre la vida para cuya certificación daba la Compañía aseguradora un modelo, que al efecto le mostró impreso en inglés. El doctor no sabía traducir ese idioma y habiéndolo hecho Baciga- lapi, llenó aquél las preguntas que le constaban y suscribió el modelo. Casi al mismo tiempo en que habían concurrido los médicos que están relacionados, apareció doña Carmen Martins en el cuarto, que podemos llamar mortuorio de la señora Lewis desde que, cuando esta se presentó, aquella había dejado de vivir. Esta señora aunque de apellido francés, es natural del Perú, joven aún pues solo cuenta treinta años de edad y hacía quince días que vino de Payta, lugar de su nacimiento, alojándose en el mismo hotel Maury, donde conoció á la señora Lewis, ahí fué presentada al amigo de esta, Taylor, por otro amigo de su esposo. Llamada por Bacigalupi para asistir á la Lewis, sin memorar el nombre de esta, le agregó que había tomado un veneno, y que sus efectos eran mortales, que viniera á socorrerla. Acudió en efecto la señora Martins, pero cuando eran ya inconducentes sus auxilios: encontró la misma escena que los médicos; rodeando el cadáver de la señora Lewis, Bacigalupi, Taylor, y una tercera persona cuya fisonomía distinguió al través de los cristales de la mampara tras de la cual parecía ocultarse. La señora Martins no ha podido identificar la fisonomía de ese incógnito, que no apareció á su vista durante el tiempo que permaneció allí, ni aún después, ni con los medios inquisitorios que se han empleado para que pudiera hallar la comprobación. De temperamento nervioso y delicada constitución orgánica, ha mostrado impresionarse mucho con el suceso y aún más con las diligencias de investigación empleadas por la policía y por el juez del cri- men que tuvo en sus manos el proceso antes de las vacaciones judiciales del presente año de 1893. Mientras los diarios de la ciudad anunciaban el fallecimiento de una señora americana ocurrido repentinamente á causa de un ataque agudo al corazón, ó de una apoplejía fulminante, el público comentaba el suceso de distintos modos; pero como los diarios que le revelaban el hecho, no daban noticia alguna de que el cadáver reconocido por los médicos de policia hubiese sido trasladado á la Morgue, o Anfiteatro de policía, para hacer- le la autopsia; lugar aquel donde se conducen todos los cadáveres de personas que han fallecido en condiciones tales que puedan infundir sospechas acerca de los motivos de la muerte, poco á poco fué calmán- dose la inquietud y la alarma has- ta que el silencio selló todo comentario y murmuración. Solo algunos curiosos supieron que Bacigalupi, Taylor y Dockendorf habían honrado los restos mortales de la señora Lewis, conduciéndolos al cementerio de protestantes del pueblo de Bellavista donde se les dió sepultura. El cadáver, para el efecto, fué sacado del hotél la misma noche del 2 del Enero y conducido á la estación de San Juan de Dios del ferro-carríl inglés. En el primer tren de la mañana siguiente se le trasladó al lugar que hemos indicado y fué inhumado en las mismas primeras horas del día en presencia de un sacerdote protestante, que presidió la ceremonia fúnebre, de Doc- kendorff, Bacigalupi, Taylor y otras personas; éstas innombradas regresaron á Lima, pero las otras cuatro permanecieron en el hotél «Península» de Chucuito más allá de Bellavista donde almorzaron. Después de esta triste ceremonia, no se volvió á hablar del asunto. Pasaron los meses de Enero, Febrero hasta Setiembre en que el incendio del establecimiento de Bacigalupi, vino á causar esa profunda sensación en los pobladores de Lima y originar el célebre proceso que aún se sigue ante los Tribunales por éste motivo. Los amigos de la señora Isabel Lewis tuvieron que separarse aún más, porque la prisión de Bacigalupi en la cárcel les quitaba el centro de reunión. Taylor desapareció de Lima de una manera intempestiva. La atención de la policía .se había consagrado por entero á la averiguación de las causales y comprobantes del incendio, para ayudar á la justicia á descubrir si había ó nó propósito deliberado y punible en éste terrible desastre. No podía sospechar que en la muerte de la señora. Lewis mediara un crimen: homicidio ó suicidio *** Poco tiempo después de aquél incendio, el Intendente Coronel Muñíz, recibió un anónimo, bien redactado, en el que se señalaban algunas personas que podían dar noticias acerca de la muerte de una señora americana acaecida en Diciembre. ¿Quién era el autor? ¿Qué interés podía tener en hacer ésta denuncia, después de no haberla hecho durante diez meses en que guardó el más profundo silencio? ¿Era un cómplice resentido, ó sin serlo, arrepentido de su participación, que libre ya de la justicia mandaba ese aviso del exterior ba- jo la cubierta de un confidente que estaba en el secreto de lo acaecido? O algún enemigo encubierto, que buscaba venganza anónima, revelando un crimen anónimo también, que pudiera recaer sobre su enemigo? Por la fecha de Diciembre no correspondía al suceso que narramos: había encubierto otro suceso igual? O era la calumnia que se envolvía en los caractéres de esa carta anónima? Estos recursos son frecuentes, y así como en muchas ocasiones no merecen llamar sobre los hechos que contienen la atención de la autoridad que puede dirigir su acción contra el inocente, suelen ser también verdaderos, y producidos por un deber de conciencia, ó un deseo de contribuir á que se realize la justicia social contra los malvados que encubren sus actos en el mis- terio, por que disponen de medios para ello y son favorecidos por las circunstancias. En éstos casos, queda al discernimiento de la autoridad, apreciar la denuncia y proceder con discreción para no lastimar la honra de los aludidos, ni caer en la red del que con una mentira, pueda entretenerse en ponerla en ridículo. El Intendente pensó en todos estos extremos, y aunque el tiempo trascurrido, la falta de datos, el ningún vestigio, que había quedado del suceso, ni auxilio de pariente ó personas interesadas pudieran ayudarlo dándole la más lijera lúz; tuvo esa inspiración creadora, que mueve el brazo de los hombres de buena voluntad para hacer las obras que conducen á obtener el éxito que se desea. Inmediatamente tomó un coche, se metió en él, y dió orden al con- ductor que lo dirigiese á la calle X. No bien había caminado algunas cuadras cuando distinguió á la persona á quien buscaba. Hizo detener el coche llamando al transeúnte. Le manifestó que era el objeto de su viaje dirigirse á su casa, y sin darle noticia del anónimo, le interrogó exabrupto, acerca de los sucesos acaecidos con la señora Lewis. Una vez que el transeúnte estuvo tocando la portezuela del coche — Todo lo sé — dijo el Coronel Muñíz, acentuando la frase —como Ud. lo sabe bién. *** Las primeras revelaciones que pueden obtenerse de un testigo no juramentado, por la autoridad de policía, suelen ser eficaces, si los hechos, los nombres, las fechas y los sitios que se designan son exactos y conducen derechamente al descubrimiento; pero si hay error, por falta de memoria en el narrador, ó por miedo, excitación nerviosa ú otra causa, el dato erróneo más insignificante, puede echar á perder el resultado obtenido por la sorpresa. El transeúnte, dió ciertamente algunas señales al Intendente coronel Muñiz y algunos nombres entre ellos el de la señora Martins. Antes de pensar en dirigirse al transeúnte á que nos referimos, á quien no conocía, descubrió por deducción quién podría suministrarle noticias, fijándose en una otra persona, de las varias que habían concurrido al departamento que ocupó doña Isabel en el hotel Maury. Tal persona nada representa por sí misma en la sociedad, ni sus condiciones le podían colocar en situación de tomar parte, ó de estar al corriente de los detalles ocurridos con motivo de la muerte de la señora Lewis. Pero, si, podía ser, como fue en efecto la guía para descubrir á quien tenía motivo de estar al corriente de aquellos detalles; fué como por inducción, que logró el Intendente acertar en la persona de aquél transeúnte, que le abría las puertas de lo desconocido facilitándole sus investigaciones, y con lo que él le reveló, podía proceder respecto de otros de la misma manera inductiva que había pro- cedido para llegar hasta él. Refiriéndose á la señora Mártin cuyas declaraciones son sin duda de las más interesantes del sumario para continuar el descubrimiento, le dijo que esta señora vivía en Miraflores. El Intendente se constituyó en ese lugar personalmente, pero no pudo evidenciar el hecho: no la encontró ahí, ni pudieron darle noticia de su paradero, por que jamás había ido á ese lugar, al menos que lo supieran los vecinos. He ahí nuevamente perdido el hilo de la pesquisa, 3 La señora Mártin, como se recordará, es natural de Payta, lleva un apellido francés que no pudo recordar ó ignoraba el que comunicó la noticia al Intendente, y aunque este pudo saberlo después averiguándolo en los asientos de los libros donde se registran los nombres de pasageros del hotel Maury, nadie, después de tantos meses, daba razón de su residencia. Bertrand Lesbats administrador del Hotel Maury, al dar informes verbales al Intendente, le expuso que el camarero que servía á la se- ñora Lewis y le había alcanzado la taza con café que se encontró en el cuarto, se llamaba Miguel Aguirre y que había salido de la casa. La información que este diera, podía servir de mucho para el esclarecimiento de los hechos; pero desgraciadamente no se hallaba en Lima, y después de averiguaciones prolijas, se vino á saber que se había ido á la provincia de Pallasca. Así volvía á perderse el derrotero, ó al menos á retardarse los esclarecimientos preliminares que condujeran á procedimientos seguros. La incansable diligencia del Intendente, dió al fin el resultado apetecido, pues logró descubrir que la señora Mártin ocupaba el departamento número 36 en el Hotel de Francia é Inglaterra. Un oficial de policía se constituyó en el alojamiento, por orden del Intendente, y tomada por éste la primera declaración que inicia las investigaciones escritas ya de la policía, comenzó á conocer detalles de sucesos ignorados hasta entonces por todo el público, á excepción de los actores en ellos que los habían guardado en el sijilo y con la reserva más escrupulosa. Sin embargo, las declaraciones tomadas por el Intendente no conducían al esclarecimiento de un crimen, y tal vez si la precipitación en hacer público el hecho podría prevenir y precaucionar á los que apareciesen culpables. Faltaba algo más concreto, más fundamental, que pudiese servir de base á la instauración de un proceso judicial; y aunque las narraciones obtenidas, presentaban un cuadro bien interesante en el fondo del cual podía verse un delito, no había más motivo de presunción ni otro matiz siniestro que lo acreditara, sino el anónimo. Pero este mismo podría inducir á la revelación indiscreta de uno de esos dramas de amor, que se diivulgan publicamente por venganza ó por celos, contra la persona favorecida y que son extraños á la acción represora de la autoridad. Tan naturales eran estas conjeturas que aún se hacían en los primeros momentos en que los diarios de la capital volvieron á referir el suceso de la muerte de doña Isabel, y comentar las primeras noticias que se dieron de las pesquisas de la policía, hasta que se mezcló en ellas los nombres de Bacigalupi, Taylor y Dockendoff. *** Cuando se verificó el incendio del almacén de Espaderos en la noche del 17 de Setiembre, nada se sabía úna de lo ocurrido respecto de do- ña Isabel, y la policía participaba de la misma ignorancia del público. El Juez del Crimen que inició el sumario para el descubrimiento de las causales de ese siniestro tomó posesión de la caja de fierro y de los papeles y objetos que contenía, guardándolos en calidad de depósito judicial. Había entre esos objetos dos frasquitos de cristal y dos cartas redactadas en inglés cuyos sobreescritos habían sido abiertos no obstante de estar dirijidas á San Francisco de California, la una signada con el número I á Mis Kate Mc Andreu y la otra con el número 2 para Hayward and Gray, una de estas cartas contenía una llave pequeña. El coronel Muñíz pidió esos objetos al Juez de la causa por incendio. En aquellos momentos en que las investigaciones del Intendente parecían desvanecerse ó determinar un aplazamiento, recordó el hecho que acabamos de exponer; la circunstancia de que uno de los frasquitos contenía sustancia que despedía olor acre tan pronunciado de almendra amarga le hizo presumir que contuviese ácido prúsico y la fecha en que estaba escrita la carta signada con el número I, en Lima, era de 31 de Diciembre de 1891, le movió á hacer la traducción. Una de ellas, entre otras cosas, decía: Lima, Perú, Diciembre 31 de 1891. Querida y dulce amiga: Por fin llegué aquí con tranquilidad en cuanto se relaciona con el misterio, tanto como es posible, para que una que ha sido tan infeliz como yo, pueda gozar de tranquilidad. Mi querido amigo había quebra- do en sus negocios, todo se había perdido y él mismo estaba desesperado. Había ido á la hacienda y regresado pocos días antes que yo: quedó sorprendido, pero creo que merecí la bienvenida, aunque será una lucha para arreglar las cosas; El estaba ausente cuando llegó el telegrama. Querida amiga Catalina, cuánto la extraño, cuánto la necesito, cuánto la quiero: cada pensamiento mío encontraba la contestación en U! Dios sabe que he hecho lo que podía para lograr lo mejor para todos, á fin de mejorar en lo posible un mal negocio. Si las niñas están bien, lo demás no me importa. No he tenido noticias suyas y apenas puedo esperar la llegada del correo para ver como andan las cosas. Puedo ver á Louis y se me presenta como una visión. Tengo gusto de haber venido, pero lo siento por mi querido amigo. El aprecia lo que él llama «sacrificio» que he hecho, y creo que aún queda para mí un poco de paz. .............................................................. Dentro de pocos días le escribiré nuevamente y después por todos los correos que es cada semana, Adios Afectísima Isabella Desearía estar mejor de salud y podría entonces escribir cartas más interesantes.» La lectura de la anterior, le produjo la impresión que habrían experimentado los lectores: hay en ella, en verdad, un sentimiento no vulgar para una persona que arras- traba á doña Isabel de una manera fatal á venir á Lima y estar cerca de ella como si fuera sugestionada; pero al mismo tiempo hay otro móvil, que aunque relacionado con esos afectos, constituye un hecho para la apreciación judicial, y que el Intendente acojíó, considerándolo como dato para sus exploraciones. De qué misterio hablaba doña Isabel? No lo era sin duda, ni podía explicarlo, el contenido de la otra carta hallada dentro de la caja de fierro que textualmente dice: Lima, Diciembre 31 de 1891. Señores Hayward y Gray. Muy señores míos: Sírvanse vender los lotes números 36 y 38 en la «avenida del Parque» (Park avenue) y remitan los fondos según arreglo. Vendan el lote de la calle Height, si alguna oferta algo razonable se puede obtener. Envíe paquete registrado á Isabella Leivis al cuidado de Peter Bacigalupi.» Por el tenor de esta se deducía que doña Isabel, quería reunir dinero, la mayor suma posible, en Lima. . El misterio no podía referirse á este propósito; el misterio venía consigo, lo había traido en su viaje de regreso verificado en el vapor de la carrera procedente de Panamá aI Callao. Estaba tal vez encerrado en su maleta? Era acaso el opio á que se refiere el capitan Lewis en su carta de 20 de Enero? Dónde estaba esta maleta después de la muerte? Baigalupi había recojido todas las cosas de su amiga, y las había guardada en su poder. El raciocinio que se hiciera sobre estas cartas, permitía vislumbrar más claramente que no con los anteriores hechos, pero siempre con insuficiencia; porque no podía llegarse siquiera al descubrimiento del cuerpo del delito, ó diremos, con menos rigor judicial al medio ejecutor del delito. Fué entónces que el Intendente resolvió practicar el análisis químico de los frasquitos encontrados, y la natural suspicacia se había fijado en la raspadura hecha intencionalmente en la marca de fábrica ó contraseña que cubría uno de ellos, dejando percibir tan solo estos fragmentos de la inscripción: in—p—Rma ncisco M Del resultado del análisis se vino en conocimiento que uno de esos frasquitos contenía las siguientes sustancias: Alcóhol ethilico—cantidad regular . _ Agua destilada—casi la totalidad Acido clorhídrico—cantidad notable Acido cianhídrico—cantidad notable Cloroformo—vestigios Esencia menta—idem Morfina—idem Esta composición es con insignificante diferencia la de un específico norte-americano conocido con el nombre de «clorodina». El otro frasquito contenía diez centímetros cúbicos de líquido, emitía un olor ciánico francamente pronunciado de una reacción acida como el líquido del frasco anterior, y en el que descubrió el químico municipal dos sustancias: ácido cianhídrico (pénsico) disuelto en agua destilada. Tal circunstancia indujo al analizador á dosificar dichos componentes y obtuvo de la operación el siguiente resultado: ? Acido cianhídrico — 2,595 miligramos—disuelto en cien centímetros cúbicos de agua. Esto representa la composición más concentrada de todas las disoluciones de ácido prúsico ordinariamente empleadas en la medicina. El líquido se hallaba completa mente transparente é incoloro, y fundado en estos caractéres el químico, supuso que era de reciente preparación, adquirida hacía poco tiempo en alguna droguería, pues ateniéndose á los principios de la ciencia acerca de sustancias de es ta especie, la luz descompone el ácido cianhídrico produciendo un precipitado negro en el fondo del depósito, lo que no se verificaba en el presente caso á pesar de la transparencia completa de la vasija. El Intendente comprendió por este análisis que se trataba de dos sustancias tóxicas, y que la raspadura de uno de los frascos podía ser casual, pero también podía ser deliberada con el objeto de hacer desaparecer la dirección del estable cimiento de farmacia que había expendido el veneno. Aunque las raspaduras de las marcas de fábrica habían hecho desaparecer las letras que señalan la procedencia, podía leerse en otro do los frasquitos las palabras Pharmacy San Francisco siendo de distinta forma y de distinto tamaño del anterior. El análisis químico proyecta una luz que comienza á iluminar la obscuridad en que se halla envuelto este suceso; por que todo hace pre- sumir hasta ahora que hay un envenenamiento de por medio y que la verdadera incógnita consistirá en la mano que propinó el tósigo. Verdad es que debe buscarse la relación eficiente que hay éntre la existencia de los venenos en la caja de fierro de Bacigalupi, con todas las circunstancias que le rodean y que hemos narrado, y el suceso misino. Hay desde luego un vehículo, para formar juicio á priori, y es el mismo Bacigalupi quien guardó todas las especies ú objetos perte necientes á doña Isabel; pero el juicio que engendra no puede llevar á una conclusión acertiva aun que las apariencias se presenten inductoras, porque aún no se sabe si esos líquidos fueron los que tomó doña Isabel: si uno de los frascos fué el mismo que se encontró en la habitación mortuoria. *** Para las inquisiciones de la policía, no era necesario profundizar mucho en tales reflexiones, ni llegar á la certidumbre real á que ellas pueden conducir. Mas preciso todavía, podía serle el hecho mismo de la defunción, sobre el cual no cabía término medio en esta disyuntiva: Si doña Isabel ha muerto envenenada, los síntomas externos no podían ocultarse al médico de policía que hizo el reconocimiento del cadáver, y en este caso él certificado que expidiera tenía que expresar la verdadera causa. Si por el contrario, reconocía una enfermedad, no había ya cuestión, y eran inútiles los esfuerzos practicados hasta entonces y los que continuaran practicándose an- te los términos concluyentes de la certificación médico-legal. Desde luego esta última conclusión se presentaba más lógica; por que para verificarse la primera habría sido menester que se hubiese hecho la autopsia del cadáver que no se verificó; y he aquí cómo fué necesario que esclareciese el punto el médico comisionado Doctor Matto desde cuya declaración principia ya el Intendente á desenredar la trama de este crimen anónimo. Sabemos cómo exculpa su responsabilidad ese facultativo, refiriéndose al doctor Agnoli, cuyo certificado está concebido en estos términos. «Lima, Enero 4 de 1892. El qué suscribe certifica que el día 31 de Diciembre último la señora Isabel Lewis se presentó á su estudio acompañada del señor don Peter Bacigalupi quien sirvió de intérprete en la consulta ignorando dicha señora el idioma castellano. La señora acusaba dolor al corazón y síntomas de alterada función cardiaca, y del exámen resultan señas que hacían diagnosticar con probabilidad una 1ijera insuficiencia mitral. Después supo el que suscribe (por informes del Doctor Matto médico de policía quien examinó él cadáver) que la señora había muerto repentinamente. Parece pues probable que la muerte haya sido efecto de una parálisis cardiaca producida por dicha lesión valvular. Dr. M. Agnoli.» De manera, pues, que en vista de un certificado dubitativo como es este, sobre el que no ha debido concederse la licencia para la sepultura, no era posible decidirse por ninguno de los términos extremos de la disyuntiva. Quedaba la incertidumbre en el ánimo, y era necesario desvanecerla hasta obtener mayor número de datos para dar el asunto por concluido, ó decidirse á entregar todos los antecedentes al Juez del Crimen y hacer la denuncia de oficio en legal forma, ** El doctor Vera Tudela dio á Bacigalupi un certificado, que no fué el que éste presentó á la Municipalidad, sino que debió servir para solicitar el pago de un seguro sobre la vida. Había, pues, un nuevo vestigio que perseguir. Averiguado que la Compañía de Seguros Ransei de Cincinati, Ohio, había asegurado á doña Isabel por la cantidad de 3.000 dollars, oro americano, el Intendente dirigió un . cablegrama al Gerente de la compañía pidiendo se le dijera el nom- bre de la persona que hubiera cobrado la póliza del seguro de la señora Lewis y la fecha en que se hubiera hecho el pago; á lo que contestó la Compañía diciendo que había resuelto suspender el pago, á pesar de que el esposo de la difunta señora exigía que á él le fuera abonada. El Capitán, en efecto, noticiado del fallecimiento de su esposa, había pedido el certificado de defunción respectivo, con el cual se presentó á la Compañía aseguradora; pero, es indudable, que la manera incorrecta con que aquel documento estaba redactado y su procedencia, no le daban el carácter de fehaciente, para que produjera todos sus efectos, como es costumbre en estos casos; pues había ocurrido el comisionado, por el Capitán, al Consul inglés en el Callao D. Jorge Wilson que lo expidió, En una segunda carta del Capitán al mismo amigo, del Callao, le dió nuevas instrucciones y le incluyó el modelo impreso á que nos hemos referido, el cual mostró Bacigalupi al doctor Vera Tudela, para practicar en Lima estas diligencias, presentándose en la Legación de los Estados Unidos acompañado del artista Taylor á legalizar sus firmas como testigos. Hay que advertir, sin embargo, que este punto no ha quedado bien esclarecido, por que el Secretario de la Legación no está muy cierto de quien fuera el dueño del seguro y casi lo está de que procedía de una compañía de Chicago; cuando la otra póliza procede de Cincina- tí, Ohio. ¿Son acaso dos los seguros? * * Las funciones que la ley peruana otorga á los Intendentes de Po- licía, se limitan á la inquisición de los hechos criminales, durante el breve término que media entre el instante en que llegan á su conocimiento y aquel en que comienza á conocer de ellos el Juez del fuero. Desde entonces se inicia la jurisdicción judicial, y cesa la investigación oficiosa de la policía que termina desde que hace la denuncia del delito. El coronel Muñiz, no podía, pues, avanzar hasta esclarecer la coexistencia de dos pólizas de seguro cuya precisa determinación, podría servir poderosamente para llegar á la certidumbre moral de lo que tiene que ser el resultado de un proceso seguido con todas las formas y los trámites del juicio. Solo un Juez de Instrucción habría podido entrar legalmente en las averiguaciones conducentes á descubrir si era una ó eran dos las pólizas, el valor de cada una de ellas, las personas que respectivamente se habían presentado á reclamarlas, la comprobación de la identidad de las dos compañías aseguradoras, que aparecen en distintos Estados de Norte América: una en Cíncinatí, Ohio, y la otra en Chicago. Desgraciadamente el Juez de instrucción. no existe en el Perú, por que la Ley no lo ha creado, ni esta les reconoce á Los intendentes las facultades de practicar el sumario en juicios criminales, atribución propia de aquél. Grande fué pues su perplejidad ante este obstáculo impuesto por la ley á su actividad, al verse obligado á cejar en un punto que naturalmente exitaba su avidez para descubrir nuevas hechos que tan intimamente se relacionan con este crimen anónimo. Su situación era la del que persigue á un prófugo que se adelanta y que cuando le vá á coger, alcanza el asilo sagrado de una iglesia, ó el de una Legación extrangera ante la que debe detenerse el perseguidor en guarda de la inmunidad diplomática. Igual perplejidad debió tener el coronel Muñíz, al escapársele las investigaciones acerca de aquellos dos personajes que aparecen entre sombras en el curso de los sucesos que si iban sorprendiéndolo á medida que se presentaban, aguijoneaban más y más su curiosidad y su amor propio de autoridad comprometida seriamente en una investigación de trascendencia para la seguridad social que le está encomendada y en la que aparecen personas de alguna significación, de relaciones y de influencia poderosas. Si el coronel Muñíz hubo leido y recordaba las Memorias del señor Claude, el Jefe de la Policía de París durante el segundo Imperio de Napoleón III, es indudable que en la situación en que nos encontramos de este proceso, su ánimo luchaba abiertamente con la impotencia legal: luchaba como el del señor Claude ante el anónimo del autor misterioso, relativo á la Asamblea; y cavilaba á punto de amortiguar su celo ante ese lindero que opone la ley escrita y las responsabilidades que se asumen al traspasarla cuando el éxito feliz no viene á coronar los avances á que conducen las mejores intenciones por el buen desempeño del cargo. Su acción, pues, no ha alcanzado hasta descubrir quien sea el personaje que oculto tras de los cristales de la mampara del cuarto mortuorio de la señora Lewis, donde parecía ocultarse, no llegó á presentarse al descubierto durante el tiempo que la señora Mártin permaneció ahí; la que dice haberlo visto en el dormitorio muy emocionado y asustado mirando al través de las vidrieras. No era Taylor porque este se hallaba de pié, en esos momentos, cerca de la puerta del saloncito. No era tampoco Bacigalupi, porque durante la misma escena, éste se encontraba arrodillado junto al cadáver de doña Isabel, teniéndola de una mano. El coronel Muñíz no podía descubrir este incógnito, porque era impotente la facultad de que se halla investido, y hubo de dejarlo á la acción judicial. * * El otro incógnito estaba á la sazón fuera de los alcances de su autoridad. La relación que pueda tener con el crimen anónimo, en sí mismo, ó con los personajes que en él figuran hasta ahora, se escapaba igualmente á sus inquisiciones. El supo de boca de una de las personas que estuvieron á bordo del George W. Elder, que de este vapor mercante se había desprendido una embarcación menor, la noche de su partida del Callao, en uno de los primeros días del mes de Julio de 1891, con el objeto de llevar consigo á un pasajero extraño á la tripulación del buque, á quien se había esperado hasta última hora, pues llegó en el tren procedente de Lima. Don José Drew, uno de los amigos y compatriotas del capitán Lewis, corrobora el hecho y manifiesta, en efecto, que después de comer en la cámara del George W. Elder vinieron todos á tierra para esperar á un pasajero llamado Hewner, y que en lo ostensible la salida de doña Isabel y de Dockendorff del Salón Piatti para dirijirse al muelle donde fueron encontrados media hora después por los demás, coincidía con la llegada del último tren y obedecía al plan de encontrarse y reunirse con Hewner. Este siguió el destino del Capitán, doña Isabel y demás tripulantes, dirigiéndose á las costas de California, donde desembarcó, separándose de sus compañeros de viaje y yéndose á establecer en una de las ciudades populosas de los Estados Unidos. Su salida de Lima, su viaje en un vapor mercante, la hora en que ocupó el tren y la en que zarpó el George W. Elder, que le condujo á lejanas playas, la reunión con el capitán Lewis, la espera de doña Isabel y de Dockendorff que le acom- pañaba, todo repentino y misterioso, corresponde también al misterio con que Hewner había vivido en esta capital en los últimos años, á los juicios de gran consideración en que se hallaba envuelto ante los Tribunales de Justicia del Perú, y otros antecedentes que hasta hoy han sido ignorados no obstante la significación que ellos tienen. Nadie ha sabido ni podido explicarse el papel que en la vida social tenía Hewner, á quien se ha visto de huésped del Hotel Maury casi siempre solitario, como un monomaniaco, ó como un personaje sospechoso. Peter Hewner, americano del norte, es un anciano que pasa tal vez de ochenta años, de elevada estatura, tanto como puede serlo el hombre de la mayor talla, de luengas barbas, pobladas y completamente encanecidas, cuya mirada parecía indiferente para los demás, pero en la que se advertía cierta intención escondida y de acostumbrado disimulo. Hablaba poco, ó no hablaba, y cuando lo hacía era difícil penetrar en el fondo de sus intenciones: á pesar de su estatura extraordinaria andaba siempre erguido, con cierta mesura como quien esquiva. Por su vestido que casi nunca remudaba, parecía un hombre arruinado, aunque no lo fuera para las personas partícipes de sus secretos y para las que sabían los pleitos de gran éntidad que seguía ante los Tribunales de Justicia. Solo ocurriendo á los anales judiciales, de reciente fecha, se puede saber que las apariencias de ese anciano eran engañosas, y que hay en su vida una serie de hechos que merecen presentarse, para hallar alguna relación entre su viaje y los sucesos que constituyen la materia del proceso-Lewis. Desde luego estaba arraigado por mandato judicial, y al emprender su marcha del Perú para no volver jamás, según todas las probabilidades, prefiriendo al vapor de la carrera un vapor mercante, cualquiera podría suponer que lo hacía por falta de recursos, y que el capitán Lewis lo tomaba á su cargo por gracia ó caridad, como se hace con algún desvalido extrangero, á quien se conduce á su patria para que acabe su penosa vida al lado de los suyos. Pero esto no sucede con Peter Hewner; porque cuatro meses después de su partida, fijaba su residencia en Philadelphia, ciudad del estado de Pensylvania, y anunciaban los periódicos de la localidad, el establecimiento del capitalista Peter Hewner en una de las calles más pobladas, con un millón de dollars. * Volviendo á lo que respecto de él encontramos en los anales judiciales del Perú; uno de los pleitos que se le seguía era criminal y el otro civil. El primero por una gran cantidad de alhajas ascendente á una suma considerable de dinero. En el otro juicio que se le seguía se le demandaba la entrega de cincuenta mil soles de plata, valor estipulado en un contrato que celebró con el capitán Lambert de la marina mercante de los Estados Unidos. Apesar del fallo expedido en todas las instancias en favor de Hewner; es indudable que él estaba obligado á entregar esta suma al capitán Lambert, por la naturaleza é importancia de los servicios que este le había prestado;de los cuales se aprovechó Hewner para conseguir pingües ganancias con las que ha llegado á completar el millón de dollars de que consta hoy su fortuna, según lo refieren los periódicos de Philadelphia á que nos hemos referido. En efecto, el capitan Lambert, hombre inteligente y de vasto espíritu, conocía todos los negocios de don Enrique Meiggs, como no les conociera ninguno de los que le ayudaron en sus empresas, ni como secretarios privados, ni en otros servicios; y á su fallecimiento quedó él como depositario de ciertos secretos, cuya revelación podía importar el descubrimiento de algunos millones. Hewner, maquinista y arquitecto al venir al Perú, se entrometió en negocios de gran monta, aunque no siempre se viera que en ellos pro- cedía con limpieza y severidad, ofreció á uno de los herederos de Meiggs ponerlo en posesión de bienes ocultos, que no podía descubrir sin el auxilio eficáz del capitan Lambert. He ahí el origen del contrato, cuyos comprobantes corren en el expediente respectivo. Los tribunales no pudieron penetrarse de la certidumbre de un contrato de locación de servicios, en que se había estipulado el valor de 50,000 soles por los que prestó Lambert á Hewner. La concepción moral aparecía en oposición con la apreciación legal; creyeron inverosimil el pacto sobre la base de suma tan considerable, cuando los negocios entre yanques, son operaciones en grande, que obedecen á la audacia con que ellos acometen las empresas de todo género ateniéndose á los resultados que de ellas se obtienen. Es precisamente este espíritu degrandes especulaciones lo característico; y á la vez, lo diferencial entre la raza latina sud americana y la anglo sajona del norte de América. No hay pleito alguno, en verdad, seguido en el Perú, en que se haya pretendido una suma igual por precio de servicios personales; apenas si se puede recordar el de pago de honorarios por dos distinguidos abogados que prestaron respectivamente sus servicios profesionales á dos fuertes casas de comercio. Después de estos, los anales judiciales, no contienen procesos seguidos en virtud de demanda de pingües remuneraciones, sino á título de indemnización civil. *** Personas que han conocido más circunstanciadamente á Hewner aseguran que éste no es su verda- dero nombre, sino el de Johnson, que cambió con el de Hewner para eludir no sabemos qué género de responsabilidades, y pasar la vida de incógnito por todo el tiempo necesario, hasta asegurarse la tranquilidad y reelegar al olvido las causales que le determinaron á encubrir su verdadero nombre, Pero otro género de negocios fueron indudablemente los que fomentaron la actual fortuna de Hewner sin que nos sea permitido decir en qué consistían; más es indudable que la colonia americana en Lima, que hace el comercio honrado, no le tenía en alta estima, razón por la cual se explica su aislamiento de ella hasta el punto de que la misma Legación Americana, no hubiese querido tomar interés decidido para patrocinar varios reclamos que por su intermedio pretendió hacer al Gobierno, valiéndose de la me- diación diplomática á fin de obtener lo que en justicia no podría alcanzar. Apesar de ser tan poco conocido hacía como treinta años que había venido al Perú, y celebrado varios contratos con el Gobierno de la Republica, uno de ellos en la construcción de la Penitenciaría y el otro en la reparación del vapor Loa de la marina de guerra para convertirlo en monitor. Tal es el otro personaje que aparece aún entre las sombras del misterio, y á quien, según la referencia de Drew, fueron á esperar á la llegada del último tren de Lima, doña Isabel y Dockendorff para embarcarlo sigilosamente en el George W. Elder, la noche en que se hizo á la mar. La coincidencia de éste viaje, puede ser independiente de los sucesos que forman el proceso; pero te- niendo en cuenta que Hewner es un hombre avesado á negocios poco escrupulosos, que la escena del muelle puede tener tanto de una entrevista amorosa de despedida entre doña Isabel y Dockendorff cuanto de complicidad en la verdadera fuga, inesperada, de Hewner, que abandonaba el Perú precipitadamente escondiendo su nombre y su persona de la publicidad á que están sometidos los pasageros en los vapores de la carrera; el ánimo más desprevenido se inclina á ver en éste hecho una huella que puede conducir al esclarecimiento de ciertos antecedentes conexos con dichos sucesos; con mayor razón si se considera que Hewner alguna vez anterior tuvo relaciones de negocio con la antigua Casa Dockendorff. Envuelta la historia de su vida en antecedentes tan nebulosos, en el estudio del proceso se encuentra su aparición como un hecho que recarga el interés dramático; pero del que puede aprovechar la justicia en sus diligencias de esclarecimiento, para descubrir los puntos de contacto que tiene su viage con los negocios que doña Isabel tenía entre manos, ó el mismo Capitán, su marido, puesto que ya hemos visto, que ella traía una cantidad de ópio al regresarse sola, y que antes había protegido junto con Dockendorff su evasión clandestina de la capital para dirigirlo á bordo del Jorge W. Elder en viage á los Estados Unidos. *** En cuanto al Capitán Lewis, una vez que se separó de Hewner, y que tuvo noticia fidedigna de la muerte de su esposa, contrajo nuevo matrimonio. No habría necesitado de la constancia de la defunción para verifi- carlo; por que el hecho de haberse separado la muger del marido, constituye según la ley que rige el matrimonio en la república de Norte América, un motivo de divorcio. Aunque la legislación no es uniforme en todos los Estados, en la mayor parte de ellos, predomina el contrato civil, dejando completa libertad á los contrayentes para que realicen por acto posterior el matrimonio eclesiástico. Doña Isabel no era católica, y tampoco parece serlo el Capitán; de manera que el enlace habido entre ambos carecía del vínculo perpétuo que impone la Iglesia Católica á los que celebran la unión bajo la forma de un sacramento. El divorcio, viene á ser entonces una especie de anulación del contrato civil, ó rescisión por causa sobreviniente, y las legislaciones á que aludimos, contienen una serie indefinida de casos, cuya concurrencia es tan fácil y ocasionada que á menudo se suceden las rupturas, convirtiendo el matrimonio civil que se pacta de por vida en una unión temporal, dejando en aptitud legal á los cónyuges de poder contraer nuevas uniones sin que por esto se produzca el menor escándalo, ni ante las autoridades ni ante la sociedad que ha aceptado é introducido en sus costumbres lo que la ley tiene establecido. Uno de esos casos, en varios Estados, es la separación por un año de cualquiera de los casados; y basta la presentación del que desea el divorcio, ante el Juez ordinario, que avisa por los diarios la demanda, para que al punto se declare formalmente, sin la comparecencia de la otra parte: el notario hace la anotación en el registro respectivo, y en seguida se otorga una cons- ancia del divorcio, la cual puede presentarse para contraer nuevo matrimonio. Así se explica que doña Isabel hubiese contraído nupcias por tres veces con distintos hombres, á una edad temprana, y que hubiese probado un despego tan grande por su tercer marido, alejándose de él con el propósito firme de dar motivo á una separación legal y ponerse en la condición de mujer independiente expedita para casarse por cuarta vez. Contribuye á formar esta presunción la ignorancia en que vivía del verdadero estado civil de Dockendorff, á quien creyó soltero; pues cuando habla de él, en las cartas dirigidas á su confidente y amiga Catalina, no hace mención de que tuviera conocimiento de que fuese casado. ¿Fué el desengaño adquirido, al palpar la realidad de este hecho, lo que la decidió á quitarse la vida? * * Uno de los penalistas más no- tables de estos tiempos, tratan- do de estudiar el crimen cuando es producido por impulsos pasionales, dice, que, con el vago epígrafe de amor pasan una gran parte de los homicidios y asesinatos, en espe- cial los envenenamientos. Y examinando después en el curso de sus estudios psiquátricos las estadísticas, agrega la observa- ción de que presisamente el enve- nenamiento es el crimen á que re- curren con preferencia los cónyuges, en especial las mujeres, que no sa- ben como librarse de otra manera de un vínculo matrimonial que lle- gó á serles insoportable. Estamos pues, tocando ya las cuestiones psiquátricas de este proceso; á medida que penetramos más en el fondo de él se presenta á la investigación ese cúmulo de detalles y de hechos al parecer insignificantes, que se alejan hasta desaparecer por completo cuando se interrumpe la actuación de las diligencias y pierden estas la solución de continuidad, y que conservan su relación eficiente con la trama del delito cuando son constatados en un solo acto y recojidas durante las primeras inquisiciones. Para apreciar en toda su aplicación las ideas que hemos recordado acerca del envenenamiento producido por causa pasional, al caso de la Lewis, habría sido menester que se hubiese reunido ya el conjunto de circunstancias que concurrieron y que todas ellas hubiesen sido compulsadas por el Intendente que inició el proceso al descubrir la existencia de un crimen en he- chos vagos é inciertos al principio desvirtuados algunos por la acción del tiempo. Las mismas declaraciones tomadas por el Intendente de policía lo eran aisladamente, y como hemos visto en la narración de ios primeros esclarecimientos, hubo más de un momento en que estuvieron á punto de perderse en el vacío haciéndose impalpable los acontecimientos ocurridos. Es indudable que á existir el Juez de Instrucción la faena llevada á cabo por el Intendente habría sido más fácil y los resultados que se obtuvieran más eficaces. Con la facultad legal que le es atributiva de organizar el sumario, habría seguido paso á paso las incidencias, conexionándolas, tomando seguidamente todas las declaraciones, practicando el careo de los testigos antes de que sus depo- siciones llegasen á conocimiento de las otras personas que de distintos modos y por diferentes motivos aparecen partícipes, en fin, habría podido encontrar la unidad de la trama desde el primer momento en que ella presente los ca- ractéres delictuosos para dar intervención á la justicia social. Hoy todas estas diligencias concentradas en una sola persona por disposición expresa del Código, enervan la acción del Juez que las comete; los esfuerzos hechos por la autoridad de Policía en casos como el presente, de una manera tan oficiosa como laudable, sólo sirven en la actuación del proceso judicial como datos que puede aprovechar el Juez, pero sin valor legal alguno, aunque ellos contengan las más precisas y verídicas revelaciones. Tales actuaciones no producen el efecto de la prueba, á tanto estremo que si el reo se hallase confeso ó los testigos aseverasen haber visto practicar el delito, si aquél y estos no reproducen sus dichos dentro del sumario que actúa el Juez del fuero, la labor de la autoridad de policía se hace inconducente para el formalismo judicial é importa tanto como si no existiera. Volvamos á nuestras anteriores apreciaciones acerca de las causas pasionales que pudieran haber motivado el envenenamiento de doña Isabel. Ni la glacial indiferencia que había llegado á tener por su marido, ni el amor concebido por Dockendorff, apercibido por el Capitán Lewis, podían determinar á este á tomar una resolución homicida. No era de ahí de donde provenía el medio ejecutor del delito: el Capitán, es cierto que amaba á su mujer, pero á la ingratitud de esta podía oponer un remedio que le indemnizase de su desafecto, y ese remedio se lo proporcionaba la misma separación voluntaria de su lado, al volverse al Perú abandonándole á él y á sus propios hijos. La legislación de Norte América, como hemos recordado ántes, le facilitaba la adopción de un nuevo matrimonio, puesto que ella autoriza el divorcio dejando expeditos legalmente á los cónyuges separados para contraerlo nuevamente con terceras personas. Si el Capitán amó mucho á doña Isabel, las postreras acciones de ésta debieron extinguir en él el afecto hasta hacer desaparecer por completo sus huellas; por que lejos de guardar su memoria y manifestar esa condolencia natural en los esposos que se han amado, no dejó trascurrir tiempo desde que supo su muerte para contraer nupcias con otra mujer. Habían llegado ambos al estado de repulsión: mientras doña Isabel alentada por esperanzas acerca de un porvenir incierto pero que ella miraba venturoso, ponía la profundidad del mar como signo equivalente á la inmensidad de su indiferencia, á su vez el Capitán la dejaba partir de California conformándose con la separación que no podía evitar, y que le llevaba el último resto de cariño que pudo haber abrigado por ella; pues en la carta en que participa este hecho á su amigo del Callao, no hay una sola palabra que manifieste conservara en su corazón algo del antiguo afecto, ni una queja que trajera á estos lugares el pesar que deja la deslealtad de la mujer á quien se ha querido. Al abrigo de sospechas, bajo este aspecto del estado pasional del Capitán Lewis, en cuanto pudiera ser el autor del envenenamiento, quedaría por averiguar el hecho mismo, para dejar subsistente la posibilidad de efectuarlo, no obstante de que no existe la razón de ser que determina los actos criminosos en esta clase de delitos pasionales. Pero ese hecho tendría que descansar sobre la duración del tósigo desde que pudo ser propinado hasta la verificación de su efecto mortal. Computando el tiempo que medió desde la partida de doña Isabel, de San Francisco de California, hasta el día de su fallecimiento, aparecen trascurridos un mes siete días y horas; de manera que habría que solucionar para el caso hipotético que proponemos: si los efectos de un veneno pueden resolverse durante tanto tiempo, y hallar una explicación racional á la existencia de las sustancias tóxicas del frasquito que se encontró en el cuarto mortuorio, y de las que se hallaron en la caja de fierro de Bacigalupi, para separar desde luego el homicidio proveniente del esposo del suicidio presumido en doña Isabel. * * El Juez de instrucción habría, en efecto, cogido, desde el instante de la muerte de doña Isabel, todos los hilos del delito, y éste no habría presentado los caractéres de un crimen anónimo, como hoy sucede, sino que habría sido descubierto desde que él se perpetró. Habría sucedido entonces lo siguiente: Con el aviso dado al Intendente de Policía por el Comisario del barrio, el Juez de Instrucción se habría constituido en el cuarto mortuorio para poner el auto cabeza de proceso, con que se inicia el sumario, tomando las declaraciones de todos los que estuvieron ahí y de las otras personas que oyeron decir á éstos que doña Isabel moría envenenada. No habrían trascurrido seis meses desde el crimen hasta las primeras investigaciones hechas por el Intendente para descubrirlo: por que los actos consiguientes á la iniciación del sumario por el Juez instructor, lo habrían dejado perfectamente esclarecido. Ese funcionario con facultades jurisdiccionales de que carecen hoy los Intendentes en el Perú, habría pedido el reconocimiento forzoso médico-legal del cuerpo abrigado aún por los últimos calores que hacen palpitar el organismo cuando recién se inicia la descomposición cadavérica, y salvando escrúpulos ? injustificables y contemplaciones indebidas ante el deber trascendental que exige la verdad y la justicia social amenazados, lo habría hecho conducir á la Morgue, para que se le hiciera la autopsia, y con ella se practicase el análisis químico de las visceras á fin de descubrir los rastros inmediatos é inequívocos que deja la intoxicación. Nada de esto se verificó, por que el Intendente carecía de autoridad para realizarlo, desde que, ateniéndose al certificado del médico de policía y sin atribuciones peculiares para ordenar la autopsia, no podía usurpar atribuciones que pertenecen al Juez del fuero á quien compete según el Código Penal, actuar el sumario en los juicios criminales, el cual no podía ordenarlo partiendo del hecho de una muerte repentina sospechosa por que ignoraba su realización. Así, pues, se ha hecho notar palpablemente la deficiencia de la legislación por la falta de un funcionario, que han creado las leyes modernas en otros países, como auxiliar poderoso para la investigación criminal, á quien se encomienda la formación del sumario, dejando la comprobación, el debate que provoca la defensa del reo y la resolución del juicio, para el Juez del fallo, cuya misión concretan al exámen de las pruebas producidas y á la aplicación de la pena que determina la ley para el hecho comprobado. Al ver de cerca estos procesos desentrañados, en los que se transparenta el delito, pero en los que á la vez el medio ejecutor solo puede ser visto por la conciencia moral, se convence uno de la importancia que tiene el Juez de instrucción y de la necesidad de crearlo. * * El envenenamiento por grados, ó sea la ingestión del tósigo para que produzca sus efectos lentamente y destruya la naturaleza de un modo fatal después de un periodo de tiempo más ó menos largo, es hoy una simple conseja en que se creyó como cosa cierta en épocas en que el vulgo era tan numeroso en estas materias que fácilmente daba asentimiento á las referencias más infundadas. Hoy mismo es muy general la opinión que se tiene acerca de los efectos remotos y del trabajo paulatino de un veneno sobre el organismo del hombre, y se relatan casos con tan vivos colores que la imaginación se apodera de ellos y los abulta dándoles las proporcio- nes con que la fantasía de cada cual los presenta. Pero la Toxicología ha echado por tierra esa falsa idea y ha venido á probar con la exactitud del análisis químico y de la observación de las intoxicaciones hechas en los animales y las encontradas en los hombres en diversos procesos criminales, que el veneno tiene una acción rápida y produce sus efectos en corto tiempo. La muerte, pues, causada por un tósigo no se deja esperar, y el sujeto que lo absorve no puede pasearse ni entregarse á escenas alegres de mucha duración llevándolo consigo dentro de sus entrañas. Hay ciertamente algunas sustancias cuyo ataque es parcial, ya sea por la pequeña dosis en que entra en la composición que se ministra, ya por la poca fortaleza de la ma- teria en que ella consiste; pero cuando sucede uno ú otro caso, afecta solo un órgano, produce enfermedad que es causa ocasional de muerte, si no se atiende á curarla, pero no es agente directo. Dos síntomas entonces se revelan exteriormente en el paciente, y viene la medicina á combatirlo con eficacia. Ninguno de esos síntomas se manifestaron en doña Isabel hasta el día mismo de su muerte, en que sus íntimos amigos propalaron en los mismos instantes de su agonía que estaba envenenada. Se le había visto sana y alegre recorrer las calles centrales de la ciudad, penetrar al almacen de Bacigalupi y entregarse á las fruiciones de la velada que se celebró la víspera en casa de aquél. El médico italiano Doctor Agnoli adonde la llevó él mismo, el día 31 de Diciembre de 1891, para que la oscultara, diagnosticó «una ligera insuficiencia mitral» y en su carta á su amiga Catalina escrita en la misma fecha, no se muestra muy preocupada de la alteración de su salud; es decir, que hay un día de por medio entre estos síntomas y la enfermedad, los que serían muy leves é insignificantes puesto que le permitieron asistir á la tertulia que duró hasta la madrugada. La intoxicación, pues, no ha podido ser en California, ni podido efectuarla el Capitán Lewis, por que el veneno no habría tardado un mes siete días y horas para producir su efecto mortal sin causar antes, cuando menos una afección aguda de que no padecía doña Isabel. Si algún lapso de tiempo ha de concedérsele, al no aceptarse que fuera propinado en los momentos inmediatamente anteriores al fallecimiento, tiene que ser desde que sintió dolerle el corazón, cuyo accidente le obligara á hacerla consulta médica al Doctor Agnoli. ** La falta de comprobación inmediata del estado sintomático del cadáver alejó las sospechas en todos aquellos que por razón de oficio estaban obligados á instaurar la acción judicial. La información del médico de policía había sido verbal, y su excusa para expedir el certificado, fundándose en que doña Isabel había tenido asistencia médica, dió al suceso un carácter normal. Pero esas irregularidades no fueron suficientes para hacer desaparecer los vestigios, y el crimen por misteriosa que sea la manera como se realiza trasciende como los va- pores desprendidos de las capas terrestes. Casi siempre son ineficaces los esfuerzos y las prevenciones que se emplean para ocultarlo; porque :se revela contra toda precaución. Hay veces en que esa revelación aparece sobrenatural, no siéndolo en realidad, puesto que bien estudiados los fenómenos que le dan esa apariencia encuentran su explicación en cierto orden de ideas ó en la correlación que tienen las cosas humanas. Así, no hace mucho, que se descubrió un crímen cometido hace tantísimos años, en uno de los valles del norte del Perú. EI caso merece recordarlo ahora, para patentizar lo que hemos dicho Un extrangero llegó á una hacienda situada en esa región, y fué hospedado por el administrador del fundo en el único cuarto que había disponible y que consideraba aparente para la distinguida condición del viajero. Este tan luego como comenzó á conciliar el sueño fué despertado por ruidos vagos que creyó percibir en la habitación, que iluminándose instantáneamente le hizo ver al favor del reflejo la fisonomía de una mujer. Por supuesto que no durmió durante la noche, y al siguiente día refirió lo acontecido como era natural, agregando la descripción de la aparecida. Los que le escucharon vacilaban entre la duda y la estupefacción por lo maravilloso del cuento, y le presentaron un album de retratos en el cual se hallaban los de los antiguos dueños de la hacienda. Al pasar la vista por uno de ellos el extrangero se sorprendió de encontrar en él la misma fisono- mía que creyó ver durante la noche. Era la de la muger del antiguo propietario del fundo que había sido asesinada por éste hacía tiempo, pero de cuyo hecho no había tenido conocimiento la justicia por haberse realizado el crimen sin testigos, ni dejado la menor huella; pues solo algunas personas observaron la desaparición de la victima sin poderse explicar los motivos que la produjesen. Jorge Isaacs refiere el descubrimiento de otro crimen cometido en Colombia, por un Juez, al reconocer una calavera separada del lugar propio de las sepulturas, y que dió lugar á un proceso célebre. Una serie de casos podíamos referir, en que aparece lo sobrenatural ó lo inverosímil guiando al hombre como particular ó investido de autoridad hácia el crímen invisible. Otras veces, como sucede al presente, los mismos hechos se encargan de hacer las revelaciones y preparan la obra, á los procedimientos judiciales que tienen por objeto la verificación. En efecto; aunque las referencias hechas por Bacigalupi á los médicos de quienes reclamaba un certificado para cobrar las pólizas de seguro, y antes de eso, las trasmitidos al señor Dawson para que éste otorgara la licencia para depositar los restos mortales de doña Isabel en el cementerio de protestantes en el pueblo de Bellavista, lejos de aludir á un envenenamiento, presentaban la muerte producida por ataque fulminante, proveniente de enfermedad al corazón; fueron distintas las primeras manifestaciones que hicieron él y sus amigos Taylor y Dockendorff acerca de la muerte, y las que oyeron otras per- sonas. En esas primeras impresiones que aparecen destruidas después por declaraciones conducentes á dar al hecho un carácter normal, se constituye la atmósfera fatal que se desprende del delito. Testigos que penetraron al cuarto mortuorio declaran que éste se hallaba revuelto, y en desórden como si se hubiese practicado un violento registro: Ahí se encuentra un frascrito de sustancia tóxica que recoge y guarda Bacigalupi en su caja de fierro Se perciben las emanaciones ácres que denuncian la existencia de ácido prúsico Dockendorff entra demudado á su almacén y manifiesta al señor Gepp «sus sospechas fundadas de que la señora Lewis hubiera muerto envenenada» La señora Mártin vé tras las vi- drieras un caballero desconocido «notablemente emocionado, denotando susto» por lo que acontecía Taylor penetra en el almacén de Bacigalupi y dá la noticia «muy espantado.» Todos declaran en esos momentos que la Lewis ha muerto envenenada; y no faltan quienes, hablaran hasta llegar su dicho á conocimiento del señor Mateos, médico dentista, de que se había cometido un homicidio:.... así lo refiere éste al Intendente de policía once meses después. *** Hasta aquí las investigaciones de la policía habían dejado en bosquejo el crimen. El aparece con todos los caracteres de la evidencia, y la verificación corresponderá, desde el momento en que pase de las pesquí- zas de aquélla, á la autoridad judicial. Esa verificación será la que se encargue de completar el bosquejo y á ella tienden las comprobaciones señaladas por la ley del procedimiento criminal y el examen médico-legal que requiere la naturaleza del delito de que se trata. En efecto, luego que el Juez del Crimen doctor Arias, recibió en el mes de Noviembre de 1892 el parte del Intendente relacionándole los hechos y haciendo la denuncia, en el cual le daba también la noticia de que el cadáver de doña Isabel Lewis había sido sepultado en el cementerio protestante de Bellavista, letra F. número 36, cuartel número 2, jurisdicción del Callao, ordenó su inmediata exhumación cometiéndola al Juez del Crímen de esa provincia. El Juez, doctor Nicomedes Po- rras, encomendó la operación á los médicos de policía de la localidad doctores Rodriguez y Cárdenas. Comprobada la identidad del cadáver, procedieron á verificar la autopsia, extraer las vísceras y depositarlas en un frasco para que se verificara el análisis químico. Operaciones son estas que requieren la mayor escrupulosidad y acierto; por que de ellas depende todo el éxito del proceso judicial. Ellas van á servir de punto de partida á procedimientos ulteriores de la mayor importancia; van á constituir la base del juzgamiento; el mismo análisis químico dependerá de la manera como estos facultativos procedan: y por fin, deslindará la acción proveniente de la medicación propinada por el doctor Agno- li de la que tiene su origen en el envenenamiento voluntario. Puede decirse que aquí está el nudo legal del proceso. *** Sabemos que el doctor Agnoli había diagnosticado una insuficiencia mitral, y conforme á éste diagnóstico recetó cafeína, á doña Isabel. Esa enfermedad consiste en la insuficiencia de la válvula mitral, que interrumpe ó dificulta las funciones normales del corazón; de manera que el tratamiento expresado es el que la medicina preceptúa como el más seguro y de eficaces resultados En este sentido, el facultativo, habrá procedido con acierto y su responsabilidad moral estará á cubierto hasta de la más lijera sospecha. Pero sucede, que, hay otra afección que se confunde comunmente con aquélla; es la insuficiencia aór- tica (de la aorta, arteria madre que nace del ventrículo izquierdo del corazón), cuyo diagnóstico es fácil confundir con la insuficiencia mitral; pero que exije un tratamiento completamente diverso, y tanto, que precisamente la cafeína que se recetó á doña Isabel, podía producir un efecto diametralmente opuesto, y causar la muerte del enfermo. Una equivocación en el diagnóstico, habría producido este funesto resultado: solo que fuese comprobado el envenenamiento habría cambiado de dirección el juicio que se pronunciase contra el médico, y el proceso tomaría forma diversa. Entonces, el error médico, á semejanza del error judicial cometido en las sentencias injustas contra inocentes, cambiará la faz de este proceso: doña Isabel no hubiera sido la víctima de un crímen voluntario, sino de uno de esos errores profesionales que están fuera de la legislación positiva, y que se consuman en el silencio bajo apariencias saludables y por el lícito y humatario ejercicio de un sacerdocio á que la sociedad se entrega con la más plena confianza. Tan terrible antinomia que asalta á los que como nosotros vienen estudiando este proceso, como si se tratara de una disección anatómica sobre cuerpo inerte, la solucióna, la operación de los médicos de policía del Callao á quienes se encomendó tan grave operación como es grave la responsabilidad que les compete por el modo como la ejecutaron. A primera vista se descubre que aquí es preciso salvar el corazón de doña Isabel á todo trance, salvarlo íntegro, para deducir en el examen médico-legal, si existía insuficiencia de la válvula mitral, diagnósti- cada, y poder entónces asegurarse de que el tratamiento de la cafeina fué bien ordenado. Por que, si por el contrario, no existía esa afección sino que la insuficiencia era en la aórtica, el tratamiento era desacertado y la cafeína había sido el agente mortal. *** Los médicos de policía doctores Cárdenas y Rodríguez, pusieron á disposición del Juez comisionado los frascos en que habían depositado los fragmentos de vísceras extraídos del cadáver y las sustancias halladas en el estómago del mismo, indicando que carecían de elementos para hacer el análisis químico de esos despojos y dictaminar si la muerte había sido ó no producida por la injestión de una sustancia tóxica. Habían destrozado el corazón léjos de conservarlo intacto para el reconocimiento. Convertídolo en fragmentos por la misma mano pericial hacían tal vez imposible la confirmación ó refutación del diagnóstico, destruyendo de una manera brutal, ó inconsciente, una de las fuentes más poderosas para la comprobación judicial, haciendo desaparecer uno de los términos fundamentales para el discernimiento jurídico, quitando al proceso una de las bases de sustentación, puesto que ella se contrae á la determinación legal del instrumento del delito y á la existencia del mismo. Además, contra los principios establecidos por la ciencia, esos despojos habían sido colocados en un líquido cuya naturaleza y estado químico de pureza no se indicaban en el certificado, haciéndolo así tan deficiente, que más parecía die- tado por un propósito de desviar por completo el rumbo que debe seguirse para ir hasta la comprobación legal, que en obedecimiento á un deber sagrado, para cooperar á la realización exacta de la justicia. Tampoco se expresaba en ese certificado si se había hecho uso de sustancias desinfectantes para la exhumación y autopsia. De manera que, esa primera faz del procedimiento judicial, en laque la Medicina legal ejerce un rol de tanta trascendencia, deja el proceso Lewis desprovisto de su más primordial y esencial requisito. Pero así como los médicos aludidos, se mostraron tan poco escrupulosos en esta operación, el Juez de Lima, se penetró desde el momento en que tuvo en sus manos el certificado, de sus defectos é insuficiencia. Otro funcionario que no estu- viese al corriente de los principios generales de la Medicina Legal, de la gran significación é influencia que tiene esta ciencia en los procesos criminales, especialmente en los originados por causas de envenenamiento, lo habría tal vez pasado desapercibido, y aceptándolo sin más observación que el decreto de sustanciación que ordena se agregue á los autos, habría corrido en estos y obrado más tarde con toda la fuerza que los Códigos conceden á la prueba instrumental. Pero el doctor Arias que está versado en las ciencias auxiliares de la jurisprudencia criminal, convencido de que la división del corazón de doña Isabel, hecha en trozos por los médicos de policía del Callao, ya no tenía enmienda, creyó ganar algo en datos para el análisis químico, y libró nuevo des- pacho al Juez de ese puerto, para que los expresados médicos absolvieran las siguientes preguntas que, al confirmar nuestras anteriores apreciaciones, confirman también las deducciones que venimos haciendo, tanto en el exámen síquiátrico cuanto en el exámen moral y jurídico de este proceso. Preguntaba el juez acerca de estos puntos: Si usaron, los médicos de policía del Callao, para la exhumación y durante la autopsia del cadáver sustancias desinfectantes En caso afirmativo ¿cuáles fueron estas? y si se convencieron antes de emplearlas de que eran químicamente puras En qué líquido depositaron los fragmentos de órganos extraídos ¿En alcohol? ¿Se cercioraron de que este era también químicamente puro, ya que no habían remitido una muestra de él? Los médicos contestaron este interrogatorio en términos capaces de salvar su competencia profesional y aún su responsabilidad como peritos; pero la omisión de esas especificaciones desde el primer momento hace temer mucho que el análisis posterior no esté exento de toda causa de error. La respuesta viene á sentar un procedimiento á posteriori, que en tal condición no podía ser expresada, dejando á descubierto la responsabilidad en que han incurrido los peritos. Ella no puede rectificar las serias incorrecciones con que se ha hecho la autopsia, ni una simple exposición como es, puede unir los segmentos del corazón punto objetivo del examen médico-legal. El Juez ha remitido á la Facul- tad de Medicina para que ella con más competencia y mayores elementos verifique el análisis, y en el momento en que llegamos á esta parte de nuestro estudio, los facultativos nombrados por esa institución, practican los que les concierne, cuyo resultado apreciaremos antes de dar término á éste trabajo. Cualquiera que sea esa opinión facultativa, y mientras ella se lleva al proceso para ilustrar el criterio del Juez, ¿quién puede asegurar que los médicos que hicieron la autopsia no han llevado al cadáver, quizá sin darse cuenta de ello, pues no tenemos derecho de acusar, alguna sustancia cuya presencia en él puede desviar el juicio de los analizadores de la facultad de Medicina? Tenemos que establecer esta hipótesis en atención á las irregularidades cometidas, sin que ella pue- da significar otra cosa que una observación naturalmente deducida en la compulsación de la prueba pericial, vista bajo los diferentes aspectos que ella pueda presentar en sus relaciones con el delito; puesto que el dictámen que pronuncie la Facultad de Medicina, será más bien una sábia exposición acerca de la teoría de los venenos, y tal vez un exámen del sumario en su parte de jurisprudencia médica, que un riguroso y decisivo análisis químico formulado sobre materia y hechos que han desaparecido, ó que se presentan deformes é inaparentes para una exacta observación científica. *** El mismo penalista que hemos citado ántes, ha deducido de las estadísticas publicadas recientemente, que de los delitos más graves que se cometen corresponde el primer lugar, que constituye el mayor número, á los causados por alcoholismo, en segundo término aparecen disminuidos los causados por codicia ó interés en apoderarse de la propiedad ó bienes agenos, en tercero á las venganzas, y solo en cuarto lugar aparecen las cifras inferiores producidas por amor. Este cálculo como todas las observaciones siquiátricas sirve para juzgar de los delitos independientemente de las disposiciones del Código, cuya aplicación solo corresponde al Juez, pero no se puede dejar de considerar esa faz que suele conducir al descubrimiento de los crímenes anónimos. No era, pues, de extrañarse las medidas precautorias que tomara el Intendente, al tiempo de pasar los antecedentes al Juez del Crí- men para la formación del sumario, en vista de ese concepto autorizado acerca de los motivos que concurren en la comisión de los delitos. Sin prejuzgar y ateniéndose solamente á las declaraciones que personalmente había recibido, podía comparar con esa especie de tabla á que hoy se atienen todos los que de alguna manera están encargados en la sociedad de descubrir y apreciar los hechos criminosos, los actos practicados por los amigos de doña Isabel, que pudieran tener relación con su muerte. Ni la primera, ni la tercera caudal, tenían razón de ser en este caso; pero no sucedía lo mismo con la segunda y la cuarta; porque, en efecto, el interés aparecía envuelto en la póliza de seguro de la Compañía de Chicago, cuyo cobro no había solicitado el Capitán Le- wis, desde que solo se sabía de la de Cincinati; en la porción de ópio, de la que se prometía doña Isabel una gran cantidad de dinero al introducirla como contrabando que no ha sido denunciado, y cuyo paradero se ignora absolutamente, así como el precio obtenido por su venta; en las alhajas de su uso personal que desaparecieron sin que nadie diera razón de ellas hasta el extremo de haber ocurrido Bacigalupi á levantar una suscripción para costear los gastos de entierro: y el amor, podía también haber entrado, sino como causal de homicidio, como de suicidio, en cuyo caso, no podría ser extraña completamente la persona que se hallaba complicada en el drama que había motivado. El Intendente expidió orden de detención contra Dockendorff, al mismo tiempo que entregaba al Juez, la jurisdicción, que le corresponde. Este funcionario le tomó su instructiva y como de las primeras actuaciones del sumario nada apareciese hasta entónces contra él, el Juez dijo al Intendente que por su parte no tenía aún fundamento legal para ordenar que continuara la detención, y se le puso en libertad. Mas tarde, apareció de la declaración de la señora Mártin el indicio de que Dockendorff fuese el desconocido que oculto en el dormitorio de la Lewis, apareció confusamente tras de las vidrieras, y entonces el Juez ordenó la detención precaucional de Dockendorff. La señora Mártin es una persona histérica. Juzgamos el histerismo en su caso, no como vulgarmente se cree, una neurosis sensual, sino nerviosa, que mantiene todo el sistema en una constante alteración que produce desequilibrio; la señora Mártin es, lo que la nueva escuela positivista llama un ser desequilibrado, Al atenernos á las teorías que ella establece deducidas del examen antropológico, esta clase de desequilibrados son propensos á la mentira y es necesario observar muchas precauciones para evitarla en sus declaraciones. El Juez se apercibió de este estado neurótico, ó idiosincrático como expresarían los penalistas de la otra escuela opuesta á la ya citada, y juntando en un solo acto las diligencias del careo y de la rueda de presos, que establece el Código peruano, para hallar el descubrimiento del personage misterioso que había visto la señora Mártin al través de las vidrieras del dormitorio de doña Isabel, en la persona de Dockendorff, se constituyó acompañado de un oficial de policía y el escribano en la habitación del Hotel Francia é Inglaterra que ocupaba aquella señora. La forma del interrogatorio tendía á evitar que la excitación nerviosa le hiciese decir lo que no había visto en realidad, así es que el Juez la hizo del modo siguiente: Juez—El señor (señalando á Dockendorff) ha venido para armonizar su declaración con la de Ud.; porque hay algún punto en que ambas declaraciones no están conformes. Señora Mártin—(algo excitada)— Repito lo que antes he dicho, de haber visto una persona en el dormitorio de la señora Lewis. Juez—Entre las personas que estaban con Bacigalupi y Taylor, vió Ud. al señor? Señora Mártin—No se encontra- ba entre aquellos, al menos no lo ví junto al cadáver como á los demás. Juez—Y lo vió Ud. en el interior. Señora Mártin—Tampoco. Juez—Entonces el señor no es quien se asomaba detras de la mampara. Señora Mártin—La persona que yo vi no tenía bigote, y el señor tiene bigote. Los vagos recuerdos de la señora Mártin después de once meses, no le permitieron guardar hasta Noviembre de 1892 con exactitud y fijeza en la memoria, la fisonomía de aquél desconocido que viera el 2 de Enero del mismo año; de modo que cuando el Juez practicó su reconocimiento, no pudo obtener la confirmación de que fuera Dockendorff esa persona, y tuvo que decretar su soltura. *** Promuévese, entretanto, respecto de Bacigalupi un incidente de acumulación de autos, por el delito de incendio y por su complicación en este proceso. A Taylor no puede tomársele su instructiva, porque abandonando la capital, se dirije á otro lugar en el extrangero. La exhumación del cadáver de doña Isabel es objeto de la impericia de los facultativos del Callao. En fin, el sumario comienza á hacerse difícil, y la justicia legal, apela al auxilio de la Facultad de Medicina, para que ella le dé las bases del juzgamiento positivo en el análisis químico de los despojos destrozados de la infeliz envenenada. He aquí como la ciencia médica viene en auxilio de la legislación á ser su copartícipe en la realización de la justicia, y á probar prácticamente que sin la Medicina Legal, es muy difícil, en crímenes como el presente, el descubrimiento; así como no puede llegarse á la certidumbre moral, ó formarse el criterio jurídico sin las observaciones deducidas de la Psiquiatría y cic la Antropología criminal. Las meras conjeturas nada valen en ninguno de los dos aspectos iniciados, bajo los cuales aparecen 1os delitos, en los que debe hacerse concurrir esas observaciones para que siempre caiga sobre los culpables una de las dos ó las dos sanciones á la vez, la positiva y la de la moral social. Pero sigamos el desarrollo del proceso en manos ya del Juez del fuero. *** El Juez ha tenido que practicar ciertas diligencias para abarcar las condiciones materiales que ofrecía el departamento de la Lewis cuando acaeció su muerte; hay en esas condiciones que á primera vista parecen insignificantes, datos reveladores que á la vez contribuyen á extirpar las contradicciones en que incurren los declarantes, y á sugerirle los medios de ampliación, puesto que, él tiene que proceder de una manera más formal y acertiva que el Intendente: para esta autoridad la inducción era el conductor que lo llevaba de descubrimiento en descubrimiento; para aquella es indispensable palpar las cosas por insignificantes que sean y apreciarlas en el teatro mismo de los sucesos. Ahí nos hemos constituído á fin de que nuestras observaciones no tengan discrepancia fundamental con los procedimientos de carácter oficial. Por eso podemos ver al juez, trasladado en el departamento del Hotel Maury, recorriendo sus compartimentos, tocando los muebles que sirvieron de uso á doña Isabel, que aún se conservaban, tomando razón por referencia del señor Leca- ros y llegar á formarse una idea gráfica, diremos así, del menaje, del lecho en que dormía, de los lugares en que se encontraron el pomo de ácido prúsico y otros objetos, de la cómoda delante de la cual se halló vacía una bolsa de cuero, del lugar hasta donde llegó la señora Mártin, de la posición que toma la puerta del dormitorio abandonada naturaímente á su propio peso y de un cúmulo de detalles á que se contraen las referencias anteriores y posteriores al suceso y á las diligencias practicadas. Para que el lector pueda seguir al Juez en esa excursión de detalles pertinentes á la prosecu- ción del proceso y de la cual sacará aquél funcionario todo el provecho que resulta de la inspección ocular no en vano considerada por la ley como un medio de investigación acertiva, y á la vez de prueba judicial, le hemos trasado el croquis anterior. Al cual corresponde la siguiente explicación para su mayor inteligencia: Entradas 1—Entrada al vestíbulo. 2—Iden al salón. 3—Iden al balcón. 5-5—Iden ai dormitorio. Posiciones 4—Ventana. 6-6—Estado usual de la puerta del dormitorio. 8-8—Lugar donde había un comodín escritorio. Muebles 9-9—Sofá. 10-10—Cómoda. 7-7—Comodín con estante. 9—Mesa de centro. 10—Cómoda. 2—Una silla. 13-13— Catre donde dormía la Lewis. Cada uno de estos sitios, cada mueble de los enumerados recuerda un incidente y lleva al proceso un contingente de luz que puede proyectar sobre el crimen, y que el Juez recoje en las declaraciones, unas veces con la vaguedad propia de testigos que presenciaron los hechos á distancia de once meses de ocurridos, otras con el temor que sujiere una responsabilidad que se presiente, y en algunas con el ánimo de estraviar su criterio. Asi; la consola delante de la cual se halló vacío el bolsón de cuero que usaba la Lewis, recuerda que de ahí se estrajo dinero, que no fué ciertamente hallado. El camarero Juan Lopez niega haber sido él quien lo estrajera, y recuerda que hallándose arreglando el cuarto número 35, oyó sonar el timbre del número 34 donde habitaba la Lewis que estaba asomada al balcón. Que al cabo de una hora, después de haberla servido una taza de café sintió que bajaba una persona precipitadamente por la escalera, cuya cabeza que era la de un hombre, distinguió perfectamente, siguiendole con la vista hasta que salió á la calle, y llamándole la atención el hecho por la manera apresurada con que trataba de abandonar el hotel. Que en esos momentos oyó la voz de Bacigalupi que lo llama- ba del mismo cuarto número 34, y le encargaba que fuese á avisar al dueño del hotel que la señora Lewis se moría; y que en las horas de la tarde le preguntó Bacigalupi por las Letras que había tenido la difunta. Lopez es el tipo del hijo de las sierras del Perú, pero habla de una manera muy comprensible y relata los hechos con naturalidad. —Hasta hoy su comportamiento es el de una persona honrada, nos decía en su presencia el señor Lecaros, cuando le oímos decir las cosas que él había visto. Y convencido y halagado el mismo, por la recomendación que hemos recordado agregó López: —Hace algún tiempo que encontré en el hotel valores por mil soles, que entregué en esta administración por que ignoraba el nombre del pasagero á quien pertenecía. Lopez como muchos de sus paisanos, que se ocupan en el servicio de los hoteles de Lima, hizo un viaje á su tierra llevando sus economías y actualmente se halla de regreso dedicado á las mismas faenas de antes. ¿Qué se han hecho, pues, esas Letras? Ellas representan una cantidad de dinero cuya suma no se sabe y que viene á aumentar el caudal de la Lewis desaparecido por completo. Era dinero traído de California en su último viaje? Procedía del valor del ópio que había introducido como contrabando? Sabido es que ese artículo es de los más costosos y que sobre una pequeña cantidad vendida sin haberse pagado los derechos arancela- ríos que les está asignado, se puede obtener sumas crecidas. No sin razón había dicho el Capitán Lewis, que su esposa se prometía, inducida por Dockendorff, obtener una gran cantidad de dinero de la venta de dicho artículo. La presencia del comodín, á su vez, donde se halló la receta del doctor Agnoli, recuerda igualmente la oscultación de este facultativo cuyas referencias formalizadas precisan más, ó cualifican el diagnóstico, que él hizo, y se puede saber por lo que él mismo dice, que parte de sus observaciones estuvieron fundadas en las referencias que hacía Bacigalupi al hablar en nombre de la Lewis en el momento de la consulta; puesto que ni ella podía expresarse en español, ó italiano que es el idioma del doctor, ni aquél en inglés porque lo ignora. De manera que era el intérprete quien hizo la historia de la enfermedad del paciente y quien trasmitió el interrogatorio para obtener las respuestas conducentes á la oscultación, que fué hecha bajo los supuestos expresados por el interprete. Un diagnóstico formulado bajo esas condiciones no podía motivar un tratamiento eficaz y concluyente, por cuya razón dice que el certificado de defunción fué expedido por algo parecido á una condescendencia y no por convicción plena, no obstante la duda que había nacido en su espíritu de la posibilidad de la muerte por su ____ que él presume. El escritorio recuerda que dentro del cajón que contiene se halló cuarenta soles de plata, único dinero de que se dá cuenta. La posición usual de la puerta del dormitorio dá la idea de cómo pudo encontrarse adentro alguna persona, ó como pudieron entrar y salir otras que como Bacigalupi no fué visto por el camarero Juan Lopez, sino en el momento en que fué llamado por él, para que diera aviso del caso extremo de la Lewis, al dueño del hotel. En fin, sobre ese circuito está desenvuelta la escena más palpitante de este drama judicial, y de ahí se desprende la trama del delito para las comprobaciones preliminares que constituirán las revelaciones que arroje el sumario encerradas hasta hoy en el sijilo que es de práctica judicial, aunque no lo preceptúa el Código, para asegurar la eficacia en el descubrimiento del delito y de los delincuentes que son su objeto primordial. *** Según el sistema que observa la justicia en el Perú en virtud de la organización que tienen sus Tribunales, el juicio que formule el Juez tiene que sujetarse á los hechos externos, ceñirse rigurosamente el formulario del procedimiento establecido en la legislación positiva, sin apartarse de los trámites que se hallan fijados de antemano como una secuela. La convicción legal es, por esta razón, la única que puede motivar sus fallos, y aunque el críterio de verdad y la conciencia moral se formen en él, le es vedado acudir á ellos para condenar ó absolver. No sucede lo mismo con el Jurado, que apreciando los hechos precisamente por la conciencia v el criterio de verdad causa su veredicto ateniéndose á ellos y solo toma de la ley positiva la pena para aplicarla, cuando aparece justificada por los hechos delictuosos. Por eso es, que los trámites dilatan los procesos, en la jurisprudencia criminal que rije en el Perú, de una manera forzosa, y que las diligencias pendientes paralizan su marcha hasta que ellas no están concluidas, pues de otro modo, vician el proceso de nulidad y hay que retrotraer las actuaciones después de algún tiempo trascurrido cuando se incurre en tales omisiones. Esos pequeños detalles en que insistimos para complementar las referencias que hemos hecho antes de ahora en el curso de este estudio, son para el juez imprescindibles, y si el criterio extra judicial de quien no conduce las actuaciones sino las juzga de la manera y bajo el punto de vista que lo hacemos, no las necesita para pronunciar un juicio acerca de la responsabilidad de los com- plicados en estos sucesos, el del Juez se vá formando con ellos, y cada uno le sirve de engranaje para la composición final del sumario de donde tendrá que sacar lo que propiamente constituye el enjuiciamiento. Tenemos, pues, que dar una mirada retrospectiva, sobre algo de lo que ya se conoce y que indudablemente tiene que formar parte de lo que es el proceso judicial, á fin de seguir paralelamente el camino que recorre el Juez. Para nosotros la tarea es fácil, por que á las investigaciones de la Policía que forman un cuadro completo del asunto, hemos agregado las que directamente perseguimos de personas que lo conocen y las que expontáneamente nos han suministrado quienes deben estar interesados por que se haga toda luz posible evitándose que recaiga un juicio erróneo sobre algún inocente. *** Bacigalupi habíase captado la confianza de la señora Lewis hasta convertirse en árbitro de sus asuntos más íntimos y privados. El mismo confiesa que abrió las cartas de doña Isabel encontradas en su caja de fierro, y que fueron escritas por ella en la oficina privada de su almacén de Espaderos dos días antes de su muerte; dá noticia de que la llavecita encontrada dentro de una de ellas corresponde á una de sus maletas, describe el carácter alegre que aquella tenía al través del cual podía descubrir un fondo de amargura en su alma, que influenciaba sus facultades mentales. Tan amplia era esa confianza, que en varias ocasiones le había hecho confidente de sus presentimientos de próxima muerte, avisándole la existencia del seguro sobre la vida, y recomendándole, á él, sus hijos que dejaba en California y haciendo una especie de declaración testamentaria verbal en la que dejaba para ellos la póliza del seguro. Esta confianza explica por qué Bacigalupi se mostró convencido de que doña Isabel se hubiera suicidado bebiendo ácido prúsico, convencimiento de que participó Taylor y Dockendorff; aunque este último se mostró inquieto desde la muerte, al estremo de rehuir toda conversación que á ella se refiriese, manifestando marcado disgusto á su socio Hayball, en la hacienda Suchiman, cada vez que este le hablaba de los amores, ó le recordaba siquiera el nombre de doña Isabel. Bacigalupi había también captá- dose la confianza del capitán Lewis, la que siguió disfrutando después de los acontecimientos. El Capitán había dicho á su abogado Mahomy de San Francisco: —Bacigalupi nos ha conocido bien; es nuestro mejor amigo en Lima y estoy seguro que hará todo lo humanamente posible para conseguir los datos que se requieren para la comprobación de la muerte cuyo certificado definitivo se hará valer ante la aseguradora Union Central Life Insurrance Company domiciliada en Cincinati Ohio, para recabar el valor del seguro. El modelo que usa la mencionada compañía con pequeñas variaciones según los casos y circunstancias especiales que concurran es el siguiente: Ciudad de República de El señor Doctor ...bajo de juramento expone que el día de fué llamado por... para examinar una persona de nacionalidad (varón ó mujer) la que murió de encontré (fecha) (firma) Aunque las compañías de seguros exigen esos requisitos para todos los casos de fallecimiento de sus asegurados, suelen pedir mayores garantías para hacer el pago, Las más veces de conformidad con las estipulaciones expresas en el contrato de seguro; solo la Equitativa y algunas otras que no recordamos por el momento hacen el pago cualquiera que sea la causal de muerte, sin más precauciones que la comprobación auténtica del hecho. La Unión Central Insurrance Company debió recibir, de alguno de esos agentes que estas compañías tienen por todas partes del mundo, aviso, de que la muerte de la señora Lewis estaba rodeada de circunstancias anormales, y aún es probable que se pusiera en su conocimiento que había de por medio un crimen que precisaba esclarecer para dejar expedito el derecho á los herederos y correcta la obligación de la Compañía para efectuar el pago. En efecto, antes de que se hiciera la publicación de los primeros descubrimientos practicados por el Intendente de Lima, en los diarios noticiosos de esta ciudad, ó tal vez coincidiendo con esas primeras revelaciones de la prensa, la Compañía pedía informes circunstanciando los puntos sobre los cuales debían recaer. Pedía que se le espresase las condiciones del cerebro, el estómago y corazón de la Lewis, órganos que según la instrucción del médico de la Compañía serían los afectados por la acción deletérea de un veneno. Esto importaba insinuar que se practicase la autopsia, y como en Octubre de 1892 en que se daban esas instrucciones desde los Estados Unidos, esta operación aún no se había practicado, ni se había dado principio á los esclarecimientos que comenzaron en Lima el mes siguiente de Noviembre, hay que suponer que la Unión Central tenía aviso. ¿Partió este de la misma mano que redactó el anónimo dirijido á la autoridad de Policía? Lo cierto es que la Compañía se conmovió, y procediendo contra el prestigio que deben guardar todas las de su género accediendo con prontitud á los reclamos que le ha- cen sus clientes, aún omitiendo detalles, para inspirar en el público todo género de seguridades en el pago, se negó al solicitado por el Capitán, reservándose el hacerlo para después que quedase esclarecido el reconocimiento médico que apuntaba en sus instrucciones. ¿Qué podría determinarla á tal exigencia, que no fuera un aviso en el que tal vez se le detallaba el suceso oculto desde Enero para las autoridades y para el público de aquí que tenía el falso conocimiento que dieron los diarios. noticiados erróneamente y acaso de un modo deliberado para extraviar el juicio de la sociedad? Practicar el exámen de las entrañas y de los órganos que se indicaban era imposible, si no se hacía la autopsia del cadáver. Para que ella pudiese realizarse 142 TSABEL LEWIS era indispensable orden expresa deautoridad competente. Esta no podía expedirla sin una solicitud que justificase la medida; y como no por complacer las exigencias de una sociedad comercial, . que trata de garantir las operacio nes de su caja, se puede acceder á !? la exhumación de un cadáver para practicar en él operaciones de la naturaleza que se especifica; esa solicitud debia tener otro funda- i mentó y un fin que realizar que compitiese á las atribuciones del poder público. Los encargados de hacerla tenían que expresar cuál era el objeto conducente, y este no podía ser ; ? otro que el de saber si mediaba un crimen. De estas lógicas deducciones venimos á descubrir que con poca diferencia de tiempo, las inquisicio- nes se iniciaban en el Perú y en los Estados Unidos, y que el misterio en que se hallaba envuelto el crímen anónimo habría de descifrarse para dejar la clarividencia que venimos palpando, que se impone á la concepción racional, trazando las huellas externas por donde llevará su curso el proceso judicial. El abogado de la Unión Central no encontró satisfactorias las pruebas del fallecimiento presentadas á su cliente y finjiendo haber existido, ó provocando, un exámen médico- legal indujo á aquélla á que lo exigiese perentoriamente y obtuviese para todo la legalización de la Legación Americana acreditada en Lima. La Compañía no se limitó á pedir informaciones privadas, para corroborar sus presunciones en virtud de la noticia que le fué trasmitida inmediatamente después del suceso, y que no pudo hallar contradic- ción con la presencia de las cartas de la Lewis escritas la víspera de su muerte, porque éstas no fueron puestas en el correo y se quedaron en una caja de fierro de Bacigalupi donde fueron encontradas; así es que sus gestiones datan desde fines de Enero de 1892, pocos meses después de haber tomado el seguro, circunstancia que la movía también á procurar los esclarecimientos, en que se ocupó desde esa fecha. Computando el tiempo, la señora Lewis ha tomado este seguro después de su viaje de regreso á California en el George W. Elder, en Agosto de 1891, según todas las probabilidades. El proceso tendrá pues que contener las comprobaciones de éstos hechos, que vendrán actuadas por las justicias de los Estados Unidos. *** Siguiendo las deducciones si- quiátricas de aquél penalista cuyas opiniones hemos citado dos veces en el curso de este estudio, debemos buscar qué interés podía tener, qué utilidad podía reportarle al individuo que dirigió el anónimo bajo el supuesto caso que fuera el mismo quien trasmitiera á la Unión Central Insurrance Company el aviso del fallecimiento de doña Isabel con circunstancias sospechosas de crimen oculto. Este punto es bien delicado, y aunque cualquiera que sea la solución que tenga no motivará fundamento positivo para el fallo del Juez mientras no se halle en posesión de los comprobantes fehacientes acerca de la identidad personal del anonimista, de su procedimiento igual y común para con la Unión Central y la autoridad de Lima, es preciso juzgarlo atendiéndonos á ese criterio jurídico con que se esclarecen los actos más secretos y se hacen externas las ajenas intenciones, de la misma manera que la oscultación médica descubre las lesiones interiores que afectan los órganos del cuerpo. ¿Quién puede ser el avisador de la Unión Central? Un agente suyo, ó un individuo estraño á los negocios de la compañía, que se apresuraba á darle una noticia, que solo á ella podía interesar? Si era un agente viajero, que al admitirle su intervención no podía tener otro carácter puesto que en Lima no hay más sucursales, ni agencias permanente establecidas que de la Equitativa, la Nueva York y otras, pero no de la Unión Central, ese agente no necesitaba ocurrir al anónimo, para dirigirse á la autoridad: podía haber hecho la denuncia más explícitamente y obtener de este modo mayores seguridades para el esclarecimiento de los culpables. Pero la manera como se ha procedido en Lima, destruye toda presunción acerca de la procedencia del denuncio por parte de un agente especial de la compañía aseguradora. Si éste existe en Lima, se ha limitado á dar el aviso á su principal, para que en observancia á sus estatutos niegue el pago del seguro hasta que resulte al menos comprobada la condición de la muerte de doña Isabel: si hay un homicidio la Compañía no podrá mantener su negativa; pero si hay un suicidio, quedará perfectamente justificada desde que cuando el asegurado muere por esta causa, pierde el derecho á la cantidad designada en la respectiva póliza. ¿Puede ser el avisador un indi- viduo estraño á los negocios de la compañía? En esta hipótesis, de probable realización, él ha debido proceder por interés: la venganza no es aceptable en este caso puesto que ella tendría que referirse á Dockendorff ó á Bacigalupi ó á Taylor individualmente, que son los que aparecen implicados en el proceso y en tal caso se le habría señalado determinadamente, y no se habría limitado la denuncia al solo hecho del crimen. Tendría que ser el interés, desde que los otros factores del amor y del alcoholismo que entran como causales determinantes de los crímenes, carecen absolutamente de objeto, no tienen la razón eficiente en un denunciador que es extraño á la participación del crimen y que se dirige á tercera entidad para ponerlo en su conocimiento con fi- nes diversos de los que aquél realiza. El interés en el avisador puede haber consistido en obtener de la revelación hecha á la Unión Central un premio pecuniario que recompensara su oficiosidad, más trascurrido el tiempo desde Enero hasta Octubre de 1892, inclusive, en que vinieron á Lima las instruc- ciones de la Compañía, sin recibirlo, procedió á hacer el denuncio á la Policía local, presentando el hecho con los caracteres de un homicidio. De esta suerte se veía fatalmente arrastrado por la fuerza impulsiva de su primer sentimiento, en que vió burlados sus deseos de lucro que nacieron en su ánimo, lo cuál lejos de ser exótico tiene por el contrario, una explicación racional en las funciones sicológicas que obran en el hombre que hace voluntariamente la revelación de un delito y que no alcanza en su primera tentativa el éxito que se propuso y antes bien es contrariado y traicionado por sus propias acciones. Posible es, pues, que el avisador que casi en los momentos mismos en que se verificaba la inhumación del cadáver, trasmitía las circunstancias criminosas de la muerte á los Estados Unidos, hubiera sido el mismo que variando el delito, lo ponía en conocimiento de la Policía once meses después. El medio de que se valiera no está aún averiguado en los hechos, si fué por el cable ó por correspondencia que condujo el correo; más lo que se conforma con mayor probabilidad á ciertos actos que resultan evidenciados es que lo hiciera por correspondencia. En efecto, si hubiera sido por el cable, la Unión Central no habría esperado hasta el día 20 de Enero para dirigir su primera carta de averiguación, como lo hizo, puesto que aquel conductor la habría puesto al corriente de los sucesos antes de esa fecha. Mientras tanto, el correo que salió día después del suceso pudo llevar la carta-aviso de que hablamos, como pudo conducir también las mismas cartas que doña Isabel había escrito el 31 de Diciembre de 1891 y que dice Bacigalupi no puso en la estafeta para el vapor que salió, por que creyó que carecía de objeto la dirección por haber ocurrido ya la muerte de ella. He aquí, pues, un tercer incógnito, que aparece en este proceso, un personage más que envuelto en el misterio como los dos anteriores de quienes hemos hablado, que hace más enmarañada la intriga de este drama judicial, con el hecho de haber enviado nuevos anónimos á otras personas que de distinto modo se ocupan en este proceso, desde que salió de las manos del Intendente de policía, cuyos anónimos hay que atribuirseles desde que ellos se refieren á insistir en la perpetración del delito por envenenamiento de doña Isabel Lewis. La diferencia, sin embargo, que hay entre los actos de este último y la aparición de Hewner embarcándose clandestinamente en el Jeorge W. Elder en altas horas de la noche protegido por la Lewis y Dockendorff que lo esperan en el muelle del Callao así como con la presencia de aquel personage que vió la señora Martin en el dormitorio de doña Isabel en el hotel Maury, que tal vez corresponde al que bajó las escaleras precipitadamente apercibido por el camarero Lopez; les dá á cada uno un rol independiente y una participación que conduce á juzgarlos de un modo desigual. Hewner no es concomitante en el delito mismo. La participación que haya tenido, á parte de haberse aprovechado del viaje del vapor mercante, para eludir la acción de sus contrarios perseguida ante los Tribunales del Perú, puede referirse al aspecto mercantil que hemos visto que tuvo el regreso de la Lewis de California á Lima. El hombre visto por la señora Mártin si es verdad que puede corresponder á uno de los complicados en el proceso también puede suceder que sea algún estraño al delito ido ahí en esos momentos fatales con propósitos no imputables, ó una alucinación de la señora Mártin de que suelen padecer las personas que sufren histerismo que como hemos recordado antes es una verdadera neurosis que estravía el equilibrio de las facultades mentales. *** Contraria á la causal del suicidio, es precisamente el deseo que pudiera tener doña Isabel de aprovechar del seguro en favor de sus hijos. La idea del suicidio y el deseo de beneficiar á sus hijos por las consecuencias de él se rechazan. ¿Cómo pudo recomendar entonces á Bacigalupi, que cobrara la póliza, ó que entregara á sus hijos su valor bajo la premeditación suicida? Las previsiones que hacen los suicidas para después que hayan caido bajo el golpe fatal que ellos se preparan, pueden abarcar cuan- to se quiera menos la ocultación del hecho que ellos mismos determinan con su muerte voluntaria. No puede ocultárseles que sus restos mortales tienen que sujetarse á un reconocimiento; además de que el suicida, al entregar su alma á Dios, por causa pasional, que sería la que concurriese en doña Isabel admitiendo el supuesto, precisamente procede con los propósitos de dejar constancia de que abandona este mundo por un acto propio, de que no cree digna la tierra ni dignos los hombres de vivir más entre ellos, de que hay un sitio mejor donde la felicidad es cierta y no una mera ilusión, y ciertos y eternos los amores, donde mora la verdad, si el suicida es creyente en la inmortalidad de ultratumba, y si no lo es, por que considera más consolador á sus tormentos y á los aguijones interminables del dolor, volver á la na- da; pero siempre él quiere dejar un testimonio de su acto. Bajo ese concepto, doña Isabel solo ha podido decidirse á ingestionarse un tósigo, resolviéndose á renunciar el valor del seguro para que sus hijos no aprovechasen de él, cuando hacía pocos meses que había tomado la póliza correspondiente: ó bajo la influencia de una seria perturbación mental que la acercase á la locura, estado patológico único que podía determinar en ella semejante resolución, pero que ni fué advertido por el diagnóstico del doctor Agnoli la víspera de la muerte ni por los amigos que la rodearan en sus últimos instantes de vida. Así, pues, cuando se falle éste proceso por el Juez del fuero, la Unión Central no abonará el seguro si resulta un suicidio de las comprobaciones judiciales y la in- feliz doña Isabel resultará sacrificada á una vanal pasión casi inverosímil privando de la cantidad que el representa, de sus alhajas, del otro seguro de la compañía de Chicago, de las Letras de cambio y del valor del opio que trajo de California, valores que han desaparecido hasta hoy, á sus hijos, en quienes ha pensado siempre, únicas personas que extrañaba al venir al Perú, y á quienes mandaba por conducto de su amiga Catalina, la expresión del único sentimiento de ternura que se le vé demostrar en las postreras palabras que se han conservado de ella en caractéres indelebles. *** La declaración que ante la Justicia de los Estados Unidos ha prestado su amiga Catalina, descubre más la situación del ánimo de doña Isabel en el que puede verse que, más que un impulso pasional la dominaba y la preocupaba una especulación mercantil. Dando cumplimiento al exhorto librado por el Juez del Crímen doctor Arias á la ciudad de Chicago, el doctor James Gaggin Juez de Corte del condado de Cook estado de Illinois, practicó el siguiente interrogatorio: Juez.—Cuál es su nombre? Catalina—Kate (Catalina) Wheeler. —Edad? —Treinta y ocho años. —Ocupación? —Muger casera. —Conoció U. á la señora Isabel Lewis? —Si, desde Marzo de 1890. —En qué lugar? —En San Francisco de California. —Cómo la conoció U. —La conocí por que era mi vecina. —En que fecha se separó de la vecindad? —A fines del año 91. —La ha vuelto U. á ver de entonces á la fecha? —No la he vuelto á ver. El Juez cambia la fórmula del interrogatorio provocando más bien que contestaciones categóricas á sus preguntas, una exposición de hechos de que esté al corriente la interrogada. Esta dice al respecto de la pregunta del Juez; que doña Isabel le había significado la necesidad de venir al Perú para arreglar definitivamente asuntos comerciales que tenía pendientes con Dockendorff y cobrarle una cantidad de dinero que le debía. Que con tal fin había embarca- do consignados á él varias mercaderías que duplicarían el capital empleado. El Juez continúa el interrogatorio después de oír esta exposición de Mis. Kate (Catalina). Juez.—Le manifestó á U. alguna vez la señora Lewis intención de suicidarse? Catalina.—Con palabras, nó. Juez.—De qué modo? Catalina.— Señalándose el pecho. Juez.—Y le mostró algún objeto? Catalina.—Nó. Yó la agarré para quitarle lo que tuviera en el pecho que pudiera ser un veneno. Juez.—Y lo obtuvo U.? Catalina.—Nó, porque ella misma me dijo que no tenía nada. Insiste el Juez en obtener una declaración explícita acerca del veneno y de las intenciones de suicidio. Mis Kate se concreta en su respuesta á manifestarse ignorante de todo conocimiento sobre adquisición de veneno, y respecto del segundo punto, á insistir en que la señora Lewis le demostraba grande ansiedad sobre sus asuntos comerciales en el Perú; pero no da constancia de conocer propósitos suicidas en ella. En este interrogatorio se ha variado en algo el texto inserto en el exhorto librado por el Juez del Crí- men de Lima doctor Arias al Juez de Chicago, y en la forma que le damos hay solamente pocas alteraciones sobre el original que deberá correr en los autos. Mis Kati, pues, que es la persona á quien comunicaba doña Isabel sus íntimos afectos, para quien había abierto su corazón sin reservas hasta hacerle conocer la indiferencia dantesca que tenía por su esposo el Capitán Lewis, no le oyó hablar de suicidio, ni de premeditación para cometerlo, lo que está en armonía con las postreras confidencias escritas que le hacía doña Isabel y que Mis Kati ha ignorado cuando dió su declaración al Juez de Chicago. *** La parte sustancial del interrogatorio trascrito por el Juez de Lima á esa Justicia de Norte América se contrae á descubrir la adquisición de un veneno por doña Isabel. Es, pues, la comprobación de este hecho la que se precisa obtener para deslindar judicialmente si la muerte ha provenido, de la ingestión de un tósigo, ó de la equivocación del tratamiento médico del doctor Agnoli fundado en un falso diagnóstico, ó de crisis aguda producida por la insuficiencia mitral, lo que vendría á constituir un hecho normal que quitaría al proceso todos los visos de criminalidad terminando por un sobreseimiento absoluto. Por consiguiente la solución de estos puntos depende del análisis y de las conclusiones que contenga el dictámen médico-legal de los profesores de la facultad de Medicina que han sido nombrados para el efecto. La ansiedad del público se ha dejado sentir por el interés tan vivo que la sociedad tiene en este proceso y la impaciencia de los que aparecen implicados en él, secunda los deseos del público aunque con distinto motivo. Pero la operación de que se trata es de las que demandan más detenimiento y un cúmulo de circunstancias y un procedimiento que tie- ne que sugetarse á reglas fijas adoptadas por los tratadistas de Medicina Legal en las aplicaciones de la lexicología para los casos de envenenamiento. La precipitación en el exámen ó la omisión de cualesquiera de esas reglas traería la insubsistencia del dictámen. Esas reglas pueden clasificarse en dos secciones que corresponden á distintos actos, uno que ya se ha verificado contrariadas por los médicos de policía del Callao, relativamente á la exhumación, autopsia y extracción de las visceras del cadáver, y el otro que es el encomendado á la comisión de la Facultad. Ya hemos expuesto cuán erróneo y punible ha sido el primero, ahora debemos adelantarnos á el segundo para justificar en estos momentos el aparente retardo en defi nirlo. Este último contiene á su vez tres órdenes de operaciones: Análisis de las sustancias tóxicas Determinación de la especie á que corresponde el veneno Instrumentos de la operación, ó sea laboratorio apropiado. Prescindimos del rigor científico en la clasificación, por que nuestro intento es poner al alcance de toda clase de lectores, la gravedad del trabajo de los peritos, que darán á su dictámen en este proceso, la fuerza y el valor legal que la legislación positiva, á cuyo tenor tiene que sujetarse el Juez, atribuye á la prueba plena ó concluyente. Desde luego, falta el laboratorio químico en Lima, y los elementos con que puede reemplazársele son tan escasos que solo mediante esfuerzos inauditos podrán los peritos llenar satisfactoriamente su ministerio y hallar el tósigo. Bajo este último supuesto, el análisis de las sustancias tóxicas que puedan encontrar en las visceras extraídas ya, requiere operaciones mecánicas, físicas y químicas y empleo de reactivos para des cubrir los caracteres físicos y químicos del veneno. Y por último, la determinación de la especie á que corresponda, que conducirá á dar al Juez, una noción exacta sobre cuál de los tósigos encontrados fué el que sirvió para la intoxicación de doña Isabel, demanda á su turno una labor prolija para distinguir el ácido prúsico, que se halló en la habitación mortuoria, de la «clorodina» y del otro veneno analizado por el químico municipal por orden del Intendente durante el curso de sus investigaciones verbales y por él sumariadas. ? ? *** Antes de pasar adelante debemos esclarecer más algunos detalles que han ido modificándose desde la iniciación del proceso hasta su estado actual; pues aunque ellos no hayan alterado los hechos sustanciales y el desarrollo de la tramitación aún inconclusa, la exactitud que debemos observar en este estudio, nos precisa á hacer esas aclaraciones. Recordará el lector que en las primeras declaraciones tomadas por el Intendente aparece el camarero Miguel Aguirre del Hotel Maury alcanzando á doña Isabel la taza de café que pidió en las primeras horas de la mañana y de la cual tomó una cantidad competente, el mismo que desaparece del hotel á causa de un viaje que tuvo que efectuar á la provincia de Pallasca, en los días en que el Intendente desataba el nudo de este crimen anónimo. Ese nombre, en efecto, fué el que se dijo á aquella autoridad por uno de los declarantes, pero el juez tomó el proceso en sus manos, en tiempo en que aquel sirviente se hallaba de regreso y continuaba ocupándose en el servicio del hotel, é identificó su persona y obtuvo la rectificación del nombre de Juan Lopez que le corresponde. Si hubo malicia en el cambio de nombre con el objeto de desorientar á la policía para que no llegara á obtener la importante declaración qué se llegó á dar al Juez sobre el individuo que precipitadamente bajó las escaleras del hotel en los momentos extremos en que ocurria la muerte, ha sido ineficaz; esta revelación confrontada con la presencia del individuo que apareció = tras la vidriera, asustado é inquieto, puede dar por resultado que no sean dos personas sino una misma, lo cual no será imposible de comprobarse en el plenario del juicio. Aparece también el nombre de la señora Mártins como apellido francés y posteriormente el de Mártin en las actuaciones del Juez. Ciertamente que el primero fué el que se dió al Intendente quizá con el mismo propósito con que se cambió el del camarero López, pues se le hizo comprender además, que esa señora vivía en el pueblo de Miraflores, donde se dirijió personalmente el coronel Muñíz sin obtener de sus pesquisas ningún resultado positivo, pues la cita había sido falsa y adulterado el apellido. De aquí se colije que ha habido interés en desviar las primeras in- vestigaciones, haciéndolas infructuosas. Otros hechos merecen fijarse con mayor exactitud, porque las diligencias posteriores han venido á darles mayor significación de la que tuvieron al principio. Solicitado la segunda vez por don Peter Bacigalupi, el Dr. Vera Tudela para expedir el segundo certificado que le sirviera para presentar y obtener de la Compañía de Seguros el pago del valor de la póliza, no lo fué directamente. Bacigalupi lo llamó por teléfono para una consulta médica que debía hacerle, y en efecto, habiendo ocurrido al propio domicilio del facultativo le hizo presente que le aquejaba una dolencia leve. Justificada asi la consulta, le expuso después que deseaba obtener un certificado distinto del que le ha- bía entregado antes sobre la muerte de la señora Lewis. El señor Gepp ciudadano de Norte América como son los principales personajes que figuran en este proceso, y que cuando se realizó la muerte, era gerente del almacén de Dockendorff ya embargado por sus acreedores, dá también testimonio de los sucesos. A él se dirijió el artista Taylor entrando «muy asustado y con precipitación» al almacén. Aunque se hallaban presentes don Benigno Tizón empleado de la casa, don Melchor Caballero y don Francisco Zegarra, ninguno de ellos pudo saber las palabras que dijo Taylor, porque este habló en inglés con Gepp y aquellos no conocen ese idioma. Momentos después se le presentó Dockendorff «espantado»—y le dió el anuncio con estas frases: —Terrible es lo que ha sucedido: se ha envenenado la Lewis! ¿Por qué motivó coincide su llegada al almacén y su terrible noticia con las de su amigo el artista Taylor? Aunque en otra declaración solo consta que Dockendorfl tuviera sospechas y no certidumbre del envenenamiento, como aparece de las frases acertivas del señor Gepp próximamente anotadas, hay que preguntarse desde luego—¿de dónde vino Dockendorff?—En qué lugar se hallaba en esos momentos para manifestarse tan impresionado y tan al corriente del suceso? Hemos referido el careo que tuvo delante del Juez con la señora Mártin, en el cual ésta le ha dicho sin que él observase una sola palabra en contradicción, que no se hallaba presente con Bacigalupi y Taylor, únicos que rodeaban el cadáver. ¿Era acáso el individuo que se ocultaba en el dormitorio? O el que abandonaba el hotel bajando precipitadamente las escaleras para ganar la calle, ocultándose á las miradas del camarero Lopez, que solo pudo distinguir por detrás al que huía sin poder verle la cara? Estas suposiciones se desprenden naturalmente de su presencia y actitud iguales á las que tuvo el artista Taylor; pero que no pueden ser extensivas á éste porque la Mártin y el camarero dicen haberlo visto con Bacigalupi mientras que no dan noticias del paradero de Dockendorff durante los instantes en que ocurrió el fallecimiento. Dockendorff habla de unas cartas que había escrito la Lewis, desde California, antes de su regreso al Perú, á Gepp pidiéndole datos so- bre él, cartas á las que se les quiere dar la expresión de los amores que tenía con Dockendorff, y que Gepp respondió que no debía escribirle nuevamente; pero Gepp asegura que solo conoció á la Lewis una vez en el almacén de Bacigalupi, y esta ligerísima relación no era bastante para que aquella le hiciese confidente de secretos de tanta trascendencia para una mujer casada,con mayor motivo cuando tenía otras personas más aparentes para que desempeñaran esa comisión. Don José Drew á quien hemos visto al principio de estos sucesos acompañando á los demás invitados en la comida que los esposos Lewis dieron á bordo del George W. Elder, refiriéndose al cajero de Bacigalupi Mr. Key, dice haberle contado éste, después de la muerte de la señora Lewis, que Doc- kendorff tenía un relox de propie dad de la difunta, y que el mismo Key al ser convidado para su entierro le contestó á la persona que lo invitaba: —No voy porque ese acontecimiento no está muy claro. El mismo Gepp dijo al Intendente que le constaba que en los momentos en que murió la Lewis en el Hotel Maury se hallaban presentes Bacigalupi y Taylor. ¿Y Dockendorff? La defensa forense que se haga en su favor para separar del juicio legal lo que hoy cae fatalmente bajo la crítica jurídica, tendrá que argumentar en favor de la coartada y evidenciarla de una manera tan convincente que llegue á producir certidumbre: de otro modo todo el que conozca estos hechos tendrá que verlo ya atisvando, ya esquivándose á las miradas en el dormitorio de la Lewis, ó desapareciendo como un ser alado para buscar el aire libre de la calle, que han menester los que están bajo la influencia de una gran emoción Pero esa misma coartada tropieza con un hecho real y comprobado, que le quitará todos los visos de oposición á su coexistencia en dos lugares distintos durante un tiempo dado, y es el haber dormido Dockendorff en el mismo hotel durante la noche que precedió á la mañana en que se realizó esta tragedia: Había tomado, en efecto, el cuarto inmediato á la Lewis, y desde que, como dice Drew refiriéndose al propio relato de Dockendorff, este «mantenía relaciones con ella» lógico es presumir que nada los hubiera separado, nada que no fuese natural y fácilmente superable para hallarse juntos durante la noche y esconderse á las miradas atónitas de los que siendo extraños al suceso contemplaban delante de sí de un modo repentino el cadáver de una hermosa mujer que pocas horas antes estaba llena de vida y de seductoras cualidades. La defensa forense tendrá que esforzarse mucho para separarlo de ese radio que ya hemos trasado en el croquis de la habitación mortuoria, y hacerlo aparecer léjos muy lejos de la triste escena que ahí se consumó: y aún suponiendo que las pruebas que se produzcan autenticen la demostración forense, el criterio se revelará contra esa prueba, porque el es más afirmativo en este caso que las alegaciones legales; y no podrá desprender del alma de Dockendorff los sentimientos que lo llevaron á permanecer al lado de doña Isabel en las postrimerías de su vida, ni esas profundas emociones que se exteriorizaron en la actitud, en la fisonomía descompuesta y en sus palabras de tanto acento con que se hizo notable al dar el anuncio al señor Gepp *** Hemos llegado ya á un punto en que, dejando al lector que por sí solo haga deducciones de los sucesos y de las apreciaciones que llevamos escritas, abandonadas muchas de ellas, por que intencionalmente no hemos querido formular conclusiones, debemos alzar la cortina del escenario á que asiste con nosotros, levantándola de su nivel lo suficiente para que pueda verse sin grandes auxilios lo que ahí ha pasado. Como indicábamos en el capítulo anterior, se ha pretendido cam- biar nombres, dar señas inexactas, &. Se ha ido más allá de lo verosímil, informando, por ejemplo, con inexactitud acerca de la verdadera edad de doña Isabel, que se fijó al principio en 23 años por unos y en 24 por otros, cuando á esa edad era imposible que hubiera tenido hijos que tienen 16 años y muy difícil que fuese casada tres veces, pero cuya fijación tenía el propósito de que no se ocurriera á la fuente de verdadera investigación, se buscase otro sujeto que no el que era materia del crimen y se desviase tal vez el juicio acerca de la identidad personal, indispensable, de toda necesidad para la organización en forma del proceso judicial. Se han variado los términos de las declaraciones, modificadas algunas de las que se dieron al In- <.l ji tendente al producirse despues en las sumariadas por el Juez del fuero. Se ha ido hasta las contradicciones más palmarias sobre lo que es esencial para el juzgamiento relativamente á la causal de la muerte. Así sucede con las noticias que dá Bacigalupi al español Sánchez comerciante del Callao y consignatario del cargamento que trajo á ese puerto el George W. Elder, á quien dijo que la Lewis murió de ataque violento al corazón cuando el mismo había anunciado la muerte por causa de envenenamiento; y en análogas contradicciones incurre Dockendorff. Se pierde todo el dinero sin que den noticia sobre su distribución los que no abandonaron un momento á la señora Lewis, y hasta el bolsón de cuero que contenía algunas monedas y que el señor Lecaros entregó personalmente á doña Isabel, por habérselo dado á guardar como lo hacen los pasajeros con objetos valiosos, bolsón dentro del cual es presumible que se hallaran sus alhajas; se encuentra abierto y vacío en la confusión y desorden de objetos que descubrió la señora Mártin cuando entró al departamento de aquella. Se oculta el verdadero motivo de la muerte á la autoridad, se arrostra la responsablilidad consiguiente á un atentado criminal, que las leyes condenan, y se persigue con una prolijidad que solo se hubiera empleado para su descubrimiento, los medios de encubrirlo con las formas legales y reglamentarías demandando de los médicos, para que ellos dejen sancionado un hecho falso, el certificado médico legal: así se constituye el anónimo del crimen bajo las apariencias de un acto de naturaleza. Y para acelerar más la maniobra encubridora se viola el reglamento municipal, se procede contra las reglas de la higiene y contra los principios que defienden la vida en los cuerpos inertes antes de la descomposición cadavérica, al encajonar y trasladar para verificar la inhumación de lo que se cree á ciencia cierta un muerto, á las nueve de la noche del mismo día en que se manifiesta el estado irreaccio- nable, esto es, nueve horas después de verificada esta última transformación del cuerpo humano sin aguardar hasta el siguiente día como lo preceptúa terminante y rigurosamente el Reglamento, de conformidad con las reglas médicas. ¿Por qué esta precipitación que lo atropella todo y en que parece se tratara de evitar á todo trance la autopsia? Los que movieron esos despojos mortales para darles sepultura como lo hicieron en el cementerio de protestantes de Bellavista, no podían participar sino de una de estas dos creencias respecto de la muerte: ó era producida por enfermedad natural, ó por el accidente de un veneno, como lo dijeron todos ellos en los primeros instantes. Bajo la primera creencia era por demás inusitado abreviar el tiempo para verificar la inhumación, y no solo inusitado, sí no que los comprometía gravemente, y nadie contrae graciosamente responsabilidades que se derivan de un acto punible que es sospechoso en sí mismo, Pero si abrigaron la segunda creencia, se entregan ellos mismos impelidos por un impulso secreto que los mueve á denunciar con los hechos lo que no pudieron hacer con las palabras. Si para ellos había envenenamiento, y se creían inocentes; por qué adoptaban el procedimiento de los culpables? Cuando estamos en presencia de un crimen, no escondemos sus huellas, ni hacemos desaparecer los medios de investigación, ni estorbamos este hasta el extremo de esterilizar la acción de la autoridad. Por el contrario procedemos, descubriendo la tierra que ha tapado el reguero de sangre que nos conduce á encontrar el cuerpo del delito que se ha pretendido ocultar para obtener la impunidad, damos cuenta de lo sucedido al mundo entero antes que guardarlo en el silencio de la conciencia. Esa tendencia no solo es síquica, es tam- bien instintiva y corresponde á la serie de fenómenos siquiátricos. El Juez para apreciar con la frialdad de los preceptos del Código este fenómeno, y referirlo á la delinquencia quizá no halle en ella la prueba externa; pero la crítica jurídica la vé deslizarse siempre en la comisión de los delitos é imponerse al criterio. *** La estación actual del proceso es la del sumario. Las declaraciones que obran en el revelan toda la historia del crimen y solo requieren las comprobaciones de ciertos hechos que serán materia del plenario para que la delincuencia sea declarada. Pero antes que esto suceda, el mismo sumario no permite pasar á esa nueva faz del juicio sin que quede definido por el dictamen médico legal la existencia del cuerpo del delito, valiéndonos del lenguaje usual de nuestros Tribunales. Las diligencias encomendadas á las Justicias de los Estados Unidos que aún están pendientes, en virtud de los exhortos librados por el Juez peruano, no son impedimentos que retrasen el sumario una vez que esté planteado por los peritos facultativos el medio ó instrumento del delito. Alguna de esas diligencias se han actuado ya, no habiendo podido verificarse el interrogatorio del Capitán Lewis por hallarse viajando en la nave mercante cuyo nombre ya conoce el lector. Mientras tanto los principales personajes que figuran en este proceso se hallan diseminados en estos momentos en distintos lugares: Hewner en Philadelphia Dockendorff hará como un mes que partió de Lima y tomó el vapor con rumbo al extranjero El Capitán Lewis navegando por las altas mares El artista Taylor en una de las repúblicas del Sur de América Solo Bacigalupi, centro de esos amigos de la Lewis permanece sub judice, en la cárcel de Guadalupe adonde fué puesto por motivo del incendio ocurrido en su almacén de la calle de Espaderos. Diseminados, separados unos de otros en distintos países por causa determinante de este proceso, han dejado aquí un drama judicial que ocupará por algún tiempo más las labores de la Justicia. *** Las investigaciones toxicológicas son breves y de inmediato efecto cuando se refieren á casos de en- venamientos próximamente realizados. Pero son tardías cuando ha trascurrido algún tiempo en que las sustancias tóxicas han desaparecido, ó sufrido trasformaciones que requieren la serie de procedimientos que ya hemos insinuado. Precisamente la omisión de alguno de ellos, ó su abreviación puede echar á perder el análisis y hacer ineficaces las investigaciones con que esta parte de la Medicina Legal contribuye al esclarecimiento ó diremos mejor á la verificación del medio criminal. En tal situación, todo el proceso vendría á quedar convertido en un simple armazón de declaraciones y diligencias sin punto de apoyo, el crimen real desaparecería por completo en el juzgamiento llevándose consigo al crimen legal que solo puede existir para el Código cuando aquél está evidencia- do por los instrumentos que lo constituyen. En los delitos de envenenamiento es indispensable encontrar el tósigo, hallar la sustancia deletérea para agregarla como una pieza de autos á los que se actúan; de otro modo, si no se le puede presentar, aunque la razón acuse y diga al Juez—he ahí el delito—refiriéndose á otro genero de comprobaciones, el Juez y el Código que es su norma, permanecerán indiferentes como pudieran quedarse al contemplar las estrellas. En el proceso del Canal de Panamá cuyas investigaciones se continúan actualmente hay un incidente de envenenamiento del millonario Mr. Reinach. Sospechada la causal criminosa después de muchos días que ocurrió su muerte de un modo repentino, se procedió á la exhumación del cadáver y su autopsia á fin de someter las vísceras al exámen químico. No obstante de las fuertes conjeturas que había producido la general noticia trasmitida por el cable y los periódicos á todos los continentes y que por esta razón se afianzaba acerca de un envenenamiento y de que son partícipes ahora mismo muchas personas que siguen atentamente el curso de proceso tan ruidoso, el exámen toxicológico no ha podido descubrir la sustancia venenosa. La razón de esta deficiencia está en el tiempo trascurrido y en la naturaleza de aquella, que al existir el hecho presuntivo, debe haber sido alguna sustancia orgánica reconociendo como hay motivo para ello, la competencia de los peritos y la sujeción á las reglas establecidas por la Medicina Legal. Este caso de actualidad está manifestando que hay necesidad de emplear múltiples medios para alcanzar un resultado cierto, ya sea positivo, ya sea negativo. Los Doctores, Barrios, que figura como presidente de la comisión de peritos para hacer el análisis de las vísceras extraídas del cadáver de la Lewis, Velasquez y Avendaño, que fueron los nombrados por la Facultad de Medicina, han empleado cuarenta días en una serie de investigaciones. Partiendo de las puramente mecánicas han observado las físicas y las analíticas de la química; y una vez obtenida la sustancia como resultante, han emprendido el control inyectando á su vez en un animal el producto hallado para obtener la confirmación de los efectos que ha debido producir en el cuerpo vivo de doña Isabel. De esta suerte la experimentación fisiológica viene á sellar los resultados de la investigación toxico- lógica y á producir la certidumbre, científica precursora de la legal. Durante esos cuarenta días se han ocupado cuatro horas término medio por cada veinticuatro, lo que arroja un tiempo continuo de investigaciones de ciento sesenta horas, habiéndose empleado desde el agua simple hasta la máquina á vapor, y concluyendo por la cristalización de la sustancia encontrada como el comprobante fehaciente que la ciencia ofrece á la Justicia para que apoye en él su juzgamiento. *** ¿Será una ilusión lo que se ha obtenido? Habrá equivocación de sustancias, resultando uno de esos expe- rimentos que el famoso Conde Cagliostro combinaba para asombrar con sus artificios á la sociedad francesa del siglo pasado? Felizmente entre la pretendida ciencia de José Bálsamo y la Química moderna hay demarcado con toda precisión un lindero que separa la superchería del experimento positivo, el artificio farsario de las deducciones lógicas, sensibles en los análasis no solo á los sentidos y á los efectos externos, sino previstos de antemano por los tratadistas de Toxicología, y que hallan, por último, en la experimentación fisiológica la ratificación por el recomienza del trabajo deletéreo que produce el veneno en el organismo animal. Puede suceder, sin embargo, que lo encontrado sea. alguna ptomaína, ó sea uno de esos alcaloides que se desprende de los cadáveres forma- do en ellos durante el período de putrefacción á que ha llegado el de doña Isabel después de, tanto tiempo trascurrido desde su muerte, cuyos caractéres es muy difícil distinguir de ciertos alcaloides venenosos como la dijitalina, la atropina, &. Este conflicto de las sustancias tóxicas solo puede encomendarse para ser solucionado con buen éxito á la competencia profesional de los peritos y á las facilidades de los medios de separación de ambas sustancias. Responden satisfatoriamente de lo primero el personal de los peritos, pues los doctores Barrios y Avendaño son profesores bastante entendidos en Toxicología y el Dr. Velasquez es además profesor de Química Médica; y en cuanto á lo segundo el empeño de todos por colocar el nombre del cuerpo fa- cultativo á que pertenecen á la altura de los primeros de su clase, los ha alentado á emplear toda clase- de esfuerzos para suplir la deficiencia con que estorba estas operaciones la falta en Lima de un laboratorio apropiado. Sobre todo la experimentación fisiológica, á que han ocurrido para hacer la contra-acción del análisis y descubrir la cualidad deletérea de la sustancia hallada, puede servir al mismo tiempo para obtener las diferencias que existen entre las ptomaínas y los otros alcaloides con que puede confundirse: esa experimentación lleva á señalar la propiedad que es característica en este veneno animal (permítannos esta frase los hombres de la ciencia) de ser esencialmente tetanisante. Su inyección sub-cutánea en un perro, en un cuí, ó en un coneja que es el animal preferido por Pasteur para obtener mejores resultados, servirá para deducir la conclusión diferencial. El doctor Barrios y sus coperitos no pueden desarpecíbirse de este punto trascendental, que al dejarse sin resolución colocaría la causal de la muerte en el mismo estado de incertidumbre en que se hallaba antes de cometerse el examen químico legal. En tan extrema suposición nada se habría avanzado; porque quedaría la cuestión reducida á saber uno de estos dos puntos: ó la sustancia obtenida era un alcaloide producido por el mismo cadáver; ó provenía de un cuerpo extraño que era precisamente causante de él. Para descifrar esta conclusión que sería el último problema que quedara por resolver, después de estar definidos los anteriores rela- tivos al análisis toxicológico, los peritos han tenido que partir y observar varias fórmulas en cuyo desarrollo vamos á seguirle paralelamente como lo hemos hecho antes de ahora con las inquisiciones del Intendente y con las del Juez del fuero que sustancia el proceso. *** Hemos hecho notar y traído á nuestras observaciones de crítica la auscultación hecha á doña Isabel por el médico doctor Agnoli. Por consiguiente, la primera operación que corresponde practicar á los peritos es el reconocimiento del corazón entregado según parece de una manera incompleta por los médicos de policía del Callao. Este reconocimiento tiene por objeto descubrir si realmente existía una insuficiencia mitral diagnosticada por aquel facultativo. Pa- ra conseguirlo basta someter ese órgano ál procedimiento del agua simple y así se evidenciarán las insuficiencias. Si tal resultado se hubiese obtenido, la aparición de la cafeína ministrada por el médico, habría detenido ahí las operaciones de los peritos; pero como ellos han seguido adelante, hay que detenerse ante consideraciones que refluyen sobre los antecedentes del proceso. Dada las inexistencias de la insuficiencia mitral, y de la cafeína; ¿cómo se explica la consulta médica, si habiéndose recetado el remedio este no se adoptó por la paciente? Esta nueva antinomia solo puede esclarecerse conviniendo en la insuficiencia del diagnóstico, y en un propósito calculado de doña Isabel de engañar al médico para obtener un certificado con que justifi- car su permanencia en Lima en donde pretendía radicarse como lo manifiesta la concentración de todos los bienes que le pertenecieron inclusive los valores últimamente adquiridos y la cantidad de monedas de oro, que era según todas las probabilidades las que contenía el bolsón de cuero que había dado á guardar al señor Lecaros y que este le devolvió poco antes de acaecer su muerte. La continuación pues de los trabajos periciales dejan resuelta en sentido negativo la hipótesis del error médico. *** Sigámosles todavía en sus exploraciones posteriores. Es un principio de toxicología ya reconocido y experimentado que todos los venenos volátiles desaparecen después de cierto tiempo en que se ha verificado la ingestión de ellos en el cuerpo animal, siendo el más volátil el ácido prúsico. Broardel, profesor de Toxicología de la Facultad de París ha dicho que después de 36 horas no quedan vestigios del ácido prúsico en el cadáver de un envenenado. Así pues, se puede explicar entre muchísimos ejemplos, el caso presuntivo que hemos citado de Mr, Reynach incidental en el célebre proceso del Canal de Panamá; pues si fué aquella la sustancia nada dice contra el delito el resultado negativo de las operaciones de los peritos médico-legales de Paris. El éxito de estos venenos favorece la impunidad y hace desaparecer por completo la existencia legal del crimen si no se acude inmediatamente á la investigación. Hay otros que son alterables en su composición física, quiere decir que pueden descomponerse y á esta especie pertenece el cloroformo, que por la circunstancia enunciada tampoco puede conservarse mucho tiempo en el período de la intoxicación después de haber producido sus efectos mortales. Y por último, hay otra especie de los venenos que duran mucho tiempo en el cadáver; tales son, aparte de los minerales, los alcaloides que penetran en el estado de sales. La sustancia encontrada en el cadáver de la Lewis tiene que corresponder á esta última especie, porque si fuera de otra distinta habría desaparecido por la acción del tiempo. Para establecer aplicaciones debemos recordar que el cadáver descompuesto produce sucesivamen- te agua, gas carbónico, ácido sulfídrico, amoniaco y otros productos más complejos que el amoniaco. Esos productos lejos de destruir ciertos venenos alcaloides los fijan y entre los que quedan firmes la morfina es uno de ellos, la cual se precipita aliándola con un poco de amoniaco, y la redisuelve la misma alianza en cantidad mayor de- jándola, en consecuencia, otra vez fija. < Sucede con la morfina lo que con la sal común que se precipita se redisuelve y se fija bañándola con el agua Al par que la morfina sufren esta misma acción otras alcaloides. Ahora bien, los pomos encontrados en la caja de fierro de Bacigalupi, según el análisis verificado por el químico municipal doctor Ríos que tanto acierto ha demóstrado en esta operación, ordenada por el Intendente coronel Muñiz, contenía uno de ellos ácido prúsico medicinal (10 por ciento de disolución) desocupado el frasco en regular cantidad. Esta composición que absorvida en grandes dosis puede causar la muerte, sirve en pequeñas para la curación de ciertas enfermedades, así es muy usual que los tísicos tomen de cuatro á seis gotas para contener los sudores que bañan su piél y aplacar la tos que los aproxima ál a asfixia. El otro pomo contenía «clorodi- na» que cubría la cuarta parte de su capacidad. Bacigalupi declara, y es ya un hecho comprobado que apreciará el Juez como una prueba legal, que esos pomos encontrados en su caja de fierro pertenecieron á la Lewis y fueron recogidos y guardados ahí por él, después de ocurrida la muerte: es por consiguiente presumible que una de esas dos sustancias ha servido para el envene namiento en cualquiera de los dos términos de la terrible disyuntiva en que se encierra para el Juez del fuero el crimen anónimo: suicidio ú homicidio. Pero dados los caracteres externos de ambas á dos sustancias de las encontradas en los pomos á que nos referimos, es inverosímil y de suyo injustificable que el ácido prúsico haya sido el escogido en dósis bastante á producir un efecto letal; porque el sabor demasiado desagradable y su acción aparentemente asfixiante se oponía á ello; á menos de haber perdido la razón y todo conocimiento la persona que se ingestionase voluntariamente, dado el supuesto de suicidio; ó desufrir una violencia por fuerza mayor en el supuesto homicidio. Pero, ni la Lewis perdió un solo minuto el conocimiento mostrándose por el contrario con toda la lucidez de su juicio, ni hubo ruido, ni acto alguno alarmante que se practicara en aquel último recinto de sus postreros días donde todo pasó en silencio é inadvertido para otras personas que no fueran Dockendorff, Bacigalupi y Taylor. Por consiguiente es la clorodina el que ha servido para la ingestión. La composición compleja de este líquido es más fácilmente aplicable que no el anterior para cualesquiera de las dos procedencias, porque las sustancias que entran en alianza con el ácido prúsico, el cloroformo, el cloridrato de morfina, como son la esencia de menta, un extracto de alguna solanasea virosa (belladona, cápsico, solanasen etc.) y algunos aromáticos, la hacen agradable al paladar y simpatiza con el gusto de la persona que la toma. Hay aún otra observación más en apoyo de esta última sustancia y en oposición al ácido prúsico, y es que el envenenado con esta sustancia sufre una congestión notable en la piel, especialmente en la que cubre la cara y las manos, que se ponen negras. Recordará el lector que tanto los médicos que fueron llamados para auxiliar á doña Isabel presentándola en sus últimos momentos de vida, pero que la encontraron muerta, los doctores Bambaren y Vera Tudela, cuanto el médico de policía doctor Matto, no descubrieron la menor señal de congestión en la piel, que les hiciese sospechar siquiera un envenenamiento; á las palabras de—yá ha muerto!—con que los recibieron Bacigalupi y Taylor que se hallaban al lado del cadáver, agregaron ellos, después de hacer una ligera inspección sobre el cuerpo inerte aquella sentencia fatal de los médicos cuando han evidenciado los síntomas cadavéricos:—está bien muerta. Mientras el tercero de los facultativos enunciados, decía en su parte al Intendente, que el cadáver de la Lewis revelaba «flacidéz», sin mencionar vestigio alguno de congestión que produce el ácido prúsico. Los médicos de policía del Callao guardan armonía en el certificado que expiden sobre la exhumación del cadáver en el cementerio protestante de Bellavista al practicar la autopsia, con las anteriores referencias: dicen estos haber hallado el cuerpo vestido con una bata blanca á listas negras y conservaba aún la misma blancura de la piel que lo hermoseara cuando estuvo animado por la existencia vital. Examinando pues la clorodina en cada uno de sus principales componentes, vemos yá cuales son los efectos del ácido prúsico; contrarios á ellos son los del cloroformo, pues el que ha sufrido su ingestión en porción determinante muere exangüe, presenta la piel blanca rivalisando con el marfil y ofrece á la vista una forma equivoca que confunde á los neófitos y poco acostumbrados á contemplar los cadáveres haciéndoles hasta dudar de que lo sean en la realidad. De manera que el cloroformo puede neutralizar la acción del ácido prúsico en su manifestación cutánea y quizás también sobre los centros vitales, ó sea las visceras. En esta lucha de los dos venenos que aparecen destruirse el uno al otro vendría á predominar la morfina, la cual sería la causante de la muerte dada la concurrencia de los tres venenos. De aquí se desprende que si los peritos no encontraron ni el ácido prúsico, ni el cloroformo en las in- vestigaciones toxicológicas pero sí morfina, puede concluirse con precisión que la muerte ha sido causada por la clorodina. *** Nuestra fórmula es pues la siguiente: Doña Isabel Lewis ha muerto envenenada con morfina, sustancia predominante en la composición que en farmacia lleva el nombre de clorodina. Ya no es posible, entregarse á las vacilaciones que sugiere la duda acerca de la existencia del crimen. El ha permanecido escondido desde que se perpetró, durante muchos meses sin que la sociedad se hubiera dado cuenta de su realización. Aunque de los incidentes que hemos narrado se desprende que, si no hubiese desplegado el Inten- dente de Lima una suspicacia propia de autoridad que sabe sus deberes y los cumple poniendo en. práctica todos los recursos del ingenio y actividad incansable, es preciso reconocer que el siniestro ocurrido en el almacén de Bacigalupi abrió ancho camino á las investigaciones. . Sin ese acontecimiento no se habría podido encontrar el cuerpo del delito; porque guardados hasta entonces en la caja de fierro los venenos que sirvieron para la intoxicación de doña Isabel Lewis, tan difícil habría sido penetrar en el anónimo del crimen como lo fué hasta entonces en el depósito que sin saberlo nadie le guardaba á la Justicia el elemento más principal para que pudiera ejercer su ministerio reparador de la vindicta pública, más que eso, de resguardo y de protección á todas las personas. Los que hoy han logrado apartarse de su jurisdicción y buscan deliberadamente en otra atmósfera la respiración libre que no podían ya encontrar en la de Lima, no dejarán de sufrir la asfixia moral del remordimiento sea cual fuese el grado de participación que tuvieran en la muerte de esa desventurada muger. Pero el remordimiento es insuficiente para que se produzca la sanción, cualquiera que sea el criterio con que se aprecie la culpabilidad. Conocer el delito en toda su deformidad, penetrándose del mal que produce, sentir si la conciencia vibra aún ante las desgracias que su realización acarrea, ocupar la memoria con recuerdos tristes y perennes, es un dolor especial que determina un estado sicológico que tiene manifestaciones externas y suele producir á su vez un estado patológico. Por eso siguen á la comisión de un delito ciertas transformaciones en las costumbres, en la situación de ánimo, en las ideas que antes tenían los que están próximos á un acto criminal, aunque no sean ellos los autores de intención y de vo luntad, esos dos motores que considera la escuela penalista aun reinante como concurrentes para que la acción se considere imputable. A nosotros nos es vedado pronunciar el fallo, por que en este caso carecemos de autoridad legal para ello; ni aún podemos acusar por que procedemos completamente estraños á las funciones judiciales, ni tomamos el Código como tabla de comparación de los hechos que hemos narrado y sometido á la apreciación de nuestro criterio jurídico ayudado no por aquella ley positiva sino por el concepto que ha creado la nueva manera de ver al hombre en relación con sus actos. *** Hemos usado de una forma de estilo que parecerá extraño á la naturaleza del asunto; pero el lector debe ver en ella nada más que un modo de expresión que le hace penetrar fácilmente en el fondo de cuestiones que no solo pertenecen á la legislación y á la jurisprudencia sino á la Siquiatría y á la Medicina Legal, sin perder de vista el interés dramático que encierra nuestro proceso que contiene algo menos de lo que obra en los autos seguidos por el Juez del fuero, pero en cambio algo más de lo que se pudiera ver en el período gestionario en que hasta hoy se encuentra. Si al pasar al plenario, cambiase la faz del proceso, seguiremos al Juez en esta nueva estación del juicio y escribiremos una segunda parte con toda la amplitud que lo permita el proceso abierto que concluye por sentencia. EL DIARIO JUDICIAL DE LEGISLACION ¥ JURISPRUDENCIA MEDICINA LEGAL ANTROPOLOGíA CRIMINAL ADMINISTRACIÓN Y CIENCIAS SOCIALES. FUNDADO EN 1890. Se publica todos los días EN que funcionan los Tribunales de Justicia. Durante las vacaciones la edición Es ilustrada con grabados. Dirección: Calle de Núñez N.n 28. Casilla de Correo N.° 30. LIMA De desastres a celebraciones: archivo digital de novelas peruanas (1885-1921) Proyecto del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar: https://celacp.org/proyectos/de-desastres-a-celebraciones/ Encargado de la edición: Daniel Carrillo-Jara